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Archive for the ‘Libros’ Category

Estos pajarracos son los conocidos como “médicos de la peste negra”, especialistas que, a partir del siglo XVII, se enfrentaron a esta enfermedad infecciosa con mascarillas muy vistosas aunque, sospecho, algo menos eficaces que las que hoy venden en las farmacias (por no hablar del terror que debían causar en los pacientes).

 

Casi podría afirmarse que el mayor logro de William Shakespeare no fue escribir Hamlet o los Sonetos sino, simplemente, sobrevivir a la peste”. (Shakespeare, Bill Bryson).

Días antes de que nos alcanzara la pandemia, y oliéndome la que se nos venía encima, recurrí a Gerald Durrell para contar, en este mismo blog, lo que suele ocurrir en un país latino cuando aparece un agente infeccioso. El relato del cómico besapiés (no olvidemos el humor a pesar de la tormenta) a San Spiridion, patrono de Corfú, y sus nefastas consecuencias, no dejaba lugar a dudas del relajo con el que, en estas latitudes, acostumbramos a enfrentarnos a las peores amenazas. Quizá por eso en el sur hay que dictar órdenes para conseguir lo que en el norte se obtiene con unas sencillas recomendaciones. Cuestión de carácter y civismo…

Al igual que no conviene alejarse demasiado del humor, tampoco es recomendable despreciar la memoria (aunque esta es muy frágil en situaciones de emergencia). Estos días me he concentrado (es un decir: me concentro muy mal, como casi todos los confinados) en lecturas que, sin dejar de ser rigurosas, no pierdan el tono distendido y sirvan para desdramatizar los peores acontecimientos, una actitud para la que resulta decisiva la (buena) memoria.

Shakespeare desde el humor y el rigor, al más puro estilo Bryson.

Cada noche disfruto de un buen rato de desconexión gracias al divulgador Bill Bryson, al que muchos conoceréis por su imprescindible “Una breve historia de casi todo” o su jocoso recorrido por Australia (“En las antípodas”). Todos los días antes de dormir (es un decir: estoy durmiendo fatal, como muchos confinados) Bryson me acerca a la figura de William Shakespeare con una biografía (¿o es un ensayo?) desenfadada pero repleta de valiosa información bien contrastada. Y es en ese relato donde he encontrado el infierno al que llegó el Bardo de Avon en 1564. Después de leer la larga lista de enfermedades que asolaban la Inglaterra de mediados del siglo XVI es inevitable concluir que si hoy disfrutamos de “El sueño de una noche de verano” es debido a un milagro, al igual que nuestra vida, la de hoy, la que disfrutamos los habitantes del primer mundo, es un auténtico lujo que muy pocas personas a lo largo de la historia han podido disfrutar, un lujo que hoy, si miramos a nuestro alrededor, sólo está al alcance de unos pocos privilegiados.

Bryson me hace reír, me hace pensar y me ayuda a tener conciencia en mitad de esta tormenta.

Contad vosotros mismos las enfermedades a las que William sobrevivió… sin vacuna alguna:

El mundo en el que nació Shakespeare estaba falto de personal y hacía esfuerzos por conservar el que había. En 1564, la población inglesa oscilaba entre tres y cinco millones de habitantes, muchos menos que tres siglos antes, cuando las continuas epidemias de peste empezaron a cobrarse su despiadado diezmo. El número de británicos vivos estaba en franco retroceso. Durante la década anterior, la población nacional había sufrido una merma del 6% y sólo en Londres pudo haber muerto una cuarta parte de los ciudadanos.
Pero la peste no fue más que el primero de una larga serie de azotes. Los vapuleados isleños tendrían que vérselas también con frecuentes brotes de tuberculosis, sarampión, raquitismo, escorbuto, dos clases de viruela (lisa y hemorrágica), escrófula, disentería y una vasta y amorfa colección de supuraciones y fiebres —fiebre terciana, fiebre cuartana, fiebre puerperal, fiebre de los barcos, fiebre cotidiana, fiebre maculosa—, así como con «frenesíes», «malos espíritus» y otras enfermedades de variada y desconocida índole. Por supuesto, ninguna de ellas respetaba rango o procedencia. En 1562, dos años antes de que Shakespeare naciera, la viruela casi se cobra la vida de la mismísima reina Isabel.
Incluso las afecciones menores, como unos cálculos renales, una herida infectada o un parto complicado, podían llevar rápidamente a la muerte. Además, los tratamientos eran casi tan peligrosos como las enfermedades que pretendían curar. Las víctimas eran alegremente purgadas y sangradas hasta desfallecer, protocolo poco indicado en pacientes con las defensas bajas. Era improbable, en aquella época, que un niño llegara a conocer a sus cuatro abuelos.
Muchas de las enfermedades de tintes exóticos en tiempos de Shakespeare se conocen hoy por otro nombre (su fiebre de los barcos es nuestro tifus, por ejemplo), aunque hubo algunas misteriosamente específicas de la época. Entre ellas, el «sudor inglés», que acababa de erradicarse tras una serie de brotes mortales. Le decían «el azote sin pánico», debido a su asombrosa rapidez: a menudo las víctimas enfermaban y morían en el mismo día. Afortunadamente, muchos sobrevivían y poco a poco la población fue adquiriendo una inmunidad colectiva, de tal modo que en la década de 1550 la enfermedad ya estaba erradicada. La lepra, otra de las grandes plagas medievales, también había remitido piadosamente en las últimas décadas y ya nunca regresaría en todo su vigor. Pero cuando estos terribles flagelos parecían dar un respiro a los pobladores, una nueva fiebre, llamada «el nuevo mal», arrasó el país, matando entre 1556 y 1559 a decenas de miles en sucesivas oleadas. Para empeorar aún más las cosas, estos brotes coincidieron con las desastrosas hambrunas de 1555 y 1556. Aquélla fue una época pavorosa.
No obstante, de todos los flagelos, el más tenebroso seguía siendo la peste. Aún no se habían cumplido tres meses del nacimiento de William cuando la sección de defunciones del registro parroquial de la iglesia de la Santísima Trinidad de Stratford reflejaba las ominosas palabras Hic incepit pestis (Aquí empieza la peste) junto al nombre de un niño llamado Oliver Gunne. El brote de 1564 fue brutal. En Stratford murieron al menos doscientas personas, diez veces más que lo habitual. En años libres de peste, la mortalidad infantil en Inglaterra rondaba el 16%; aquel año, alcanzó los dos tercios del total (se sabe de un vecino de los Shakespeare que perdió a sus cuatro hijos).
Casi podría afirmarse que el mayor logro de William Shakespeare no fue escribir Hamlet o los Sonetos sino, simplemente, sobrevivir a la peste”.

(Shakespeare, Bill Bryson).

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Primero lo escuché y luego lo leí. Y en ambos registros, en vinilo y en papel, siempre tengo a Luis Eduardo a mano, como un botiquín emocional. Mi vida está repleta de momentos, dulces y amargos, cuyo recuerdo está cosido a una canción de Aute o a uno de sus poemas, esos que te dediqué detrás de la portada de esta primera antología, editada en un lejano (y en algunas cosas demasiado cercano) 1976. Una antología que, de manera inevitable, me lleva, por diferentes y curiosos caminos, al corazón de Madrid.

