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Archive for the ‘Ciudadanía’ Category

La portada del disco If Not Now, When?, del grupo Incubus (al que, dicho sea de paso, nunca he escuchado), es la imagen que hace algún tiempo elegí para identificarme en Whatsapp (advirtiendo, eso sí, que: “Me río para mantener el equilibrio“). No sé enfrentarme a la incertidumbre, al vaivén entre el éxito y el fracaso, de otra manera…

 

Nunca habíamos coincidido pero estaba seguro que en el diálogo que nos proponían los organizadores del X Congreso Internacional sobre Investigación en la Didáctica de las Ciencias íbamos a compartir no pocos puntos de vista en torno a algunos elementos que a ambos nos preocupan y que nos parecen decisivos en cualquier debate en torno a la educación y la comunicación de la Ciencia. El rigor, la creatividad, el optimismo o la empatía son valores en los que ambos nos reconocemos y a los que casi siempre nos referimos en nuestras intervenciones.

Con quien tuve ocasión de dialogar hace algunos días, y reconocerme en estas y otras virtudes, fue con José López Barneo, uno de los investigadores más relevantes en el campo de las enfermedades neurodegenerativas, catedrático de Fisiología y director del IBIS (Instituto de Biomedicina de Sevilla). Un periodista y un médico borrando la frontera, anacrónica y estéril, entre las dos culturas.

Frente a un auditorio compuesto por cerca de 800 especialistas llegados de medio mundo e interesados en contribuir a una mejor educación científica, recorrimos algunos de los problemas que dificultan ese esfuerzo, pero también detallamos las soluciones que nos hacen mantener la esperanza en el desarrollo de una sociedad más culta, más crítica y más libre.

Aunque resulte paradójico, el valor que más celebré a lo largo de todo el diálogo, quizá porque suele mantenerse oculto a pesar de su trascendencia, fue el del fracaso. Frente a esa corriente simplona y conformista que quiere hacernos creer que en la cultura científica sólo caben el éxito, la diversión y el asombro, insistí en la necesidad de mostrar (también) el esfuerzo, el error, los tediosos procedimientos a los que se somete el método científico, la falta de reconocimiento y, desde luego, el fracaso, el fracaso como motor de las mejores hazañas. Y justamente en este punto es en donde López Barneo, gracias a su propia experiencia, introdujo algunos matices que arrojaron más luz sobre una cuestión condenada a una cierta oscuridad.

Es necesario apreciar en el fracaso un motivo para medir la verdadera voluntad de un individuo. Esa era la tesis de José López Barneo, la que nos unió, entre otras coincidencias, durante el diálogo sobre educación científica.

En esta tierra, confesó el científico, existe una cierta “celebración del fracaso” entendido como demérito, como tropiezo que únicamente da idea de la mediocridad de aquellos que no consiguen alcanzar sus objetivos. Si un vecino abre un negocio y le va mal, explicó, aquellos que le rodean, o muchos de los que le rodean, sienten un íntimo regocijo, una confirmación de sus peores presagios, una celebración del batacazo. Casi nadie aprecia en el fracaso un motivo para medir la verdadera voluntad de un individuo, su capacidad de sacrificio, la dimensión real de su esfuerzo, la disposición que tiene para adaptarse, para reinventarse, para intentarlo una y mil veces más.

En Estados Unidos, precisó López Barneo, donde no suele existir esta celebración del fracaso ni tampoco ese pudor a admitir que uno ha fracasado, hay quien incluye en su currículum justamente eso: las veces que intentó alcanzar un determinado objetivo, las veces que fracasó antes de conseguirlo. Y esta confesión no sólo no es un elemento que provoque el desprecio de sus semejantes, ni siquiera que invite a un cierto pitorreo, sino que, por el contrario, es el mejor aval para que a uno lo consideren una persona tenaz y decidida, de esas que no le tienen miedo al fracaso, de esas que no se rinden con facilidad.

Me gustaron estas apreciaciones, estas evidencias en torno al valor del descalabro, este elogio de la derrota que tantas satisfacciones nos podría aportar, por ejemplo, en la educación de nuestros hijos, en la defensa de nuestra carrera profesional o, incluso, en nuestras relaciones sociales (siempre sometidas al escrutinio de los que piensan que la felicidad es incompatible con los fracasos emocionales). Y que conste, para que el elogio tampoco se nos vaya de las manos, que una sucesión de fracasos no garantiza, en si misma, el éxito, pero de lo que no hay duda es de que el fracaso nunca debería ser la excusa para no intentarlo (al menos) una vez más (haciendo el esfuerzo oportuno para identificar la pieza que falló, lo que no funcionó como esperábamos, para buscar el mejor remedio).

Curiosamente no fueron americanos, sino mexicanos, los que pusieron en marcha las Fuckup Nights,  breves conferencias (al estilo de lasTed Talks) que cualquiera puede proponer (en directo o grabadas) para relatar su fracaso personal, el doméstico relato de su patinazo, la historia íntima de sus naufragios. Un magnífico ejemplo de cómo el fracaso llega a ser tan valioso que termina convirtiéndose en una herramienta de aprendizaje compartido (siempre que las lecciones se compartan de igual a igual, con humor y humildad, y no haya, por tanto, juicios maniqueos ni doctos sermones). El modelo ya se ha trasladado a algunos escenarios cercanos como el Campus Gutemberg (Universidad Pompeu Fabra), que en sus premios dedicados a prácticas inspiradoras en comunicación científica pide a los candidatos que sean “valientes” y se atrevan a explicar algo “que no salió bien” pero de lo que aprendieron muchísimo, sobre todo para evitar que “otros repitamos el mismo error”.

