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Archive for the ‘crónica en verde’ Category

En esta imagen tan sencilla se esconde toda la complejidad de Doñana. Sólo hay que saber mirar… La foto, como no podía ser de otra manera, es de mi amigo y vecino Antonio Sabater.

Nota previa: Este texto me hubiera gustado rescatarlo cualquier otro día, cualquier otro domingo en el que hubiera recordado aquella primera vez que pisé Doñana y el idilio que desde entonces mantengo con ese paraíso. Una historia de amor, primaria y pasional, que se ha ido tejiendo gracias a los muchos amigos (extraordinarios) que viven estrechamente vinculados a esa comarca, para conocerla y defenderla, y a las muchas noches (y muchos días) que he tenido el privilegio de vivir pegado a esa tierra, oyendo su latido. El mismo latido que ahora, cuando todavía no ha amanecido, escucho si me asomo al jardín de mi casa que también es antesala de Doñana. Está ahí, y está viva.

Doñana: un retrato de urgencia publicado ayer (domingo, 25 de junio de 2017) en la página web de Canal Sur Televisión.

El atractivo faunístico de Doñana se remonta nada menos que al siglo XIII cuando Alfonso X el Sabio distingue como Cazadero de la Real Corona las zonas marismeñas de Las Rocinas, hasta entonces adscritas al recién conquistado reino mudéjar de Niebla (Huelva). Comienza así la historia de uno de los espacios naturales más valiosos del continente europeo, un oasis decisivo en ese pasillo invisible que enlaza Europa con África. La biodiversidad de este extenso territorio alcanza valores excepcionales que se materializan, aún para los ojos del visitante ocasional, en un impresionante muestrario de fauna en el que sobresale la extensísima nómina de aves acuáticas.

La comarca de Doñana es, desde hace décadas, el principal escenario de una batalla en la que tratan de salvaguardarse valores naturales de excepción frente a modelos de desarrollo insostenibles. Pero la dualidad, este juego de contrarios, no sólo aparece en esa vieja tensión entre humanos y naturaleza más o menos virgen, también está presente en la misma raíz de la que brota este paraíso. Existe una Doñana seca, de arenas, fruto del Atlántico, y otra húmeda, de barros y aguazales, hija del gran río, del Guadalquivir. Y de la combinación de ambas nacen los tres ecosistemas característicos de este espacio natural: la marisma, las dunas vivas y las arenas estabilizadas. Tres paisajes en constante mutación, animados por el lento discurrir de las estaciones.

Aún cuando los escenarios sean múltiples, cambiantes y llamativos, el mayor atractivo para el visitante que se acerca a este espacio natural radica, como no, en la fauna. Hay en Doñana animales que destacan por su abundancia, hasta extremos insólitos en cualquier otro enclave silvestre, y otros cuya importancia viene dada por su escasez, por su rareza.

El Atlántico, la arena, los pinos… un paisaje dinámico, en constante movimiento. Un paisaje vivo. La foto es de mi buen amigo Peter Manschot, otro fotógrafo sensible con el que llevo años colaborando.

Las marismas del Guadalquivir son el principal cuartel de invernada para la avifauna acuática europea. En campañas particularmente benignas se han llegado a censar alrededor de 700.000 aves, aunque el promedio de las últimas décadas se sitúa en torno a los 370.000 ejemplares. Cercetas y ánades silbones, patos reales y cucharas, flamencos y ánsares son los más numerosos en esta época del año, mientras que en primavera, y atraídas por la abundancia de alimento, acuden a este humedal otras muchas especies, como fochas, canasteras, avefrías, cigüeñuelas, avocetas, espátulas, garzas imperiales, pagazas, fumareles o garcillas bueyeras.

En el capítulo de las rarezas se incluyen algunos de los grandes depredadores del monte mediterráneo, como el águila imperial o el lince ibérico, dos de los animales más amenazados del mundo, exclusivos de la Península Ibérica.

La vida se multiplica con tal intensidad en esta comarca que ni siquiera es necesario adentrarse en el corazón de Doñana, reservado a la investigación y estrictamente protegido, para apreciar sus poderosas señas de identidad. Podemos visitar, por ejemplo,  las marismas de Bonanza, junto a la localidad de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz),  donde es posible espiar a los flamencos y avocetas que acuden a unas viejas salinas. O saltar al otro lado del río para adentrarnos en el Pinar del Coto del Rey, en la linde entre las provincias de Huelva y Sevilla, donde las rapaces son las que dominan los cielos y es posible, incluso, que un observador paciente, y muy afortunado, adivine el esquivo perfil de un lince ibérico en el espeso matorral.

Si preferimos asomarnos al Atlántico, en la zona litoral que se extiende entre Matalascañas y Mazagón (Huelva) encontraremos el sistema de dunas de El Asperillo,  uno de los más frágiles y hermosos de todo el litoral andaluz.