 

Yo pertenezco a la brisa

y al viento que nunca se inmoviliza

yo pertenezco al recuerdo

de aquel que se marchó

(Yo pertenezco, Luis Eduardo Aute)

 

Se publicó en 1976, pocos meses después de la muerte del dictador, pero yo lo compré en una pequeña librería de la calle Imagen (Sevilla) un 9 de noviembre, martes, de 1982. Seguramente lo guardé en el bolsillo de mi Peyton, junto al paquete de tabaco, y agarré mi Vespa camino de la redacción del vespertino Nueva Andalucía (en el lejano Polígono de la Carretera Amarilla), o, quizá, volví a casa caminando, a mi habitación de alquiler en un pisito de estudiantes de la cercana calle Lepanto.  La fecha la señalé en lápiz junto al precio (150 pesetas), y seis días después, el lunes 15 de noviembre, ya en otra ciudad, escribí la dedicatoria (porque era un libro delicado y dedicado). Con pulcra letra de Bic azul dejé constancia de aquel invierno del 82 (en realidad todavía era otoño…), de una noche y de una almohada.

Las “Canciones y Poemas” de Luis Eduardo Aute (Ediciones Demófilo, 1976) han sobrevivido al paso de los años, las noches, los otoños, los inviernos y las almohadas. Aquel librillo, del que seguramente se imprimieron pocos ejemplares, sigue en casa y goza de una magnífica salud: no se ha perdido ni una sola página, ni se ha desprendido la portada, ni, milagrosamente, luce mancha alguna. Como el destino es travieso, y a mí me fascinan las ocultas sincronías que nos regala, en este librillo se esconde, por diferentes circunstancias (sincronizadas), mi Madrid, el Madrid de mis años universitarios, ese Madrid (el de los cielos de otoño) por el que siento un amor intacto, inalterable al paso del tiempo. Las canciones de Aute (y este efecto es maravillosamente inevitable) me devuelven a la Complutense, a la Pensión La Plata, al cine Alphaville, a la calle Huertas (al caer la tarde), a Malasaña (de madrugada), a los expresos en Atocha, a la luminosa plaza de Santa Ana… ¿Se os ocurre mejor sitio para fundar una editorial entre caña y caña? Ediciones Demófilo, que se aventuró a publicar la obra de Aute en un temprano 1976, nació en la cervecería alemana de la plaza de Santa Ana cuando, en 1971, allí se reunieron José Luis Ortiz Nuevo, Enrique Morente y Andrés Raya y decidieron poner en marcha una editorial en la que publicar libros de flamenco (el primero de todos: “Colección de Cantes Flamencos”, de Antonio Machado). Así es que el epicentro (oculto) de este torbellino sentimental es la madrileña plaza de Santa Ana en donde nos reunimos, sin saberlo, Aute, los editores de sus canciones y poemas, Caballero Bonald (autor del prólogo) y yo mismo. No es mal sitio para este encuentro porque la plaza y su entorno (Príncipe, Huertas, Santa María…) sigue provocando intensos torbellinos sentimentales cada vez que piso Madrid y me acerco a ese dédalo urbano en donde palpitan tantos recuerdos capaces de convivir con tantas promesas de futuro.

“…cierta mañana… del 82…”. Tan emocionado estaba que equivoqué la estación y en la dedicatoria te hablé del invierno cuando en realidad lo compré en otoño.

Las sincronías no descansan porque hace apenas dos o tres días hablaba de la incertidumbre en el arte, en la vida de los artistas, con una querida amiga madrileña (ducha en torbellinos y sincronías), y hoy, alguien que sabe mucho más que yo de zozobras artísticas, me devuelve a esa misma conversación. Las letras de Aute están en la nube, al igual que están sus canciones, sus poemas, sus conciertos, sus discos, sus entrevistas, sus cuadros… Pero no todo está en la rechoncha nube a la que acude Google con su anzuelo. En este viejo librillo que compré cierta-mañana- de-1982 se embosca el prólogo que José Manuel Caballero Bonald le regaló a Aute. Un texto breve, pero certero, que no encontraréis en Internet; tres páginas deliciosas de este jerezano vitalista, frases perdidas, poéticas y premonitorias (aunque errara en la esperanza de vivir sin fantasmas). Transcribo algunos párrafos para que de aquel prólogo quede una huella en la nube y, ahora sí, más allá del papel otros puedan disfrutar de esta elegía a la (necesaria, imprescindible) incertidumbre:

Cada vez que me encuentro con Luis Eduardo Aute (incluso aunque sea de noche) suele hablarme con metódico fervor de sus dudas. A mí me parece que esa actitud ha ido acrecentando gradualmente mi credulidad en su obra, quizá porque pienso que pocos argumentos pueden ser más válidos y estimulantes para un artista que los tramitados por su incertidumbre. El artista que está seguro de todo lo que busca (o de todo lo que encuentra) ya se ha ganado –por lo pronto- una meritoria beatitud en el limbo de los mediocres. Como seguramente nadie ignora, la seguridad no es más que una estática variante de la burocracia; la dubitación, en cambio, propicia el dinamismo de los que nunca renunciarán a la testaruda libertad de equivocarse. Aute pertenece, afortunadamente, a los defensores de esa creadora y fecunda forma de libertad.

(…)

Desde los emblemas del erotismo a los de la muerte y desde la más grosera mitología contemporánea al saludable ejercicio del autosarcasmo, Aute ha transcrito con denodada reiteración –y con similar patetismo- algunas arquetípicas historias personales de esa delirante aventura que, para entendernos, llamamos colectivamente historia.

(…)

Qué razón tenía Caballero Bonald: “La plaza pública llegará un día a cantar estos poemas”. ¿Cuántas veces te hemos cantado, cuántas más te cantaremos?

El discurso sentencioso, hermético por momentos, se ha convertido repentinamente en habla cotidiana; la sátira se ha entremezclado de humor; la despiadada penumbra, de fulgurantes desenfados. Para una mayor eficacia comunicativa, el autor debió recurrir en este caso a una regla de oro: la poesía que no es divertida es oratoria. Lo más probable, sin embargo, o lo más dudoso, es que Aute no cante nunca estos poemas en la plaza pública. Pero la plaza pública llegará un día a cantar estos poemas. De lo que sí puede estar seguro Aute es que eso ocurrirá cuando ya no estén aquí los fantasmas

(José Manuel Caballero Bonald, Prólogo a las Canciones y Poemas de Luis Eduardo Aute, Ediciones Demófilo 1976).

 

PD: Podría elegir una de sus numerosas grabaciones, pero esta refleja, creo, mejor que ninguna otra, la sencilla dulzura de un artista sencillo. Así se expresaba Luis Eduardo Aute en Radio Nacional de España cuando, en 1975, acudió a presentar sus discos “Rito” y “Espuma”. Quien ha colgado esta grabación la describe de manera fiel: “Es preciosa la fragilidad y la belleza que se respira“.

 

 

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En un guiño que no se cómo interpretar (porque no creo que el azar sea tan azaroso) el cartel aparece colocado junto a la entrada de la farmacia del pueblo. Anuncia un “besamanos” (y una “presentación de niños“) al término de la misa dominical. En letra pequeña el opúsculo detalla que la imagen se expondrá en “devoto besamanos a aquellos fieles que deseen besar su bendita mano” (valga la redundancia). Seguro que he leído el cartel otros años, y seguro que a lo largo de mi vida he visto carteles similares por toda la geografía española, pero nunca había establecido una relación tan inquietante entre esta piadosa costumbre y la propagación de un virus. Fue leerlo y recordar el divertido párrafo en el que Gerald Durrell se adelanta (1956) al pánico que está originando el Covid-19, y a lo complicado que resulta frenar la propagación de un coronavirus en sociedades como la mediterránea, tan propensas al achuchón y el besuqueo. ¿Que nos mantengamos a un metro de distancia? ¿Que evitemos las fiestas multitudinarias? ¿Que se prohiban los besamanos? Ni que esto fuera la Carelia rusa, oiga (estará pensando, seguro, el autor del cartel).

