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Archive for the ‘periodistas’ Category

Que te arrastre un viento huracanado, micrófono en mano, no te convierte en meteorólogo ni hace de ti un experto en cambio climático. No, el periodismo (especializado) no funciona por ósmosis.

A lo largo de mi vida laboral he tenido el privilegio de aprender junto a algunas excelentes profesionales, periodistas que han modelado mi manera de entender este oficio. Desde Carmen Yanes, mi primera jefa (una teresiana comprometida y seria) en el extinto Nueva Andalucía, hasta Sol Fuertes y Soledad Gallego-Díaz, cuando ambas me ofrecieron escribir una página semanal de medio ambiente en la edición andaluza de El País (1992-2007).

De esta última recuerdo una conversación que terminó por convertirse en uno de mis mantras, un consejo que, al cabo de los años, y en lo que se refiere al periodismo especializado, ha ido creciendo en su acierto. Me lamentaba yo un día en su despacho al comprobar que un diario de la competencia se me había adelantado en la publicación de un tema que yo andaba preparando para mi «Crónica en verde» (el clásico síndrome de la «exclusiva» pisoteada). Soledad fue rotunda:

Nunca debes preocuparte porque alguien se adelante. Preocúpate de que tu reportaje sea mejor. Si necesitas más tiempo, tómatelo, y demuestra que la calidad de tu trabajo ha merecido la espera.

Cuánta razón tenía. ¿De qué sirve correr cuando lo que nos piden nuestros lectores, nuestra audiencia, es entender? Lo triste es que, casi tres décadas después, todavía hay quien en este oficio cree que lo importante es ser el primero aunque la precipitación nos impida interpretar con acierto cuestiones complejas: el espectáculo por encima de la información, las prisas como un supuesto valor añadido (aunque nos conduzcan al descrédito). Y no me refiero a dejar que la actualidad deje de serlo y que lleguemos tarde, cuando ya no se nos requiere como periodistas, me refiero a aplicar cierta calma, la imprescindible para hacer bien nuestro trabajo. Y para que esa calma tenga su justa medida, y no se eternice (que tampoco se trata de eso), lo que se necesita es formación, capacidad de análisis, estudio, manejo rápido y certero de las fuentes apropiadas, uso preciso del lenguaje, cultura, contención, y, sobre todo, conocimiento del tema que vamos a abordar.

Uno de los argumentos más perversos que se ha ido imponiendo en el oficio periodístico es aquel que sostiene que uno sabe de algo al estar en el sitio donde ese algo se está produciendo (el mítico «conocimiento por ósmosis»). Es decir, si a uno lo envían a pie de incendio forestal, de volcán en erupción, de huracán, de pandemia o de vertido tóxico, automáticamente se convierte en un experto en incendios, volcanes, fenómenos meteorológicos extremos, pandemias o vertidos contaminantes, cuando el proceso debería ser justamente al contrario: uno sabe de incendios, volcanes, meteorología, pandemias o vertidos, y es por eso que lo envían a pie de suceso. Esto no pasa ni en política, ni en deportes, ni en economía, o pasa poco, pero en ciencia, y en medios generalistas, es el pan nuestro de cada día. Por eso tenemos especialistas en cualquier asunto que requiera conocimientos científicos, porque adquieren esa condición sencillamente, y de manera milagrosa, al recibir el encargo de hablar/escribir del asunto (y no digamos si te nombran enviado especial, circunstancia que de inmediato te catapulta al doctorado, sin tesis ni nada,  en la disciplina correspondiente).

Creemos estar informados, dice Rosa María Calaf, cuando en realidad estamos entretenidos. Y no, la misión de los periodistas no es entretener, es informar. La función debe estar por encima de la forma. Stephen Few, uno de los pioneros en reflexionar sobre los principios de eso que ahora llamamos visualización de datos, lo explica de manera muy clara refiriéndose al periodismo escrito, aunque puede aplicarse a cualquier medio: «…muchos profesionales toman los datos y se dedican simplemente a buscar una forma divertida y original de mostrarlos, en vez de entender que el periodismo consiste -una vez reunidas las informaciones- en facilitar la vida de los lectores, no en entretenerlos. El trabajo del diseñador de información no es encontrar el gráfico más novedoso, sino el más efectivo…».

Claro que es más fácil envolver en papel de celofán la nada: gesticular con aplomo, tener el nudo de la corbata bien hecho, lucir un maquillaje apropiado, sonreir (mucho), bromear (mucho), hablar alto y de forma atropellada… Y así se nota menos que, en realidad, no tenemos mucha idea de lo que estamos hablando, o tenemos una idea demasiado superficial y, por tanto, inapropiada para un (verdadero) periodista.

Una de las mayores pérdidas que ha sufrido este oficio es la desaparición de las maestras, de los maestros, cada vez más escasos, cada vez más arrinconados, devorados por esas mismas prisas, por esos fuegos de artificio que algunos tratan de defender como la quintaesencia del periodismo. Los jóvenes periodistas necesitan dónde mirarse, para no perderse y, extraviados, caer en la trampa del «aprendizaje por ósmosis», que no digo yo que no funcione para otras virtudes que tienen que ver más con el espíritu que con el intelecto (la bondad, la templanza, la empatía…) pero que en lo que se refiere al conocimiento no merece más consideración que algún programa de Iker Jiménez.

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A veces pienso que nuestra forma de entender el periodismo, que nuestra manera de plantear un informativo en televisión, son propias de un modelo profesional demodé, algo así como un curioso anacronismo que sólo es tolerable en una televisión pública.

En «Tierra y Mar» & «Espacio Protegido» (Canal Sur Televisión) no hiperventilamos, no gritamos agarrados a un micro, ni locutamos de forma atropellada; no tenemos drones, ni cámaras de última generación y apenas disponemos de grafismo molón (la realidad virtual ni está ni se le espera); dejamos que nuestros protagonistas hablen, no alimentamos el morbo, ni la polémica estéril, y tampoco nos ponemos falsamente intrépidos; no forzamos la realidad hasta inventarnos una propia, no endulzamos lo amargo ni hacemos de la anécdota una catástrofe o un milagro.

A veces nos adelantamos a la actualidad pero otras muchas esperamos a que la actualidad pase de largo, sin atropellarnos, para poder interpretarla con calma y algo de distancia. No nos gusta correr, porque las prisas nos impiden entender (para explicarnos). Empleamos mucho tiempo en estudiar (mucho más de lo que nos ocupó esta tarea en la Universidad) y en viajar (para hablar del campo hay que estar en el campo). Nuestra tierra nos aporta unas señas de identidad muy poderosas, pero entre ellas no se encuentra la soberbia ni el espejismo de creernos únicos, ni tampoco la obligación de ser ocurrentes. En lo sencillo, en lo cotidiano, en lo próximo, encontramos historias extraordinarias (contadas por personas, no por personajes).

A muchos de nosotros la edad nos obliga a usar las gafas de cerca para escribir, pero cuando le damos vueltas a lo que queremos contar nos ponemos, también por edad, las gafas de lejos. Lo inmediato es tentador, pero es más valioso contar lo que vendrá, lo que apenas se dibuja en el horizonte. Tratamos de que lo urgente no nos distraiga de lo importante (aunque algunos digan que en televisión lo primero es trascendente y lo segundo irrelevante).

No nos obsesionan los datos de audiencia, pero la audiencia nos acompaña de manera más que generosa. No pontificamos sobre los nuevos soportes, los nuevos targets o las nuevas narrativas, pero gozamos de una excelente salud en RRSS (estamos muy cerca de las 20 millones de visualizaciones en YouTube).

A lo mejor este modelo de televisión (pública) no está tan pasado de moda. A lo mejor el espectáculo es una cosa y la información otra (y, para colmo, hay espectadores que saben distinguirlos). A lo mejor en lo clásico se esconde la vanguardia, y en el reposo la verdadera agilidad.

A lo mejor esto es periodismo, sin más (ni menos). 

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Prólogo inexplicable: el borrador de este post lo escribí hace justamente un año, en pleno confinamiento. No es la primera vez que a la urgencia por expresarme le sigue el olvido de quien acumula demasiados textos. Este se quedó rezagado, oculto en un rincón del portátil, pero lo cierto es que hoy, doce meses después, sigue siendo, creo, oportuno.

