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Archive for the ‘Medio Ambiente’ Category

Una erupción como la de 1963 podría lanzar rocas hasta una altura de ocho kilómetros y gases hasta los 10.000 metros.

En 1963, la erupción explosiva del volcán Gunung Agung causó la muerte de más de mil quinientas personas, una tragedia que las autoridades de Bali tratan de evitar estos días evacuando las poblaciones más cercanas y limitando el tráfico aéreo en la zona. El gigante (3.400 metros de altura) despertó de su letargo el pasado verano y los especialistas temen que en cualquier momento esta isla del archipiélago indonesio, situada en el denominado Cinturón de Fuego del Pacífico, sufra las consecuencias de una nueva serie de erupciones catastróficas. Los efectos de la erupción de 1963 sirvieron para demostrar, por vez primera con argumentos científicos, la relación que existe entre este tipo de sucesos y determinadas alteraciones en el clima. 

Los volcanes, en definitiva, siguen manifestando la potencia destructora que puede desarrollar la naturaleza, sin que exista tecnología capaz de evitarla ni contenerla. Una fuerza que, de acuerdo a los trabajos de algunos investigadores, ha sido capaz de cambiar el curso de la historia.

Dos geólogos norteamericanos, Michael Rampino y Stephen Self, apuntaron en 1992 la posibilidad de que una erupción volcánica de enormes proporciones fuera la causante de una anomalía en la evolución del género humano. La catástrofe que pudo afectar a nuestros ancestros se produjo hace unos 74.000 años cuando el volcán Toba, situado en la isla indonesia de Sumatra, explotó con una violencia que hoy es difícil de imaginar, arrojando a la atmósfera unos 800 kilómetros cúbicos de cenizas mezcladas con otros 2.000 kilómetros cúbicos de diversos materiales. La erupción, calificada de magnitud 8 (o “mega-colosal” en el argot de los vulcanólogos), puede considerarse la mayor de las registradas en los últimos 25 millones de años.

Las cenizas alcanzaron las capas más altas de la atmósfera y se extendieron por todo el planeta. Algunos autores consideran que la columna de humo volcánico pudo alcanzar los 40 kilómetros de altura, y lo cierto es que se han encontrado estratos con importantes capas de cenizas, procedentes del Toba, en diferentes emplazamientos de India y China situados a miles de kilómetros de distancia del volcán.

La erupción del Agung en 1963 sirvió para verificar que determinadas alteraciones climáticas pueden ser debidas a erupciones volcánicas.

El escudo de cenizas que se instaló en la atmósfera filtró la radiación solar hasta originar un acusado descenso en la temperatura media del planeta (descenso evaluado en unos 3 grados centígrados), lo que provocó un invierno volcánico global que pudo extenderse a lo largo de unos seis o siete años. En las regiones templadas, señalaron Rampino y Self, la temperatura media pudo llegar a descender unos 15 grados centígrados, lo que provocó una brusca alteración en las condiciones ambientales. Al margen de esos seis o siete años donde el impacto climático de la erupción del Toba pudo ser extremo, también se sospecha que las alteraciones atmosféricas causadas por el volcán provocaron una etapa de frío intenso que se prolongó durante unos 1800 años y que afectó al conjunto de la biodiversidad terrestre.

Un antropólogo también norteamericano, Stanley H. Ambrose, combinó toda esta información con algunas evidencias obtenidas a partir de estudios genéticos en los que se señalaban ciertos “cuellos de botella” en la historia evolutiva de las poblaciones humanas, es decir, momentos en los que se manifestaron reducciones drásticas en el número de individuos. Y una de estas reducciones coincidía, precisamente, con la época en la que el Toba originó un invierno volcánico global. A juicio de Ambrose, la catástrofe colocó casi al borde de la extinción a las diferentes especies de humanos (homo sapiens y neardentales) que entonces poblaban el planeta, de manera que sólo habrían sobrevivido las poblaciones de homo sapiens que vivían en las zonas ecuatoriales.

Ambrose llegó a considerar que este fenómeno también influyó de manera decisiva en la diferenciación humana. El invierno volcánico, argumentó, terminó provocando el aislamiento de unas pocas poblaciones humanas que tuvieron que adaptarse a las condiciones de cada emplazamiento, lo que explicaría, según este antropólogo, la escasa diversidad genética de nuestra especie y, sin embargo, los diferentes caracteres físicos que se manifiestan en las numerosas etnias. Como el propio Ambrose explica: “Cuando la diáspora de los humanos modernos africanos pasó a través del prisma del invierno volcánico del Toba, apareció un arco iris de diferencias”.

Las teorías de Rampino, Self y Ambrose han sido muy discutidas y hoy no se sabe a ciencia cierta cuál fue el verdadero impacto que la monumental erupción del Toba tuvo en las poblaciones humanas de hace 74.000 años. Incluso se discute la intensidad del invierno global originado por el escudo de cenizas que se instaló en la atmósfera, ya que algunos científicos chinos, como Meng-Yang Lee, han demostrado, estudiando los restos de otras mega-erupciones ocurridas hace miles de años, que si bien el bloqueo de las radiaciones solares origina un enfriamiento del clima éste no causa alteraciones a largo plazo y mucho menos origina una glaciación. En el caso del Toba, señalan estas investigaciones, el clima del planeta ya se deslizaba hacia una etapa más fría y la erupción sencillamente aceleró este tránsito.