Cuando volví a casa rebusqué en mi biblioteca y encontré el párrafo de mi adorado Durrell, con el cómico besapiés en la isla griega de Corfú, de nefastas consecuencias para su presumida hermana Margo.

Ahí va el relato, por si resulta de utilidad a algún epidemiólogo que quiera combatir los besamanos, los besapiés y los besos (así, en general) en esta tierra:

La corriente nos arrastró en dirección opuesta al coche, hasta embutirnos en medio de un enorme gentío que se agolpaba en la plaza mayor del pueblo. Le pregunté qué sucedía a una anciana campesina que tenía cerca, y se volvió hacia mí radiante de orgullo.
—Es San Spiridion, kyria —explicó—. Hoy se puede entrar en la iglesia a besarle los pies.
San Spiridion era el santo patrón de la isla. Su cuerpo momificado se veneraba en la iglesia en un ataúd de plata, y una vez al año era sacado en procesión por el pueblo. Era muy milagrero, y podía conceder favores, curar enfermedades y obrar otros mil portentos si la petición le pillaba de buen ánimo. Los isleños le adoraban, y uno de cada dos hombres de la isla se llamaba Spiro en su honor. Hoy era un día especial; al parecer, se abría el ataúd y se permitía a los fieles besar los pies embabuchados de la momia, y hacerle las peticiones que quisieran. La composición del gentío mostraba cuánto le amaban los corfiotas: allí estaban las ancianas campesinas vistiendo sus mejores ropas negras, y sus maridos encorvados como olivos, con sus anchos bigotes blancos; los morenos y musculosos pescadores, tiznadas sus camisas de la oscura tinta de las sepias; y también los enfermos, los retrasados mentales, los tísicos, los inválidos, viejos que apenas podían andar y niñitos envueltos y liados como gusanos en su capullo, con sus caritas pálidas como la cera congestionadas de tanto toser. Había incluso unos cuantos pastores albaneses, mocetones bigotudos de aspecto salvaje, con el cráneo pelado y enfundados en grandes pieles de borrego. Esta sombría y variopinta cuña de humanidad avanzaba lentamente hacia la negra puerta de la iglesia, arrastrándonos consigo como pedruscos incrustados en un río de lava. Ya a Margo la habían llevado muy por delante de mí, mientras Mamá quedaba a igual distancia a mis espaldas. Yo estaba firmemente atrapado entre cinco gordas campesinas que se apretaban contra mí como almohadones despidiendo olor a sudor y ajos, y Mamá estaba empotrada sin remedio entre dos enormes pastores albaneses. Poco a poco nos hicieron subir los escalones y entrar en la iglesia.
Dentro la oscuridad era casi total, sólo interrumpida por una ristra de cirios que brillaban cual amarillos crocos a lo largo de un muro. Un sacerdote barbudo y vestido de negro, con un alto sombrero, aleteaba como un cuervo en la penumbra, canalizando al gentío en una fila que recorría el interior del templo hasta pasar por detrás del gran ataúd de plata y salir por otra puerta a la calle. El ataúd, puesto en pie, era como una crisálida de plata, y en su extremo inferior se había abierto un segmento por el que aparecían los pies del santo, envueltos en babuchas ricamente bordadas. Al llegar al ataúd cada persona se agachaba, besaba los pies y murmuraba una oración, mientras al otro extremo del sarcófago la cara negra y consumida del santo se asomaba a través de un cristal, con un gesto de aguda repugnancia. Era evidente que, quisiéramos o no, tendríamos que besarle los pies a San Spiridion. Mirando hacia atrás, yo veía a Mamá debatirse frenéticamente por acercarse a mí, pero su guardaespaldas albanés no cedía un milímetro y sus esfuerzos resultaron vanos. Al fin atrapó mi mirada y empezó a hacer muecas señalando el ataúd, mientras sacudía enérgicamente la cabeza. Esto me dejó bastante perplejo, lo mismo que a los dos albaneses, que la observaban con aprensión mal disimulada. Creo que temían que Mamá estuviera a punto de sufrir un ataque, y no sin razón, pues se había puesto roja y sus muecas eran cada vez más alarmantes. Por fin, desesperada, renunció a toda cautela y me bisbiseó sobre las cabezas de la multitud:
—Dile a Margo… que no lo bese… que bese al aire… al aire.
Me volví para transmitir a Margo el mensaje de Mamá, pero era demasiado tarde: allí estaba, agachada sobre los embabuchados pies, besándolos con un entusiasmo que encantó y sorprendió grandemente a la concurrencia. Cuando me llegó el turno obedecí las instrucciones de Mamá, besuqueando sonoramente y con considerable alarde de devoción un punto situado a unos quince centímetros por encima del pie izquierdo de la momia. De allí fui empujado y expelido por la puerta del templo a la calle, donde la gente se iba disgregando en corrillos, riendo y charlando. Margo nos aguardaba en los escalones, visiblemente satisfecha de sí misma. Al momento apareció Mamá, catapultada desde la puerta por los morenos hombros de sus pastores. Tambaleándose como un trompo bajó los escalones y se nos unió.
—Esos pastores —exclamó débilmente—. Qué modales tan zafios… salgo casi asfixiada del tufo… una mezcolanza de incienso y ajos… ¿Qué harán para oler así?
—Es igual, ya pasó —dijo Margo alegremente—. Habrá valido la pena si San Spiridion me concede lo que le he pedido.
—Un sistema muy poco higiénico —dijo Mamá—, más apropiado para sembrar enfermedades que para curarlas. Me aterra pensar lo que podríamos haber cogido si llegamos a besarle los pies.
—Pues yo se los besé —dijo Margo, sorprendida.
—¡Margo! ¡No será verdad!
—Bueno, era lo que hacían todos.
—¡Después de decirte expresamente que no lo hicieras!
—Tú no me dijiste nada de… ‘./>
Interrumpí para explicar que la advertencia de Mamá había llegado demasiado tarde.
—Después de que toda esa gente ha estado rechupeteando las babuchas, no se te ocurre nada mejor que besarlas.
—Me limité a hacer lo que hacía todo el mundo.
—Es que no comprendo qué pudo impulsarte a hacer una cosa así.
—Pues… pensé que quizá me curaría el acné.
—¡El acné! —dijo Mamá con sorna—. Date por contenta si no coges algo además del acné.
Al día siguiente Margo cayó en cama con un fuerte gripazo, y el prestigio de San Spiridion a los ojos de Mamá quedó a la altura del betún. Spiro fue despachado urgentemente al pueblo en busca de un médico, y regresó con un hombrecito esferoidal de acharolados cabellos, leve indicio de bigote y ojillos de botón tras gruesas gafas de concha.
Era el doctor Androuchelli: una persona encantadora, con incomparable estilo para sus enfermos.
—Po—po—po (1) —dijo, mientras irrumpía en la alcoba mirando a Margo con aire guasón,
¡po— po—po! Poco inteligente ha sido usted, ¿no? ¡Besarle los pies al santo!
¡Po—po—po—po—po!
Casi podría haber atrapado algunos bichos desagradables. Tiene usted suerte: es gripe. Ahora hará lo que yo le diga, o me lavo las manos. Y, por favor, no aumente mi trabajo con estupideces semejantes. Si vuelve a besar los pies de algún santo no seré yo quien venga a curarla… Po—po—po… qué ocurrencia.
Y mientras Margo languidecía en cama por espacio de tres semanas, con Androuchelli pepeándola cada dos o tres días, los demás nos acomodamos en la villa.
(1) Todavía se mantiene en algunas partes de Grecia la costumbre clásica de repetir la sílaba «po» para contrarrestar el mal de ojo y otras influencias nocivas (N. de la T.) “.

