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Archive for the ‘filosofía’ Category

Me basta un puñado de habas frescas, como las que hoy trajo Maite de nuestro huerto, para revisitar mi infancia. Son la chispa que desata el torbellino químico con el que mi cerebro es capaz de rebuscar en lo más profundo de la memoria para devolverme a aquel otro huerto, a aquellas otras habas, a aquella otra primavera…

 

Para el refinado de Proust el más rotundo poder de evocación lo atesoraba el aroma de una magdalena mojada en té. Yo soy más prosaico: el recuerdo de mi infancia se despierta con el olor, y el sabor, de un puñado de habas crudas como las que hoy ha traído Maite de nuestro huerto. Las acerco a la nariz, las muerdo, y vuelvo a aquel otro huerto, a aquella otra primavera, a aquella felicidad sencilla de los seis o siete años, cuando triscaba por el campo con pocas expectativas y ninguna preocupación.

El estrecho vínculo entre olor y emoción se debe, en gran medida, a que la zona del cerebro que procesa los olores está situada en el interior del sistema límbico, muy relacionado, asimismo, con las emociones. Afinando un poco más (sí, también me gustan la anatomía y la neurología), los olores son procesados por el bulbo olfatorio que está dotado de células mitrales, neuronas especializadas en recibir información de los nervios olfatorios. Parte de esa información termina en la amígdala (involucrada en la consolidación de la memoria) y en el hipocampo (decisivo en la conducta emocional) donde, además, se resuelven los comportamientos instintivos e innatos.

Ayudándome de un artículo de Adrián Triglia voy a insistir en esta deliciosa evocación que se ha despertado, de manera inconsciente, en mi cerebro; voy a seguir dando más detalles de esta conexión biológica que desata lo que deja de pertenecer al cuerpo y entra en el difuso territorio de lo inmaterial (¿de qué sustancia están hechas las sensaciones, los recuerdos, las emociones?). “Tanto el olor como el gusto”, detalla Triglia, “están conectados directamente a la parte baja del sistema límbico, la zona emocional  del cerebro, a diferencia del resto de sentidos, los cuales pasan primero por el tálamo y son por ello más accesibles por el pensamiento consciente”.  Por este motivo, precisa este psicólogo y divulgador científico, “las señales químicas que recibimos a través de la nariz actúan drásticamente sobre la regulación del tono emocional, aunque no nos demos cuenta, y por eso los olores son una vía única para incidir sobre el estado anímico de las personas aunque estas no se den cuenta”. Además, como en el sistema límbico están incluidos el hipocampo y la amígdala, “las señales recogidas por la nariz evocan con facilidad experiencias ya vividas, y lo hacen acompañando este recuerdo con una gran carga emocional“.

¿Y por qué este puñado de habas frescas me lleva directamente a la infancia y no a la adolescencia o a la madurez, si mi gusto por este vegetal me ha acompañado desde que tengo uso de razón? Para seguir afinando en esta búsqueda de razones, a partir de una emoción, he leído el curioso resumen de un trabajo de investigación realizado en la Facultad de Medicina de la Universidad de Dresde que comienza así: “La evidencia conductual indica que los recuerdos autobiográficos provocados por el olor son más antiguos, más emocionales, menos pensados ​​e inducen características de viaje en el tiempo más fuertes que los recuerdos autobiográficos provocados por otras modalidades”. Es decir, que un olor te lleva mucho más atrás en el tiempo que una imagen o un sonido, así es que si lo que quieres es revisitar tu infancia, sin hacer paradas intermedias, apuesta por un olor porque seguramente lo que te ocurrió antes de los diez años sólo se conserve en tu cerebro, en tu archivo biológico, en forma de olor y esa sea la única llave para abrir otros archivos más profundos donde quizá, quién sabe, sí se conserven imágenes, sonidos o incluso aquella suavidad de la piel en las manos de tu madre.

Como diría mi amigo Miguel Delibes, siento haber recurrido a la ciencia y así haber roto la magia, el hechizo, la poesía… con la que comenzaba este post. Lamento haber usado una delicada haba fresca, recién cosechada por mi mujer, para encaminarme al complejo procesamiento sináptico de las células mitrales. Dicen que fue el poeta John Keats quien brindó contra la memoria de Newton por haber destruido la poesía del arco iris convirtiéndolo en un frío prisma. Mi humilde haba fresca ha terminado convertida en un alambicado cóctel químico de neurotransmisores que impregnan dendritas y axones en uno de los rincones más primitivos del cerebro humano. Pero es que para mí esto que acabo de escribir también es poesía.

Psicólogos y neurólogos están muy interesados en la memoria olfativa porque, entre otras peculiaridades, se ha comprobado que una memoria olfativa defectuosa puede ser la antesala de la demencia. Para recalcar esta relación, explican en otro interesante artículo Johnson y Moss (dos psicólogos de la Universidad de Bournemouth), las personas que tienen un determinado alelo del gen de la ApoE (un tipo de lipoproteína sanguínea), usado como marcador que determina un cierto factor de riesgo a la hora de padecer la enfermedad de Alzhéimer, presentan, además, una identificación defectuosa de los olores. Dicho de manera más sencilla: si el aroma de unas habas frescas no te dice nada, si no te evoca ningún recuerdo ni te invita a ninguna receta, si ni siquiera puedes identificar si son habas o boquerones, quizá tu cerebro ha comenzado a averiarse y te lo anuncia por la nariz. Así es que la poesía de mi haba fresca, la que Maite trajo del huerto este mediodía, no sólo me ha regalado la memoria, también fresca, de aquella infancia despreocupada y feliz sino que, al mismo tiempo (una vez pasada –eso sí- por el tamiz de la neurología), me ha sugerido que en mi vejez, si conservo el olfato, tal vez pueda seguir disfrutando de esos y otros muchos recuerdos, los que guardo en el rincón más primitivo de mi cerebro, los recuerdos que me explican.

PD: Sí, en estas cosillas irrelevantes, en estos conocimientos inútiles, en estas circunvoluciones dialécticas que bailan entre la ciencia y la poesía entretengo las largas horas de mi doble confinamiento.

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Espantados ante la terrible perspectiva de disponer de cientos de horas libres, y no saber muy bien qué hacer con ellas, las redes se llenaron, en los primeros minutos de la emergencia, de tutoriales para entregarse al macramé aún sin conocimientos previos, manuales para tocar el oboe con soltura en una semana, actividades para entretener a preescolares sin recurrir a los opiáceos, enlaces para ver gratis todo el cine búlgaro (no subtitulado), conciertos (en streaming) desde los domicilios de los principales solistas de Didgeridoo afincados en Queensland, recetas (infalibles) de la cocina tradicional peruana adaptadas para Thermomix, plantillas para imprimir y colorear la obra completa de Pollock o libros electrónicos suficientes para estar leyendo dieciséis horas diarias hasta la Feria del Libro de 2120.

La avalancha de tentadoras ocupaciones domésticas (incluidas las que te capacitan, en dos o tres lecciones on-line, para opinar como resuelto virólogo o sentenciar como avezada epidemióloga) no se ha detenido y, sin embargo, escasean los llamamientos a la vaguncia radical, las soflamas en defensa de la inactividad absoluta o las prédicas alabando las infinitas virtudes de la indolencia. El confinamiento doméstico al que nos ha conducido el coronavirus ha excitado a los defensores del ocio productivo y tiene en silencio a los gandules.

A pesar de sus escritos, no me imagino a Bertrand Rusell ni ocioso ni aburrido. Menuda contradicción…

Es cierto que algunos estamos genéticamente incapacitados para quedarnos quietecitos (valga este post como prueba) pero para aquellos que estén considerando la posibilidad de internarse en el seductor territorio de la gandulería, y no quieran convertirse en objeto de crítica o burla por parte de sus semejantes virtuales (todos ellos ocupadísimos, por el bien de la Humanidad, haciendo macramé, tocando el oboe o viendo cine búlgaro), he preparado un contundente argumentario filosófico recurriendo a mi adorado Bertrand Rusell (al que ya sabéis que visito cada vez que la realidad me supera y necesito algo de luz).

Siguiendo las reflexiones de Russell he llegado a la conclusión de que la ociosidad (no productiva) a la que invita el confinamiento domiciliario tiene, como mínimo, tres ventajas que fácilmente vais a identificar ayudados por algunos párrafos de su obra, párrafos tomados de varios ensayos fechados en la década de los años 30 (del pasado siglo) y que yo mismo he seleccionado en mi biblioteca doméstica… para no aburrirme.

Ventaja 1 .- Una cierta capacidad para aguantar el aburrimiento predispone a la alegría.

ABURRIMIENTO Y EXCITACIÓN (1930)

* El aburrimiento como factor de la conducta humana ha recibido, en mi opinión, mucha menos atención de la que merece. Estoy convencido de que ha sido una de las grandes fuerzas motrices durante toda la época histórica, y en la actualidad lo es más que nunca. El aburrimiento parece ser una emoción característicamente humana. Es cierto que los animales en cautividad se vuelven indiferentes, pasean de un lado a otro y bostezan, pero en su estado natural no creo que experimenten nada parecido al aburrimiento. La mayor parte del tiempo tienen que estar alerta para localizar enemigos, comida o ambas cosas; a veces están apareándose y otras veces están intentando mantenerse abrigados. Pero no creo que se aburran, ni siquiera cuando son desgraciados. Es posible que los simios antropoides se nos parezcan en este aspecto, como en tantos otros, pero como nunca he convivido con ellos no he tenido la oportunidad de hacer el experimento. Uno de los aspectos fundamentales del aburrimiento consiste en el contraste entre las circunstancias actuales y algunas otras circunstancias más agradables que se abren camino de manera irresistible en la imaginación. Otra condición fundamental es que las facultades de la persona no estén plenamente ocupadas. Huir de los enemigos que pretenden quitarnos la vida es desagradable, me imagino, pero desde luego no es aburrido. Ningún hombre se aburre mientras lo están ejecutando, a menos que tenga un valor casi sobrehumano. De manera similar, nadie ha bostezado durante su primer discurso en la Cámara de los Lores, con excepción del difunto duque de Devonshire, que de este modo se ganó la reverencia de sus señorías. El aburrimiento es básicamente un deseo frustrado de que ocurra algo, no necesariamente agradable, sino tan solo algo que permita a la víctima del ennui distinguir un día de otro. En una palabra: lo contrario del aburrimiento no es el placer, sino la excitación.

* Ahora nos aburrimos menos que nuestros antepasados, pero tenemos más miedo de aburrirnos. Ahora sabemos, o más bien creemos, que el aburrimiento no forma parte del destino natural del hombre, sino que se puede evitar si ponemos suficiente empeño en buscar excitación.

