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Archive for the ‘Documentales’ Category

Científicos y comunicadores en el desierto australiano (2009)

Desde 2002 la Estación Biológica de Doñana (CSIC) y la Radio Televisión de Andalucía (RTVA) vienen colaborando en el desarrollo y difusión de expediciones científicas a diferentes espacios naturales que, más allá de la Península Ibérica, mantienen algún vínculo ecológico con nuestro país. De esta manera, y en una experiencia pionera en España, un equipo de televisión (“Espacio Protegido”, Canal Sur Televisión) filma, en tiempo real, los avatares de un viaje de estas características, rodeado de dificultades pero, también, abierto a sorprendentes descubrimientos científicos. Aventura y rigor no son valores incompatibles en este producto televisivo.

Documentales atípicos que refuerzan el compromiso de la RTVA con la divulgación de la Ciencia y la difusión de aquellos proyectos que, desde instituciones de investigación radicadas en Andalucía, buscan mejorar el conocimiento y protección de nuestro patrimonio natural, haciendo atractivo este empeño para el gran público y, sobre todo, para los espectadores más jóvenes.

La iniciativa, a la que en 2006 se sumó el Parque de las Ciencias de Granada, se ha materializado, hasta la fecha, en cuatro series documentales: “El jardín de los vientos” (Expedición a Kazajstán, 2003); “Mauritania, tres colores” (Expedición a Mauritania, 2004), “El sur infinito” (Expedición a Argentina, 2006) y “Planeta Australia” (Expedición a Australia, 2009).

Aprovechando que los alumnos del Máster en Comunicación Científica de la Universidad Pompeu Fabra (Barcelona) me han pedido que les facilite el visionado de algunos de estos documentales, cuelgo en este post los enlaces de aquellos videos que están disponibles en Internet:

· “El jardín de los vientos” Capítulo 1: http://www.youtube.com/watch?v=EFEtZDSHwGY&feature=mfu_in_order&list=UL

· “Mauritania, tres colores”. Capítulo 1: http://www.youtube.com/watch?v=kYwUl8CNVks&feature=youtu.be&a

· “Argentina: las alas de la Pampa”: http://www.youtube.com/watch?v=9GgM3elKtjY&feature=mfu_in_order&list=UL

· “Argentina: el sur infinito”: http://www.youtube.com/watch?v=c0puqGmA4_c&feature=mfu_in_order&list=UL

· “Planeta Australia: los archivos de la Tierra” : http://www.youtube.com/watch?v=N0tCCBGcc3k

· “Planeta Australia: la vida en las antípodas”: http://www.youtube.com/watch?v=ev5p8A6SvMM

También pueden verse en la CienciaTK del CSIC (www.cienciatk.csic.es).

Otros materiales de interés:

 

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Pensé que todos los periodistas eran como Miguel de la Quadra-Salcedo…

Hay personas, profesionales, que no sólo destacan por la excelencia de su trabajo; que no sólo son extraordinarios porque fueron pioneros o porque se internaron en territorios desconocidos. Hay comunicadores sin los que hubiera sido muy difícil conocer, con rigor, el mundo que nos rodea. Comunicadores que relatan desde el conocimiento, desde la cercanía, desde la pasión y también desde el compromiso, los elementos con los que debería componerse cualquier reportaje, cualquier crónica, cualquier documental…

Pero además, y este es un valor particularmente valioso en los tiempos que corren, hay comunicadores que han alimentado cientos de vocaciones, profesionales que dignifican este oficio de locos hasta el punto de transmitir el amor a esta profesión a las nuevas generaciones. Son las semillas que evitan que el periodismo, el auténtico periodismo, se extinga.

Cuando siendo un niño vi en televisión a la persona que ahora vamos a ver todos en la gran pantalla me quedé fascinado, como otros muchos niños, y quizá me hice periodista porque pensé que todos los periodistas, que todos los comunicadores, eran como él… una persona extraordinaria…

Buen viaje, Miguel…

PD: En noviembre de 2015 mis amigos Bienvenido León y Luismi Domínguez, directores del Festival Internacional de Cine y Televisión sobre Vida y  Ecología Urbana URBANTV, me regalaron la agradecida misión de conducir la gala de entrega de premios y presentar el homenaje, el último homenaje, a Miguel de la Quadra-Salcedo. Estos tres párrafos los he rescatado del guión que entonces escribí.

