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Archive for the ‘Ciudadanía’ Category

Que te arrastre un viento huracanado, micrófono en mano, no te convierte en meteorólogo ni hace de ti un experto en cambio climático. No, el periodismo (especializado) no funciona por ósmosis.

A lo largo de mi vida laboral he tenido el privilegio de aprender junto a algunas excelentes profesionales, periodistas que han modelado mi manera de entender este oficio. Desde Carmen Yanes, mi primera jefa (una teresiana comprometida y seria) en el extinto Nueva Andalucía, hasta Sol Fuertes y Soledad Gallego-Díaz, cuando ambas me ofrecieron escribir una página semanal de medio ambiente en la edición andaluza de El País (1992-2007).

De esta última recuerdo una conversación que terminó por convertirse en uno de mis mantras, un consejo que, al cabo de los años, y en lo que se refiere al periodismo especializado, ha ido creciendo en su acierto. Me lamentaba yo un día en su despacho al comprobar que un diario de la competencia se me había adelantado en la publicación de un tema que yo andaba preparando para mi «Crónica en verde» (el clásico síndrome de la «exclusiva» pisoteada). Soledad fue rotunda:

Nunca debes preocuparte porque alguien se adelante. Preocúpate de que tu reportaje sea mejor. Si necesitas más tiempo, tómatelo, y demuestra que la calidad de tu trabajo ha merecido la espera.

Cuánta razón tenía. ¿De qué sirve correr cuando lo que nos piden nuestros lectores, nuestra audiencia, es entender? Lo triste es que, casi tres décadas después, todavía hay quien en este oficio cree que lo importante es ser el primero aunque la precipitación nos impida interpretar con acierto cuestiones complejas: el espectáculo por encima de la información, las prisas como un supuesto valor añadido (aunque nos conduzcan al descrédito). Y no me refiero a dejar que la actualidad deje de serlo y que lleguemos tarde, cuando ya no se nos requiere como periodistas, me refiero a aplicar cierta calma, la imprescindible para hacer bien nuestro trabajo. Y para que esa calma tenga su justa medida, y no se eternice (que tampoco se trata de eso), lo que se necesita es formación, capacidad de análisis, estudio, manejo rápido y certero de las fuentes apropiadas, uso preciso del lenguaje, cultura, contención, y, sobre todo, conocimiento del tema que vamos a abordar.

Uno de los argumentos más perversos que se ha ido imponiendo en el oficio periodístico es aquel que sostiene que uno sabe de algo al estar en el sitio donde ese algo se está produciendo (el mítico «conocimiento por ósmosis»). Es decir, si a uno lo envían a pie de incendio forestal, de volcán en erupción, de huracán, de pandemia o de vertido tóxico, automáticamente se convierte en un experto en incendios, volcanes, fenómenos meteorológicos extremos, pandemias o vertidos contaminantes, cuando el proceso debería ser justamente al contrario: uno sabe de incendios, volcanes, meteorología, pandemias o vertidos, y es por eso que lo envían a pie de suceso. Esto no pasa ni en política, ni en deportes, ni en economía, o pasa poco, pero en ciencia, y en medios generalistas, es el pan nuestro de cada día. Por eso tenemos especialistas en cualquier asunto que requiera conocimientos científicos, porque adquieren esa condición sencillamente, y de manera milagrosa, al recibir el encargo de hablar/escribir del asunto (y no digamos si te nombran enviado especial, circunstancia que de inmediato te catapulta al doctorado, sin tesis ni nada,  en la disciplina correspondiente).

Creemos estar informados, dice Rosa María Calaf, cuando en realidad estamos entretenidos. Y no, la misión de los periodistas no es entretener, es informar. La función debe estar por encima de la forma. Stephen Few, uno de los pioneros en reflexionar sobre los principios de eso que ahora llamamos visualización de datos, lo explica de manera muy clara refiriéndose al periodismo escrito, aunque puede aplicarse a cualquier medio: «…muchos profesionales toman los datos y se dedican simplemente a buscar una forma divertida y original de mostrarlos, en vez de entender que el periodismo consiste -una vez reunidas las informaciones- en facilitar la vida de los lectores, no en entretenerlos. El trabajo del diseñador de información no es encontrar el gráfico más novedoso, sino el más efectivo…».

Claro que es más fácil envolver en papel de celofán la nada: gesticular con aplomo, tener el nudo de la corbata bien hecho, lucir un maquillaje apropiado, sonreir (mucho), bromear (mucho), hablar alto y de forma atropellada… Y así se nota menos que, en realidad, no tenemos mucha idea de lo que estamos hablando, o tenemos una idea demasiado superficial y, por tanto, inapropiada para un (verdadero) periodista.

Una de las mayores pérdidas que ha sufrido este oficio es la desaparición de las maestras, de los maestros, cada vez más escasos, cada vez más arrinconados, devorados por esas mismas prisas, por esos fuegos de artificio que algunos tratan de defender como la quintaesencia del periodismo. Los jóvenes periodistas necesitan dónde mirarse, para no perderse y, extraviados, caer en la trampa del «aprendizaje por ósmosis», que no digo yo que no funcione para otras virtudes que tienen que ver más con el espíritu que con el intelecto (la bondad, la templanza, la empatía…) pero que en lo que se refiere al conocimiento no merece más consideración que algún programa de Iker Jiménez.

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La de cosas que está iluminando este virus. La de personalidades, bien trajeadas, que quedan al desnudo cuando aparece una emergencia. La de discursos romos que retratan a los que, en tiempos de bonanza, se nos presentaban como chispeantes interlocutores. Con qué facilidad, cuando nos alcanza la tormenta, se quiebra la falsa empatía y aparece el sálvese-quien-pueda.

Esta pandemia ha multiplicado algunas perturbaciones sociales hasta convertirlas en insana costumbre, uno de esos hábitos casposos que, sin apenas oposición, se extienden a mayor velocidad que los patógenos. Por ejemplo, hemos descubierto con asombro que el país cuenta con cientos de miles de epidemiólogos aficionados, guardias civiles voluntarios y economistas de fin de semana, a los que tenemos que padecer en sus delirantes juicios, incómodas denuncias y absurdas recetas.

Hay en esta caterva de borregos un grupo que me resulta particularmente incómodo y dañino, un rebaño que lleva con nosotros toda la vida pero que en momentos de zozobra se viene arriba y nos da la turra hasta límites insoportables. Son esos profetas del apocalipsis que culpan de todos los males a los «jóvenes», así, en sentido genérico. Resulta paradójico verles hablar del futuro de sus hijos y de sus nietos, a boca llena, y, al mismo tiempo, atizarles a los «jóvenes» por su manifiesta irresponsabilidad, esa que, a su espantado juicio, nos conduce al precipicio.

Recibo vídeos de señoras repintadas, así como muy modernas, que cargan contra los jóvenes por salir a la calle cual «descerebrados» poniendo en peligro a toda la sociedad (al universo en su conjunto, diría yo). Leo parrafadas en Facebook de otoñales gurús, progres de toda la vida, que señalan a los jóvenes, «maleducados» en su conjunto, como únicos responsables de la suciedad que se desparrama por nuestras calles y parques, de la indiferencia frente al cambio climático y del derroche energético.  Acumulo tuits de ingeniosos internautas que reclaman el internamiento (¿Guantánamo?) de los «jóvenes», sin rechistar, para evitar la cuarta, la quinta o la sexta ola pandémica.

No es cuestión de DNI, aquí nada tiene que ver la partida de nacimiento, sino de discurso. Quien así se expresa se ha hecho viejo de golpe, carcamal sin remedio. No sabría decir hasta dónde se extiende la juventud pero no hay duda de que en estos casos se ha extinguido para no volver.
Y digo que desconozco los límites de la mocedad porque he tenido el privilegio de tratar a jóvenes sexagenarios, septuagenarios, octogenarios y nonagenarios como María Novo, Satish Kumar, José Manuel Caballero Bonald o Clara Janés, a los que, jamás, he oído hablar de los «jóvenes» como una excrecencia social, como una perturbación, como alienígenas de imprevisible y peligroso comportamiento. Al contrario, han celebrado, celebran, el fértil estímulo que brindan los pocos años, el atrevimiento de la adolescencia, la frescura de los que, como resueltos exploradores, se internan por territorios desconocidos, la compañía de los que aún tienen pocos miedos y casi ninguna posesión, la creatividad de los que se saltan las reglas. Son jóvenes que hablan de los jóvenes, entre iguales, sin juicios, sin condenas, sin ni siquiera dar lecciones (o haciéndolo con la humildad de quien no está seguro a pesar de la experiencia).

Nuestras ciudades (hostiles) no las han diseñado los jóvenes. El cambio climático no ha venido de la mano de los jóvenes. Las desigualdades, las guerras, las hambrunas… no son obra de los jóvenes. Ellos son las víctimas y, aún así, los victimarios se quejan de lo irresponsables que son los «jóvenes».

El parrandeo sin mascarilla ni distancia se hace muy visible en la calle (el territorio natural de los jóvenes), y absolutamente discreto en los jardines de las unifamiliares (en donde se refugian los más talluditos). La diversión a puerta cerrada, el aislamiento y la moderación son cosas de adultos (con haberes). ¿Qué porcentaje de jóvenes incumplen las medidas de seguridad? ¿Alguien lo sabe? ¿Por qué se carga de manera tan desproporcionada contra los jóvenes?

Mis redes sociales están repletas de viejunos a los que se les ha averiado la empatía (o nunca llegó a funcionarles). Desprecian, a pesar de su aparente erudición, el coste colectivo que tendrá la ausencia de vida universitaria presencial, la limitación en los viajes o en las actividades culturales, las relaciones afectivas cercenadas, el miedo a un futuro más incierto que nunca. A estos carcas sólo les interesa de los «jóvenes» ser el argumento bienintencionado de sus minúsculas acciones («lo hago pensando en el futuro de los más jóvenes») o los destinatarios de su cabreo existencial («con jóvenes así no vamos a ninguna parte»).