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Enfrentarnos a una emergencia global del calibre de esta pandemia pone a prueba la resistencia de algunos de los pilares en los que se sostienen las sociedades democráticas, esas que aspiran al bienestar de sus ciudadanos. La sanidad pública o la investigación son los ejemplos más llamativos, por cruciales, de estas demoliciones para las que no hace falta, en algunos casos, demasiada dinamita.

Cerca, muy cerca, de esta primera línea, de esas vigas maestras, está el buen periodismo, sobre el que también descansan muchas de nuestras conquistas, muchos de nuestros derechos, muchas de nuestras garantías ciudadanas. Quizá no haya mejor momento, que este que nos brinda un diminuto patógeno, para hablar de la credibilidad de los medios de comunicación, porque la infección también ha servido para revelar la inquietante fragilidad de esta virtud innegociable.

El reto de la credibilidad” ha sido el título elegido por el vicedecano de Comunicación de la Universidad San Jorge (Zaragoza), Pepe Verón, para convocarnos a un oportunísimo webinar en el que he compartido cartel con mi buena amiga la politóloga Cristina Monge, asesora ejecutiva de ECODES, y el periodista, y editor del Área Digital de la Corporación Aragonesa de Radio y Televisión, Jorge San Martín. Y como en estas difíciles circunstancias somos muchos los que mantenemos la esperanza de mejorar espoleados por la emergencia, pocas horas después era APIA (Asociación de Periodistas de Información Ambiental) quien nos convocaba a un curso del Google News Lab sobre verificación digital, a cargo del periodista Pablo Sanguinetti.

Ambas circunstancias me permitieron ordenar algunas ideas personales sobre esta cuestión, la de la credibilidad de los medios, ideas que traigo a este blog para que no queden extraviadas en las profundidades de la selva de papel que estos días tapiza mi estudio. No sé si a estas reflexiones me ha movido el más desapasionado interés profesional o ha sido el asombro, la indignación y el desaliento que me está causando la producción, consumo y defensa de ciertas informaciones de bajísima calidad (o directamente falsas) con las que se está generando un clima de peligrosa turbidez y crispación social. Y no, no son desconocidos e iletrados los que se alimentan de estas patrañas. Muchas de ellas llegan a las mejores familias, a gente sensata, a ciudadanos responsables, a buenos amigos, a personas sencillas a las que infectan con esa otra enfermedad que sólo conduce al descrédito, la mala baba y el enfrentamiento estéril.

El descrédito no es nuevo.- La crisis de 2008 impactó con tal virulencia en la profesión periodística (sobre todo en nuestro país) que las cifras de destrucción de empleo y desaparición de medios de comunicación resultan demoledoras (mejor no pensar en los cálculos que haremos post-pandemia): en sólo cinco años, entre 2008 y 2013, se destruyeron en España más de 11.000 empleos periodísticos y se cerraron más de 280 medios de comunicación. En un escenario así el discurso dominante insistía en la urgente necesidad de “un nuevo modelo de negocio” para nuestro oficio, pero lo cierto es que yo, y quizá este sea un defecto generacional o vocacional, siempre he pensado que “negocio” y “periodismo” son dos conceptos que casan regular. Tiendo a creer, y quizá esta sea una manifestación de corporativismo, que los problemas de supervivencia en los medios de comunicación comenzaron cuando los periodistas cedieron el gobierno de las redacciones a gerentes, publicistas, financieros, empresarios, políticos encubiertos, analistas de audiencias… La supervivencia, directamente vinculada a la credibilidad, comenzó a resentirse porque el negocio y la información, el showbiz y el rigor, el interés partidista y el servicio público, el balance de resultados y el periodismo… casan regular. 

Es decir, estoy convencido de que arrastrábamos, antes de 2008, una severa crisis de credibilidad que es uno de los valores con que mejor se defiende un medio de comunicación. Estábamos sumidos, hacía ya unos cuantos años, en una terrible paradoja: jamás habíamos consumido tanta información pero jamás habíamos desconfiado tanto de la información consumida. Y en vez de poner remedio a este disparate, reparando las grietas de la credibilidad, nos lanzamos a levantar nuevos modelos de negocio sobre unos cimientos cada vez más frágiles. Buscábamos una respuesta empresarial a un problema cuyas causas están sobre todo vinculadas al propio ejercicio de este oficio, a una buena praxis periodística.

El espacio de la mentira.- La credibilidad perdida no sólo deja un terrible vacío en los medios de comunicación que padecen esta merma sino que, además, provoca el crecimiento de los bulos, las mentiras y las informaciones de pésima calidad. El espacio que no es ocupado por el periodismo creíble está siendo ocupado por el periodismo increíble (aunque este carácter no lo adviertan muchos receptores). Lo que nosotros no seamos capaces de narrar de manera rigurosa y fiable (y la pandemia es un ejemplo terrible de este fenómeno) será narrado, por otros, de manera engañosa y falsa. La mentira tiende a ocupar todas las grietas que va dejando una credibilidad mermada. El espacio de la mentira va creciendo y cada vez resulta más difícil de reconquistar.

Ciencia de saldo.- Si hay que hablar de política se busca a un periodista de política. Si hay que hablar de deporte se busca a un periodista de deporte. Si hay que hablar de virus, de vacunas, de cambio climático… cualquiera vale. La ciencia, más presente que nunca en nuestra vida cotidiana, sigue siendo una información de saldo en muchos medios de comunicación. Alucino con esos debates periodísticos sobre la COVID en manos de todólogos incapaces de distinguir un virus de una bacteria. Todólogos alimentados por los propios medios de comunicación para que pontifiquen con soltura y sin freno (en RRSS el desmadre no tiene límites). Y luego nos quejamos de que los ciudadanos estén atemorizados, confudidos, cabreados…

¿Cómo es posible que la mayoría de los responsables que gobiernan los medios de comunicación sean unos analfabetos científicos y que presuman de esta carencia en un momento en el que la ciencia es la materia prima con la que se construye gran parte de la actualidad? Importa más la audiencia que el rigor, el espectáculo contamina la información, los sucesos se imponen a los procesos, vale más correr que entender… No, todo lo que nos ofrecen los medios de comunicación no es periodismo, aunque se le coloque ese disfraz para así dignificar la morralla y el ruido.

Los límites de la libertad de expresión.-  Entre las pequeñas conquistas que hemos podido anotar en este escenario de algarabía y confusión está la que pone límites a la libertad de expresión. Sí, límites a lo que algunos creían ilimitado o, más bien, defendían como ilimitado para poder así violentar la propia esencia de este derecho. Ya era hora de que abandonáramos ese falso pudor por el que estábamos dispuestos a defender lo que no merece ser defendido en un verdadero Estado de derecho.

La libertad de expresión no puede amparar la mentira y los bulos malintencionados, sobre todo en situaciones de alarma en las que la población es particularmente vulnerable a las informaciones tendenciosas. Las críticas no deben tener límites, revelar datos incómodos pero veraces no debe tener límites, pero la mentira sí, la mentira no puede estar amparada por ninguna ley y menos cuando busca enturbiar la vida pública. Una colega defendía esta tesis recurriendo a un ejemplo clásico bastante elocuente, un ejemplo que tiene como protagonista a Oliver Wendell Holmes Jr., juez del Tribunal Supremo de los Estados Unidos, quien en 1919 escribió: La protección más rigurosa de la libertad de expresión no protegería a un hombre que gritara falsamente <fuego> en un teatro provocando el pánico”. Hoy, ahora, en plena crisis sanitaria hay quien grita falsas consignas de alarma con la única intención de generar (más) pánico, y en vez de censurarlo, o silenciarlo, desde los medios de comunicación le prestamos un peligroso altavoz. Y así nos va.

Periodismo digno en condiciones indignas.- Nunca he entendido cómo es posible embarcarse en sesudos análisis sobre el futuro del periodismo sin pasar, aunque sea de puntillas, por las condiciones laborales de los periodistas. Antes de la crisis de 2008 referirse, en público, a los horarios, sueldos, tipo de contratos o arbitrariedades contractuales, que sufrían, que sufren, que sufrimos, la mayoría de los periodistas era casi un tabú. Ahora ya no sentimos aquel pudor, aquella vergüenza o aquel miedo, pero nada ha mejorado porque un día nuestros receptores supieran en qué condiciones se trabaja en este oficio.

