Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for the ‘musica’ Category

jardin-delicias-detalle

¿Por qué en el paraíso de El Bosco algunos placeres se esconden en burbujas translúcidas?

“Empecemos diciéndonos para nuestro fuero interno, y convenciéndonos bien, que no tenemos nada que hacer en este mundo, sino procurarnos sensaciones y sentimientos agradables. Los moralistas que dicen a los hombres: reprimid vuestras pasiones y domeñad vuestros deseos si queréis ser felices, no conocen el camino de la felicidad. Sólo somos felices gracias a las inclinaciones y las pasiones satisfechas; digo inclinaciones porque no siempre somos lo bastante felices como para tener pasiones, y a falta de pasiones, bien está contentarse con las inclinaciones. Pasiones tendríamos que pedirle a Dios si nos atreviéramos a pedirle alguna cosa, y Le Nôtre tenía mucha razón al pedirle al Papa tentaciones en lugar de indulgencias”

(Discurso sobre la felicidad, Émilie du Châtelet) – (*)

No importa si la pieza es desconocida o si la he oído cientos de veces. Ni siquiera importa si esas notas adornan un recuerdo, bueno o malo, o las asocio, con o sin razón, a una persona o a un deseo. Suenan, y suenan por vez primera, limpias, inocentes, sin pasado ni futuro. Están vivas, han nacido en ese justo instante de los dedos de Sol y Bertrand, no estaban encerradas en ningún otro sitio que no fueran esos dedos virtuosos desde los que cruzan, lentamente (¿a qué velocidad viaja el sonido?), el breve espacio que nos separa del escenario.

Uno se despide de ella pensando que, caprichosa, volverá cuando quiera o, quien sabe, que tal vez no vuelva jamás, pero ahí está otra vez, luminosa en la penumbra de la Sala de Cámara, poderosa en los silencios del Auditorio. Sí, es la belleza, y por eso, porque está ahí, presente y armónica, es por lo que todo, objetos y personas, adquieren esa vitalidad alegre y voluptuosa que andaba dormida, mojada y fría, en una tarde de lluvia.

2017-02-11-17-00-44

Se que está ahí porque ilumina la escena con un resplandor desproporcionado cuando Sol y Bertrand entrelazan los dedos.

Se que está ahí porque, sin darme cuenta, suspiro en los silencios. Porque cierro los ojos para ver mejor. Porque sonrío a contratiempo.

¿En qué se inspiró Schumann cuando compuso la primera de sus cinco piezas sobre temas populares, las únicas en las que dialogan violoncello y piano, para nombrarla con la sentencia bíblica Vanitas, vanitatum? Esta noche, mientras sigue lloviendo ahí afuera, quiero creer que no es la vanitas de la soberbia o el orgullo, sino la vanitas de la vacuidad, de lo superfluo y lo insignificante. Es la vanitas de lo breve y lo efímero sobre la que reposa la música, cualquier música; la vanitas de la belleza a la que hay que entregarse, cuando se presenta (fugaz), para así engañar a la muerte y a la tristeza.

Se que está ahí porque el Largo de Chopin se nos hace corto, cortísimo. Porque un folio, distraído entre los macillos y las cuerdas, se convierte en la traviesa percusión de Falla. Y porque sonreímos a un tiempo. Casi siempre sonreímos a un tiempo.

1447920300393878457_32326797

Tres colores, cinco dedos, dos entradas, un pianista, una violoncellista, un observador solitario, un pasa-partituras ausente, una noche de lluvia, un mapa…

Salimos a la noche y a la lluvia y aún conociendo el camino, aún habiendo transitado por él unas cuantas veces, a pesar de que, en silencio, reconocemos los baches, las curvas peligrosas y las rectas infinitas, buscamos un mapa para no perdernos. Y lo encontramos, semicerrado y a media luz, pero lo encontramos. Un mapa que a ratos nos recordó la cartografía colorista de El Jardín de las Delicias, donde reina la felicidad, y a ratos la grisalla de su trasera, en la que El Bosco imagina el tercer día de la Creación, cuando las aguas se abrieron y se creó el Paraíso, ese paraíso en donde las cosas, animadas e inanimadas, aún no tenían nombre ni recibían la luz del Sol. Pero, ¿quién se atreve a nombrarlas ya de madrugada?