Me costó tiempo aprender (por una vez, la edad juega a favor) pero, con cierta paciencia y aplicación, he conseguido no temerle al fracaso (si en el empeño he puesto todas mis capacidades, of course). Mucha más inquietud me causan los que celebran el fracaso ajeno, es decir, los auténticos fracasados, y, sobre todo, me espantan aquellos que emplean gran parte de su existencia en zancadillear al prójimo para que, si es posible, no alcance sus metas. Después de reivindicar, como hizo López Barneo, el valor del fracaso e incluirlo en el relato de nuestra experiencia profesional, habrá que ocuparse de aquellos otros que favorecen el fracaso, promoviendo, por ejemplo, su inclusión en los títulos de crédito de una película o un documental, o en las citas de cualquier obra escrita. Si raramente nos olvidamos de agradecer a quien nos ayuda, ¿por qué no indicar, con nombre y apellido, quién hizo todo lo posible por hundir nuestro proyecto? Ese capítulo podríamos titularlo “A pesar de…”, porque si finalmente conseguimos sortear sus zancadillas es justo reconocer el esfuerzo (miserable) de los que intentaron hacernos fracasar… sin conseguirlo.

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Esto es lo que ve Coelho al atardecer, así, al natural, sin filtros. Pero por muy espectacular que sea el mirador es mucho más lo que oculta Lisboa que lo que muestra… (Foto: José María Montero).

Partiste, tudo na vida tem fim / Sempre disse cá para mim que isto iria acontecer…”  (Vou lá ter, Mario Móniz)

No, no me hice una foto con Pessoa en la puerta del Café A Brasileira. No, no peregriné a Belém en busca de pastéis, ni me aburrí en una cola interminable para apiñarme en el elevador do Carmo, ni pagué una fortuna para cenar unos petiscos resecos mientras alguien decía cantar fados. Apenas pisé el corazón del Chiado, escapé de la rúa Augusta, evité el Terreiro do Paço, no subí al Castelo ni metí codo para poder embutirme en el 28 (sacando medio cuerpo por la ventanilla para fotografiar el Largo da Sé o el de las Portas do Sol).

No, no me subí a un tuk-tuk, ni a un Go-car, ni a un Segway para conocer lo que sólo se puede conocer andando despacio, muy despacio.

¿Qué se esconde en la otra orilla? ¿A dónde nos llevó el Cacilheiro? ¿Quién escribió “Atira-te ao rio” al final de este paseo por la otra Lisboa? (Foto: José María Montero).

No, no es esa mi Lisboa, la Lisboa a la que viajo desde que era niño, la Lisboa de la que me enamoré gracias a mis padres. Aquellas señas de identidad que me deslumbraron cuando apenas tenía doce o trece años han sido devoradas, y prostituidas, por un turismo de masas que poco o nada sabe del delicado espíritu de esta ciudad o, lo que es peor, que aún sabiendo cuál es el alma de Lisboa no duda en sumarse a esa corriente simplona y mercantilista que se recrea en los tópicos hasta convertirlos en dogmas o caricaturas. Y no hablo de reservar esa Lisboa a una élite, ni de despreciar a cualquiera que, sin mala intención, se deja llevar por aquellos que comercian con Lisboa como quien vende una entrada para Disneyland. No, este no es un discurso exclusivo, sólo para iniciados. Sin necesidad de ser un erudito ni un apóstol del turismo sostenible se puede ser visitante en Lisboa (y en cualquier sitio) aplicando el más sencillo respeto, el que nace de la  empatía y el sentido común.

Así habla Mouraria… (Foto: José María Montero)

Que sí, que sí, que las administraciones lusas tienen mucho que decir a este respecto (y es justo reconocer que la izquierda lisboeta está ejecutando decisiones trascendentales, como la de evitar la privatización del transporte público), pero que conviene no olvidar que todo empieza, mucho antes que en un decreto o en una ordenanza, en la doméstica decisión que tomamos cualquiera de nosotros.

Claro que mola subirse a los tranvías, pero a lo mejor hay que moderarse cuando uno descubre (y no hay que ser un lumbreras para darse cuenta) que son el medio de transporte, público y popular, para cientos de lisboetas, esos  que tienen serias dificultades para abordarlos cuando a todas horas suelen ir abarrotados de turistas. Esa es una decisión individual y sencilla, pero hay muchas más.

El relevo generacional está asegurado: con la gran fadista Diana Vilarinho en el Barrio Alto (al filo de la medianoche), después de su actuación en la minúscula Mascote da Atalaia.

Decidir que dos calles más allá de esa plaza atestada hay hermosos rincones (casi) solitarios. Decidir que el fado, el auténtico fado, hay que buscarlo, y rebuscarlo, en pequeñas tabernas en las que (casi) no hay turistas, porque el fado, el auténtico fado, no es el hilo musical de un triste parque temático. Decidir que no vamos a hospedarnos en alojamientos sospechosamente baratos situados en el casco histórico de la ciudad porque si lo hacemos así (casi) siempre estaremos  alimentando el negro negocio de los alquileres especulativos, esa mafia legal que expulsa a los vecinos de sus casas para comerciar con ellas. Decidir que la auténtica comida lisboeta es la que comen… los lisboetas, la que se sirve temprano, a precios populares pero con todo el mimo del mundo, en las tascas de los barrios menos turísticos o, incluso, en la humilde cantina de un céntrico convento de monjas. Decidir que en Lisboa se puede ir andando a (casi) todos lados. Decidir hablar tan bajito y ser tan educados como (casi) todos los portugueses. Decidir que hay otra Lisboa más allá de Graça, de Estrela o del Bairro Alto, otra Lisboa a la que se llega en el Transtejo, en el destartalado Cacilheiro o brujuleando, sin prisa, por Ourique, Santos, Mouraria, Mandragoa, Estrela d´Ouro…

Mirando al Tajo desde el ojo entreabierto del MAAT (Foto: José María Montero).

