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Archive for the ‘Ciudadanía’ Category

Escuchar a Federico Mayor Zaragoza es aprender y, sobre todo, recuperar la esperanza perdida e, incluso, ese convencimiento, que a veces también se nos tambalea, que habla de un futuro mejor sin renunciar a la bondad.

“El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno y hacerlo durar, y darle espacio” (Italo Calvino, Las ciudades invisibles)

La figura del amigo común resulta decisiva en ese delicado y sorprendente entramado de relaciones que uno va tejiendo a lo largo de la vida. La existencia de un amigo común nos predispone a la confianza y hace que la nueva relación nazca de una manera más cariñosa, con menos pudores y cautelas, con el interés de descubrir si esa amistad compartida es sólo el primer anuncio de otras muchas coincidencias que servirán, en definitiva, para que siga creciendo nuestro mejor patrimonio emocional, el de los amigos, el de las amigas.

A Federico Mayor Zaragoza lo conocí gracias a una buena amiga común, María Novo, una mujer luminosa que desde hace décadas es, para muchos de los que transitamos por el universo de lo ambiental, referente imprescindible. María es uno de esos raros ejemplos en los que se combinan, con absoluta naturalidad, la ciencia y el arte, y también representa a esos pocos especialistas (y aquí me da igual la materia a la que hagamos referencia) que sin renunciar al rigor trabajan desde la bondad, la lealtad y la más atrevida creatividad. María Novo, catedrática de Educación Ambiental y Desarrollo Sostenible en la UNED, es mi amiga y, aún así, me sigo sintiendo su alumno, el discípulo, privilegiado, que sigue aprendiendo de lo mucho que siempre está dispuesta a compartir.

Compartir a su buen amigo, Federico Mayor Zaragoza, ha sido uno de sus últimos regalos. Gracias a esta conexión afectiva tuve oportunidad de disfrutar de un largo desayuno con el que fuera director general de la UNESCO, antes de que ambos, de la mano de Teresa Cruz, directora de la Fundación Descubre, participáramos en un encuentro de divulgación científica en Granada (*). Allí, con el perfil de Sierra Nevada dibujándose al otro lado del ventanal, hablamos de todo un poco, porque con este hombre, lúcido y comprometido, cualquier conversación se convierte en un recorrido apasionante por los escenarios, las épocas, los personajes, los debates, los retos, los problemas, la soluciones… que más nos preocupan (o nos deberían preocupar) a los humanos. Escuchar a Federico es escuchar, parafraseando a Calvino, a quien, en medio del infierno, de los muchos infiernos por los que seguro ha debido transitar, no es infierno, reconocer a quien mira el lado oscuro de la existencia y no se deja contaminar por él, a quien se enfrenta a la injusticia, sin abandonar la firmeza, desde la sensatez y la bondad.

Nada más comenzar ese desayuno Federico puso sobre la mesa el valor de la filosofía en el terreno de la ciencia, de la buena ciencia, y también subrayó la responsabilidad del científico y su papel, decisivo, en una sociedad democrática que aspira a la felicidad. Hace casi seis décadas, recordó, ya recomendaba a sus alumnos de Bioquímica que leyeran filosofía, causando, supongo, el lógico desconcierto entre los futuros farmaceúticos. Citó entonces a Francisco Giner de los Ríos en su defensa de la filosofía y las enseñanzas artísticas “para dirigir con sentido la propia vida“, y yo no pude evitar referirme a Bertrand Rusell, al que había venido releyendo (“La conquista de la felicidad”) en el autobús que me llevó a Granada: “El secreto de la felicidad es este: que tus intereses sean lo más amplios posibles y que tus reacciones a las cosas y personas que te interesan sean, en la medida de lo posible, amistosas y no hostiles“.

Quizá lo tengo siempre en la mesilla de noche porque cuando duermo también me habla y alimenta mis sueños.