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Trapada90

Pues sí, el del chubasquero azul soy yo con 25 años menos… Con camiseta verde Jose Moreno, el operador de cámara (hoy en nuestra delegación de Málaga); junto a él, también de azul, Manolo Raya, el realizador (función que sigue desempeñando en el mismo programa, en Los Reporteros), y en primer término Joaquín Hernández, el arquitecto andaluz entonces responsable de la cooperación andaluza  en el Parque Nacional de Los Haitises (hoy sigue trabajando en proyectos de uso público en espacios naturales protegidos). Trepada Alta (República Dominicana), marzo de 1990.

 

El piloto, que había dejado descansar su revolver sobre un cuadro de mandos algo destartalado, se resistía a sobrevolar la bahía de Samaná. Confesó que no sabía nadar y de ahí su aprensión a conducir el helicóptero por encima de las aguas del Caribe. Finalmente accedió a cruzar la bahía para poder así filmar algunos de los paisajes más espectaculares del Parque Nacional de Los Haitises, en el noreste de la República Dominicana.

Terminado el trabajo, cuando creíamos que regresaba al aeropuerto de Santo Domingo, inició la maniobra de aterrizaje en un claro del denso bosque tropical. Niños y mayores, salidos de la espesura o quién sabe de dónde, se arremolinaron en torno a la aeronave despreciando el evidente riesgo, convencidos de que el único helicóptero que habían visto de cerca en su vida sólo podía transportar al presidente de la República, el entonces anciano y ciego Balaguer. Pero en aquel helicóptero rojo, que tanto nos costó alquilar, viajaba el joven e intrépido equipo de Los Reporteros (Canal Sur Televisión) que en la primavera de 1990 rodó “La isla bonita”, un modesto documental sobre la labor de los cooperantes andaluces que ya entonces trabajaban en proyectos de conservación de la naturaleza y desarrollo rural en tierras dominicanas.

El turismo low cost apenas había comenzado el asalto del paraíso y en las zonas más apartadas de la isla la hospitalidad de sus gentes y la belleza de los paisajes te hacían olvidar las durísimas condiciones de vida en cualquiera de esas pequeñas aldeas donde, hasta en el más pobre de los conucos, te ofrecían un plato de arroz con guandules, o unos trozos de patacón pisao, mientras, de fondo, sonaba, a todo trapo, un perico ripiao.

[Intermedio musical: en el radiocassette del Isuzu Trooper con el que recorrimos la isla no dejó de sonar aquella cinta, que compramos en el Mercado Modelo o en el Musicalia de la calle El Conde, y que, meses después, se convertiría en un éxito a los dos lados del Atlántico: “Ojalá que llueva café”, el famoso disco de Juan Luis Guerra y 4:40 acababa de publicarse en la República Dominicana y se abría con este “Visa para un sueño” que tan bien retrataba la desesperación de un pueblo que soñaba con emigrar a Estados Unidos. La actuación, en la televisión dominicana, también es de aquel lejano 1990]

 

Finalmente, aquella aldea, en el paraje de Trepada Alta, se convirtió, de manera inesperada, en una de las protagonistas del relato. Sus vecinos y, sobre todo, sus mujeres (siempre liderando este tipo de empeños), nos mostraron cómo, con la ayuda de la cooperación andaluza, habían comenzado a practicar una agricultura sensata y sedentaria, abandonando la tumba y quema, el periódico y ancestral ejercicio de talar y quemar una parcela de selva (en el interior del parque nacional) donde colocar algunos cultivos de subsistencia que apenas producían una mísera cosecha a cambio de irse comiendo los terrenos protegidos.

Cuando ahora se cuestiona el futuro de Canal Sur Televisión, o cuando alguien me afea algunos de los contenidos de nuestra programación (que, por cierto, no depende de mi), recuerdo aquel primer viaje, aquel primer documental, aquella manera, sincera y hasta inocente, de asomarnos al mundo para contar que Andalucía, sin arrebatos patrióticos y más allá del folclore o el tipismo, estaba presente en todos los escenarios imaginables. Para mostrar, con la evidencia de las imágenes, que Andalucía es ciencia, es cooperación, es arte, es tecnología, es solidaridad… Para eso sirve una televisión pública, para eso debería servir una televisión pública.

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Tejo

Así recuerdo el tejo al que me abracé, hace treinta años, en la jiennense Sierra de Cazorla (la imagen la he tomado de http://wwwsenderoscazorlenses.blogspot.com.es/)

 

Entre mis amigos hay una rara comunidad de individuos que se abrazan a los árboles. Lo hacen por puro gusto, por la satisfacción que da sentirse unidos a un ser vivo que nos presta innumerables servicios, vitales, sin pedirnos nada a cambio. Yo mismo no puedo evitar abrazarme a algunos árboles cuya presencia me conmueve, como me sucedió hace bien poco en un viejo castañar de Fuenteheridos (Huelva).