Un año sin verano

Aunque el ejemplo del Toba es una referencia habitual a la hora de conectar las erupciones volcánicas con ciertas alteraciones climáticas, no es necesario remontarse a sucesos que ocurrieron hace miles de años para certificar esta conexión.

Aunque modifiquemos la escala de nuestro calendario de nuevo tendremos que situarnos en Indonesia, en una pequeña isla llamada Sumbawa donde se ubica el volcán Tambora, protagonista de otra de esas erupciones colosales. En este caso la gran explosión se produjo en los primeros días del mes de abril de 1815, aunque la actividad volcánica se prolongó hasta finales de agosto de ese mismo año, arrojando a la atmósfera unos 30 kilómetros cúbicos de cenizas y otros materiales. La erupción provocó un tsunami que barrió zonas litorales situadas a casi 2.000 kilómetros de distancia, provocando la muerte de más de 80.000 personas. Los vulcanólogos consideran que éste es el mayor cataclismo volcánico de los últimos diez mil años.

Columna de vapor de agua y cenizas durante la erupción del volcán Grimsvötn (Islandia, noviembre 2004).

En su libro El hombre y el clima el físico francés Jacques Labeyrie se atreve a calcular el volumen de cenizas que el Tambora arrojó a la atmósfera: “Es lógico pensar que se hayan inyectado, por encima de los 15 kilómetros de altura, por lo menos 150 millones de toneladas de estas partículas de polvo muy finas. Su dimensión de pocos micrones no les permitió durante varios años caer al nivel del mar”. De acuerdo a los vientos predominantes en las capas altas de la atmósfera y a su diferente orientación e intensidad según las distintas latitudes, Labeyrie explica cómo las cenizas del Tambora terminaron por cubrir todo el planeta y por eso se han encontrado estratos con cenizas procedentes de esta erupción en Groenlandia o en las mesetas heladas de la Antártida.

Pero lo cierto es que a comienzos del siglo XIX nadie se preocupaba por la influencia que una erupción volcánica, localizada en una remota isla del sudeste asiático, pudiera tener en el clima. La conexión entre ambas circunstancias ya había sido esbozada por Benjamin Franklin a finales del siglo XVIII, pero no se demostró como cierta, con las correspondientes evidencias científicas, hasta que en 1963 se estudiaron, precisamente, los efectos de la erupción del volcán Gunung Agung en la isla de Bali.

Sin embargo, y aunque entonces no pudiera establecerse esta relación, la erupción del Tambora provocó una serie de anomalías climáticas bien documentadas que dieron lugar, en 1816, a lo que los historiadores del clima denominan “el año sin verano”.

En un extenso artículo, publicado en la Revista del Aficionado a la Meteorología, la historiadora Carmen Gozalo de Andrés detalla las particulares condiciones ambientales que se registraron en diferentes puntos de Europa durante aquel año atípico. “La ciencia meteorológica de aquel momento”, explica, “no relacionó el continuo velo de polvo atmosférico, ni los deslumbrantes crepúsculos, con la erupción del volcán Tambora, cuya existencia probablemente desconocía. Se contemplaba con estupor el comportamiento del extraño verano que había retrasado las vendimias del sur de Francia hasta los últimos días de octubre y las de la cuenca del Rhin hasta principios de noviembre. En Paris se registraban en el mes de julio temperaturas medias inferiores en 3,5 grados a las normales de aquel mes, y en agosto estos valores eran casi tres grados más bajos”.

Ya que no existen registros meteorológicos que lo puedan certificar, en España se ha recurrido al estudio de fuentes indirectas para comprobar si efectivamente aquel verano también fue anómalo. Los libros de tazmías, donde se anotaban los diezmos que, procedentes de la agricultura y la ganadería, los feligreses entregaban a sus parroquias, son un excelente indicador de la producción agropecuaria y de cómo ésta se veía mermada por circunstancias meteorológicas adversas. “Hecho un estudio comparativo entre las tazmías de los años 1815, 1816 y 1817 en cuarenta localidades cántabras”, detalla Gozalo de Andrés, “se puede asegurar, sin ninguna duda, que Cantabria no disfrutó en 1816 de su habitual verano confortable. Mucho frío, poco sol y excesivas lluvias contribuyeron a reducir las cosechas a cotas de miseria y retrasar su recolección hasta noviembre, ya bien entrado el otoño”.

Un volcán revolucionario

Las repercusiones sociales y políticas de estas anomalías en la producción agroganadera ya se habían estudiado en otros países de Europa, y en algunos casos aparecen también vinculadas a circunstancias climáticas inducidas por erupciones volcánicas.