(Mi familia y otros animales, Gerald Durrell).

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Escalas, luces, sombras y una figura que se recorta, decidida, sobre una línea de fuga. Algo así recuerdo de aquella tarde…

Uno de los grandes dones de la vida es que al nacer todos hablamos con fluidez una segunda lengua. Este idioma, la música, es patrimonio de todos; un fenómeno capaz de salvar vidas, de darles mayor intensidad, algo de una hondura asombrosa. Todo lo anterior cobra una fuerza aún mayor porque se trata de algo completamente inexplicable, tan inaprensible mediante la razón y la lógica como impregnado de una sensación de consuelo, de milagroso”  (Fugas, James Rhodes)

El auditorio está vacío. Las luces apagadas a excepción de un foco que ilumina las teclas de un soberbio Steinway & Sons. Hay figuras que, en silencio, se mueven sigilosas entre las butacas, otras que susurran a pie de escenario. El afinador elogia el sonido del piano y una mujer, recortada en la oscuridad, mira a la luz, asiente y sonríe.

Debe ser la liturgia habitual pero para quien no está acostumbrado a esa rutina todo, hasta el más mínimo detalle, obedece a un orden desconocido que nos va conduciendo al momento en el que, de manera casi imperceptible, el intérprete llega, se sienta y hace que despierten los primeros sonidos. Quizá en ese instante recuerda el guiño a Mozskowski de la pasada noche y por eso hace que vuele sólo su mano izquierda. Su mano izquierda vuela. Se agita el aire contenido en la cola del Steinway. Vibra todo el auditorio (vacío) y la mujer, recortada en la oscuridad, también vibra.

Tal y como James lo describe en “Fugas” este es el momento en el que todo adquiere un cierto sentido…

Llegó el día, llegó la hora, llegó James Rhodes.

Creo ser el único que, en ese preludio, no tiene otra ocupación que escuchar y disfrutar. La mujer que vibra -recortada en la oscuridad- me ha regalado el privilegio de asistir a los ensayos, zascandilear por el escenario, saludar a James Rhodes y compartir ese clima íntimo que el intérprete crea (casi) en soledad, antes de que llegue el público.

Soy un observador pudoroso. Soy un oyente asombrado.

“La música apela a las dos partes de nuestra naturaleza: es esencialmente emocional y esencialmente intelectual. A menudo, cuando escuchamos música, somos conscientes de ambas: nos conmovemos hasta lo más hondo al tiempo que apreciamos la estructura formal de la composición”  (Musicofilia. Relatos de la música y el cerebro, Oliver Sacks)

La intensidad del momento, la emoción que termina por invadirme hasta dejarme mudo e inmóvil (para no agitar ni siquiera el aire que compartimos), encuentra algunos motivos que la explican pero, sobre todo, se pierde, y se distrae (feliz), en lo inexplicable. La música, la belleza y la amistad habitan ese territorio al que la razón no alcanza: por mucho que observemos una partitura, un rostro o la sonrisa de quien nos ha conducido a este espacio luminoso, por mucho que todos esos elementos obedezcan a un patrón, tengan un orden interno o se acomoden al dictado de las matemáticas o la geometría, incluso admitiendo que sean (en realidad) fugas en las que el contrapunto teje todas las voces dotándolas de sentido, incluso mirándola desde esa perspectiva tan musical, la combinación de todos esos elementos resulta (casi) indescriptible, del todo inexplicable y absolutamente irreproducible. Son ahora, ocurren ahora, en este justo instante, y jamás volverán a ser ni a coincidir, así es que debo fijarlos de alguna manera para que la memoria (como está haciendo hoy, más de dos meses después) sea capaz de retener esta fuga para evocarla en todos sus detalles, para recordarla con cierta (o ninguna, vaya usted a saber…) fidelidad.

James Rhodes no es un virtuoso del piano (ni falta que hace) pero tiene la virtud de borrar con un gesto distraído todo el clasicismo con el que algunos nos quieren alejar de la música clásica. James Rhodes habla, con una inesperada dulzura (sí, los tacos también aparecen de manera aterciopelada), de nuestra complejidad y nuestra fragilidad, del amor y del horror, de la violencia y la poesía, de la rabia y el humor, de la mesura y las pasiones, de la memoria y el olvido.

Cuando conoces sus tormentos aún te sorprende más su amabilidad, o quizá es que entendió que, en ocasiones, al menos en el sur, la única certeza de que algo está ocurriendo es el contacto. La emoción, y el respeto, piden (cálida) proximidad.

James Rhodes pone luz en la oscuridad y luego se sienta al piano y no, no es un virtuoso pero nos toca el corazón (Orfeo y Eurídice, Gluck) y nos hace felices. Y luego vienen los preludios y las fugas. Más fugas. Y Bach. Y Rachmaninoff. Y no, en sus interpretaciones no hay una maestría sublime (ni falta que hace): lo que se escucha, lo que apreciamos en silencio y en penumbra, es el atrevimiento y la determinación del discípulo fascinado, la del alumno -rebelde- poseído por la música, la del niño que escapa del infierno, la del pianista, sincero y frágil, que se entrega a una melodía -antigua- como quien se entrega a un primer amante (sin precauciones, sin mandamientos).

P.D: Y todo esto ocurre, ocurrió, una tarde de otoño en Madrid, gracias a Pilar, a su vibrante ingenio, a su infinita generosidad, a su vitalidad, a su esfuerzo y, sobre todo, al cariño (sin red, sin límites, sin cautelas) que pone en todo lo que hace.

Así nació DAM, y hoy, casi dos meses después, estoy (aún más) convencido de que lo que nació seguirá creciendo (no-expectations) para que en la más negra oscuridad siempre nos consuele un poco de luz. Gracias (one-more-time).

“La vida es caótica e imperfecta, y en esa imperfección caótica hay una fragilidad y una humanidad que resultan preciosas, buenas y profundamente reparadoras. Al igual que pasa con la música, esa fragilidad nos une a todos del modo más consolador” (Fugas, James Rhodes)

Melodía de Orfeo (Christoph Willibald Ritter von Gluck, transcripción de Giovanni Sgambati). James Rhodes al piano en el Hay Festival (Manchester, 28 de mayo de 2017).

 

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Debajo de una encina, en el corazón de Sierra Morena, no se puede leer cualquier cosa…

 

El objetivo de la escuela [Shantiniketan] no eran solamente los conocimientos, sino la búsqueda de la sabiduría que surge cuando los niños experimentan la naturaleza. Por esto Tagore insistía en dar las clases bajo los árboles. Cuentan que solía decirles a sus alumnos que tenían dos maestros: <Yo soy vuestro maestro humano, pero estos árboles también son vuestros maestros; aprended la lección de ser de estos árboles>”.

(Tierra, Alma, Sociedad / Satish Kumar)

 A la sombra de una encina no debe leerse cualquier cosa. Conviene no derrochar ese regalo de la naturaleza para aburrirse con el esteril debate político de este verano, de este año, de siempre… Con el discurso prescindible de algún gurú de última hora o con la poesía roma de uno de esos vates bendecidos por la progresía oficial.