Y no, la otra Lisboa de la que hablo tampoco es esa urbe cool que hace unos días nos pintaban en el dominical de El País, ese paraíso poblado de pijipis que vampirizan el espíritu de la ciudad para vendernos no-se-qué-moda-y-no-se-qué-ultimísimo-diseño-exquisito-y-no-se-qué-star-up-tecnológica-de-rabiosa-vanguardia. Lo siento, si en un reportaje dedicado a Lisboa leo que el futuro está en manos de eso que uno de los entrevistados llama “gente guapa”, si leo que las nuevas inmobiliarias “más que edificios crean conceptos”, o si leo que alguien admite que “el precio de los pisos está por las nubes” pero se justifica añadiendo que “hace poco nadie los quería”, entonces concluyo que, efectivamente, esa tampoco es Lisboa, al menos no es mi Lisboa. Y sí, claro que hay espacio para ese grupo de emprendedores cool que  seguro está dinamizando la ciudad (yo mismo he celebrado en esta última visita el continente  del MAAT, la elegante almeja que se abre al Tajo sin destrozar el horizonte gracias a las curvas orgánicas de Amanda Levete, aunque el
contenido
 sea discutible y los titulares del museo sean más que discutibles…), pero, aún así, por favor, que no nos vendan que eso es Lisboa, la otra Lisboa  (“Lisboa, ¿pero dónde estabas”, se titula el reportaje), porque eso, eso mismo, ya lo he visto, lo he vivido y lo he sufrido, en Nueva York, en Berlín, en Buenos Aires o en Barcelona.

Y se va… desde las Escadinhas da Rua das Farinhas (Foto: José María Montero).

Lisboa ha sobrevivido a un terremoto, a una dictadura, a Bruselas y sus hombres de negro… Lisboa sobrevivirá a los cruceros y a los hipster, a la especulación y a la fast food. Lisboa, aunque ahora no lo parezca, sigue sin tener prisa, y conserva intactas, aunque ahora deba ocultarlas, sus más poderosas señas de identidad. El alma de Lisboa no es fácil de entender, y mucho menos de vencer. Amigos y enemigos, aunque estos últimos no lo admitan, están condenados a enamorarse de esta ciudad en la que todos los relojes, y todos los calendarios, mienten.

PD: No, no me hice una foto con Pessoa en la puerta del Café A Brasileira porque le tengo su respeto al poeta y porque su espíritu, no en frío bronce sino en vivo, es fácil de reconocer en la conversación queda tejida con ese viejo vecino que busca el fresco en el escalón de su casa de Alfama, o ese otro que resopla, sin lamentarse, mientras corona unas escadinhas en Mouraria, justo cuando el sol se despide de Lisboa, de mi Lisboa, de esa otra Lisboa.

Carlos “Lola” en el escalón de su casa de Alfama. ¿Quién necesita fotografiarse con la estatua, fría, de Pessoa? (Foto: José María Montero).

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Nadie va a venir a salvarnos del tirano. Sencillamente existe un mundo sin Trump. No hay por qué doblegarse al matón y tampoco hay por qué guardar silencio cuando nos amenaza.

Los matones suelen ser casi siempre unos bocazas. Acostumbran a intimidarnos con soflamas y gestos agresivos, con el relato, inquietante, de lo que serían capaces de hacer si no nos sometemos a sus caprichos. Y esperan que esa exhibición de fuerza y arbitrariedad sea suficiente para doblegar a sus semejantes. Pero a veces, solo a veces, los semejantes no están por la labor y al matón se le complican las cosas, y entonces aparece el estratega. ¿De verdad alguien cree que la decisión anunciada por Trump de abandonar el Acuerdo de París sobre cambio climático es un simple gesto de fuerza dirigido a sus votantes o al oscuro lobby de los negacionistas?

En París la delegación norteamericana, por empeño directo de Obama, consiguió introducir un mecanismo de seguridad en el acuerdo planetario con el que tratamos de moderar el impacto del cambio climático: hasta tres años después de la ratificación del acuerdo ningún país firmante puede abandonarlo. Es decir, que Trump anuncia que se va pero en realidad está obligado a permanecer hasta finales de 2019. La paradoja que esconde este mecanismo nos habla, creo, de una estrategia nada caprichosa: Trump reniega del acuerdo pero tiene derecho a sentarse en todas las mesas de negociación hasta finales de 2019, una magnífica oportunidad para torpedear el trabajo de los países firmantes desde dentro, para entorpecer –sin levantarse de la mesa– los delicados equilibrios que son necesarios para que el acuerdo se materialice. Menudo chasco, el mecanismo de seguridad se ha convertido en un caballo de Troya; así es que el matón no es tonto o, al menos, sus asesores más radicales no lo son.

¿Cuál será, a partir de ahora, la misión de los representantes norteamericanos en el acuerdo? El matón que no sigue estrategia alguna sencillamente colocaría cargas explosivas aquí y allá hasta despedazarlo, pero sospecho que Trump, y su camarilla de halcones, lo que quiere es intimidar lo suficiente (insisto: desde dentro) como para forzar una renegociación del acuerdo, una renegociación que sea favorable a sus intereses.

¿Y cuáles son sus intereses? ¿A quién beneficia esa posible renegociación? ¿Únicamente a sus votantes y su peculiar sentido del patriotismo? ¿Al lobby negacionista vinculado a las energías fósiles? No parecen suficientes intereses, ni siquiera desde el punto de vista (economicista) del sobrevalorado lobby negacionista que ahora, y por vez primera, se enfrenta a un llamativo posicionamiento, a favor del Acuerdo de París, protagonizado por algunas de las empresas norteamericanas más potentes, incluso de las vinculadas a las energías fósiles (Exxon Mobil, Chevron, General Electric, Apple, Google, Microsoft, Intel…). ¿Postureo empresarial? No, pura oportunidad de negocio. Fuera del acuerdo hace mucho más frío, el riesgo de aislacionismo es tremendo, el tren de las nuevas tecnologías puede pasar de largo, un nuevo orden comercial puede terminar perjudicando a las firmas estadounidenses. Lo dicho, puro cálculo empresarial. 

No, a mi juicio la estrategia del matón va más allá de votantes y negacionistas, va mucho más allá…

Sí, existe un mundo sin Trump en el que, quizá, lo único que se echa de menos es un conjunto de líderes capaces de plantarle cara al tirano sin miedo, violencia o vacilaciones.