el-trc3adptico-el-jardc3adn-de-las-delicias-cerrado

Creo que el tercer tiempo de Chopin casa bien con ese tercer día de la creación que, en triste grisalla, El Bosco dibuja en la trasera de El Jardín de las Delicias. Aquel tiempo en el que, incapaces, aún no habíamos encontrado el nombre exacto de las cosas…

El tercer tiempo (Largo) de la Sonata de Chopin quizá sea el anuncio de ese tercer día de la Creación que, en triste grisalla, dibuja El Bosco, porque sino ¿a cuenta de qué he amanecido en El Prado buscando el tríptico más famoso de la historia del arte? ¿Qué ando buscando en ese mapa, en su lado luminoso y, sobre todo, en ese otro oscuro? ¿Dónde se esconde el lenguaje –nuestro lenguaje– que no encuentro, las palabras que no me atrevo a pronunciar, los adjetivos que permanecen intactos pero callados, los sustantivos –cobardes– de lo realmente sustantivo?  ¿Hay algo más triste que no saber el nombre exacto de las cosas, que no poder nombrar, nombrarte, la alegría, el miedo, el amor, la luz, la amistad o el dolor?

 

“¡Inteligencia, dame

el nombre exacto de las cosas!

… Que mi palabra sea
la cosa misma
creada por mi alma nuevamente.
Que por mí vayan todos
los que no las conocen, a las cosas;
que por mí vayan todos
los que ya las olvidan, a las cosas;
que por mí vayan todos
los mismos que las aman, a las cosas…
¡Inteligencia, dame
el nombre exacto, y tuyo
y suyo, y mío, de las cosas!

(Juan Ramón Jiménez, Eternidades, 1918)

Todo, todo pasa, y quizá por eso en el paraíso de El Bosco algunos placeres se esconden en burbujas translúcidas, un elemento que en el arte también suele remitir a lo efímero. Todo, todo pasa. Sean placeres terrenales que hay que rechazar (como siempre se ha concluido a partir de la sentencia del Eclesiastés elegida por Schumann) o sean los brillantes dones que regala esta vida y que hay que gozar sin culpa (una interpretación que se ajusta mejor a la más antigua tradición hebrea), el caso es que, Vanitas, vanitatum, Caronte aguarda, y, más pronto que tarde, hará su trabajo con la neutra diligencia que retrató Patinir (mucho más discreto, en una sala contigua a la que ocupa El Bosco). Me da a mí que ahí, en el centro de la laguna Estigia, lejos ya de la orilla, es en donde todo concluye… y los únicos que lo sabemos, ahora, somos nosotros.

“Los vivos, en efecto, saben que morirán /
pero los muertos no saben nada”

(Eclesiastés)

Me gusta cómo todo se entrelaza (Châtelet, Schumann, Chopin, El Bosco, Juan Ramón, Patinir, Jacqueline du Pré…) en esta visita relámpago a Madrid, en la que, como siempre, la belleza, a pesar de la lluvia y el frío, ha vuelto a manifestarse, y ha hecho (muy bien) su trabajo: engañar a la muerte y a la tristeza. Una visita en la que no nos hemos perdido (el mapa, la memoria, la lealtad…), a pesar de que atesoraba, por fin, el difícil encargo de buscar el nombre exacto de las cosas…

PD: Jacqueline du Pré & Daniel Barenboim // Chopin, Sonata para violoncello y piano Op. 65, III Largo // 1972

(*) No, Émilie du Châtelet (1706-1749) no era precisamente una artista de vida disoluta, sino una matemática y física francesa, traductora de Newton y pionera en la defensa del papel de la mujer en la educación y la ciencia

 

 

Read Full Post »

cartel

Songs for Eternity. Ute Lemper. Sala de Cámara del Auditorio Nacional. Viernes, 11 de noviembre de 2016.

“Hay muchos tipos de música. La que yo canto refleja nuestro mundo y los conflictos y dolores esenciales de la vida. Ese ha sido desde siempre mi interés: escarbar en el corazón y el alma humanas como una búsqueda de la verdad” (Ute Lemper)


Hay muchos tipos de música, tantos, sospecho, como tipos de personas. Por eso hay una música para cada momento y una persona con quien compartirla. La conjunción de estos elementos no es fácil, y en esa coincidencia, como en casi todos los propósitos que buscan la belleza y la luz, pesa más el azar que el cálculo. Se necesitan más sonrisas que argumentos, y mucha más imaginación que juicio, para tejer canción, momento y compañía.

utelemper

Ute Lemper es capaz de detener los relojes, o, lo que es más difícil aún, consigue hacerlos retroceder.

