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Archive for the ‘crónica en verde’ Category

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Contaminantes, radiación solar y altas temperaturas, el cóctel perfecto para crear una dañina «atmósfera de verano» en la que se disparan los niveles de ozono troposférico.

 

La advertencia forma parte ya de las rutinas del verano pero no por ello debería provocar indiferencia y, menos aún, apatía o inacción. Pero mucho me temo que, este verano también, pasaremos de puntillas sobre un problema (uno más) que tiene un impacto innegable en nuestra salud.

El tiempo estable y las elevadas temperaturas con las que se ha estrenado el mes de septiembre, junto al aumento del tráfico rodado y el consumo energético (algo característico del fin de las vacaciones), explican que desde la pasada semana, y al igual que ha ocurrido en otros momentos del estío, se hayan vuelto a disparar los niveles de ozono troposférico en numerosas zonas del país.

Ecologistas en Acción es quien advierte de esta circunstancia que afecta a la salud, sobre todo de colectivos vulnerables (ancianos, niños y personas aquejadas de alguna enfermedad respiratoria), pero también daña a la vegetación, ya sea silvestre o cultivada. Los niveles más elevados de este contaminante, señala la nota de esta organización, se están registrando en el interior de Galicia y el norte de Castilla-León, el norte de Madrid, el interior de Cataluña y Valencia, el valle del Ebro, Andalucía occidental y Extremadura.

Aunque se trata del mismo elemento, nada tiene que ver este ozono, que se concentra a baja altura (troposférico), con aquel otro que se dispone en la estratosfera, a unos 20 kilómetros de altura, y que nos protege de las radiaciones ultravioletas.

El ozono que se acumula cerca del suelo se produce al reaccionar óxidos de nitrógeno y compuestos orgánicos volátiles en presencia de una radiación solar intensa, lo que explica que los índices más elevados de este contaminante comiencen a registrarse en primavera y disminuyan a partir del otoño. Los óxidos de nitrógeno tienen su origen, sobre todo, en las emisiones de los vehículos a motor, mientras que los compuestos orgánicos volátiles proceden de los gases de combustión, de la evaporación de combustible en depósitos y estaciones de servicio y de algunos disolventes.

Cuando se combinan estos elementos (contaminantes, radiación solar y elevadas temperaturas) comienza a generarse ozono en grandes cantidades. Si, además, el régimen de vientos no ayuda a la dispersión de este gas, pueden alcanzarse elevadas concentraciones en zonas pobladas. Se trata de un gas altamente tóxico, con propiedades oxidantes, que causa daños en la vegetación, en distintos materiales y en la salud de las personas que lo respiran.

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La foto corresponde a Londres y fue tomada en noviembre de 1953, hace más de 60 años, en una de esas jornadas en la que el smog hacía imposible la respiración. En el invierno de 1952, y en tan sólo cinco días de intensa contaminación atmosférica, cerca de 3.500 personas murieron por complicaciones respiratorias en la capital británica. El problema viene de lejos, sus efectos son evidentes, conocemos la solución, pero…

 

Este fenómeno, que como digo se repite todos los veranos, es un buen ejemplo de la complejidad que manifiestan la mayoría de los problemas ambientales, complejidad que no admite soluciones rápidas ni sencillas y que, en la mayoría de los casos, nos remite a una cuestión nuclear que es, en definitiva, la que todo lo explica y todo lo complica: un modelo de desarrollo basado en el consumo desproporcionado e insensato de combustibles fósiles.

Dicho de otra manera, ¿se reducen los niveles de ozono troposférico limitando, por ejemplo, y de manera radical, la circulación de vehículos a motor? Sí… y no.

El peculiar y complejo proceso que da lugar al ozono troposférico hace que sea muy difícil combatir la presencia de este gas en la atmósfera urbana. En principio, las medidas más razonables pasan por evitar la emisión de los agentes que dan lugar a este contaminante. Es decir, deberían reducirse los vertidos a la atmósfera de óxidos de nitrógeno y compuestos orgánicos volátiles, algo que, es cierto, puede conseguirse reduciendo el tráfico de los vehículos a motor.

Sin embargo, este tipo de medidas pueden tener un efecto opuesto al que se persigue. En grandes ciudades, donde el nivel de contaminación atmosférica es apreciable, los óxidos de nitrógeno recién emitidos pueden combinarse inmediatamente con el ozono provocando que la concentración de este disminuya. Esta y otras reacciones químicas similares hacen que, a veces, al controlar con la mejor intención las emisiones de óxidos de nitrógeno el ozono se dispare. Es lo que los expertos denominan efecto fin de semana, curioso fenómeno observado en algunas ciudades europeas donde la contaminación por ozono troposférico alcanza sus mayores niveles en días festivos, justo cuando disminuye el tráfico y con él las emisiones de óxidos de nitrógeno.

En estos casos la mejor estrategia pasa por reducir los compuestos orgánicos volátiles y mantener cierta concentración de óxidos de nitrógeno. Pero, para complicar aún más las cosas, esta fórmula debe invertirse en las zonas que no están sometidas a una gran contaminación atmosférica, como sucede en ciudades de pequeño tamaño. También es frecuente que los mayores niveles de ozono troposférico se midan en la periferia de las grandes ciudades y no en el mismo casco urbano. En definitiva, hay que enfrentarse a un caldo fotoquímico cuya composición y reacciones son variables, por lo que también la receta para combatirlo es diferente en cada caso y exige información precisa, y en tiempo real, de lo que ocurre en esa parcela de la atmófera.

Ningún problema complejo admite soluciones simples, aunque en este caso, y en otros muchos, insisto, el comienzo de la solución pasaría por una apuesta, política y ciudadana, mucho más decidida a favor de las energías renovables. No es una decisión sencilla, ni simple, pero es, sin ninguna duda, la más sensata. Y la tecnología disponible ya nos permite dar este paso. ¿A qué estamos esperando?

 

 

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Aljibe del rey

Interior del Aljibe del Rey (Fotografía de la Fundación AguaGranada)

Para conocer la Granada islámica existen múltiples rutas más o menos convencionales, itinerarios que este verano registrarán, como en todos los periodos vacacionales, una notable afluencia de turistas. Pero al margen de estos recorridos existen otros circuitos, menos conocidos, que nos acercan a algunos elementos peculiares del periodo histórico más atractivo de esta ciudad.

No existen muchas urbes, de cierto tamaño, en donde el agua adquiera el protagonismo que tiene en Granada, y en donde sea posible examinar los primitivos sistemas de distribución y almacenamiento de la misma. Sistemas perfectamente adaptados al clima y la orografía, respetuosos con la conservación de este recurso escaso y diseñados para facilitar su uso público en perfectas condiciones de higiene.

El Albayzín, por ejemplo, puede recorrerse siguiendo el itinerario que marcan algunos de los muchos aljibes que salpicaban este barrio, construcciones que garantizaban, gracias a los aportes de las acequias y la lluvia, la disponibilidad permanente de un elemento vital.

El barrio conserva 26 aljibes públicos entre los que destacan el de San Cristóbal, junto al mirador del mismo nombre y situado a más de seis metros bajo el nivel de la calle para facilitar la llegada del agua por gravedad, o el de San Bartolomé, ubicado bajo la capilla bautismal de la iglesia homónima. De nuevo junto a una iglesia, la de San Miguel, encontramos su correspondiente aljibe, y lo mismo ocurre en el mirador de San Nicolás, cuyo aljibe incorpora una fuente y una portada que lo hacen visible en uno de los puntos de mayor interés paisajístico de la ciudad.

El Aljibe del Rey, o Aljibe Viejo, se localiza dentro del recinto de la Alcazaba antigua, en la zona en la que se levantaban los palacios de los gobernantes ziríes en el siglo XI. Hoy el Carmen del Aljibe del Rey, situado en el corazón del Albayzín entre la muralla zirí y la Placeta del Cristo de las Azucenas, alberga la sede de la Fundación AguaGranada y el Centro de Interpretación del Agua.