Cuando volví de París, donde comprobé en primera persona el delicadísimo trabajo diplomático que fue necesario para conseguir un acuerdo, consideré que ese podía ser el primer ejemplo, aunque tímido e insuficiente, de un nuevo estilo de diplomacia multilateral, de un nuevo modelo de gobernanza planetaria en el que la práctica totalidad de las naciones del mundo (195 para ser exactos), con características culturales y políticas muy diferentes, eran capaces de ponerse de acuerdo en favor del bien común (en la capital francesa fue la lucha contra el cambio climático pero el modelo bien podría servir para enfrentarse a otras muchas amenazas). Un modelo que los tiranos ni entienden ni comparten, como es previsible. La gobernanza planetaria, made in Trump, consiste en un reducido grupo de presidentes-de-baja-calidad-democrática (rozando las peores maneras de los tiranos), como sus amigos Putin, Duterte o Netanyahu, sobre los que pivota el orden internacional de acuerdo a los criterios, a veces caprichosos y otros muy bien medidos, del mismísimo Donald. Sin necesidad de perder el tiempo en negociaciones, acuerdos y otras pamemas propias de los débiles, Donald habla y la comunidad internacional obedece (perdón, me olvidé de los palmeros ocasionales como May). Punto. Justamente lo contrario al espíritu de París: todos hablamos y buscamos, juntos, un punto de equilibrio (quizá no sea el mejor pero, como mínimo, será el menos malo). Esa puede ser la verdadera estrategia de Trump: acabar con los tímidos intentos de construir un nuevo modelo de gobernanza planetaria. 

Atacar el Acuerdo de París es atacar a la esperanza, debilitar los esfuerzos colectivos en busca de un mundo mejor y más justo, así es que no resulta exagerado, ni es un falso consuelo, celebrar que países decisivos en este complicado debate (como China, Alemania o Francia) hayan reafirmado sus compromisos en favor del acuerdo. Por cierto, ¿alguien sabe si el gobierno español, casi veinte horas después del anuncio de Trump, se ha pronunciado al respecto? ¿Por qué Rajoy no se ha sumado a los mensajes de Merkel, Macron o la propia May negando cualquier posibilidad de renegociación? ¿Es el silencio de los corderos? (*)

Existe un mundo sin Trump. Esa es la buena noticia. No hay por qué doblegarse al matón. Y los que callan muestran esa debilidad que tanto gusta a los tiranos, ese servilismo con el que se alimentan las peores dictaduras. La Unión Europea podría liderar de nuevo la lucha contra el cambio climático y de paso aprovechar esa bandera para reconocerse, empoderarse y, en cierto sentido, reconstruirse (también podemos vivir sin UK, dicho sea de paso).

Existe un mundo sin Trump y no solamente se manifiesta a escala internacional. La noticia que hoy lamentamos nos invita también a quitarnos las gafas de lejos para comprobar que no todo pasa por Washington, que a escala mucho más doméstica, en la distancia más corta, se sigue luchando contra el cambio climático (y contra todas las injusticias que lo alimentan). En los barrios, en las ciudades, en las regiones… en todos esos territorios a donde no alcanza el brazo de Donald. En la conciencia (en la que tampoco gobierna Donald) de millones de ciudadanos que han modificado sus hábitos de consumo, sus medios de transporte o el sentido de su voto, en busca de un modelo de sociedad más sostenible. Sí, existe un mundo sin Trump en el que, quizá, lo único que se echa de menos es un conjunto de líderes capaces de plantarle cara al tirano sin miedo, violencia o vacilaciones.

El tiempo que nos aguarda es, sin duda, apasionante.

PD: Estos son los argumentos, las reflexiones, que, de forma necesariamente resumida, esta mañana he compartido con los espectadores de Canal Sur Televisión en el primer informativo del día; los mismos que volveré a compartir este mediodía en los informativos de la televisión pública andaluza. Es mi análisis, urgente, de una mala noticia que, quizá, no lo sea tanto…

 

 

(*) Mariano finalmente se pronunció al respecto y como medio de comunicación optó, en la misma corriente minimalista que Donald, por Twitter. El presidente consideró que con 140 caracteres, bastante tibios por cierto, estaba todo dicho. Quizá cuando el debate sobre el cambio climático ocupe la portada del Marca se decida a redactar una nota de prensa o a comparecer públicamente. Mientras tanto, no hay que darle al asunto mayor importancia que la que merece un tuit.

 

 

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La realidad es demasiado compleja como para reducirla a un chiste o a un mitin…

“Estamos en un momento de incertidumbre donde la ciudadanía cree que está informada cuando solo está entretenida” (Rosa María Calaf)

Puede que esto no guste a nadie…”. Así comenzaba el famoso discurso que Ed Murrow pronunció en 1958, durante la Convención de Directores de Informativos para Radio y Televisión, y en el que lamentaba la imposible combinación de noticias, entretenimiento y publicidad que, en los medios de comunicación de masas norteamericanos, estaba deteriorando la calidad de la información. Un peligroso cóctel nacido para saciar el apetito (feroz) de audiencia; una carrera (frenética) en la que empezaban a no tener cabida las informaciones “desagradables y molestas” (más tarde empezarían a sobrar, también, las informaciones complejas). Audiencia a toda costa, aunque en el camino las señas de identidad del buen periodismo quedaran pulverizadas.

Tal y como Murrow predijo entonces, hace cerca de 60 años, el entretenimiento ha ido fagocitando a la información hasta crear terribles confusiones, híbridos en donde es difícil distinguir (incluso para los mismos periodistas) la frontera que separa la realidad de la ficción (ese territorio incierto que tanto preocupaba a Margarita Rivière), y también peligrosas adicciones (que afectan a esos escenarios  ¿sacrosantos? que van más allá, mucho más allá, del periodismo generalista).

“El periodismo ya no se concibe más que como una narración de historias, presuntamente reales, de estructura idéntica a la ficción. Es perfectamente normal que la información –desde los deportes y las noticias rosas a la política o las noticias económicas – adopte hoy la forma del folletín y del culebrón” (Margarita Rivière).

En algunos de esos escenarios, como en el de la divulgación científica, escenarios que requieren de especial mimo porque el rigor (¿irrenunciable?) se sostiene sobre un entramado muy complejo (y desconocido para un buen número de comunicadores), se está generando, se ha generado, creo, una de esas adicciones malsanas que sólo se satisfacen con entretenimiento-non-stop, diversión-no-limits y seducción-kingsize. Comienza a resultarme cansina, lo confieso, esa corriente, tan de moda en la comunicación de la ciencia, que abusa de la diversión como objetivo último, que sobrevalora la risa como soporte pedagógico, olvidando que la función debe estar por encima de la forma. Si queremos llegar al gran público claro que debemos ser atractivos (hablando de neurología, de física cuántica o de arqueología subacuática), pero, sobre todo, nuestra obligación es ser útiles, hacer que el público nos entienda, y no tanto que se divierta.

