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Archive for the ‘hemeroteca’ Category

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Arriero junto a los Peñones de San Francisco, en Sierra Nevada (archivo del diario Ideal de Granada Link: goo.gl/dAkkhI)

Hace unos días, y de la mano de la Fundación Descubre, organicé un interesantísimo debate en torno al futuro de la nieve en la alta montaña andaluza, cuestión íntimamente relacionada con el impacto del cambio climático en nuestra región.

Repasando alguna documentación que pudiera ilustrar el diálogo (ya disponible en el último número de la revista de divulgación iDescubre) recordé el reportaje que, hace algún tiempo, firmé para el diario El País, y en el que explicaba el negocio que en torno a la nieve se desarrolló en tierras andaluzas aplicando técnicas que ya se conocían hace más de tres mil años.

Las primeras pruebas documentales del comercio de nieve se remontan mil años antes de Cristo, cuando en los sótanos de algunas viviendas chinas se almacenaba hielo en invierno para consumirlo en verano. Los romanos organizaban caravanas de nieve desde los Apeninos, y en la Edad Media eran los árabes los que transportaban este material desde las montañas del Líbano hasta los palacios de los califas en Damasco y Bagdad.

En la primavera de 1624 se celebró, en lo que hoy es Parque Nacional de Doñana, uno de los festejos reales más sonados de la historia de España. El Duque de Medina Sidonia celebró una monumental cacería en honor de Felipe IV a la que asistieron 1.200 invitados. Las crónicas relatan cómo, para mantener en buen estado los manjares que se transportaron desde diferentes puntos de la región, todos los días llegaban al corazón de las marismas del Guadalquivir, procedentes de la serranía de Ronda, seis cargas de nieve a lomos de cuarenta y seis mulas.

Cuando aún no existían métodos artificiales de refrigeración la nieve acumulada en los puntos más elevados de las comarcas serranas constituía un elemento muy codiciado, no sólo para la conservación de determinados alimentos o la elaboración de refrescos y helados, costumbre que se había extendido entre las clases más pudientes, sino también por sus aplicaciones médicas, ya que se juzgaba imprescindible en el alivio de hemorragias e inflamaciones, y hasta en el tratamiento de la peste.

A mediados del siglo XVII el comercio de la nieve estaba ya más que desarrollado en numerosos puntos del país. Málaga era entonces una de las ciudades que, por su actividad portuaria, demandaba grandes cantidades de nieve. Ésta se obtenía de la que entonces era conocida como sierra de Yunquera, y en particular en el denominado Puerto de los Ventisqueros, a 1.600 metros de altitud.

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Pozo de nieve en el Puerto de los Ventisqueros (Tolox, Parque Natural de la Sierra de las Nieves, Málaga).

Cuando los inviernos eran benignos y escaseaba este recurso en los términos municipales de Yunquera y Tolox, hoy incluidos en el Parque Natural de la Sierra de las Nieves, los comerciantes trasladaban su actividad a la más lejana sierra de Tejeda, en la Alta Axarquía, donde algunos picos, como el de la Maroma, rebasan los 2.000 metros de altitud.

Los neveros no sólo trabajaban en las serranías malagueñas, también operaban en distintos puntos del macizo de Sierra Nevada, donde la disponibilidad de este recurso era mucho mayor, en la cercana sierra de Baza y en diferentes localidades de las serranías jienenses.

Las técnicas que se emplearon en Andalucía para la conservación y transporte de nieve eran similares a las que, siglos atrás, habían desarrollado griegos y romanos, que comprimían este material en pozos practicados en las zonas más elevadas, cubriéndolos con pasto, paja y ramas de árboles. Los primeros manuales que describían el aprovechamiento de este material vieron la luz en Sevilla en el siglo XVI.

Cuando en el siglo XVII la explotación de la nieve experimentó un auge en Andalucía, las condiciones climáticas eran diferentes a las que hoy conocemos y hacían posible que este recurso fuera abundante en lugares en los que hoy escasea. La misma sierra de las Nieves no registra ahora ni las temperaturas ni las precipitaciones que hace unos 300 años la convirtieron en uno de los territorios más apreciados por los neveros.

La conocida como Pequeña Edad del Hielo, periodo que se inició en los siglos XV-XVI, fue la responsable de esta abundancia de nieve en latitudes en las que hoy apenas aparece.

 

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Aunque a veces, salpicada de azul y batida por el oleaje de arena, parezca lo contrario, Doñana no es una isla…

 

En la primavera de 1987 le pedí a Miguel Delibes que escribiera un artículo para la recién nacida revista “Medio Ambiente”, un boletín muy modesto en sus orígenes en el que, sin embargo, se fueron esbozando las líneas maestras de aquella pequeña revolución ambiental que, en Andalucía, vino de la mano de la recién creada Agencia de Medio Ambiente (AMA). La revista, que puse en marcha en el invierno de 1986, era el escaparate de un organismo que resultaría decisivo  en la historia de la conservación española, y en el que tuve el privilegio de trabajar como periodista y responsable de su Unidad de Divulgación.

El artículo de mi buen amigo Miguel Delibes (Conservación de la naturaleza en la sociedad de consumo) no hizo mucha gracia en los pasillos del poder, pero se publicó (¡faltaría más!). En un momento en el que recibíamos todo tipo de críticas, y en el que plantear cualquier acción que implicara ordenar los aprovechamientos sobre un territorio natural valioso se consideraba un triunfo del ecologismo más radical, el texto de Miguel cayó como un jarro de agua fría porque, con la libertad de opinión que siempre ha sido seña de identidad de este biólogo comprometido, cuestionaba algunas de las estrategias que estaba llevando a cabo la Administración (incluso la más vanguardista, como era el caso de la AMA).