Cuando se apagan las luces y Ute Lemper camina hasta el centro del escenario el tiempo no se detiene, como solemos escribir cuando algo nos conmueve con la intensidad que lo hace la música de esta alemana atípica. No, el tiempo no se detiene, sino que comienza a correr en sentido inverso, a retroceder, a caminar a contramano hasta detenerse en aquel periodo oscuro en el que el hombre, como acostumbra, fue el lobo para el hombre.

Nuestro tango de esclavas/ bajo el látigo de los opresores / Oh, el tango de las esclavas / del campo de Auschwitz, / espuelas de acero de esas bestias, nuestros guardianes / Oh, libertad, los días de la libertad nos reclaman (Auschwitz Tango, Anónimo)

El arte se crece en la adversidad y, lo que es aún más sorprendente, con frecuencia permanece al margen de la tristeza, la oscuridad, el dolor o la desesperanza que proyecta la propia adversidad. El arte es entonces lo único que nos salva del horror; ni siquiera una oración, que apenas es una mano tendida al incierto más allá, nos conduce a lo mejor de nuestra condición humana. Sólo el arte nos devuelve al lugar en el que realmente existimos, a ese diminuto rincón del universo en donde, aunque todo se derrumbe a nuestro alrededor, habita la belleza. El territorio íntimo en el que somos. Y esta noche, como en aquellas otras noches a las que Ute nos conduce, somos música. Quizá sólo lo advierta nuestro corazón pero hoy, ahora, en esta noche de otoño, somos música, nada más que música.

“La música, única entre todas las artes, es a la vez completamente abstracta y profundamente emocional. No tiene la capacidad de representar nada particular o externo, pero sí una capacidad única para expresar estados o sentimientos interiores. La música puede atravesar el corazón directamente; no precisa mediación” (Musicofilia: relatos de la música y el cerebro. Oliver Sacks)

b2cbdb45e08256caeb1dda0f44916990

El arte caminó entre los moribundos y los condenados como un ángel redentor.

Algunas de las canciones que los prisioneros llegaron a componer en los campos de exterminio nazis (sí, habéis leído bien, el arte caminó entre los moribundos y los condenados como un ángel redentor) son las que esta noche de noviembre, en la Sala de Cámara del Auditorio Nacional, interpreta Ute Lemper. Su voz, poderosa, viene desde muy lejos, desde ese lugar antiguo al que nos trasladamos juntos, sin pensar, con la respiración contenida y el corazón encogido. Pero lo cierto es que, conforme van desgranándose las estrofas, sin esfuerzo aparente, en un alemán indescifrable pero preciso, o en un yiddish tan melancólico y ronco como el violín de Daniel, nos damos cuenta que hay más dramatismo en el contexto en el que nacieron esas melodías que en las canciones mismas, algunas de ellas, muchas de ellas, repletas de luz.

¿Quién, hacinado en un frío barracón de Theresienstadt, pudo escribir una ópera imaginando bosques cuajados de margaritas “como pequeños soles”?

img_20161116_112039

Kurt, Alek, Shmerke, Rikle, Hermann, Hanah, Ilse, Viktor, Johanna, Jascha, Willy, Ute, Vana, Daniel, Víctor, Romain, Pilar, Jesús… El programa, con todos los nombres, los colores, las sombras… y una silla, ya está en el Sur.

¿Quién, tras las alambradas de Westerbork, fue capaz de organizar un grupo de teatro denominado “Humor y Melodía”?

¿Quién tuvo el coraje de componer una nana con la que acompañar a los niños que caminaban hacia las cámaras de gas en Auschwitz?

Viktor Ullman, Willy Rosen, Ilse Weber… Aunque resulte inconcebible, cuando Ute los va presentando, como si fueran viejos amigos, no hay lugar para la tristeza. Sus nombres se quedan flotando en el auditorio, como tantos otros nombres ocupan los teatros del mundo, impregnando de humanidad estos templos laicos en donde es posible el perdón y la eternidad sin que medien sacerdotes, religiones ni plegarias.