¿Cómo se hace periodismo digno en condiciones indignas? ¿Cómo ser creíbles si trabajamos en condiciones increíbles? ¿Con qué profundidad nos vamos a acercar a temas complejísimos si apenas disponemos de tiempo, de reposo, de medios? ¿Qué está ocurriendo en la situación actual, en qué condiciones están, estamos, trabajando los periodistas en la vorágine de esta pandemia? ¿Qué está ocurriendo con el periodismo de proximidad, el más valioso en situaciones de alarma pero también el más frágil por su pequeño tamaño? ¿Cuántos medios, cuántos periodistas, van a sobrevivir a la pandemia? ¿En qué condiciones se trabajará en esos medios capaces de sobrevivir?

¿Y los medios públicos? ¿Qué papel desempeñamos, qué papel deberíamos desempeñar, qué papel vamos a desempeñar el día después?  Se nos vuelve a conceder una nueva oportunidad, otra oportunidad más, para defender la virtud más valiosa en situaciones de emergencia: el carácter de servicio público. Pero ese carácter sólo puede defenderse desde la credibilidad, una virtud de muy difícil (pero no imposible) conquista en un medio público, una virtud que se adquiere con muchísimo trabajo y muchísima dificultad y muchísimo tiempo y que, sin embargo, se pierde en un instante, y lo peor es que una vez perdida puede que jamás vuelva a recuperarse por mucho empeño que pongamos en ello.

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Diario YA, 24 de mayo de 1986. Sí, el pipiolo de las gafas es un servidor, defendiendo en la prensa nacional, hace 35 años, el valor ambiental de los olivares andaluces y su papel, decisivo, en la supervivencia de un nutrido grupo de aves. Entonces era predicar en el desierto, pero ahí estábamos, esperando que el tiempo nos diera razón.

En la primavera de 1986 firmé un artículo en el desaparecido Diario YA destacando el valor ambiental de los olivares andaluces y, en particular, su papel en la conservación de una nutrida comunidad de aves; una manera poco convencional de defender un cultivo que se enfrentaba, por primera vez, a la incomprensión de Europa.

Hacía menos de un año que España había ingresado en la Comunidad Económica Europea y todavía se rumoreaba, y así lo denunciaban algunos medios de comunicación, que nuestro país tendría que arrancar una gran superficie de olivar para plegarse a las exigencias de Bruselas. Se llegó a hablar de un millón de hectáreas, lo que suponía una catastrofe económica y social. Científicos y ecologistas prepararon un manifiesto en defensa de este cultivo, alertando sobre las graves consecuencias ambientales que tendría tal decision.

Uno de los más reputados ecólogos de este país, impulsor de la educación ambiental en el ámbito universitario, el desaparecido Fernando González Bernáldez, lo explicó entonces de manera contundente: «Si la superficie de olivar se reduce en España, muchos millones de estas aves insectívoras desaparecerán y, sin proponérselo, países como Suiza, Suecia o Alemania, tendrán que incrementar de manera importante los gastos en insecticidas para sus cosechas, con las consecuencias contaminantes que todos conocemos«. La Unión Europea debería ser, por tanto, la principal interesada en mantener este singular ecosistema, razonaba el catedrático de Ecología. Hubo incluso quien propuso, para evitar el problema de los excedentes que se esgrimía como excusa, incentivar el consumo de aceite en el continente apelando a la elevada sensibilidad ambiental de algunos países, incluyendo en las botellas de este producto una etiqueta que dijera: «Consumiendo aceite de oliva español está Vd. favoreciendo la supervivencia de las aves insectívoras«.

Recordé aquella primitiva batalla hace unos días, cuando desde SEO Birdlife me pidieron que moderara el encuentro virtual en el que se daban a conocer los magníficos resultados del LIFE Olivares Vivos. Llegaba, por fin, la evidencia, subrayada por la comunidad científica y el apoyo de numerosos agricultores, de que llevábamos razón. Han pasado 35 años, un suspiro en la escala de la naturaleza, pero el tiempo, afortunadamente, ha jugado a nuestro favor y, sobre todo, a favor de un nuevo modelo de agricultura donde la producción y la conservación no sólo son compatibles sino que al ir de la mano generan beneficios mutuos: una agricultura sensata multiplica la biodiversidad, y una biodiversidad sana incrementa la producción y la rentabilidad.

Merece la pena dedicar unos minutos a este encuentro virtual para saber de qué estamos hablando, para celebrar que una nueva agriucltura no solo es posible sino que ya existe.

Mi intervención, de la mano de SEO Birdlife, se produjo pocos días después de recibir una invitación similar, en este caso de mi amiga Astrid Vargas, para que tejiera un diálogo, un Agrocafé, con los emprendedores de AlVelAl y A Regenerar, al que se sumaron comunicadores agroambientales de toda España y también los amigos de Climate Reality. Una tarde repartidos entre Madrid, Palomares del Río (Sevilla), Amsterdam, La Junquera (Murcia) y Vélez Rubio (Granada), entre otros muchos puntos de conexión.

En ese encuentro, dedicado a la agricultura regenerativa (un paso más en este esfuerzo por cambiar de modelo productiva para garantizar nuestra propia supervivencia), destaqué, como hice en el encuentro de SEO Birdlife, el valor del tiempo, pero en otro sentido: ya no era sólo celebrar la razón que venía del pasado sino evitar la cómoda referencia al futuro. En el caso de AlVelAl y A Regenerar uno de los elementos más valiosos es que esta experiencia, con enormes dosis de atrevimiento, se está ejecutando ya, ahora, con resultados tangibles. Claro que miran hacia el futuro, pero los pies los tienen en el presente: una invisible red cooperativa está construyendo, en el altiplano de Granada, Almería y Murcia, una comunidad con nombre y apellidos, donde encajan la tierra, la agricultura, la ganadería, la apicultura, la biodiversidad, la cultura, el arte…

Hay que escapar de la excusa del futuro (“esto lo hacemos por nuestros hijos…”; “estamos trabajando para nuestros nietos…”; “construimos un futuro mejor…”). Decía Ángel González, el poeta: “te llaman porvenir / porque no vienes nunca”. Pues eso, el futuro nunca llega y es peligrosamente consolador (“a veces la esperanza son ganas de descansar”, dice la milonga) pero el único territorio de la acción es hoy (“si no es ahora, ¿cuándo?”, asegura el Zen).

El tiempo, el del ahora, nos da la razón.  

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Nuestra memoria es débil, pero ya se ocupan las hemerotecas de recordarnos lo que no debería causarnos sorpresa. En la imagen (de la Biblioteca Nacional) algunos titulares de prensa a propósito de la «gripe española» de 1918.

Hace 15 años en este país los virólogos estaban escondidos, trabajando en sus cosas, investigando en silencio. Hoy los encuentras en la cola del supermercado, en las redes sociales y en las tertulias de radio y televisión. España se ha llenado de resueltos virólogos, aunque los de verdad, los que se dedicaban a estos patógenos hace 15 años, siguen trabajando en la sombra y (la mayoría) se cuidan mucho de opinar, sin fundamento ni rigor, en mitad de esta emergencia.

Una de las ventajas de haberme especializado en información científica y ambiental es que, después de llevar casi 40 años escribiendo de estos asuntos en medios de comunicación (me estrené en el diario Nueva Andalucía un lejano 3 de diciembre de 1981, hablando del valor ecológico de los humedales del Bajo Guadalquivir), hay pocos temas que me sorprendan y pocos especialistas de salón que me seduzcan. Por eso me llama la atención, por ejemplo, con qué asombro hablan algunos colegas de los efectos del cambio climático, cuando el diario El País ya informaba con detalle de esta cuestión en 1976; la alarma que desata el virus del Nilo, presente en las marismas del Guadalquivir desde hace décadas, o la repentina atención que merece el vínculo entre la pandemia de COVID19 y determinados factores ambientales, cuando yo mismo me pasé dos años (2005-2006) escribiendo, con cansina insistencia, a propósito de esa peligrosa relación entre enfermedades emergentes, factores ambientales y globalización. De aquella época me siguen pareciendo particularmente valiosas las entrevistas que hice a Adolfo García-Sastre, algunas de ellas emitidas en Canal Sur Televisión (octubre 2006), uno de los máximos expertos en gripe de todo el mundo, al que entonces pocos conocían en nuestro país y que traje desde Nueva York para que dictara, en Córdoba, una de las conferencias del Seminario Internacional de Periodismo y Medio Ambiente de cuya dirección me ocupé durante más de una década.  