En una cosa tienen razón: hay jóvenes que no respetan nada. Menos mal: esta es la única esperanza posible.

Nota al pie: No quiero imaginar cómo eran estos carcas cuando tenían 16, 18, 20 años… si es que alguna vez los tuvieron.

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Prólogo inexplicable: el borrador de este post lo escribí hace justamente un año, en pleno confinamiento. No es la primera vez que a la urgencia por expresarme le sigue el olvido de quien acumula demasiados textos. Este se quedó rezagado, oculto en un rincón del portátil, pero lo cierto es que hoy, doce meses después, sigue siendo, creo, oportuno.

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Enfrentarnos a una emergencia global del calibre de esta pandemia pone a prueba la resistencia de algunos de los pilares en los que se sostienen las sociedades democráticas, esas que aspiran al bienestar de sus ciudadanos. La sanidad pública o la investigación son los ejemplos más llamativos, por cruciales, de estas demoliciones para las que no hace falta, en algunos casos, demasiada dinamita.

Cerca, muy cerca, de esta primera línea, de esas vigas maestras, está el buen periodismo, sobre el que también descansan muchas de nuestras conquistas, muchos de nuestros derechos, muchas de nuestras garantías ciudadanas. Quizá no haya mejor momento, que este que nos brinda un diminuto patógeno, para hablar de la credibilidad de los medios de comunicación, porque la infección también ha servido para revelar la inquietante fragilidad de esta virtud innegociable.

El reto de la credibilidad” ha sido el título elegido por el vicedecano de Comunicación de la Universidad San Jorge (Zaragoza), Pepe Verón, para convocarnos a un oportunísimo webinar en el que he compartido cartel con mi buena amiga la politóloga Cristina Monge, asesora ejecutiva de ECODES, y el periodista, y editor del Área Digital de la Corporación Aragonesa de Radio y Televisión, Jorge San Martín. Y como en estas difíciles circunstancias somos muchos los que mantenemos la esperanza de mejorar espoleados por la emergencia, pocas horas después era APIA (Asociación de Periodistas de Información Ambiental) quien nos convocaba a un curso del Google News Lab sobre verificación digital, a cargo del periodista Pablo Sanguinetti.

Ambas circunstancias me permitieron ordenar algunas ideas personales sobre esta cuestión, la de la credibilidad de los medios, ideas que traigo a este blog para que no queden extraviadas en las profundidades de la selva de papel que estos días tapiza mi estudio. No sé si a estas reflexiones me ha movido el más desapasionado interés profesional o ha sido el asombro, la indignación y el desaliento que me está causando la producción, consumo y defensa de ciertas informaciones de bajísima calidad (o directamente falsas) con las que se está generando un clima de peligrosa turbidez y crispación social. Y no, no son desconocidos e iletrados los que se alimentan de estas patrañas. Muchas de ellas llegan a las mejores familias, a gente sensata, a ciudadanos responsables, a buenos amigos, a personas sencillas a las que infectan con esa otra enfermedad que sólo conduce al descrédito, la mala baba y el enfrentamiento estéril.

El descrédito no es nuevo.- La crisis de 2008 impactó con tal virulencia en la profesión periodística (sobre todo en nuestro país) que las cifras de destrucción de empleo y desaparición de medios de comunicación resultan demoledoras (mejor no pensar en los cálculos que haremos post-pandemia): en sólo cinco años, entre 2008 y 2013, se destruyeron en España más de 11.000 empleos periodísticos y se cerraron más de 280 medios de comunicación. En un escenario así el discurso dominante insistía en la urgente necesidad de “un nuevo modelo de negocio” para nuestro oficio, pero lo cierto es que yo, y quizá este sea un defecto generacional o vocacional, siempre he pensado que “negocio” y “periodismo” son dos conceptos que casan regular. Tiendo a creer, y quizá esta sea una manifestación de corporativismo, que los problemas de supervivencia en los medios de comunicación comenzaron cuando los periodistas cedieron el gobierno de las redacciones a gerentes, publicistas, financieros, empresarios, políticos encubiertos, analistas de audiencias… La supervivencia, directamente vinculada a la credibilidad, comenzó a resentirse porque el negocio y la información, el showbiz y el rigor, el interés partidista y el servicio público, el balance de resultados y el periodismo… casan regular. 

Es decir, estoy convencido de que arrastrábamos, antes de 2008, una severa crisis de credibilidad que es uno de los valores con que mejor se defiende un medio de comunicación. Estábamos sumidos, hacía ya unos cuantos años, en una terrible paradoja: jamás habíamos consumido tanta información pero jamás habíamos desconfiado tanto de la información consumida. Y en vez de poner remedio a este disparate, reparando las grietas de la credibilidad, nos lanzamos a levantar nuevos modelos de negocio sobre unos cimientos cada vez más frágiles. Buscábamos una respuesta empresarial a un problema cuyas causas están sobre todo vinculadas al propio ejercicio de este oficio, a una buena praxis periodística.

El espacio de la mentira.- La credibilidad perdida no sólo deja un terrible vacío en los medios de comunicación que padecen esta merma sino que, además, provoca el crecimiento de los bulos, las mentiras y las informaciones de pésima calidad. El espacio que no es ocupado por el periodismo creíble está siendo ocupado por el periodismo increíble (aunque este carácter no lo adviertan muchos receptores). Lo que nosotros no seamos capaces de narrar de manera rigurosa y fiable (y la pandemia es un ejemplo terrible de este fenómeno) será narrado, por otros, de manera engañosa y falsa. La mentira tiende a ocupar todas las grietas que va dejando una credibilidad mermada. El espacio de la mentira va creciendo y cada vez resulta más difícil de reconquistar.

Ciencia de saldo.- Si hay que hablar de política se busca a un periodista de política. Si hay que hablar de deporte se busca a un periodista de deporte. Si hay que hablar de virus, de vacunas, de cambio climático… cualquiera vale. La ciencia, más presente que nunca en nuestra vida cotidiana, sigue siendo una información de saldo en muchos medios de comunicación. Alucino con esos debates periodísticos sobre la COVID en manos de todólogos incapaces de distinguir un virus de una bacteria. Todólogos alimentados por los propios medios de comunicación para que pontifiquen con soltura y sin freno (en RRSS el desmadre no tiene límites). Y luego nos quejamos de que los ciudadanos estén atemorizados, confudidos, cabreados…

¿Cómo es posible que la mayoría de los responsables que gobiernan los medios de comunicación sean unos analfabetos científicos y que presuman de esta carencia en un momento en el que la ciencia es la materia prima con la que se construye gran parte de la actualidad? Importa más la audiencia que el rigor, el espectáculo contamina la información, los sucesos se imponen a los procesos, vale más correr que entender… No, todo lo que nos ofrecen los medios de comunicación no es periodismo, aunque se le coloque ese disfraz para así dignificar la morralla y el ruido.

Los límites de la libertad de expresión.-  Entre las pequeñas conquistas que hemos podido anotar en este escenario de algarabía y confusión está la que pone límites a la libertad de expresión. Sí, límites a lo que algunos creían ilimitado o, más bien, defendían como ilimitado para poder así violentar la propia esencia de este derecho. Ya era hora de que abandonáramos ese falso pudor por el que estábamos dispuestos a defender lo que no merece ser defendido en un verdadero Estado de derecho.

La libertad de expresión no puede amparar la mentira y los bulos malintencionados, sobre todo en situaciones de alarma en las que la población es particularmente vulnerable a las informaciones tendenciosas. Las críticas no deben tener límites, revelar datos incómodos pero veraces no debe tener límites, pero la mentira sí, la mentira no puede estar amparada por ninguna ley y menos cuando busca enturbiar la vida pública. Una colega defendía esta tesis recurriendo a un ejemplo clásico bastante elocuente, un ejemplo que tiene como protagonista a Oliver Wendell Holmes Jr., juez del Tribunal Supremo de los Estados Unidos, quien en 1919 escribió: La protección más rigurosa de la libertad de expresión no protegería a un hombre que gritara falsamente <fuego> en un teatro provocando el pánico”. Hoy, ahora, en plena crisis sanitaria hay quien grita falsas consignas de alarma con la única intención de generar (más) pánico, y en vez de censurarlo, o silenciarlo, desde los medios de comunicación le prestamos un peligroso altavoz. Y así nos va.

Periodismo digno en condiciones indignas.- Nunca he entendido cómo es posible embarcarse en sesudos análisis sobre el futuro del periodismo sin pasar, aunque sea de puntillas, por las condiciones laborales de los periodistas. Antes de la crisis de 2008 referirse, en público, a los horarios, sueldos, tipo de contratos o arbitrariedades contractuales, que sufrían, que sufren, que sufrimos, la mayoría de los periodistas era casi un tabú. Ahora ya no sentimos aquel pudor, aquella vergüenza o aquel miedo, pero nada ha mejorado porque un día nuestros receptores supieran en qué condiciones se trabaja en este oficio.

¿Cómo se hace periodismo digno en condiciones indignas? ¿Cómo ser creíbles si trabajamos en condiciones increíbles? ¿Con qué profundidad nos vamos a acercar a temas complejísimos si apenas disponemos de tiempo, de reposo, de medios? ¿Qué está ocurriendo en la situación actual, en qué condiciones están, estamos, trabajando los periodistas en la vorágine de esta pandemia? ¿Qué está ocurriendo con el periodismo de proximidad, el más valioso en situaciones de alarma pero también el más frágil por su pequeño tamaño? ¿Cuántos medios, cuántos periodistas, van a sobrevivir a la pandemia? ¿En qué condiciones se trabajará en esos medios capaces de sobrevivir?