No muy lejos del volcán Eyjafjall, que en la primavera de 2010 colapsó el tráfico aéreo de toda Europa, se encuentra el Laki, también en suelo islandés, cuya erupción de 1783-84 lanzó a la atmósfera más de diez millones de toneladas de dióxido de azufre que terminaron convirtiéndose en ácido sulfhídrico, un agente muy tóxico que provocó daños gravísimos en la agricultura y la ganadería. Las cenizas expulsadas cubrieron una superficie de más de 8.000 kilómetros cuadrados, y el invierno, como ocurriría poco después con el Tambora, registró unas temperaturas medias más bajas de lo normal. Este cóctel de circunstancias, achacables a la erupción del Laki, provocaron una hambruna que se extendió por gran parte del continente, hambruna que algunos autores consideran el detonante de la Revolución Francesa.

En épocas más recientes se han registrado erupciones de gran calibre cuyo efecto climático ha podido analizarse con mucha más precisión. Los dos ejemplos que suelen citarse son el del Chichón (México, 1982) y el del Pinatubo (Filipinas, 1991). La erupción de este último, situado en la isla de Luzón, lanzó gran cantidad de cenizas a la estratosfera, de manera que terminaron por distribuirse por todo el planeta permaneciendo, las de menor calibre, más de un año sin caer a tierra. Las cenizas llegaron a depositarse a cerca de 2.500 kilómetros de distancia del volcán. En este caso los científicos pudieron determinar el impacto climático de la erupción: la temperatura media del planeta disminuyó en 0,5 grados centígrados. En cierto modo la erupción frenó el calentamiento global, pero, al mismo tiempo, los gases expulsados a las capas altas de la atmósfera aceleraron la destrucción del ozono estratosférico.

Erupción del volcán Colima (México) con la que Sergio Tapiro ha recibido el premio al Mejor Fotógrafo de Viajes 2017 de National Geographic.

La erupción del Pinatubo se combinó, además, con una duración más larga de lo habitual en el fenómeno de El Niño, un calentamiento periódico de las aguas del Pacífico, de manera que los climatólogos certificaron, en 1992 y en diferentes partes del mundo, un invierno excesivamente cálido y un verano con temperaturas demasiado frías.

Estos son ejemplos excepcionales porque lo cierto es que, a corto plazo, no es fácil determinar la influencia de los volcanes en el clima, ya que habría que analizar otras muchas variables (desde la evolución de las capas de nubes hasta la acumulación de nieve en los casquetes polares) y, sobre todo, no se dispone de un registro completo y fiable de la actividad volcánica en todo el planeta. Sólo a lo largo del siglo XX se estima que el número de erupciones volcánicas pudo superar las 3.600, y muchas de ellas pasaron inadvertidas para los científicos.

La naturaleza del material expulsado durante una erupción, explica el meteorólogo Luis Carlos Baldicero, también dificulta identificar sus efectos climáticos. “Cuando se compone de poco dióxido de azufre y muchas partículas, las consecuencias probablemente no se extiendan más allá de seis meses, mientras que si hay abundante dióxido de azufre las repercusiones sobre el clima pueden durar más de dos años. Y otra variable importante es la dirección de los vientos”. Demasiadas circunstancias para poder determinar el impacto climático real de cada una de las erupciones que se producen en el planeta.

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Fragmento de la conferencia “El círculo de la voluntad” que dicté en el acto de entrega de los Premios de Comunicación Flacema (Sevilla, 26 de octubre de 2017).  

Para salir airosos de la encrucijada a la que nos conduce el debate en torno a la Economía Circular, y hablando de la cooperación como herramienta decisiva, resulta imprescindible el concurso de los medios de comunicación generalistas, el trabajo de los periodistas que deben, que debemos, trasladar a públicos heterogénos y no especializados la complejidad de estas cuestiones que nos enfrentan a nuestra propia supervivencia. Vivimos prisioneros de los sucesos, que nos entretienen, captan la atención y encienden el debate, pero que difícilmente generan conocimiento. Esta, la información ambiental, es una información de procesos en la que hay que señalar causas, consecuencias, actores, soluciones…, y la atención a todos estos elementos requiere tiempo y conocimiento, reposo y mirada democrática. Los problemas ambientales se llevan muy mal con el periodismo urgente, plagado de inexactitudes y ruido (con frecuencia interesado).

Tampoco conviene caer en la trampa de sentirse más cerca de nuestras fuentes que de nuestros receptores. Cuando un periodista se pone a escribir sólo puede militar en el periodismo. No somos ecologistas, ni somos portavoces de la industria, ni nos alineamos con la Administración… por muy loables que sean sus argumentos: únicamente nos debemos a nuestros receptores. Si nos identificamos con nuestras fuentes hasta el extremo de confundirnos con ellas es fácil que caigamos en un periodismo reduccionista, ese que se asoma a una realidad complejísima y la simplifica hasta obtener un tranquilizador (o inquietante) escenario de buenos y malos, un paisaje de negros y blancos del que han desaparecido los infinitos matices en los que  buscar una explicación, una solución. El periodismo no debe perseguir adhesiones sino argumentos.