Esta aparente rareza tiene su base científica porque no son pocos los que, desde una posición más racional que emocional, defienden la hipótesis de la biofilia: los millones de años durante los cuales hubo un estrecho contacto entre los humanos y la naturaleza han inculcado en el Homo sapiens una profunda necesidad emocional congénita de sumarse al resto del mundo de los seres vivos, y por eso necesitamos ese contacto íntimo con vegetales y animales.

Uno de esos raros abrazos que aún permanece vivo en mi memoria, a pesar de los años transcurridos (algo así como tres décadas), se lo di a un tejo, centenario, quizá hasta milenario, que crecía (y espero que siga creciendo) en un rincón de la Sierra de Cazorla. Un árbol imponente que no es extraño que haya sido considerado mágico por muchas culturas, y cuyas virtudes, ocultas, reveló la Medicina no hace muchos años.

Sobre todo en las regiones más occidentales del continente europeo, desde Alemania a Galicia, a lo largo de toda la costa atlántica y las islas británicas e irlandesa, el tejo ha sido considerado desde la antigüedad un árbol sagrado. En torno a esta especie se han tejido numerosas leyendas y ritos, y ejemplares milenarios crecen junto a ermitas, abadías o cementerios. Ignacio Abella, botánico que ha rastreado toda la mitología asociada al tejo, explica algunas de las razones por las que los humanos nos hemos sentido atraídos por este árbol: “Posiblemente la admiración y el culto provengan de aspectos como su asombrosa longevidad, la capacidad de rebrotar incesantemente aún después de caído, el follaje perenne, la dureza pétrea de su madera y su increíble elasticidad, el color rojo intenso de este material y la potencia letal de todas sus partes, exceptuando la envoltura carnosa de su semilla”.

A pesar de la importancia que el hombre le ha concedido, el tejo se encuentra en franca regresión en todos aquellos enclaves en los que se distribuye. En Andalucía todavía podemos encontrarlo en las provincias de Almería (Sierra Nevada), Granada (Sierra de Baza, Sierra de Castril, Sierra Harana, Sierra de Játar, Sierra Nevada y Sierras de Tejeda y Almijara), Jaén (Sierras de Cazorla y Segura, Sierra Mágina) y Málaga (Sierra de las Nieves, Sierras de Tejeda y Almijara). En total se calcula que sobreviven en la región entre 1.200 y 1.800 ejemplares, distribuidos en pequeñas manchas que, en el mejor de los casos, apenas llegan a reunir una veintena de ejemplares. Incluso hay poblaciones que están compuestas por uno o dos individuos aislados. Este fenómeno, que también es frecuente en otros puntos de la península, ha hecho que al tejo se le bautice como el “ermitaño del bosque”, y que su sola presencia justifique la protección de un enclave.

El tejo añade a su valor botánico, determinado por su escasez, interesantes aplicaciones en el campo de la farmacología. Ya a mediados del siglo XIX se utilizaban infusiones de hojas para combatir los gusanos intestinales, regular la menstruación o provocar abortos. Asimismo, se usaba para aliviar espasmos musculares y nerviosos, en molestias de las vías urinarias, reumatismo y artrosis.

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No, no es casual que el monstruo que visita a Conor sea un tejo… En la película de Juan Antonio Bayona también se encierra, estoy seguro que de manera intencionada pero sutil, esta relación entre el cáncer y el árbol que atesora la sustancia capaz de curarlo.

Al margen de estas aplicaciones tradicionales, la medicina oficial comenzó a interesarse por el tejo a comienzos de los años 60, cuando investigadores norteamericanos identificaron una sustancia, el taxol, presente en extractos de corteza y hojas de este árbol. El taxol se mostró muy eficaz en el tratamiento de algunos tipos de cáncer, aunque no parecía fácil convertirlo en un medicamento de uso convencional, ya que se necesitaban de tres a cuatro tejos centenarios para obtener el taxol necesario en el tratamiento de un solo enfermo.

Aún así, y después de numerosas experiencias para obtener taxol mediante diferentes procedimientos que no implicaran el sacrificio de los árboles, el gobierno norteamericano aprobó, en 1992, el primer fármaco (Paclitaxel) que contenía este principio activo, indicado para el cáncer de ovario resistente a otros tratamientos. En España se comercializa, con el mismo nombre, desde 1994, y en los últimos años han surgido otros compuestos similares que se usan con éxito en diferentes afecciones tumorales.