¿Y los medios públicos? ¿Qué papel desempeñamos, qué papel deberíamos desempeñar, qué papel vamos a desempeñar el día después?  Se nos vuelve a conceder una nueva oportunidad, otra oportunidad más, para defender la virtud más valiosa en situaciones de emergencia: el carácter de servicio público. Pero ese carácter sólo puede defenderse desde la credibilidad, una virtud de muy difícil (pero no imposible) conquista en un medio público, una virtud que se adquiere con muchísimo trabajo y muchísima dificultad y muchísimo tiempo y que, sin embargo, se pierde en un instante, y lo peor es que una vez perdida puede que jamás vuelva a recuperarse por mucho empeño que pongamos en ello.

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Nunca se me ha dado bien militar en nada. Se me resisten los dogmas y las adhesiones inquebrantables. Jamás le encontré sentido a las órdenes insensatas, ni siquiera el estéril sentido de la disciplina ciega. Me cuesta engrosar las acciones colectivas por simple corporativismo, espíritu gregario, arrebato tribal, miedo o comodidad. Prefiero sumar con criterio propio y discrepando, si es necesario, con soltura y educación.

Bailo mal, pero desfilo aún peor. Tengo opinión de algunas cosas pero estoy dispuesto a cambiarla, incluso por la antagónica, si aparecen nuevos argumentos que la sostienen con más dignidad o si los que manejo se quedaron obsoletos o los descubro falsos. De muchas cosas no tengo ninguna opinión, y por eso no la doy aún siendo periodista (puedo vivir con esta contradicción que tanto inquieta a muchos de mis colegas). Trato de no juzgar (sobre todo antes de entender). Trato de entender, aunque tenga que cruzar fronteras, saltar tapias, sortear campos de minas, graduarme la vista y desdecirme.

No creo que la pertenencia al terruño o a la tribu (incluso la familiar) te obligue a despreciar la discrepancia para así no erosionar la identidad. En realidad es que tengo serias dudas sobre mi identidad, entendida como un elemento que me distingue para separarme, santificarme o enemistarme. Puedo acercarme al vacío de la contradicción, insisto, sin sufrir (casi) vértigo, y quizá por eso llevo décadas preguntándome si de verdad eso, lo que sea, es verdad. Desconfío de la seguridad y, sobre todo, de las ideologías que tienen una respuesta incontestable hasta para aquellas preguntas que aún no hemos llegado a plantearnos.  

Me dan miedo los que están seguros, los que están ab-so-lu-ta-men-te seguros, y acorralan a los que tenemos dudas, para que renunciemos a ellas. Me espanta el enredo de admitir que la libertad es negociable si se trata de salvar la libertad (¿me explico?), que la diferencia hay que protegerla desde una cierta censura, que el humor es peligroso, que la culpa siempre es del otro (y si es más pobre, es más culpable), que todo debe ser regulado para que nada pueda resultar caótico. No creo que haya personas ni escenarios intocables, prefiero pensar que lo sagrado es intangible y por tanto invulnerable. Prefiero el perdón al pecado, pero me resulta más humano pecar que ser puro. Los puros son temibles.

Peor que la polarización es la coincidencia, entre polos opuestos, en la persecución feroz al que no se ata a ningún extremo. En esta tierra no molestan los extremistas (como mucho divierten y sirven para discutir, sin demasiadas consecuencias): los que de verdad molestan son los librepensadores. Bichos raros por escasos. Bichos al borde de la extinción, a los que unos y otros disparan con idéntica saña. Bichos que desconfían de la seguridad del pesebre y a los que tampoco convence la aparente libertad del campo abierto. Humanos en permanente contradicción, sin tribu, sin terruño, sin planes; devorados por las dudas, amenazados por la insensatez de quien se empeña en salirse de la autovía para triscar campo a través, pisando sembrados, sorteando abismos y perdiéndose.

Una tira de «Macanudo», con Fellini y Madariaga, obra del genial historietista argentino Liniers (Ricardo Siri).

Y esta nueva confesión electrónica viene a cuento de algunas de mis últimas lecturas, muy apreciadas por los amigos de lo cool pero igualmente perseguidas por lo que tienen de inconvenientes y políticamente incorrectas. Cada vez que leo a Juan Soto Ivars o a Pascal Bruckner es como si me operaran de cataratas: el mundo me resulta más nítido. No es que desaparezcan las zonas de oscuridad. No es que todo lo que veo, y lo que ellos me señalan, me guste. No es una cuestión de coincidencia, porque con ellos mantengo no pocas divergencias (y algunas son más que notables), sino de oportunidad. Pascal y Juan son oportunos, molestos y necesarios: librepensadores a pecho descubierto. Al no atarse, y así hurgar en las heridas, individuales y colectivas, sin reparos, nos liberan de ese velo glauco con el que envolvemos el mundo hasta atenuar su brillo, limar sus contrastes, ocultar sus monstruos y desenfocar sus excesos. En su compañía puedo permitirme no estar seguro de casi nada, contradecirme y criticar (aunque sea en silencio) lo que la tribu ha consagrado. Con ellos no tengo que militar, desfilar ni cantar a coro.  Si no, ¿para qué sirve leer?

«Todo es mejorable, pero si alguien quiere reventar el edificio deberíamos exigirle unos planos muy detallados de lo que pretende levantar en el solar. Con frecuencia, será una cárcel. Sobre todo si lo encargamos a una tribu» (Juan Soto Ivars).

«Toda contradicción es una traición y merece la exclusión, por eso se busca que quienes contradigan salgan, por ejemplo, del periodismo y de las universidades.

Este movimiento se está acentuando porque las generaciones más jóvenes piensan que están en posesión de la verdad y el que se oponga a ellas es un enemigo de la verdad. Esta juventud que quiere acabar con el viejo mundo, en realidad, está cayendo en comportamientos arcaicos. De una cierta manera, esta juventud es medieval. Practica el linchamiento en las redes sociales, el poner en la picota o la muerte social. Todo esto no son signos propios del progreso, al contrario, en mi opinión, son una regresión. (…) La gente prefiere autocensurarse a que lo juzguen socialmente» (Pascal Bruckner).

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Diario YA, 24 de mayo de 1986. Sí, el pipiolo de las gafas es un servidor, defendiendo en la prensa nacional, hace 35 años, el valor ambiental de los olivares andaluces y su papel, decisivo, en la supervivencia de un nutrido grupo de aves. Entonces era predicar en el desierto, pero ahí estábamos, esperando que el tiempo nos diera razón.

En la primavera de 1986 firmé un artículo en el desaparecido Diario YA destacando el valor ambiental de los olivares andaluces y, en particular, su papel en la conservación de una nutrida comunidad de aves; una manera poco convencional de defender un cultivo que se enfrentaba, por primera vez, a la incomprensión de Europa.

Hacía menos de un año que España había ingresado en la Comunidad Económica Europea y todavía se rumoreaba, y así lo denunciaban algunos medios de comunicación, que nuestro país tendría que arrancar una gran superficie de olivar para plegarse a las exigencias de Bruselas. Se llegó a hablar de un millón de hectáreas, lo que suponía una catastrofe económica y social. Científicos y ecologistas prepararon un manifiesto en defensa de este cultivo, alertando sobre las graves consecuencias ambientales que tendría tal decision.

Uno de los más reputados ecólogos de este país, impulsor de la educación ambiental en el ámbito universitario, el desaparecido Fernando González Bernáldez, lo explicó entonces de manera contundente: «Si la superficie de olivar se reduce en España, muchos millones de estas aves insectívoras desaparecerán y, sin proponérselo, países como Suiza, Suecia o Alemania, tendrán que incrementar de manera importante los gastos en insecticidas para sus cosechas, con las consecuencias contaminantes que todos conocemos«. La Unión Europea debería ser, por tanto, la principal interesada en mantener este singular ecosistema, razonaba el catedrático de Ecología. Hubo incluso quien propuso, para evitar el problema de los excedentes que se esgrimía como excusa, incentivar el consumo de aceite en el continente apelando a la elevada sensibilidad ambiental de algunos países, incluyendo en las botellas de este producto una etiqueta que dijera: «Consumiendo aceite de oliva español está Vd. favoreciendo la supervivencia de las aves insectívoras«.

Recordé aquella primitiva batalla hace unos días, cuando desde SEO Birdlife me pidieron que moderara el encuentro virtual en el que se daban a conocer los magníficos resultados del LIFE Olivares Vivos. Llegaba, por fin, la evidencia, subrayada por la comunidad científica y el apoyo de numerosos agricultores, de que llevábamos razón. Han pasado 35 años, un suspiro en la escala de la naturaleza, pero el tiempo, afortunadamente, ha jugado a nuestro favor y, sobre todo, a favor de un nuevo modelo de agricultura donde la producción y la conservación no sólo son compatibles sino que al ir de la mano generan beneficios mutuos: una agricultura sensata multiplica la biodiversidad, y una biodiversidad sana incrementa la producción y la rentabilidad.

Merece la pena dedicar unos minutos a este encuentro virtual para saber de qué estamos hablando, para celebrar que una nueva agriucltura no solo es posible sino que ya existe.

Mi intervención, de la mano de SEO Birdlife, se produjo pocos días después de recibir una invitación similar, en este caso de mi amiga Astrid Vargas, para que tejiera un diálogo, un Agrocafé, con los emprendedores de AlVelAl y A Regenerar, al que se sumaron comunicadores agroambientales de toda España y también los amigos de Climate Reality. Una tarde repartidos entre Madrid, Palomares del Río (Sevilla), Amsterdam, La Junquera (Murcia) y Vélez Rubio (Granada), entre otros muchos puntos de conexión.