Como quiera que Federico no conocía este pequeño ensayo de Russell decidí regalarle el ejemplar que yo mismo me regalé con motivo de mi cincuenta cumpleaños. Me pareció un gesto sencillo con el que, a través de un libro (¿existe mejor complicidad que la de un libro?), podríamos lanzar otro hilo en esta urdimbre que ya nos une (el libro, por cierto, debe de estar en Madrid, o en Zurich, o en Roma, o en Nueva York, o en vaya-usted-a-saber la ciudad de esa extensa nómina de urbes que Federico sigue visitando con una vitalidad envidiable).

De ese ensayo conservo bastantes apuntes, entre los que se cuentan algunos que ya he compartido en este blog (como el dedicado a los turbios apóstoles de la destrucción, tan presentes y tan cansinos), así es que no me ha resultado difícil localizar una nueva entrega para sumar a esta desmedida devoción, compartida, por Rusell, devoción que hoy adquiere un matiz singular porque no todos los días tiene uno el privilegio de disfrutar de un desayuno pausado con alguien que ha hecho de su vida el mejor ejemplo de que la felicidad no es una utopía sino el objetivo al que deben dedicarse, de manera pacífica y dialogante, los mejores esfuerzos de la comunidad internacional, esa en la que tanto necesitamos a personas como Federico Mayor Zaragoza. A pesar de que en esa conversación con sabor a café transitamos por escenarios complejos (Cataluña, el Brexit, Trump, el cambio climático, la inmigración…) no hubo en su discurso ni el más remoto atisbo de violencia, de rencor, de soberbia, de autoritarismo… La rotundidad con la que Federico se enfrenta a las injusticias está teñida con la misma humanidad y el mismo pacifismo que llevó a Rusell a la cárcel, así es que estoy convencido de que Bertrand y Federico son buenos compañeros de viaje y que el libro, ese que me regalé y le regalé, también debe estar disfrutando de ese encuentro.

La desigualdad no se puede vencer desde la infelicidad como muchos quieren hacernos creer. La felicidad no se puede alcanzar desde la violencia.

PD: Vaya-usted-a-saber a dónde a ido a parar Bertrand de la mano de Federico, pero en casa sigue estando, porque me lo volví a regalar al día siguiente para así colocarlo de nuevo junto a la almohada, ese lugar, cercano, desde el que Rusell sigue recordándome que la maldad puede combatirse desde la bondad, y que el ego desbocado, la envidia o el rencor hay que dejárselos a los malvados para que, prisioneros de esos demonios, se consuman en sus infiernos cotidianos (si puede ser a cierta distancia, a una distancia prudente, de las buenas personas).

Aunque es cierto que la envidia es la principal fuerza motriz que conduce a la justicia entre las diferentes clases, naciones y sexos, también es cierto que la clase de justicia que se puede esperar como consecuencia de la envidia será, probablemente, del peor tipo posible, consistente más bien en reducir los placeres de los afortunados y no en aumentar los de los desfavorecidos“. (La conquista de la felicidad, Bertrand Rusell).

(*) Próximamente en iDescubre y en Canal Sur Televisión.

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A los periodistas la única borrasca que debería preocuparnos es la que está acabando con las buenas prácticas en este oficio.

Volví de Granada disfrutando de la borrasca Félix, disfrutando del tiempo invernal que tanto nos sorprende en su olvidada normalidad, del agua que tanto pedía el campo, la naturaleza. Claro que si le hubiera hecho caso a los informativos con los que amanecí tendría que haberme atrincherado con víveres suficientes en el hotel, tapiando puertas y ventanas, convencido de no poder regresar a casa en días.

Más allá de la prevención sensata con la que enfrentarse a estos fenómenos y de la información razonable que cualquiera demanda frente a la incertidumbre de la meteorología, convertir cada una de las manifestaciones estacionales lógicas (altas temperaturas, lluvias intensas, vientos, nevadas,…) en un fenómeno extraordinario me parece un absoluto disparate que sólo contribuye a provocar asombro o angustia en los ciudadanos, respuestas que  invitan a la inacción, la rabia o el lamento, como si la naturaleza se gobernara a golpe de maldición bíblica a la que únicamente cabe enfrentarse con obras (y más obras) de defensa.