* Una vida demasiado llena de excitación es una vida agotadora, en la que se necesitan continuamente estímulos cada vez más fuertes para obtener la excitación que se ha llegado a considerar como parte esencial del placer. Una persona habituada a un exceso de excitación es como una persona con una adicción morbosa a la pimienta, que acaba por encontrar insípida una cantidad de pimienta que ahogaría a cualquier otro. Evitar el exceso de excitación siempre lleva aparejado cierto grado de aburrimiento, pero el exceso de excitación no solo perjudica la salud sino que embota el paladar para todo tipo de placeres, sustituyendo las satisfacciones orgánicas profundas por meras titilaciones, la sabiduría por la maña y la belleza por sorpresas picantes. No quiero llevar al extremo mis objeciones a la excitación. Cierta cantidad es sana, pero, como casi todo, se trata de una cuestión cuantitativa. Demasiado poca puede provocar ansias morbosas, en exceso provoca agotamiento. Así pues, para llevar una vida feliz es imprescindible cierta capacidad de aguantar el aburrimiento, y esta es una de las cosas que se deberían enseñar a los jóvenes.

* La capacidad de soportar una vida más o menos monótona debería adquirirse en la infancia. Los padres modernos tienen mucha culpa en este aspecto; proporcionan a sus hijos demasiadas diversiones pasivas, como espectáculos y golosinas, y no se dan cuenta de la importancia que tiene para un niño que un día sea igual a otro, exceptuando, por supuesto, las ocasiones algo especiales. En general, los placeres de la infancia deberían ser los que el niño extrajera de su entorno aplicando un poco de esfuerzo e inventiva.

* La clase especial de aburrimiento que sufren las poblaciones urbanas modernas está íntimamente relacionada con su separación de la vida en la tierra. Esto es lo que hace que la vida esté llena de calor, polvo y sed, como una peregrinación por el desierto. Entre los que son lo bastante ricos para elegir su modo de vida, la clase particular de insoportable aburrimiento que padecen se debe, por paradójico que esto parezca, a su miedo a aburrirse. Al huir del aburrimiento fructífero caen en las garras de otro mucho peor. Una vida feliz tiene que ser, en gran medida, una vida tranquila, pues solo en un ambiente tranquilo puede vivir la auténtica alegría.

Ventaja 2.- La reducción organizada del trabajo conduce a la felicidad.

ELOGIO DE LA OCIOSIDAD (1932)

* Quiero decir, con toda seriedad, que la fe en las virtudes del trabajo está haciendo mucho daño en el mundo moderno y que el camino hacia la felicidad y la prosperidad pasa por una reducción organizada de aquél.

* El hecho es que mover materia de un lado a otro, aunque en cierta medida es necesario para nuestra existencia, no es, bajo ningún concepto, uno de los fines de la vida humana. Si lo fuera, tendríamos que considerar a cualquier bracero superior a Shakespeare. Hemos sido llevados a conclusiones erradas en esta cuestión por dos causas. Una es la necesidad de tener contentos a los pobres, que ha impulsado a los ricos durante miles de años, a reivindicar la dignidad del trabajo, aunque teniendo buen cuidado de mantenerse indignos a este respecto. La otra es el nuevo placer del mecanismo, que nos hace deleitarnos en los cambios asombrosamente inteligentes que podemos producir en la superficie de la tierra. Ninguno de esos motivos tiene gran atractivo para el que de verdad trabaja. Si le preguntáis cuál es la que considera la mejor parte de su vida, no es probable que os responda: “Me agrada el trabajo físico porque me hace sentir que estoy dando cumplimiento a la más noble de las tareas del hombre y porque me gusta pensar en lo mucho que el hombre puede transformar su planeta. Es cierto que mi cuerpo exige períodos de descanso, que tengo que pasar lo mejor posible, pero nunca soy tan feliz como cuando llega la mañana y puedo volver a la labor de la que procede mi contento”. Nunca he oído decir estas cosas a los trabajadores. Consideran el trabajo como debe ser considerado como un medio necesario para ganarse el sustento, y, sea cual fuere la felicidad que puedan disfrutar, la obtienen en sus horas de ocio.

* Podrá decirse que, en tanto que un poco de ocio es agradable, los hombres no sabrían cómo llenar sus días si solamente trabajaran cuatro horas de las veinticuatro. En la medida en que ello es cierto en el mundo moderno, es una condena de nuestra civilización; no hubiese sido cierto en ningún período anterior. Antes había una capacidad para la alegría y los juegos que, hasta cierto punto, ha sido inhibida por el culto a la eficiencia. El hombre moderno piensa que todo debería hacerse por alguna razón determinada, y nunca por sí mismo. Las personas serias, por ejemplo, critican continuamente el hábito de ir al cine, y nos dicen que induce a los jóvenes al delito. Pero todo el trabajo necesario para construir un cine es respetable, porque es trabajo y porque produce beneficios económicos. La noción de que las actividades deseables son aquellas que producen beneficio económico lo ha puesto todo patas arriba.

* Las danzas campesinas han muerto, excepto en remotas regiones rurales, pero los impulsos que dieron lugar a que se las cultivara deben de existir todavía en la naturaleza humana. Los placeres de las poblaciones urbanas han llevado a la mayoría a ser pasivos: ver películas, observar partidos de fútbol, escuchar la radio, y así sucesivamente. Esto resulta del hecho de que sus energías activas se consuman solamente en el trabajo; si tuvieran más tiempo libre, volverían a divertirse con juegos en los que hubieran de tomar parte activa.

* En el pasado, había una reducida clase ociosa y una más numerosa clase trabajadora. La clase ociosa disfrutaba de ventajas que no se fundaban en la justicia social; esto la hacía necesariamente opresiva, limitaba sus simpatías y la obligaba a inventar teorías que justificasen sus privilegios. Estos hechos disminuían grandemente su mérito, pero, a pesar de estos inconvenientes, contribuyó a casi todo lo que llamamos civilización. Cultivó las artes, descubrió las ciencias, escribió los libros, inventó las máquinas y refinó las relaciones sociales. Aun la liberación de los oprimidos ha sido, generalmente, iniciada desde arriba. Sin la clase ociosa, la humanidad nunca hubiese salido de la barbarie.

Ventaja 3.- El confinamiento es una oportunidad magnífica para adquirir conocimientos… inútiles.

CONOCIMIENTO INÚTIL (1932)

* El hábito de encontrar más placer en el pensamiento que en la acción es una salvaguarda contra el desatino y el excesivo amor al poder, un medio para conservar la serenidad en el infortunio y la paz de espíritu en las contrariedades. Es probable que, tarde o temprano, una vida limitada a lo personal llegue a ser insoportablemente dolorosa; sólo las ventanas que dan a un cosmos más amplio y menos inquietante hacen soportables los más trágicos aspectos de la vida.

* Una disposición mental contemplativo tiene ventajas que van de lo más trivial a lo más profundo. Para empezar están las aflicciones de menor envergadura, tales como las pulgas, los trenes que no llegan o los socios discutidores. Al parecer, tales molestias apenas merecen la pena de unas reflexiones sobre las excelencias del heroísmo o la transitoriedad de los males humanos, y, sin embargo, la irritación que producen destruye el buen ánimo y la alegría de vivir de mucha gente. En tales ocasiones, puede hallarse mucho consuelo en esos arrinconados fragmentos de erudición que tienen alguna conexión, real o imaginaria, con el conflicto del momento; y aun cuando no tengan ninguna, sirven para borrar el presente de los propios pensamientos. Al ser asaltados por gente lívida de rabia, es agradable recordar el capítulo del Tratado de las pasiones de Descartes titulado “Por qué son más de temer los que se ponen pálidos de furia que aquellos que se congestionan”.

* El conocimiento de hechos curiosos no sólo hace menos desagradables las cosas desagradables, sino que hace más agradables las cosas agradables. Yo encuentro mejor sabor a los albaricoques desde que supe que fueron cultivados inicialmente en China, en la primera época de la dinastía Han; que los rehenes chinos en poder del gran rey Kaniska los introdujeron en la India, de donde se extendieron a Persia, llegando al Imperio romano durante el siglo I de nuestra era; que la palabra “albaricoque” se deriva de la misma fuente latina que la palabra “precoz”, porque el albaricoque madura tempranamente, y que la partícula inicial “al” fue añadida por equivocación, a causa de una falsa etimología. Todo esto hace que el fruto tenga un sabor mucho más dulce.
Hace cerca de cien años, un grupo de filántropos bienintencionados fundaron sociedades “para la difusión del conocimiento útil”, con el resultado de que las gentes han dejado de apreciar el delicioso sabor del conocimiento “inútil”.

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Hay ciertas cosas que sólo son capaces de hacer los niños, y no digamos las niñas…

Soy un tozudo defensor del echarse-a-un-lado, del apartarse-y-abrir-espacios; de no aburrir con lo de siempre, con los de siempre, con las rutinas autocomplacientes que conducen a los resultados… de siempre.
Colaboro en múltiples iniciativas sociales de vanguardia, dedicadas a la reflexión y a la acción sobre cuestiones que afectan a nuestro futuro común, pero hace tiempo que empecé a establecer unos mínimos criterios de selección para optimizar el uso de la energía (un bien limitado), potenciar la relevancia (ni siquiera hablo de utilidad, que eso son ya palabras mayores), alimentar la diversidad (algo innegociable) y, sobre todo, para no sumar más contradicciones a las que uno ya arrastra.
Por eso abandoné discretamente aquellos círculos donde la presencia de la mujer era residual, decorativa o nula. Me marché, sin hacer ruido, de las agrupaciones donde no había lugar (por acción u omisión) para los más jóvenes. Y ahora no se me apetece nada consumir esfuerzos en espacios donde se habla de futuro sin la presencia de niños. Sí, estoy por la infantilización de los debates, un compromiso que, más allá del postureo verbal, exige, como primera condición, un generoso paso atrás: que la vanguardia la ocupen las vanguardias (es lo lógico, ¿no?).
Para contar, escuchar y hacer lo de siempre… ya tengo a los de siempre… con los resultados de siempre. Y, sinceramente, más allá de un cierto entretenimiento narcisista (al que todos somos vulnerables) este bucle monocorde entre iguales me parece un empeño muy poco estimulante, aburrido y escasamente fértil.
En fin, cosas mías…

PD: Como a cuenta de mi reflexión ya se ha abierto un cálido debate en Twitter, añado un matiz al hilo de un comentario, oportunísimo, de Tomás García, quien advierte del necesario equilibrio entre “la inspiración que aportan los jóvenes y la fuente de sabiduría que, en todas las culturas, proporcionan los viejos, aunque esto último sea políticamente incorrecto”. Totalmente de acuerdo con Tomás, pero en determinados escenarios (creo) los mayores están, estamos, sobrerrepresentados y, lo que es peor (creo), estamos auto-investidos de una sabiduría sobrevalorada (sólo hay que ver cómo hemos resuelto, o no-resuelto, algunos problemas vitales). Ni tanto, ni tan calvo… El “eso-ya-te-lo-decía-yo”, el “yo-ya-lo-sabía” y la petulante “voz-de-la-experiencia” reducen notablemente su valor en territorios, como el del cambio climático, absolutamente inéditos y, por tanto, absolutamente desconocidos. Territorios en donde se requiere de mucha imaginación y atrevimiento, valores que (ley de vida) van mermando con los años.  Lo dicho: establecer una auténtica y generosa diversidad, esa que a los mayores nos cuesta muchísimo.