En ese encuentro, dedicado a la agricultura regenerativa (un paso más en este esfuerzo por cambiar de modelo productiva para garantizar nuestra propia supervivencia), destaqué, como hice en el encuentro de SEO Birdlife, el valor del tiempo, pero en otro sentido: ya no era sólo celebrar la razón que venía del pasado sino evitar la cómoda referencia al futuro. En el caso de AlVelAl y A Regenerar uno de los elementos más valiosos es que esta experiencia, con enormes dosis de atrevimiento, se está ejecutando ya, ahora, con resultados tangibles. Claro que miran hacia el futuro, pero los pies los tienen en el presente: una invisible red cooperativa está construyendo, en el altiplano de Granada, Almería y Murcia, una comunidad con nombre y apellidos, donde encajan la tierra, la agricultura, la ganadería, la apicultura, la biodiversidad, la cultura, el arte…

Hay que escapar de la excusa del futuro (“esto lo hacemos por nuestros hijos…”; “estamos trabajando para nuestros nietos…”; “construimos un futuro mejor…”). Decía Ángel González, el poeta: “te llaman porvenir / porque no vienes nunca”. Pues eso, el futuro nunca llega y es peligrosamente consolador (“a veces la esperanza son ganas de descansar”, dice la milonga) pero el único territorio de la acción es hoy (“si no es ahora, ¿cuándo?”, asegura el Zen).

El tiempo, el del ahora, nos da la razón.  

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Todo empezó de madrugada, cuando desde los pasillos desiertos de un hotel madrileño mi hija se encaminaba, con decisión, confianza y mucho equipaje, hacia el futuro. (Fotografía: José María Montero)

Cuando durante meses trabajamos muy duro para poner en marcha aquellas expediciones científicas que nos llevaron a los cinco continentes, mi buen amigo Fernando Hiraldo, director de la Estación Biológica de Doñana (CSIC), se desesperaba, con razón, frente a la desidia de algunos organismos, la dejadez de ciertos profesionales o la vergonzosa incompetencia de aquellos que se pasaban el día presumiendo de (falsa) excelencia. Fernando, con su habitual retranca, decía que en esta tierra se producía un extraño fenómeno por el cual muchos individuos estaban convencidos de que “decir” era equivalente a “hacer”. En las interminables reuniones que mantuvimos con docenas de personas cuya contribución era imprescindible para llevar a cabo aquel proyecto tan titánico como novedoso, e incluso durante el mismo desarrollo de las expediciones, tuvimos que acostumbrarnos a sortear, con diplomacia, aquella anomalía, y buscar los resortes más efectivos para que la palabra dada se transformara en acción, para que los compromisos se cumplieran, para que nadie se olvidara de sus obligaciones sencillamente porque nos había asegurado que las iba a llevar a cabo.

Los que me seguís en redes sociales habréis visto, o más bien intuido,  lo que he vivido este último fin de semana en Madrid. Como me tengo por hombre prudente, como aún estamos trabajando en un acuerdo amistoso y como mi abogado me aconseja que siga practicando esa prudencia zen (al menos por ahora), no he entrado ni voy a entrar en detalles, pero me apetece sumar algunas reflexiones en torno a esa anomalía que, al confundir lo dicho con lo hecho, tanto daño nos hace.

Empecemos indicando que quien estos días la ha sufrido en primera persona y con mayor virulencia ha sido mi hija, que viajaba camino a la Universidad de Wroclaw (Polonia) y que a punto ha estado de ver frustrada su incorporación al programa Erasmus de dicha universidad. Algunos amigos, con la mejor de las intenciones (dictada por los mejores sentimientos), creían que mi turbación digital venía del hecho de la separación, del pellizco que produce el momento en que tus hijos salen de casa para convertirse en hijos del mundo. Pero no, yo soy de esos padres que celebran la separación que busca el crecimiento y, para colmo, tengo el privilegio de tener dos hijos con capacidades sobradas para enfrentarse (ya lo han hecho en más de una ocasión) a los muchos obstáculos que les presenta, y que les va a seguir presentando, la vida, aunque en verdad casi todos esos obstáculos tienen nombre y apellidos, porque las zancadillas vendrán, sobre todo, de ciertos congéneres ineptos, soberbios, sobrados de mal corazón y con escasas entendederas.

No, de verdad, ni me hace daño la separación ni temo por la manera en que serán capaces de enfrentarse a su necesaria independencia. Lo que este fin de semana me hacía hervir la sangre (y se me notaba a pesar de mi contención en redes sociales) es que Sol tuviera que asumir, con sólo 20 años, la más cruda evidencia de que en este país, su país, hay una tolerancia infinita (cuando no una ridícula celebración) de esa desidia, incompetencia, dejadez, irresponsabilidad… que nos conduce al abismo individual y colectivo.  

Para mi hija este cataclismo social resulta del todo inexplicable. Y he tratado de convencerla, además, de que nunca encontrará una explicación razonable a ese desastre. ¿Cómo puedes pedirle a una estudiante que acepte con resignación, aunque no la entienda, esa indolencia extrema cuando en dos años y medio de carrera ha sumado 13 matrículas de honor a base de mucho, muchísimo, esfuerzo personal? Es ese desastre silencioso, y no sólo la crisis económica (vinculada, sin duda, al primer elemento) o la cansina pandemia, el que alimenta la indignación y la desesperanza de nuestra generación mejor preparada. Si de lo que se tienen que ir, si de lo que se tienen que separar poniendo muchos kilómetros de por medio, es de ese panorama gris y romo… que se vayan bien lejos y lo antes posible. Los echaré de menos, echo de menos mucho a mis hijos, claro, y por eso mismo se multiplican mis ganas de verlos, pero no los quiero sufriendo en un país con tan poco horizonte, plagado de mediocres convencidos de ser extraordinarios, de envidiosos amigos del ruido y la mezquindad, de flojos que confunden el decir con el hacer, de malvados que desprecian la empatía. Y, para colmo, de un sistema, y una sociedad, complacientes con lo intolerable.

En las cristaleras de la antigua Casa de Fieras del Retiro, hoy convertida en biblioteca, nos reflejamos los dos, se reflejan la poesía y los árboles desnudos y, sobre todo, el espiritu de Eugenio Trías. (Fotografía: José María Montero)

Para aliviar las horas de incertidumbre e indignación mi hija y yo hemos paseado por algunos de los rincones que más me gustan de mi adorada Madrid, empezando por la antigua Casa de Fieras del Retiro, hoy convertida en una preciosa biblioteca acristalada en donde desde el exterior se adivinan los estantes dedicados a la poesía y se reflejan los árboles desnudos del parque. La biblioteca lleva el nombre de Eugenio Trías, un filósofo al que con acierto alguien llamó “el hombre al que sólo le importaba todo”. Trías es una figura fascinante que, desgraciadamente, se conoce poco fuera de ciertos círculos y al que, creo, no se le valora lo suficiente (tened presente que todo este rollo que os estoy soltando transcurre en España, una circunstancia que sirve para explicar este y otros muchísimos olvidos). Allí, junto a la antigua Casa de Fieras, entre árboles y libros, recuperamos un poco la calma y yo le recordé a Sol algunas de las lúcidas aportaciones de Trías al pantanoso terreno de la ética y la responsabilidad individual, tan presente en el calvario que le estaban haciendo sufrir en su camino hacia Polonia. Medio enjareté la cita de memoria pero luego, ya sentados en la terraza del Kulto, en la cercana calle Ibiza (donde el espíritu también se alimenta), la busqué para añadirla tal y como la dictó Eugenio Trías: El intelectual, el creador, si verdaderamente lo es, debe tener algo más que capacidad analítica de diagnóstico; debe poseer coraje en relación a flagrantes transgresiones de la libertad o de la justicia. La entrega a los intangibles requerimientos de la “intelectualidad” no es excusa para no actuar, ni siquiera el mundo de las ideas nos debe alejar del mundo de la acción; hay territorios sagrados, como el de la libertad o la justicia, en los que la palabra no basta, en donde se necesita el coraje suficiente para actuar en beneficio de todos, de la sociedad en su conjunto. Y si con 20 años no se tiene ese coraje, ¿cuándo se va a tener?

Estaba claro, y el destino nos iba regalando más argumentos en boca de otros amigos invisibles: además de resolver el enredo al que nos habían condenado (de manera que mi hija pudiera llegar de alguna manera a Polonia) no íbamos a contentarnos con el sencillo alivio de la palabra. Teníamos mucho que decir pero, sobre todo, teníamos mucho por hacer. No pudo resultar más oportuna, siguiendo con estos regalos del destino, la visita a la exposición (Curiosidad Radical) dedicada a mi admirado “Bucky” Fuller (otro de esos genios empeñados en construir, a contracorriente, un mundo mejor). No voy a aburriros con la poliédrica y fascinante figura de este inclasificable pensador, arquitecto, filósofo, diseñador y visionario, tan sólo, como en el caso de Trías, voy a añadir a este relato tres citas más para que conozcáis las vigas que mi hija y yo íbamos sumando a la construcción de nuestro empeño por no dejar que la desidia de otros nos arrastrara a la inacción y el desánimo.

¿Leéis a Fuller al final de este pasillo luminoso? Yo os lo leo, y os lo traduzco, por si acaso: Si el éxito o el fracaso de este planeta y de los seres humanos dependiera de cómo soy y de qué hago… ¿Cómo sería? ¿Qué haría? No hay que darle muchas más vueltas… creo… (Fotografía: José María Montero)

Dice Fuller: Si el éxito o el fracaso de este planeta y de los seres humanos dependiera de cómo soy y de qué hago… ¿Cómo sería? ¿Qué haría?. El ser y el hacer, unidos. Y añade: Mis ideas emergen por emergencia. Cuando la desesperación las hace necesarias, son aceptadas. La emergencia como motor del cambio. Y para terminar con este breviario fulleriano: No intentes cambiar un sistema, construye uno nuevo que haga que el anterior se vuelva obsoleto. Creo que no hay frase más estimulante para alguien que tiene 20 años y empieza a vislumbrar que así, en general, no podemos seguir.

Para no contradecirme, para no emborracharme (como a veces nos ocurre a los periodistas) de ideas y citas, y olvidarme así de que todas estas palabras debían conducirnos a la acción, volvimos al hotel, abrimos el portátil, agarramos el móvil, revisamos conversaciones, correos electrónicos y documentos, tomamos notas, hicimos algunas llamadas, pedimos ayuda a amigos, examinamos incidentes similares, rebuscamos en Internet, repasamos la dudosa reputación de algunos y la excelencia de otros, recibimos y agradecimos algunas visitas, ordenamos fotos y vídeos más que elocuentes, contactamos con otros damnificados, consultamos con nuestro abogado, establecimos contacto con administraciones e instituciones varias, nos contuvimos para no narrar en público, ni acusar, ni calentarnos al teléfono o en las redes sociales… Hablamos mucho, pero actuamos aún más.