Hace tiempo leí una entrevista con Stephen Few, uno de los pioneros en reflexionar sobre los principios de eso que ahora llaman visualización de datos, el recurso que con tanta fuerza y utilidad se ha incorporado al mundo del periodismo. He rescatado aquella entrevista para compartir un párrafo que, salvando las distancias (aunque no son muchas), refleja bien lo que trato de explicar a propósito de la divulgación científica adicta al espectáculo, esa que se consume en la risa, deja un buen sabor de boca a la audiencia, satisface el ego del divulgador pero… apenas genera conocimiento.

“Me dio la impresión de que muchos profesionales toman los datos y se dedican simplemente a buscar una forma divertida y original de mostrarlos, en vez de entender que el periodismo consiste -una vez reunidas las informaciones- en facilitar la vida de los lectores, no en entretenerlos. El trabajo del diseñador de información no es encontrar el gráfico más novedoso, sino el más efectivo” (Stephen Few, El País, 29.8.2011)

Hubert N. Alyea es un magnífico ejemplo de cómo el humor inteligente puede ser tremendamente útil en la divulgación de la ciencia, siempre que el que lo use tenga humor y, sobre todo, inteligencia.

Construir, a partir de la risa, un entramado lo suficientemente sólido como para que se sostenga el conocimiento y pueda expandirse con  ciertas garantías no es tarea fácil (aunque parezca lo contrario). El humor inteligente es una virtud reservada… a los más inteligentes.  Y como ejemplo basta comparar, sin renunciar a la risa, las fantásticas clases de química de Hubert N. Alyea (Universidad de Princeton) con los ridículos shows ¿científicos? que se pasean por algunas televisiones y que triunfan en Youtube. Entre unas y otros ha pasado más de medio siglo, pero Hubert sigue ganando por goleada.

El hecho de que los medios de comunicación hayan dejado de estar gobernados por periodistas explica también esta peligrosa deriva hacia el entretenimiento por encima de la información, una estrategia que ha terminado por contaminar todo tipo de  escenarios, como el de la divulgación científica, en donde se busca la risa o el aplauso antes que la más discreta comprensión (con frecuencia, silenciosa). En manos de gerentes, especialistas en marketing, analistas de audiencia o community manager, en el orden de prioridades de muchos comunicadores ya no ocupa los primeros puestos la generación de conocimiento (a partir de una información rigurosa y asequible) sino la agradecida diversión.

Pero si en el periodismo científico hay que protegerse de esta fiebre por el espectáculo, que suele garantizarnos el aplauso de la audiencia, en el periodismo ambiental hay que alejarse de esa corriente que defiende la militancia (ciega) con el peligroso argumento de que lo que está en juego no admite neutralidad alguna.

A más de uno le gustaría que la realidad fueran las redes sociales donde todo, hasta lo más complejo, se puede reducir a 140 caracteres, y el éxito sólo depende del número de followers (reales o falsos, este es un matiz intrascendente).

Al margen de las circunstancias económicas en las que siempre nos escudamos, la crisis del periodismo es, sobre todo, una crisis de credibilidad, que se origina a partir de una pérdida de valores, y de las (buenas) prácticas en las que estos se materializan, valores que forman parte de la misma esencia de este oficio, de sus verdaderas señas de identidad. Si la audiencia nos abandona, si cuestiona nuestro rigor y desconfía de nuestro trabajo, es porque se ha cansado de ese periodismo reduccionista que se asoma a una realidad complejísima y la simplifica hasta obtener un tranquilizador escenario de buenos y malos, un sencillo paisaje en blanco y negro. Un periodismo maniqueo y soberbio que no tiene sentido alguno en un mundo en donde las nuevas tecnologías de la información permiten a cualquier ciudadano estar al tanto de toda esa complejidad, la misma que se le quiere hurtar desde ciertos púlpitos. Los ciudadanos desean, creo, que el periodista les ayude a entender esa complejidad sin hurtarle ni uno solo de los elementos que la componen. La contradicción forma parte de esa realidad compleja, y la incertidumbre también, así es que necesitamos, más que nunca, periodistas dispuestos a mantener una mirada abierta, democrática y conciliadora. Y estas tres virtudes no hay por qué sacrificarlas en el periodismo de denuncia, al contrario, son las que lo dignifican y lo alejan del periodismo sectario. La primera señal con la que se anuncia el totalitarismo, con la que se presentan los totalitaristas, es la eliminación de los grises.

Los ciudadanos no quieren juicios (y mucho menos prejuicios), ni sentencias y condenas inapelables, ni manuales sobre lo que deben hacer y lo que no deben hacer. Se acabaron los discursos porque, en manos de las redes sociales, vuelven las conversaciones, y si el verdadero periodista no es capaz de competir con este nuevo modelo democrático de información on-line dejará en manos de algunos peligrosos influencers , más interesados en el ruido que en el rigor, la interpretación de una realidad, compleja, que necesita de algo más que 140 caracteres (y el coro silente de miles de followers) para ser comprendida.

Lástima que esas redes sociales que han devuelto el protagonismo a la conversaciones sean las mismas con las que justifican su éxito (medido en followers, of course) esos periodistas maniqueos que defienden la militancia (ciega) para mostrarnos un mundo felizmente reducido a buenos y malos.

 

Hay quien busca mejorar el conocimiento y quien se conforma con el aplauso del coro. Tener criterio propio complica bastante el aplauso…

 

” El periodista debe tener una visión panóptica y cuando se limita a reflejar los comportamientos de los medios sociales está traicionando el principio moral del periodismo que es informar a la ciudadanía de lo que está pasando” (Entrevista a Juan Soto Ivars a propósito de la presentación de su ensayo Arden las redes).