Es cierto que los fenómenos meteorológicos extremos (sequías acusadas, olas de calor, lluvias torrenciales) comienzan a ser más frecuentes de lo que era habitual, y esa mayor incidencia hay que achacársela, ya sin ninguna duda, al cambio climático. Y también hay que insistir en que la mayoría de las infraestructuras que se están viendo afectadas por las últimas borrascas profundas (desde  chiringuitos en primera línea de playa hasta viviendas en zonas inundables) no son víctimas de la furia de la naturaleza sino de una mala planificación, el incumplimiento flagrante de las leyes, la tolerancia ciega de algunas administraciones y, por supuesto, una peligrosísima dosis de insensatez por parte de aquellos ciudadanos que sabían cuáles eran los riesgos pero decidieron obviarlos confiándose al porvenir. Y todos estos elementos, que en definitiva explican lo aparentemente inexplicable, son los que se ocultan cuando la información es únicamente una información de sucesos (las causas y las consecuencias son las que componen el proceso, las que explican lo aparentemente inexplicable, pero, en la mayoría de los casos, son elementos que se desprecian en favor del simplista y llamativo suceso).

El periodismo que más crece es el de sucesos (por no hablar del periodismo de anécdotas, que suele ser un subgénero, low cost, del primero). Y ese crecimiento, desproporcionado, se apoya en un fenómeno (este sí) extraordinario: se crece gracias al decrecimiento. Es la traducción práctica más elocuente del conocido mantra menos-es-más. Pero, ¿cómo se puede crecer restando? Cuanto más se escatima en medios, cuanto más se recortan los presupuestos, cuanto más se racanea en especialización, cuanto más míseras son las condiciones laborales de los periodistas, cuanto más se reduce el tiempo que se dispone para elaborar la información, cuanto más ridículo es el conocimiento exacto que se tiene del tema en cuestión, cuanto menos interés se pone en profundizar, en analizar, en explicar… más crece la atención a los sucesos. Curioso, ¿verdad? Bueno, más bien lógico, ¿verdad?

El periodismo de sucesos, sobredimensionado y adulterado en sus esencias, deja de ser periodismo y se convierte… en otra cosa, quizá en el mejor combustible para ese incendio en el que se está consumiendo la información razonada en favor del entretenimiento banal. Es la fast food del periodismo vendida como cocina de autor, los éxitos veraniegos de Georgie Dann presentados como una delicada sinfonía. Mucha grasa (y poca chicha), mucho ruido (y pocas nueces). ¿Especialistas?, pocos, que la audiencia se aburre, mejor que hablen los damnificados. ¿Explicaciones?, las justas, conviene no distraerse del drama. ¿Reposo?, no, que nos adelanta la competencia y es más importante ser primero que ser mejor. No, no manda la audiencia, ni siquiera manda la actualidad y mucho menos mandan los influencers que vociferan en las redes sociales al calor del drama, lo que manda, lo que (perdón) debería mandar, es el buen oficio del que nace el criterio propio, el criterio profesional riguroso y desapasionado.

Si mi objetivo es entretener (¿de verdad ese es el objetivo de un periodista?, ¿en serio?) mi territorio son los sucesos, esos que atraen la atención sin requerir de grandes dosis de análisis. Si mi objetivo es la audiencia mi espacio natural son los sucesos, donde una simple cámara encendida en el lugar adecuado, y algunos testimonios atropellados (mejor si tienen el dramatismo propio, y lógico, de las víctimas), se convierte en un scoop a la altura de Woodward & Bernstein, aunque no sea más que la mínima expresión del periodismo. Bueno, en realidad eso no es periodismo, por más que traten de convencernos de que el “seguimiento mediático” es periodismo. Y aprovecho para advertir que existe un periodismo de sucesos digno y riguroso, necesario, claro que sí, pero ese también está en horas bajas, devorado por las prisas, la ignorancia y las baraturas.

Ya están aquí estos que tanto saben de cubrir crisis, y nada saben de la crisis que tienen que cubrir“, lamentaba no hace mucho Rosa María Calaf.