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Las ventajas de tener, en casa, una hemeroteca medio ordenada… Este es el artículo original de Miguel Delibes (Revista Medio Ambiente, Andalucía, Verano 1987).

Algunos párrafos de aquel artículo resumen, de forma simplificada pero nítida, la tesis de Delibes, esa misma que hoy traigo aquí porque, casi 30 años después, y al hilo de lo que está ocurriendo estos días en Doñana, sigue siendo pertinente e incómoda :

La naturaleza entendida como conjunto es difícil de consumir y por tanto de vender (…). Así pues, no es raro que una tala de árboles o el con frecuencia inadmisible nivel de contaminación de los ríos, o la creciente rarificación de algunas especies, apenas merezcan unos comentarios en los periódicos y unas declaraciones más o menos retóricas de los ecologistas. Pero amigo, ¿qué ocurre si esos mismos árboles se cortan en el Parque Nacional de Doñana o sus alrededores?

(…) Si los árboles (¡o los patos!) mueren en Doñana, se llenarán páginas y páginas de los periódicos, recurrirán los ecologistas a las instancias internacionales, interpelarán con más o menos gracia los políticos en el Parlamento, etc. etc. Si los árboles llegan a morir en Doñana, será la guerra. (…) ¿Extrañará a alguien que para los profanos conservar Doñana sea sinónimo de conservar la naturaleza, mientras asisten impasibles, cuando no son protagonistas, a las mayores tropelías en su entorno inmediato?

(…) Desde mi punto de vista dedicarse de verdad a conservar es una tarea compleja y con frecuencia poco brillante, pues debe tender justamente hacia la uniformidad en las medidas, controles y resultados. Hay que intentar, decía alguien, “desparquerizar” los parques y “parquerizar” el resto de la naturaleza, aunque sea difícil ponerle un nombre a esa mezcla y hacerla noticia de primera plana“.

Hace casi 30 años que Miguel escribió estos párrafos, los que ayer mismo recordé para, modestamente,  convertir sus tesis, que son las tesis de muchos otros especialistas, en “noticia de primera plana”. Cuando en La Tertulia de Canal Sur Televisión me pidieron que analizara la oportunísima campaña de WWF en defensa de Doñana, y que lo hiciera en muy pocos minutos, puse el acento en dos ideas básicas, aptas para todos los públicos, que ya latían en aquel artículo:

Doñana no es una isla. De poco sirve “blindar” con todo tipo de figuras (Parque Nacional, Parque Natural, Reserva de la Biosfera, Patrimonio de la Humanidad…) el territorio más valioso de esa comarca si su entorno inmediato no se ajusta a un modelo de desarrollo sostenible, de bajo impacto, compatible con la conservación de ese corazón verde. Lo dijo la Comisión Internacional de Expertos que en 1992 analizó la mejor manera de conservar Doñana sin sacrificar el desarrollo socioeconómico de su entorno, lo defendió en el documento que viajó hasta Bruselas para buscar financiación europea que hiciera posible esa transición. Todos estaban de acuerdo (o casi todos). Todos (o casi todos) lo han olvidado.

En la naturaleza 1+1 casi nunca suman 2. Con demasiada frecuencia esta operación da como resultado 11 o una cifra aún mayor. No podemos contemplar las amenazas que cercan Doñana (pozos ilegales, dragado del Guadalquivir, minas de Aznalcóllar, depósito subterráneo de gas…) como la suma, simple, de una serie de impactos tomados de uno en uno, sino como un auténtico torbellino de alteraciones que se multiplican, casi sin límite, al estar unas en presencia de otras. Quizá por eso algunos proyectos se fragmentan de manera sospechosa en diferentes actuaciones (más pequeñas y aparentemente inconexas) a la hora de someterlos a la obligada Evaluación de Impacto Ambiental.

Permitidme que vuelva a inspirarme en Miguel Delibes y en la que yo llamo su metáfora de la lavadora. Imaginemos que cada cierto tiempo retiramos la lavadora que todos tenemos en casa para limpiar la suciedad que se acumula bajo este electrodoméstico. Encontraremos pelusas, restos de vasos rotos, alguna porción de comida momificada y también una tuerca, o un tornillo, o una pequeña arandela. Como no sabemos de dónde salió esa pieza (aunque suponemos que es de la lavadora) sencillamente la tiramos a la basura, con la tranquilidad de conciencia que da saber (o más bien creer) que la lavadora sigue funcionando sin fallos aparentes. Cada cierto tiempo repetimos la operación de limpieza y vuelven a aparecer otras piezas que juzgamos intrascendentes, piezas que también van a la basura, hasta que un día la lavadora deja de funcionar, así, de pronto, sin avisar… Bueno, en realidad nos estaba avisando de la catástrofe, pieza a pieza, pero no le hicimos caso. ¿Cuál fue la pieza decisiva que precipitó la muerte de la lavadora? Todas y ninguna en particular. ¿Qué hacemos para que vuelva a funcionar la lavadora? ¿Alguien sabe cómo se colocan esas piezas, dónde estaban situadas? Pero, lo que es más grave aún, ¿alguien conserva esas piezas, sabe dónde las venden (si es que las venden) o tiene a mano una lavadora exactamente igual para comprobar en dónde está el corazón del problema y su correcta solución?