Los problemas ambientales, la mayoría de ellos, son de tal complejidad y envergadura que ese periodismo áspero y soberbio, tan complaciente con algunas fuentes que defienden la pureza y lo políticamente correcto (y no hablo necesariamente de la política dominante), no sólo es aburrido sino que es, sobre todo, estéril. Algunos periodistas necesitan sentir que determinadas fuentes, aquellas que (afortunadamente para todos) están entregadas a la defensa de nuestro patrimonio común, celebran su determinación y, sobre todo, su incuestionable toma de postura. Pero es que los periodistas no nos debemos a nuestras fuentes, por loable y abnegado que sea su trabajo, sino a nuestros receptores, esos que necesitan conocer, sin juicios previos, todas las posturas enfrentadas, todos los puntos de vista, todas las aproximaciones, todas las incertidumbres… Y lo peor es que esos periodistas, convertidos en militantes (ciegos), exigen esa misma militancia a sus colegas, como prueba de compromiso y pureza. Como si esto fuera una guerra y no un debate en el que deben primar los argumentos por encima de las adhesiones. La furia es, con frecuencia, la que contamina algunos discursos supuestamente periodísticos, discursos que, en realidad, son mítines en donde resulta mucho más fácil juzgar que entender. Por eso, y aunque resulte paradójico, algunos de los que dicen combatir la censura han acabado por convertirse en los nuevos censores.

“La gente empieza a tener miedo de decir ciertas cosas, pero no porque me van a insultar los otros, sino porque me van a insultar los míos. A mí es eso lo que realmente me preocupa. (…) La postcensura funciona así: gente que tiene una ideología pero puede que no esté al 100% de acuerdo con ella acaba no expresando sus puntos de disconformidad por miedo a que los suyos le llamen traidor. Mucha gente no se atreve a cuestionar ciertos dogmas porque la presión puede ser insufrible. Ahí es donde está el peligro, que nos volvemos monolíticos”. (Entrevista a Juan Soto Ivars a propósito de la presentación de su ensayo Arden las redes).

Aunque a algunos les cueste admitirlo todas, todas las banderas son de conveniencia. Mejor un diálogo (abierto) que una guerra a golpe de banderas…

Predicar al coro nunca sirvió de mucho. Sentirte aplaudido por los fieles es el objetivo de los incapaces. Buscar la aprobación de los gurús, de los líderes inmaculados, sólo sirve para alimentar el ego y alejarnos de la calle, ese espacio en donde nada es inmaculado. Ahora, más que nunca, se necesita una comunicación conciliadora donde esté presente la diversidad, donde podamos conocer todos los elementos en disputa y, sobre todo, concederles la posibilidad de que expresen sus puntos de vista porque en ellos habrá, seguro, alguno o algunos razonables, legítimos.

No se, hay algo que no me cuadra. Algunas de las partes en conflicto, aquellas que se consideran legítimas per se, dicen que quieren cambiar el mundo, acabar con las injusticias, perseguir la corrupción, ayudar a los más débiles, proteger el medio ambiente, trabajar por la paz… Pero todo eso lo defienden con un tono y unos argumentos que no se corresponden con esas (buenas) intenciones. No se, hay algo que no me cuadra cuando leo, cuando escucho, a alguno de estos justicieros de última hora que quieren salvarnos por obligación y a cara de perro. Ni me gustan los toros ni soy cazador, pero, ¿qué sentido moral tiene que un animalista se alegre de la muerte de un torero, o un ecologista de la muerte de un cazador? ¿Qué autoridad ética le concedemos al que justifica el insulto como un arma para la defensa propia? La violencia, aunque sólo sea verbal, ¿es un medio razonable para defender intereses legítimos?

No sólo para los políticos, las instituciones internacionales o las ONGs son utilísimos los trabajos de Johan Galtung, el gran científico de la paz. También los periodistas deberíamos conocer, y tener muy presentes, las reflexiones de Galtung a propósito de la resolución de conflictos porque igualmente sirven para construir esa comunicación democrática, conciliadora y creativa. Sobre esta última virtud, que tanto me interesa y sobre la que ya he escrito en este blog, Galtung nos regala su particular punto de vista: en un conflicto entre partes, explica el sociólogo y matemático noruego, no se trata de convencer, se trata de escucharlas a todas para entender, para entenderlas, y luego se necesita “mucha creatividad para tender puentes entre objetivos legítimos, porque todas las partes tienen, como mínimo, un objetivo legítimo“.

Es preferible escuchar a gritar, interpretar con reposo antes que correr en busca de la exclusiva (un triunfo ridículo en un mundo  interconectado en tiempo real). Condenar a los que no piensan como nosotros es excluirlos de una solución que será cooperativa… o no será. Diálogo, no arengas. Conversaciones, no mítines. Y aquí, por favor, sí que se necesitan algunas gotas de buen humor.

 

Los prejuicios son, con demasiada frecuencia, el disfraz de la ignorancia y el miedo.

 

 

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La peor maldad es la maldad disfrazada, esa que, en el colmo de la hipocresía, practican los canallas que se hacen pasar por justicieros, lobos con piel de cordero que se confunden en el rebaño y que por ello son los más peligrosos.

“Ser bueno no es sinónimo de ser idiota. Ser bueno es una virtud que algunos idiotas no entienden” (Anónimo)

Hay un momento (maravilloso) en la vida en el que tus hijos comienzan a ser tus maestros (si es que no lo fueron, de alguna manera, desde el mismo día en que nacieron) y te devuelven, actualizados, los valores en los que tu los has ido educando. Un día te sorprenden con su manera de mirar el mundo y, sobre todo, con los matices que aprecian en ese vistazo, aparentemente desenfadado, a lo que ocurre a su alrededor. Pero, sobre todo, te maravillas al comprobar que esa mirada y esos matices no se pierden, y se olvidan, en los vericuetos de una mente y un corazón adolescentes, siempre sometidos a una agitación frenética en la que todo, o casi todo, parece caducar a velocidad de vértigo. Ese torbellino de vitalidad se detiene, a veces, un instante, y en ese momento de calma tu hija, o tu hijo, comparten contigo el descubrimiento que a ti se te escapó, el análisis en el que no te detuviste, la observación, oportunísima, en la que tu, con toda tu experiencia, no reparaste.