Dos o tres datos, en un bucle interminable, sirven para tejer programas de horas y horas en donde prima el peor de los entretenimientos, el que alimenta nuestros más bajos instintos. Sí, efectivamente, se puede informar de un temporal sin temporal, de una catástrofe sin catástrofe. La nada convertida en noticia y aliñada con el discurso vacuo de los todólogos de turno. Y eso no es periodismo. Eso es ruido, morbo, distracción, prisas, suposiciones, espectáculo,… No, eso no es periodismo. Antes de juzgar el periodismo busca entender, y para eso requiere reposo, conocimiento, contención y rigor. Justo lo que cada vez echo más de menos en muchos medios de comunicación. Durante años me he resistido a admitir la máxima, cruel, que asegura que el periodista es “aquella persona que tiene que explicar a muchos lo que él sólo no ha sido capaz de entender“, pero estoy a punto de rendirme a la evidencia (aunque en este oficio hay, sin duda, magníficos profesionales).

Enric González, periodista lúcido e incisivo, reflexionaba hace algunos años en El País tratando de aclarar esta confusión interesada: “El <seguimiento mediático> no tiene nada que ver con el periodismo. Es espectáculo y entretenimiento, generalmente de mal gusto, pero no periodismo. ¿Es información? Sí, como las etiquetas de las conservas, las matrículas de los coches o la posición de las estrellas. El periodismo es otra cosa“.

Sí, el periodismo es otra cosa, y por eso yo, que soy periodista, me echo a temblar cuando se anuncia la llegada de una borrasca, la desaparición de un menor o el comienzo de un incendio forestal, porque, además de todo el dolor y los daños que irán parejos a estos sucesos, además de todas esas pérdidas, lo que se perderá también, seguro, será el periodismo.

PD: Y hablo de borrascas por no hablar de otros sucesos sobre los que, hoy, justamente hoy, prefiero el silencio…

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Fragmento de la conferencia “El círculo de la voluntad” que dicté en el acto de entrega de los Premios de Comunicación Flacema (Sevilla, 26 de octubre de 2017).  

Para salir airosos de la encrucijada a la que nos conduce el debate en torno a la Economía Circular, y hablando de la cooperación como herramienta decisiva, resulta imprescindible el concurso de los medios de comunicación generalistas, el trabajo de los periodistas que deben, que debemos, trasladar a públicos heterogénos y no especializados la complejidad de estas cuestiones que nos enfrentan a nuestra propia supervivencia. Vivimos prisioneros de los sucesos, que nos entretienen, captan la atención y encienden el debate, pero que difícilmente generan conocimiento. Esta, la información ambiental, es una información de procesos en la que hay que señalar causas, consecuencias, actores, soluciones…, y la atención a todos estos elementos requiere tiempo y conocimiento, reposo y mirada democrática. Los problemas ambientales se llevan muy mal con el periodismo urgente, plagado de inexactitudes y ruido (con frecuencia interesado).

Tampoco conviene caer en la trampa de sentirse más cerca de nuestras fuentes que de nuestros receptores. Cuando un periodista se pone a escribir sólo puede militar en el periodismo. No somos ecologistas, ni somos portavoces de la industria, ni nos alineamos con la Administración… por muy loables que sean sus argumentos: únicamente nos debemos a nuestros receptores. Si nos identificamos con nuestras fuentes hasta el extremo de confundirnos con ellas es fácil que caigamos en un periodismo reduccionista, ese que se asoma a una realidad complejísima y la simplifica hasta obtener un tranquilizador (o inquietante) escenario de buenos y malos, un paisaje de negros y blancos del que han desaparecido los infinitos matices en los que  buscar una explicación, una solución. El periodismo no debe perseguir adhesiones sino argumentos.

¿Qué quieren nuestros receptores? Que les ayudemos a entender la complejidad del mundo que les rodea sin hurtarles ninguno de los elementos que lo componen, incluidas incertidumbres, contradicciones y zonas oscuras. Por eso un periodista, el verdadero periodista ambiental,  necesita una mirada abierta, democrática y conciliadora. Es más importante entender que juzgar, pero es más fácil juzgar que entender. Y no es que los juicios sean malos per se, es que un buen juicio necesita comprensión, interpretación, argumentos, tiempo… Pero un escenario periodístico frenético, entregado a la urgencia del suceso, la denuncia o la exclusiva, se alimenta no de juicios sino de prejuicios (que son fáciles y rápidos, pero que con frecuencia traicionan el verdadero conocimiento de un problema y la búsqueda cooperativa de soluciones).