¿Qué quieren nuestros receptores? Que les ayudemos a entender la complejidad del mundo que les rodea sin hurtarles ninguno de los elementos que lo componen, incluidas incertidumbres, contradicciones y zonas oscuras. Por eso un periodista, el verdadero periodista ambiental,  necesita una mirada abierta, democrática y conciliadora. Es más importante entender que juzgar, pero es más fácil juzgar que entender. Y no es que los juicios sean malos per se, es que un buen juicio necesita comprensión, interpretación, argumentos, tiempo… Pero un escenario periodístico frenético, entregado a la urgencia del suceso, la denuncia o la exclusiva, se alimenta no de juicios sino de prejuicios (que son fáciles y rápidos, pero que con frecuencia traicionan el verdadero conocimiento de un problema y la búsqueda cooperativa de soluciones).

Insisto: nuestros receptores no quieren, ni merecen, juicios (y menos prejuicios), ni sentencias y condenas rápidas, inapelables, ni siquiera manuales sobre lo que deben o no deben hacer.  En el periodismo en general (y en el ambiental en particular) necesitamos más creatividad que reactividad. Necesitamos una mirada plural, formada, reposada y conciliadora. Y aunque esta es, sobre todo, una responsabilidad nuestra, de los propios periodistas, no lo es menos de cierta clase política, esa que aplaude al peor periodismo, y de algunas fuentes cualificadas (industria, ecologistas, científicos…) que a veces prefieren comportarse como enemigos y no como aliados de los medios de comunicación, sobre todo en cuestiones de tan evidente calado social como es el modelo de desarrollo con el que podemos escapar del desastre.

Abrir espacios como este, donde diferentes voces pueden entablar un diálogo reposado, plural y en libertad, en torno a problemas ambientales complejos, es lo que más necesitamos. Insisto: quizá con más urgencia que leyes o inversiones. Dice mi amiga María Novo, catedrática de Educación Ambiental, y dice bien, que en torno a algunas cuestiones ambientales hemos generado mucho más conocimiento que relaciones, y que, quizá, hay que insistir en las relaciones para poder salir de esta crisis que amenaza nuestra propia supervivencia. Y Einstein aseguraba que en momentos de crisis es más importante la imaginación que el conocimiento. Necesitamos más relaciones, más imaginación, más creatividad, más diálogo, más cooperación, más transparencia, más serenidad… Necesitamos inversiones y tecnología, claro que sí, pero sobre todo necesitamos herramientas intangibles y gratuitas que sólo precisan de nuestra voluntad, la de todos.

 

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Nos enfrentamos a una nueva extinción (masiva) de especies. Ya no hay duda, o, dicho de otra manera, las evidencias científicas son tan sólidas que no cabe moderar la gravedad de la noticia con el consuelo de la incertidumbre. La última extinción de este calibre, la quinta en el particular cómputo que manejan los científicos, tuvo lugar hace 65 millones de años y fue la que hizo desaparecer a los dinosaurios. La sexta extinción ya está en marcha, y las pruebas más recientes (reunidas por Ceballos, Ehrlich y Dirzo, tres investigadores que llevan tiempo estudiando este fenómeno) se publicaron el pasado mes de julio en la prestigiosa revista norteamericana Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS). Después de analizar con detalle el estado de conservación de 177 especies de mamíferos repartidas por todo el mundo, los autores de este trabajo concluyeron que “todas han perdido un 30% o más de su distribución geográfica, y más del 40% de estas especies han experimentado una grave disminución de sus poblaciones”.

Esta anomalía, particularmente intensa en las zonas tropicales, es mucho más grave de lo que se percibe, porque va más allá de la desaparición de individuos o especies. Reducir la diversidad biológica también implica la pérdida de los servicios ambientales que nos prestan los ecosistemas, beneficios casi invisibles pero cruciales como es el caso de la polinización que llevan a cabo las abejas, la formación de suelo fértil o la purificación del aire o el agua. Procesos en los que actúan esos múltiples elementos que componen el complejo puzle de la vida.

En resumen, como advierten estos investigadores, se trata de una verdadera “aniquilación biológica” que tendrá graves consecuencias ecológicas, sociales y económicas. Y no hablamos de un impacto localizado, sino de una ola que recorre el planeta sin freno y sin distinguir fronteras.

Estos son los verdaderos problemas en los que deberíamos concentrar nuestra atención y nuestro esfuerzo, porque lo que está en juego es la propia supervivencia de la especie humana. Nos enfrentamos a riesgos, llamados existenciales, que amenazan con barrer del mapa a la humanidad”, explica Anders Sandberg, investigador del Instituto para el Futuro de la Humanidad (Universidad de Oxford). Y detalla: “No se trata solo de los riesgos de grandes desastres, sino de desastres que podrían acabar con la historia”. Las evidencias de esta amenaza son tan contundentes que hace menos de un año la comunidad científica comenzó a considerar que también hemos cruzado el umbral de una nueva era geológica, el Antropoceno, donde el hombre se convierte en el gran protagonista a cuenta de su inquietante capacidad para alterar las condiciones naturales a escala planetaria. Pero, ¿cuándo comenzó el Antropoceno? La fecha y el acontecimiento que proponen los geólogos no deja lugar a dudas: 1950, cuando se multiplicaron las pruebas nucleares en diferentes territorios hasta diseminar isótopos radiactivos por todo el planeta. Esa será la marca, indeleble, que identificará esta nueva era… si es que alguien nos sobrevive para describirla.