Una mañana, de esas en las que canturreamos vallenatos camino del cole, mi hija me habló de los micromachismos, esos pequeños detalles en los que se perpetua, sin ruido, sin sangre, sin denuncias, el macromachismo. Una manera, sutil y “civilizada”, de mantener atadas a las mujeres desde que son niñas. Mi hija me fue poniendo ejemplos de su vida cotidiana (porque aunque nos cueste creerlo nuestros hijos, antes incluso de la mayoría de edad, tienen su propia vida cotidiana) y entonces fue como si encendiera una farola en ese lugar, amable, en donde antes sólo se adivinaban algunas sombras que no parecían amenazantes y ahora, merced a esa mirada luminosa y limpia, vemos, con toda nitidez, que las sombras eran en realidad ogros.

Pues sí, son una amenaza tenue, callada, tolerada por aquellos que la incluyen en el capítulo de las gracietas-sin-importancia, pero que a mi, desde ese día, no me hace ninguna gracia. Y que conste que para retirar el humor de algunas situaciones que hasta ese día me resultaban intrascendentes yo también, a mis años, he tenido que aprender y cambiar, y tratar de ser más consciente de ese territorio agrio al que nos conduce la testosterona, la educación, la historia, el poder, las iglesias (que no las religiones), el contexto social, el bombardeo publicitario… Sí, tratar de ser más consciente para no entrar ahí, ni de broma… Y llegados a este punto, como comprenderéis, me rebelo contra esa amenaza con independencia de si va dirigida a una mujer, a un hombre, a un homosexual, a una lesbiana, a un/a bisexual, a un/a transexual… No se qué es lo que temen aquellos que temen a la diferencia y a las fórmulas, cívicas y justas, para defenderla. Quien así teme quizá se teme a si mismo. Para afirmarse no es necesario negar a nadie, al contrario: tu eres, luego yo soy. 

En esos mismos días en los que mi hija me mostró lo que yo no había visto (o no había querido ver, porque uno, aunque luche contra el paso del tiempo, es prisionero de su generación) mi hijo, que ya empezaba a transitar por el lado más salvaje del mundo laboral (por llamar de alguna manera a los contratos basura y a los que encontraron en ellos una fórmula de esclavitud contemporánea), me explicó, con ejemplos igual de reveladores y cercanos, cómo se las gasta cierta progresía a la hora de tratar a sus empleados y cómo una generación, la primera generación, que ha sido educada en la justicia, la igualdad y en el respeto a la diferencia sigue escondiendo, bajo capas cool y flow y chill y eco, el monstruo de la discriminación y el maltrato (de baja intensidad, por supuesto, que tampoco hay que llamar la atención y arriesgarse a un escándalo o una denuncia).

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En las redes sociales encontramos una magnífica representación de individuos malvados. Más o menos la misma que se manifiesta en la vida real sólo que aquí la tenemos concentrada y a domicilio (y con un muestrario de disfraces y caretas que eclipsa a cualquier carnaval).

Mis hijos me han enseñado a ver lo que yo no había sido capaz de ver, al menos en toda su crudeza y en su evidente peligro, quizá porque mi optimismo, el que también he tratado de transmitirles como un valor decisivo, se lleva mal con la evidencia, dolorosa, de que el mal existe y hay gente que lo practica contra el prójimo no a cara descubierta, no, que eso ya no se lleva y además está perseguido, sino oculto bajo alguna máscara amable y modernísima. Es la nueva maldad, la maldad disfrazada, esa que, en el colmo de la hipocresía, practican los canallas que se hacen pasar por bondadosos justicieros, lobos con piel de cordero que se confunden en el rebaño y que por ello son los más peligrosos. Falsos pacifistas que tiran de garrota en cuanto se les lleva la contraria; generosos hipócritas que te atropellan sin miramientos en cuanto se les pone a tiro algún bocado con el que alimentar su ambición.

Corren malos tiempos para combatir ese tipo de maldad, porque en sus extremos más extremos, tanto las derechas como las izquierdas, entregadas a ese burdo populismo con el que tratan de ganar votos y combatir el miedo, alimentan el lado más canalla de los ciudadanos, ese lado oscuro que todos tenemos. Y sí, efectivamente, se puede ser canalla de derechas y de izquierdas, y asomar los colmillos con una impecable justificación ideológica.

Los maltratadores no son únicamente los que salen en los informativos cuando sumamos una víctima a esa macabra estadística. Los machistas no son únicamente los que pagan sus complejos, a golpe de amenaza, zancadilla o grosería, con aquellas mujeres que se cruzan en su camino. Los violentos no siempre usan un grito o un arma, los hay que ni siquiera levantan la voz para dejar en el aire, flotando como un gas venenoso pero invisible, una amenaza cierta. Y no, no me valen las disculpas de una vida difícil, una infancia tormentosa, una salud mental quebradiza o un carácter volcánico.

Los conozco, no son los de las crónicas de sucesos, no están prisioneros en el tranquilizador y lejano universo de un informativo de televisión, un programa de radio o un periódico. Están mucho más cerca. Viven entre nosotros. Sabemos quiénes son y hasta podríamos escribir sus nombres. Y aún así no los vemos, con triste frecuencia no los vemos, porque quizá necesitamos la mirada limpia y luminosa de nuestros hijos. Ellos sí que los ven y los reconocen, al menos los míos, mis hijos, y ellos, mis hijos, no están dispuestos, porque en eso los educamos, a que estos canallas disfrazados, todos tan cool y tan flow y tan chill y tan eco, se salgan con la suya. Ni yo tampoco.

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Songs for Eternity. Ute Lemper. Sala de Cámara del Auditorio Nacional. Viernes, 11 de noviembre de 2016.