1381797862656944306_32326797

En primer término Palir, con su mano de pianista generosa sosteniendo el programa azul, y allí al fondo, Ute, con su traje de noche, elegante sobre el escenario del Auditorio Nacional. Ese es el orden correcto. [De la mítica serie culturetadas-con-Palir+Intermezzo]

La emoción no es tristeza, ni tan siquiera melancolía, y menos aún cuando quien te acompaña, esa persona que estaba destinada a ese momento y a esa música, es de las que, como yo mismo, no evita el buen humor en ninguna coyuntura por turbia que se presente. ¿Cabe un mayor respeto que el que brinda la alegría compartida? ¿Existe un mejor antídoto para la mordedura del olvido?  Contenemos la respiración, claro, pero en los intermezzos, nos miramos y sonreímos, agradecidos, felices de estar felices, sin mayores aspavientos, cómplices en el privilegio de estar vivos y en la coincidencia (una más) por el gusto, delicado, de esa September Song que nos traslada al hedonismo despreocupado del Broadway de entreguerras.

 “September, November

and these few precious days

I spend with you.

These precious days

I spend with you…

(September song, Kurt Weill & Maxwell Anderson)

527984Sonó Septemberg song y sólo por eso la noche, que aún estábamos estrenando, mereció la pena. Hay cosas, aseguran Weill y Anderson, que únicamente ocurren entre septiembre y noviembre, noches de otoño en las que te guía, sorteando la oscuridad, cualquier oscuridad, una persona luminosa. Una cita con la belleza. Un encuentro con la generosidad. Un espacio para la esperanza y la resistencia. Un dedo que señala el porvenir, una mano que te conduce a la eternidad. Somos nosotros, y somos música. Ahora.

A veces todo es tan sencillo como una noche, una canción y una persona…

 

 

Read Full Post »

20150710_223336

De abajo a arriba, y de izquierda a derecha, Coque, Venus y Júpiter. Al fondo el castillo de Santa Catalina y las olas de La Caleta. Y sonando… una canción (casi) a capella, jugando con el poniente y la luna menguante, enredándose como un rizo (rebelde), como un (invisible) hilo rojo…

Dinos nuestro nombre verdadero /

enséñanos el fuego /

Líbranos del tiempo /

líbranos del miedo…

(Santo, SantoCoque Malla).

 

Portada

En la foto de Palir, como en todas las buenas fotos, pesa más lo invisible que lo visible…

Los invitados se marcharon al jardín y en el salón, ya vacío, sólo quedaron las luces, tendidas y encendidas, una guitarra muda y seguramente el germen, invisible, de lo que estaba por venir… Es lo que veo en la foto de Palir Paroa, y también lo que adivino. Quiero creer, con esa fe radical de los ateos, que en ese salón, esa noche, justo cuando Palir disparó su cámara, estaban tejiéndose, lejos de todos y en silencio, algunas de las canciones que cuatro años después, también en noche (casi) cerrada, yo mismo reconocería, como íntimas, frente al poniente del Atlántico, en cuarto menguante, junto a las cristaleras cómplices de una azotea gaditana.

Hay discos, hay canciones, que sin empeño alguno, sin voluntad por parte del que las disfruta, deciden, con criterio propio, acompañarte en un determinado tránsito. Son la banda sonora que alguien compuso para ti con inquietante y risueño tino. Las mujeres de Coque aparecieron en Córdoba, en la Navidad de 2014, y se subieron a mi coche, y en él se quedaron, rodando camino a Algeciras, a Medina Azahara, a Noudar, a Júzcar… Se dejaron tararear en mitad de la lluvia o en plena madrugada, siempre en el momento oportuno, porque todos aquellos momentos fueron oportunos y fugaces (como todos los momentos que son hermosos).

Las que estaban por venir, las que flotaban entre las luces del salón de Coque, las vimos nacer, al fin, en aquella azotea de julio donde, una vez más, quise parar el reloj. Despertaron, acústicas,  junto al Campo de las Balas, sobre La Caleta, al filo de la medianoche, allí donde quisimos librarnos del miedo y del tiempo. Y allí se quedaron, ingrávidas y luminosas, como las bombillas que Palir retrató en el salón de Coque.

Me encantaba comer y beber /

no pensar qué decir ni qué hacer /

Cada minuto, cada segundo /

infinito, infinito…

(El último hombre en la Tierra – Coque Malla).