El corazón del problema no es otro que la desidia, la inconsciencia y, sobre todo, la soberbia de pensar que seremos capaces de sustituir o prescindir de lo insustituible e imprescindible.

PD: Ayer traté de explicarme en el primer informativo de la mañana (Buenos Días) de Canal Sur Televisión.  Hablé del QUIÉN, de la ESCALA, de los VÍNCULOS y de las SUMAS. Son cuatro ideas, sencillas, muy claras, pero sobre las que hay que insistir, e insistir, e insistir…

PD: Los que hayan tenido la paciencia de ver la entrevista hasta el final habrán comprobado que hubo tiempo, incluso, para un zasca. A mi no me gustan los zascas, advierto, porque prefiero el debate sosegado, pero hay tesis, arcaicas e insostenibles, que sólo admiten una réplica contundente, rápida e incuestionable. No, la naturaleza nunca es un castigo, más bien ocurre todo lo contrario: nosotros sí que somos un castigo para la naturaleza.

 

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En las marismas del Guadalquivir no vivía ninguna especie de cangrejo de agua dulce hasta que en 1973 se introdujo, de manera intencionada, el cangrejo rojo americano.

Cuando se detecta la presencia de una especie exótica en un ecosistema alejado de su lugar de origen los especialistas aconsejan la inmediata erradicación de la misma, al objeto de evitar el impacto que podría causar en la supervivencia de animales o plantas autóctonas. Algo lógico a la vista de los múltiples ejemplos sobre el efecto letal que estas invasiones pueden llegar a causar en determinados enclaves.

Esta estrategia suele fracasar en numerosas ocasiones debido a las dificultades que plantea el exterminio de ciertas especies que, en poco tiempo, logran multiplicarse hasta colonizar grandes extensiones de terreno. Además, cuando esto ocurre y la invasión se prolonga en el tiempo, surgen vínculos, desconocidos hasta ese momento, entre los especimenes exóticos y el ecosistema en el que se han instalado. Puede manifestarse entonces la paradoja de que ciertas especies autóctonas comiencen a depender del invasor y, en ese caso, la erradicación no sólo es dificultosa sino que también es desaconsejable, al menos hasta conocer ese nuevo entramado biológico.

En las marismas del Guadalquivir no vivía ninguna especie de cangrejo de agua dulce hasta que en 1973 se introdujo, de manera intencionada, el cangrejo rojo americano, cuyos primeros ejemplares procedían de Louisiana (EEUU). Este crustáceo exótico no solo se adaptó sin problemas a su nuevo hábitat sino que comenzó a multiplicarse a gran velocidad. En 1982 se capturaron ya tres millones de kilos, lo que suponía alrededor de 250 millones de individuos, con una densidad que llegaba a superar los 50 animales por metro cuadrado. Hoy está presente en toda la zona marismeña y es objeto de un notable aprovechamiento pesquero; y es precisamente esta última circunstancia la que ha originado un contundente rechazo a la reciente sentencia del Tribunal Supremo que considera al cangrejo rojo especie invasora a todos los efectos, lo que supone la prohibición genérica de posesión, transporte, tráfico y venta de ejemplares vivos o muertos, incluyendo el comercio exterior. Un golpe terrible a una actividad económica que mueve cada año 20 millones de euros y genera más de 150.00 jornales.

Pero aunque la decisión del Supremo sea intachable desde el punto de vista jurídico, no lo es tanto desde el punto de vista socioeconómico y tampoco, aunque resulte paradójico, lo es desde la perspectiva ecológica, incluso si consideramos que esta última es la que justifica la sentencia.

La proliferación de esta especie invasora siempre se ha evaluado de manera negativa, al considerar que el cangrejo rojo ha causado profundas alteraciones en los ecosistemas marismeños y, en particular, en los terrenos protegidos de Doñana. No hay duda de que en este espacio natural se han modificado algunas variables como consecuencia de la invasión de este invertebrado, pero poco se sabía, hasta hace una década, de estas modificaciones, atendiendo tanto a las desventajas como a las ventajas.

Focha común alimentándose de cangrejos rojos (Foto: Rafael Pereiro)

Esta nueva forma de contemplar el problema quedó reflejada en un estudio que, ya en 2004, firmaban Zulima Tablado y Fernando Hiraldo, investigadores de la Estación Biológica de Doñana (EBD-CSIC), para los que resultaba imprescindible “conocer el papel que está desempeñando este invertebrado en los ecosistemas marismeños”.

Una revisión exhaustiva de los comportamientos alimenticios de más de 40 especies animales, autóctonas de las marismas y potenciales consumidoras de cangrejos, ha permitido desvelar algunos de esos vínculos tejidos entre el invasor y los nativos, de manera que han podido establecerse algunos de los efectos de esta relación y, en particular, su incidencia en el aumento o disminución de las poblaciones de las especies autóctonas.

No hay duda, señalan Hiraldo y Tablado, de que el cangrejo rojo “es ahora una especie clave en este territorio”, ya que sirve de alimento a un buen número de animales autóctonos. Dependiendo del periodo del año analizado, entre 13 y 18 especies, contando aves, reptiles, mamíferos y peces, consumen cangrejos en proporciones medias o altas. Aunque la aparición de esta nueva presa ha provocado la respuesta de un buen número de especies, estas, precisan los investigadores, “no han modificado sus estrategias de búsqueda de alimento”. Sencillamente, para muchos de estos predadores el cangrejo rojo se ha convertido, por su tamaño, en la presa más rentable desde el punto de vista energético.