Incluso aquellos paisajes que han sido transformados por la mano del hombre reúnen atractivos que van más allá de lo puramente estético. Las tablas de arroz, que comenzaron a salpicar la margen derecha del Guadalquivir y que hoy ocupan unas 35.000 hectáreas, se han convertido en una de las despensas de Doñana, a la que acuden las aves durante el verano o en los inviernos de sequía.

El príncipe de Doñana. El fantasma del matorral. Otra imagen de Antonio Sabater, el fotógrafo que mejor ha sabido retratar a este felino.

Mientras todo el entramado ecológico de Doñana se mantenía más o menos a salvo, arropado en los territorios protegidos, la presión en el entorno no ha disminuido y así, de forma periódica, vuelve la polémica sobre proyectos tan inquietantes como el de la carretera costera Huelva-Cádiz, el complejo turístico Costa Doñana, el dragado del Guadalquivir, el oleoducto Balboa o las obras de sondeo y almacenamiento de gas natural. Por no hablar de la tensión que rodea al desproporcionado consumo de agua, para usos agrícolas o turísticos, que hipoteca el buen estado del acuífero sobre el que reposa toda esta biodiversidad.

A pesar de los muchos reconocimientos que la amparan, desde la figura de parque nacional hasta su declaración como Patrimonio de la Humanidad, Doñana no termina de estar a salvo, las amenazas no han desaparecido, aunque ahora inquiete más, mucho más, el cambio climático, y todas sus derivadas (entre las que se incluyen un más que probable aumento de los incendios forestales), que una carretera inviable o una urbanización insostenible.

 

 

 

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El turco andaluz no sólo es uno de los mejores ayudantes del pastor, los pescadores también se sirven de estos perros en múltiples faenas. (Foto: Julian Vernot).

Hace pocos días, y en el programa “Tierra y Mar” (Canal Sur Televisión), dedicamos un reportaje (*) al turco andaluz, posiblemente el mejor ayudante al que pueden recurrir los pocos pastores que siguen manejando sus rebaños, en extensivo, en zonas de media montaña. Así ocurre en las Subbéticas cordobesas, a donde acudimos para mostrar, en su trabajo cotidiano, algunos ejemplares de este perro excepcional. Como suponía, muchas de las personas que tienen uno de estos animales, no sólo como auxiliar en tareas de campo sino también como perro de compañía, comentaron en las redes sociales su admiración y cariño a una raza que lleva casi mil años con nosotros. Aunque siempre me he rodeado de gatos (bueno, quiero decir que soy, parafraseando a Churchill, un humilde súbdito de mis gatos) yo también profeso admiración por turco andaluz, un perro del que hablé hace algún tiempo aprovechando los muchos conocimientos que me aportaron Baldomero Moreno (Consejería de Medio Ambiente) y Cecilio José Barba (Universidad de Córdoba) y que hoy resumo en este post.

Aunque no existe acuerdo científico sobre su primitivo origen, el perro de agua español, también conocido como turco andaluz, es la más antigua de las múltiples razas caninas de agua existentes en el mundo. Desde el remoto siglo XII se tienen evidencias de su presencia en la Península Ibérica, formando parte del grupo de los animales auxiliares del hombre en tareas como la ganadería, la caza o la pesca. Andalucía fue, y sigue siendo, la principal reserva de esta raza autóctona que a punto estuvo de extinguirse hace apenas un cuarto de siglo.

Para algunos autores los antepasados de esta raza llegaron a la Península Ibérica acompañando a las tropas musulmanas allá por el año 711, aunque estos primeros ejemplares podrían proceder de los primitivos perros de agua utilizados por las tribus del norte de África o bien haber sido importados desde el continente asiático. Otras hipótesis hacen referencia al posible origen turco o húngaro, y también hay quien defiende el nacimiento de la raza en Andalucía, y en concreto en las marismas del Guadalquivir, donde la naturaleza y el hombre  seleccionaron animales perfectamente adaptados a ese medio hostil.

De una u otra manera, hasta el año 1110 no se tienen evidencias de la presencia de estos animales en la Península Ibérica, dando lugar más tarde a dos razas: el cao de agua portugués y el perro de agua español. Este último, además, presenta dos ecotipos (adaptaciones ecológicas distintas) según sean ejemplares del norte o del sur del país, y los sureños, asimismo, presentan una variante marismeña y otra de sierra.

La denominación popular de la raza también varía en función de las diferentes provincias o comarcas. En Andalucía se le conoce genéricamente como turco, aunque en algunas zonas este nombre se reserva a los ejemplares de pelo marrón denominando moro a los de pelaje negro. En Sierra Morena se identifica como perro de lanas, mientras que en las serranías de Grazalema y Ronda se le llama laneto. Rizado es el nombre usado en las sierras Subbéticas cordobesas y patero en las marismas del Guadalquivir. Churro es en Extremadura, merlucero en Cantabria, cordelero en Asturias y chos o chorris en el País Vasco.