Y allí seguían cuando, pasado el invierno, nos reconocieron, cuando las reconocimos, cuando volvieron a subirse a mi coche y se dejaron tararear. De Cádiz a Cádiz. Y el mismo poniente, o uno parecido. Y el mismo atardecer, o uno parecido. Y los esteros, y las nubes, y las risas, y las gaviotas, y la sal, y las manos…

Todo igual y todo diferente. Como la primera noche: sin miedo y sin tiempo…

 

 

Read Full Post »

Bis Jansen

Cuando es poseída por la música Janine Jansen se despeina, hace saltar las crines del arco, se agita buscando la mejor expresión del sonido, sonríe en mitad de un torbellino de dolor ajeno…

La he llamado para que se acercara a mi portátil y lo viera con sus propios ojos. Que no mediara palabra, ni juicio. Que no tuviera que enfrentarme a la dificilísima tarea de escoger un adjetivo, o varios, para describir una de las virtudes nucleares de la existencia, uno de los dones que multiplican la intensidad de la vida hasta hacerla extraordinaria o trágicamente insoportable.

La he llamado para que viera a Janine Jansen al violín; apenas unos fragmentos del ensayo de un concierto de Shostakóvich, en el Auditorio Nacional de Madrid, bajo la batuta de Valeri Gergiev. El director, con esa gravedad y ese timbre de voz tan ruso, va relatando el desagarro del compositor y cómo esa carga emocional, que se esconde en las partituras, necesita ser expresada. Es algo más que técnica y comunicación, es pasión, pura pasión.

(Aquí está el vídeo de Janine Jansen y Valeri Gergiev)

He llamado a mi hija Sol para que viera como Janine Jansen es poseída por la música; cómo se despeina, como hace saltar las crines del arco, cómo se agita buscando la mejor expresión del sonido, cómo sonríe en mitad de ese torbellino de dolor ajeno… Sí, ya se que a Janine le han colocado ese adjetivo, algo malicioso, con el que ahora se tiñe casi todo lo que circula por las redes: mediático, mediática… Sí, Janine Jansen es muy mediática y por eso, afortunadamente, puedo traerla a casa, y que la vea mi hija, sin necesidad de viajar al Auditorio Nacional de Madrid o al Barbican Centre de Londres (que tampoco estaría mal, dicho sea de paso…). (*)

DuPre_Big_Laugh

Basta con mirar esta foto de Jacqueline du Pré para saber que en ella también habitaban la pasión y la alegría…

Me gustan estos ejemplos y la casualidad, que nunca es causal del todo, ha querido que justo cuando este blog cumple cinco años lo celebre de la misma manera con que lo inicié: con el ejemplo de mujeres apasionadas. En aquella ocasión (un 5 de febrero de 2011) conté cómo de la mano de Luz Casal llegué, hace bastantes años, hasta Jacqueline du Pré, la extraordinaria violonchelista británica que con sólo 28 años tuvo que retirarse de la interpretación aquejada de esclerosis múltiple. La foto en blanco y negro que ilustra este párrafo lo dice todo a propósito de Jacqueline, igual que ocurre en el vídeo de Janine Jansen.

¿Qué mejor manera de explicarle a mi hija Sol cómo se manifiestan la pasión y la alegría, esas virtudes esquivas e imprescindibles?

(Aquí está el video de Jacqueline du Pré interpretando una sonata de Brahms con Daniel Barenboim)

(*) Efectivamente no estuvo nada mal ver a Janine Jansen, a finales de mayo, en el Auditorio Nacional, con Palir Paroa y su, nuestro, Intermezzo. Uno de los regalos, inesperados, de 2016.

1254621895842339693_32326797

A esta distancia mínima, y aún bajo los efectos de un Bartók espectacular, pude ver, en buena compañía, cómo Janine agitaba su melena…

 

 

Read Full Post »

musicophilia

La música, explica Oliver Sacks, “no sólo nos eleva a grandes alturas emocionales o actúa de acicate de la memoria, sino que puede sumirnos en la depresión o empujarnos a comportamientos y percepciones totalmente obsesivos”

Pero, ¿dónde están los besos que me debes? /
en cualquier esquina, /
cansados de vivir en tu boquita /
siempre a la deriva…

(A fuego, Extremoduro)

Música para disolver los recuerdos, para crear cortocircuitos en las sinapsis que codifican y almacenan las imágenes de aquello que pasó y ya no está, de aquello que sentimos y que ahora es vacío. No siempre la música es una herramienta para la evocación, o quizá por eso, porque tiene un enorme poder de evocación es por lo que se hacen necesarios elementos musicales cuya función es justamente la contraria: ayudar a olvidar.