La mayoría de los aljibes que conserva el Albayzín estuvieron en uso hasta mitad del siglo XX, ya que en 1935 entraron en servicio las primeras canalizaciones de agua potable que, poco a poco, se fueron extendiendo por toda la ciudad.

Acequia de Aynadamar

Acequia de Aynadamar (Fotografía del Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico)

Al margen de la lluvia, que se recogía directamente en algunos de estos depósitos, durante la época árabe el agua llegaba al Albayzín desde la Fuente Grande, situada en la localidad de Alfacar, a través de la acequia de Aynadamar, y también del propio cauce del Darro de donde partía la acequia de San Juan. Las canalizaciones discurrían en superficie hasta que entraban en el recinto urbano, donde la distribución, subterránea, se organizaba mediante tuberías de cerámica de diversos grosores, conocidas como atanores, que primero llegaban a los aljibes públicos y después alimentaban los aljibes y tinajas privadas.

Sobre el uso de la acequia de Aynadamar se conservan algunos documentos que revelan la ordenada regulación de los recursos que aportaba a la ciudad. El agua que circulaba de noche, con independencia del día de la semana, pertenecía siempre a los aljibes y las viviendas, y la distribución se organizaba en función de las diferentes zonas de la ciudad que tenían asignado un día para su abastecimiento.

También han sobrevivido hasta nuestros días los curiosos procedimientos que se aplicaban al agua para favorecer su potabilidad. Las tinajas destinadas a beber se llenaban, si era posible, antes del verano, y el agua que se introducía en ellas se filtraba con alguna tela tupida para evitar las impurezas. Además, en estos recipientes se introducían galápagos (llamados de “perra chica” por el precio al que se adquirían en el mercado) encargados de comerse los “gusarapos”, pequeñas larvas y gusanos que ocasionalmente podían contaminar el agua. Estos galápagos solían capturarse en el río Cubillas, en Pinos Puente.

PD: Para los que quieran conocer el agua escondida de Granada:

http://www.granadatur.com/rutas-tematicas/1-ruta-de-los-aljibes

 

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En las marismas del Guadalquivir no vivía ninguna especie de cangrejo de agua dulce hasta que en 1973 se introdujo, de manera intencionada, el cangrejo rojo americano.

Cuando se detecta la presencia de una especie exótica en un ecosistema alejado de su lugar de origen los especialistas aconsejan la inmediata erradicación de la misma, al objeto de evitar el impacto que podría causar en la supervivencia de animales o plantas autóctonas. Algo lógico a la vista de los múltiples ejemplos sobre el efecto letal que estas invasiones pueden llegar a causar en determinados enclaves.

Esta estrategia suele fracasar en numerosas ocasiones debido a las dificultades que plantea el exterminio de ciertas especies que, en poco tiempo, logran multiplicarse hasta colonizar grandes extensiones de terreno. Además, cuando esto ocurre y la invasión se prolonga en el tiempo, surgen vínculos, desconocidos hasta ese momento, entre los especimenes exóticos y el ecosistema en el que se han instalado. Puede manifestarse entonces la paradoja de que ciertas especies autóctonas comiencen a depender del invasor y, en ese caso, la erradicación no sólo es dificultosa sino que también es desaconsejable, al menos hasta conocer ese nuevo entramado biológico.

En las marismas del Guadalquivir no vivía ninguna especie de cangrejo de agua dulce hasta que en 1973 se introdujo, de manera intencionada, el cangrejo rojo americano, cuyos primeros ejemplares procedían de Louisiana (EEUU). Este crustáceo exótico no solo se adaptó sin problemas a su nuevo hábitat sino que comenzó a multiplicarse a gran velocidad. En 1982 se capturaron ya tres millones de kilos, lo que suponía alrededor de 250 millones de individuos, con una densidad que llegaba a superar los 50 animales por metro cuadrado. Hoy está presente en toda la zona marismeña y es objeto de un notable aprovechamiento pesquero; y es precisamente esta última circunstancia la que ha originado un contundente rechazo a la reciente sentencia del Tribunal Supremo que considera al cangrejo rojo especie invasora a todos los efectos, lo que supone la prohibición genérica de posesión, transporte, tráfico y venta de ejemplares vivos o muertos, incluyendo el comercio exterior. Un golpe terrible a una actividad económica que mueve cada año 20 millones de euros y genera más de 150.00 jornales.

Pero aunque la decisión del Supremo sea intachable desde el punto de vista jurídico, no lo es tanto desde el punto de vista socioeconómico y tampoco, aunque resulte paradójico, lo es desde la perspectiva ecológica, incluso si consideramos que esta última es la que justifica la sentencia.

La proliferación de esta especie invasora siempre se ha evaluado de manera negativa, al considerar que el cangrejo rojo ha causado profundas alteraciones en los ecosistemas marismeños y, en particular, en los terrenos protegidos de Doñana. No hay duda de que en este espacio natural se han modificado algunas variables como consecuencia de la invasión de este invertebrado, pero poco se sabía, hasta hace una década, de estas modificaciones, atendiendo tanto a las desventajas como a las ventajas.

Focha común alimentándose de cangrejos rojos (Foto: Rafael Pereiro)

Esta nueva forma de contemplar el problema quedó reflejada en un estudio que, ya en 2004, firmaban Zulima Tablado y Fernando Hiraldo, investigadores de la Estación Biológica de Doñana (EBD-CSIC), para los que resultaba imprescindible “conocer el papel que está desempeñando este invertebrado en los ecosistemas marismeños”.

Una revisión exhaustiva de los comportamientos alimenticios de más de 40 especies animales, autóctonas de las marismas y potenciales consumidoras de cangrejos, ha permitido desvelar algunos de esos vínculos tejidos entre el invasor y los nativos, de manera que han podido establecerse algunos de los efectos de esta relación y, en particular, su incidencia en el aumento o disminución de las poblaciones de las especies autóctonas.

No hay duda, señalan Hiraldo y Tablado, de que el cangrejo rojo “es ahora una especie clave en este territorio”, ya que sirve de alimento a un buen número de animales autóctonos. Dependiendo del periodo del año analizado, entre 13 y 18 especies, contando aves, reptiles, mamíferos y peces, consumen cangrejos en proporciones medias o altas. Aunque la aparición de esta nueva presa ha provocado la respuesta de un buen número de especies, estas, precisan los investigadores, “no han modificado sus estrategias de búsqueda de alimento”. Sencillamente, para muchos de estos predadores el cangrejo rojo se ha convertido, por su tamaño, en la presa más rentable desde el punto de vista energético.

La presencia de este alimento, desconocido en la marisma hasta hace treinta años, ha influido en las poblaciones de sus predadores, algo que, por vez primera, demostró de forma clara el trabajo de estos biólogos. En lo que se refiere a las aves, precisaban Hiraldo y Tablado, “los predadores de cangrejo, de los que existían datos sobre la evolución de sus poblaciones, se han incrementado más que otras especies”. Y algo parecido ha ocurrido con especies de las que sólo te tienen referencias de sus tendencias poblacionales, como es el caso de la nutria.

Gaviota sombría tras la captura de un cangrejo rojo (Foto: Gonzalo Criado)

Pero llegados a este punto surge la paradoja. El incremento en las poblaciones de algunas aves, por más que se trate de especies protegidas, puede acarrear una mayor presión sobre algunos otros animales presentes en su dieta, circunstancia que podría terminar por desequilibrar el sistema. Es decir, el cangrejo, de forma indirecta, puede inducir a la desaparición de otros animales valiosos.

Este no deja de ser un escenario pesimista ya que cabe otra interpretación. Quizá, precisan los investigadores, “nos encontremos en un periodo de ajuste entre predadores y presa, de manera que termine alcanzándose un punto de equilibrio distinto al actual, en el que los cangrejos desciendan por efecto de sus predadores y posteriormente estos también rebajen su número para mantenerse en densidades aceptables”. Se conseguiría así una suerte de “control biológico natural”.