Este país se ha llenado de resueltos virólogos, y donde más abundan los todólogos, seamos sinceros, es en los medios de comunicación…

No es la primera vez que presumo en este blog de hemeroteca doméstica. En ella vuelvo a sumergirme hoy, aprovechando las muchas horas de encierro a la que nos obliga el coronavirus, para rescatar algunos párrafos de aquellos textos en los que ya aparecía el temor a una pandemia, la necesidad de controlar el salto de patógenos de animales silvestres a humanos, los riesgos de la globalización en la dispersión de virus a escala planetaria, el vínculo de estas enfermedades con el cambio climático o la atención prioritaria que debería prestarse al trabajo científico y, en particular, al desarrollo de vacunas. Todo suena muy actual, ¿verdad?, pues como veréis lo escribí hace más de 15 años. ¿En qué hemos empleado el tiempo en estos tres largos lustros?

“Virus con alas”. Crónica en verde. El País, 12 de septiembre de 2005

Link: https://elpais.com/diario/2005/09/12/andalucia/1126477345_850215.html

La FAO ha advertido que las aves infectadas [por gripe aviar] en Siberia y Kazajstán pueden alcanzar fácilmente zonas del Caspio, el Mar Negro y los Balcanes, extendiéndose por algunos enclaves del sureste europeo en donde, precisamente, los ejemplares del centro y norte de Europa se mezclan con los de Asia, y el contacto de ambos grupos facilitaría la extensión de la epidemia hacia territorios aparentemente a salvo.

[…]

La Organización Mundial de la Salud, en su último informe sobre la cuestión, fechado el 18 de agosto, admite que “es imposible controlar la gripe aviar en las aves salvajes, y ni siquiera vale la pena intentarlo”. Al igual que la FAO, la OMS recuerda que el papel de estos animales en la propagación de las cepas más agresivas del virus “sigue siendo en gran parte desconocido”.

“La salud incierta”. Crónica en verde. El País, 24 de octubre de 2005

Link: https://elpais.com/diario/2005/10/24/andalucia/1130106148_850215.html

La crisis sanitaria desatada en torno a la gripe aviar ha puesto de manifiesto un conjunto de patologías que afectan a la salud humana y que, en gran medida, están determinadas por las condiciones ambientales y las perturbaciones que hemos ido introduciendo en ellas. Enfermedades exóticas, o erradicadas hace tiempo de determinados territorios, se hacen presentes debido, por ejemplo, al cambio climático, a las migraciones animales o al trasiego de personas y mercancías entre puntos geográficos muy distantes.

[…]

Los especialistas de la OMS que estudian el problema de la gripe aviar consideran que si el temido virus consigue finalmente mutar y adquiere la capacidad de transmitirse de persona a persona, el escenario más peligroso, en la más que probable pandemia estarían implicados los modernos sistemas de transporte. Es decir, el virus no llegaría a destinos alejados del sudeste asiático por medio de las aves migratorias si no que, muy posiblemente, alcanzaría enclaves remotos, como Europa, por medio de personas infectadas que tomaran, por ejemplo, un avión.

“Los orígenes del virus”. Crónica en verde. El País, 23 de enero de 2006

Link: https://elpais.com/diario/2006/01/23/andalucia/1137972137_850215.html

Precisamente este virus, el de la gripe española, ha podido reconstruirse gracias a un complejo proyecto científico en el que ha participado un español, el microbiólogo Adolfo García-Sastre, profesor en la Facultad de Medicina Monte Sinaí, de Nueva York. Un especialista que acaba de visitar Sevilla para reunirse con sus colegas de la Estación Biológica de Doñana, dedicados a la identificación de virus en poblaciones de aves silvestres, cuestión que podría resultar decisiva a la hora de prevenir la temida pandemia.

                Pregunta. ¿De qué manera están relacionados los virus de la gripe presentes en aves y aquellos otros que son propios de la especie humana?

                Respuesta. Los virus de la gripe que afectan a humanos son virus muy determinados, de los que, en la actualidad, sólo existen dos tipos. Estas dos variantes también están presentes en las aves que, además, se ven afectadas por otros 16 tipos de virus de la gripe. Los virus pandémicos aparecen cuando un virus propio de aves es capaz de infectar a humanos. Este salto no es fácil, porque cada virus está adaptado a su propio huésped y no se propaga con facilidad en otro.

                P. Sin embargo ese salto es posible, y ha podido incluso certificarse en el virus de la gripe española de 1918, que usted, junto a otros especialistas, ha sido capaz de reconstruir.

                R. El virus de 1918 tiene unas secuencias muy parecidas a las que encontramos en virus de aves, aunque ambos son un poco distintos porque aparecen ciertos cambios que diferencian a uno y a otros. Es muy posible que en esas secuencias, que hemos identificado en algunos genes, se encuentre la clave que explique por qué un virus propio de aves es capaz de cambiar lo suficiente como para adaptarse a los humanos. Estamos, por tanto, tratando de precisar las características de esas secuencias porque así sabremos hasta qué punto un virus de aves será capaz de infectar a humanos. ¿Se necesitan diez cambios?, ¿veinte cambios?, ¿cuarenta cambios? Cuantos más cambios hayan de producirse en el perfil genético del virus menor riesgo existe de que sea capaz de saltar a humanos.

                 P. ¿El virus de 1918 fue capaz desaltar directamente de aves a humanos?

                R. Sabemos que en otras pandemias, como la de 1957, lo que ocurrió es que un virus de gripe humana fue capaz de adquirir un par de genes de virus propios de aves. En el caso de 1918 no podemos asegurar que se produjera un salto directo de aves a personas, porque no tenemos muestras de virus de humanos que circularan antes de esa fecha, pero debido a las similitudes que este virus presenta con respecto a los que afectan a las aves esta es una hipótesis en la que estamos trabajando. Es posible que un virus aviar, después de una serie de cambios, sea capaz de saltar directamente a humanos.

                P. ¿Es posible anticiparse a ese salto? ¿Podemos identificar a los virus candidatos a producir una pandemia?

                R. Si somos capaces de identificar las secuencias que en determinados genes explican el éxito de un virus a la hora de infectar a humanos, propagarse a gran velocidad y causar enfermedad, podremos reconocer virus que, con las mismas secuencias, se encuentren en la naturaleza, o bien virus que estén cerca de adquirir esas secuencias, virus que necesiten pocos cambios para convertirse en pandémicos. Esos virus serían los que tendríamos que vigilar de cerca porque, potencialmente, son los más peligrosos. Al mismo tiempo, estamos investigando los mecanismos que, a nivel molecular, se desencadenan a partir de esas secuencias genéticas, mecanismos que hacen que la enfermedad sea más severa, porque el conocimiento de estos mecanismos nos permitirá desarrollar fármacos específicos capaces de neutralizarlos. Y esas mismas herramientas moleculares nos van a servir también para diseñar vacunas más efectivas.

                P. ¿Los virus H5, que ahora concentran el temor de todos los especialistas, terminarán por convertirse en virus pandémicos?

                R. Las pandemias han existido siempre, y cuando se producen la mortalidad se dispara, como ocurrió en 1918, cuando la tasa de mortalidad, en una circunstancia extrema, llegó a alcanzar el 2 %. Las pandemias ocurren a intervalos de entre 10 y 90 años, y la última que tenemos registrada es la de 1968. Lo que sí sabemos ahora, y no sabíamos antes, es que los virus proceden de las aves y por eso hay que evitar el contacto entre aves silvestres y domésticas, y entre aves y humanos, como factor de prevención. De todas maneras, no es tan fácil decir que los virus H5 van a ser capaces de producir una pandemia, y si lo fueran tampoco parece probable que sean tan letales una vez que comiencen a propagarse de humanos a humanos, ya que en la actualidad sus tasas de mortalidad rozan el 50 %.

                 P. ¿Disponemos de tiempo? ¿Será posible contar con esas nuevas herramientas de prevención y tratamiento antes de que aparezca una pandemia?

                R. La cuestión del tiempo no es fácil de predecir, pero si para algo ha servido el miedo, quizá exagerado, que ha producido toda esta situación, es para que los gobiernos tomen conciencia de lo grave que resultaría una pandemia y preparen la infraestructura necesaria para fabricar vacunas con rapidez y contar con suficientes antivirales, recursos de los que ahora mismo no disponemos.