El abandono de prácticas ganaderas tradicionales, para las que era indispensable,  y la presión de otras razas foráneas, peor adaptadas al medio pero más populares, colocaron al turco andaluz en una difícil situación a mediados de los años ochenta del pasado siglo. Las pocas poblaciones que lograron sobrevivir a este proceso quedaron relegadas a algunas serranías y enclaves marismeños que, en esos mismos años, pasaron a formar parte de la red de espacios protegidos de la región. Superado el peligro, los parques naturales de Grazalema (Cádiz-Málaga), Alcornocales (Cádiz), Sierra Norte de Sevilla, Subbéticas (Córdoba) y entorno de Doñana (Huelva-Sevilla-Cádiz), entre otros, siguen albergando a la mayor parte de los mejores ejemplares que de este perro se conservan en toda España.

A lo largo de la historia, el turco ha desempeñado multitud de funciones, y aún hoy sigue siendo un perro muy versátil. Siempre ha destacado en la guarda y cría de todo tipo de ganado y como auxiliar de los cazadores en zonas húmedas. En Asturias, País Vasco y Cantabria aún se mantiene, en la flota de bajura tradicional, como inseparable compañero de los marineros dadas sus dotes nadadoras y buceadoras. En estos casos sirve de enlace entre embarcaciones (para trasladar aparejos de pesca, por ejemplo), recupera los peces que escapan de las redes o se ocupa de acercar las amarras al puerto, además de vigilar las redes mientras el pesquero permanece atracado. También se empleó, hasta principios del siglo XX, en algunas minas de carbón de Sierra Morena, ayudando a los arrieros de los mulos que transportaban las vagonetas de mineral. En la actualidad  se viene utilizando en la localización de cebos envenenados, drogas y explosivos, auxiliar en labores de rescate durante catástrofes y como perro mensajero.

Hay animales, muchos animales (quizá todos los animales), frente a los que el hombre, algunos hombres, son una triste sombra de eso que llaman homo sapiens… 

(*) Para los que no vieron el reportaje que dedicamos a este extraordinario animal aquí os dejo el enlace a nuestro canal de YouTube:

 

 

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¿Dónde estará este canuto del Parque Natural de Los Alcornocales? Habrá que preguntarle a Peter Manschot, que hizo la foto, aunque no estoy muy seguro de que quiera revelarnos la ubicación exacta de este bosque secreto…

¿Se os ocurre mejor estación que la primavera para internarse en alguno de los bosques secretos de Andalucía? Al margen de los circuitos habituales, y las rutas más trilladas, el monte andaluz esconde espacios singulares que raramente encontraréis en una guía turística al uso. Quizá no debería revelarlos, para que siguieran siendo el secreto de unos cuantos enamorados (cada vez más, también es verdad), pero no puedo resistir la tentación de compartir la fascinación por un grupo de pequeñas arboledas en donde lo inusual dibuja paisajes de gran belleza.

  • Canuto del Montero (Alcalá de los Gazules, Cádiz). Sobre una superficie de algo menos de 400 hectáreas crece uno de los bosques de niebla más interesantes de la región. Este tipo de formaciones, conocidas popularmente como canutos, registran un particular microclima húmedo y cálido, motivo por el que en ellas encontraron refugio, hace más de 50 millones de años, un nutrido grupo de especies vegetales que entonces proliferaban merced al ambiente casi tropical que dominaba el continente. En este caso, siguiendo el curso del río Montero, crece una tupida arboleda de quejigos que, buscando la luz en la espesura, se levantan por encima de los 20 metros y que suelen estar tapizados de musgo y cubiertos de hiedras. No menos espectaculares son las tallas que alcanzan los alcornoques, alisos, avellanillos, laureles o madroños.
  • Acebuchar de las Machorras (Jerez de la Frontera, Cádiz). Machorra es el término que en esta comarca se asigna a un bosquete aislado de otro y que presenta una espesura importante. Estas machorras jerezanas están compuestas por acebuches, el antepasado de los olivos que hoy cultivamos, su variedad silvestre. Con frecuencia esta especie se presenta como arbusto por lo que, a pesar de su longevidad, no es fácil contemplarla con el porte de un árbol. Los acebuches que crecen en las 74 hectáreas de este enclave, centenarios sin duda, alcanzan perímetros de más de 4 metros y alturas que rondan los 13 metros.
  • Secuoyas de La Losa (Huéscar, Granada). En la segunda mitad del siglo XIX el duque de Wellington regaló al marqués de Corvera algunos ejemplares de secuoyas, procedentes de norteamérica, para la ornamentación del cortijo de La Losa. Hoy medio centenar de estos imponentes árboles se alzan muy por encima de los pinos laricios que los acompañan.
    Aunque no alcanzan el centenar de metros que llegan a medir en sus lugares de origen, estas secuoyas granadinas superan los 50 metros de altura. Arboledas de la misma especie crecen en otros enclaves de la provincia de Granada, como el barranco de los Tejos (Aldeire) o el vivero del Posterillo (Jérez del Marquesado).
  • Fresneda del río Cuzna (Obejo, Córdoba). Los bosques de ribera, que antaño adornaban la mayor parte de los cauces andaluces, han sufrido, como pocas formaciones vegetales, un implacable proceso de exterminio. Por este motivo, la extensa fresneda del río Cuzna, que abarca más de 100 hectáreas, compone un paisaje que cada vez es más difícil de contemplar. Los fresnos están aquí acompañados de tamujos y adelfas, y si se quiere disfrutar de una buena panorámica de esta arboleda lo mejor es acercarse a la atalaya que brinda el puente de la carretera que enlaza Obejo y Pozoblanco.
  • Coscojar de Peñas Rubias (Adamuz, Córdoba). La coscoja es un arbusto bastante frecuente en Andalucía, donde suele componer formaciones de gran densidad hasta el punto de ser prácticamente impenetrables. Sin embargo, no es fácil encontrar bosquetes de esta especie con ejemplares de porte arbóreo. El coscojar que crece en la umbría del abrupto paraje de Peñas Rubias, junto a un olivar, reúne ejemplares de hasta 7 metros de altura y 50 centímetros de perímetro de tronco, acompañados de quejigos, madroños y agracejos.