Insisto: nuestros receptores no quieren, ni merecen, juicios (y menos prejuicios), ni sentencias y condenas rápidas, inapelables, ni siquiera manuales sobre lo que deben o no deben hacer.  En el periodismo en general (y en el ambiental en particular) necesitamos más creatividad que reactividad. Necesitamos una mirada plural, formada, reposada y conciliadora. Y aunque esta es, sobre todo, una responsabilidad nuestra, de los propios periodistas, no lo es menos de cierta clase política, esa que aplaude al peor periodismo, y de algunas fuentes cualificadas (industria, ecologistas, científicos…) que a veces prefieren comportarse como enemigos y no como aliados de los medios de comunicación, sobre todo en cuestiones de tan evidente calado social como es el modelo de desarrollo con el que podemos escapar del desastre.

Abrir espacios como este, donde diferentes voces pueden entablar un diálogo reposado, plural y en libertad, en torno a problemas ambientales complejos, es lo que más necesitamos. Insisto: quizá con más urgencia que leyes o inversiones. Dice mi amiga María Novo, catedrática de Educación Ambiental, y dice bien, que en torno a algunas cuestiones ambientales hemos generado mucho más conocimiento que relaciones, y que, quizá, hay que insistir en las relaciones para poder salir de esta crisis que amenaza nuestra propia supervivencia. Y Einstein aseguraba que en momentos de crisis es más importante la imaginación que el conocimiento. Necesitamos más relaciones, más imaginación, más creatividad, más diálogo, más cooperación, más transparencia, más serenidad… Necesitamos inversiones y tecnología, claro que sí, pero sobre todo necesitamos herramientas intangibles y gratuitas que sólo precisan de nuestra voluntad, la de todos.

 

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La portada del disco If Not Now, When?, del grupo Incubus (al que, dicho sea de paso, nunca he escuchado), es la imagen que hace algún tiempo elegí para identificarme en Whatsapp (advirtiendo, eso sí, que: “Me río para mantener el equilibrio“). No sé enfrentarme a la incertidumbre, al vaivén entre el éxito y el fracaso, de otra manera…

 

Nunca habíamos coincidido pero estaba seguro que en el diálogo que nos proponían los organizadores del X Congreso Internacional sobre Investigación en la Didáctica de las Ciencias íbamos a compartir no pocos puntos de vista en torno a algunos elementos que a ambos nos preocupan y que nos parecen decisivos en cualquier debate en torno a la educación y la comunicación de la Ciencia. El rigor, la creatividad, el optimismo o la empatía son valores en los que ambos nos reconocemos y a los que casi siempre nos referimos en nuestras intervenciones.

Con quien tuve ocasión de dialogar hace algunos días, y reconocerme en estas y otras virtudes, fue con José López Barneo, uno de los investigadores más relevantes en el campo de las enfermedades neurodegenerativas, catedrático de Fisiología y director del IBIS (Instituto de Biomedicina de Sevilla). Un periodista y un médico borrando la frontera, anacrónica y estéril, entre las dos culturas.

Frente a un auditorio compuesto por cerca de 800 especialistas llegados de medio mundo e interesados en contribuir a una mejor educación científica, recorrimos algunos de los problemas que dificultan ese esfuerzo, pero también detallamos las soluciones que nos hacen mantener la esperanza en el desarrollo de una sociedad más culta, más crítica y más libre.

Aunque resulte paradójico, el valor que más celebré a lo largo de todo el diálogo, quizá porque suele mantenerse oculto a pesar de su trascendencia, fue el del fracaso. Frente a esa corriente simplona y conformista que quiere hacernos creer que en la cultura científica sólo caben el éxito, la diversión y el asombro, insistí en la necesidad de mostrar (también) el esfuerzo, el error, los tediosos procedimientos a los que se somete el método científico, la falta de reconocimiento y, desde luego, el fracaso, el fracaso como motor de las mejores hazañas. Y justamente en este punto es en donde López Barneo, gracias a su propia experiencia, introdujo algunos matices que arrojaron más luz sobre una cuestión condenada a una cierta oscuridad.