PD2: Casi me olvido, en el capítulo de la selección por criterios higiénicos, de la reputación digital. Tampoco acudo ya, perdonadme, a foros presenciales donde adquieren la condición de sensatos polemistas aquellos individuos que en el mundo virtual (redes sociales y otras hierbas) no respetan las más mínimas (muy mínimas) reglas de cortesía, buena educación, tolerancia, empatía y lenguaje exento de insultos y menosprecio. Los hoolingans, en carne o en espíritu (electrónico), con los hooligans.

Sugerencia a pie de página (21.1.20): Ningún espacio de debate sobra, como tampoco sobra ninguna iniciativa que busque extender la conciencia social sobre el cambio climático, pero en el terreno de la acción ciudadana no termino de entender la necesidad (aunque sea bienintencionada) de dividir el esfuerzo, multiplicando pancartas, voceros y manifiestos, en vez de sumarse al empuje que ya ha nacido, con fuerza y sin fronteras, desde los colectivos más jóvenes. De lo que hablo es de prestar ayuda, en silencio y desde las bambalinas (¿quién necesita, y por qué, presumir de esta cooperación intergeneracional?), a los Fridays for Future en las muchas parcelas en las que sí agradecerían, creo, la cooperación intergeneracional (no, no son precisamente las parcelas referidas a los objetivos, el contenido del mensaje, los métodos de decisión y acción, o los canales y formatos de difusión, asuntos que tienen muy claros y que se materializan de acuerdo a unos criterios afortunadamente muy alejados de los que aplicaríamos los adultos). Quizá podríamos llamarlo, podríamos llamarnos, Friends for Fridays o, con mayor intención si cabe, Fairplay for Fridays. Una retaguardia eficaz y generosa, humilde, discreta; una retaguardia que brinda apoyo desde la experiencia (sí, de esa tenemos) y la abundancia de medios (también en eso los adultos solemos andar con más soltura que los jóvenes -y no digamos que los niños-), pero que no ocupa el espacio que a la vanguardia le corresponde, ni tampoco le da lecciones ni le afea sus errores.

Ayudar, orientar, asesorar, auxiliar, financiar, defender, consolar, acompañar,… ¡ Se pueden hacer tantas cosas para favorecer las vanguardias sin usurpar la cabeza del pelotón ! Y no, no me vale como excusa el argumento de aquellos adultos que dicen ocupar ese espacio para garantizar el futuro de sus nietos, convirtiendo así en irrelevante el presente de sus nietos y de sus hijos, un presente trufado de aportaciones propias (silenciadas). No podemos, no debemos, ser propietarios de nuestro propio presente, y del presente de nuestros hijos, y del presente de nuestros nietos y del futuro universal. Eso es sí que es un Ministerio del Tiempo, egoista, monolítico y plenipotenciario. Cada cual es dueño de su propio tiempo y el de mis hijos es… de mis hijos.

Lo dicho: no es fácil dar un paso atrás (porque el ego y el vértigo vital son muy puñeteros), pero considero que en este empeño, y aunque resulte paradójico, un paso atrás nos va a ayudar, a todos, a dar varios pasos adelante.

 

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La imagen vale mucho más que las miles de palabras que se dijeron en la clausura de la COP25. Ese día, cuando por la mañana, bien temprano, entré en la Zona Azul de la Cumbre del Clima, en el área institucional, me encontré con esta metáfora y sencillamente la fotografié con mi móvil, sin otros testigos que unos operarios que bromeaban con la faena que les habían encomendado. Un reflejo de periodista al que no di demasiada importancia… pero la imagen, para mi sorpresa (o no), se ha hecho viral. A ver en qué envolvemos la COP26 😦 (Fotografía: José María Montero).

Los que seguís este blog para minorías sabéis que pertenezco a un oficio donde está muy mal visto no saber de algo, de-lo-que-sea… de todo. La condición de todólogo es connatural al propio ejercicio del periodismo, y si para colmo trabajas en televisión, o en sus alrededores, se te presume la omnisciencia. Quizá por eso a casi nadie ha extrañado que en pocas semanas el universo mediático español se haya visto enriquecido con una extensa nómina de sesudos especialistas en cambio climático, resueltos analistas de los mercados de carbono, meticulosos peritos en dinámica atmosférica, agudos estrategas en gobernanza ambiental y, cómo no, avispados profetas de lo-que-está-por-venir (tanto si actuamos como si no actuamos: interpretar la acción o la inacción, desde la ignorancia, suele ser un empeño poco o nada riguroso que predispone a esos caprichosos vaivenes).

Con el desparpajo que sólo está al alcance de los auténticos gurús he visto a colegas que -sin sonrojarse- han pontificado sobre la COP25 -sin pisarla-, hilando unas cuantas frases hechas, transitando por los correspondientes lugares comunes y rasgándose las vestiduras en defensa, of course, de todo lo políticamente correcto. A estos tres ingredientes facilones les colocas un poco de literatura (sin reparar en digresiones, golpes de pecho y guiños pseudofeministas), algunas citas posturosas (que no falte Thoreau, por supuesto) y unas ilustraciones molonas, y ya tienes un best-seller para calmar conciencias, hacer caja y alimentar el ego-eco-friendly. A falta de un editor avispado, con esta misma materia prima se puede montar un curso universitario (y hasta un máster), un think tank de andar por casa o, prácticamente gratis, un manifiesto revolucionario y una campaña en redes sociales de esas que, aún abusando de obviedades y faltas de ortografía, te aúpan al Olimpo de los influencers.

Cuando para Canal Sur Televisión cubrí la Cumbre de la Tierra (Río de Janeiro, 1992) los periodistas ambientales éramos cuatro gatos. En la COP25 (Madrid, 2019) la familia de plumillas verdes ha tenido su propia zona de trabajo (gracias a APIA). No pudimos posar todos (por la Cumbre andábamos unos 40 ambientales -de los casi 200 periodistas españoles acreditados-), pero aquí tenéis una buena muestra de este green-dream-team 🙂 La especialización como valor innegociable del buen periodismo.

Ya os conté qué virtudes profesionales, a mi corto juicio, eran necesarias para sobrevivir a una COP (si uno pensaba abordarla como periodista y no como simple redactor de ideas ajenas), y también relaté el día después de una Cumbre del Clima con sus claroscuros, sus mensajes entre líneas y sus notas a pie de página. Ahora, hoy, un mes después de cubrir la COP25 para los informativos diarios de Canal Sur Televisión, vuelvo a las andadas, rebuscando en las zonas de sombra de un encuentro inabarcable la sustancia inmaterial con la que tejer algunas reflexiones propias (si es que existen reflexiones estrictamente propias), mensajes entrelíneas que escapen del murmullo, grisáceo y monótono, que se ha instalado en las redes.

Prólogo: ni puristas, ni pesimistas.

La primera cautela decisiva (porque pertenece al capítulo de las obligaciones higiénicas) es acometer cualquier análisis AfterCumbre alejándose, a la misma prudencial distancia, tanto de los puristas como de los pesimistas. Unos y otros son veneno a la hora de enfrentarse a esta emergencia climática. Los primeros porque, convencidos de estar en posesión de la verdad absoluta, carecen de la humildad necesaria para escuchar, dialogar, ceder y acordar. Consumen más energía en censurar las opiniones ajenas que en argumentar las propias. Y los segundos porque, en el mejor de los casos, han llegado a la conclusión de que compartir todo tipo de malas noticias nos predispone a la acción, olvidando que ese abuso de catastrofismo sólo conduce a la angustia y/o la indiferencia suicida. Si añadimos el postureo (recordad: que no falten las citas de Thoreau ni los guiños pseudofeministas) entonces ya tenemos la peligrosa “Triple P” del ambientalismo simplón. !Vade retro!

1.- Rebajemos la escala: la gobernanza de lo cercano.

No nos obsesionemos con la deserción de Donald Trump (deserta de todo aquello en donde no pueda imponer su criterio imperial, ya sea la OTAN, el Acuerdo de París o la OMC) o la tibieza de algunos otros emperadores. El cambio climático es un problema global que exige alianzas globales, sin duda, pero la acción local está adquiriendo una fuerza de tal calibre que, en algunos casos, la suma de esas iniciativas de pequeña o mediana escala supera con creces los efectos de algunas pomposas deserciones estatales. ¿Cuántas empresas, ciudades, estados, universidades, provincias, comunidades autónomas, ciudadanos, están ya actuando para frenar el cambio climático?

Si conseguir un nuevo modelo de gobernanza planetaria se antoja una tarea aún más compleja que el nacimiento de la Sociedad de Naciones (cuya enzima decisiva fue la I Guerra Mundial, ojo), trabajemos en el desarrollo de la gobernanza local, de la gobernanza de barrio, de colegio, de empresa, de familia. Proyectemos nuestros buenos deseos en lo cercano, y no sólo en lo que se refiere a la acción sino también en la educada reclamación (pidamos a los que más responsabilidad tienen que sean los que más se impliquen). Alimentemos la creatividad antes que la reactividad, pero (por favor) que no nos confundan azuzando nuestro sentimiento de culpa los que tienen mucha más culpa que nosotros.

Si la lucha contra el cambio climático se nos antoja inabarcable, rentabilicemos nuestro esfuerzo en los cambios domésticos. Cada vez estoy más convencido de que la única revolución posible es la revolución de lo próximo, de lo cercano. Menos mítines, arengas y soflamas, menos teatro, y más sonreírle al vecino, llegar al trabajo silbando, pedir perdón, decir buenos días, abrazar, ceder el paso, no tocar el claxon, echarle una mano al amigo, dar las gracias, preguntar al que está triste, no exigir, no suponer, no amenazar, no maquinar, brindar con la gente a la que quieres y decirle que la quieres, escuchar en silencio al que discrepa, regalar música o vino sin motivo, etc… etc… etc… La sostenibilidad tiene mucho que ver con el respeto y la convivencia, así es que no es mal comienzo este esfuerzo, nada intrascendente, por mejorar el espacio interpersonal y a partir de ahí… ir aumentando la escala.

2.- Abran paso, llegan los niños.