Al mismo tiempo que se diseña este sistema de alerta temprana hay que estar preparados para interrumpir la cadena de transmisión del virus. Ya que no es fácil que el  patógeno salte directamente de aves silvestres a humanos, hay que concentrar la atención en los huéspedes intermedios, las aves domésticas, a las que hay que sacrificar en cuanto existan indicios de un brote infeccioso. La última barrera de contención habría que levantarla en el caso de que la enfermedad se transmitiera entre humanos, y en este caso habría que recurrir a vacunas específicas y antivirales efectivos, dos elementos, insiste García-Sastre, “que sólo pueden obtenerse fomentando la investigación y disponiendo de la infraestructura necesaria para actuar con rapidez”.

“Enfermedades sin fronteras”. Revista Estratos, otoño 2006

El sur de España, por el que discurren las rutas migratorias que usan las aves que van y vienen a África, es, en el caso del virus del Nilo, una zona de alto riesgo, como aseguran Rogelio López-Vélez, especialista de la Unidad de Medicina Tropical del Hospital Ramón y Cajal de Madrid, y Ricardo Molina, especialista de la Unidad de Entomología Médica del Instituto de Salud Carlos III. Y no se trata de un riesgo potencial sino que ya se tienen evidencias de la llegada del patógeno a tierras españolas, puesto que estudios realizados entre 1960 y 1980, detallan estos expertos,  “demostraron la presencia de anticuerpos en la sangre de los habitantes de Valencia, Galicia, Doñana y delta del Ebro, lo que significa que el virus circuló en nuestro país por entonces.

[…]

Algunas de las alteraciones ligadas al cambio climático, como un cierto aumento de la temperatura media, incrementarían el riesgo de transmisión de esta enfermedad, circunstancia que afecta a otras muchas dolencias, exóticas o ya erradicadas en territorio español, circunstancia que han puesto de manifiesto en sus trabajos de investigación los doctores López-Vélez y Molina y que también se incluye entre las advertencias recogidas en el documento “Evaluación preliminar de los impactos en España por efecto del cambio climático”, publicado por el Ministerio de Medio Ambiente. Recurriendo a una explicación simplificada, se puede decir que pequeñas variaciones en la temperatura, las precipitaciones o la humedad podrían afectar a la biología y ecología de ciertos vectores, como los mosquitos, y afectar también a los hospedadores intermediarios de dichas enfermedades o a sus reservorios naturales. 

Revista Sierra Albarrana, octubre 2006

Entrevista a Adolfo García-Sastre, profesor de Microbiología en la Facultad de Medicina Monte Sinaí (Nueva York).

P. ¿Disponemos de tiempo? ¿Será posible contar con esas nuevas herramientas de prevención y tratamiento antes de que aparezca una pandemia?

R. […] Siendo optimista, podemos decir que hoy estamos mejor preparados que hace cinco años, pero siendo pesimista creo que es necesario advertir que tenemos los conocimientos adecuados para enfrentarnos a una emergencia de este tipo pero, sin embargo, aún no hemos desarrollado las capacidades suficientes para hacerlo. Y tanto en lo que se refiere a conocimientos como a capacidades hay que insistir en el hecho de que cualquier acción debe plantearse a escala planetaria, porque de poco sirven los esfuerzos de un grupo de países frente a enfermedades que no saben de fronteras.

Revista Estratos, invierno 2006

Entrevista a Adolfo García-Sastre, profesor de Microbiología en la Facultad de Medicina Monte Sinaí (Nueva York)

                P. ¿Qué evidencias científicas se han obtenido a partir del estudio de anteriores pandemias?

                R. Sólo hay dos pandemias de gripe, la de 1957 y la de 1968, de las que conocemos exactamente cuál fue la composición del virus que las provocó, y en ambos casos el patógeno, sobre un total de ocho genes, tenía de cinco a seis genes que ya estaban presentes en virus de la gripe que afectaban a humanos, virus que ya estaban circulando. Es decir, sólo dos o tres genes cambiaron para adquirir determinantes genéticas procedentes de algún virus de aves. ¿Cómo se originó, pues, el virus pandémico? Nuestra hipótesis es que tuvo que originarse por co-infección en algún huésped que fue infectado, al mismo tiempo, por un virus de aves y un virus humano. Ese huésped pudo ser un cerdo pero también pudo ser un humano. Además de esa co-infección fue necesario que el virus resultante incorporara algunos cambios más hasta lograr transmitirse entre humanos con eficacia. Así se generó la pandemia, y por eso ahora ponemos tanto el acento en la necesidad de prevenir infecciones en los animales domésticos, sacrificando de inmediato a los ejemplares que estén afectados por la enfermedad, ya que estos son el paso intermedio necesario para que finalmente se genere un virus pandémico. En resumen, hay que estar preparados para interrumpir la cadena de transmisión del virus. Ya que no es fácil que el  patógeno salte directamente de aves silvestres a humanos, hay que concentrar la atención en los huéspedes intermedios.

                P. Cuando se desató el temor a una pandemia de gripe aviar se dispararon las ventas de ciertos antivirales. ¿Serían realmente efectivos ante una enfermedad de estas características?

                R. Los antivirales son efectivos, bajo ciertas circunstancias, de un modo profiláctico, de manera que, en caso de pandemia, pueden evitar la infección. Pero, aún así, su uso generalizado podría, en algunos casos, fomentar, de manera muy rápida, el desarrollo de virus mutantes resistentes al antiviral, y esto causaría un problema añadido. Además, si una persona quiere estar protegida durante el desarrollo de la pandemia necesitaría tomar una dosis continuada mientras el virus esté circulando, lo que supone medicarse durante, por ejemplo, tres meses, y en la actualidad no existe capacidad para producir tal cantidad de antivirales, si lo que realmente queremos es proteger a toda la población.

                P. ¿Serían entonces las vacunas el único recurso capaz de proteger a la población a gran escala? 

                R. No puede existir una vacuna hasta que no sepamos exactamente cuál es el virus que causa la pandemia. A partir de ese momento se inicia una auténtica carrera para producir la vacuna, distribuirla y vacunar a los ciudadanos. Por tanto, lo que debemos hacer ahora es engrasar ese mecanismo, a escala internacional, de manera que los plazos se acorten al máximo. Además, debemos potenciar la investigación en busca de vacunas más eficientes, vacunas que sean capaces de ofrecer protección con una dosis diez veces más baja que la que ahora venimos utilizando. Si somos capaces de lograr esta reducción en la dosis habremos resuelto el problema de la producción, seremos capaces de cubrir a mucha más población con los medios disponibles. 

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Desde el escenario, cuando dos mil personas te contemplan en silencio, el Liceu impresiona, pero hay cosas más impresionantes…

Como me crié entre las bambalinas del Teatro Góngora esa tramoya en penumbra, desde la que, sin arriesgar, se atisban los focos y el murmullo del público, me resulta un espacio cálido y familiar. Otra cosa distinta es saltar al escenario y verse expuesto a focos y a público. Sentir la descarga de adrenalina que antecede a las grandes ocasiones, esas en las que se mezclan el miedo y la felicidad. El reloj se espesa, el sonido se va acolchando y tres zancadas después se hace el silencio, un silencio que no conviene romper de manera atropellada, un silencio que hay que disfrutar.

El Gran Teatre del Liceu impresiona. Impresiona desde el patio de butacas así es que imaginaros lo que es subir al escenario, plantarse, en soledad y sin la barrera de confianza de un atril, ante más de 2.000 personas y disfrutar de esos dos o tres segundos de silencio antes de decir lo que uno ha venido a decir, lo que, quizá, nadie haya dicho antes en ese escenario.

Junto a mí, dándome el calor imprescindible, una representación de los muchos profesionales que hacen posible «Tierra y Mar» (Esther, Nuria, Susana, Abraham, Sol…) y el propio director general de la Radio Televisión de Andalucía (RTVA), Juan Manuel Mellado, ocupando, por voluntad propia, un discreto segundo plano que le honra.

«Impresiona el Liceu. Impresiona mucho, pero os aseguro que impresiona más una levantá de atunes rojos en una almadraba de Cádiz, o un amanecer en el Cerro de los Ánsares, en el corazón de Doñana; y aún impresionando más, allí no llegan los focos, allí casi nunca llegan las cámaras y nunca llegan los aplausos. Ese es nuestro escenario natural, esa es la redacción de Tierra y Mar, esos son los rincones a los que acudimos todas las semanas buscando historias sencillas, de gente discreta, que nos habla de una Andalucía que trabaja y que innova «. Después de disfrutar ese par de segundos de silencio sobrecogedor, así comenzaron mis palabras de agradecimiento en el Gran Teatre del Liceu la noche del 14 de noviembre de 2019, cuando recogí el Premio ONDAS otorgado al programa «Tierra y Mar» (Canal Sur Televisión), el primer ONDAS en la historia de la televisión pública andaluza (nacida en 1989) concedido a un programa informativo de producción propia, el primero en la historia de los premios ONDAS otorgado a un programa informativo dedicado al sector primario y al periodismo ambiental.