Admitiendo ambas hipótesis lo cierto es que los especialistas siguen investigando hacia donde va a evolucionar esta situación, por lo que, en definitiva, estos y otros trabajos similares invitan a nuevas pesquisas, de manera que la influencia del cangrejo pueda modularse en beneficio de las especies autóctonas, empezando, quizá, por los humanos que han hecho de su aprovechamiento una fuente de riqueza en una comarca muy castigada por el desempleo.

POSTDATA: COMPETICIÓN APARENTE

Hasta hace pocos años los especialistas sólo atendían a los efectos directos que las especies invasoras podían causar en los ecosistemas que les daban cobijo. Pasaban así inadvertidos los impactos indirectos que, aunque menos evidentes y a más largo plazo, pueden llegar a causar profundas alteraciones.

Muchos de estos efectos ocultos tienen su base ecológica en el fenómeno conocido como “competición aparente”, mecanismo que es el que han estudiado en Doñana, y con referencia al cangrejo rojo, Fernando Hiraldo y Zulima Tablado. Con frecuencia, si hacemos caso al previsible desarrollo de este fenómeno, la aparición de una nueva presa, como es el caso de este crustáceo americano, provoca en los animales que la consumen primero una respuesta funcional y luego una numérica.

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Los primeros ejemplares de cangrejo rojo llegaron a Doñana procedentes de Louisiana (EEUU) y no solo se adaptaron sin problemas a su nuevo hábitat sino que comenzaron a multiplicarse a gran velocidad.

Es decir, al principio los predadores disminuyen su presión sobre los animales autóctonos que habitualmente forman parte de su dieta porque incorporan cantidades importantes de la nueva especie exótica. De esta manera aumentan las poblaciones de los predadores con lo que, en una segunda fase, se incrementa la presión sobre las presas autóctonas, anteriormente favorecidas. Si estas cuentan con poblaciones reducidas la nueva situación puede resultar catastrófica.

Para complicar aún más el panorama, los predadores, que han multiplicado sus efectivos gracias al nuevo aporte de alimento, pueden convertirse a su vez en presas de otros animales que acudan atraídos por esta explosión poblacional. La eterna tensión entre ganadores y perdedores, donde los papeles se pueden intercambiar con suma facilidad. Es suficiente un pequeño cambio en el sutil equilibrio de un ecosistema para desencadenar todo este torbellino.

En definitiva, la aparición de una especie exótica supone en muchos casos el inicio de una compleja cadena de alteraciones y desequilibrios difíciles de precisar si no es mediante una investigación minuciosa, algo que raramente se incorpora a una sentencia judicial…


 Epílogo (por ahora): Un blog, aunque parezca lo contrario, lo hacen sus lectores, así es que las oportunas observaciones de un lector me hacen precisar el título, añadiendo dos signos de interrogación, y también citar el trabajo de Pepe Tella (y otros) que en 2010 certificaron las observaciones de Hiraldo y Tablado pero añadiendo el matiz del desequilibrio en la cadena trófica con lo que su balance final era negativo. To be continued…

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Terremoto

¿Existen animales capaces de predecir los terremotos? Lo que se consideraba fruto de la superstición parece ser, sin embargo, una muestra más de la minuciosa capacidad de observación de las poblaciones rurales, muy atentas al comportamiento de los seres vivos con los que conviven a diario.

 

Los terremotos que, desde el pasado mes de diciembre, se vienen registrando al sur del Mar de Alborán, y que se han dejado sentir en numerosas localidades andaluzas, han puesto una vez más de manifiesto las limitaciones a las que se enfrenta la Ciencia cuando trata de predecir este tipo de fenómenos naturales. Aún en zonas de elevado riesgo sísmico, plagadas de sensores y vigiladas de forma permanente, se producen temblores inesperados que pueden llegar a ser catastróficos. Curiosamente, científicos andaluces describieron, hace ya más de quince años, cómo algunos animales perciben los terremotos, incluso antes de que estos se produzcan, y cómo esta cualidad se refleja en su comportamiento o en el metabolismo de alguno de sus órganos vitales, aunque no fueron capaces de precisar el funcionamiento exacto de este sistema de alerta natural.

Nadie suele otorgar rigor científico a los relatos, muy extendidos en el medio rural, en los que determinados animales se convierten en profetas de una catástrofe. En el caso de los terremotos es frecuente oír hablar de pájaros que cantan en plena noche, perros que no dejan de aullar en tono lastimero, caballos que se muestran excitados sin motivo o roedores que abandonan precipitadamente sus madrigueras. Comportamientos anómalos a los que sigue, si hacemos caso a la tradición oral de muchos de nuestros pueblos, un movimiento sísmico de cierta importancia.

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La observación del comportamiento animal fue decisiva para predecir el terremoto de Liaoning (China, 1975).

Esta creencia no es exclusiva de nuestro territorio. Cuando las autoridades chinas, tratando de profundizar en el conocimiento de los terremotos, revisaron todas las citas históricas en las que se hacía mención a uno de estos fenómenos encontraron argumentos similares. En la mayoría de los casos, los cronistas anotaban comportamientos extraños en algunos animales antes de producirse el temblor. Ya que esta afirmación se repetía en numerosos documentos, y a lo largo de varios siglos, se llevó a cabo un ambicioso experimento. Durante el verano de 1974, y en la provincia de Liaoning, en Manchuria, los sismógrafos advertían de una importante actividad que podía interpretarse como el anuncio de un gran terremoto. A la población se le pidió que comunicara cualquier anomalía relacionada con el comportamiento de los animales, y se reclutó a un grupo de más de 100.000 voluntarios para que transmitieran sus observaciones. Pasados seis meses comenzaron a acumularse los relatos de extraños hechos: reptiles que despertaban de su letargo invernal y aparecían muertos sobre la nieve; ratas que salían por docenas de sus escondites en pleno día; caballos que huían despavoridos de los establos o gallinas que, asustadas, se encaramaban a la copa de los árboles. Los especialistas interpretaron que el temblor estaba cerca y organizaron un minucioso plan de evacuación. El 4 de febrero de 1975, pocas horas después de que la población se hubiera puesto a salvo, un terremoto, que alcanzó una magnitud de 7,3 en la escala de Richter, arrasó Liaoning.

Sismólogos de todo el mundo comenzaron a interesarse por informaciones que hasta entonces habían despreciado. Los japoneses, por ejemplo, rescataron la vieja tradición de observar el comportamiento de los siluros, peces de agua dulce a los que popularmente se atribuía la facultad de anunciar temblores de tierra, y los norteamericanos revisaron los archivos del terremoto de San Francisco (1906) para estudiar detenidamente las referencias que en ellos se hacía a la extraña actitud de algunos animales en los momentos previos a la catástrofe. Sin embargo, en julio de 1976, un nuevo seísmo sacudió la región china de Tangshan, sin que se advirtiera de ninguna anomalía o señal que lo anunciara. Se registraron más de 650.000 muertos y cerca de 800.000 heridos. Los sistemas de predicción volvieron a cuestionarse.

Las modificaciones en el comportamiento animal, advirtieron algunos especialistas, no dejaban de ser un factor subjetivo, cuya interpretación dependía del observador que las anotara y su cualificación. No podía considerarse, por tanto, una referencia científicamente fiable, a no ser que se encontraran otros parámetros más objetivos, justamente los que a finales de los años 90 del pasado siglo describieron un grupo de investigadores andaluces que, paradójicamente, nada tenían que ver con el mundo de la sismología.