[ Este es un fragmento del artículo que acabo de publicar en la revista Mercurio: Devorando el planeta ]

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Tengo debilidad por la obra de la fotógrafa (aficionada) Niki Boon, que ha decidido mostrar, en un desnudo y elegante blanco&negro, cómo transcurre la vida de sus hijos en una apartada zona rural de Nueva Zelanda, donde el principal juguete es la naturaleza (www.nikiboonphotos.com/)

Cuando en la playa me aburro de mirar las olas (si es que alguien en su sano juicio puede cansarse de mirar las olas) me entretengo en espiar a los niños pequeños que andan (o gatean) enredando entre las toallas y las sombrillas, o que retozan felices en la misma orilla del mar. En pocos escenarios como este los adultos  permitimos a un menor de edad alcanzar tal grado de sana cochinez y estimulante salvajismo. No importa que traguen agua salada, mastiquen arena, se emborricen en fango, estrujen un puñado de algas o se tatúen los mofletes con la cagada fresca de una gaviota. Ninguna de estas circunstancias solemos juzgarla como peligrosa y, sin embargo, fuera de este escenario natural (como también ocurre fuera de un bosque o de un arroyo) los juegos de un infante cada vez nos provocan más inquietud a cuenta de los peligros visibles e invisibles.

Me pregunta una amiga si el deterioro de la calidad ambiental en las grandes ciudades está afectando a los niños que viven en ellas. Cuando me hacen una pregunta que aparenta tener una respuesta sencilla siempre desconfío de mi tendencia natural a contestar de manera rápida y simplona. Y la respuesta a esta pregunta no es tan sencilla como parece y merece algunas consideraciones que aprovecho para compartir en este blog.

Diferentes grupos de trabajo, compuestos por especialistas en variadas disciplinas científicas, llevan años estudiando los riesgos que plantean determinadas sustancias químicas en la salud infantil. Entre otras preocupan las dioxinas, los bifenilos policlorados (PCB), los metales pesados y los disruptores endocrinos. Estos últimos, presentes en multitud de elementos de uso cotidiano, actúan como falsas hormonas alterando el correcto funcionamiento del organismo.

Pero la amenaza de estas y otras sustancias nocivas no sólo está presente en el aire contaminado de las grandes ciudades o en espacios abiertos sometidos a un intenso deterioro atmosférico. El interior de los edificios y viviendas también acumula concentraciones notables de agentes tóxicos. Los europeos pasamos entre un 85 % y un 90 % de su tiempo en espacios cerrados, y aunque en ellos se crea la falsa sensación de estar a salvo de las agresiones ambientales, varios  estudios amparados por las autoridades de Bruselas revelan cómo los niveles de contaminación en el interior de inmuebles pueden llegar a duplicar las cantidades medidas en el exterior. Primer matiz importante: nuestras casas no siempre son más seguras que el ambiente exterior.

Hace algunos años Josep Ferrís, coordinador de la Unidad de Salud Ambiental Pediátrica del Hospital Materno-Infantil Universitario La Fe (Valencia), me aportaba, a propósito de esta preocupación, un dato incontestable: “Menos del 10 % de las más de 100.000 sustancias químicas que contaminan el medio ambiente han sido valoradas en función de sus efectos en la salud infantil y juvenil”.  En definitiva, argumentaba con sincera contundencia este pediatra, “si a finales del siglo XIX los mineros utilizaban canarios para detectar la peligrosidad ambiental de los fondos de las galerías subterráneas, actualmente nuestros niños son los canarios de la irresponsabilidad, el egoísmo, la avaricia y la falta de respeto al medio ambiente”.

El párrafo es duro, pero no falta a la verdad. Si bien es cierto que la mortalidad infantil no ha dejado de reducirse en nuestro país, poco se sabe aún de los efectos a medio y largo plazo que tendrá la exposición a un creciente número de sustancias químicas. Sobre algunas enfermedades, como el asma, no caben dudas a la hora de establecer su relación directa con el deterioro de la calidad ambiental, pero cada vez se van sumando más evidencias en torno a otras enfermedades como ciertos tipos de cáncer.

El segundo matiz que admite la pregunta es precisar el por qué los niños son particularmente vulnerables a las alteraciones ambientales y a las agresiones de algunas sustancias químicas. En ningún caso, para empezar, los menores pueden ser considerados como “adultos en miniatura”, uno de los principios sobre los que suelen insistir los pediatras, ya que su organismo presenta unas características peculiares que nada tienen que ver con las que se van a manifestar en la edad adulta.

Tanto en la etapa fetal como en los primeros años de vida hay una evidente inmadurez anatómica y funcional, de manera que tanto los órganos vitales como las funciones que estos desempeñan pueden verse alteradas por determinados agentes químicos, capaces de provocar efectos adversos a corto, medio y largo plazo. Especialmente graves son las alteraciones que, por esta causa, pueden originarse en el desarrollo neurológico o en la eficaz puesta a punto del sistema inmunológico.

