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Posts Tagged ‘mal humor’

No me gusta el mal humor. Y, sobre todo, no me gusta mi mal humor. Uno se empeña en que no lo visiten esos nubarrones negros que oscurecen el alma, pero, aunque estés vigilante, a veces la indignación, por muy justificada que esté, termina dejando su poso de amargura. Y pierdes la sonrisa. Y el ceño se te arruga. Y las mandíbulas se aprietan.

No, la culpa no es de quien te provocó la santa indignación. Tu mal humor no lleva ningún nombre que no sea el tuyo.

Suelo decir que uno de los principales culpables de que un día decidiera ser periodista y, sobre todo, de que hoy, en plena demolición del oficio, me siga pareciendo el mejor oficio del mundo, es Manu Leguineche (*). Con 17 años leí “El camino más corto” y ya nada volvió a ser como antes. Fue un libro que me transformó y, quizá por eso, hoy he vuelto a Manu, a ver si era capaz de transformarme ese mal humor que me ha asaltado de pronto y que tan poco me gusta.

He ojeado “El club de los faltos de cariño” y he encontrado estas letras deliciosas de un Manu entregado al silencio de la naturaleza, y, sobre todo, entregado a esa bondad con la que siempre ha transitado por las selvas más peligrosas del periodismo y los periodistas:

No hay tiempo para pensar, de ahí vienen los juicios precipitados, los análisis improvisados, los insultos. O yo me equivoco o se advierte una degradación en el uso de las buenas palabras. Chabacanería, agravios, insolencias.

Me he acercado a Valdelagua para una cura de silencio. Dentro del silencio, pensar un poco en torno al arroyo del pueblo abandonado. Aquí el corazón palpita de otra forma. En los quejigales cantan las perdices bajo el sol. Me siento sobre un canto rodado, junto al regatillo, y sólo me falta la flauta del dios Pan, si la supiera tocar.

(…) Me atraen los pueblos en los que no hay cobertura, los países en los que las tarjetas postales que enviaste llegan después que tú y la región que se descubre apartando las ramas.

Se detiene el tiempo. El murmullo del agua es mi inspiración y mi cátedra. Cabrillea el sol en el agua limpia y saltarina. Es la piedra y el agua hechas música. Echo de menos un canto gregoriano o un canto budista, tibetano, que brotara de las laderas de la montaña. Huele a pino.

(…) La vida es eterna en cinco minutos como éstos. De pronto me puse a tararear la canción de Víctor Jara: “La vida es eterna…”. En un susurro tan sólo porque me resistía a romper el silencio.

Después de haber dedicado tres entregas a la estupidez humana, creo que con Manu inauguro una nueva serie dedicada a la bondad humana que, afortunadamente, es más frecuente que la primera aunque se exprese con mucha más discreción (por eso raramente es noticia).

(*) Hasta su biografía, en Wikipedia, es de una sorprendente sencillez: http://es.wikipedia.org/wiki/Manu_Leguineche

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