La presencia de este alimento, desconocido en la marisma hasta hace treinta años, ha influido en las poblaciones de sus predadores, algo que, por vez primera, demostró de forma clara el trabajo de estos biólogos. En lo que se refiere a las aves, precisaban Hiraldo y Tablado, “los predadores de cangrejo, de los que existían datos sobre la evolución de sus poblaciones, se han incrementado más que otras especies”. Y algo parecido ha ocurrido con especies de las que sólo te tienen referencias de sus tendencias poblacionales, como es el caso de la nutria.

Gaviota sombría tras la captura de un cangrejo rojo (Foto: Gonzalo Criado)

Pero llegados a este punto surge la paradoja. El incremento en las poblaciones de algunas aves, por más que se trate de especies protegidas, puede acarrear una mayor presión sobre algunos otros animales presentes en su dieta, circunstancia que podría terminar por desequilibrar el sistema. Es decir, el cangrejo, de forma indirecta, puede inducir a la desaparición de otros animales valiosos.

Este no deja de ser un escenario pesimista ya que cabe otra interpretación. Quizá, precisan los investigadores, “nos encontremos en un periodo de ajuste entre predadores y presa, de manera que termine alcanzándose un punto de equilibrio distinto al actual, en el que los cangrejos desciendan por efecto de sus predadores y posteriormente estos también rebajen su número para mantenerse en densidades aceptables”. Se conseguiría así una suerte de “control biológico natural”.

Admitiendo ambas hipótesis lo cierto es que los especialistas siguen investigando hacia donde va a evolucionar esta situación, por lo que, en definitiva, estos y otros trabajos similares invitan a nuevas pesquisas, de manera que la influencia del cangrejo pueda modularse en beneficio de las especies autóctonas, empezando, quizá, por los humanos que han hecho de su aprovechamiento una fuente de riqueza en una comarca muy castigada por el desempleo.

POSTDATA: COMPETICIÓN APARENTE

Hasta hace pocos años los especialistas sólo atendían a los efectos directos que las especies invasoras podían causar en los ecosistemas que les daban cobijo. Pasaban así inadvertidos los impactos indirectos que, aunque menos evidentes y a más largo plazo, pueden llegar a causar profundas alteraciones.

Muchos de estos efectos ocultos tienen su base ecológica en el fenómeno conocido como “competición aparente”, mecanismo que es el que han estudiado en Doñana, y con referencia al cangrejo rojo, Fernando Hiraldo y Zulima Tablado. Con frecuencia, si hacemos caso al previsible desarrollo de este fenómeno, la aparición de una nueva presa, como es el caso de este crustáceo americano, provoca en los animales que la consumen primero una respuesta funcional y luego una numérica.

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Los primeros ejemplares de cangrejo rojo llegaron a Doñana procedentes de Louisiana (EEUU) y no solo se adaptaron sin problemas a su nuevo hábitat sino que comenzaron a multiplicarse a gran velocidad.

Es decir, al principio los predadores disminuyen su presión sobre los animales autóctonos que habitualmente forman parte de su dieta porque incorporan cantidades importantes de la nueva especie exótica. De esta manera aumentan las poblaciones de los predadores con lo que, en una segunda fase, se incrementa la presión sobre las presas autóctonas, anteriormente favorecidas. Si estas cuentan con poblaciones reducidas la nueva situación puede resultar catastrófica.

Para complicar aún más el panorama, los predadores, que han multiplicado sus efectivos gracias al nuevo aporte de alimento, pueden convertirse a su vez en presas de otros animales que acudan atraídos por esta explosión poblacional. La eterna tensión entre ganadores y perdedores, donde los papeles se pueden intercambiar con suma facilidad. Es suficiente un pequeño cambio en el sutil equilibrio de un ecosistema para desencadenar todo este torbellino.

En definitiva, la aparición de una especie exótica supone en muchos casos el inicio de una compleja cadena de alteraciones y desequilibrios difíciles de precisar si no es mediante una investigación minuciosa, algo que raramente se incorpora a una sentencia judicial…


 Epílogo (por ahora): Un blog, aunque parezca lo contrario, lo hacen sus lectores, así es que las oportunas observaciones de un lector me hacen precisar el título, añadiendo dos signos de interrogación, y también citar el trabajo de Pepe Tella (y otros) que en 2010 certificaron las observaciones de Hiraldo y Tablado pero añadiendo el matiz del desequilibrio en la cadena trófica con lo que su balance final era negativo. To be continued…

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Terremoto

¿Existen animales capaces de predecir los terremotos? Lo que se consideraba fruto de la superstición parece ser, sin embargo, una muestra más de la minuciosa capacidad de observación de las poblaciones rurales, muy atentas al comportamiento de los seres vivos con los que conviven a diario.

 

Los terremotos que, desde el pasado mes de diciembre, se vienen registrando al sur del Mar de Alborán, y que se han dejado sentir en numerosas localidades andaluzas, han puesto una vez más de manifiesto las limitaciones a las que se enfrenta la Ciencia cuando trata de predecir este tipo de fenómenos naturales. Aún en zonas de elevado riesgo sísmico, plagadas de sensores y vigiladas de forma permanente, se producen temblores inesperados que pueden llegar a ser catastróficos. Curiosamente, científicos andaluces describieron, hace ya más de quince años, cómo algunos animales perciben los terremotos, incluso antes de que estos se produzcan, y cómo esta cualidad se refleja en su comportamiento o en el metabolismo de alguno de sus órganos vitales, aunque no fueron capaces de precisar el funcionamiento exacto de este sistema de alerta natural.