El rápido crecimiento que se manifiesta en estas primeras etapas hace que los niños coman más alimentos, beban más líquidos y respiren más aire por kilogramo de peso corporal que los adultos. Y esto quiere decir que también incorporan más sustancias nocivas por kilo de peso que un adulto, con el agravante de que no tienen aún plenamente operativos los mecanismos para neutralizar o eliminar estas sustancias. La capa córnea de la piel, al ser menos consistente, facilita, asimismo, el que se introduzcan, por absorción, algunos contaminantes.

Por último hay que anotar los comportamientos sociales, ya que los niños, por ejemplo, aún no saben interpretar los signos de alerta que previenen a los adultos. Además, pasan mucho tiempo a ras de suelo, reptando o gateando, con lo que están más expuestos a los contaminantes presentes en la tierra o el polvo. Incluso en ambientes domésticos los niños que aún no son capaces de andar respiran compuestos orgánicos volátiles que son más densos y pesados que el aire y que, por este motivo, los adultos no inhalan.

Una de las hijas de Niki Boon perfectamente integrada entre las hojas de un arbusto protector. ¿Dónde termina ella y comienza el vegetal?

La pregunta parecía fácil de contestar, pero ya veis que, como en otras muchas cuestiones ambientales, la respuesta nos lleva a un escenario muy complejo, con la inquietud añadida de que lo que está en juego es la salud de nuestros hijos. Por eso, no lo dudéis: dejadlos cochinear y asalvajarse en la naturaleza, dejadlos ser niños en la arena de la playa, a orillas del mar, en el tapiz de hojas de un bosque o entre los guijarros de un arroyo.

 

 

 

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Pinares de Doñana quemados en el incendio que en junio (2017) arrasó 8.500 hectáreas de este valioso espacio natural. Fotografía de Jorge Sierra (WWF).

 

Bajo de Guía (Doñana), 19.7.17

Decidme, vosotros que me conocéis bien, si soy yo.

¿Soy el bosque? ¿Seguro que soy el bosque?

Decidme, vosotros que me conocéis bien, si es cierto que soy el bosque. Vosotros que me habéis respirado, que habéis acariciado mi piel, que me habéis paseado. Vosotros que buscasteis mi sombra, que comisteis mis frutos, que calmasteis vuestra sed con las lluvias que atraje. Vosotros que escuchasteis cómo silbaba el viento entre mis hojas y cómo cantaban los pájaros en mis ramas. Vosotros que os perfumasteis con el aroma de mis resinas y mis jaras.

Vosotros (¿lo habéis olvidado) que un día también fuisteis BOSQUE.

Vosotros, que me conocéis bien, decidme si es verdad que soy yo, que soy el BOSQUE.

Me aseguran que esta es mi sangre calcinada, la ceniza de mis troncos, el polvo oscuro de lo que un día fui…

Pero yo no me reconozco en esta tinta negra, tan negra, y tampoco os reconozco a vosotros, los que un día (¿lo habéis olvidado?) también fuisteis BOSQUE.

 

Hay cartas que se redactan de corazón, es decir, (casi) sin pensar…

PD: “Cartas desde el bosque” es una hermosa campaña organizada por WWF (Fondo Mundial para la Naturaleza) con la que dar voz a los que no tienen voz. Me invitaron a que me sumara a esta iniciativa y me pareció el mejor regalo con el que empezar mis vacaciones. Gracias a Coral García recibí en mi retiro gaditano la tinta (negra) fabricada a partir de las cenizas recogidas en la zona del incendio que arrasó 8.500 hectáreas de la comarca de Doñana, una pluma sencilla y unos folios en blanco. Me pidieron que hablara en nombre del bosque y… decidí ser bosque.

Mi carta la escribí en Bajo de Guía (Sanlúcar de Barrameda), de un tirón, sin pensar mucho, en la misma orilla de Doñana.

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En esta imagen tan sencilla se esconde toda la complejidad de Doñana. Sólo hay que saber mirar… La foto, como no podía ser de otra manera, es de mi amigo y vecino Antonio Sabater.

Nota previa: Este texto me hubiera gustado rescatarlo cualquier otro día, cualquier otro domingo en el que hubiera recordado aquella primera vez que pisé Doñana y el idilio que desde entonces mantengo con ese paraíso. Una historia de amor, primaria y pasional, que se ha ido tejiendo gracias a los muchos amigos (extraordinarios) que viven estrechamente vinculados a esa comarca, para conocerla y defenderla, y a las muchas noches (y muchos días) que he tenido el privilegio de vivir pegado a esa tierra, oyendo su latido. El mismo latido que ahora, cuando todavía no ha amanecido, escucho si me asomo al jardín de mi casa que también es antesala de Doñana. Está ahí, y está viva.

Doñana: un retrato de urgencia publicado ayer (domingo, 25 de junio de 2017) en la página web de Canal Sur Televisión.

El atractivo faunístico de Doñana se remonta nada menos que al siglo XIII cuando Alfonso X el Sabio distingue como Cazadero de la Real Corona las zonas marismeñas de Las Rocinas, hasta entonces adscritas al recién conquistado reino mudéjar de Niebla (Huelva). Comienza así la historia de uno de los espacios naturales más valiosos del continente europeo, un oasis decisivo en ese pasillo invisible que enlaza Europa con África. La biodiversidad de este extenso territorio alcanza valores excepcionales que se materializan, aún para los ojos del visitante ocasional, en un impresionante muestrario de fauna en el que sobresale la extensísima nómina de aves acuáticas.