Este verano, a la sombra de una encina, estuve saboreando, sin prisa, el último libro de Satish Kumar (“Tierra, Alma, Sociedad. Una nueva trinidad para nuestro tiempo”), uno de los filósofos contemporáneos menos conocidos y más certeros. Kumar es fundador y director del Schumacher College, editor de la revista Resurgence & Ecologist  y autor de numerosos libros (“Tu eres luego yo soy”, “El Buda y el terrorista”, “¿Turista o peregrino?”), pero, sobre todo, este hindú que ha cumplido ya los 80 años es un pensador que transmite sus reflexiones desde la experiencia propia y desde la bondad, dos condiciones cada vez menos frecuentes (y más necesarias).

Satish Kumar es uno de los últimos representantes de un grupo excepcional de líderes espirituales decisivos en la historia, en la historia menos oscura, del siglo XX (no confundir espiritualidad con religión, por favor). Inspirado por Gandhi peregrinó durante cuatro años por todo el planeta, a pie y sin pertenencia alguna, divulgando los valores del pacifismo en plena Guerra Fría. Conoció y compartió los ideales y proyectos de Martin Luther King (quien solicitó para Kumar el Premio Nobel de la Paz), Bertrand Rusell y E.F. Schumacher. En la actualidad sigue trabajando en numerosas iniciativas que buscan fomentar una visión holística de la existencia a través del arte, la poesía, la política, la economía, la ecología y la ética.

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El destino me regaló la oportunidad de conocer a uno de los pensadores que más me han inspirado. Un sencillo paseo por el Retiro nos sirvió, aquella mañana de mayo, para celebrar el encuentro… y la vida.

El discurso de Kumar es sencillo pero tremendamente peligroso para el establishment (el de derechas, el de izquierdas, el de centro… el establishment). Baste citar este párrafo de su último libro, donde manifiesta la notoria influencia de Schumacher en su pensamiento y en sus acciones, para descubrir, para descubrirnos, en la trampa que nos tiende el orden, casi cualquier clase de orden:

En las organizaciones grandes las personas quieren orden, pero ese orden a menudo es estático e inerte, y a los individuos dentro de esas organizaciones les suele faltar sentido de la aventura y valentía para asumir riesgos. Schumacher creía que la organización ideal es aquella en la que <existe mucho espacio y la posibilidad de romper con el orden establecido para hacer las cosas que nunca se han hecho antes, que nunca han sido previstas por los guardianes del orden>. Schumacher valoraba la creatividad que actuaba como estímulo para lograr <resultados imprevistos e imprevisibles>.

Schumacher vio que <el peligro concreto inherente a las organizaciones de grandes dimensiones era su natural tendencia a favorecer el orden a expensas de la libertad creativa […]. El orden requiere inteligencia y lleva a la eficiencia; en cambio, la libertad necesita y abre la puerta a la intuición, y lleva a la innovación sin la magnanimidad del desorden que se aventura en lo desconocido e incalculable, sin riesgo y apuestas, la imaginación creativa irrumpe allí donde los ángeles de la burocracia no osan adentrarse; sin esto, la vida es una farsa y una desgracia>”.

(Tierra, Alma, Sociedad / Satish Kumar)

 Cuando miro a mi alrededor, con la ventaja de trabajar en un área del conocimiento en la que abundan los discursos que defienden la sostenibilidad y cuestionan un modelo obsoleto y peligroso de desarrollo, me cuesta trabajo encontrar líderes de opinión que, más allá de estas obviedades que el propio sistema se ha encargado de fagocitar, ofrezcan verdaderas alternativas a contracorriente, ideas frescas que atraigan a los más jóvenes, tesis revolucionarias en las que no haya sed de venganza, modelos integradores que no descuiden la paz ni la felicidad.

El panorama en ese sector de la sociedad que debería liderar el cambio hacia la supervivencia (porque ya no hablamos de vivir mejor o peor, sino de vivir, de sobrevivir, porque el abismo está cada vez más cerca), el panorama es… desolador. Por un lado están los guardianes de las esencias, la vieja intelligentsia alejada de los jóvenes y ensimismada en sus discursos de siempre, discursos retóricos que suenan bien pero que caducaron hace décadas y ya no llevan a ninguna parte. Y en el otro extremo los nuevos revolucionarios, los que reparten certificados de pureza, los que están dispuestos a cambiar todo si antes les dejamos dinamitar todo, si antes les permitimos triturar a los adversarios para despejar el camino. Unos son aburridos, otros peligrosos. Ninguno contempla la bondad como un elemento nuclear de cualquier acción, ni la felicidad como el objetivo último de cualquier estrategia vital. Ambos descuidan la paz porque se pasan el día defendiéndose de sus adversarios, garrote en mano. Sí, es una burda simplificación, y entre unos y otros habita un grupo notable de personas valiosas, pero con esta simplificación convivo a diario en demasiados escenarios (reales y virtuales). Y es agotador y, sobre todo estéril.

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Un selfie antes de entrar en el Reina Sofía. Es difícil no sonreir cuando estás en compañía de este joven de 80 años…

El pasado mes de mayo tuve ocasión de conocer a Satish Kumar. Paseamos por el Retiro, desayunamos con unos amigos y visitamos juntos el Guernica antes de que dictara una conferencia en el abarrotado salón de actos de La Casa Encendida (motivo por el que viajó a Madrid). A pesar de mi inglés catastrófico pude conversar con Satish; reirme, reirnos, con esa manera de celebrar la vida a la que te invita a cada momento y con cualquier motivo. Compartimos, de forma sencilla, una manera de mirar el mundo serena, alejada del ruido y los ruidosos (!cuánto nos distraen¡), pero comprometida y firme. Merece la pena escucharle, leer sus libros y estar atento a la manera en que se involucra en todos los grandes debates de la humanidad, desde el cambio climático hasta la crisis de la educación o los nuevos modelos agrícolas.

Es cualquier cosa menos dogmático. No vende soluciones mágicas ni modelos infalibles. No dinamita nada con la excusa de construir algo mejor. Sencillamente nos inspira para buscar, de la manera más razonable y equitativa, la felicidad y la paz.

 

 

 

 

 

 

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El tiempo y la velocidad casi siempre están presentes, de manera azarosa, en las lecturas que elijo cuando viajo en tren. Hoy me acompañan Munch y Stevenson.

El tiempo y la velocidad casi siempre están presentes, de manera azarosa, en las lecturas que elijo cuando viajo en tren. Hoy, de Madrid a Pamplona, me acompañan Munch, Hazlitt y Stevenson.

¿Qué se imaginarán los niños en España cuando en alguna canción infantil oigan que el tren hace chu-cu-chu-cu-chú? ¿Quién, con menos de 50 años, ha oido el chu-cu-chu-cu-chú de un tren?

Mi abuelo Juan era maquinista de Renfe y en mis recuerdos de infancia habita ese sonido: el de los pistones moviéndose a golpe de vapor; el del suspiro, trotón, de la máquina. Y también sigue vivo en mi memoria el silbato del jefe de estación, el traqueteo de las traviesas, el olor a carbón quemado… Todos esos recuerdos, y algunos más, se hicieron presentes hace unos días, cuando fui pasajero, asombrado, en un viejo tren movido por una máquina de vapor entre Swanage y Norden, en la isla/península de Purbeck (UK).