Es necesario apreciar en el fracaso un motivo para medir la verdadera voluntad de un individuo. Esa era la tesis de José López Barneo, la que nos unió, entre otras coincidencias, durante el diálogo sobre educación científica.

En esta tierra, confesó el científico, existe una cierta “celebración del fracaso” entendido como demérito, como tropiezo que únicamente da idea de la mediocridad de aquellos que no consiguen alcanzar sus objetivos. Si un vecino abre un negocio y le va mal, explicó, aquellos que le rodean, o muchos de los que le rodean, sienten un íntimo regocijo, una confirmación de sus peores presagios, una celebración del batacazo. Casi nadie aprecia en el fracaso un motivo para medir la verdadera voluntad de un individuo, su capacidad de sacrificio, la dimensión real de su esfuerzo, la disposición que tiene para adaptarse, para reinventarse, para intentarlo una y mil veces más.

En Estados Unidos, precisó López Barneo, donde no suele existir esta celebración del fracaso ni tampoco ese pudor a admitir que uno ha fracasado, hay quien incluye en su currículum justamente eso: las veces que intentó alcanzar un determinado objetivo, las veces que fracasó antes de conseguirlo. Y esta confesión no sólo no es un elemento que provoque el desprecio de sus semejantes, ni siquiera que invite a un cierto pitorreo, sino que, por el contrario, es el mejor aval para que a uno lo consideren una persona tenaz y decidida, de esas que no le tienen miedo al fracaso, de esas que no se rinden con facilidad.

Me gustaron estas apreciaciones, estas evidencias en torno al valor del descalabro, este elogio de la derrota que tantas satisfacciones nos podría aportar, por ejemplo, en la educación de nuestros hijos, en la defensa de nuestra carrera profesional o, incluso, en nuestras relaciones sociales (siempre sometidas al escrutinio de los que piensan que la felicidad es incompatible con los fracasos emocionales). Y que conste, para que el elogio tampoco se nos vaya de las manos, que una sucesión de fracasos no garantiza, en si misma, el éxito, pero de lo que no hay duda es de que el fracaso nunca debería ser la excusa para no intentarlo (al menos) una vez más (haciendo el esfuerzo oportuno para identificar la pieza que falló, lo que no funcionó como esperábamos, para buscar el mejor remedio).

Curiosamente no fueron americanos, sino mexicanos, los que pusieron en marcha las Fuckup Nights,  breves conferencias (al estilo de lasTed Talks) que cualquiera puede proponer (en directo o grabadas) para relatar su fracaso personal, el doméstico relato de su patinazo, la historia íntima de sus naufragios. Un magnífico ejemplo de cómo el fracaso llega a ser tan valioso que termina convirtiéndose en una herramienta de aprendizaje compartido (siempre que las lecciones se compartan de igual a igual, con humor y humildad, y no haya, por tanto, juicios maniqueos ni doctos sermones). El modelo ya se ha trasladado a algunos escenarios cercanos como el Campus Gutemberg (Universidad Pompeu Fabra), que en sus premios dedicados a prácticas inspiradoras en comunicación científica pide a los candidatos que sean “valientes” y se atrevan a explicar algo “que no salió bien” pero de lo que aprendieron muchísimo, sobre todo para evitar que “otros repitamos el mismo error”.

Me costó tiempo aprender (por una vez, la edad juega a favor) pero, con cierta paciencia y aplicación, he conseguido no temerle al fracaso (si en el empeño he puesto todas mis capacidades, of course). Mucha más inquietud me causan los que celebran el fracaso ajeno, es decir, los auténticos fracasados, y, sobre todo, me espantan aquellos que emplean gran parte de su existencia en zancadillear al prójimo para que, si es posible, no alcance sus metas. Después de reivindicar, como hizo López Barneo, el valor del fracaso e incluirlo en el relato de nuestra experiencia profesional, habrá que ocuparse de aquellos otros que favorecen el fracaso, promoviendo, por ejemplo, su inclusión en los títulos de crédito de una película o un documental, o en las citas de cualquier obra escrita. Si raramente nos olvidamos de agradecer a quien nos ayuda, ¿por qué no indicar, con nombre y apellido, quién hizo todo lo posible por hundir nuestro proyecto? Ese capítulo podríamos titularlo “A pesar de…”, porque si finalmente conseguimos sortear sus zancadillas es justo reconocer el esfuerzo (miserable) de los que intentaron hacernos fracasar… sin conseguirlo.