Si ponemos la lupa generacional sobre este problema aparecerán, también, las ventajas de reducir la escala. No son sólo jóvenes, que ya se habían incorporado a esta movilización y lo que han hecho es reforzar su presencia y su compromiso, ahora aparecen los niños, ahora se suman al escenario de la acción y la reclamación los menores de edad, algo que espanta a tantos voceros (o será que son pocos pero hacen mucho ruido) que algún poderoso valor debe tener, seguro, este fenómeno. Con tanta fuerza ha irrumpido la infantilización (en el mejor sentido del término) en este debate climático que en la COP25 los imperturbables miembros de seguridad de la ONU, en una decisión incomprensible, desalojaron del espacio de negociación, y hasta amenazaron con retirarles la credencial, a algunos de estos chiquillos (y de paso nos inmovilizaron, en tierra de nadie, a los pocos periodistas que estábamos presentes en la burda maniobra).

Los más jóvenes no tardaron en subirse al escenario del plenario, pero no estoy muy seguro de que, además de oirlos, los escucharan. (Foto: José María Montero)

La educación (insisto) no está reñida con la rebelión, con la resistencia, con la protesta. No. En esto también nos está dando una lección, a los adultos, Greta Thunberg y el movimiento de escolares europeos al que sirve de inspiración (por cierto, la generación mejor formada en la historia del continente). No los molestemos, hagámonos a un lado o, mejor aún, coloquémonos detrás, siguiendo, con respeto, su estela. No seamos como esos políticos que el día-mundial-de-lo-que-sea sostienen la pancarta que abre la manifestación-de-lo-que-sea, los que se suben a la mesa-presidencial-de-lo-que-sea, los que cortan la cinta-de-lo-que-sea.

Si tecleamos en Google para rastrear qué valores aporta la infancia al conjunto de la sociedad, qué nos aportan los niños, de qué manera la mirada de los más pequeños es valiosa en la resolución de problemas que parecen superar su capacidad de entendimiento, nos encontraremos con miles de referencias que, malinterpretando nuestra pregunta, nos conducen en la dirección contraria, insistiendo en todo lo que los niños pueden aprender de los adultos. Y digo yo que, viendo cómo nos enfrentamos los adultos a ciertos problemas, quizá merezca la pena hacerles un poco más de caso no sólo a los jóvenes sino también a los niños y permitirles, incluso, aprender del valiosísimo fracaso que casi siempre precede a los hallazgos decisivos.

Estamos en buenas manos, en las manos de los que aún saben jugar y tienen ojos que ven lo que tocan. Foto: José María Montero.

Cuando me asomé a una festiva manifestación de niños que reclamaban justicia climática a la entrada de Ifema, en las puertas de la COP25, un adulto, a la vista de las canciones, pancartas ingeniosas y caras pintadas, aseguró que en realidad “estaban jugando”. Tal vez no se dio cuenta que justamente en ese supuesto menosprecio estaba el poder de un grupo que, por edad, jamás había pisado una Cumbre. Quizá si el ocurrente adulto hubiera leído a Tonucci (perdonad la suposición -sin pruebas- y la pedantería -sin arrogancia-) entendería el valor (oculto) de lo que estaba viendo: “Jugar para un niño es la posibilidad de recortar un trocito de mundo y manipularlo, sólo o acompañado de amigos, sabiendo que donde no pueda llegar lo puede inventar” (Francesco Tonucci). La creatividad, claro que sí, es la bendita creatividad sin límites que los adultos perdimos en el camino o dejamos maltrecha a cuenta de recibir mandoblazos y embutirnos en apretados corsés.

¿Qué hacemos para defender la creatividad en una sociedad así, en un sistema educativo así, en unas empresas así, en unas familias así? ¿Quién protege a los creativos? ¿Quién los defiende de la rutina y el orden? ¿Quién se ocupa de estos exploradores sin los que resultará imposible descubrir soluciones a los grandes problemas de la humanidad, desde el cáncer hasta la depresión pasando por el cambio climático? ¿Quién, sin entenderlos, juzgará imprescindible su manera de hacer, fresca, heterodoxa y hasta caótica? ¿Cómo sobrevivirán a los mediocres y a los estúpidos, a los puros y a los pesimistas, siempre conspirando en contra de la diferencia?

Abran paso, llegan los niños (y las niñas, cuidado…).

3.- Al planeta le da igual.

Ya sé que quedan monísimas las fotos de osos polares, de paradisiacos arrecifes de coral, de tupidos bosques boreales y de koalas, pero si seguimos insistiendo en el impacto del cambio climático en los elementos más llamativos de nuestra naturaleza nos olvidaremos de que al planeta, en todas sus manifestaciones (monísimas, insulsas o feorras), le importa un pimiento el cambio climático. El planeta se adaptará, una vez más, a lo que venga, y en ese tránsito, una vez más, habrá perdedores y ganadores (efectivamente: nosotros, los humanos, somos perdedores natos).

“Nos enfrentamos a riesgos, llamados existenciales, que amenazan con barrer del mapa a la humanidad”, explica Anders Sandberg, investigador del Instituto para el Futuro de la Humanidad (Universidad de Oxford). Y detalla: “No se trata solo de los riesgos de grandes desastres, sino de desastres que podrían acabar con la historia”. Quizá ha llegado el momento de pasear menos a los koalas y un poco más a los habitantes de Tuvalu, dejar de lamentar la terrible existencia de los osos polares y mostrar la lucha por la supervivencia en las aldeas del Sahel castigadas por sequías desproporcionadas que alargan el soudure, moderarnos en la exhibición de los glaciares, los bosques boreales, las selvas tropicales o los arrecifes de coral (como único referente estético a la hora de alertar sobre el cambio global) y poner el acento en las comunidades rurales sin futuro o en los inhóspitos arrabales de las megalópolis.

La naturaleza, creo, no debería usarse como sobresaliente espejo de la catástrofe, porque la catástrofe la vamos a sufrir los que miramos, arrobados, a esa naturaleza que no tiene en si misma más sentido que el que nosotros, pobres víctimas, queramos otorgarle. Mejor que hablar de lo que podemos hacer por salvar esa naturaleza, para la que somos un elemento banal, creo que debemos insistir en lo que la naturaleza puede hacer por nosotros, por nuestra propia supervivencia como especie, y aplicarnos en la tarea no sólo de conservarla sino, sobre todo, de restaurarla (o dejarla en paz, para que lo haga ella misma).

4.- Escuchar a los pequeños.

Tan impoluta luce esta sala de reuniones en la COP25 que el resultado de cualquier debate se antoja inevitablemente estéril. Foto: José María Montero.

¿Os acordáis del Senado Imperial de Coruscant? Sí, el de Star Wars (Episodio III, La Venganza de los Sith), esa especie de colmena circular, gigantesca y oscura, en donde están representados los miles de mundos habitados que componen el cinematográfico imperio galáctico. Todos están representados, sí, pero el poder recae en un grupo reducido de mundos que dejan que la voz de los pequeños se oiga pero que no se escuche. Inspirado (asegura la Wookieepedia) en las maniobras de Augusto para transformar la República Romana en el dictatorial Imperio Romano, el Senado de Coruscant muestra esa fórmula aparentemente democrática en la que todos pueden hablar, pocos son escuchados y sólo una discreta minoría disfruta de auténtico poder ejecutivo.

No sé por qué el plenario de la COP21 (París) me recordó esa deshumanizada imagen galáctica, la misma que encontré en la COP25 (Madrid). Pude escuchar sin trabas a los pequeños, incluso a los muy pequeños, pero no estoy muy seguro de que el resto de la colmena estuviera atenta a sus alegatos (no confundir las exquisitas normas de protocolo que dicta la diplomacia internacional con la escucha atenta). Y fueron en esos discursos humildes, de países y colectivos humildes, donde encontré las más crudas evidencias del sufrimiento que ya está causando el cambio climático, los más desesperados y sinceros mensajes de socorro, las propuestas más atrevidas y ecuánimes. Escuchando a los más pequeños supe de la urgencia, de la emergencia, sin eufemismos ni rodeos alambicados. ¿Y qué hacían mientras tanto los grandes? Pues algunos aprovecharon para darse un paseo (EEUU), consultar el Whatsapp (aquí la lista es larga, aunque me dio la impresión de que los gigantes asiáticos ganaban por goleada), mostrar su escaso liderazgo y su incapacidad para la negociación ambiciosa (Chile) o hacerse notar sacando su lado más bravucón (Brasil).

¿Agotamiento? ¿Aburrimiento? ¿Sueñan los delegados con bosques eléctricos? Foto: José María Montero.

PD: La prórroga de la clausura, que convirtió a la COP25 en la más larga de la historia, obligó a algunas de las delegaciones (sí, las pequeñas, las humildes) a regresar a sus países sin poder participar en las deliberaciones finales. No, no es que tuvieran prisa, es que no podían asumir el coste de un cambio de vuelos y hoteles. A veces para votar es imprescindible poder pagar. Money, money…

5.- El tiempo del sufrimiento.

La emergencia climática requiere el diseño de nuevos paradigmas en el terreno de la economía, de la ecología, de la politología… pero lo que más necesitamos, es reforzar la empatía, antes incluso de ese esfuerzo por multiplicar los conocimientos académicos. La empatía, que no requiere de cátedras ni de inversiones millonarias, es una virtud muy poderosa que, sin embargo, se nos antoja cada vez más rara y escasa.

Ha llegado el tiempo del sufrimiento, es el precio de la inacción, y la inercia del cambio climático que, aún actuando de forma urgente y decidida (algo que no parece posible), va a originar una dolorosa crisis humanitaria en multitud de territorios, algunos de ellos a escasos kilómetros de casa. Si no somos capaces de ponernos en el pellejo del otro, si pensamos que el dolor no nos va a alcanzar a nosotros, si miramos para otro lado convencidos de que las inundaciones, las olas de calor, las sequías o las enfermedades emergentes sabrán discriminar nuestro lugar de nacimiento, el saldo de nuestra cuenta corriente, el escudo de nuestro pasaporte o nuestro color de piel… es que nos fallan el cerebro y el corazón.

Tal vez nuestras capacidades como especie, incluida la empatía, se están viendo superadas por la naturaleza y la magnitud del problema, y el colapso, o la autodestrucción, son inevitables. Pero aún así, y como ocurre con los enfermos terminales, mejor sería evitar el sufrimiento hasta donde la empatía sea capaz de reducirlo.

6.- Ciencia con emoción: el poder de las metáforas.

La rotundidad de las evidencias científicas en torno al cambio climático ha alcanzado tal magnitud que el negacionismo no es ya una postura basada en la dudosa credibilidad del trabajo de miles de investigadores. El negacionismo es ahora una forma de oportunismo disfrazada de lícito escepticismo. El mantra es sencillo: “Si la ciencia viene a estropearme el negocio, cuestionemos el rigor de la ciencia antes que revisar el coste ambiental y social de nuestro negocio, su peligrosa viabilidad“.

Pero la ciencia, impecable en sus postulados racionales, necesita de la emoción para buscar cómplices más allá de su burbuja endogámica, para hacer que sus alertas sean entendidas por los ciudadanos que nada saben del método científico y que son tremendamente vulnerables a las soflamas (esas sí, cargadas de calculada emoción) de los que ven amenazados sus negocios o comprometido el pago de sus deudas monumentales, y para salvarse hacen a la ciencia culpable de un alarmismo ciego que sacrificará el sacrosanto crecimiento económico y el bendito desarrollo.