Nadie suele otorgar rigor científico a los relatos, muy extendidos en el medio rural, en los que determinados animales se convierten en profetas de una catástrofe. En el caso de los terremotos es frecuente oír hablar de pájaros que cantan en plena noche, perros que no dejan de aullar en tono lastimero, caballos que se muestran excitados sin motivo o roedores que abandonan precipitadamente sus madrigueras. Comportamientos anómalos a los que sigue, si hacemos caso a la tradición oral de muchos de nuestros pueblos, un movimiento sísmico de cierta importancia.

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La observación del comportamiento animal fue decisiva para predecir el terremoto de Liaoning (China, 1975).

Esta creencia no es exclusiva de nuestro territorio. Cuando las autoridades chinas, tratando de profundizar en el conocimiento de los terremotos, revisaron todas las citas históricas en las que se hacía mención a uno de estos fenómenos encontraron argumentos similares. En la mayoría de los casos, los cronistas anotaban comportamientos extraños en algunos animales antes de producirse el temblor. Ya que esta afirmación se repetía en numerosos documentos, y a lo largo de varios siglos, se llevó a cabo un ambicioso experimento. Durante el verano de 1974, y en la provincia de Liaoning, en Manchuria, los sismógrafos advertían de una importante actividad que podía interpretarse como el anuncio de un gran terremoto. A la población se le pidió que comunicara cualquier anomalía relacionada con el comportamiento de los animales, y se reclutó a un grupo de más de 100.000 voluntarios para que transmitieran sus observaciones. Pasados seis meses comenzaron a acumularse los relatos de extraños hechos: reptiles que despertaban de su letargo invernal y aparecían muertos sobre la nieve; ratas que salían por docenas de sus escondites en pleno día; caballos que huían despavoridos de los establos o gallinas que, asustadas, se encaramaban a la copa de los árboles. Los especialistas interpretaron que el temblor estaba cerca y organizaron un minucioso plan de evacuación. El 4 de febrero de 1975, pocas horas después de que la población se hubiera puesto a salvo, un terremoto, que alcanzó una magnitud de 7,3 en la escala de Richter, arrasó Liaoning.

Sismólogos de todo el mundo comenzaron a interesarse por informaciones que hasta entonces habían despreciado. Los japoneses, por ejemplo, rescataron la vieja tradición de observar el comportamiento de los siluros, peces de agua dulce a los que popularmente se atribuía la facultad de anunciar temblores de tierra, y los norteamericanos revisaron los archivos del terremoto de San Francisco (1906) para estudiar detenidamente las referencias que en ellos se hacía a la extraña actitud de algunos animales en los momentos previos a la catástrofe. Sin embargo, en julio de 1976, un nuevo seísmo sacudió la región china de Tangshan, sin que se advirtiera de ninguna anomalía o señal que lo anunciara. Se registraron más de 650.000 muertos y cerca de 800.000 heridos. Los sistemas de predicción volvieron a cuestionarse.

Las modificaciones en el comportamiento animal, advirtieron algunos especialistas, no dejaban de ser un factor subjetivo, cuya interpretación dependía del observador que las anotara y su cualificación. No podía considerarse, por tanto, una referencia científicamente fiable, a no ser que se encontraran otros parámetros más objetivos, justamente los que a finales de los años 90 del pasado siglo describieron un grupo de investigadores andaluces que, paradójicamente, nada tenían que ver con el mundo de la sismología.

Manuel Repetto, entonces director del Instituto Nacional de Toxicología en Sevilla, hacía tiempo que venía observando cómo algunas de las analíticas que se les realizaban a determinados animales de laboratorio arrojaban, sin motivo aparente, datos extraños en fechas muy concretas. Estas pruebas se consideraban inválidas, pero aún así eran archivadas. Un día, recordaba en 1999 Repetto, “la aparición de estos análisis anormales coincidió con una serie de terremotos en Italia y pensamos que, quizá, ambos hechos estaban relacionados, así es que solicitamos una relación histórica de terremotos de cierta intensidad, y con ella nos fuimos al archivo en donde conservábamos la relación de nuestros análisis fallidos”.

Para sorpresa de estos investigadores, seísmos y resultados anormales en algunas pruebas de laboratorio coincidían en muchos casos. Es más, añadía entonces Repetto, “cuando recopilamos información a propósito de otros fenómenos naturales vimos que también afectaban”. Días de grandes tormentas o eclipses provocaban alteraciones significativas en algunos parámetros bioquímicos de los animales usados en experimentación, “y esto no es una opinión subjetiva, sino un dato objetivo, una cifra que se puede medir”, advertía este toxicólogo. Por ejemplo, en el caso de las ratas comprobaron cómo “son capaces de detectar la existencia de movimientos sísmicos ocurridos a grandes distancias del laboratorio, y que el estrés que este hecho les produce se pone de manifiesto en una brusca disminución del glucógeno hepático, que puede quedar reducido a menos del 10 % de sus valores normales”.