Hablando con acento andaluz en donde no siempre se aprecia el acento andaluz.

Andalucía en el corazón de Cataluña. Barbate en Barcelona. Doñana en Las Ramblas. Atunes rojos en el Liceu. Las historias sencillas de la gente del sur ocupando butaca junto a David Broncano, Carlos Herrera, Rosalía, Jordi Évole, Candela Peña, Rosa María Calaf, Pepa Bueno, Carlos Alsina o Andreu Buenafuente.

En el escenario del Liceu hubo espacio, aquella noche, para un periodismo amable (que no complaciente), un periodismo austero (por obligación y también por convicción), un periodismo con acento andaluz en donde no siempre se aprecia el acento andaluz.

Si no existiera la Radio Televisión de Andalucía, ¿quién nos otorgaría la posibilidad de hacernos visibles en el torbellino de las grandes cadenas nacionales e internacionales? ¿Quién se ocuparía de los grandes titulares pero también se acercaría a las pequeñas historias? ¿Quién sabría interpretar las claves de la cultura andaluza, sus señas de identidad? ¿Quiénes serían los traductores, a escala doméstica, de los grandes desafíos -pandemia, cambio climático, inmigración, crisis económica, política europea…-? ¿Qué televisión en España mantiene en antena un informativo del sector primario desde hace más de 30 años, y un informativo de medio ambiente desde 1998? ¿Quién saca el acento andaluz de las comedias para colocarlo en los informativos? ¿Quién habla del sur?

Es cierto que todas estas virtudes no siempre se expresan con la luminosidad necesaria, y hay sombras que hacen muy difícil el ejercicio de un periodismo digno y riguroso. Resulta triste comprobar, en nuestro día a día, cómo muchas personas se sorprenden al ver el resultado de nuestro trabajo y nos confiesan que no se esperaban el cuidado, el conocimiento, la ecuanimidad, la empatía… con que nos hemos acercado a una realidad compleja para intentar explicarla de manera honesta. Llamar «periodismo» a lo que sólo es desconcierto y bulla, a la información que se construye con artificio, morbo, suposiciones y espectáculo, es ensuciar esta profesión y confundir a los ciudadanos hasta convencerlos de nuestra intrascendencia, de nuestra inutilidad.

La situación de la Radio Televisión de Andalucía es ciertamente compleja, muy delicada. Pero bajo el oleaje y el ruido, con demasiada frecuencia interesados, hay un territorio discreto en donde trabajan muchos profesionales honestos, responsables y conciliadores; profesionales ajenos a otros intereses que no sean los del servicio público y preocupados, muy preocupados, por el manoseo político y los recortes, injustos, que sólo nos conducen al precipicio.

Antes que juzgar el periodismo busca entender, y para eso requiere reposo, conocimiento, contención y rigor. Se nos olvida que informar, in-formar, es dar forma y, por tanto, explicar, interpretar, y en ese esfuerzo hay que acercarse a los ciudadanos con calma y empatía. Y escuchar. Por eso necesitamos una mirada profesional abierta, democrática y conciliadora.

No tuve que contarlo en ningún sitio ajeno a mi propia empresa, a la que, por cierto, llegué superando una oposición libre en 1989, porque el texto donde tuve oportunidad de explicar mi manera de entender este trabajo, el trabajo de un periodista ambiental en una televisión pública, me lo pidieron los compañeros de nuestra página web con motivo de la concesión del ONDAS. Quiero creer que en ese texto muestro, con sinceridad, cómo entiendo yo el periodismo; cuál es, a mi juicio, el sentido de una televisión pública; por qué perdemos credibilidad ante nuestros espectadores; qué valor tiene el trabajo en equipo. Así es como miro a Andalucía desde mi oficio. Así es como defiendo lo que, siendo obvio, tenemos que seguir defendiendo todos los días, y ahora más que nunca (1).

Me pude permitir hablar de atunes en el Liceu porque la televisión andaluza, una televisión pública, atiende, más allá de los grandes titulares, a lo que ocurre en una almadraba de Barbate, en una pequeña cofradía de pescadores, en la diminuta embarcación de un arráez. Mirar, escuchar y contar, explicar lo que ocurre cerca, muy cerca, tan cerca que a veces no podemos distinguirlo de lo que somos nosotros mismos. Identidad sin soberbia. Una identidad que tiene que ver con el asombro y no con el horror; con el respeto y no con la imposición; con la convivencia y no con el egoísmo. Nuestra identidad, la de Andalucía, la del Periodismo.

(1) Nota al pie: El pasado jueves, 3 de diciembre, creí necesario volver a explicarme, esta vez en las redes sociales, porque la situación de la RTVA origina no pocas confusiones en la opinión pública y algún que otro malentendido entre compañeros. Hoy, dos días después, los tuits que remiten a aquel artículo que escribí en la web de Canal Sur suman más de 31.000 impresiones y, lo que para mí es mucho más importante, han servido para que muchos colegas de profesión, científicos, ambientalistas, ONGs, educadores, universidades, medios de comunicación… enriquezcan con sus propias reflexiones este debate. Seguro que me olvido de alguien, pero hasta este momento, y entre otros, han señalado estos mensajes, y en algunos casos se han sumado a este diálogo virtual en torno a los principios del buen periodismo en una televisión pública, Javier Valenzuela (Asociación de Periodistas de Información Ambiental APIA), Nuria Castaño (periodista), Nino Sanz (biólogo), María García (APIA), Carlos González Vallecillo (biólogo y comunicador), Toni Calvo (Asociación Española de Comunicación Científica AECC), Isabel Morillo (El Confidencial), José Sierra (periodista), Regenera Hub, WWF, María Antonia Castro (APIA), Félix Tena (À Punt), Jesús Soria (SER Consumidores), Isabel Gómez (RTVA), Red Ecofeminista, Elia Valladares (RTVA), Pilar Marín (Oceana), Sostenibilidad a Medida, Juanjo Amate (ambientólogo), Pilar Ortega (RTVA), El blog de la lincesa, José Manuel García (periodista), David F. Caldera (Diputación de Granada), Raúl de Tapia (Fundación Tormes), Joaquín Tintoré (CSIC), Clara Aurrecoechea (RTVA), María José Montesinos (RNE Aragón), Medio Ambiente y Ciencia CYTlab, Roberto Ruiz Robles(Instituto Superior del Medio Ambiente), Álex Fernández Muerza (Universidad de País Vasco), Rafa Ruiz (El Asombrario), Life Invasaqua, AMA KD301 (Agente de Medio Ambiente), Dani Rodrigo (Universidad de Sevilla), Hombre y Territorio, César Javier Palacios (periodista 20 Minutos), Life Watercool, Rosa M. Tristán  (Laboratorio para Sapiens), Arturo Larena (EfeVerde), Plataforma en Defensa de la RTVA, Vega Asensio (ilustradora científica), Pepelu Ramos (RTVA), Carlos Centeno (Universidad de Granada), Asociación de Periodistas de Información Ambiental (APIA), Ángel Torcuato (ADM), Asociación Naturalista de Yuncos, Agencia Nodos, Luis Guijarro (APIA), Antonio Rivero (Grayling España), Fidel del Campo (RTVA), Agrupación de Trabajadores de Canal Sur, Joaquín Araujo (escritor y naturalista), Maite Mercado (Universidad CEU y Diario Levante), Rosa Llacer (Descubre Comunicación), Ignacio Bayo (Divulga), Alejandro Caballero (Informe Semanal TVE), Diego Muñoz, Esther Lazo (RTVA), Juan Armenteros (RTVA), Bienvenido León (Universidad de Navarra), José Antonio Montero (Revista Quercus), Fernando Valladares (CSIC), Miguel Ángel Ruiz (La Verdad, Murcia), Guillermo Prudencio (WWF), Eva Rodríguez (Agencia SINC), Región de Murcia Limpia, José Luis Gallego (naturalista y escritor, Onda Cero), Pau Ivars (periodista), Eva González (Europa Press), Mónica Salomone (periodista de ciencia), Jesús Soria (SER Consumidor), Feria de la Ciencia, Greenteam Spain, EcoInfluencer, Astrid Vargas (Commonland), CDOverde (Creadores de Opinión Verdes, EfeVerde), Gemma Teso (Universidad Complutense), Antonio Cerrillo (La Vanguardia), Benigno Varillas (periodista y naturalista), Piluca Nuñez (Asociación Empresarial Eólica), Centro de Estudios de Ciencia, Comunicación y Sociedad (Universidad Pompeu Fabra), Josechu Ferreras (Argos y Feria de la Ciencia), Carmen Lumbierres (politóloga), Pepe Verón (SER Aragon, Universidad San Jorge), César Colunga (Universidad Autónoma de Querétaro), Cristina Monge (politóloga, ECODES), Óscar Menéndez (Explora Proyectos), Rosa M. Cantón (ambientóloga), Cristina Mata Estacio (Universidad Autónoma de Madrid), Vicent Devís (À Punt), Victoria Mendizábal (Universidad Nacional de Córdoba, Argentina), Pepe Damián Ruiz (Universidad de Málaga), Jorge Velarde (biólogo), Gerardo Pedrós (Universidad de Córdoba), Carmen Elías (RTVA), Judit Alonso (DW Español), María José Gómez-Biedma (RTVA), Marta Villar (CEU San Pablo Madrid), Jorge Velarde (biólogo), Paco García (SECEM), Rosa Pradas (APIA), Juan Matutano (educador ambiental), Jose M. López de Cózar (APIA), Leo Zurita (realizadora), Mangas Verdes Radio, Teresa Palacio (periodista), José Carlos Guerrero (Universidad de la República, Uruguay), Álvaro Rodríguez( Climate Reality Spain), Alfredo Batlencia (Verdemar), Izan Guerrero (periodista), Mar Verdejo (paisajista), Juan María Calvo (periodista), Facultad de Comunicación (Universidad San Jorge), Sita Méndez (AECC), Rubén Casas (wildlife filmmaker), Araceli Caballero (periodista), José A. García (Universidad Miguel Hernández), Maria Josep Picó (Universitat Jaume I), Alejandro Guelfo (Mis Peces), Geoparque de Sobrarbe, Manuel Colón (Universidad de Cádiz), Mercedes de Pablos (periodista), Teresa Cruz (Fundación Descubre), María Ruiz (RTVA), Belén Torres (RTVA), Héctor Márquez (periodista, Aula Savia), Felipe Molina (biólogo y ganadero)… y la lista sigue creciendo.