Manuel Repetto, entonces director del Instituto Nacional de Toxicología en Sevilla, hacía tiempo que venía observando cómo algunas de las analíticas que se les realizaban a determinados animales de laboratorio arrojaban, sin motivo aparente, datos extraños en fechas muy concretas. Estas pruebas se consideraban inválidas, pero aún así eran archivadas. Un día, recordaba en 1999 Repetto, “la aparición de estos análisis anormales coincidió con una serie de terremotos en Italia y pensamos que, quizá, ambos hechos estaban relacionados, así es que solicitamos una relación histórica de terremotos de cierta intensidad, y con ella nos fuimos al archivo en donde conservábamos la relación de nuestros análisis fallidos”.

Para sorpresa de estos investigadores, seísmos y resultados anormales en algunas pruebas de laboratorio coincidían en muchos casos. Es más, añadía entonces Repetto, “cuando recopilamos información a propósito de otros fenómenos naturales vimos que también afectaban”. Días de grandes tormentas o eclipses provocaban alteraciones significativas en algunos parámetros bioquímicos de los animales usados en experimentación, “y esto no es una opinión subjetiva, sino un dato objetivo, una cifra que se puede medir”, advertía este toxicólogo. Por ejemplo, en el caso de las ratas comprobaron cómo “son capaces de detectar la existencia de movimientos sísmicos ocurridos a grandes distancias del laboratorio, y que el estrés que este hecho les produce se pone de manifiesto en una brusca disminución del glucógeno hepático, que puede quedar reducido a menos del 10 % de sus valores normales”.

A veces se trataba de terremotos registrados en Andalucía, pero también se observó la influencia de seísmos cuyo epicentro estaba en otras regiones o países del entorno. De la misma manera, las alteraciones de las analíticas aparecían coincidiendo con el temblor y, en algunas ocasiones, horas antes de que este se produjera. Las ratas de laboratorio parecen ser las más sensibles a estos fenómenos, aunque también se registraron anomalías en el metabolismo de conejos, cobayas y perros. Los datos recogidos mostraban alteraciones en el normal funcionamiento de órganos como el hígado o el cerebro, aunque no llegaron a precisarse de qué manera se activan estos mecanismos de alerta.

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El terremoto de la madrugada del 25.1.16 tal y como se anotó en el sismógrafo de Nerja (Málaga).

Los investigadores del Instituto Nacional de Toxicología reconocían, en una de las comunicaciones científicas dedicadas a esta anomalía, “que la relación causa-efecto de este tipo de fenómeno es difícil de demostrar de forma inequívoca, ya que son aleatorios, la coincidencia es fruto de la casualidad y no son susceptibles de experimentación”. Aún así, añadían en el mismo documento, “resulta evidente la necesidad de tener en cuenta estas interacciones en la experimentación animal”. Dicho de otra manera: aunque los terremotos son percibidos por algunas especies, originando en ellas diversas respuestas bioquímicas, esta situación no se da en todos los casos y no parece fácil determinar por qué ocurre así.

Algunos expertos sospechan que los animales perciben en estos casos algún tipo de alteración eléctrica causada por el seísmo, algo parecido a lo que ocurre cuando se fragua una tormenta y el aire se carga de iones positivos provocando desasosiego y nerviosismo en algunas personas. Los criadores de toros bravos saben que cuando sopla levante, un viento saturado de iones positivos, aumenta la agresividad de las reses y que en las corridas lidiadas en estas circunstancias cambia la forma de embestida. También es posible que los temblores originen cambios en el campo electromagnético natural, como los que provocan las erupciones solares, fenómeno que se ha relacionado, por ejemplo, con un aumento de la fertilidad en algunas especies animales.

Toda esta información, que de forma detallada se hizo pública en congresos y revistas especializadas, es prácticamente desconocida por los sismólogos ya que se dirigía exclusivamente a sectores relacionados con la medicina o la toxicología. “Nuestro objetivo”, precisaba Repetto, “era señalar la existencia de algunos factores, que hasta entonces no se tenían en cuenta, capaces de alterar el resultado de algunas analíticas, no el establecer un sistema que permitiera avanzar en la predicción de los terremotos”.

Estudios posteriores, específicamente destinados a analizar la relación entre el comportamiento animal y los terremotos, han aportado nuevas pruebas que refuerzan las tesis de aquellos trabajos localizados en Andalucía y también algunas de las hipótesis avanzadas por los investigadores. Efectivamente, como demostraron entre 2011 y 2015 científicos de la Universidad Anglia Ruskin (Reino Unido), ciertos animales modifican de manera notable su comportamiento días antes de que se produzca un seísmo, hecho que analizaron en el entorno de Contamana (Perú).

Una de las causas más probables de la respuesta inusual de los animales ante este tipo de fenómenos, precisan los investigadores británicos, «son los iones con carga positiva presentes en el aire, que se sabe se generan en grandes cantidades en la superficie terrestre cuando las rocas de las capas profundas son sometidas a las tensiones crecientes previas al terremoto».

En el caso de Contamana los científicos identificaron «perturbaciones en la ionosfera, las cuales comenzaron dos semanas antes de un terremoto de magnitud 7». Se midió una fluctuación particularmente grande ocho días antes del seísmo, coincidiendo con una disminución relevante en la actividad de los animales. Una carga inusualmente elevada de iones positivos en el aire pudo ser la causante de «efectos adversos en animales y humanos, como el síndrome de la serotonina, causado por un aumento en la concentración de este neurotransmisor», circunstancia que puede provocar inquietud, agitación, hiperactividad y confusión.

Lo que se consideraba fruto de la superstición parece ser, sin embargo, una muestra más de la minuciosa capacidad de observación de las poblaciones rurales, muy atentas al comportamiento de los seres vivos con los que conviven a diario. La Ciencia aporta ya algunas evidencias que ratifican lo que en el saber popular apenas se intuía: existen los profetas de terremotos.

 

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Cada mañana, antes de encerrarme en Le Bourget, disfrutaba del amanecer desde la pequeña terraza de mi habitación. El espíritu de París latía en el Bulevard Montmartre aún en penumbra… (Foto: José María Montero)

Centro de Convenciones París-Le Bourget // 30 de noviembre – 12 de diciembre

En los pasillos de la COP21, la Conferencia Internacional sobre Cambio Climático, lo llamaban «el espíritu de París», una actitud de generoso entendimiento entre gobiernos muy dispares que salvó el acuerdo en los momentos más delicados de la negociación. Una actitud que servía para recordarnos, a los que asistimos al cónclave, que todos somos habitantes de un único planeta, de un planeta único.

Un planeta, por cierto, para el que resulta intrascendente el cambio climático: sencillamente se adaptaría al nuevo escenario, donde, en la nómina de la biodiversidad, habría perdedores pero también ganadores. La única víctima indiscutible de una subida catastrófica de la temperatura media de la Tierra sería la Humanidad; los únicos que veríamos hipotecado, sin duda ninguna, nuestro futuro seríamos los seres humanos. Por eso el acuerdo de París, más allá de cuestiones ambientales, puede ser el primer ejemplo, aunque tímido e insuficiente, de un nuevo estilo de diplomacia multilateral, de un nuevo modelo de gobernanza planetaria en el que la práctica totalidad de las naciones del mundo, con características culturales y políticas muy diferentes, son capaces de ponerse de acuerdo en favor del bien común.

Las negociaciones de la Cumbre del Clima han sido una muestra de la mejor diplomacia (en manos, sobre todo, de Laurent Fabius) y también de la mejor disposición, porque no es fácil hacer coincidir en una sola idea a 195 países (más la Unión Europea).