La metáfora es, en manos de los científicos más creativos, una poderosa herramienta emocional que, alejándose del discurso indescifrable, no traiciona el rigor. Hace años, con la sencillez con la que explicaba lo complejo, me lo resumió José Luis Sampedro, un economista atípico con el que me gustaría haber tenido más relación que aquel encuentro inesperado y fugaz en la recepción de un hotel granadino: “Si metemos un pollito en una caja de zapatos nadie en su sano juicio podrá pensar que el pollito crecerá sin límite o que, al menos, se convertirá en lustrosa gallina sin destrozar la caja, y sin embargo estamos en manos de los que aseguran que el pollito no dejará de crecer ni romperá el contenedor por mucho que la caja de zapatos tenga un tamaño innegociable“.

7.- Del tobogán al precipicio.

Llevo décadas abonado a las impecables metáforas de Miguel Delibes y algo menos a las no menos ingeniosas que me regala, de COP en COP, David Howell, uno de los observadores más lúcidos en estos farragosos encuentros. En COP25 me explicó la diferencia entre un suave tobogán de largo recorrido y baja velocidad en el que podríamos habernos deslizado, sin vértigo ni peligro, desde el volumen de emisiones que la ciencia ya señaló como insostenibles hace tres décadas hasta unos niveles que no pusieran en peligro nuestra propia supervivencia, y el precipicio, profundo y vertical, al que nos vemos obligados a lanzarnos de cabeza (y sin paracaídas) en el escaso tiempo que nos queda para evitar el colapso.

Las metáforas me siguieron persiguiendo en forma de letras rendidas y macetas a las que alcanzó una repentina otoñada. Foto: José María Montero

Y mientras vamos cayendo en picado, cual Titanic camino al iceberg y a toda máquina, no abandonemos la empatía porque, como en el caso del transatlántico, los primeros en ahogarse serán los de tercera clase, claro, pero al final el agua llegará hasta el salón donde bailamos, despreocupados, los afortunados pasajeros de primera clase. ¡Ah!, y tampoco nos olvidemos de lo inútil que resultará nuestra soberbia en este mal trago: los efectos de la peor catástrofe siempre son relativos, porque para los pasajeros del Titanic el hundimiento del buque fue una putada, pero para las langostas que esperaban ser cocinadas en las peceras de la cocina fue un verdadero milagro.

8.- Los medios del ego.

Cuando todas las noches me colocaba delante de la sala Baker, la sala del plenario, para tratar de explicar en directo lo que había ocurrido durante esa jornada de negociaciones en la COP25, escuchaba, como es lógico, las peroratas de algun@s de mis colegas (tod@s trabajábamos en ordenada, apretada y obediente fila). Y, una vez más, me topé con esos clásicos-de-ayer-y-de-hoy más propios de una retransmisión deportiva o del relato vacuo de una interminable final de Eurovisión: la nada convertida en crónica, la peripecia del periodista por encima de los acontecimientos, las certezas de cartón piedra en un escenario repleto de incertidumbres, las frases hechas, las anécdotas elevadas a la categoría de exclusiva, los lugares comunes, la ciencia como revestimiento y no como cimiento,… He de admitir, eso sí, que la mayoría de est@s cronistas, y de los que luego iba viendo en los diferentes canales (algun@s sentados en mesas de debate moderadas por profesionales que, un@s y otr@, saben de cambio climático lo mismo que de música pentatónica china) lucían muy bien vestid@s y maquillad@s, jugueteaban con gafas de moderna montura, tomaban notas (así como sesudas y apresuradas) en impolutos moleskines, se movían por el plató en delicada coreografía, adornaban su discursos con imágenes de koalas y osos polares, y miraban directamente a la cámara con la arrogante seguridad de aquel directivo de Camp (Manuel Luque) que nos convenció de las bondades del detergente Colón. Y algun@ de ell@s, incluso, se ha atrevido a regalarnos ciertas columnas, sosas y huecas, buscando el lustre que todavía otorga la prensa escrita.

Una vez más ante el inevitable vértigo de tener que explicar (en directo) lo complejo, contarlo a cientos de miles de personas y en poco más de un minuto. Foto: José María Montero

Menudo desperdicio. Los más potentes medios de comunicación entregados al ego, la vacuidad y los fuegos de artificio: “Ya están aquí los que tanto saben de cubrir crisis y nada saben de la crisis que tienen que cubrir” (Rosa María Calaf, dixit). Pobre periodismo.

9.- Nuevos escenarios de acción.

El punto 1 nos debería llevar, de manera natural, a este otro ítem. Los discursos bienintencionados y biendocumentados y bienexplicados requieren de escenarios donde llevarlos a la práctica. Los parlamentos son tentadores, al igual que las salas de conferencias y las aulas universitarias, pero para hablar de cambio climático también hay que asomarse a los mercados de abastos, los estadios de fútbol, las iglesias, los parques, los asilos, los teatros, los bares, las guarderías y hasta las cárceles. Y proponer, en esos mismos escenarios, acciones modestas que sumen en ese cómputo humilde pero imparable de lo cercano, de lo doméstico, de lo que se mueve lejos de los senados imperiales pero muy cerca de la tierra, la que se escribe sin mayúscula inicial, esa que pisamos a diario.

10.- El dedo de Greta.

Hay niños, muchos niños, que mueren cruzando el mar en busca de una vida digna. Niños que terminan alimentando el turismo sexual de adultos adinerados y sin escrúpulos. Niños que triunfan en la selva de la farándula o se pasean por las pasarelas de medio mundo (el desarrollado, of course). Niños que juegan a ser adultos en programas de televisión casposos. Niños que rebuscan en los basureros para sobrevivir. Niños que ayudan a sus padres en humildes negocios, en explotaciones agrícolas, en ruidosos mercadillos. Hay niños que cuidan de sus hermanos, de sus padres, de sus abuelos, asumiendo responsabilidades muy por encima de su edad. Niños que acuden a escuelas de fútbol, o de danza, bajo la inquisidora mirada de sus padres que quieren convertirlos, al precio que sea, en Leo Messi, Megan Rapinoe, Tamara Rojo o Israel Galván. Hay niños que compiten por ser chefs en concursos donde la cocina es una guerra y no un placer. Hay tantos niños a los que no dejan ser niños, que resulta sorprendente (por usar un calificativo suave) la estúpida preocupación que ha asaltado a esa caterva de adultos empeñados en salvar a Greta Thumberg de las garras de sus malvados padres, de los oscuros tejemanejes de ciertas multinacionales o de maquiavélicos lobbies (desconocemos cuáles) y del estrés que debe de estar provocándole tanta lucha. Perdonadme el topicazo, pero mientras Greta señala a la luna los tontos se fijan en el dedo. Y si se cabrean tanto, y la emprenden con esta joven, no es sólo porque señala lo que algunos (demasiados) no quieren ver, sino porque después de señalar el problema se remanga y se pone a trabajar, a predicar con el ejemplo. La atacan por que no es inofensiva (como lo son casi todas las modelos, las prostitutas, las cantantes o las dependientas). Lo que molesta no son sus discursos sino sus acciones. ¿Dónde se ha visto una niña dando lecciones en vez de pasearse, bien maquillada y ligera de ropa, por una pasarela o un escenario? La reacción contra Greta Thumberg es intencionadamente agresiva, viejuna y muy, muy machista.

Momento en el estaban hablando en el plenario de COP25 las delegadas de mi país. Sí, nací en Córdoba, pero mi verdadera patria es Youth. Foto: José María Montero.

¿Qué hubiera sido de nosotros, como civilización, sin el ejemplo inspirador de Gandhi, Rosa Parks, Luther King, Ana Frank o Mandela? Ninguno, ninguna, se encuentra ya entre nosotros, pero abrieron caminos por los que hoy transitan millones de personas en busca de un futuro mejor. Tengo la sensación de que el icono Greta va a desaparecer de la primera línea en breve, y creo que ese paso atrás fortalecerá aún más el movimiento que se ha ido tejiendo en torno a su persona, un movimiento que necesita líderes, como todos los movimientos, pero que precisa, sobre todo, de la inspiración (y el estimulante cabreo) que el dedo de Greta, y sus acciones, ya han dejado en todo el planeta.

Epílogo: cinco preguntas de difícil respuesta.

a) Alcanzar la neutralidad en carbono significa transformar el sistema económico de manera radical, en muy poco tiempo y sin dejar a nadie atrás en esa carrera de obstáculos. ¿Es posible o es una utopía que ya no vamos a ser capaces de alcanzar?

b) Si no existe un modelo de gobernanza global y, en consecuencia, no existen mecanismos para hacer de los compromisos internacionales una obligación, ¿es posible actuar con decisión, justicia y rapidez, desde la generosa voluntariedad de los gobiernos?

c) Cada vez que se celebra una COP se insiste en el elevadísimo coste de la transición ecológica y no son pocos los países que se arrugan ante un esfuerzo aparentemente inasumible, pero… ¿por qué no somos capaces de explicar (bien) el coste, terrible, de la inacción?

d) ¿Cómo conseguir que la transición, además de rápida y efectiva, sea justa, sobre todo para los más vulnerables (desfavorecidos, mujeres, niños, indígenas, desempleados, ancianos…)?

e) Más allá de la calle, ¿hasta dónde llegará la voz de los más jóvenes? ¿Qué influencia, qué capacidad de negociación, qué poder de decisión tendrán los nuevos movimientos sociales en el sofisticado mecanismo de debate del senado galáctico en el que se han convertido las COP? ¿Cómo se encaja la urgencia de la juventud en la desesperante lentitud de los estados y las organizaciones?

Mi redacción es tan, tan pequeña, que puedo instalarla en cualquier sitio, lo mismo en París, que en Madrid o en Glasgow. De COP en COP. Foto: José María Montero.

 

 

 

Nota al pie: Nos vemos, espero, en la COP26, en Glasgow, north-by-northwest

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Para que esta mosca sea mosca han tenido que pasar muchas cosas y establecerse muchas relaciones. Para que esta preciosa mosca ayude a la polinización de la lechetrezna sureña que visita (sin darse importancia) la naturaleza ha tejido lazos invisibles que, sin embargo, algunos pueden ver. La foto es de Carlos Herrera y está fechada en la sierra de Cazorla (Jaén) el 8 de julio de 2019.