A veces se trataba de terremotos registrados en Andalucía, pero también se observó la influencia de seísmos cuyo epicentro estaba en otras regiones o países del entorno. De la misma manera, las alteraciones de las analíticas aparecían coincidiendo con el temblor y, en algunas ocasiones, horas antes de que este se produjera. Las ratas de laboratorio parecen ser las más sensibles a estos fenómenos, aunque también se registraron anomalías en el metabolismo de conejos, cobayas y perros. Los datos recogidos mostraban alteraciones en el normal funcionamiento de órganos como el hígado o el cerebro, aunque no llegaron a precisarse de qué manera se activan estos mecanismos de alerta.

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El terremoto de la madrugada del 25.1.16 tal y como se anotó en el sismógrafo de Nerja (Málaga).

Los investigadores del Instituto Nacional de Toxicología reconocían, en una de las comunicaciones científicas dedicadas a esta anomalía, “que la relación causa-efecto de este tipo de fenómeno es difícil de demostrar de forma inequívoca, ya que son aleatorios, la coincidencia es fruto de la casualidad y no son susceptibles de experimentación”. Aún así, añadían en el mismo documento, “resulta evidente la necesidad de tener en cuenta estas interacciones en la experimentación animal”. Dicho de otra manera: aunque los terremotos son percibidos por algunas especies, originando en ellas diversas respuestas bioquímicas, esta situación no se da en todos los casos y no parece fácil determinar por qué ocurre así.

Algunos expertos sospechan que los animales perciben en estos casos algún tipo de alteración eléctrica causada por el seísmo, algo parecido a lo que ocurre cuando se fragua una tormenta y el aire se carga de iones positivos provocando desasosiego y nerviosismo en algunas personas. Los criadores de toros bravos saben que cuando sopla levante, un viento saturado de iones positivos, aumenta la agresividad de las reses y que en las corridas lidiadas en estas circunstancias cambia la forma de embestida. También es posible que los temblores originen cambios en el campo electromagnético natural, como los que provocan las erupciones solares, fenómeno que se ha relacionado, por ejemplo, con un aumento de la fertilidad en algunas especies animales.

Toda esta información, que de forma detallada se hizo pública en congresos y revistas especializadas, es prácticamente desconocida por los sismólogos ya que se dirigía exclusivamente a sectores relacionados con la medicina o la toxicología. “Nuestro objetivo”, precisaba Repetto, “era señalar la existencia de algunos factores, que hasta entonces no se tenían en cuenta, capaces de alterar el resultado de algunas analíticas, no el establecer un sistema que permitiera avanzar en la predicción de los terremotos”.

Estudios posteriores, específicamente destinados a analizar la relación entre el comportamiento animal y los terremotos, han aportado nuevas pruebas que refuerzan las tesis de aquellos trabajos localizados en Andalucía y también algunas de las hipótesis avanzadas por los investigadores. Efectivamente, como demostraron entre 2011 y 2015 científicos de la Universidad Anglia Ruskin (Reino Unido), ciertos animales modifican de manera notable su comportamiento días antes de que se produzca un seísmo, hecho que analizaron en el entorno de Contamana (Perú).

Una de las causas más probables de la respuesta inusual de los animales ante este tipo de fenómenos, precisan los investigadores británicos, “son los iones con carga positiva presentes en el aire, que se sabe se generan en grandes cantidades en la superficie terrestre cuando las rocas de las capas profundas son sometidas a las tensiones crecientes previas al terremoto”.

En el caso de Contamana los científicos identificaron “perturbaciones en la ionosfera, las cuales comenzaron dos semanas antes de un terremoto de magnitud 7”. Se midió una fluctuación particularmente grande ocho días antes del seísmo, coincidiendo con una disminución relevante en la actividad de los animales. Una carga inusualmente elevada de iones positivos en el aire pudo ser la causante de “efectos adversos en animales y humanos, como el síndrome de la serotonina, causado por un aumento en la concentración de este neurotransmisor”, circunstancia que puede provocar inquietud, agitación, hiperactividad y confusión.

Lo que se consideraba fruto de la superstición parece ser, sin embargo, una muestra más de la minuciosa capacidad de observación de las poblaciones rurales, muy atentas al comportamiento de los seres vivos con los que conviven a diario. La Ciencia aporta ya algunas evidencias que ratifican lo que en el saber popular apenas se intuía: existen los profetas de terremotos.

 

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Paco Simó

Francisco Simó (Paco, el de la bomba) no recibió ni las prometidas gratificaciones ni un barco de pesca con el que sustuir al que resultó dañado durante el incidente. El Gobierno norteamericano le pagó con una medalla y un certificado de agradecimiento…

Ayer se cumplieron 50 años del incidente de Palomares (Almería), uno de los sucesos más graves en los que se han visto involucrados artefactos nucleares. A las 10:22 de la mañana de aquel lunes de 1966 chocaban un bombadero B-52 y un avión cisterna KC-135, ambos del Ejército de los Estados Unidos, durante la delicada operación de repostaje en vuelo. El primero, cargado con cuatro bombas de hidrógeno de 1,5 megatones cada una (100 veces más potentes que las que se lanzaron en Hiroshima y Nagasaki), iba camino de Carolina del Norte (EEUU) y el segundo procedía de Morón (Sevilla).