Cómo disfrute con el viejo tren de vapor que me condujo de Swanage a Norden, en la isla de Purbeck (UK) - Fotografías: JMª Montero

Cómo disfrute con el viejo tren de vapor que me condujo de Swanage a Norden, en la isla de Purbeck (UK) – Fotografías: JMª Montero

Qué cariño le tiene esa gente al ferrocarril, al de verdad, al de baja velocidad… Pero incluso el de velocidad alta, como en el que viajo (en este mismo instante) de Madrid a Pamplona, me despierta, con una intensidad desconocida en otro medio de transporte, el auténtico placer de viajar. El paisaje va modificándose a un ritmo asequible, puedo estirar las piernas sin que la marcha se detenga, salgo del corazón de un ciudad para llegar al corazón de otra ciudad, nadie me cachea, no acuso los baches, ni las curvas, ni las turbulencias, ni las marejadillas…  En ningún otro vehículo duermo mejor, ni escribo mejor, ni leo mejor…

Hoy me acompañan, camino de Navarra, Edward Munch, William Hazlitt y Robert Louis Stevenson. En ellos, como casi siempre me ocurre cuando leo en un tren, encuentro ṕárrafos que sintonizan muy bien con mi estado de ánimo (¿o es al contrario?), con los recuerdos y hasta con el paisaje… El tiempo y su velocidad (que diría Julieta Venegas 😉

El destino de los seres humanos es como el de los planetas que se desplazan en el espacio y cruzan sus órbitas. Un par de estrellas hechas una para la otra no hacen más que rozarse para desaparecer a continuación cada una por su lado en la inmensidad” (Cristalización, Edvard Munch)

Sentarse y meditar: recordar sin deseo el rostro de mujeres, disfrutar sin envidia con los grandes logros del hombre, ser todo y estar en todas partes de un modo fraternal y, sin embargo, mostrarse satisfecho por permanecer donde uno está y siendo quien uno es” (Caminata, Robert L. Stevenson)

“Y poco a poco olvidar el tiempo y su velocidad…”

 

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La música, explica Oliver Sacks, “no sólo nos eleva a grandes alturas emocionales o actúa de acicate de la memoria, sino que puede sumirnos en la depresión o empujarnos a comportamientos y percepciones totalmente obsesivos”

Pero, ¿dónde están los besos que me debes? /
en cualquier esquina, /
cansados de vivir en tu boquita /
siempre a la deriva…

(A fuego, Extremoduro)

Música para disolver los recuerdos, para crear cortocircuitos en las sinapsis que codifican y almacenan las imágenes de aquello que pasó y ya no está, de aquello que sentimos y que ahora es vacío. No siempre la música es una herramienta para la evocación, o quizá por eso, porque tiene un enorme poder de evocación es por lo que se hacen necesarios elementos musicales cuya función es justamente la contraria: ayudar a olvidar.

En este blog la música siempre está presente como una llave que abre las puertas de la memoria. Amàlia Rodrigues me devolvió a las carreteras secundarias del Alentejo portugués, Marketa Irglova a aquel verano en Dublín, Llasa de Sela a la Pampa estrellada, Michael Sardou a un semáforo en rojo cerca de La Caleta, Jeff Buckley a los cipreses del Colegio Aljarafe, Ariel Roth a una noche de primavera a orillas del Guadalquivir, Silvia Pérez Cruz a una corazonada al filo del otoño, Juan Luis Guerra al bullicio de la calle El Conde en Santo Domingo, Andrés Calamaro a las confidencias inesperadas en una pizzería del extrarradio…

Leyendo a Oliver Sacks (Musicofilia) uno puede atisbar los asombrosos mecanismos biológicos, y psicológicos, que dotan a la música de ese tremendo potencial de evocación que, a veces, llega a manifestarse al margen de nuestra voluntad, como si un grupo de neuronas se hubiera amotinado y estuviera pasando a cuchillo a los guardianes de la conciencia. En esos casos, de forma inexplicable o ligado a un acontecimiento aparentemente inocuo, aparece el temible fenómeno de los “gusanos musicales“: melodías que dan vueltas y vueltas en el cerebro, al margen de nuestra voluntad, hasta que se diluyen, horas o días después… al margen de nuestra voluntad.

De alguna manera, la música tiene en numerosas personas, en mi mismo, vida propia. Una vez que he incorporado una melodía a mi íntimo registro musical ya no puedo hacer casi nada por evitar que abra puertas, desate recuerdos, provoque escalofríos, atenace la garganta, alimente sonrisas, invite a las lágrimas… Imposible domesticarla: hará lo que tenga que hacer, y lo hará en el momento que le venga en gana. Por eso coincido con el inquietante diagnóstico del psicoanalista Theodor Reik cuando explica que “las melodías que te rondan por la mente (…) podrían darle al analista una clave de la vida secreta de las emociones que vive cada uno de nosotros“. Y añade: “En este canto interior, la voz de un yo desconocido transmite no sólo estados de ánimo e impulsos pasajeros, sino a veces un deseo reprimido o rechazado, un anhelo y una pulsión que no nos gusta admitir“. Y concluye: “Sea cual sea el mensaje que lleva, la música incidental que acompaña nuestro pensamiento consciente nunca es accidental“.

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Algunos dicos debería guardarlos en la caja de herramientas o en el botiquín… (Foto: José María Montero)

Por eso mismo, porque nada es caprichoso en ese canto interior, es por lo que yo uso música para borrar recuerdos. No es algo consciente y, por tanto, no hay intención manifiesta, pero cuando un determinado tipo de música me domina con un grado de exclusividad desproporcionado sé que ha comenzado el exorcismo, reconozco a mi cerebro en el sano ejercicio de olvidar lo que debe ser olvidado para dejar así sitio a la sonrisa y el optimismo. Para dejar espacio al futuro.

Los que me conocen bien no se sorprenden, pero los que me tratan de manera más superficial piensan que estoy gamberreando, que me he equivocado de emisora o que estoy adoptando una pose. Y lo entiendo, porque resulta difícil de creer que a las siete de la mañana, camino del trabajo, en mi coche los altavoces estén a punto de reventar con el serrucho eléctrico de las guitarras de Extremoduro. Sí, este otoño estoy Extremoduro, estoy Robe Iniesta, muy Robe Iniesta, y eso quiere decir que mi cerebro, y mi corazón, están en modo auto-clean. Como los granos de una lija del 50 las notas, una a una, van puliendo los recuerdos hasta convertirlos en polvo. Como un soplete de acetileno los acordes van reduciendo a ceniza las armaduras en donde aún se sostienen esos decorados en los que un día, lejano, representamos aquel lindo teatro. Como un martillo pilón cada uno de los compases, rotundos, va demoliendo los pilares de una casa en la que ya no vive nadie.

Música para matar los recuerdos. Y aún así, sigue siendo hermosa, porque en esta función homicida también está a nuestro favor, también nos ayuda, también es profunda y exclusivamente humana.

 

PD: “A fuego” es uno de mis disolventes favoritos. Dos o tres pases, a primera hora de la mañana, y no hay recuerdo que se le resista. La melancolía es incompatible con este contundente tema de letra más que explícita (Robe style).

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Cuando hayamos desaparecido no habrá nadie como nosotros, pero, por supuesto, nunca hay nadie igual a otros. Cuando una persona muere, es imposible reemplazarla. Deja un agujero que no se puede llenar, porque el destino de cada ser humano —el destino genético y neural— es ser un individuo único, trazar su propio camino, vivir su propia vida, morir su propia muerte.

No puedo fingir que no tengo miedo. Pero el sentimiento que predomina en mí es la gratitud. He amado y he sido amado; he recibido mucho y he dado algo a cambio; he leído, y viajado, y pensado, y escrito. He tenido relación con el mundo, la especial relación de los escritores y los lectores.