Podríamos haber disfrutado de más paseos por Madrid, de una buena siesta, de una película tontorrona en la tele, de una cena en el mejicano para el que ya tenía reserva… pero preferimos tomarnos la molestia. Esa es la clave, creo; esa es la decisión que distingue al que solo habla del que actúa: tomarse la molestia. Los hay que se la toman, para que la irresponsabilidad no quede impune o para admitir -con franca humildad- que se han equivocado, y los hay que prefieren entregarse a la molicie y que todo siga más o menos igual, porque tampoco se pierde tanto (más allá de la dignidad y la justicia… que son asuntos ¿menores?). Y aquí, en las últimas horas de un fin de semana arisco pero muy pedagógico, fue cuando recordé a otro de esos amigos invisibles que te brindan argumentos para compartir con tu hija. A Fernando Savater, con el que no comulgo en algunas de sus ideas pero del que siempre aprendo algo, sí que he tenido la fortuna de tratarlo, porque en 2012 lo invité a dictar la conferencia de apertura (“Ética y medio ambiente”) en el XV Seminario Internacional de Periodismo y Medio Ambiente (SIPMA), del que fui director durante más de una década. Fernando ha elogiado en alguna ocasión ese concepto, “tomarse la molestia”, aparentemente intrascendente pero decisivo para hacernos crecer como sociedad. De ese concepto hablamos aquel día de otoño en Córdoba, bajo unos naranjos, cuando lo invité al SIPMA, y nunca he olvidado aquella agradable conversación con el filósofo. Disculpadme que añada otra cita más, la última, a este post, pero es que Fernando Savater se va a explicar mucho mejor que yo:

Hace unos meses, veía en televisión la noticia de lo que sucedió en un avión en el que un bárbaro incalificable –por cierto, inglés, seguro que de los que apoyó el Brexit– se puso como una hidra cuando se le sentó al lado una señora de color. La noticia destacaba que la compañía, Ryanair, no hizo nada. ¡Pero tampoco el resto de los pasajeros! Si ese tipo llega a estar borracho y vomita, sube la policía y lo echan. En ese momento, nadie se tomó la molestia. La gente prefiere que la dejen en paz. Yo ya no sirvo para nada, pero cuando eras joven sentías que tenías que hacer algo frente a las situaciones de injusticia, sobre todo quienes hablábamos de ética y de valores políticos.

(…)

Hay una milonga argentina que dice que la esperanza, a veces, son ganas de descansar, pero también la desesperación. Como todo está tan mal, no hago nada y me echo a dormir. Pero hay cosas muy valiosas que se pueden defender y otras que se pueden mejorar. El campo de intervención ciudadana es grande, porque las cosas no van a cambiar si la ciudadanía no interviene.

“Se tomó la molestia” me parece una magnífico epitafio.

You must never underestimate the power of a woman. Fue mirar el graffiiti, en Fuencarral, y verlo (una vez) muy claro. Yo, que me despacho con un inglés justito, lo he entendido… y ¿tu? (Fotografía: José María Montero)

En fin, que terminó el tormentoso fin de semana, que yo volví a casa sin prisa (costeando Gredos y serpenteando por las riberas del Alberche), y que mi hija ya está abriéndose paso entre las nieves polacas. Y los dos, además de echarnos de menos, nos hemos tomado la molestia. No sólo hemos dicho que lo ocurrido no debería repetirse, es que estamos dedicándole tiempo y trabajo para que de verdad no se repita. Dicho y hecho.

PD: No todo resultó oscuro. Hubo, como casi siempre, personas luminosas que aportaron calma en los momentos más tensos y profesionales que demostraron calidez, ética y dignidad. Hubo, en definitiva, desconocidos que se convirtieron en amigos.

Pero, insisto, la parte más agria de esta historia aún no se ha resuelto. Por eso, insisto, si todas estas molestias, si todo esto esfuerzo, no terminan en un acuerdo amistoso y justo; si nuestro abogado, hombre sensato, nos lo permite, y si me siguen acompañando las ganas de escribir, es posible que añada la narración, desapasionada y rigurosa, de los hechos vividos en Barajas el pasado fin de semana. Un relato a la altura del mejor guión de Berlanga. Un cúmulo de despropósitos que tendrían su gracia como grotesco esperpento destinado a salas de teatro de medio pelo, pero que, como hechos reales, no me provocan ni la más ligera sonrisa.

Sí, lo mismo me tomo también esa molestia…

(Permanezcan atentos a sus pantallas).

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Cuando una emergencia (climática, sanitaria…) se niega con ferocidad, a golpe de opiniones y a pesar de las evidencias, es lícito pedir, al menos, una alternativa, una solución razonable que también se apoye en evidencias. En ciencia todas las opiniones valen lo mismo (incluidas las de los propios científicos): nada.

No debemos dejar de ser críticos ni siquiera en las peores circunstancias. Sólo se avanza cuando se cuestiona, se reformula, se revisa, se discrepa. No me gusta el pensamiento único pero no termino de entender cuál es el propósito último de los que en redes sociales, y desde cualquier otro púlpito, andan rebelándose contra todo (TODO) lo que gira en torno a la COVID. Me vais a perdonar (algunos son amigos y por eso me permito el tuteo), pero sigo sin saber cuál es vuestra alternativa a ese «perverso-pensamiento-único», cuál es vuestra solución a esta emergencia.

¿Que el virus no existe? ¿Que el virus ha sido fabricado? ¿Que todo es una conjura para dominar el mundo? ¿Que tampoco es para tanto, que la gripe mata más? ¿Que no hay que usar mascarillas? ¿Que el gobierno -cualquier gobierno- nos quiere engañados y sometidos? ¿Que no es necesario respetar la distancia de seguridad y las medidas de contención razonables en cualquier epidemia? ¿Que no hay que ponerse ninguna vacuna? ¿Que la economía es más importante que la salud? ¿Que la libertad es más importante que el virus? ¿Que el sistema sanitario siempre está colapsado con o sin COVID? ¿Que la pandemia remitirá en poco tiempo de manera espontánea? ¿Que los científicos y los medios de comunicación han urdido, juntos, una gran mentira en torno a esta enfermedad? ¿Que los periodistas, así en general, somos unos trápalas y unos ignorantes? ¿Que las farmacéuticas se están forrando a cuenta de vender humo?

La discrepancia no sólo es necesaria, es imprescindible, por eso los resultados de las investigaciones científicas se someten a falsabilidad, reproducibilidad, repetibilidad, revisión por pares y publicación. Es decir, se someten a la discrepancia.  Por ejemplo, desde que en diciembre The Lancet publicó la primera revisión independiente de la vacuna de la Universidad de Oxford y AstraZeneca toda la comunidad científica puede revisarla y someterla a falsabilidad (cosa que ninguno de los que discuten el «pensamiento único» hacen: ¿existe alguna prueba publicada, y sometida a todas las garantías del método científico, que sostenga estas teorías radicalmente críticas?). Las evidencias científicas no son opinables, por eso no es opinable el hecho de que la tierra sea redonda o que exista la fuerza de la gravedad (sí, hay quien lo discute porque… hay gente pató). Y eso no quiere decir que sepamos todo sobre esta pandemia, que estemos seguros de que las acciones para combatirla sean las mejores, que ignoremos el coste social, económico y emocional de todas esas acciones o que tengamos la absoluta seguridad de que todos los gobiernos están actuando con sensatez y que las vacunas y tratamientos van a funcionar sin anomalía alguna. Nadie tendrá nunca esas certezas como absolutos indiscutibles, pero eso no otorga credibilidad a lo que sólo es una opinión, respetable (siempre que no cause daño, porque ese es el límite, el daño al otro, de la tolerancia), pero opinión, únicamente opinión. En ciencia, dice Miguel Pita, «todas las opiniones valen lo mismo: nada, incluso las de los científicos”. Tener una opinión no es tener una solución. Ser una excelente investigadora, haber sido distinguido con un Nobel, ocupar un cargo de responsabilidad en una farmacéutica o en un hospital puntero, haber escrito docenas de libros, tener un programa de televisión o una columna semanal en prensa, lucir un par de doctorados en disciplinas científicas, haber descubierto un patógeno desconocido o un tratamiento milagroso… ninguna de estas virtudes hace que tus opiniones adquieran una cualidad extraordinaria: seas lo que seas (o hayas sido lo que hayas sido) tus opiniones, en lo que respecta a la COVID, valen, en términos científicos, lo que vale cualquier otra opinión: n-a-d-a.

Lo de inventarse una pandemia con más de dos millones de muertos (a día de hoy) resulta difícil de creer. Pero bueno, hay quien cree que la tierra es plana…


En resumen: ¿qué alternativas plantea este coro virtual de escépticos? Las pocas que he leído me producen bastante más inquietud que la propia enfermedad.
Y ahora, para colmo, algunos se manifiestan, poniéndose en riesgo ellos y quiénes los acompañan, liderados por especialistas como Bunbury o Carmen París (estupendos en lo suyo, ojo, en-lo-suyo).
Nuestra capacidad de autodestrucción no tiene límites…


PD: Ya lo he contado en otro post, pero, insisto, como es mi costumbre: en el Reino Unido mueren todos los años unas 3.000 personas por usar aspirina, y se producen unas 20.000 hemorragias graves a cuenta de este medicamente tan antiguo, tan testado y tan «inocuo». El riesgo cero no existe, pero la ciencia trata de minimizarlo hasta donde sea posible. Exponerse a este virus sin hacer caso a las evidencias científicas es de una enorme irresponsabilidad porque el precio, muy doloroso, lo pagamos todos. Una cosa es la libertad de expresión y otra la libertad de infección.
La discrepancia es necesaria, pero hay que sostenerla en argumentos fiables. El cabreo lo entiendo, la irresponsabilidad no. Los aplausos en redes son inocuos (sólo alimentan el ego de algunos de estos gurús de lo insostenible), pero si de ellos se deriva el convencimiento de que aquí no pasa nada, y esta idea se traduce en acciones que a todos nos ponen en riesgo (sobre todo a los más vulnerables), los aplausos dejan de ser inocentes. Entiendo el miedo, pero si nos equivocamos en la dirección en la que debemos correr para escapar del peligro, porque quien nos señala el camino es un irresponsable, es posible que terminemos por correr en la dirección equivocada, hacia el abismo del que queremos librarnos.
Dicho lo cual reparto abrazos a los amigos discrepantes, para que este cruce de posturas no nos haga perder las buenas formas, el debate sensato y la amistad (que están por encima de virus y pandemias).