En este blog la música siempre está presente como una llave que abre las puertas de la memoria. Amàlia Rodrigues me devolvió a las carreteras secundarias del Alentejo portugués, Marketa Irglova a aquel verano en Dublín, Llasa de Sela a la Pampa estrellada, Michael Sardou a un semáforo en rojo cerca de La Caleta, Jeff Buckley a los cipreses del Colegio Aljarafe, Ariel Roth a una noche de primavera a orillas del Guadalquivir, Silvia Pérez Cruz a una corazonada al filo del otoño, Juan Luis Guerra al bullicio de la calle El Conde en Santo Domingo, Andrés Calamaro a las confidencias inesperadas en una pizzería del extrarradio…

Leyendo a Oliver Sacks (Musicofilia) uno puede atisbar los asombrosos mecanismos biológicos, y psicológicos, que dotan a la música de ese tremendo potencial de evocación que, a veces, llega a manifestarse al margen de nuestra voluntad, como si un grupo de neuronas se hubiera amotinado y estuviera pasando a cuchillo a los guardianes de la conciencia. En esos casos, de forma inexplicable o ligado a un acontecimiento aparentemente inocuo, aparece el temible fenómeno de los “gusanos musicales“: melodías que dan vueltas y vueltas en el cerebro, al margen de nuestra voluntad, hasta que se diluyen, horas o días después… al margen de nuestra voluntad.

De alguna manera, la música tiene en numerosas personas, en mi mismo, vida propia. Una vez que he incorporado una melodía a mi íntimo registro musical ya no puedo hacer casi nada por evitar que abra puertas, desate recuerdos, provoque escalofríos, atenace la garganta, alimente sonrisas, invite a las lágrimas… Imposible domesticarla: hará lo que tenga que hacer, y lo hará en el momento que le venga en gana. Por eso coincido con el inquietante diagnóstico del psicoanalista Theodor Reik cuando explica que “las melodías que te rondan por la mente (…) podrían darle al analista una clave de la vida secreta de las emociones que vive cada uno de nosotros“. Y añade: “En este canto interior, la voz de un yo desconocido transmite no sólo estados de ánimo e impulsos pasajeros, sino a veces un deseo reprimido o rechazado, un anhelo y una pulsión que no nos gusta admitir“. Y concluye: “Sea cual sea el mensaje que lleva, la música incidental que acompaña nuestro pensamiento consciente nunca es accidental“.

IMG_20151106_201534

Algunos dicos debería guardarlos en la caja de herramientas o en el botiquín… (Foto: José María Montero)

Por eso mismo, porque nada es caprichoso en ese canto interior, es por lo que yo uso música para borrar recuerdos. No es algo consciente y, por tanto, no hay intención manifiesta, pero cuando un determinado tipo de música me domina con un grado de exclusividad desproporcionado sé que ha comenzado el exorcismo, reconozco a mi cerebro en el sano ejercicio de olvidar lo que debe ser olvidado para dejar así sitio a la sonrisa y el optimismo. Para dejar espacio al futuro.

Los que me conocen bien no se sorprenden, pero los que me tratan de manera más superficial piensan que estoy gamberreando, que me he equivocado de emisora o que estoy adoptando una pose. Y lo entiendo, porque resulta difícil de creer que a las siete de la mañana, camino del trabajo, en mi coche los altavoces estén a punto de reventar con el serrucho eléctrico de las guitarras de Extremoduro. Sí, este otoño estoy Extremoduro, estoy Robe Iniesta, muy Robe Iniesta, y eso quiere decir que mi cerebro, y mi corazón, están en modo auto-clean. Como los granos de una lija del 50 las notas, una a una, van puliendo los recuerdos hasta convertirlos en polvo. Como un soplete de acetileno los acordes van reduciendo a ceniza las armaduras en donde aún se sostienen esos decorados en los que un día, lejano, representamos aquel lindo teatro. Como un martillo pilón cada uno de los compases, rotundos, va demoliendo los pilares de una casa en la que ya no vive nadie.

Música para matar los recuerdos. Y aún así, sigue siendo hermosa, porque en esta función homicida también está a nuestro favor, también nos ayuda, también es profunda y exclusivamente humana.