Y, sobre todo, he sido un ser sensible, un animal pensante en este hermoso planeta, y eso, por sí solo, ha sido un enorme privilegio y una aventura”

(De mi propia vida, Oliver Sacks)

 

A finales de febrero de este mismo año, que ha sido, que está siendo, un año especialmente intenso, leí el artículo del que he elegido un párrafo para prologar esta anotación de madrugada. Un artículo en el que mi admirado Oliver Sacks anunciaba su cáncer, incurable y terminal, y se despedía de sus lectores.

El pasado domingo murió este neurólogo británico que nos mostró, como el aventurero que se interna en una selva desconocida llena de peligros y prodigios, el funcionamiento del cerebro humano. Y lo hizo con un grado de humanidad, de rigor científico, de afecto, de humor, de claridad y de humildad, con el que pocos divulgadores han sido capaces de visitar ese territorio, interpretarlo y regresar, sin perder la sonrisa, para tratar de explicarnos quiénes somos, qué somos, por qué somos, con quién somos… ¿Cuál es el extraño y verdadero vínculo entre nuestra mente y nuestro yo? ¿Qué es en realidad lo que nos anima y nos hace humanos? ¿Qué es lo que separa la cordura de la demencia?

El arte y el horror, el amor y el odio, la música y el ruido, la violencia y la poesía, la mesura y las pasiones, la memoria y el olvido… todo convive, en todos, dentro de esa masa gelatinosa, bañada en un cóctel químico del que no existen dos recetas iguales, que se pasa el día y la noche trazando planes.

En la propia infancia de Sacks convivieron esos ángeles y demonios que nos habitan a todos: frente a la libertad de explorar territorios científicos aparentemente inapropiados para un niño (las explosiones e incendios en su casa eran moneda corriente por culpa de sus experimentos) estaban los malos tratos que padeció lejos de su familia, por culpa de la guerra, y el rechazo cruel de su madre a su homosexualidad declarada. Pero todas estas circunstancias, las buenas y las malas, esas con las que todos convivimos a diario, y también las que más tarde fue descubriendo en su consulta y en los centros psiquiátricos donde trabajó, lejos de convertirlo en un hombre distante o resentido, hicieron de Sacks una persona tremendamente sensible a la diferencia, y así nos ayudó, a muchos apasionados lectores de su extensa obra, a contemplar de manera distinta, mucho más humana y compasiva, a los que hasta ese momento seguramente habríamos despachado con algún adjetivo injustamente simple como “loco”, “perturbado” o “lunático”.

En el arte es mucho más común este acercamiento a los infiernos: la casualidad quiso que el mismo día de la muerte de Oliver Sacks yo estuviera visitando, en el Museo Picasso de Málaga, la emocionante exposición de Louise Bourgeois “He estado en el infierno y he vuelto”, con la que resulta inevitable trazar ciertos paralelismos. Y ahí está otra de las virtudes de este neurólogo: el arte –sobre todo la música– estaba muy presente en su obra, no sólo en el contexto de la misma, o de su propia vida, sino en el mismo corazón de su discurso científico: el arte también nos explica, también muestra ese territorio selvático e inexplorado, también revela nuestra complejidad y nuestra fragilidad, también forma parte de nuestra identidad como especie y como individuos (visitad la exposición de Bourgeois y deteneros, unos instantes y en silencio –nada de audioguías ni de catálogos–, delante, por ejemplo, de la serie de grabados, acuarelas, dibujos a lápiz y gouache 10 am is When you Come to Me”10 am es Cuando tú Vienes a Mí–).

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Ahí están nuestras manos buscando, buscándonos, buscando al otro, a la otra. Estrechándose. Separándose. Reencontrándose. Ahí están nuestras manos explorando el abismo… (Fragmento de la serie “10 am is When you Come to Me”, Louise Bourgeois)

 

Oliver Sacks, desde las dos culturas, se asomó al abismo de la condición humana para certificar el vértigo que sentimos ante ese enigma insondable pero, al mismo tiempo, nos convenció, desde la voz de la ciencia y la luz del arte, de que en ese abismo estamos nosotros, todos nosotros y todo lo bueno que hay en nosotros. Su voz era la de la esperanza y el optimismo, y no se trataba de la mirada estéril de un romántico bienintencionado, sino la mirada, sorprendida, lúcida, apasionada y sin prejuicios, de un niño que quiere entender el mundo sin dejar de jugar, o que quiere seguir jugando para poder así entender el mundo, aunque tenga que sortear explosiones, incendios y el rechazo de los que no toleran la diferencia. En realidad, como nos gustaría hacer a (casi) todos…

“Si bien he tenido relaciones amorosas y amistades, y no tengo auténticos enemigos, no puedo decir (ni podría decirlo nadie que me conozca) que soy un hombre de temperamento dócil. Al contrario, soy una persona vehemente, de violentos entusiasmos y una absoluta falta de contención en todas mis pasiones”

(De mi propia vida, Oliver Sacks).

 

 

 

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Frida, en su sana despreocupación, administra el batiburrillo de libros que se amontonan en la mesa del porche, los olisquea y los ignora, quizá porque todo lo que explican ella ya lo sabe (Foto: JMª Montero)

Creo que la pasión lectora que este verano se ha apoderado de mi no me visitaba desde Bachillerato, aunque, en realidad, se parece, sobre todo, al apetito literario de aquellos primeros años de Universidad, donde lo devoraba casi todo, con desigual criterio, tratando de educar mi apetito con sabores absolutamente dispares.

¿Quién dijo que escribir es difícil? A veces lo que más cuesta es no escribir, y quizá esa obligada contención, a la que me estoy entregando este verano casi como un sacerdocio, es la que explica la necesidad desmedida de leer, y leer, y leer… y releer. Si no puedo explicarme, al menos que sean otros los que se expliquen, y me lo cuenten, en silencio, al borde del mar, en el porche que mira al jardín o entre los pliegues de la almohada (bien pasada la medianoche).

El cóctel que he elegido y que, como siempre, queda bajo la atenta administración de Frida, mezcla géneros, territorios y épocas de acuerdo a un orden que no comprendo pero que seguro existe. Si leo lo que leo… por algo será. Por ejemplo, sólo leo a Llamazares en verano, ¿por qué? Mezclo la poesía clásica (Catulo, 86 a.C. – 40 a.C.) con la de última hora (Irene X, una aragonesa que no ha cumplido los 25) y con la de siempre (Benedetti, al que vuelvo buscando piedritas), pero ¿tiene algún sentido esta mezcla? Mis comisarios favoritos siguen siendo mediterráneos (Montalbano de Camilleri, Jaritos de Márkaris) o ibéricos de pata negra (los picoletos Bevilacqua y Chamorro, de Silva), pero entre medias, y de la mano de una amiga, se me ha colado un militar islandés (el coronel Keimppainen, de Paasilinna), ¿a qué viene este disparate geográfico? Me consuelo en Patti Smith (releo, emocionado, Éramos unos niños) y me acojono con la última novela de David Trueba (Blitz, cuyo comienzo no dejo de aplazar para protegerme, convencido que va a retomar el hilo a partir de uno de los pocos párrafos que me gustó de la fallida Saber perder), ¿a qué viene tanto sentimiento pegado a unas letras? Y entre medias, para enredar aún más este aparente sinsentido, picoteo en Schopenhauer (agudo aunque políticamente muy incorrecto), en Calamaro (tan excesivo y disperso en sus escritos como en sus canciones), en Gil de Biedma (para no abandonar los excesos, ni la intensidad) o en Dylan (un malafollá imprescindible cuando hay que conducir, solo y de noche, camino a no se dónde, y entonces te acuerdas de que te han regalado Bob Dylan at Budokan en CD: sí, ese mismo, el que perdiste o regalaste hace treinta años…).