El choque se produjo sobre la vertical del río Almanzora, en tierras almerienses, y los aviones quedaron lteralmente pulverizados mientras que las bombas caían en diferentes puntos. Tres de los artefactos, que afortunadamente no llegaron a explotar, se localizaron y desactivaron pocas horas después del accidente. Pero, ¿dónde estaba la cuarta bomba termonuclear? Para encontrarla los militares consumieron ochenta días de angustiosa búsqueda que concluyó gracias a las precisas indicaciones de un pescador murciano al que nadie inicialmente prestó crédito y al que tampoco gratificaron cuando, finalmente, los norteamericanos reconocieron el mérito del hallazgo. La cuarta bomba se localizó en aguas del Mediterráneo, a cinco millas de la costa y a casi 900 metros de profundidad.

El 1984, coincidiendo con el 18 aniversario del incidente, tuve ocasión de entrevistar a aquel pescador, a Francisco Simó, Paco el de la bomba. Yo tenía 20 años recién cumplidos, trabajaba en el diario Nueva Andalucía y era capaz, como el resto de mis compañeros, como el resto de los periodistas de entonces, de armar un buen reportaje usando un teléfono fijo y una libreta, algo de imaginación y mucha paciencia.

Hoy me he asomado a mi hemeroteca doméstica para rescatar un fragmento de aquel reportaje, un sencillo homenaje a un hombre sencillo.

“Ayer, 18 años después de su sensacional descubrimiento, Francisco Simó faenaba como cualquier día en aguas almerienses. Este tarraconense, afincado hace ya bastantes años en Águilas (Murcia), gobernaba su buque Fonset recordando, tal vez, aquel viejo Manuel Orts en el que, junto a Jesús el Belele y otros compañeros, navegaba el 17 de enero de 1966 frente a las costas de Palomares.

Paco, con sólo unas referencias geográficas rudimentarias, superó la infalible precisión de “la parafernalia yanqui”. Como muestra queda el dato de que Francisco logró localizar, 80 días después del accidente, el lugar exacto donde había “pescado la bomba”, mientras que los americanos necesitaron de una semana de rastreo para situar el lugar que Francisco les había indicado.

Rápidamente, y como era habitual en la época, se organizó un fastuoso homenaje al pescador. El embajador norteamericano, Angier B. Duke, lo recibió solemnemente en Madrid, imponiéndole una medalla y otorgándole un certificado oficial de gratitud. Después vinieron las promesas: los americanos anunciaron gratificaciones, los españoles un nuevo barco de pesca… Paco, el de la bomba, sigue hoy viviendo de la pesca, faenando en embarcaciones que ha pagado de su bolsillo y, seguramente, habrá olvidado todas esas falsas promesas.

PAco Simó II

Con esta doble página nos despachamos en el Nueva Andalucía el 18 de enero de 1984, 18 años después del incidente de Palomares.

Pero lo que Francisco no podrá olvidar tan fácilmente es el día en el que se decidió a sentar en el banquillo de los acusados al Gobierno de los Estados Unidos. Francisco Simó entabló un pleito (que por supuesto perdió) por el que exigía del Gobierno yanqui 5 millones de dólares -de los de 1966-, cantidad en la que cifró el ahorro que le había supuesto a la Marina norteamericana su trabajo, el haber localizado con precisión el artefacto.

Paco humilló a los orgullosos norteamericanos que, finalmente, tuvieron que reconocer la valiosa ayuda del pescador. Eso sí, como lamenta ahora, “sin soltar ni un duro”.

Hoy, Paco, el de la bomba, seguirá faenando en el Fonset y rezará para que sus redes no vuelvan a topar con ninguna bomba H. Es mucho mejor.

(José María Montero para Nueva Andalucía, 18 de enero de 1984, páginas 12 y 13)

Francisco Simó falleció el 4 de septiembre de 2003, en Águilas (Murcia).

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Segura de la Sierra. Abril85

Segura de la Sierra (Jaén). Abril de 1985 (todavía no existía el parque natural). Primera promoción de Monitores Ambientales de Andalucía. No están todos los que éramos, pero éramos todos los que estábamos… ¿Quién es quién? ¿Os reconocéis?

 

A comienzos de 1984, hace justamente treinta años, en Andalucía sólo gozaban de protección dos espacios naturales: Doñana y el Torcal de Antequera. Juntos sumaban algo más de 73.000 hectáreas, lo que apenas suponía el 0,6 % del territorio regional. En un par de años, y en un proceso inédito en el resto del país, la cifra se disparó (a pesar de las muchísimas resistencias que hubo que vencer). El milagro fué posible gracias a la valiente estrategia de conservación que puso en marcha la Agencia de Medio Ambiente (AMA), en la que tuve el privilegio de trabajar, como Jefe de Prensa (entonces no existían los dircom ni los community manager), entre 1985 y 1989. Lo hicimos porque no sabíamos que era imposible (parafraseando a Cocteau), y a pesar de nuestro inocente atrevimiento nos sacaron a pedrada limpia (y esto no es una metáfora) de más de un pueblo.

Hoy, treinta años después, en el catálogo andaluz de espacios naturales protegidos se anotan 165 enclaves que ocupan alrededor de 2.800.000 hectáreas, el equivalente a algo más del 32 % del territorio regional. ¿Conocéis un caso parecido en algún otra región de Europa –islas aparte–?