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Siempre es un placer colaborar con la Fundación Social Universal, en esta ocasión aportando mi análisis en torno al lenguaje del cambio climático y a la biodiversidad democrática que, creo, hay que incorporar a este debate.

Nota al margen: En febrero publiqué en este mismo blog un texto a propósito del lenguaje del cambio climático (La lengua del cambio). Pocas semanas después los responsables de la Fundación Social Universal me pidieron un artículo, para su revista, sobre esta misma cuestión, un problema que preocupa mucho a las entidades comprometidas con las acciones de ayuda al desarrollo y las atención a los más desfavorecidos. Aunque el artículo en papel reproduce algunos párrafos de aquel primer post también es verdad que incorpora contenidos diferentes que creo oportuno compartir, sobre todo porque así me lo han pedido algunos amigos y colegas. Espero que estas reflexiones os sean de utilidad. 

El 17 de octubre de 1976 el diario El País elegía este titular a dos columnas para advertir de un problema ambiental en ciernes: “El clima mundial va a cambiar”. El origen del fenómeno se precisaba en un antetítulo no menos claro: “Provocado por la contaminación de anhídrido carbónico”. Nadie puede excusarse diciendo que nada se sabía del cambio climático hasta hace poco porque desde aquella información en un periódico generalista hasta hoy han pasado más de 40 años de información pública ininterrumpida. Si esta inquietud queremos trasladarla al ámbito andaluz podemos elegir el reportaje, a página completa, que yo mismo firmé, también en El País, un 15 de marzo de 1993 y que titulé “Paisajes para un nuevo clima” (en este caso era el subtítulo el que no dejaba lugar a dudas: “Científicos andaluces tratan de predecir los efectos del cambio climático”). Visto lo acontecido desde entonces es inevitable pensar que, en el mejor de los casos, hemos desperdiciado un cuarto de siglo, porque las acciones llevadas a cabo hasta ahora no se corresponden con la gravedad del problema y sus consecuencias a escala planetaria y, en particular, en nuestra propia comunidad autónoma.

Cuando me dicen que el cambio climático es una moda mediática reciente, tiro de hemeroteca para encontrar referencias como esta: un reportaje de El País fechado en octubre de 1976.

Uno de los elementos que más me preocupan en esta peligrosa dejación, tanto de las administraciones como de los ciudadanos, es el empeño en aplicar fórmulas que ya se han demostrado poco eficaces, la tozuda insistencia en el bucle endogámico que sólo conduce a las clásicas prédicas al coro, el uso de un lenguaje que seduce muy poco a los que se muestran ajenos a esta emergencia. Frente al cambio climático, y las acciones que buscan moderar su impacto, no valen los discursos de siempre, donde se encuentran cómodos (inexplicablemente cómodos) hasta los más comprometidos activistas, algo que pudimos comprobar algunos de los periodistas que asistimos a la reciente Cumbre del Clima (COP25). Demasiados lugares comunes que provocan indiferencia, demasiados tópicos y generalizaciones con las que amplios sectores de la sociedad nunca se han identificado, demasiados puristas, demasiados pesimistas, demasiado postureo. Vivimos instalados en un peligroso abuso del catastrofismo, como estrategia para llamar la atención, y en un permanente requerimiento de compromiso a ciudadanos que apenas conocen la naturaleza del problema y su relación con el mismo. Sostiene Maxwell Boykoff, investigador de la Universidad de Colorado-Boulder (EEUU) y director del Observatorio de Medios y Cambio Climático, y su reflexión es tan aguda como provocadora, que, “en ocasiones, al elegir términos como <desafíos climáticos> y <crisis climática>, puede que nuestros sinceros esfuerzos para facilitar el compromiso público con el cambio climático acaben construyendo más muros que puentes.

Quizá sea el momento, por pura urgencia, de multiplicar los puentes, y en esta tarea de delicada ingeniería social el lenguaje resulta decisivo, tanto como la propia actitud (sincera) de diálogo (la suma de puntos de vista no necesariamente coincidentes), actitud que está muy presente en los movimientos sociales más jóvenes pero que se enreda y se espesa en otros actores tan bienintencionados como desactualizados. Dentro de poco, y formando parte de las acciones ligadas a la declaración de emergencia climática decretada por el gobierno central, tendremos que desarrollar en España una herramienta similar a la Asamblea Ciudadana del Clima que ya funciona en el Reino Unido. ¿Qué es lo que más me seduce de la experiencia británica? Su biodiversidad que, más allá de un carácter democrático indiscutible, busca evitar el mencionado bucle endogámico, el discurso de los de siempre con los resultados de siempre. Quien se asome a la web de esta asamblea (https://www.climateassembly.uk/) descubrirá que el 22,7 % de sus miembros tienen entre 16 y 29 años, que el 50 % son mujeres, que el 38,2 % se sitúan en el nivel más bajo de cualificación educativa, que el 17 % se sienten poco o nada preocupados por el cambio climático, que el 16,4 % pertenecen a minorías étnicas y que, además, se han establecido mecanismos que garantizan la presencia de ciudadanos que habitan en las zonas más desfavorecidas del país. Pura biodiversidad democrática.

A propósito de muros y puentes hice mías, cuando las descubrí, las aportaciones de John Galtung, el especialista noruego que lleva décadas liderando las investigaciones sobre la mejor manera de resolver los conflictos sociales. Sus recomendaciones en escenarios tan complejos como el que nos plantea el acuerdo social en torno al cambio climático también pasan por el desarrollo de una comunicación democrática, conciliadora y creativa. Sobre esta última virtud, Galtung nos regala su particular punto de vista: en un conflicto entre partes, explica este sociólogo y matemático, no se trata de convencer, se trata de escucharlas a todas para entender, para entenderlas, y luego se necesita “mucha creatividad para tender puentes entre objetivos legítimos, porque todas las partes tienen, como mínimo, un objetivo legítimo“.