 

PD: “A fuego” es uno de mis disolventes favoritos. Dos o tres pases, a primera hora de la mañana, y no hay recuerdo que se le resista. La melancolía es incompatible con este contundente tema de letra más que explícita (Robe style).

Read Full Post »

Jimi

Aún conservo y pincho este vinilo, el primero que, de mi mano y mi bolsillo, entró en mi casa en un lejano 1975… (Foto: JMª Montero)

Con 12 añitos, cuando por fin entró un tocadiscos en mi casa, me compré mi primer vinilo: Midnight Lightning, de Jimi Hendrix. Desde entonces estoy enganchado al rock más eléctrico, ese en el que algunos oídos (demasiado remilgados o definitivamente insensibles) son incapaces de descubrir la poesía, a veces de un lirismo inesperado, que es el verdadero corazón del rock y del blues, incluso en sus versiones más ásperas, ácidas y heavies.

En mi casa y en mi coche se mezclan discos de los géneros más variopintos. Este verano, por ejemplo, salto de Tomasito a Janis Joplin, y de ahí a Patti Smith, Coque Malla, Jacqueline du Pré, Soha, José Larralde, Vicky Gastelo, Silvia Pérez Cruz, Jocelyn Pook, Mayte Martín o la Banda El Recodo (menudo gazpacho…). Pero entre los cientos de discos que tengo por aquí y por allá no hay ninguno de Extremoduro. Nunca me compré ni grabé un disco de la banda extremeña a pesar de que algunas de las letras de Robe Iniesta, su líder, son las mejores que he escuchado nunca en el limitado universo del rock hispano (dejaré a los argentinos, o hispano-argentinos, fuera de esta comparativa).

En cada disco de Extremoduro, si uno lo desbrozaba un poco, descubría perlas como Standby, la balada casi perfecta (aunque en mi particular universo musical habría que pedirle permiso, como mínimo, a Lou Reed y su Coney Island Baby, y a Los aviones de Andrés Calamaro).

extremoduro_g

Robe Iniesta

Ahora, en medio de alabanzas y críticas (más las segundas que las primeras), Robe se ha lanzado en solitario a descubrirnos, por fin, toda esa poesía que andaba revoloteando por su extremo duro. Lo que aletea en nuestras cabezas es el delicadísimo disco con el que este verano nos ha sorprendido para despellejarnos el corazón sin apenas levantar la voz. Se puede ser romántico y eléctrico, rockero y sensible, delicado y directo… Y sí, esta vez me lo he comprado. Ya era hora, o ya era la hora.

Os dejo con un Suspiro acompasado. Nueve minutos de poesía con alma de rock… ¿sinfónico? ¿folk? ¿punk? ¿urbano?. Con alma de Robe…

Y mañana se viene al trabajo conmigo, en el coche, al amanecer…

Comencé por dejar la puerta abierta siempre /
para ver si llega hasta aquí tu aire caliente /
respirarlo y que me cuente /
tus noticias más urgentes…

 

 

Read Full Post »

The-Gonzo-Neurologist-631.jpg__800x600_q85_crop

Cuando hayamos desaparecido no habrá nadie como nosotros, pero, por supuesto, nunca hay nadie igual a otros. Cuando una persona muere, es imposible reemplazarla. Deja un agujero que no se puede llenar, porque el destino de cada ser humano —el destino genético y neural— es ser un individuo único, trazar su propio camino, vivir su propia vida, morir su propia muerte.

No puedo fingir que no tengo miedo. Pero el sentimiento que predomina en mí es la gratitud. He amado y he sido amado; he recibido mucho y he dado algo a cambio; he leído, y viajado, y pensado, y escrito. He tenido relación con el mundo, la especial relación de los escritores y los lectores.

Y, sobre todo, he sido un ser sensible, un animal pensante en este hermoso planeta, y eso, por sí solo, ha sido un enorme privilegio y una aventura”

(De mi propia vida, Oliver Sacks)

 

A finales de febrero de este mismo año, que ha sido, que está siendo, un año especialmente intenso, leí el artículo del que he elegido un párrafo para prologar esta anotación de madrugada. Un artículo en el que mi admirado Oliver Sacks anunciaba su cáncer, incurable y terminal, y se despedía de sus lectores.