La naturaleza, en uno de sus raros sortilegios, es capaz de convertir el patrimonio ambiental en patrimonio afectivo. De esto sabe mucho mi amigo el fotógrafo holandés Peter Manschot con el que he tenido el privilegio de colaborar en varias obras y en particular en ese reciente bellezón que se titula “Andalucía, paisajes de empoderamiento”, en el que podréis encontrar la imagen de alguno de estos bosques secretos. Encontrarlos, a pie, ya es cosa vuestra…

 

 

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Arriero junto a los Peñones de San Francisco, en Sierra Nevada (archivo del diario Ideal de Granada Link: goo.gl/dAkkhI)

Hace unos días, y de la mano de la Fundación Descubre, organicé un interesantísimo debate en torno al futuro de la nieve en la alta montaña andaluza, cuestión íntimamente relacionada con el impacto del cambio climático en nuestra región.

Repasando alguna documentación que pudiera ilustrar el diálogo (ya disponible en el último número de la revista de divulgación iDescubre) recordé el reportaje que, hace algún tiempo, firmé para el diario El País, y en el que explicaba el negocio que en torno a la nieve se desarrolló en tierras andaluzas aplicando técnicas que ya se conocían hace más de tres mil años.

Las primeras pruebas documentales del comercio de nieve se remontan mil años antes de Cristo, cuando en los sótanos de algunas viviendas chinas se almacenaba hielo en invierno para consumirlo en verano. Los romanos organizaban caravanas de nieve desde los Apeninos, y en la Edad Media eran los árabes los que transportaban este material desde las montañas del Líbano hasta los palacios de los califas en Damasco y Bagdad.

En la primavera de 1624 se celebró, en lo que hoy es Parque Nacional de Doñana, uno de los festejos reales más sonados de la historia de España. El Duque de Medina Sidonia celebró una monumental cacería en honor de Felipe IV a la que asistieron 1.200 invitados. Las crónicas relatan cómo, para mantener en buen estado los manjares que se transportaron desde diferentes puntos de la región, todos los días llegaban al corazón de las marismas del Guadalquivir, procedentes de la serranía de Ronda, seis cargas de nieve a lomos de cuarenta y seis mulas.

Cuando aún no existían métodos artificiales de refrigeración la nieve acumulada en los puntos más elevados de las comarcas serranas constituía un elemento muy codiciado, no sólo para la conservación de determinados alimentos o la elaboración de refrescos y helados, costumbre que se había extendido entre las clases más pudientes, sino también por sus aplicaciones médicas, ya que se juzgaba imprescindible en el alivio de hemorragias e inflamaciones, y hasta en el tratamiento de la peste.

A mediados del siglo XVII el comercio de la nieve estaba ya más que desarrollado en numerosos puntos del país. Málaga era entonces una de las ciudades que, por su actividad portuaria, demandaba grandes cantidades de nieve. Ésta se obtenía de la que entonces era conocida como sierra de Yunquera, y en particular en el denominado Puerto de los Ventisqueros, a 1.600 metros de altitud.

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Pozo de nieve en el Puerto de los Ventisqueros (Tolox, Parque Natural de la Sierra de las Nieves, Málaga).