La comarca de Doñana es, desde hace décadas, el principal escenario de una batalla en la que tratan de salvaguardarse valores naturales de excepción frente a modelos de desarrollo insostenibles. Pero la dualidad, este juego de contrarios, no sólo aparece en esa vieja tensión entre humanos y naturaleza más o menos virgen, también está presente en la misma raíz de la que brota este paraíso. Existe una Doñana seca, de arenas, fruto del Atlántico, y otra húmeda, de barros y aguazales, hija del gran río, del Guadalquivir. Y de la combinación de ambas nacen los tres ecosistemas característicos de este espacio natural: la marisma, las dunas vivas y las arenas estabilizadas. Tres paisajes en constante mutación, animados por el lento discurrir de las estaciones.

Aún cuando los escenarios sean múltiples, cambiantes y llamativos, el mayor atractivo para el visitante que se acerca a este espacio natural radica, como no, en la fauna. Hay en Doñana animales que destacan por su abundancia, hasta extremos insólitos en cualquier otro enclave silvestre, y otros cuya importancia viene dada por su escasez, por su rareza.

El Atlántico, la arena, los pinos… un paisaje dinámico, en constante movimiento. Un paisaje vivo. La foto es de mi buen amigo Peter Manschot, otro fotógrafo sensible con el que llevo años colaborando.

Las marismas del Guadalquivir son el principal cuartel de invernada para la avifauna acuática europea. En campañas particularmente benignas se han llegado a censar alrededor de 700.000 aves, aunque el promedio de las últimas décadas se sitúa en torno a los 370.000 ejemplares. Cercetas y ánades silbones, patos reales y cucharas, flamencos y ánsares son los más numerosos en esta época del año, mientras que en primavera, y atraídas por la abundancia de alimento, acuden a este humedal otras muchas especies, como fochas, canasteras, avefrías, cigüeñuelas, avocetas, espátulas, garzas imperiales, pagazas, fumareles o garcillas bueyeras.

En el capítulo de las rarezas se incluyen algunos de los grandes depredadores del monte mediterráneo, como el águila imperial o el lince ibérico, dos de los animales más amenazados del mundo, exclusivos de la Península Ibérica.

La vida se multiplica con tal intensidad en esta comarca que ni siquiera es necesario adentrarse en el corazón de Doñana, reservado a la investigación y estrictamente protegido, para apreciar sus poderosas señas de identidad. Podemos visitar, por ejemplo,  las marismas de Bonanza, junto a la localidad de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz),  donde es posible espiar a los flamencos y avocetas que acuden a unas viejas salinas. O saltar al otro lado del río para adentrarnos en el Pinar del Coto del Rey, en la linde entre las provincias de Huelva y Sevilla, donde las rapaces son las que dominan los cielos y es posible, incluso, que un observador paciente, y muy afortunado, adivine el esquivo perfil de un lince ibérico en el espeso matorral.

Si preferimos asomarnos al Atlántico, en la zona litoral que se extiende entre Matalascañas y Mazagón (Huelva) encontraremos el sistema de dunas de El Asperillo,  uno de los más frágiles y hermosos de todo el litoral andaluz.

Incluso aquellos paisajes que han sido transformados por la mano del hombre reúnen atractivos que van más allá de lo puramente estético. Las tablas de arroz, que comenzaron a salpicar la margen derecha del Guadalquivir y que hoy ocupan unas 35.000 hectáreas, se han convertido en una de las despensas de Doñana, a la que acuden las aves durante el verano o en los inviernos de sequía.

El príncipe de Doñana. El fantasma del matorral. Otra imagen de Antonio Sabater, el fotógrafo que mejor ha sabido retratar a este felino.

Mientras todo el entramado ecológico de Doñana se mantenía más o menos a salvo, arropado en los territorios protegidos, la presión en el entorno no ha disminuido y así, de forma periódica, vuelve la polémica sobre proyectos tan inquietantes como el de la carretera costera Huelva-Cádiz, el complejo turístico Costa Doñana, el dragado del Guadalquivir, el oleoducto Balboa o las obras de sondeo y almacenamiento de gas natural. Por no hablar de la tensión que rodea al desproporcionado consumo de agua, para usos agrícolas o turísticos, que hipoteca el buen estado del acuífero sobre el que reposa toda esta biodiversidad.

A pesar de los muchos reconocimientos que la amparan, desde la figura de parque nacional hasta su declaración como Patrimonio de la Humanidad, Doñana no termina de estar a salvo, las amenazas no han desaparecido, aunque ahora inquiete más, mucho más, el cambio climático, y todas sus derivadas (entre las que se incluyen un más que probable aumento de los incendios forestales), que una carretera inviable o una urbanización insostenible.

 

 

 

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El turco andaluz no sólo es uno de los mejores ayudantes del pastor, los pescadores también se sirven de estos perros en múltiples faenas. (Foto: Julian Vernot).