Pero, afortunadamente, no todo estaba en manos de los negociadores…

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Afortunadamente, el acuerdo no sólo estaba en manos de los negociadores… Los ciudadanos consiguieron pintar algunas líneas rojas en los pasillos de la COP21 (Foto: José María Montero)

Mientras las delegaciones oficiales peleaban los borradores del acuerdo línea a línea, párrafo a párrafo, el espíritu de París no sólo habitaba en esas maratonianas sesiones de debate político, alejadas (demasiado alejadas) de la calle, del sentir de los ciudadanos. Ese espíritu estaba presente, con especial intensidad, en los miles de observadores que asistían a la Cumbre y que representaban a centenares de organizaciones no gubernamentales repartidas por todo el planeta. Ellos eran la voz de los que no estaban en la Cumbre, la voz de los más vulnerables, la voz de los olvidados, la voz de los que ni siquiera saben qué es el cambio climático, la voz de los que no tienen voz. Ellos se ocuparon de recordar a los políticos que todos los que nos dábamos cita en Le Bourget habíamos recibido una suerte de mandato de más de 7.000 millones de seres humanos, y que no podíamos traicionar ese mandato que hablaba de nuestra propia supervivencia.

2015-12-29 14.22.18

¿Qué hubiera sido de nosotros sin los observadores? David (SEO-BirdLife), Alice (Avaaz), Tatiana (Greenpeace) y Mariana (WWF) me ayudaron a entender algunas de las claves que escondía la Cumbre.

Para nosotros, los más de 3.000 periodistas acreditados en la COP21, los observadores fueron un elemento decisivo porque, sorteando el ruido y la confusión, pusieron el acento en lo fundamental; porque nos conectaron con la verdadera trascendencia social del cambio climático; porque nos ayudaron a interpretar las claves de una negociación farragosa; porque desbrozaron los documentos hasta convertirlos en textos comprensibles; porque nos señalaron cuáles eran las líneas rojas que no debían cruzarse y las obligaciones a las que no debíamos renunciar.

Uno de los análisis más lúcidos que he leído a propósito del acuerdo, de cómo se gestó, de qué esperanzas ha alimentado y de qué expectativas ha frustrado, es el que George Monbiot firmó en The Guardian. El comienzo del artículo es brillante, porque establece una llamativa paradoja en la que estábamos de acuerdo muchos de los que asistimos al cónclave del clima: «By comparison to what it could have been, it’s a miracle. By comparison to what it should have been, it’s a disaster» («En comparación con lo que podría haber sido, es un milagro. Pero en comparación con lo que debería haber sido, es un desastre”). Y en ese difícil equilibrio nos encontramos ahora, entre el milagro y el desastre. Y la fórmula para sortear ese equilibrio sin precipitarnos al vacío también nos la explicaron los observadores. Es obvia, poco sofisticada, pero, aún así, solemos olvidarla: mañana hay que seguir trabajando, todos, para que la balanza caiga del lado del milagro.

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Porque el rigor y la risa no están reñidos… Las largas horas en el multitudinario Media Center de Le Bourget se hicieron más llevaderas con colegas como Miguel G. Corral (El Mundo).

Además de toda esa labor de presión y análisis, buena parte de los observadores, reunidos en CAN (Climate Action Network), hicieron algo aparentemente banal pero igualmente decisivo en un encuentro de esta naturaleza: convocar una fiesta para estrechar aún más los lazos que a tantos desconocidos nos habían unido durante tantas horas. La Cumbre se humanizó en Le Players la madrugada del 13 de diciembre, pocas horas después de haberse firmado el acuerdo, y aún no me explico de dónde sacamos fuerzas (después de una semana con jornadas de trabajo de 16 horas non-stop) para abrazarnos, para cantar, para bailar y para celebrar, con ese ritual tan humano que es la fiesta espontánea y el contacto desinhibido, que el espíritu de París nos unía, nos uniría siempre, fuera cual fuera nuestra procedencia. Que el milagro es posible.

[Anotación al margen: por muy seria que sea la cuestión que nos ocupe desconfío de aquellos que no encuentran un motivo para abrazarse, cantar y bailar. En la expresión de la alegría más simple quizá está el secreto que nos permite enfrentarnos a los retos más complejos.]

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¿Cómo es posible que acabara abrazado a Christiana Figueres, Secretaria Ejecutiva de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, cerca de las tres de la madrugada en la pista de baile de un club de la rue Montmartre? Cosas del espíritu de París… (Foto: una observadora anónima de CAN).

A eso de las dos de la madrugada, y en un gesto que le honra (además de los muchos que, en la sombra, fue tejiendo para hacer más fácil el trabajo de Fabius), Christiana Figueres, Secretaria Ejecutiva de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, apareció en Le Players. Sin escoltas. Sin protocolo. Sin discursos. Apareció en Le Players para abrazar a los que habían sido el verdadero corazón de la Cumbre, para bailar con los que habían mantenido viva la ambición, para cantar con los que habían reclamado responsabilidad a los gobernantes de 195 países.

Esa noche brindamos con amigos que ahora están en Bruselas, La Coruña, Washington, Bogotá, Bonn, Barcelona, Madrid, México DF, San José de Costa Rica, Montevideo, Lima…

Place de la République // 13 de diciembre – 04:10 pm.

El azar, que no es tan caprichoso como parece, quiso que el acuerdo se firmara justamente cuando se cumplía un mes de los terribles atentados de París.

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Ya de madrugada en la mesa más bohemia de monsieur Baba, donde unos periodistas noctámbulos y agotados pueden cenar un confit de canard decente… (Foto: José María Montero)

Durante la Cumbre habíamos vivido en un recinto literalmente blindado y cuando de noche salíamos de esa burbuja (para dormir unas pocas horas) la presencia de polícias y militares dibujaba una ciudad un tanto inhóspita. ¿Los terroristas habían conseguido apagar el espíritu de París? ¿El argumento, con frecuencia tramposo, de la seguridad había barrido la alegría de las terrazas? ¿El estado de emergencia era la excusa para no salir, para no cantar, para no bailar?

Sí, además de la fiesta del Players, apuramos los minutos en la capital francesa para perdernos por Le Marais, para visitar (en peregrinación) Shakespeare & Co., para cenar en algún rincón animado de Cour des Petites Écuries (¡gracias Pauline!), en una mesa bohemia de la Rue du Faubourg Saint Denis o en la brasserie más noctámbula de la Rue La Fayette (¡gracias Nieves!); para comprar vino en Nicolas y queso en el mercado navideño de Champs Elysées, para escuchar, en vivo, a Vanina de Franco en el 56 de la Rue Rivoli y a la Piaf en Concorde, para pasear de madrugada (perdidos y felices) buscando el Bulevard Montmartre, para compartir el dolor y el silencio en la Place de la République

Tuvimos tiempo para comprobar que París no se rinde, para asegurarnos que el espíritu de esta ciudad, libre y luminosa, es más poderosos que el terror, que cualquier terror. Tuvimos tiempo de hacerle frente a la zozobra de un futuro incierto con la alegría que siempre te regala esta ciudad donde (casi) todo es posible. Tuvimos tiempo de vivir y de soñar…

BONUS: Todas mis crónicas desde la Cumbre de París.

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Un mes después, en la Place de la République, las flores siguen pasando de mano en mano… (Foto: José María Montero)

 

«Les voix se libèrent et s’exposent /
dans les vitrines du monde en mouvement /
les corps qui dansent en osmose /
glissent, tremblent, se confondent et s’attirent irrésistiblement…«

[Las voces se liberan y se muestran /
en movimiento en las ventanas del mundo /
los cuerpos que danzan en ósmosis /
resbalan, tiemblan, se confunden y se atraen irresistiblemente…]

(Les passants / Los transeúntes – ZAZ)

 

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Información

Una cumbre como la COP21 pone a prueba nuestra capacidad de síntesis, nuestra agenda, nuestros conocimientos pero, sobre todo, pone a prueba nuestra resistencia y la habilidad para administrar energía.

Antonio me lo dijo al oído. Con algo de pudor y mucha retranca me aseguró que en las cumbres lo importante, lo realmente importante, era «poder comer algo y dormir un poco». Los dos participábamos como ponentes en el Taller de Herramientas Periodísticas para Sobrevivir a la COP21, la Cumbre del Clima que estos días se celebra en París, y los dos coincidimos en que estos elementos tan prosaicos, sin ser herramientas periodísticas, eran fundamentales para sobrevivir a uno de estos encuentros donde todo es desproporcionado.