Esta es la obra de un numerosísimo grupo de personas, desde los ecologistas que cimentaron las bases del respaldo social a este tipo de iniciativas hasta los agentes de medio ambiente que todos los días trabajan para conservar estos territorios únicos, pasando por los científicos, los vecinos de los municipios que aportan territorio a este catálogo, los periodistas, los técnicos, los escolares que han hecho suyo este patrimonio, los políticos (algunos hay que se ha dejado el pellejo en este empeño, doy fe)… Pero si tenemos que ponerle nombre a la aventura, al compromiso y al atrevimiento, permitidme que recuerde a aquel grupo de pioneros con el que tuve el privilegio de trabajar y que treinta años después siguen siendo mis amigos: Tomás Azcárate, Isabel Mateos, Mariluz Márquez, Charo Pintos, Fernando Molina, José Antonio Torres, Rafael Arenas, Juan Clavero, Manolo Rendón, Reyes Vila, Benito de la Morena, Antonio Camoyán, Diego de la Rosa, Manolo Colón, Hermelindo Castro … En la primitiva calle Laraña no estábamos muchos más, y si me olvido de algun@, que me perdone y se de por incluid@, de oficio, en la nómina de los pioneros.

P.D.: Una cierta generación de progres patrios siempre ha presumido de su participación en las movilizaciones del mayo del 68 francés, de manera que, como señaló un notable filósofo, si todos los que juran haber estado en aquel entonces  lanzando adoquines en el Barrio Latino no mintieran, España habría estado desierta durante aquella gloriosa primavera… Pues algo parecido ocurre con esta pequeña historia a propósito de la conservación de la naturaleza en Andalucía: a algunos de esos que hoy presumen de su compromiso en aquellos días, de su participación en aquella  aventura de mediados de los ochenta, yo no los ví nunca metidos en faena. Los hubo que (sencillamente) no estaban, otros llegaron tarde, también hay que señalar a los conversos de ultimísima hora y a los clásicos oportunistas, pero  los más, de esos que hoy tanto presumen, ni se enteraron de lo que entonces se estaba cociendo.

 

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Pepe Guzman

Pepe Guzmán. Imposible cazarlo en un renuncio, es decir, serio o malhumorado.

Los que tuvimos la fortuna de conocerlo no necesitamos de muchas explicaciones. En el inhóspito galpón de la Carretera Amarilla disfrutamos de su sentido del humor, de su generosidad, de su peculiar manera de entender el periodismo y la vida (que en él, al igual que en otros maestros, se confundían). Quien tuvo la fortuna de conocer a Pepe Guzmán no necesita de muchas explicaciones, pero quienes sólo saben de él por las referencias cariñosas que estos días han dejado en las redes Juan Holgado, Lola Domínguez o Marta Carrasco, merecen disfrutar de algunas de sus líneas, de un sencillo párrafo de aquellos irrepetibles artículos de quien se bautizó como “mediocolumnista” y sabía acuñar (o destilar o cazar al vuelo) expresiones y giros desternillantes, algunos de los cuales, en boca de quienes tuvimos la fortuna de conocerlo, han sobrevivido hasta nuestros días (¿qué mejor homenaje?).

Pepe Guzmán nos dejó hace ya bastantes años, pero su memoria sigue viva en la generación de periodistas (la última generación que usó tipómetro) que se forjó en las trincheras del Nueva Andalucía y El Correo de Andalucía, donde derrochó paciencia con la pandilla de pipiolos que andábamos trasteando por la redacción con aires de Lou Grant o Billie Newman.

Gracias a la cariñosa antología (“Coser y cantar”, RD Editores) que su buen amigo Paco Gil Chaparro publicó hace algunos años he podido rescatar una perla (intemporal, oportuna y hasta premonitoria) de aquellas que Pepe compartía con nosotros… cuando le daba la gana (porque Pepe sólo escribía cuando le daba la gana).

LA VIDA ES CORTA

Anda el corral como si un mesías con plumas no controlado por Hacienda hubiese levantado el espolón para desencadenar sobre las cabezas de los padres de la patria una tormenta de bacalao con tomate de no te limpies y chupa seguidito, colega, que la vida no es solamente bella sino más bien corta.
Después, se quejan. Resulta que el que no anda pringado en una cosa anda pringado en otra, hasta puede que geográficamente más lejana pero igual de guarretona la muy casquivana. No nos da la gana de preguntarnos a dónde iremos a parar porque ya lo sabemos.
Cuando no se trata de cohecho se trata de prevaricación, de extorsión, desfalco, robo a pecho descubierto, irrupción en la despensa o en la intimidad del cielo de la boca, timo colectivo y otras figuras terroríficas en maniquí de escaparate con las que hasta el diccionario se lleva un respingo cuando abre sus páginas para dejarse, sin resistencia, violar, ya que oponerse sería tan inútil como hablarle a la preciosa abuela Chita en otro idioma que no sea el inglés.
Bien se comprende ahora el por qué de tanta fogosidad en pillar un escaño, un Ministerio o una concejalía de villorrio abandonado para ello incluso un rato en el campo con la familia, y todo ese entusiasmo para que al pueblo no le falte el premio de los finales de nuestra secular tira de cupones, encarnación de la auténtica furia española.
Uno también es enemigo de generalizar, pero, coño, es que de los 25.000 políticos en activo que tenemos en este país ya son 24.580 los que andan con las manos entre pringues. Si ello es malo, peor resulta la frivolidad con que piensan seguir en el machito como perfecta imitación del cabo que solicitaba, mediante papel timbrado, su octavo reenganche en el Ejército, que decía: << Y deseando continuar en la gloriosa carrera de las Armas…>>
Salud y fuerza en el palodú.

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