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Ahora toca correr a guarecerse pero convendría tener un plan, un sistema alternativo y justo, para cuando pase el temporal…  

«No intentes cambiar un sistema, construye uno nuevo que haga que el anterior se vuelva obsoleto» (Richard Buckminster Fuller)

No, posiblemente no vamos a necesitar construir un nuevo sistema porque la propia naturaleza, sin preguntarnos, está revelando la peligrosa obsolescencia de un sistema que sólo nos conduce al colapso (empezando por los más débiles, por supuesto). El sistema, a nada que nos despistemos (y andamos muy, muy despistados) se derrumbará él solo, aunque lo ideal sería tener cierto control sobre este hundimiento, de manera que no nos quedemos a la intemperie de la noche a la mañana (¿os acordáis cómo apareció la pandemia?).

Golpeados por la tercera ola de la COVID y azotados por el temporal Filomena, resulta terrible escuchar o leer a algunos de nuestros responsables políticos cuestionando (una vez más) la gravedad del cambio climático, usando las vacunas como arma para atizarse en sus respectivos feudos, relativizando el valor del trabajo científico a la hora de enfrentar estos problemas, echándole la culpa a los otros  (los inmigrantes son los otros  más socorridos en estos casos), animando la vuelta al ocio de mogollón o fiando la recuperación, cualquier recuperación, a una inyección de fondos que refuerce un modelo claramente obsoleto (¿más automóviles?, ¿más turismo de masas?, ¿mayor consumo de energía fósil y materias primas escasas?, ¿mayor presión sobre los recursos pesqueros o las tierras fértiles?, ¿más consumo?).

Cuando domemos la pandemia (que la domaremos) tendremos que enfrentar las consecuencias económicas y sociales de esta emergencia, sin tener garantía alguna de que no nos vuelva a golpear otro patógeno desconocido (¿volveremos a embarcarnos en una carrera en busca de vacunas?, ¿encontraremos vacunas?, ¿podremos pagarlas?). En este tránsito hacia la nueva ¿normalidad? serán cada vez más frecuentes los fenómenos meteorológicos extremos, perturbaciones con las que se anuncia el cambio climático, y da igual si se trata de nevadas históricas, sequías inusuales, olas de calor asfixiantes, huracanes mediterráneos o lluvias torrenciales, todos son consecuencia del mismo problema (sí, puede que la nieve comience a rarificarse en zonas de alta montaña y al mismo tiempo se produzcan temporales de nieve catastróficos, los dos son fenómenos extremos, los dos hablan de una brusca modificación de nuestros patrones climáticos).

Los expertos en biología de la conservación consideran que la humanidad camina de forma inexorable hacia una de esas grandes extinciones que han marcado la evolución del planeta, aunque en esta ocasión la catástrofe sería responsabilidad de una única especie. Janet Larsen, especialista del Earth Policy Institute, considera que nos enfrentamos “a la primera extinción en masa que los seres humanos atestiguarán de primera mano, y no precisamente como simples observadores inocentes”. La última, la quinta en el particular cómputo que manejan los científicos, tuvo lugar hace 65 millones de años y fue la que hizo desaparecer a los dinosaurios.

La sexta extinción ya está en marcha, y las pruebas más recientes (reunidas por Ceballos, Ehrlich y Dirzo, tres investigadores que llevan tiempo estudiando este fenómeno) se han publicado  en la prestigiosa revista norteamericana Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS). Después de analizar con detalle el estado de conservación de 177 especies de mamíferos repartidas por todo el mundo, los autores de este trabajo concluyeron que “todas han perdido un 30 por ciento o más de su distribución geográfica, y más del 40 % de estas especies han experimentado una grave disminución de sus poblaciones”.

Reducir la diversidad biológica también implica la pérdida de los servicios ambientales que nos prestan los ecosistemas, beneficios casi invisibles pero cruciales como es el caso de la polinización que llevan a cabo las abejas, la formación de suelo fértil o la purificación del aire o el agua. Procesos en los que actúan esos múltiples elementos que componen el complejo puzle de la vida. 

En resumen, denuncian estos investigadores, se trata de una verdadera “aniquilación biológica” que tendrá graves consecuencias ecológicas, sociales y económicas. Y no hablamos de un impacto localizado, confinado en un determinado territorio, sino de una ola que recorre el planeta sin freno y sin distinguir fronteras.

La globalización, en definitiva, es el concepto sobre el que gira esta crisis ambiental porque, como explica la primera ley de la Ecología, «todo está relacionado con todo». Si preferimos usar una metáfora que nos lleve al terreno de la salud podríamos decir, como sostiene Miguel Delibes, que «la Tierra es un enfermo grave con un fallo multiorgánico. Cambia el clima, se reducen las reservas de agua dulce, se extinguen especies, se multiplica la contaminación, cambian los usos del suelo… Estamos en un planeta muy pequeño y limitado que tiende a ser cada vez más pobre y uniforme«.

Empobrecer nuestra casa no parece la mejor estrategia cuando la población, a pesar de los pesares, no deja de crecer, y lo hace a un ritmo que Naciones Unidas considera insostenible, “pues la disponibilidad de recursos globales no podrá cubrir las necesidades de un planeta que se nos queda cada vez más pequeño«. Si las tasas de fertilidad continúan en los niveles actuales, alerta la División de Población del Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de Naciones Unidas, “la Tierra se verá obligada a acoger a 134 billones de personas dentro de 300 años”. Este es el escenario más pesimista,  pero en el caso de que el ritmo de crecimiento se estabilice y no se supere el promedio de dos hijos por cada mujer, una previsión quizá demasiado optimista, el planeta “estará habitado en tres siglos por tan sólo 9.000 millones de personas, lo que haría más manejable la disposición de los recursos disponibles”.  Pero, ¿sobreviviremos tres siglos sin colapsar?

La naturaleza nos está brindando la oportunidad de hacernos muchas preguntas incómodas pero imprescindibles, y puede, incluso, que se ocupe ella misma de revelarnos (no sin dolor) el sinsentido del actual modelo económico, pero aunque dejemos en sus manos todo este trabajo sucio convendría tener un plan, un sistema alternativo y justo, para cuando pase el temporal.  

PD: ¿Cómo no dedicar unos minutos a reflexionar sobre lo que nos espera viendo lo que estamos viendo estos días, estos meses? En el caso de este post, la chispa que finalmente lo ha provocado ha sido un repaso nocturno (el insomnio circunstancial tienen algunas ventajas) a la figura de Richard Buckminster Fuller (1895-1983) un visionario en muchas de sus observaciones (de alguna manera anticipó la arquitectura sostenible y la economía circular). Ojalá la tormenta me conceda la tregua necesaria para visitar la exposición (Curiosidad radical) que le dedica en Madrid, y hasta mitad de marzo, la Fundación Telefónica.

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Nota previa: este post está salpicado de enlaces (más de cuarenta) a fuentes informativas complementarias. Basta situarse sobre las palabras resaltadas para consultar dichas fuentes. Que nadie se queje de falta de datos.

Sé que muchas personas no reparan en lo que sería tener que seguir batallando contra la difteria, el sarampión, la rabia o el tétanos. Sé que la mayoría de estas personas viven en países desarrollados y jamás han visto a nadie de su entorno padecer alguna de estas terribles enfermedades. Sé que quien no quiere, de forma temeraria, vacunarse, o que vacunen a sus hijos, contra estas u otras enfermedades lo hace aprovechándose de la protección que le brinda el grupo, el elevado porcentaje de ciudadanos que, en países desarrollados, se vacunan para protegerse ellos y proteger así a los demás. Si conocen esta ventaja y actúan así son egoístas y si no lo saben son ignorantes, y esta segunda condición es la que me anima a escribir este post (contra la primera anomalía, contra el egoísmo, es mucho más difícil actuar, sobre todo en adultos informados).

Claro que el anuncio de BioNTech-Pzifer y Moderna a propósito de la efectividad de sus vacunas contra la COVID rinde beneficios económicos a estas empresas. Claro que esta noticia anima las bolsas de medio mundo. Por supuesto que los gobiernos corren a encargar, pagando por adelantado, sus partidas de inyectables. ¿Pero es que todos estos efectos secundarios invalidan el tremendo esfuerzo científico que nos ha llevado a este punto en menos de un año? ¿Acaso el descubrimiento de una nueva vacuna, para la enfermedad que sea, puede acabar convirtiéndose en una mala noticia?

Inciso para cuñados: BioNTech (2008) y Moderna (2010) son starups nacidas en la crisis financiera de 2008, impulsadas por científicos cuarentones de varios países y culturas. Han invertido cientos de millones antes de ofrecer estas vacunas, que son sus primeros productos. Han manejado tiempos largos, un riesgo extremo en las inversiones y se han arriesgado a una tasa de éxito mínima (Moderna, cotizada en Bolsa, nunca ha dado beneficios en sus diez años de vida). ¿Merecen sus promotores recibir ahora el retorno de su inversión, el premio a su atrevimiento? El análisis de Jorge Barrero, de la Fundación COTEC, puede servir para aclararnos algo esta cuestión.