Las cumbres ponen a prueba nuestros conocimientos sobre la materia en cuestión (en este caso, en el de la COP21, el protagonista es el cambio climático), nuestras relaciones (la agenda personal es mucho más importante que la que te dictan a diario los organizadores), nuestra capacidad de síntesis (¿cómo contar en poco tiempo, o espacio, lo más sustancial de una reunión monumental?), pero, sobre todo, miden nuestra capacidad de resistencia y la habilidad para administrar energía.

En estas circunstancias extremas conviene alejarse de algunos mitos, de algunas rutinas y de algunos personajes con los que ganamos muy poco (ganancia entendida como información trascendente para nuestros receptores) y consumimos mucha energía. Se trata de conseguir el optimal foraging que descubrió Tono Valverde en los ecosistemas de Doñana: un predador persigue a una presa con una intensidad que es proporcional a la energía que obtiene e inversamente proporcional a la energía que consume. En una cumbre maratoniana un periodista no debería publicar lo que rinde poco o lo que cuesta mucho adquirir. Dicho de otra manera, si Darwin descubrió que sólo sobreviven los más aptos, Valverde matizó este principio: “Sólo sobreviven los que mejor aprovechan la energía”. Y en una cumbre donde se reúnen más de 30.000 especialistas durante dos semanas hay que aprovechar la energía al máximo para destilar información que realmente sea comprensible y útil para nuestros receptores, sin desfallecer…

Conviene, antes que nada, antes incluso de aterrizar en París, olvidarse de los cumbrólogos, una subespecie de periodista realmente dañina por cuanto está más interesada en los entresijos de la cumbre, en sus mecanismos internos y liturgias, que en el propio contenido y trascendencia de la misma. Los cumbrólogos suelen alimentar nuestra ansiedad informativa porque siempre que hablan uno tiene la sensación de que saben algo que tú deberías saber. Ellos, supuestamente, manejan las claves ocultas de la cumbre y saben descifrar las señales casi imperceptibles que emiten los mandatarios, los ecologistas y hasta el personal de seguridad. Parafraseando a Rosa María Calaf, la veterana periodista de TVE, cuando uno los ve aparecer en uno de estos encuentros no puede evitar este pensamiento: «Ya están aquí los especialistas que tanto saben de cubrir cumbres y nada saben de la cumbre que tienen que cubrir«. Periodistas que escriben para otros periodistas, o para que sus jefes admiren sus habilidades, pero que olvidan quiénes son sus verdaderos receptores.

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Desde 1992, cuando viajé a la Cumbre de Río, mucho han cambiado las cosas en el periodismo ambiental, pero la esencia de este oficio sigue siendo la misma: hacer comprensible lo complejo a receptores no especializados.

Tampoco hay que obsesionarse con las primicias, ni siquiera con estar a la última de lo que se cuece en la cumbre. Con las herramientas de comunicación disponibles en la actualidad aquellos ciudadanos realmente interesados en conocer las novedades de la reunión estarán conectados directamente a las mismas fuentes que nosotros, de manera que, casi siempre, tendrán la información al mismo tiempo (o incluso antes) que nosotros. Y para el común de los mortales, para los receptores no especializados, lo importante es cómo se lo vamos a contar no cuándo se lo vamos a contar. Lo importante no es llegar el primero, lo importante es explicarlo mejor que nadie, interpretar la información, procesarla de tal manera que tenga sentido para nuestros receptores.

Y esto último tiene mucho que ver con otro concepto fundamental en cualquier cumbre internacional: debemos anteponer los intereses locales (con todos sus matices) a la perspectiva globalizada (demasiado simplista). Por razones obvias, este tipo de reuniones están dominadas, desde el punto de vista informativo, por los grandes medios (la mayoría de ellos anglosajones), los medios globalizados que necesitan de un discurso homogéneo, no sometido a la variabilidad de los múltiples paisajes en donde se va a consumir la información. Pero, ¿cómo explicar la trascendencia del cambio climático sin bajar a la escala local, sin acomodarlo a escenarios domésticos, sin vincularlo a actividades que nuestros receptores puedan identificar sin dificultad? ¿Qué sentido tiene, para un vecino de Sevilla o una vecina de Almería, hablar de la fusión de los glaciares patagónicos?

En este tipo de cumbres, a pesar de todos los obstáculos que se nos presentan y frente a la hegemonía de los grandes medios, hay que defender el periodismo de proximidad. El domingo, cuando aterrice en Paris y tenga que empezar a tejer las primeras crónicas para los Informativos de Canal Sur Televisión, atenderé a las negociaciones que se están produciendo en la COP21, claro que sí; a los compromisos que están presentado los países para reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero, sin duda; a las declaraciones y contradeclaraciones de mandatarios y portavoces políticos, por supuesto; pero, sobre todo, tendré presente la conexión que todos esos elementos tienen con Andalucía, con los andaluces. Trataré, en definitiva, de interpretar la información para situarla en un contexto de proximidad y así generar verdadera conciencia.

El periodismo de proximidad es la antítesis del periodismo de convocatoria, ese que sólo se alimenta de notas y ruedas de prensa, o de comparecencias vía plasma. Un periodismo en el que no hay sitio para los cumbrólogos ni para los que andan obsesionados con la exclusiva. Un periodismo que se ejerce con calma, con el reposo que requiere cualquier reflexión, porque la ansiedad informativa, aunque forma parte de la épica y la estética de este oficio, es un veneno que destruye nuestro objetivo más preciado: la comprensión.

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SEPARADOS BEATLES

En 1969, y en Abbey Road, ser peatón (incluso descalzo) era lo más cool…

La primera sonrisa del día me la regaló bien temprano la periodista Rosa María Artal, que en su cuenta de Twitter (@rosamariaartal) escribió: «Acabo de hacer muy feliz a un envase de testosterona al volante de un coche. Se ha sentido superior y ha podido ilustrarme con su sabiduría«.

¿Qué extraña mutación sufrimos al conducir un coche? ¿Qué hormonas se disparatan en un atasco? ¿Existe un oculto vínculo, una especie de relación inversa, entre el cubicaje de los vehículos a motor y el del cerebro de sus conductores?

Un amigo que paseaba, con el insensato afán aventurero de los turistas, por el acerado de una extensa avenida que cruzaba una zona residencial de Miami fue interpelado por una pareja de policías, sorprendidos por su extraño comportamiento. “Nos parece muy bien que usted sea un turista con ganas de pasear”, vinieron a decirle, “pero en determinadas zonas solo se desplazan caminando los pobres o los delincuentes”. O sea, que en algunos sitios los peatones comienzan a ser sospechosos.

Si una civilización alienígena tuviera oportunidad de espiar la vida en las grandes ciudades del planeta Tierra podría llegar a pensar que extensas zonas de nuestro mundo están habitadas por los coches y que los humanos apenas somos una especie de parásitos (malhumorados y hasta peligrosos) que ocupan los vehículos a motor. Estos requieren de enormes inversiones para poder moverse a su antojo por calles, carreteras, autopistas o rondas de circunvalación, mientras que los peatones disponen de un espacio ridículo en comparación con las infraestructuras que devoran los automóviles.

Por un espacio de 3,5 metros de ancho situado en un escenario urbano pueden llegar a circular, en una hora, hasta 22.000 personas usando como medio de transporte un tranvía, cifra que se reduce a 19.000 personas si se trata de peatones o 14.000 si son ciclistas. Los autobuses públicos son capaces de conducir, en idénticas condiciones, hasta 9.000 personas, mientras que los automóviles tan sólo llegan a transportar a unas 2.000 personas. Si el espacio de nuestras ciudades no es infinito y las necesidades de transporte no dejan de crecer queda claro que lo más rentable, para todos, es el transporte público.