 

Con la rotunda lucidez que brindan dos copas de manzanilla (de Sanlúcar) acostumbro a tomar grandes decisiones. Decisiones difíciles pero trascendentales. Por ejemplo, cuando el velo de flor me despeja el intelecto y me regala una dosis extra de arrojo considero la posibilidad, largamente aplazada, de abandonar, ad infinitum, las redes sociales. Juro que he pasado demasiadas veces por el trago, nunca mejor dicho, de sujetar la copa con una mano y apoyar el índice de la otra en el tentador comando delete-all-forever. Casi puedo tocar ese paraíso analógico, libre de ruido y hooligans, donde todo discurre despacio y no pocas cosas, y hasta personas, son feas, sin más y sin remedio, sin filtros. Feas y aburridas, como nuestras propias vidas cuando se empeñan en ser confortablemente convencionales, dulcemente rutinarias, y no hay quien las haga salir del letargo.

Lástima que en el último minuto siempre aparezca la puñetera belleza, sí, esa que habita, aunque no lo parezca, en el mismo epicentro del caos. Casi siempre es una frase, o una cita, o una larga reflexión, o un diálogo chispeante. Casi siempre es la palabra la que me cautiva, began-again, y me hace retirar el índice del gatillo.

Ayer, sin ir más lejos, andaba vagabundeando por Facebook, buscando-un-no-se-qué, sin una copa de manzanilla, y, posiblemente debido a esa carencia, sin un atisbo del coraje imprescindible para darme de baja y salir, por fin, de esa chisporroteante noria cansina, cuando (!maldita belleza!) apareció Carlos Herrera (ojo, el profesor de investigación del CSIC, experto en ecología evolutiva, uno de los científicos más brillantes de nuestro país) hablando de una mosca. Sí, habéis leído bien: Carlos-Herrera-el-investigador-hablando-de-una-mosca-en-Facebook. Con foto, eso sí, con una preciosa foto del bicho posado sobre una lechetrezna, como algunos serranos llaman, en román paladino, a esta herbácea silvestre (bueno, en honor a la verdad Carlos precisó que la mosca estaba visitando “flores de Euphorbia nicaeensis” en la sierra de Cazorla).

Creo que merece la pena reproducir el diálogo que a partir de ese instante los dos mantuvimos on line y sin bajarnos de la noria de Facebook, prueba palpable de que, de vez en cuando, las redes sirven, sin marearnos demasiado, para tejer algo que, además de útil, puede llegar a resultar hermoso:

Carlos Herrera (CH).-  Por mucho que nos apasione una letra del alfabeto, por ejemplo la “m” de mariposa, no podremos entender el Quijote si nuestro libro contiene exclusivamente palabras que empiecen por la letra preferida. Utilicé ayer esta analogía en mi charla a los alumnos de un curso de mariposas para transmitirles la importancia decisiva del contexto biológico para una comprensión cabal de cualquier fenómeno natural. Hoy rememoré la analogía mientras observaba a esta mosca del género Gymnosoma visitar flores de Euphorbia nicaeensis. Mientras era larva vivió dentro de una chinche Pentatomidae, a la cual mató finalmente para convertirse en esta preciosa mosca adulta. La difunta chinche que le dio la vida es parte del contexto invisible de esta foto. Sierra de Cazorla, 8 de julio de 2019.

Yo mismo (Ym).- Siempre es un placer leerte (y aprender) Carlos, demostrando que en este océano virtual además de ruido hay música. Hoy me has recordado el precioso texto de Thich Nhat Hanh dedicado a explicar el concepto de “interser” (o como dice Haskell: “No existe el individuo dentro de la biología. La unidad fundamental de la vida es la interconexión y la relación. Sin ellas, la vida termina”).

Si eres un poeta podrás ver sin dificultad la nube que flota en esta página. Sin nubes no hay lluvia, sin lluvia los arboles no crecen y sin árboles no se puede fabricar papel. Las nubes son imprescindibles para fabricar papel. Si no hubiera una nube tampoco habría una página, de modo que podemos afirmar que la nube y el papel interson. Interser es un término que todavía no está en el diccionario. Si combinamos el prefijo inter y el verbo ser obtendremos este neologismo: interser.
Contemplemos de nuevo la página con más intensidad y podremos ver la luz del sol en ella. Sin luz los bosques no crecen. En realidad, sin la luz solar no crece nada, así que podemos afirmar que ella también está en esta página. La página y la luz solar interson. Si seguimos mirándola podemos ver al leñador que taló el árbol y lo llevó a la factoría para que lo transformaran en papel. Y veremos el trigo, y por lo tanto el trigo que más tarde será su pan, el pan del leñador, también está en la cuartilla. A su vez están el padre y la madre del leñador. Mirémosla bien y comprenderemos que sin todas esas cosas la página no existiría.
Si contemplamos aún con mayor profundidad podemos vernos a nosotros mismos en esta página. No resulta un proceso muy difícil porque mientras la miramos forma parte de nuestra percepción. Vuestra mente y la mía están ahí. No falta nada, están el tiempo, el espacio, la tierra, la lluvia, los minerales y el suelo, la luz solar, las nubes, los ríos, el calor. Todo coexiste en esta página. Por eso considero que la palabra interser debería estar en el diccionario. Ser es interser. Sencillamente, es imposible que seamos de forma aislada si no intersomos. Debemos interser con el resto de las cosas. Esta página es porque, a su vez, todas las demás cosas son
”.

PD: Perdón por el ladrillo zen Carlos 😉

CH.- De ladrillo nada, es fantástico. Es lo que yo pienso sobre la naturaleza, pero bien escrito. “Interser”, sí señor, me gusta mucho la idea. Llevo varios años rumiando algo que, si tengo salud, espero escribir alguna vez, y esa idea está en el centro del asunto. Aunque no la había bautizado todavía. A ver cómo lo digo en English 🙂

Ym.- Por si te resulta útil he buscado el texto original en inglés y así es como lo dice este vietnamita: « “Interbeing” is a word that is not in the dictionary yet, but if we combine the prefix “inter” with the verb “to be”, we have a new verb, inter-be. Without a cloud, we cannot have paper, so we can say that the cloud and the sheet of paper inter-are».

CH.- Gracias Jose María. Sí, “interbeing” me suena bien. “Transbeing” podría ser una alternativa si el prefijo trans no estuviera tan “cargado” hoy en día con otras cosas. Hay un concepto bastante antiguo en ecología, propuesto por Dawkins, que es el de “extended phenotype” que se podría beneficiar también de la idea del interser. Por ejemplo, si el olor de una flor se debe no tanto a la cualidad de la planta que la produce sino a la cualidad de las levaduras que viven en su néctar, la flor sería un fenotipo floral “extendido” por un hongo. O bien, la flor “intersería” flor y hongo a la vez. Me encanta, voy a poner todo esto en mi cuaderno antes de que se me vaya el santo al cielo. Gracias otra vez.

Ym.- Fantástico !!! La idea sigue creciendo gracias a que nosotros también intersomos 😉 Y al poner el ejemplo de las levaduras del néctar se me ha venido a la cabeza el interser que habita, gracias a las levaduras, en las manzanillas de Sanlúcar, en el fino de Montilla o en un amontillado de Jerez… pero esa es otra historia.

Y ahí quedó todo, que no es poco, aunque yo seguí dándole vueltas al asunto.  Y como soy más de enología recreativa que de ecología evolutiva insistí, copa en mano, en la analogía de la manzanilla sanluqueña donde, si uno se fija lo suficientemente bien, no sólo adivinará el interser que mantienen vino y levaduras, sino que también identificará la presencia de las microscópicas diatomeas (algas unicelulares que poblaban la Andalucía sumergida de hace más de 20 millones de años) que fertilizan los suelos de albariza, atisbará la humedad dulzona del Guadalquivir, los vientos caprichosos de levante y poniente, la sal del Atlántico, las bacterias lácticas y hasta la yema, callosa, del viticultor que acarició el hollejo de las palomino camino a la bodega.

En fin. Hoy tampoco me marcho de las redes sociales, por si las moscas…

PD: Carlos Herrera será uno de los especialistas que nos acompañarán en el XIII Congreso Nacional de Periodismo Ambiental (Madrid, noviembre 2019) para explicarnos cómo comunican los científicos.

 

 

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Hace unos días, en un debate en la Facultad de Comunicación de Sevilla, me preguntaron si, frente a la emergencia climática, todavía era optimista. Creo que por vez primera confesé en público haber perdido el optimismo del que siempre he presumido. Ya no tengo argumentos lo suficientemente sólidos como para sostenerlo y no soy persona que se entregue al júbilo de un futuro mejor desde la inconsciencia. Me he convertido, contra mi voluntad, en un optimista bien (demasiado bien, por desgracia) informado.

He perdido el optimismo y me he agarrado a la esperanza, me he atado a ella como el marino que se ata al timón de un velero desarbolado en el corazón de una galerna. La esperanza se alimenta de lo inesperado, de lo inédito, de lo que nace a contracorriente desafiando la razón, de lo que se impone por encima del silencio obligado, de lo que aparece, sin esperarlo, contradiciendo al pesimismo. Greta Thunberg es esperanza. Los escolares europeos de los Fridays for Future son esperanza.

Pero justo al encenderse esta tímida luz en mitad de la oscuridad, este faro que parece indicarnos cómo sobrevivir a la galerna, es cuando más cuidado debemos tener para no recuperar, en el peor momento, el optimismo perdido. ¿Qué es lo mejor que podemos hacer los adultos para ayudar a Greta? Apartarnos de su camino, no entorpecer, no molestar y, sobre todo, no contaminar con nuestros viejos errores las nuevas esperanzas.

Resulta tentador, por ejemplo, combatir la apatía ambiental de políticos, medios de comunicación y ciudadanos recurriendo al miedo (aunque no sepamos, o no estemos muy seguros, en qué dirección debemos correr) o, peor aún, considerando que, tal vez, no sea tan mala idea empezar a aplicar estrictas y urgentes regulaciones “ecológicas”, al margen de la aprobación ciudadana, para evitar así el colapso. Por muy negro que se dibuje el horizonte (y se dibuja cada vez más negro) las dos me siguen pareciendo, como siempre he defendido, muy malas soluciones, atajos peligrosamente cercanos al ecofascismo (al ecototalitarismo, para ser más certeros en el uso del calificativo) que ya asoma las orejas y al que, mucho me temo, veremos crecer y crecer (sobre todo en las sociedades más opulentas). Ya tenemos entre nosotros, con apariencia de personas comprometidas con la conservación del medio ambiente, a unos cuantos ecofascistas que se pasean por las redes sociales como impolutos salvapatrias y sospechosos gurús sabelotodo. Y aparecerán muchos más, seguro. Ya no existen los negacionistas (nadie puede contradecir a la Ciencia), ahora sólo nos enfrentamos a oportunistas (aunque se tengan que camuflar) dispuestos a reservarse el uso exclusivo de unos recursos naturales amenazados (aunque hablen del bien común). Cuidado con los lobos con piel de cordero. Cuidado con la maldad disfrazada.