Aún quedan muchos interrogantes por despejar: cuánto dura la inmunidad que proporcionan estas vacunas, cómo actúan según los diferentes grupos de edad y riesgo, sólo resuelven infecciones graves o también evitan la propagación del virus… Y, además, hay que enfrentar el esfuerzo logístico preciso para distribuirlas, una tarea que no sólo debe atender a criterios de eficacia (garantizando, por ejemplo, la rigurosa cadena de frío imprescindible para conservarlas) sino también a principios de equidad, de justicia, de solidaridad, de legitimidad… El bien común debe primar sobre cualquier otra consideración: ética y ciencia deben ir de la mano.

Pero aún teniendo que despejar interrogantes y batallar por un uso ético de estos remedios, no podemos, no debemos, dejar que el desconocimiento (o el miedo que se alimenta del primero) nos haga renegar de una vacuna (el egoísmo, insisto, es más difícil de vencer que la ignorancia).

Y con el simple afán de ofrecer evidencias razonables y hacer un poco de pedagogía, de ciencia para todos los públicos, asistí al programa “Despierta Andalucía”, la apuesta informativa más tempranera de Canal Sur Televisión. Mis compañeros, Álvaro Moreno de la Santa y Victoria Romero, me pidieron que explicara en qué situación se encontraba el asunto de las vacunas contra la COVID, y también que despejara las dudas en torno a la relación del coronavirus con la fauna en general y con nuestras mascotas domésticas en particular. Sin alarmismos (eso no forma parte de un periodismo responsable) y con el profundo sentido de servicio público con el que siempre me enfrento a este tipo de retos en los que trato de explicar lo complejo a personas que ni son especialistas ni tienen por qué serlo, a ciudadanos de a pie preocupados por una enfermedad que amenaza, por segunda vez en un año, con colapsar nuestro sistema sanitario.

En las pocas notas que coloqué sobre la mesa, para no olvidar nada sustancial, escribí en mayúscula tres palabras: OPTIMISMO, CAUTELAS Y BULOS

OPTIMISMO

Insisto: que en menos de un año se hayan anunciado ya dos vacunas eficaces (aunque tengamos que esperar los resultados completos y la validación de estos por parte de la comunidad científica), que una tercera (AstraZeneca-Universidad de Oxford) esté muy cerca de un anuncio parecido, que 11 prototipos de vacuna estén en la fase final de los ensayos en humanos y que cerca de 200 se estén desarrollando en diferentes fases clínicas y preclínicas, es una buena noticia y la demostración de un potencial científico jamás conocido.

Que BioNtech y Moderna hayan apostado por una tecnología nunca antes usada en vacunas para humanos (ARN mensajero), arriesgando un volumen importante de capital, y que la apuesta esté dando resultados positivos también es una buena noticia, porque más allá de la COVID abre nuevos horizontes en el complicado universo de la inmunología y en la prevención de otras muchas enfermedades.

Que las principales industrias farmacéuticas a escala planetaria se hayan unido para resistir a las presiones políticas y así poder respetar los plazos de seguridad en el desarrollo de vacunas y tratamientos frente a la COVID, y que ya estén funcionado alianzas internacionales para recaudar fondos y garantizar el suministro de vacunas a los países más desfavorecidos, también son noticias que alimentan la esperanza.  

Creo que son suficientes razones para el optimismo, aunque no sea un optimismo ciego (atención al capítulo de cautelas), sobre todo si volvemos la vista atrás y pensamos en la situación que se nos planteaba en febrero o marzo, hace menos de diez meses.

CAUTELAS

La innovación de BioNtech-Pzifer y Moderna tiene un precio: las vacunas de ARN mensajero son inestables y necesitan por ello condiciones de conservación muy exigentes. En el caso de BioNtech-Pzifer los viales deben almacenarse en torno a los – 70 ºC, mientras que los de Moderna pueden conservarse hasta seis meses a una temperatura de – 20 ºC. En ambos casos se requiere una logística compleja y costosa, y si bien Moderna juega con algo de ventaja en ese capítulo no es menos cierto que BioNtech-Pzifer tendrá más capacidad de producción y un precio algo más moderado ya que su vacuna requiere una dosis más reducida (30 microgramos) que la de Moderna (100 microgramos).

Estas dos vacunas, y muchas otras de las que están en desarrollo, deben ser administradas en dos dosis (separadas entre tres y cuatro semanas). Teniendo en cuenta que la inmunidad de grupo, que es la que evita que el virus se propague actuando como un cortafuegos, se alcanza cuando el 60-70 % de la población está protegida frente al coronavirus, en el caso de España (47 millones de habitantes) sería necesario vacunar a un mínimo de 28 millones de personas, lo que supone administrar más de 56 millones de dosis respetando, además, el intervalo fijado entre la primera y la segunda dosis. ¿Cuánto tiempo se requiere para conseguir estas cifras de vacunación? Pensemos en una de las pocas referencias conocidas como es la vacunación estacional frente a la gripe: en unos tres meses se administran entre 5 y 6 millones de dosis (este año quizá algo más). Siendo realistas, es difícil que, si las vacunas funcionan y su producción a gran escala se desarrolla sin contratiempos, la inmunidad de grupo se alcance antes del segundo semestre de 2021. ¿Y mientras tanto qué hacemos? Resistir con las únicas herramientas eficaces, dolorosas pero eficaces: confinamientos, limitación de actividades, reducción de interacciones sociales, uso generalizado de mascarillas, máxima atención a la higiene y la distancia social… Mientras llegan las vacunas y se alcanza la inmunidad de grupo hay que evitar a toda costa el colapso del sistema sanitario, otras estrategias (ver el capítulo de los bulos) se apoyan, con débiles argumentos científicos, en la pura y dura insolidaridad (sálvese quien pueda).

Justo en este punto del proceso, el de la vacunación, aparece una cautela que se puede convertir en un peligroso escollo y que es, insisto, el que me anima a escribir este post. Según diferentes sondeos un número más que apreciable de ciudadanos expresan serias dudas frente a la vacunación hasta el punto de considerar la posibilidad de no vacunarse o de defender la tesis de que hay una conspiración detrás del desarrollo de estos fármacos. Por mucho que sean los resultados de encuestas reflejan un estado de ánimo y, sobre todo, un nivel de miedo y desconfianza que exige un esfuerzo de pedagogía, responsabilidad y consenso social. Y aquí tenemos una enorme tarea los medios de comunicación.

Considerar la vacunación contra la COVID como obligatoria sería la peor opción, por el daño que se hace al consenso que nace del acuerdo voluntario. El ejemplo de la donación de órganos, en donde somos líderes a nivel mundial, es contundente al respecto: aunque la ley lo permita es muy raro que las autoridades decidan extraer órganos para trasplante sin el consentimiento de la familia.

Inciso para cuñados: sí, la ley permite la vacunación obligatoria, y de hecho es un recurso al que ha habido que recurrir no hace mucho ni muy lejos (Granada, brote de sarampión en 2010: un juez ordena la vacunación de 35 niños).

¿Qué ocurriría si disponemos de vacunas eficaces pero el rechazo social impide alcanzar los porcentajes de vacunación que brindan inmunidad de grupo? ¿Cómo se resuelven algunos de los dilemas morales que plantea el respeto a la vacunación voluntaria? ¿Sería tolerable, por ejemplo, que el personal de una residencia de ancianos se negara a vacunarse? ¿Podríamos asumir, por ejemplo, que los compañeros de clase de nuestros hijos no estuvieran vacunados?  

Mejor que obligar es convencer, y el convencimiento nace del conocimiento. Todos los esfuerzos por hacer pedagogía, insisto, son pocos. Todas las batallas contra los bulos serán pocas.

BULOS

Hace unos días publiqué en este mismo blog un texto (El pastor inmune) destinado a combatir uno de los bulos más peligrosos que andan circulando en todo tipo de soportes, esa tesis (supuestamente respaldada por numerosos especialistas) que defiende el establecimiento de la inmunidad de grupo de manera “natural”, es decir, dejando que el virus circule libremente, infecte a quien tenga que infectar y se alcance la protección de los ciudadanos en un corto plazo sin hacerles pagar el alto precio de los confinamientos, la limitación de actividades o el toque de queda («protección focalizada» es el eufemismo elegido para esta estrategia). En el post reúno evidencias suficientes, apoyadas en documentos fiables, pero de forma resumida os diré que esta tesis se sostiene en argumentos científicos muy débiles, en posicionamientos poco éticos e insolidarios, está vinculada a un think-tank que cuestiona el cambio climático, está suscrita por un buen número de “desconocidos” (siendo benevolente en la definición), contradice el posicionamiento de la OMS y, sobre todo, debilita los esfuerzos que, desde la sanidad pública, se están realizando para frenar la pandemia en tanto llegan vacunas y tratamientos eficaces. Teniendo en cuenta las tasas de mortalidad que manifiesta la COVID apostar por esta estrategia supondría, como mínimo, disparar los fallecimientos en nuestro país hasta los 400.000 (a fecha de hoy se han registrado, de manera oficial, algo más de 42.000 muertes). ¿Estamos dispuestos a pagar este precio en vidas humanas? ¿Seguro que el confinamiento es peor? Quizá lo más razonable sería proteger de manera efectiva a los más débiles frente al coste, social y económico, del confinamiento mientras llegan las vacunas y los tratamientos más eficaces,  y no embarcarse en un “sálvese quien pueda” que siempre hace que se salven los mismos.

ANEXO: MASCOTAS INOCENTES

Este coronavirus, por mucho que se empeñen algunos conspiranoicos, tiene un origen animal. Posiblemente el reservorio del patógeno original se localice en algunas especies de murciélagos y en su viaje hacia los humanos haya contado con algunos hospedadores  intermedios, como la civeta, pero el caso es que, sin duda alguna, la destrucción de la biodiversidad ha impedido que la naturaleza frene, con sus múltiples mecanismos de ajuste, ese salto de animales a humanos.