El pasado domingo murió este neurólogo británico que nos mostró, como el aventurero que se interna en una selva desconocida llena de peligros y prodigios, el funcionamiento del cerebro humano. Y lo hizo con un grado de humanidad, de rigor científico, de afecto, de humor, de claridad y de humildad, con el que pocos divulgadores han sido capaces de visitar ese territorio, interpretarlo y regresar, sin perder la sonrisa, para tratar de explicarnos quiénes somos, qué somos, por qué somos, con quién somos… ¿Cuál es el extraño y verdadero vínculo entre nuestra mente y nuestro yo? ¿Qué es en realidad lo que nos anima y nos hace humanos? ¿Qué es lo que separa la cordura de la demencia?

El arte y el horror, el amor y el odio, la música y el ruido, la violencia y la poesía, la mesura y las pasiones, la memoria y el olvido… todo convive, en todos, dentro de esa masa gelatinosa, bañada en un cóctel químico del que no existen dos recetas iguales, que se pasa el día y la noche trazando planes.

En la propia infancia de Sacks convivieron esos ángeles y demonios que nos habitan a todos: frente a la libertad de explorar territorios científicos aparentemente inapropiados para un niño (las explosiones e incendios en su casa eran moneda corriente por culpa de sus experimentos) estaban los malos tratos que padeció lejos de su familia, por culpa de la guerra, y el rechazo cruel de su madre a su homosexualidad declarada. Pero todas estas circunstancias, las buenas y las malas, esas con las que todos convivimos a diario, y también las que más tarde fue descubriendo en su consulta y en los centros psiquiátricos donde trabajó, lejos de convertirlo en un hombre distante o resentido, hicieron de Sacks una persona tremendamente sensible a la diferencia, y así nos ayudó, a muchos apasionados lectores de su extensa obra, a contemplar de manera distinta, mucho más humana y compasiva, a los que hasta ese momento seguramente habríamos despachado con algún adjetivo injustamente simple como “loco”, “perturbado” o “lunático”.

En el arte es mucho más común este acercamiento a los infiernos: la casualidad quiso que el mismo día de la muerte de Oliver Sacks yo estuviera visitando, en el Museo Picasso de Málaga, la emocionante exposición de Louise Bourgeois “He estado en el infierno y he vuelto”, con la que resulta inevitable trazar ciertos paralelismos. Y ahí está otra de las virtudes de este neurólogo: el arte –sobre todo la música– estaba muy presente en su obra, no sólo en el contexto de la misma, o de su propia vida, sino en el mismo corazón de su discurso científico: el arte también nos explica, también muestra ese territorio selvático e inexplorado, también revela nuestra complejidad y nuestra fragilidad, también forma parte de nuestra identidad como especie y como individuos (visitad la exposición de Bourgeois y deteneros, unos instantes y en silencio –nada de audioguías ni de catálogos–, delante, por ejemplo, de la serie de grabados, acuarelas, dibujos a lápiz y gouache 10 am is When you Come to Me”10 am es Cuando tú Vienes a Mí–).

louise-bourgeois_-10am-is-when-you-come-to-me1

Ahí están nuestras manos buscando, buscándonos, buscando al otro, a la otra. Estrechándose. Separándose. Reencontrándose. Ahí están nuestras manos explorando el abismo… (Fragmento de la serie “10 am is When you Come to Me”, Louise Bourgeois)

 

Oliver Sacks, desde las dos culturas, se asomó al abismo de la condición humana para certificar el vértigo que sentimos ante ese enigma insondable pero, al mismo tiempo, nos convenció, desde la voz de la ciencia y la luz del arte, de que en ese abismo estamos nosotros, todos nosotros y todo lo bueno que hay en nosotros. Su voz era la de la esperanza y el optimismo, y no se trataba de la mirada estéril de un romántico bienintencionado, sino la mirada, sorprendida, lúcida, apasionada y sin prejuicios, de un niño que quiere entender el mundo sin dejar de jugar, o que quiere seguir jugando para poder así entender el mundo, aunque tenga que sortear explosiones, incendios y el rechazo de los que no toleran la diferencia. En realidad, como nos gustaría hacer a (casi) todos…

“Si bien he tenido relaciones amorosas y amistades, y no tengo auténticos enemigos, no puedo decir (ni podría decirlo nadie que me conozca) que soy un hombre de temperamento dócil. Al contrario, soy una persona vehemente, de violentos entusiasmos y una absoluta falta de contención en todas mis pasiones”

(De mi propia vida, Oliver Sacks).

 

 

 

Read Full Post »

Older Posts »