Un momento. Dejadme que me contradiga un poco (como acostumbro): quizás sea el tiempo del miedo, de acuerdo; quizás haya que mostrar, de manera descarnada, hacia dónde nos conduce tanta insensatez. Quizá sea el momento de hablar de crisis existencial porque lo que está en juego es nuestra propia supervivencia como especie (empezando, por supuesto, por los más débiles, por los desfavorecidos, por los oprimidos). Quizás sea el tiempo del miedo, pero… ¿hacia dónde corremos? El problema no puede desvincularse de las soluciones, y por eso hay que insistir en los nuevos escenarios, en los nuevos actores, en las nuevas alianzas, en los motivos para la esperanza. Hay que insistir en el diálogo. Las coincidencias son maravillosas (¡ qué seguros nos sentimos con los nuestros !) pero poco fértiles, es mucho más estimulante la discrepancia educada. Así es que debemos explorar todas las perspectivas y, sin miedo, todas las aristas de este diálogo (que son muchas). Hay que señalar hacia dónde, asustados, sería conveniente correr.

Recapitulando: ¿con miedo o sin miedo? Difícil elección. Sigo pensando, a pesar de la emergencia, que es mejor convencer que asustar, y muchísimo mejor acordar que imponer. La crisis ambiental no puede resolverse con una merma en la calidad democrática de nuestras sociedades (otra merma más, quiero decir). El fin no justifica los medios; el fin, en este caso, sólo justifica a los totalitarios de siempre, esta vez disfrazados de justicieros ambientales (¿sálvese quien pueda?). En vez de traicionar la esencia del modelo democrático lo que hay que hacer es mejorarlo, reforzarlo. Los que creemos en la democracia, con todos sus defectos y sus enormes virtudes, estamos obligados a una inmisericorde autocrítica desde la que explorar, sin miedo o asustados, nuevos modelos de gobernanza, esos que pide Greta de una manera contundente y firme; de forma poco sofisticada pero emocional y, sobre todo, radicalmente educada. No, no es necesario gritar, mejor es convencer. Con calma. Con respeto.

Amenazados por la crisis ambiental, cuando más necesarias son las redes sociales para dialogar, buscar alianzas, confrontar opiniones, potenciar las relaciones y tejer nuevos modelos de sociedad… más se esfuerzan los hooligans en hacer ruido, disparando a todo lo que se mueve, torpedeando cualquier conversación a la que no hayan dado su visto bueno. El ecofascismo tiene en el mundo virtual un magnífico caldo de cultivo. Pero no, desde la mala educación, desde la soberbia y la violencia no se puede construir un futuro mejor. Y, por favor, no me habléis de la emergencia como excusa para sacar el garrote y la imposición. Se puede ser rebelde… y educado (Gandhi). Se puede ser revolucionaria… y educada (Vandana Shiva). Se puede ser firme… y educado (Bertrand Russell). Se puede ser visionaria… y educada (Rachel Carson). La educación no está reñida con la rebelión, con la resistencia, con la protesta. No. En esto también nos está dando una lección, a los adultos, Greta Thunberg y el movimiento de escolares europeos que lidera. No los molestemos, hagámonos a un lado o, mejor aún, coloquémonos detrás, siguiendo, con respeto, su estela. No seamos como esos políticos que el día-mundial-de-lo-que-sea sostienen la pancarta que abre la manifestación-de-lo-que-sea, los que se suben a la mesa-presidencia-de-lo-que-sea, los que cortan la cinta-de-lo-que-sea.

No contaminemos con nuestro ego y nuestro cabreo la esperanza que representan Greta y millones de escolares europeos, no hagamos el gilipollas ni los convenzamos de que se conviertan en gilipollas para medrar. Ya hemos visto para que sirve la gilipollez que nos invade, esa que por no distinguir no distingue ni colores políticos.

Hay mucho abusón que se cree con derecho a ser desagradable con otros en nombre de una buena causa como la sostenibilidad, la solidaridad o la excelencia profesional”, aseguraba, fiel a una realidad que muchos consideramos familiar, el periodista Héctor Llanos cuando hace unos días entrevistaba en Copenhague al filósofo Aaron James. Y este último le contestó con otra evidencia que también constatamos muchos, demasiados, en nuestro día a día: “Exacto. En este caso, hay que olvidarse de la dicotomía derechas o izquierdas. Tenemos que centrarnos en la idea de que ser o tolerar a un gilipollas nunca favorece a un colectivo. Puede que los gilipollas logren cierto poder o control sobre las cosas, pero van a ser siempre infelices. Lo opuesto a ser gilipollas es ser feliz. Es algo que debemos enseñar a nuestros hijos”.

Los gilipollas que, siempre cabreados y mirándose el ombligo, andan vociferando por las redes sociales son el mejor ejemplo de la infelicidad humana, y el colmo es que nos la quieran imponer con el argumento que sea. No, por favor, dejadnos ser pesimistas activos y civilizados, dejadnos alimentar la esperanza para, aún en el corazón de la peor galerna, no renunciar a la democracia, ni al diálogo, ni a la justicia, ni a la educación, ni a la felicidad.

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Escuchar a Federico Mayor Zaragoza es aprender y, sobre todo, recuperar la esperanza perdida e, incluso, ese convencimiento, que a veces también se nos tambalea, que habla de un futuro mejor sin renunciar a la bondad.

“El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno y hacerlo durar, y darle espacio” (Italo Calvino, Las ciudades invisibles)

La figura del amigo común resulta decisiva en ese delicado y sorprendente entramado de relaciones que uno va tejiendo a lo largo de la vida. La existencia de un amigo común nos predispone a la confianza y hace que la nueva relación nazca de una manera más cariñosa, con menos pudores y cautelas, con el interés de descubrir si esa amistad compartida es sólo el primer anuncio de otras muchas coincidencias que servirán, en definitiva, para que siga creciendo nuestro mejor patrimonio emocional, el de los amigos, el de las amigas.

A Federico Mayor Zaragoza lo conocí gracias a una buena amiga común, María Novo, una mujer luminosa que desde hace décadas es, para muchos de los que transitamos por el universo de lo ambiental, referente imprescindible. María es uno de esos raros ejemplos en los que se combinan, con absoluta naturalidad, la ciencia y el arte, y también representa a esos pocos especialistas (y aquí me da igual la materia a la que hagamos referencia) que sin renunciar al rigor trabajan desde la bondad, la lealtad y la más atrevida creatividad. María Novo, catedrática de Educación Ambiental y Desarrollo Sostenible en la UNED, es mi amiga y, aún así, me sigo sintiendo su alumno, el discípulo, privilegiado, que sigue aprendiendo de lo mucho que siempre está dispuesta a compartir.

Compartir a su buen amigo, Federico Mayor Zaragoza, ha sido uno de sus últimos regalos. Gracias a esta conexión afectiva tuve oportunidad de disfrutar de un largo desayuno con el que fuera director general de la UNESCO, antes de que ambos, de la mano de Teresa Cruz, directora de la Fundación Descubre, participáramos en un encuentro de divulgación científica en Granada (*). Allí, con el perfil de Sierra Nevada dibujándose al otro lado del ventanal, hablamos de todo un poco, porque con este hombre, lúcido y comprometido, cualquier conversación se convierte en un recorrido apasionante por los escenarios, las épocas, los personajes, los debates, los retos, los problemas, la soluciones… que más nos preocupan (o nos deberían preocupar) a los humanos. Escuchar a Federico es escuchar, parafraseando a Calvino, a quien, en medio del infierno, de los muchos infiernos por los que seguro ha debido transitar, no es infierno, reconocer a quien mira el lado oscuro de la existencia y no se deja contaminar por él, a quien se enfrenta a la injusticia, sin abandonar la firmeza, desde la sensatez y la bondad.

Nada más comenzar ese desayuno Federico puso sobre la mesa el valor de la filosofía en el terreno de la ciencia, de la buena ciencia, y también subrayó la responsabilidad del científico y su papel, decisivo, en una sociedad democrática que aspira a la felicidad. Hace casi seis décadas, recordó, ya recomendaba a sus alumnos de Bioquímica que leyeran filosofía, causando, supongo, el lógico desconcierto entre los futuros farmaceúticos. Citó entonces a Francisco Giner de los Ríos en su defensa de la filosofía y las enseñanzas artísticas “para dirigir con sentido la propia vida“, y yo no pude evitar referirme a Bertrand Rusell, al que había venido releyendo (“La conquista de la felicidad”) en el autobús que me llevó a Granada: “El secreto de la felicidad es este: que tus intereses sean lo más amplios posibles y que tus reacciones a las cosas y personas que te interesan sean, en la medida de lo posible, amistosas y no hostiles“.

Quizá lo tengo siempre en la mesilla de noche porque cuando duermo también me habla y alimenta mis sueños.

Como quiera que Federico no conocía este pequeño ensayo de Russell decidí regalarle el ejemplar que yo mismo me regalé con motivo de mi cincuenta cumpleaños. Me pareció un gesto sencillo con el que, a través de un libro (¿existe mejor complicidad que la de un libro?), podríamos lanzar otro hilo en esta urdimbre que ya nos une (el libro, por cierto, debe de estar en Madrid, o en Zurich, o en Roma, o en Nueva York, o en vaya-usted-a-saber la ciudad de esa extensa nómina de urbes que Federico sigue visitando con una vitalidad envidiable).

De ese ensayo conservo bastantes apuntes, entre los que se cuentan algunos que ya he compartido en este blog (como el dedicado a los turbios apóstoles de la destrucción, tan presentes y tan cansinos), así es que no me ha resultado difícil localizar una nueva entrega para sumar a esta desmedida devoción, compartida, por Rusell, devoción que hoy adquiere un matiz singular porque no todos los días tiene uno el privilegio de disfrutar de un desayuno pausado con alguien que ha hecho de su vida el mejor ejemplo de que la felicidad no es una utopía sino el objetivo al que deben dedicarse, de manera pacífica y dialogante, los mejores esfuerzos de la comunidad internacional, esa en la que tanto necesitamos a personas como Federico Mayor Zaragoza. A pesar de que en esa conversación con sabor a café transitamos por escenarios complejos (Cataluña, el Brexit, Trump, el cambio climático, la inmigración…) no hubo en su discurso ni el más remoto atisbo de violencia, de rencor, de soberbia, de autoritarismo… La rotundidad con la que Federico se enfrenta a las injusticias está teñida con la misma humanidad y el mismo pacifismo que llevó a Rusell a la cárcel, así es que estoy convencido de que Bertrand y Federico son buenos compañeros de viaje y que el libro, ese que me regalé y le regalé, también debe estar disfrutando de ese encuentro.

La desigualdad no se puede vencer desde la infelicidad como muchos quieren hacernos creer. La felicidad no se puede alcanzar desde la violencia.