“Hay muchos tipos de música. La que yo canto refleja nuestro mundo y los conflictos y dolores esenciales de la vida. Ese ha sido desde siempre mi interés: escarbar en el corazón y el alma humanas como una búsqueda de la verdad” (Ute Lemper)


Hay muchos tipos de música, tantos, sospecho, como tipos de personas. Por eso hay una música para cada momento y una persona con quien compartirla. La conjunción de estos elementos no es fácil, y en esa coincidencia, como en casi todos los propósitos que buscan la belleza y la luz, pesa más el azar que el cálculo. Se necesitan más sonrisas que argumentos, y mucha más imaginación que juicio, para tejer canción, momento y compañía.

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Ute Lemper es capaz de detener los relojes, o, lo que es más difícil aún, consigue hacerlos retroceder.

Cuando se apagan las luces y Ute Lemper camina hasta el centro del escenario el tiempo no se detiene, como solemos escribir cuando algo nos conmueve con la intensidad que lo hace la música de esta alemana atípica. No, el tiempo no se detiene, sino que comienza a correr en sentido inverso, a retroceder, a caminar a contramano hasta detenerse en aquel periodo oscuro en el que el hombre, como acostumbra, fue el lobo para el hombre.

Nuestro tango de esclavas/ bajo el látigo de los opresores / Oh, el tango de las esclavas / del campo de Auschwitz, / espuelas de acero de esas bestias, nuestros guardianes / Oh, libertad, los días de la libertad nos reclaman (Auschwitz Tango, Anónimo)

El arte se crece en la adversidad y, lo que es aún más sorprendente, con frecuencia permanece al margen de la tristeza, la oscuridad, el dolor o la desesperanza que proyecta la propia adversidad. El arte es entonces lo único que nos salva del horror; ni siquiera una oración, que apenas es una mano tendida al incierto más allá, nos conduce a lo mejor de nuestra condición humana. Sólo el arte nos devuelve al lugar en el que realmente existimos, a ese diminuto rincón del universo en donde, aunque todo se derrumbe a nuestro alrededor, habita la belleza. El territorio íntimo en el que somos. Y esta noche, como en aquellas otras noches a las que Ute nos conduce, somos música. Quizá sólo lo advierta nuestro corazón pero hoy, ahora, en esta noche de otoño, somos música, nada más que música.

“La música, única entre todas las artes, es a la vez completamente abstracta y profundamente emocional. No tiene la capacidad de representar nada particular o externo, pero sí una capacidad única para expresar estados o sentimientos interiores. La música puede atravesar el corazón directamente; no precisa mediación” (Musicofilia: relatos de la música y el cerebro. Oliver Sacks)

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El arte caminó entre los moribundos y los condenados como un ángel redentor.

Algunas de las canciones que los prisioneros llegaron a componer en los campos de exterminio nazis (sí, habéis leído bien, el arte caminó entre los moribundos y los condenados como un ángel redentor) son las que esta noche de noviembre, en la Sala de Cámara del Auditorio Nacional, interpreta Ute Lemper. Su voz, poderosa, viene desde muy lejos, desde ese lugar antiguo al que nos trasladamos juntos, sin pensar, con la respiración contenida y el corazón encogido. Pero lo cierto es que, conforme van desgranándose las estrofas, sin esfuerzo aparente, en un alemán indescifrable pero preciso, o en un yiddish tan melancólico y ronco como el violín de Daniel, nos damos cuenta que hay más dramatismo en el contexto en el que nacieron esas melodías que en las canciones mismas, algunas de ellas, muchas de ellas, repletas de luz.

¿Quién, hacinado en un frío barracón de Theresienstadt, pudo escribir una ópera imaginando bosques cuajados de margaritas “como pequeños soles”?

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Kurt, Alek, Shmerke, Rikle, Hermann, Hanah, Ilse, Viktor, Johanna, Jascha, Willy, Ute, Vana, Daniel, Víctor, Romain, Pilar, Jesús… El programa, con todos los nombres, los colores, las sombras… y una silla, ya está en el Sur.

¿Quién, tras las alambradas de Westerbork, fue capaz de organizar un grupo de teatro denominado “Humor y Melodía”?

¿Quién tuvo el coraje de componer una nana con la que acompañar a los niños que caminaban hacia las cámaras de gas en Auschwitz?

Viktor Ullman, Willy Rosen, Ilse Weber… Aunque resulte inconcebible, cuando Ute los va presentando, como si fueran viejos amigos, no hay lugar para la tristeza. Sus nombres se quedan flotando en el auditorio, como tantos otros nombres ocupan los teatros del mundo, impregnando de humanidad estos templos laicos en donde es posible el perdón y la eternidad sin que medien sacerdotes, religiones ni plegarias.

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En primer término Palir, con su mano de pianista generosa sosteniendo el programa azul, y allí al fondo, Ute, con su traje de noche, elegante sobre el escenario del Auditorio Nacional. Ese es el orden correcto. [De la mítica serie culturetadas-con-Palir+Intermezzo]

La emoción no es tristeza, ni tan siquiera melancolía, y menos aún cuando quien te acompaña, esa persona que estaba destinada a ese momento y a esa música, es de las que, como yo mismo, no evita el buen humor en ninguna coyuntura por turbia que se presente. ¿Cabe un mayor respeto que el que brinda la alegría compartida? ¿Existe un mejor antídoto para la mordedura del olvido?  Contenemos la respiración, claro, pero en los intermezzos, nos miramos y sonreímos, agradecidos, felices de estar felices, sin mayores aspavientos, cómplices en el privilegio de estar vivos y en la coincidencia (una más) por el gusto, delicado, de esa September Song que nos traslada al hedonismo despreocupado del Broadway de entreguerras.

 “September, November

and these few precious days

I spend with you.

These precious days

I spend with you…

(September song, Kurt Weill & Maxwell Anderson)

527984Sonó Septemberg song y sólo por eso la noche, que aún estábamos estrenando, mereció la pena. Hay cosas, aseguran Weill y Anderson, que únicamente ocurren entre septiembre y noviembre, noches de otoño en las que te guía, sorteando la oscuridad, cualquier oscuridad, una persona luminosa. Una cita con la belleza. Un encuentro con la generosidad. Un espacio para la esperanza y la resistencia. Un dedo que señala el porvenir, una mano que te conduce a la eternidad. Somos nosotros, y somos música. Ahora.

A veces todo es tan sencillo como una noche, una canción y una persona…

 

 

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