Las letras de este verano me quieren decir algo, pero no tengo ni idea de qué es lo que me quieren decir… Ahí van algunas pistas cazadas con el rotulador verde:

Bueno, ¿y qué era? Todavía no lo sé. Me atraían sus ojos, su voz, su cintura, su boca, sus manos, su risa, su cansancio, su timidez, su llanto, su franqueza, su pena, su confianza, su ternura, su sueño, su paso, sus suspiros. Pero ninguno de estos rasgos bastaba para atraerme compulsiva, totalmente. Cada atractivo se apoyaba en otro. Ella me atraía como un todo, como una suma insustituible de atractivos, acaso sustituibles. (…) Ella me daba la mano y no hacía falta más. Me alcanzaba para sentir que era bien acogido. Más que besarla, más que acostarnos juntos, más que ninguna otra cosa, ella me daba la mano y eso era amor.” (La tregua, Mario Benedetti)

El tiempo y la naturaleza, que son sabios, nos permiten reemplazar las capas de alegría y de ilusión que nos van arrancando por capas de comprensión y serenidad, sostenidas en la intuición de que, junto a lo que va deshaciéndose por el camino, hay algo que construimos y que no puede perderse, algo que terminamos siendo y desde donde nos cabe resistir.” (Los cuerpos extraños, Lorenzo Silva)

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Libros que no me canso de leer porque me emocionan como el primer día. Es la vida. Sin más. (Foto: JMª Montero)

Yes, I believe it’s time for us to quit
When we meet again
Introduced as friends
Please don’t let on that you knew me when
I was hungry and it was your world.
Ah, you fake just like a woman, yes, you do
You make love just like a woman, yes, you do
Then you ache just like a woman
But you break just like a little girl.” (Just like a woman, Bob Dylan)

A qué vienes ahora,
juventud,
encanto descarado de la vida?
¿Qué te trae a la playa?
Estábamos tranquilos los mayores
y tú vienes a herirnos, reviviendo
los más temibles sueños imposibles,
tú vienes para hurgarnos las imaginaciones.

(Himno a la juventud, Jaime Gil de Biedma)

Al menos estoy segura de algo: yo no quiero a alguien seguro de lo que quiere. Yo quiero a alguien seguro de que me quiere. Y ya está. Que nunca deje de dudar, pero que me tenga claro. Que me tenga, claro. Y que me ame oscura.” (Grecia, Irene X)

Hoy, frente a San Antonio, tampoco encontró ese espejo, tan sólo el de los cristales de las ventanas de los hoteles que miran a la bahía, pero lo encontrará mañana, cuando vuelva a emerger por Portinatx y se refleje en las buganvillas de toda Ibiza, que son tantas como estrellas hay esta noche en su firmamento. Seguramente, también, la mayoría se agitarán con la brisa que acompaña siempre al amanecer e incluso alguna perderá parte de sus flores, que pasarán a integrar la tierra como las estrellas que se deslizan desde hace rato por la bóveda del cielo lo hacen de la piel de éste y como los recuerdos pasan a formar parte de nuestra biografía. Es el destino de todo lo que se cae, de todo lo que se mueve, ya sea en el cielo, ya sea en la tierra. O en nuestro corazón, que también tiene estrellas y flores como esta noche de San Lorenzo“. (Las lágrimas de San Lorenzo, Julio Llamazares)

Odio y amo. ¿Por qué es así, me preguntas? No lo sé, pero siento que es así y me atormento” (Epigrama 85 – Amor y odio, Catulo)

El deseo trabaja como el viento. Sin esfuerzo aparente. Si encuentra las velas extendidas nos arrastrará a velocidad de vértigo. Si las puertas y contraventanas están cerradas, golpeará durante un rato en busca de las grietas o ranuras que le permitan filtrarse. El deseo asociado a un objeto de deseo nos condena a él. Pero hay otra forma de deseo, abstracta, desconcertante, que nos envuelve como un estado de ánimo. Anuncia que estamos listos para el deseo y sólo nos queda esperar, desplegadas las velas, que sople su viento. Es el deseo de desear“. (Saber perder, David Trueba)

La luz entraba a raudales por las ventanas y bañaba sus fotografías y el poema que componíamos nosotros dos sentados por última vez. Robert muriéndose: creando silencio. Yo, destinada a vivir, prestando oído a un silencio que tardaría toda una vida en expresar“. (Éramos unos niños, Patti Smith)

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En algunos libros también se esconden anotaciones-al-margen que explican cómo, dónde y a qué hora se hicieron vivas esas letras (Foto: JMª Montero)

 

 

Aunque la distancia no pueda con la memoria, busco el calor como las aves migratorias, porque pedir perdón de nuevo ya no sirve para nada. (…) Es que partir es morir un poco. A veces, optar entre un entorno seguro que te abriga y que te espera, y elegir la libertad desesperada de inventarse cada día es una decisión dramática. No importa la elección, es imposible no arrepentirse“. (Paracaídas &vueltas. Diarios íntimos, Andrés Calamaro).

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Chubas

¿Quién tiene miedo al temporal con un chubasquero decente y unas buenas botas? (es un selfie fallido, pero me gusta… 🙂 )

Me gusta cuando en invierno, solitaria, la playa se asilvestra. El anuncio del temporal, que debería ser reclamo y no alarma, disuade a los paseantes y, así, pocos somos los que disfrutamos de esa estampa, primitiva y poderosa, que componen el viento, la lluvia y el oleaje batiendo caóticos la orilla. La naturaleza en puro desequilibrio, como está siempre, por cierto, aunque pensemos lo contrario…

 

Un chubasquero decente, unas buenas botas y el asombro a flor de piel, el mismo asombro con el que recorría las playas de mi infancia buscando piedritas, guijarros pulidos que adornaban el alfeizar de una ventana.

Piedras

Hoy he vuelto a casa con los bolsillos llenos de piedritas…

Hoy, caminando contra el viento, he vuelto a buscar piedritas, porque así no me distraigo y mi atención reposa en los pequeños detalles, esos en los que se esconde la belleza; porque esa ocupación, infantil e improductiva, me obliga a olvidarme de lo complejo y a caminar despacio (ya correré el lunes y me defenderé a duras penas de las complicaciones…).

Hoy he vuelto a casa con los bolsillos llenos de piedritas y he recordado el poema de Benedetti: quién sabe si alguna terminará en manos de la alegría, que siempre anda buscando piedritas para llamarnos, para anunciarse, para recordarnos que está ahí fuera, esperando…

 

Piedritas en la ventana
(Mario Benedetti)

De vez en cuando la alegría
tira piedritas contra mi ventana
quiere avisarme que está ahí esperando
pero me siento calmo
casi diría ecuánime
voy a guardar la angustia en un escondite
y luego a tenderme cara al techo
que es una posición gallarda y cómoda
para filtrar noticias y creerlas

quién sabe dónde quedan mis próximas huellas
ni cuándo mi historia va a ser computada
quién sabe qué consejos voy a inventar aún
y qué atajo hallaré para no seguirlos

está bien no jugaré al desahucio
no tatuaré el recuerdo con olvidos
mucho queda por decir y callar
y también quedan uvas para llenar la boca

está bien me doy por persuadido
que la alegría no tire más piedritas
abriré la ventana
abriré la ventana.

 

Piedrass

Quién sabe si la alegría no terminará por usar alguna de estas piedritas para anunciarse, para llamarnos…

 

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