Desde que empezó la pandemia se han multiplicado los estudios para establecer el impacto del coronavirus en la fauna, y así ha podido establecerse que hay especies animales más vulnerables al patógeno y otras que no lo padecen. Especies que se infectan a partir de los humanos con los que conviven pero no lo transmiten a otros humanos, y especies que se infectan y transmiten la COVID.

El grupo más preocupante es el de los mustélidos (visones, hurones, turones, comadrejas…) donde ya se ha certificado la presencia del virus y la posibilidad de que se transmita a humanos. Los operarios de algunas de las granjas en donde se crían visiones han infectado a estos mamíferos y, una vez infectados, se han convertido en agentes capaces de propagar la enfermedad a otros humanos. Y para empeorar las cosas, en este tránsito humano-animal-humano el virus sufre mutaciones que, en el peor de los casos, podrían reducir la efectividad de algunas vacunas. Estos animales, además, podrían convertirse en un reservorio del patógeno, de manera que aunque lucháramos contra él en el territorio de los humanos siempre cabría la posibilidad de una nueva epidemia que partiera de los coronavirus “ocultos” en los mustélidos.

En lo que se refiere a los animales domésticos, aquellos que mayor interacción tienen con los humanos, hay algunos que apenas parecen verse afectados por la COVID, como es el caso de los perros, los cerdos, las gallinas o los patos. Los gatos serían, en este caso, los más vulnerables al patógeno, aunque en todo el mundo se han descrito muy pocos casos de gatos infectados (un solo caso en España) y ninguno en el que el gato transmitiera el patógeno a un humano (quizá juegan a su favor los hábitos de autohigiene de estos felinos y su reducido tamaño en relación a un humano, con lo que la carga viral presente en la respiración de estos animales sería muy reducida, aunque estas son meras especulaciones). Incluso en las investigaciones que se han realizado sobre la incidencia que tienen en las tasas de infección determinados comportamientos, se ha advertido el riesgo de infección que conlleva ser propietario de un perro pero no por culpa del animal sino por el hecho de que sus paseos en el exterior del domicilio suponen la interacción con personas y superficies potencialmente infectadas y el posible traslado del patógeno a la vivienda.

En resumen, aunque el riesgo de infección es casi despreciable hay que extremar las medidas higiénicas en el contacto con nuestras mascotas (asearlas y asearnos nosotros cuando nos relacionamos con ellas) y, sobre todo, si padecemos la COVID debemos aislarnos de nuestras mascotas al igual que hacemos con los humanos, para evitar contagiarlas y extender así la circulación del patógeno.

Y no olvidemos que las mascotas juegan un papel imprescindible como animales de compañía para muchas personas que están sufriendo un terrible impacto emocional durante la pandemia. Son terapeutas gratuitos, sanitarios no reconocidos, cuidadores incondicionales. E, incluso, actúan como poderosos fármacos naturales capaces de evitarnos algunas enfermedades, algo que no es una mera suposición sino que ya ha sido avalado por interesantes investigaciones (en aquellos hogares en los conviven gatos y bebés, por ejemplo, los primeros son capaces de inactivar en los segundos un gen que predispone al asma, de manera que muchos de esos niños jamás padecerán esa enfermedad –porque el efecto dura toda la vida- y también serán menos vulnerables a las bronquitis y las neumonías).

EPÍLOGO

Aún en mitad de la tormenta hay muchos motivos para la esperanza. Sabemos la causa de esta enfermedad, sabemos cómo frenar su transmisión (aunque las herramientas sean dolorosas y causen daños colaterales), estamos a punto de contar con vacunas eficaces, se sigue trabajando en tratamientos específicos, nuestro sistema sanitario (gracias al sacrificio de muchos profesionales) está resistiendo las embestidas del coronavirus y la comunidad científica trabaja con un grado de cooperación e intensidad nunca antes conocido. Y todo esto en sólo diez meses.

[ Explicarlo en televisión cuesta un poco más. El esfuerzo de síntesis, conceptual y de lenguaje, es tremendo cuando se trata de información científica, por eso son tan valiosas estas ventanas en una televisión pública.]

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Si le preguntaran a las ovejas quizá no estuvieran muy de acuerdo con la inmunidad de rebaño forzada…

¿Qué sentido tienen los confinamientos, los toques de queda, el cese de actividades no esenciales?

¿El precio de la prevención no es mayor que el de la infección?

¿Nos están ocultando el mejor tratamiento para la pandemia?

¿Qué es la Great Barrington Declaration?

Estas, y otras preguntas parecidas, me llegan a través de algunos buenos amigos, preocupados con el curso que vuelven a tomar los acontecimientos, inquietos ante la incertidumbre y esperanzados en que, tal vez, se haya encontrado una solución (indolora) al coronavirus pero que esta se esté viendo frenada por una oscura confabulación.  

Se acercan los confinamientos, los toques de queda, la limitación de actividades… y es lógico que nos aferremos a un clavo ardiendo, sobre todo los que más van a sufrir en estas circunstancias tan difíciles, los más vulnerables, pero siento deciros, amigos, que esa solución indolora, que ese documento grandilocuente que anuncia las medidas más eficaces, que esa declaración que algunos esgrimen como el remedio más sencillo para un problema muy complejo (menuda contradicción, empezamos mal…), se sostiene en argumentos científicos muy débiles, en posicionamientos poco éticos e insolidarios, está vinculado a un think-tank que cuestiona el cambio climático, está suscrito por un buen número de «desconocidos» (por ser benevolente en la definición), contradice las tesis de la OMS y, sobre todo, debilita los esfuerzos que, desde la sanidad pública, se están realizando para frenar la pandemia en tanto llegan vacunas y tratamientos eficaces.

Para que esto no parezca un desahogo meramente opinativo, comparto varios documentos, rigurosos, que me parecen bastante clarificadores al respecto. La verdad escuece, dibuja un camino tortuoso y obliga a múltiples sacrificios, pero… es lo que hay (sin que esto signifique santificar la gestión política de esta emergencia… que ese es otro cantar).

* Así analizan la Great Barrington Declaration cinco especialistas en The Washington Post:

https://www.washingtonpost.com/outlook/2020/10/14/herd-immunity-barrington-declaration/

Este párrafo resume bien uno de los argumentos más razonables (la traducción, y sus posibles errores, es mía):

Podemos estar de acuerdo con los defensores de la <protección focalizada> en lo que se refiere a la necesidad de encontrar más y mejores formas de proteger a los vulnerables, y en ser inteligentes a propósito de las  restricciones que utilizamos para reducir la propagación del virus. También estamos de acuerdo en que las medidas de control están afectando a todos, especialmente a los que están en desventaja económica. Pero hasta que tengamos una manera de reducir la devastación que causa el virus, a través de tratamientos o vacunas, tenemos la obligación moral de suprimir su propagación mientras mejoramos el apoyo económico, educativo y médico para aquellos cuyas vidas se ven más perturbadas por nuestras medidas de control”.


* Maldita Ciencia, la web de verificación de noticias científicas, revisa así el rigor de la declaración y hace hincapié, con enlaces a artículos contrastados, en los riesgos de forzar una inmunidad de grupo :

https://maldita.es/malditaciencia/2020/10/14/el-manfiesto-contra-el-confinamiento-supuestamente-firmado-por-miles-de-cientificos-no-muestra-las-firmas-a-14-de-octubre-y-propone-una-alternativa-con-un-alto-riesgo-para-la-poblacion-vulnerable/

Dicho en pocas palabras, y con el soporte de una sociedad médica fiable: «(…) la Sociedad Española de Inmunología explicaba a Maldita Ciencia que «adquirir la inmunización padeciendo la enfermedad supone un riesgo muy importante para la población, si consideramos que aproximadamente el 20% de los infectados con síntomas requieren ingreso hospitalario y que, de los ingresados, un 5% llegan a fallecer«.

* Esta es la posición de la OMS, donde, además de los criterios científicos, se subrayan los argumentos éticos:

https://www.lavanguardia.com/vida/20201013/484022418485/la-oms-corrige-a-uno-de-sus-asesores-y-refuta-la-declaracion-de-barrington.html

Nunca en la historia de la salud pública se ha usado la inmunidad colectiva como estrategia para responder a una epidemia, y mucho menos a una pandemia. Es científicamente y éticamente problemático”, enfatiza el Secretario General de la OMS, Tedros Adhanom: “Dejar vía libre a un virus peligroso, del que no comprendemos todo, es simplemente contrario a la ética”.

* Por último, la información que, a mi juicio, mejor revela los graves errores de la Great Barrington Declaration es esta, publicada en The Conversation:

https://theconversation.com/5-failings-of-the-great-barrington-declarations-dangerous-plan-for-covid-19-natural-herd-immunity-148975

Un buen ejemplo a propósito de estos errores (la traducción vuelve a ser mía): «La declaración de Barrington pone la preferencia individual muy por encima del bien público. La declaración aboga porque, <las personas, a título individual, basándose en su propia percepción del riesgo de morir por COVID-19 y otras circunstancias personales, eligen los riesgos, actividades y restricciones que prefieren>. Si este punto de vista se aplicaran a la seguridad vial, se produciría el caos cuando cada uno eligiera su propio límite de velocidad y en qué lado de la carretera quiere conducir. La salud pública es importante, y el enfoque de la declaración de anteponer la ideología a los hechos ayuda a alimentar la pandemia«.


Los bulos nunca son buenos, las fake news casi nunca son inocentes, pero si se trata de nuestra salud y, sobre todo, de la salud de los más vulnerables, las informaciones sin fundamento son, sobre todo, peligrosas. Y no, no existen soluciones sencillas a problemas complejos.

La inmunidad de rebaño, cuando es forzada, suele beneficiar únicamente al pastor…

PD: Una interesante conversación, con cuatro especialistas (de verdad), a propósito del coronavirus, la enfermedad que origina, las vacunas, los tratamientos y la responsabilidad individual y colectiva:

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