Cuando los inviernos eran benignos y escaseaba este recurso en los términos municipales de Yunquera y Tolox, hoy incluidos en el Parque Natural de la Sierra de las Nieves, los comerciantes trasladaban su actividad a la más lejana sierra de Tejeda, en la Alta Axarquía, donde algunos picos, como el de la Maroma, rebasan los 2.000 metros de altitud.

Los neveros no sólo trabajaban en las serranías malagueñas, también operaban en distintos puntos del macizo de Sierra Nevada, donde la disponibilidad de este recurso era mucho mayor, en la cercana sierra de Baza y en diferentes localidades de las serranías jienenses.

Las técnicas que se emplearon en Andalucía para la conservación y transporte de nieve eran similares a las que, siglos atrás, habían desarrollado griegos y romanos, que comprimían este material en pozos practicados en las zonas más elevadas, cubriéndolos con pasto, paja y ramas de árboles. Los primeros manuales que describían el aprovechamiento de este material vieron la luz en Sevilla en el siglo XVI.

Cuando en el siglo XVII la explotación de la nieve experimentó un auge en Andalucía, las condiciones climáticas eran diferentes a las que hoy conocemos y hacían posible que este recurso fuera abundante en lugares en los que hoy escasea. La misma sierra de las Nieves no registra ahora ni las temperaturas ni las precipitaciones que hace unos 300 años la convirtieron en uno de los territorios más apreciados por los neveros.

La conocida como Pequeña Edad del Hielo, periodo que se inició en los siglos XV-XVI, fue la responsable de esta abundancia de nieve en latitudes en las que hoy apenas aparece.

 

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Las fracciones menos densas de los hidrocarburos que se vierten al mar, aunque sea en pequeñas cantidades, se acumulan en la superficie y terminan afectando al sistema respiratorio de múltiples animales o les provocan intoxicaciones por ingestión.

Hay quien, para calmar las conciencias y maquillar su ignorancia, ha considerado que el vertido (el penúltimo vertido) de entre 500 y 2.000 litros de fuel en la bahía de Algeciras (Cádiz), registrado la noche del pasado martes, es un asunto irrelevante desde el punto de vista ambiental. Al parecer, un fallo mecánico en la monoboya de Cepsa causó el escape que, finalmente, y según este grupo de optimistas, arrojó al mar una cantidad bien pequeña de hidrocarburos, afectando a un tramo de playa de apenas 500 metros (“lineales y discontinuos“) y no causando daños a ningún enclave natural de importancia. Pero, ¿de verdad hay vertidos irrelevantes? ¿Existen las mareas negras intrascendentes?

Lo cierto es que, más allá de ese falso optimismo, nunca deben despreciarse las  alteraciones que causan ciertos derrames, como el que se ha producido en la bahía de Algeciras, atendiendo únicamente a la cantidad de hidrocarburos liberada.  

El volumen de un vertido, advierten los especialistas, no dice mucho sobre su capacidad para generar daños ambientales de gravedad. El impacto de una marea negra viene determinado por múltiples factores: tipo de hidrocarburo, condiciones climáticas, capacidad de evaporación y biodegradación, y, sobre todo, sensibilidad de los ecosistemas afectados. En lo que respecta a esta última circunstancia, las aguas de la bahía de Algeciras y, en general, del estrecho de Gibraltar, son particularmente frágiles, ya que reúnen una elevada biodiversidad, son de zona de paso para multitud de cetáceos y tortugas marinas amenazadas y forman parte del pasillo migratorio por el que transitan millones de aves protegidas.

Las manchas de hidrocarburos, aunque sean de pequeño tamaño, reducen o imposibilitan la entrada de luz al medio marino, dificultando la actividad fotosintética de algas y fanerógamas. Precisamente, el desarrollo industrial, y el intenso tráfico de buques, acabó con las extensas praderas submarinas que, hasta los años 60 del pasado siglo, tapizaban unos cuatro kilómetros cuadrados de la bahía de Algeciras y servían de refugio a numerosas especies animales y vegetales. Aún así, este es un territorio que aún conserva un llamativo muestrario de seres vivos. El Laboratorio de Biología Marina de la Universidad de Sevilla ha censado, en el área del Estrecho y en la propia bahía de Algeciras, más de 1.700 especies de flora y fauna diferentes, de las que medio centenar eran desconocidas para la ciencia y alrededor de 500 se localizaban por primera vez en aguas andaluzas.

Parte de esta riqueza también está al alcance de los ojos de un profano, ya que en el interior de la bahía de Algeciras es fácil observar ejemplares de delfín común, listado o mular, así como calderones comunes. Asimismo, se han registrado observaciones de otros cetáceos protegidos, como orcas, ballenas o zifios. Todos ellos, junto a las tortugas marinas, deambulan por la delgada frontera que separa el mar del cielo. La interfase agua-aire, su territorio natural, es la que sufre mayores alteraciones debidas a la contaminación por hidrocarburos, ya que las fracciones menos densas de estos productos, aunque sea en pequeñas cantidades, se acumulan en la superficie marina y terminan afectando al sistema respiratorio de estos animales, o bien les provocan intoxicaciones al ser ingeridos (lo mismo que ocurre con las aves cuando picotean sus plumas para librarse del fuel). Aunque los restos de alquitrán terminan por desaparecer de la vista en poco tiempo, permanecen en los fondos durante largos periodos o bien son arrastrados a gran distancia por las corrientes. A veces forman bolas, que los especialistas denominan tarballs, capaces de retornar a la costa cuando el vertido parecía superado.