Si los peatones son sospechosos y el glamour urbano es directamente proporcional al tamaño y cilindrada del vehículo que conducimos, es porque en asuntos de movilidad, como en otras muchas parcelas, vivimos presos de una serie de mitologías sociales que giran en torno al consumo. No pocas personas, de esas mismas que lamentan la degradación de la calidad de vida en las grandes ciudades, consideran que un mayor consumo acarrea un mejor tratamiento social, o que lo barato, aunque sea eficiente, resulta vulgar. De esta manera, el coche es sacralizado, aún cuando sea el responsable de la creciente congestión de las vías urbanas e interurbanas, de un elevado consumo de energía y de unas emisiones contaminantes que repercuten en la salud de todos. La representación social que se le atribuye hoy al coche particular, como desde hace años viene denunciando Gerardo Pedrós, profesor de la Universidad de Córdoba, provoca conductas poco adecuadas tanto de uso como de compra del vehículo. Así, coches más potentes de lo que el usuario realmente necesita, conducciones violentas o velocidades excesivas, solo sirven para disparar el consumo de combustible, gastar más dinero, poner en peligro la vida de otros ciudadanos y causar daños en el medio ambiente.

A nadie se le oculta tampoco que, en gran medida, la disparatada dependencia del vehículo privado en nuestras urbes es un fenómeno íntimamente relacionado con el debilitamiento del modelo de ciudad compacta y compleja, característico del entorno mediterráneo, y el nacimiento de una nueva ciudad extensa y difusa, compuesta por una amalgama inconexa de urbanizaciones que salpican extensas áreas metropolitanas.

En definitiva, de poco sirve fomentar el transporte público si, al mismo tiempo, no se buscan fórmulas que permitan reducir el tráfico de los vehículos privados y la excesiva, y a veces inevitable, dependencia de este medio de transporte, empezando por diseñar planes urbanísticos que no sean prisioneros de este modelo de transporte individualista.

Excluyendo a los adultos que no se desplazan en automóvil por cualquier circunstancia, la movilidad de una quinta parte de la población europea, compuesta por niños y jóvenes, depende totalmente de los desplazamientos a pie o en bicicleta, de los transportes públicos o, eventualmente, del coche de la madre o del padre. Si a nuestros hijos los acostumbramos a depender del vehículo particular de un adulto, lo lógico es que, cuando ellos lleguen a la edad adulta, también consideren este recurso como el único referente. Los niños, las niñas, los ancianos, los discapacitados,… aquellos sectores de la sociedad que requieren un trato preferencial están rodeados, como explica la propia Comisión Europea, por un entorno urbano que no siempre presta atención a sus necesidades de desplazamiento. En las grandes ciudades son los grandes marginados del transporte.

En definitiva, buscamos la movilidad sostenible, ese concepto que todos repetimos sin saber, en ocasiones, qué significa exactamente. La sostenibilidad, aplicada a cualquier acción humana, se traduce, sencillamente, en respeto. Movilidad sostenible es desplazarnos respetando a los peatones, a los ciclistas, a los pasajeros del transporte público, al resto de conductores e, incluso, a aquellos ciudadanos que no tienen necesidad o posibilidades de trasladarse. Ese respeto que le faltó al «envase de testosterona» con el que tuvo que lidiar esta mañana Rosa María Artal…

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Me muevo (a gran velocidad), luego existo. Y a lo mejor resulta que la existencia, orientada al bienestar, es otra cosa…

«Era un vendedor de píldoras perfeccionadas que calman la sed. Se toma una por semana y no se siente más la necesidad de beber.
– ¿Por qué vendes eso? – dijo el principito.
– Es una gran economía de tiempo – dijo el vendedor. – Los expertos han hecho cálculos. Se ahorran cincuenta y tres minutos por semana.
[…] ‘Yo – se dijo el principito – si tuviera cincuenta y tres minutos para gastar, caminaría lentamente hacia una fuente…»

(El principito, Antoine de Saint-Exupéry)

En los últimos años asistimos a una nueva revolución en la movilidad, revolución dictada, sobre todo, por la necesidad de moderar el consumo de energía y neutralizar así la contribución que un transporte insostenible tiene en el cambio climático.

Los sistemas de transporte público se potencian con mejoras tecnológicas y sistemas de gestión capaces de lograr la máxima eficacia, la mayor comodidad y el menor coste. Aparecen nuevas modalidades de transporte colectivo, en grandes áreas urbanas, basadas en metros, tranvías, corredores ferroviarios o enlaces marítimos. Sencillas adaptaciones del viario hacen que las bicicletas se conviertan, por fin, en medios de transporte muy atractivos en la mayoría de nuestras ciudades. Se bonifica la sustitución de vehículos a motor convencionales por aquellos otros de propulsión híbrida, y comienza la adaptación de nuestras ciudades a la llegada de los primeros vehículos eléctricos.

Los peatones recuperan el protagonismo perdido, ese que tuvieron a principios del siglo XX, cuando no tenían que pelear su espacio con los automóviles. Las zonas peatonales, denostadas durante años, se imponen en el nuevo modelo de ciudad sostenible, de ciudad pacificada.

Este cambio de paradigma se beneficia, en parte, de la sustitución de desplazamientos que se ha originado a partir de los nuevos sistemas de comunicación. La telefonía móvil y todos los servicios que ya se asocian a la misma (desde una videoconferencia hasta una operación bancaria), la posibilidad de disponer de acceso a Internet en casi cualquier punto de nuestra geografía y la extrema portabilidad de los ordenadores, hacen posible el alejamiento de los centros productivos. Muchos trabajadores ya no necesitan moverse para cumplir con sus obligaciones laborales, y muchos ciudadanos resuelven múltiples gestiones desde su hogar o desde cualquier punto en donde su smartphone o su tablet le proporcione acceso a Internet.

El teletrabajo ofrece una posible solución, aunque sea parcial, al problema del transporte individual, haciendo que disminuyan los desplazamientos y con ellos la contaminación atmosférica y acústica, el consumo de energía, los atascos y la creciente necesidad de infraestructuras viarias. Sin embargo, advierten algunos autores, esta fórmula de empleo no es la panacea desde un punto de vista ambiental, porque, por ejemplo, puede originar una utilización relativamente ineficaz de la energía empleada en la calefacción y la iluminación de los hogares, ya que calentar e iluminar un gran espacio para un solo individuo, en vez de para muchos trabajadores que comparten una misma oficina, puede ser un despilfarro.

Incluso se anota un fenómeno paradójico por el cual el tiempo que se ahorra en desplazamientos, a cuenta de estos recursos telemáticos o de la mejora en los sistemas de transporte público, se emplea en nuevos desplazamientos, en una especie de espiral sin fin que parece conducirnos, lo queramos o no, al colapso.

Tratando de evitar este peligroso camino al precipicio es como nace ese heterodoxo movimiento ciudadano que defiende la aplicación de la etiqueta “slow” a todo lo que nos rodea: slow-cities, slow-travel, slow-food, slow-people… Quizá, entonces, haya que poner la mirada no tanto en la tecnología, o en las infraestructuras, como en la educación, favoreciendo otra manera de entender la existencia, otra manera de administrar el tiempo y el espacio. Porque si hay algo que caracteriza a los humanos del siglo XXI, al menos en las urbes más desarrolladas, es que no somos capaces de expresarnos sin movilidad y sin velocidad. Me muevo (a gran velocidad), luego existo. Y a lo mejor resulta que la existencia, orientada al bienestar, es otra cosa…

«Sin prisa» es una de las expresiones que más repito a lo largo del día, aunque con desigual resultado. La repito como un mantra y, sobre todo, trato de aplicármela a mi mismo, para que no me devore la velocidad. Prefiero que alguien llegue un poco tarde a esa cita tan esperada a que lo haga jadeante y con la cara de estrés del que ha antepuesto el reloj al placer, que siempre, siempre, es slow

 

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Tormenta en campos de Castilla

Ya desde la ventanilla del AVE se adivinaban las tormentas que esa misma noche iban a descargar en Madrid… (Foto: JMª Montero)

Hace unos días me sorprendió, en plena noche y en el centro de Madrid, una de esas tormentas que nos recuerdan el poder de la naturaleza y su carácter imprevisible. En el corazón mismo de la gran ciudad, allí donde todo parece estar bajo control, donde la naturaleza aparenta estar dormida o dominada, el agua, los relámpagos y los truenos se hicieron dueños del asfalto y, al menos durante unos minutos, nos devolvieron a un escenario primitivo y hermoso.