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Esto es lo que ve Coelho al atardecer, así, al natural, sin filtros. Pero por muy espectacular que sea el mirador es mucho más lo que oculta Lisboa que lo que muestra… (Foto: José María Montero).

Partiste, tudo na vida tem fim / Sempre disse cá para mim que isto iria acontecer…”  (Vou lá ter, Mario Móniz)

No, no me hice una foto con Pessoa en la puerta del Café A Brasileira. No, no peregriné a Belém en busca de pastéis, ni me aburrí en una cola interminable para apiñarme en el elevador do Carmo, ni pagué una fortuna para cenar unos petiscos resecos mientras alguien decía cantar fados. Apenas pisé el corazón del Chiado, escapé de la rúa Augusta, evité el Terreiro do Paço, no subí al Castelo ni metí codo para poder embutirme en el 28 (sacando medio cuerpo por la ventanilla para fotografiar el Largo da Sé o el de las Portas do Sol).

No, no me subí a un tuk-tuk, ni a un Go-car, ni a un Segway para conocer lo que sólo se puede conocer andando despacio, muy despacio.

¿Qué se esconde en la otra orilla? ¿A dónde nos llevó el Cacilheiro? ¿Quién escribió “Atira-te ao rio” al final de este paseo por la otra Lisboa? (Foto: José María Montero).

No, no es esa mi Lisboa, la Lisboa a la que viajo desde que era niño, la Lisboa de la que me enamoré gracias a mis padres. Aquellas señas de identidad que me deslumbraron cuando apenas tenía doce o trece años han sido devoradas, y prostituidas, por un turismo de masas que poco o nada sabe del delicado espíritu de esta ciudad o, lo que es peor, que aún sabiendo cuál es el alma de Lisboa no duda en sumarse a esa corriente simplona y mercantilista que se recrea en los tópicos hasta convertirlos en dogmas o caricaturas. Y no hablo de reservar esa Lisboa a una élite, ni de despreciar a cualquiera que, sin mala intención, se deja llevar por aquellos que comercian con Lisboa como quien vende una entrada para Disneyland. No, este no es un discurso exclusivo, sólo para iniciados. Sin necesidad de ser un erudito ni un apóstol del turismo sostenible se puede ser visitante en Lisboa (y en cualquier sitio) aplicando el más sencillo respeto, el que nace de la  empatía y el sentido común.

Así habla Mouraria… (Foto: José María Montero)

Que sí, que sí, que las administraciones lusas tienen mucho que decir a este respecto (y es justo reconocer que la izquierda lisboeta está ejecutando decisiones trascendentales, como la de evitar la privatización del transporte público), pero que conviene no olvidar que todo empieza, mucho antes que en un decreto o en una ordenanza, en la doméstica decisión que tomamos cualquiera de nosotros.

Claro que mola subirse a los tranvías, pero a lo mejor hay que moderarse cuando uno descubre (y no hay que ser un lumbreras para darse cuenta) que son el medio de transporte, público y popular, para cientos de lisboetas, esos  que tienen serias dificultades para abordarlos cuando a todas horas suelen ir abarrotados de turistas. Esa es una decisión individual y sencilla, pero hay muchas más.

El relevo generacional está asegurado: con la gran fadista Diana Vilarinho en el Barrio Alto (al filo de la medianoche), después de su actuación en la minúscula Mascote da Atalaia.