Si no es posible evitar la llegada de los hidrocarburos a la costa, como ha ocurrido en este y otros vertidos, las labores de limpieza, a pie de arena, resultan decisivas, siempre que se ejecuten con cuidado y no se apliquen tratamientos puramente “estéticos” que, por agresivos, pueden perjudicar a los ecosistemas en mayor medida que la propia marea negra.

 

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Aunque a veces, salpicada de azul y batida por el oleaje de arena, parezca lo contrario, Doñana no es una isla…

 

En la primavera de 1987 le pedí a Miguel Delibes que escribiera un artículo para la recién nacida revista “Medio Ambiente”, un boletín muy modesto en sus orígenes en el que, sin embargo, se fueron esbozando las líneas maestras de aquella pequeña revolución ambiental que, en Andalucía, vino de la mano de la recién creada Agencia de Medio Ambiente (AMA). La revista, que puse en marcha en el invierno de 1986, era el escaparate de un organismo que resultaría decisivo  en la historia de la conservación española, y en el que tuve el privilegio de trabajar como periodista y responsable de su Unidad de Divulgación.

El artículo de mi buen amigo Miguel Delibes (Conservación de la naturaleza en la sociedad de consumo) no hizo mucha gracia en los pasillos del poder, pero se publicó (¡faltaría más!). En un momento en el que recibíamos todo tipo de críticas, y en el que plantear cualquier acción que implicara ordenar los aprovechamientos sobre un territorio natural valioso se consideraba un triunfo del ecologismo más radical, el texto de Miguel cayó como un jarro de agua fría porque, con la libertad de opinión que siempre ha sido seña de identidad de este biólogo comprometido, cuestionaba algunas de las estrategias que estaba llevando a cabo la Administración (incluso la más vanguardista, como era el caso de la AMA).

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Las ventajas de tener, en casa, una hemeroteca medio ordenada… Este es el artículo original de Miguel Delibes (Revista Medio Ambiente, Andalucía, Verano 1987).

Algunos párrafos de aquel artículo resumen, de forma simplificada pero nítida, la tesis de Delibes, esa misma que hoy traigo aquí porque, casi 30 años después, y al hilo de lo que está ocurriendo estos días en Doñana, sigue siendo pertinente e incómoda :

La naturaleza entendida como conjunto es difícil de consumir y por tanto de vender (…). Así pues, no es raro que una tala de árboles o el con frecuencia inadmisible nivel de contaminación de los ríos, o la creciente rarificación de algunas especies, apenas merezcan unos comentarios en los periódicos y unas declaraciones más o menos retóricas de los ecologistas. Pero amigo, ¿qué ocurre si esos mismos árboles se cortan en el Parque Nacional de Doñana o sus alrededores?

(…) Si los árboles (¡o los patos!) mueren en Doñana, se llenarán páginas y páginas de los periódicos, recurrirán los ecologistas a las instancias internacionales, interpelarán con más o menos gracia los políticos en el Parlamento, etc. etc. Si los árboles llegan a morir en Doñana, será la guerra. (…) ¿Extrañará a alguien que para los profanos conservar Doñana sea sinónimo de conservar la naturaleza, mientras asisten impasibles, cuando no son protagonistas, a las mayores tropelías en su entorno inmediato?

(…) Desde mi punto de vista dedicarse de verdad a conservar es una tarea compleja y con frecuencia poco brillante, pues debe tender justamente hacia la uniformidad en las medidas, controles y resultados. Hay que intentar, decía alguien, “desparquerizar” los parques y “parquerizar” el resto de la naturaleza, aunque sea difícil ponerle un nombre a esa mezcla y hacerla noticia de primera plana“.

Hace casi 30 años que Miguel escribió estos párrafos, los que ayer mismo recordé para, modestamente,  convertir sus tesis, que son las tesis de muchos otros especialistas, en “noticia de primera plana”. Cuando en La Tertulia de Canal Sur Televisión me pidieron que analizara la oportunísima campaña de WWF en defensa de Doñana, y que lo hiciera en muy pocos minutos, puse el acento en dos ideas básicas, aptas para todos los públicos, que ya latían en aquel artículo:

Doñana no es una isla. De poco sirve “blindar” con todo tipo de figuras (Parque Nacional, Parque Natural, Reserva de la Biosfera, Patrimonio de la Humanidad…) el territorio más valioso de esa comarca si su entorno inmediato no se ajusta a un modelo de desarrollo sostenible, de bajo impacto, compatible con la conservación de ese corazón verde. Lo dijo la Comisión Internacional de Expertos que en 1992 analizó la mejor manera de conservar Doñana sin sacrificar el desarrollo socioeconómico de su entorno, lo defendió en el documento que viajó hasta Bruselas para buscar financiación europea que hiciera posible esa transición. Todos estaban de acuerdo (o casi todos). Todos (o casi todos) lo han olvidado.