¿Es para abrazarlo o no?

Actualización a 18 de diciembre de 2016: Además de la película de Bayona (“Un monstruo viene a verme”), y para los que queráis profundizar en las virtudes de este árbol mítico, os recomiento el documental francés “L’if aux frontières de la vie” (“El tejo, en la frontera de la vida”), de la colección “Secretos de las plantas” en las que ha participado el CNRS, la principal institución científica francesa (equivalente a nuestro CSIC).

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AR.3

Los que hacen equilibrismos al borde del abismo son Charly y Arturo. Yo, con mi vértigo a cuestas, me mantengo en un discreto segundo plano…

 

Nunca entendí como podían llamar “microcentro” a un barrio que suma más de 60 manzanas y en el que trabajan a diario unos 4 millones de personas, pero Buenos Aires es así y se recrea en su desmesura. Nos tuvimos que subir a la azotea de un rascacielos del microcentro para poder abarcar la infinita trama urbana de la capital porteña porque con ella, como contraste a la desolación de la Pampa o el desierto patagónico, queríamos que comenzara el primer capítulo (Las alas de la Pampa) de la serie documental que en abril de 2007 rodamos en tierras argentinas. Tocando el cielo me acompañan Arturo Jiménez (operador de cámara) y Charli Guiard (realizador).

Es contagiosa la vitalidad de esta ciudad que ha experimentado uno de los procesos de urbanización más poderosos de todo el continente americano. A mediados del siglo XIX Buenos Aires apenas sumaba 90.000 habitantes y tan sólo 50 años después ya rebasaba el millón de pobladores. Hoy concentra casi el 40 % de toda la población argentina, cerca de 14 millones de personas repartidas en más de 12.000 manzanas y alrededor de 3.000 calles.

Sin límites ni accidentes geográficos que nos permitan estructurar este paisaje urbano, podemos tomar como referencia las kilométricas avenidas que surcan la urbe y, desde ellas, alcanzar los diferentes barrios que componen este desproporcionado callejero. En La Boca o en Recoleta se templa la desmesura y el paisaje vuelve a adquirir una escala humana.

Corrían los últimos días de la primavera austral que se hacía presente en los tranquilos jardines de la céntrica plaza de San Martín, en el animado bullicio de la calle Florida o en el abigarrado y centenario mercadillo de San Telmo. Y al final del día, cerca de aquel hotelito de la Avenida de Mayo que miraba al mítico Café Tortoni, siempre nos despedíamos con una Quilmes, bien fría, en Los 36 Billares…

P.D.: Creo que hoy se me nota la nostalgia porteña… y la culpa la tiene Fabiana Cantilo…

 

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KA.4

En junio de 2003 el nombre del pastor kazako cuyo caballo acaricio quedó registrado en mi cuaderno de viaje: Erzbulat.

Llegaron un poco pasados de vodka pero lejos de dificultar el contacto el alcohol multiplicó la hospitalidad de aquel grupo de pastores nómadas con el que nos topamos, al caer la tarde, en las montañas del Tien Shan. Se empeñaron en que bebiéramos un poco de koumiss (leche de yegua fermentada) y que montáramos en sus caballos. El verano ya se dejaba ver en estas praderas alpinas que dibujan el límite entre Kazajstán, Kirguistán y China, y en las que habíamos instalado nuestro precario campamento a más de 2.000 metros de altura.

Hasta aquel remoto territorio de Asia central nos embarcamos en la primera expedición organizada por la Estación Biológica de Doñana (CSIC) y la Radio Televisión de Andalucía (RTVA); la primera de una serie de aventuras, en los cinco continentes, que tuve el privilegio de dirigir, mano a mano, con mi amigo Fernando Hiraldo (de alguna de ellas ya he escrito en este blog).

Resulta difícil creer que estos páramos, hoy desiertos y azotados por el viento, fueran el escenario de uno de los grandes imperios de la historia. Un imperio de pastores guerreros capaces de conquistar vastas extensiones de terreno, y que pusieron en jaque a los mejores ejércitos de la época. Un mosaico de tribus nómadas que en el siglo XIII, aglutinadas bajo el temible liderazgo de Gengis Khan, impusieron su dominio desde el golfo Pérsico hasta el océano Ártico.