PD: Vaya-usted-a-saber a dónde a ido a parar Bertrand de la mano de Federico, pero en casa sigue estando, porque me lo volví a regalar al día siguiente para así colocarlo de nuevo junto a la almohada, ese lugar, cercano, desde el que Rusell sigue recordándome que la maldad puede combatirse desde la bondad, y que el ego desbocado, la envidia o el rencor hay que dejárselos a los malvados para que, prisioneros de esos demonios, se consuman en sus infiernos cotidianos (si puede ser a cierta distancia, a una distancia prudente, de las buenas personas).

Aunque es cierto que la envidia es la principal fuerza motriz que conduce a la justicia entre las diferentes clases, naciones y sexos, también es cierto que la clase de justicia que se puede esperar como consecuencia de la envidia será, probablemente, del peor tipo posible, consistente más bien en reducir los placeres de los afortunados y no en aumentar los de los desfavorecidos“. (La conquista de la felicidad, Bertrand Rusell).

(*) Próximamente en iDescubre y en Canal Sur Televisión.

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Me gustan los solares salpicados de malas hierbas, las veredas en desuso, los matojos que se abren paso entre el hormigón, los insectos que se atrincheran en cualquier descampado… (Foto: José Mª Montero)

“Wildlife is and should be useless in the same way art, music, poetry and even sports are useless. They are useless in the sense that they do nothing more than raise our spirits, make us laugh or cry, frighten, disturb and delight us. They connect us not just to what’s weird, different, other, but to a world where we humans do not matter nearly as much as we like to think. And that should be enough” (Useless creatures, Richard Conniff en The New York Times)

A ojos de la soberbia humana es difícil contemplar la naturaleza desde la óptica de la más absoluta inutilidad, esa a la que se resisten, incluso, algunos (quizá demasiados) conservacionistas. La luminosa argumentación de Conniff en ese artículo, imprescindible, es la misma que nos plantea David G. Haskell cuando describe, mezclando poesía y biología, un metro de bosque o cuando relata las alucinantes partituras (ocultas) en las que se inspiran las canciones de los árboles. La que encontramos en la inteligencia vital  de Jordi Pigem, esa que se expresa en un territorio difuso que, sorprendentemente, comparten Dalí (“La naturaleza es sobrenatural“), Darwin (“La naturaleza se esmera en crear las formas más bellas y maravillosas“) y Schrödinger (“La base de la realidad no es la materia, es la conciencia“). La que Bruce Chatwin descubrió en la compleja, y aparentemente absurda, cosmogonía de los aborígenes australianos: demasiado extraña, demasiado hermosa. La misma con la que el Zen defiende el “no-sé”, esa mirada abierta, clara, del principiante, la mirada del asombro, la que sólo atiende a lo bello y emocionante, nunca a lo útil.

Defender la utilidad de la naturaleza, desde una trinchera o desde la contraria, es tan reduccionista como peligroso. El postmaterialismo del que habla, entre otros Pigem, es una forma de enfrentarse a esta exaltación de lo útil que es, en definitiva, uno de los síntomas más llamativos de una crisis de percepción, planetaria, donde lo fundamental se obvia en favor de lo accesorio.

No me gusta la naturaleza domesticada. Me gusta el desorden de lo vivo. La mejor manera de olvidarse de lo feo es acercarse a la belleza… espontánea y caótica (Foto: José Mª Montero)

En las ciudades, incluso en las áreas rurales que rodean a las grandes urbes, la naturaleza se ha domesticado hasta el punto de que sólo se considera como tal cuando se ha transformado en un elemento tan humano y útil como una carretera o un polideportivo. La naturaleza se llama “jardines”, “zonas verdes” o “parques”, y lo que no se ordena en esos espacios útiles, y previsibles, no es naturaleza. Pocos son los que elogian los solares salpicados de malas hierbas, las veredas en desuso, los matojos que se abren paso entre el hormigón, los insectos que se atrincheran en cualquier descampado…

Una gota, dos gotas, tres gotas, cuatro gotas… En mi jardín. (Foto: José Mª Montero).

No me gustan los jardines donde todo obedece a un plan, por eso si hay un exceso de orden busco el caos reduciendo la escala, acercándome a lo pequeño, fisgoneando en lo diminuto, allí donde no llega el afán utilitario de los jardineros. Me gustan las gotas de rocío, los hormigueros, las grietas, las hojas muertas, las telas de araña. Me gusta la flora oportunista (qué acertada definición) a la que acuden orugas, mariposas y aves; la que da soporte a los insectos que persiguen las lagartijas y salamanquesas, que entran y salen de mi casa con desparpajo, o los murciélagos que nos rondan, sigilosos, en el ocaso.

Me gusta el desorden y la inutilidad de la vida.

Un buen ejemplo de naturaleza hermosa e inútil, la que se expresa entre las grietas del hormigón… (Foto: José Mª Montero)

 

 

Lo que sabemos con certeza de este gran universo cambiante es muy limitado. No todo obedece a un plan. Casi nada es previsible.

Pura inutilidad. Pura sorpresa. Pura vida.

 

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Como en un diminuto bosque de ribera sobre el musgo se levantan microscópicos troncos anaranjados buscando los primeros rayos de sol. Es lo que encontré sobre la piel cobriza de la tinaja un sábado de invierno (Foto: José María Montero)

“La belleza ecológica no es el estímulo estético o la novedad sensorial. Una comprensión de los procesos de la vida subvierte a menudo esas impresiones superficiales. (…) Puede que la comunidad microbiana bajo nuestros pies sea más complejamente bella que una puesta de sol en la montaña, obvia en su grandiosidad. Puede que en la podredumbre y las capas de suciedad encontremos lo sublime viscoso. La estética ecológica es eso: la capacidad de percibir belleza en la relación sostenida y encarnada en el seno de una parte concreta de la comunidad de la vida” (Las canciones de los árboles. Un viaje por las conexiones de la naturaleza, David George Haskell).

Esta es la tinaja en cuya piel de barro crece un bosque microscópico. Lleva con la familia más de un siglo, apenas un suspiro en la escala temporal de las tinajas habitadas… (Foto: José María Montero)

La tinaja, uterina y rechoncha, acompaña a la familia desde hace más de un siglo. La cocieron en alguno de los alfares cuyas ruinas sestean junto al arroyo, en la vereda de los Huertos de la Virgen, en este rincón de la Sierra Morena cordobesa. Tiene algunas heridas, suturadas con grapas herrumbrosas, y esconde el lago oscuro que las pocas lluvias de este invierno han alimentado en su panza. Ya no almacena vino ni guarda aceite. Ni siquiera se mantiene en pie: la dejaron tumbada en el prado que se abre frente a la casa, a la vista del porche, como si ya no tuviera otra función, ni más uso, que el de servir de adorno.

Los musgos son los bosques-isla de esta campiña cocida en un viejo alfar (Foto: José María Montero).

Y es cierto que su perfil, y el ocre de las arcillas con que se modelaron sus curvas, añade un suave rasgo de humanidad, de primitiva humanidad, al paisaje, y lo hace, si cabe, más hermoso. Pero, como ocurre con tantos otros elementos que salpican este raso de Los Linares, es mucho más lo que la tinaja oculta que lo que muestra, y aunque no es fácil reparar en ese llamado –porque es susurro que el viento compone, a su capricho, cuando roza los labios de barro dormido –, su boca, abierta en mueca de asombro, pide que nos acerquemos, que nos acerquemos un poco más, que rocemos su piel, la piel habitada, la rugosa superficie cobriza en la que crece ese bosque que casi nadie conoce, la selva escondida, el microcosmos en el que la naturaleza se multiplica (y se repite, a diferentes escalas) lejos de la mirada (ciega) de los humanos, esa que no distingue la más humilde expresión de la vida.

Estos son los delicados y diminutos tulipanes que se alzan sobre las encrespadas hojas del musgo (Foto: José María Montero).

Lo que parecían irrelevantes manchas verdosas se convierten, cuando el ojo se acerca, en tupidos matorrales (gametófitos) entre los que se alzan árboles anaranjados (esporófitos) cuyas copas se encierran en cápsulas (esporangios) que atesoran las esporas del musgo. Los hay esbeltos y ordenados, como si quisieran recordarnos un bosque de ribera, y otros de líneas curvas y transparencias propias de los más delicados tulipanes. Las algas y hongos que desde hace millones de años viven en simbiosis tapizan los labios de la tinaja, líquenes abrasados por el sol mediterráneo que sobreviven como una triste capa de ceniza hasta que, milagrosamente, se hinchan al contacto con las gotas de rocío para dibujar botones y cálices de un amarillo chillón. Y este derroche de vitalidad, este despliegue de recursos cromáticos, formas extravagantes y estrategias radicales de supervivencia, se manifiesta, insisto, a espaldas de los humanos que, aunque también son piezas de este entramado, andan en otros menesteres, mirando al cielo o mirándose el ombligo, ajenos al espectáculo gratuito que las criptógamas han montado en la tinaja familiar.

Es un microscópico bosque de ribera con árboles anaranjados que brotan entre los matorrales (Foto: José María Montero).

Los que sí saben de su existencia son algunos pájaros que aprecian el amargor de los líquenes, los minúsculos artrópodos (colémbolos) que se sienten atraídos por el perfume del musgo (un reclamo sexual con el que consiguen diseminar su material genético) o las semillas de otros vegetales que aprovechan estos reductos de humedad para germinar.

Vuelve a sorprenderme, como tantas otras veces, la sincronía de la literatura y la experiencia, de lo leído y lo vivido: después de varias décadas de paciente espera la tinaja me reveló su secreto el fin de semana en el que comencé a leer Las canciones de los árboles, de David George Haskell. ¿Y cómo comienza este ensayo de botánica-poética que se ha venido conmigo desde Madrid hasta Los Linares?  Primera frase: “El musgo ha echado a volar, elevándose sobre unas alas tan finas que la luz apenas se da cuenta de la travesía”.

La luz, y la mirada, cómplices en la búsqueda de las redes, casi invisibles, de la vida.

Cuando el ojo se acerca es fácil entender que todo está conectado, que todo tiene sentido, que la individualidad sólo conduce a la extinción.

Cuando la mirada se detiene (lejos de tantas distracciones) es capaz de leer lo que jamás pensó que estaba escrito en la rústica superficie de una vieja tinaja familiar.

El musgo ha echado a volar…

Es suficiente con unas gotas de rocío para que de la ceniza nazca fuego. Los líquenes atesoran la paciencia de los hongos y la sensualidad de las algas (Foto: José María Montero)

“Y esta nuestra vida retirada del bullicio público/ descubre idiomas en los árboles, libros en los arroyos, / sermones en las piedras y el bien en todas las cosas” (Como gustéis, William Shakespeare).

PD: Hace tiempo que dejé en el cajón mi Canon G8 convencido de que la mejor cámara de fotos es la que siempre llevas en el bolsillo. El microcosmos de esta tinaja lo retraté con mi móvil, un Samsung S8+, sin accesorios, a pulso. Claro que, dos días después, cautivado por estas imágenes, ya me había comprado un sencillo macro para adaptárselo al teléfono…

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