Pero luego vino la razón y entonces recordé, como siempre que cruzo una tormenta monumental, que estos aguaceros, tan característicos del clima mediterráneo, son los principales responsables de la pérdida de suelo fértil en numerosas comarcas (comarcas, todo hay que decirlo, donde la acción humana es responsable de malas prácticas agrícolas o de la pérdida de la cobertura vegetal silvestre), un fenómeno bien documentado en Andalucía. Cuando el año ha registrado lluvias moderadas y han escaseado los episodios tormentosos altamente erosivos, la pérdida de suelo no registra índices alarmantes en el sur de la península, de manera que menos del 10 % del territorio sufre pérdidas superiores a las 100 toneladas de suelo por hectárea y año (cifra a partir de la cual el fenómeno se considera grave). Sin embargo, cuando las lluvias son generosas y las tormentas frecuentes el porcentaje de territorio que pierde suelo por encima de esos índices de alarma puede superar el 20 %.

A veces, bastan unas pocas tormentas de cierta intensidad para que comarcas especialmente vulnerables, como las Alpujarras granadinas, la cuenca del Guadalhorce (Málaga) o la Sierra Sur de Sevilla registren pérdidas de suelo de hasta 300 toneladas por hectárea y año, una verdadera catástrofe ambiental difícil de reparar a corto plazo.

En Andalucía, como ocurre en otras regiones vulnerables, estos fenómenos no son percibidos como un riesgo vital ya que, al localizarse en un país desarrollado, sus efectos pueden mitigarse a través de compensaciones económicas, recursos tecnológicos o infraestructuras. Y este enmascaramiento del perjuicio originado, posible al menos a corto plazo, hace difícil la concienciación social que es el germen de cualquier actuación administrativa.

Para frenar este proceso no basta con lanzarse a repoblaciones forestales que sólo buscan incrementar el número de árboles en el menor tiempo posible. Si lo que se trata es de mejorar la cubierta vegetal de las zonas amenazadas por la erosión, señala la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), hay que actuar, sobre todo, en la restauración de aquellas funciones que tradicionalmente viene cumpliendo el bosque mediterráneo. Hay que favorecer los aprovechamientos sostenibles (como la producción de corcho o la recolecta de plantas aromáticas y medicinales) que, además, evitan la despoblación de estos territorios marginales; mejorar las condiciones que tienen estos ecosistemas para albergar a multitud de especies animales o vegetales, y favorecer, en definitiva, su capacidad para estabilizar los suelos. Mejor actuar sobre los recursos ya disponibles que olvidarse de ellos y apostar por la simple suma de nuevos territorios forestales.

Cualquier estrategia que busque conservar los suelos debería centrarse en el desarrollo de una gestión sostenible de las tierras agrícolas, de los recursos hídricos y de la ordenación del territorio.

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En Tabernas (Almería) no se trata de luchar contra la desertificación, sino de todo lo contrario: conservar la aridez.

Desentenderse de este fenómeno es desentendernos de nuestro propio futuro. Tan irrelevante nos parece el problema que incluso llegamos a confundirlo con otras circunstancias en donde no hay riesgo sino riqueza. A diferencia de lo que ocurre con la desertificación, la aridez no siempre es consecuencia de la acción humana. En Andalucía se localizan amplios territorios donde esta característica es de origen natural, por lo que, a lo largo de la historia, ha modelado ecosistemas peculiares en los que se localizan animales y vegetales perfectamente adaptados a estas condiciones extremas.. Cuando nos referimos a condiciones climáticas áridas podemos estar hablando de las que rigen desde hace cinco mil años en el Paraje Natural del Desierto de Tabernas, en Almería, y en este caso no se puede hablar de lucha contra la desertificación sino de todo lo contrario: conservación de la aridez y su biodiversidad.

 

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Sí, todavía hay quien, con buen criterio, defiende y fabrica pañales reutilizables, más económicos y menos agresivos para el medio ambiente.

 

La pareja que me precedía en la cola del supermercado arrastraba un carro monumental y monotemático: pañales desechables. Suficientes pañales desechables, he razonado, como para cubrir las necesidades de unos sextillizos durante un mes (o será, más bien, que he olvidado la velocidad a la que un bebé consume esos sofisticados contenedores de celulosa y plástico…).

Como me ha picado la curiosidad, y con ella nunca está tranquilo un periodista hasta que la sacia, he trasteado un poco en busca de los orígenes del pañal desechable y, sobre todo, de su impacto ambiental. Confieso que el interés no es nuevo, porque hace más de catorce años me hice las mismas preguntas (en realidad este post no es más que una modesta actualización de aquella primitiva página que firmé en El País).

No existe ningún estudio riguroso sobre la cuestión (o al menos yo no lo conozco) y las estimaciones, realizadas por algunos fabricantes, bailan entre cifras (todas ellas) estratosféricas. Hay quien considera que en España se consumen cada año alrededor de 1.600 millones de pañales desechables y quien eleva esta suma hasta los 3.600 millones. El caso es que a la basura, en el mejor de los casos y en todo el país, se arrojan cada año cerca de un millón de toneladas de pañales, la mayoría de los cuales, por los materiales que los componen, tardarán, siendo optimistas, unos doscientos años en degradarse.

Hasta mediados de los años 60 del pasado siglo para cambiar a un bebé se usaban piezas de algodón sujetas con imperdibles, que podían lavarse con facilidad y reutilizarse un buen número de veces. No era una opción muy cómoda para los padres, pero sí que resultaba económica y poco agresiva para el medio ambiente.

Aunque algunos pueblos esquimales venían usando rudimentarios pañales que incorporaban elementos vegetales absorbentes, el primer pañal desechable, fabricado con pulpa de papel, apareció en el mercado a comienzos de los años 70, y poco después se incorporaron las braguitas de plástico que lo cubrían. Hasta 1980 no se integraron ambos elementos, papel y plástico, y los geles de gran absorbencia se añadieron en 1987. En poco tiempo el uso de pañales desechables supuso la práctica desaparición de los reutilizables que, a pesar de todo, aún cuentan con defensores y fabricantes.

Todavía se mantienen grandes discusiones a propósito de la incidencia de ambos tipos de pañales en las alteraciones y enfermedades de la piel, cuestión prioritaria en los primeros meses de vida. Los fabricantes de pañales desechables argumentan que los geles absorbentes ayudan a prevenir las irritaciones cutáneas ya que mantienen la humedad y las deposiciones alejadas de la epidermis, con lo que esta se mantiene suave y sana. Los partidarios de los pañales de algodón, por el contrario, mantienen que este tipo de tejido permite la respiración natural de las zonas corporales que cubre y, por tanto, deberían ser los que se usaran en clínicas y maternidades.

La piel limpia y seca no es propensa a la dermatitis, y seguramente el que se mantenga en buen estado depende sobre todo de la cantidad de veces que se cambie de pañal y no tanto del tipo de artículo que se emplee.

Para los consumidores preocupados por las reacciones alérgicas o el uso de sustancias agresivas es difícil descubrir qué productos químicos, como perfumes o agentes hidratantes, intervienen en la composición de los pañales desechables puesto que esta información no suele detallarse en los embalajes.

Y no sigo trasteando en las redes porque me temo que esta es sólo la punta del iceberg de un tema que, en la cola del supermercado, me parecía mucho más irrelevante, y mi curiosidad anda ya buscando nuevos horizontes…

 

 

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