Hace pocos días, y en el programa “Tierra y Mar” (Canal Sur Televisión), dedicamos un reportaje (*) al turco andaluz, posiblemente el mejor ayudante al que pueden recurrir los pocos pastores que siguen manejando sus rebaños, en extensivo, en zonas de media montaña. Así ocurre en las Subbéticas cordobesas, a donde acudimos para mostrar, en su trabajo cotidiano, algunos ejemplares de este perro excepcional. Como suponía, muchas de las personas que tienen uno de estos animales, no sólo como auxiliar en tareas de campo sino también como perro de compañía, comentaron en las redes sociales su admiración y cariño a una raza que lleva casi mil años con nosotros. Aunque siempre me he rodeado de gatos (bueno, quiero decir que soy, parafraseando a Churchill, un humilde súbdito de mis gatos) yo también profeso admiración por turco andaluz, un perro del que hablé hace algún tiempo aprovechando los muchos conocimientos que me aportaron Baldomero Moreno (Consejería de Medio Ambiente) y Cecilio José Barba (Universidad de Córdoba) y que hoy resumo en este post.

Aunque no existe acuerdo científico sobre su primitivo origen, el perro de agua español, también conocido como turco andaluz, es la más antigua de las múltiples razas caninas de agua existentes en el mundo. Desde el remoto siglo XII se tienen evidencias de su presencia en la Península Ibérica, formando parte del grupo de los animales auxiliares del hombre en tareas como la ganadería, la caza o la pesca. Andalucía fue, y sigue siendo, la principal reserva de esta raza autóctona que a punto estuvo de extinguirse hace apenas un cuarto de siglo.

Para algunos autores los antepasados de esta raza llegaron a la Península Ibérica acompañando a las tropas musulmanas allá por el año 711, aunque estos primeros ejemplares podrían proceder de los primitivos perros de agua utilizados por las tribus del norte de África o bien haber sido importados desde el continente asiático. Otras hipótesis hacen referencia al posible origen turco o húngaro, y también hay quien defiende el nacimiento de la raza en Andalucía, y en concreto en las marismas del Guadalquivir, donde la naturaleza y el hombre  seleccionaron animales perfectamente adaptados a ese medio hostil.

De una u otra manera, hasta el año 1110 no se tienen evidencias de la presencia de estos animales en la Península Ibérica, dando lugar más tarde a dos razas: el cao de agua portugués y el perro de agua español. Este último, además, presenta dos ecotipos (adaptaciones ecológicas distintas) según sean ejemplares del norte o del sur del país, y los sureños, asimismo, presentan una variante marismeña y otra de sierra.

La denominación popular de la raza también varía en función de las diferentes provincias o comarcas. En Andalucía se le conoce genéricamente como turco, aunque en algunas zonas este nombre se reserva a los ejemplares de pelo marrón denominando moro a los de pelaje negro. En Sierra Morena se identifica como perro de lanas, mientras que en las serranías de Grazalema y Ronda se le llama laneto. Rizado es el nombre usado en las sierras Subbéticas cordobesas y patero en las marismas del Guadalquivir. Churro es en Extremadura, merlucero en Cantabria, cordelero en Asturias y chos o chorris en el País Vasco.

El abandono de prácticas ganaderas tradicionales, para las que era indispensable,  y la presión de otras razas foráneas, peor adaptadas al medio pero más populares, colocaron al turco andaluz en una difícil situación a mediados de los años ochenta del pasado siglo. Las pocas poblaciones que lograron sobrevivir a este proceso quedaron relegadas a algunas serranías y enclaves marismeños que, en esos mismos años, pasaron a formar parte de la red de espacios protegidos de la región. Superado el peligro, los parques naturales de Grazalema (Cádiz-Málaga), Alcornocales (Cádiz), Sierra Norte de Sevilla, Subbéticas (Córdoba) y entorno de Doñana (Huelva-Sevilla-Cádiz), entre otros, siguen albergando a la mayor parte de los mejores ejemplares que de este perro se conservan en toda España.

A lo largo de la historia, el turco ha desempeñado multitud de funciones, y aún hoy sigue siendo un perro muy versátil. Siempre ha destacado en la guarda y cría de todo tipo de ganado y como auxiliar de los cazadores en zonas húmedas. En Asturias, País Vasco y Cantabria aún se mantiene, en la flota de bajura tradicional, como inseparable compañero de los marineros dadas sus dotes nadadoras y buceadoras. En estos casos sirve de enlace entre embarcaciones (para trasladar aparejos de pesca, por ejemplo), recupera los peces que escapan de las redes o se ocupa de acercar las amarras al puerto, además de vigilar las redes mientras el pesquero permanece atracado. También se empleó, hasta principios del siglo XX, en algunas minas de carbón de Sierra Morena, ayudando a los arrieros de los mulos que transportaban las vagonetas de mineral. En la actualidad  se viene utilizando en la localización de cebos envenenados, drogas y explosivos, auxiliar en labores de rescate durante catástrofes y como perro mensajero.

Hay animales, muchos animales (quizá todos los animales), frente a los que el hombre, algunos hombres, son una triste sombra de eso que llaman homo sapiens… 

(*) Para los que no vieron el reportaje que dedicamos a este extraordinario animal aquí os dejo el enlace a nuestro canal de YouTube:

 

 

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