En la naturaleza 1+1 casi nunca suman 2. Con demasiada frecuencia esta operación da como resultado 11 o una cifra aún mayor. No podemos contemplar las amenazas que cercan Doñana (pozos ilegales, dragado del Guadalquivir, minas de Aznalcóllar, depósito subterráneo de gas…) como la suma, simple, de una serie de impactos tomados de uno en uno, sino como un auténtico torbellino de alteraciones que se multiplican, casi sin límite, al estar unas en presencia de otras. Quizá por eso algunos proyectos se fragmentan de manera sospechosa en diferentes actuaciones (más pequeñas y aparentemente inconexas) a la hora de someterlos a la obligada Evaluación de Impacto Ambiental.

Permitidme que vuelva a inspirarme en Miguel Delibes y en la que yo llamo su metáfora de la lavadora. Imaginemos que cada cierto tiempo retiramos la lavadora que todos tenemos en casa para limpiar la suciedad que se acumula bajo este electrodoméstico. Encontraremos pelusas, restos de vasos rotos, alguna porción de comida momificada y también una tuerca, o un tornillo, o una pequeña arandela. Como no sabemos de dónde salió esa pieza (aunque suponemos que es de la lavadora) sencillamente la tiramos a la basura, con la tranquilidad de conciencia que da saber (o más bien creer) que la lavadora sigue funcionando sin fallos aparentes. Cada cierto tiempo repetimos la operación de limpieza y vuelven a aparecer otras piezas que juzgamos intrascendentes, piezas que también van a la basura, hasta que un día la lavadora deja de funcionar, así, de pronto, sin avisar… Bueno, en realidad nos estaba avisando de la catástrofe, pieza a pieza, pero no le hicimos caso. ¿Cuál fue la pieza decisiva que precipitó la muerte de la lavadora? Todas y ninguna en particular. ¿Qué hacemos para que vuelva a funcionar la lavadora? ¿Alguien sabe cómo se colocan esas piezas, dónde estaban situadas? Pero, lo que es más grave aún, ¿alguien conserva esas piezas, sabe dónde las venden (si es que las venden) o tiene a mano una lavadora exactamente igual para comprobar en dónde está el corazón del problema y su correcta solución?

El corazón del problema no es otro que la desidia, la inconsciencia y, sobre todo, la soberbia de pensar que seremos capaces de sustituir o prescindir de lo insustituible e imprescindible.

PD: Ayer traté de explicarme en el primer informativo de la mañana (Buenos Días) de Canal Sur Televisión.  Hablé del QUIÉN, de la ESCALA, de los VÍNCULOS y de las SUMAS. Son cuatro ideas, sencillas, muy claras, pero sobre las que hay que insistir, e insistir, e insistir…

PD: Los que hayan tenido la paciencia de ver la entrevista hasta el final habrán comprobado que hubo tiempo, incluso, para un zasca. A mi no me gustan los zascas, advierto, porque prefiero el debate sosegado, pero hay tesis, arcaicas e insostenibles, que sólo admiten una réplica contundente, rápida e incuestionable. No, la naturaleza nunca es un castigo, más bien ocurre todo lo contrario: nosotros sí que somos un castigo para la naturaleza.

 

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Contaminantes, radiación solar y altas temperaturas, el cóctel perfecto para crear una dañina “atmósfera de verano” en la que se disparan los niveles de ozono troposférico.

 

La advertencia forma parte ya de las rutinas del verano pero no por ello debería provocar indiferencia y, menos aún, apatía o inacción. Pero mucho me temo que, este verano también, pasaremos de puntillas sobre un problema (uno más) que tiene un impacto innegable en nuestra salud.

El tiempo estable y las elevadas temperaturas con las que se ha estrenado el mes de septiembre, junto al aumento del tráfico rodado y el consumo energético (algo característico del fin de las vacaciones), explican que desde la pasada semana, y al igual que ha ocurrido en otros momentos del estío, se hayan vuelto a disparar los niveles de ozono troposférico en numerosas zonas del país.