Hoy, el regreso de la ganadería extensiva, casi desaparecida durante la época soviética, ha sido fundamental para la recuperación de las poblaciones de algunos carroñeros exclusivos de estos territorios. Uno de los más llamativos y escasos es el buitre del Himalaya. El majestuoso vuelo de esta especie logramos filmarlo cerca del desfiladero del río Charyn, un torrente que se alimenta del deshielo en las altas cumbres y va horadando las montañas hasta modelar un cañón bellísimo, donde la erosión ha esculpido, con paciencia de siglos, un paisaje lunar.

Y esta es solo una pincelada de aquel viaje maravilloso que nos ocupó más de cuatro semanas en las que recorrimos cerca de 9.000 kilómetros en destartalados vehículos soviéticos. De las penalidades, que fueron muchas, no escribiré, sobre todo porque hoy las recuerdo como se recuerdan los mayores placeres (así de caprichosa es la memoria), o, como decía el poeta, “como se recuerdan los lugares en donde hemos sido pobres y felices”.

Corría el mes de junio de 2003 y andábamos rodando el documental “El jardín de los vientos” que se emitió en Canal Sur Televisión en el invierno de ese mismo año. Quien me acompaña es César Fernández-Ramos, el operador de cámara, y quien hizo la foto es Charli Guiard, el realizador, con los que viví unas cuantas  peripecias que guardo para otra entrada.

P.D. Uno de los tres capítulos de aquella serie documental kazaka está disponible en Youtube:

http://www.youtube.com/watch?v=EFEtZDSHwGY&list=ULEFEtZDSHwGY&feature=share&index=6089

 

 

 

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Ballena franca austral

Podría habernos triturado de un simple coletazo, pero la ballena austral se acercó, dócil y curiosa, hasta nuestra embarcación. Es difícil describir qué se siente cuando uno de estos gigantes marinos se coloca al alcance de tu mano (Península Valdés, Argentina, abril 2007).

Navegábamos entre Punta Pardela y Playa Colombo, en aguas de Península Valdés (Argentina), en un día de absoluta calma. Demasiada, quizá, para las expectativas que todos habíamos puesto en la búsqueda de uno de los animales más grandes del planeta. Sin embargo, el capitán ballenero (*) que nos acompañaba, el mítico Pinino Orri, estaba seguro de que las ballenas francas australes se dejarían ver. Y tanto que se dejaron ver…

Hubo ejemplares cuya curiosidad los llevó hasta el mismo casco de nuestra embarcación que, de pronto, se convirtió en un ridículo cascarón. Es difícil describir la sensación que se experimenta cuando una ballena de 15 metros y 40 toneladas se acerca, con una mezcla de elegancia y autoridad, para escrutarte con sus diminutos ojos. A tan corta distancia llegaron a colocarse algunos ejemplares que terminamos empapados por el agua que expulsaban al respirar. Indiferentes, pasearon sus morros, adornados como un viejo arrecife de coral, al alcance de nuestras manos.

Hubo, incluso, ballenas que cantaron mientras entrevistábamos a Pinino: un sonido ronco y primitivo que a este capitán, curtido en cientos de travesías, aún le sigue emocionando.

Precisamente, el ser una ballena sociable, que no rechaza la presencia humana, la colocó al borde de la extinción ya que su caza resultaba más fácil que la de otras especies. Sólo entre 1820 y 1840 se llegaron a cazar en el hemisferio sur más de 80.000 ballenas francas australes, matanza que se detuvo, por fin, en 1935 cuando la especie pasó a estar protegida. Península Valdés, y en general las costas patagónicas, ejerce una poderosa atracción sobre estos mamíferos marinos cuando llega el momento de aparearse, y así, cada año, llegan a transitar por esta aguas unos 1.200 ejemplares entre adultos y crías.

Rodeados de ballenas terminamos el rodaje del primer capítulo (Las alas de la Pampa) de la serie documental que nos llevó a tierras argentinas en abril de 2007. Una producción de Canal Sur Televisión y la Estación Biológica de Doñana (CSIC).

(*) Esta denominación, “capitán ballenero”, nada tiene que ver con la caza de estos animales. Hoy, en Península Valdés, reciben este nombre los marinos especializados en el avistamiento, con fines científicos o turísticos, de ballenas. Una actividad regulada, de manera estricta, en estas aguas.

P.D.: Con esta foto inicio una serie dedicada a comentar algunas de las imágenes, casi siempre de naturaleza, que me han sobrecogido en diferentes puntos del planeta.

Si después de este relato quieres ver la coreografía que nos regalaron estos gigantes del mar, aquí tienes el documental completo (las ballenas las encontrarás a partir del minuto 37).

 

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