Decidir que dos calles más allá de esa plaza atestada hay hermosos rincones (casi) solitarios. Decidir que el fado, el auténtico fado, hay que buscarlo, y rebuscarlo, en pequeñas tabernas en las que (casi) no hay turistas, porque el fado, el auténtico fado, no es el hilo musical de un triste parque temático. Decidir que no vamos a hospedarnos en alojamientos sospechosamente baratos situados en el casco histórico de la ciudad porque si lo hacemos así (casi) siempre estaremos  alimentando el negro negocio de los alquileres especulativos, esa mafia legal que expulsa a los vecinos de sus casas para comerciar con ellas. Decidir que la auténtica comida lisboeta es la que comen… los lisboetas, la que se sirve temprano, a precios populares pero con todo el mimo del mundo, en las tascas de los barrios menos turísticos o, incluso, en la humilde cantina de un céntrico convento de monjas. Decidir que en Lisboa se puede ir andando a (casi) todos lados. Decidir hablar tan bajito y ser tan educados como (casi) todos los portugueses. Decidir que hay otra Lisboa más allá de Graça, de Estrela o del Bairro Alto, otra Lisboa a la que se llega en el Transtejo, en el destartalado Cacilheiro o brujuleando, sin prisa, por Ourique, Santos, Mouraria, Mandragoa, Estrela d´Ouro…

Mirando al Tajo desde el ojo entreabierto del MAAT (Foto: José María Montero).

Y no, la otra Lisboa de la que hablo tampoco es esa urbe cool que hace unos días nos pintaban en el dominical de El País, ese paraíso poblado de pijipis que vampirizan el espíritu de la ciudad para vendernos no-se-qué-moda-y-no-se-qué-ultimísimo-diseño-exquisito-y-no-se-qué-star-up-tecnológica-de-rabiosa-vanguardia. Lo siento, si en un reportaje dedicado a Lisboa leo que el futuro está en manos de eso que uno de los entrevistados llama “gente guapa”, si leo que las nuevas inmobiliarias “más que edificios crean conceptos”, o si leo que alguien admite que “el precio de los pisos está por las nubes” pero se justifica añadiendo que “hace poco nadie los quería”, entonces concluyo que, efectivamente, esa tampoco es Lisboa, al menos no es mi Lisboa. Y sí, claro que hay espacio para ese grupo de emprendedores cool que  seguro está dinamizando la ciudad (yo mismo he celebrado en esta última visita el continente  del MAAT, la elegante almeja que se abre al Tajo sin destrozar el horizonte gracias a las curvas orgánicas de Amanda Levete, aunque el
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 sea discutible y los titulares del museo sean más que discutibles…), pero, aún así, por favor, que no nos vendan que eso es Lisboa, la otra Lisboa  (“Lisboa, ¿pero dónde estabas”, se titula el reportaje), porque eso, eso mismo, ya lo he visto, lo he vivido y lo he sufrido, en Nueva York, en Berlín, en Buenos Aires o en Barcelona.

Y se va… desde las Escadinhas da Rua das Farinhas (Foto: José María Montero).

Lisboa ha sobrevivido a un terremoto, a una dictadura, a Bruselas y sus hombres de negro… Lisboa sobrevivirá a los cruceros y a los hipster, a la especulación y a la fast food. Lisboa, aunque ahora no lo parezca, sigue sin tener prisa, y conserva intactas, aunque ahora deba ocultarlas, sus más poderosas señas de identidad. El alma de Lisboa no es fácil de entender, y mucho menos de vencer. Amigos y enemigos, aunque estos últimos no lo admitan, están condenados a enamorarse de esta ciudad en la que todos los relojes, y todos los calendarios, mienten.

PD: No, no me hice una foto con Pessoa en la puerta del Café A Brasileira porque le tengo su respeto al poeta y porque su espíritu, no en frío bronce sino en vivo, es fácil de reconocer en la conversación queda tejida con ese viejo vecino que busca el fresco en el escalón de su casa de Alfama, o ese otro que resopla, sin lamentarse, mientras corona unas escadinhas en Mouraria, justo cuando el sol se despide de Lisboa, de mi Lisboa, de esa otra Lisboa.

Carlos “Lola” en el escalón de su casa de Alfama. ¿Quién necesita fotografiarse con la estatua, fría, de Pessoa? (Foto: José María Montero).

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