Ecologistas en Acción es quien advierte de esta circunstancia que afecta a la salud, sobre todo de colectivos vulnerables (ancianos, niños y personas aquejadas de alguna enfermedad respiratoria), pero también daña a la vegetación, ya sea silvestre o cultivada. Los niveles más elevados de este contaminante, señala la nota de esta organización, se están registrando en el interior de Galicia y el norte de Castilla-León, el norte de Madrid, el interior de Cataluña y Valencia, el valle del Ebro, Andalucía occidental y Extremadura.

Aunque se trata del mismo elemento, nada tiene que ver este ozono, que se concentra a baja altura (troposférico), con aquel otro que se dispone en la estratosfera, a unos 20 kilómetros de altura, y que nos protege de las radiaciones ultravioletas.

El ozono que se acumula cerca del suelo se produce al reaccionar óxidos de nitrógeno y compuestos orgánicos volátiles en presencia de una radiación solar intensa, lo que explica que los índices más elevados de este contaminante comiencen a registrarse en primavera y disminuyan a partir del otoño. Los óxidos de nitrógeno tienen su origen, sobre todo, en las emisiones de los vehículos a motor, mientras que los compuestos orgánicos volátiles proceden de los gases de combustión, de la evaporación de combustible en depósitos y estaciones de servicio y de algunos disolventes.

Cuando se combinan estos elementos (contaminantes, radiación solar y elevadas temperaturas) comienza a generarse ozono en grandes cantidades. Si, además, el régimen de vientos no ayuda a la dispersión de este gas, pueden alcanzarse elevadas concentraciones en zonas pobladas. Se trata de un gas altamente tóxico, con propiedades oxidantes, que causa daños en la vegetación, en distintos materiales y en la salud de las personas que lo respiran.

Smog Londra

La foto corresponde a Londres y fue tomada en noviembre de 1953, hace más de 60 años, en una de esas jornadas en la que el smog hacía imposible la respiración. En el invierno de 1952, y en tan sólo cinco días de intensa contaminación atmosférica, cerca de 3.500 personas murieron por complicaciones respiratorias en la capital británica. El problema viene de lejos, sus efectos son evidentes, conocemos la solución, pero…

 

Este fenómeno, que como digo se repite todos los veranos, es un buen ejemplo de la complejidad que manifiestan la mayoría de los problemas ambientales, complejidad que no admite soluciones rápidas ni sencillas y que, en la mayoría de los casos, nos remite a una cuestión nuclear que es, en definitiva, la que todo lo explica y todo lo complica: un modelo de desarrollo basado en el consumo desproporcionado e insensato de combustibles fósiles.

Dicho de otra manera, ¿se reducen los niveles de ozono troposférico limitando, por ejemplo, y de manera radical, la circulación de vehículos a motor? Sí… y no.

El peculiar y complejo proceso que da lugar al ozono troposférico hace que sea muy difícil combatir la presencia de este gas en la atmósfera urbana. En principio, las medidas más razonables pasan por evitar la emisión de los agentes que dan lugar a este contaminante. Es decir, deberían reducirse los vertidos a la atmósfera de óxidos de nitrógeno y compuestos orgánicos volátiles, algo que, es cierto, puede conseguirse reduciendo el tráfico de los vehículos a motor.

Sin embargo, este tipo de medidas pueden tener un efecto opuesto al que se persigue. En grandes ciudades, donde el nivel de contaminación atmosférica es apreciable, los óxidos de nitrógeno recién emitidos pueden combinarse inmediatamente con el ozono provocando que la concentración de este disminuya. Esta y otras reacciones químicas similares hacen que, a veces, al controlar con la mejor intención las emisiones de óxidos de nitrógeno el ozono se dispare. Es lo que los expertos denominan efecto fin de semana, curioso fenómeno observado en algunas ciudades europeas donde la contaminación por ozono troposférico alcanza sus mayores niveles en días festivos, justo cuando disminuye el tráfico y con él las emisiones de óxidos de nitrógeno.

En estos casos la mejor estrategia pasa por reducir los compuestos orgánicos volátiles y mantener cierta concentración de óxidos de nitrógeno. Pero, para complicar aún más las cosas, esta fórmula debe invertirse en las zonas que no están sometidas a una gran contaminación atmosférica, como sucede en ciudades de pequeño tamaño. También es frecuente que los mayores niveles de ozono troposférico se midan en la periferia de las grandes ciudades y no en el mismo casco urbano. En definitiva, hay que enfrentarse a un caldo fotoquímico cuya composición y reacciones son variables, por lo que también la receta para combatirlo es diferente en cada caso y exige información precisa, y en tiempo real, de lo que ocurre en esa parcela de la atmófera.

Ningún problema complejo admite soluciones simples, aunque en este caso, y en otros muchos, insisto, el comienzo de la solución pasaría por una apuesta, política y ciudadana, mucho más decidida a favor de las energías renovables. No es una decisión sencilla, ni simple, pero es, sin ninguna duda, la más sensata. Y la tecnología disponible ya nos permite dar este paso. ¿A qué estamos esperando?

 

 

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