En lo que respecta a los medios de comunicación, mi hábitat natural, los ciudadanos desean, creo, que el periodista les ayude a entender la complejidad de este problema ambiental (por no decir existencial) sin hurtarles ni uno solo de los elementos que lo componen. La contradicción forma parte de esa realidad compleja, y la incertidumbre también, así es que necesitamos, más que nunca, periodistas dispuestos a mantener, insisto, una mirada abierta, democrática y conciliadora. Y estas tres virtudes no hay por qué sacrificarlas en el periodismo de denuncia, al contrario, son las que lo dignifican y lo alejan del periodismo sectario. La primera señal con la que se anuncia el totalitarismo, con la que se presentan los totalitarios, es la eliminación de los grises.

Los ciudadanos (creo) no quieren juicios (y mucho menos prejuicios), ni sentencias y condenas inapelables, ni manuales sobre lo que deben hacer y lo que no deben hacer. Tampoco vale poner como excusa otro futuro que no sea el nuestro. No hay que escudarse en nuestros hijos, ni en nuestros nietos, porque mucho más consecuente sería traducir esa lógica preocupación familiar  en espacios donde los que hablen y decidan sean nuestros hijos y nuestros nietos. Se acabó el ocupar las vanguardias cuando ya se nos pasó el tiempo de ser vanguardia. Se acabó el obstaculizar el camino a los que vienen reclamando ser actores y no meros espectadores. Y tampoco nos valen los líderes que sólo saben de mítines y arengas en las que se busca la aprobación de los prosélitos. Predicar al coro nunca sirvió de mucho. Sentirte aplaudido por los fieles es el objetivo de los incapaces. Buscar la aprobación de los gurús, de los caudillos inmaculados, sólo sirve para alimentar el ego y alejarnos de la calle, ese espacio en donde nada es inmaculado. Ahora, más que nunca, se necesita una comunicación conciliadora donde esté presente la diversidad, donde podamos conocer todos los elementos en disputa y, sobre todo, una comunicación plural donde concederles a los disconformes, a los desinformados, a los críticos, a los discriminados, a los desfavorecidos, la posibilidad de que expresen sus puntos de vista, porque en ellos habrá, seguro, alguno o algunos razonables, legítimos (que diría Galtung).

La lucha contra el cambio climático, que sólo tiene sentido (dada la magnitud del fenómeno y la urgencia en la toma de decisiones) si a ella se suman ciudadanos de toda condición, necesita también de un nuevo lenguaje, un discurso actualizado y plural, el diseño (colaborativo) de una comunicación (creativa) de precisión, adaptada, como sostiene Boykoff y como defendemos algunos periodistas (¿pocos?), al contexto y a las señas de identidad de las audiencias (en plural, porque no existe una audiencia única, aunque traten de convencernos de lo contrario). Seguir con lo de siempre, también en lo que se refiere a la comunicación, es renunciar a que nos entiendan y nos acompañen.

Para contar, escuchar y hacer lo de siempre… ya tengo a los de siempre… con los resultados de siempre. Y, sinceramente, más allá de un cierto entretenimiento narcisista (al que todos somos vulnerables) esta sintonía monocorde entre iguales me parece un empeño muy poco estimulante, aburrido y escasamente fértil. En determinados escenarios (creo) los adultos, los de siempre, están, estamos, sobrerrepresentados y, lo que es peor (creo), estamos auto-investidos de una sabiduría sobrevalorada (sólo hay que ver cómo hemos resuelto, o no-resuelto, algunos problemas vitales). El “eso-ya-te-lo-decía-yo”, el “yo-ya-lo-sabía” y la petulante “voz-de-la-experiencia” reducen notablemente su valor en territorios, como el del cambio climático, absolutamente inéditos y, por tanto, absolutamente desconocidos. Territorios en donde se requiere de mucha imaginación y atrevimiento, valores que (ley de vida) van mermando con los años. Lo dicho: hay establecer una auténtica y generosa diversidad, esa que a los mayores nos cuesta muchísimo.

No podemos, no debemos, ser propietarios de nuestro propio presente, y del presente de nuestros hijos, y del presente de nuestros nietos y del futuro universal. Eso es sí que es un Ministerio del Tiempo, egoísta, monolítico y plenipotenciario. Cada cual es dueño de su propio tiempo y el de mis hijos es… de mis hijos. Lo dicho: no es fácil dar un paso atrás para dejar espacio a otras voces (porque el ego y el vértigo vital son muy puñeteros), pero considero que en este empeño, y aunque resulte paradójico, un paso atrás nos va a ayudar, a todos, a dar varios pasos adelante.

Nota confinada: Este artículo lo escribí a comienzos del pasado mes de febrero. Entonces no podía imaginar que la última frase (“…un paso atrás nos va a ayudar, a todos, a dar varios pasos adelante”) era casi una premonición de lo que se nos venía encima. Hoy (mediados de abril) los responsables de la revista me piden que revise el texto y estoy, como millones de ciudadanos en todo el planeta, confinado en casa, confinado y convencido de que la Covid-19 es una nueva oportunidad, muy dolorosa, de ordenar nuestras prioridades y frenar (no ya por imposición sino por convicción) un modelo de desarrollo que nos conduce al abismo. El planeta entero ha dado un paso atrás para evitar que la pandemia cause aún más daño del que está causando, justo lo que necesitamos para enfrentar otros problemas vitales como el del cambio climático. Mientras cambiamos de rumbo (como en la manida metáfora del barco que se dirige hacia un iceberg) hay que, al menos, reducir la velocidad para ganar tiempo. Las evidencias científicas no dejan lugar a dudas en la íntima relación que existe entre la destrucción de la naturaleza, la pérdida de biodiversidad, y la multiplicación de epidemias de potenciales efectos devastadores. Proteger nuestros recursos naturales, combatir el cambio climático, es protegernos a nosotros mismos.

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Lo malo de las maravillosas estepas de Asia Central es que no hay manera de encontrar una sencilla fuente, una rústica ducha, un manantial silvestre… Esos dos puntitos en mitad de la infinita pradera son las dos camioneta soviéticas en las que durante un mes recorrimos el corazón de Kazajstán, pasando un poco de sed, pasando un poco de hambre, pasando un poco de miedo.

La sed era una sensación primitiva y casi olvidada, un eco lejano de aquellas tardes de verano en las que se te iba el santo al cielo jugando al fútbol o cazando lagartijas y, con la boca pastosa, tenías que buscar una fuente (el chorrito  que decíamos en el barrio) o el auxilio providencial del tabernero (cascarrabias) que estaba a medio camino de casa. Y el hambre ni eso, porque hambre, lo que se dice hambre, nunca llegamos a pasar, quizá, si me apuras, un poco de gazuza porque habíamos olvidado el bocadillo, se retrasó el almuerzo o el bar estaba cerrado.

De ciertas estrechuras vitales nuestra generación sabe poco (o nada). Y los que nada (o poco) sabemos de aquellas estrechuras poco podemos explicar de sus consecuencias; de poca pedagogía de posguerra podemos presumir para sobrellevar este confinamiento con templanza. Repetimos la cantinela que llegamos a repudiar en nuestros abuelos, hacemos nuestras aquellas calamidades que nos aburrían (por desconocidas). Seamos sinceros: no sabemos de sed, no sabemos de hambre, no sabemos de miedo.

Y lo peor de todo es que no queremos saber de sed, ni de hambre, ni de miedo. Por eso todos los gobiernos, y buena parte de los ciudadanos, se resisten a hablar de emergencia, y mucho menos a declararla. En nuestro mundo (casi) feliz no hay lugar para alarmas. Todo está (parece) bajo control. Aquí, ahora, no es posible la sed, el hambre, ni el miedo. Eso es algo antiguo, algo que, como mucho, le pasa a los otros, nunca a nosotros.

Algo parecido ha ocurrido con la tristeza. Una vez alcanzados por el tsunami vírico se impuso de manera espontánea una absurda celebración de todo lo que nos había traído la catástrofe, convirtiendo en una fiesta cualquier noticia (buena, regular o catastrófica). Aplausos, conciertos en azoteas, canciones machaconas que invitan a la resistencia, retos para compartir fotografías de infancia, tutoriales de cocina creativa, vídeos ridículos de gente haciendo el ridículo… Ruido, mucho ruido. En nuestro mundo (casi) feliz no hay lugar para la tristeza. Todo está (parece) bajo control. Aquí, ahora, no es posible la pena, ni el abatimiento, ni la nostalgia. Eso es algo antiguo, algo que, como mucho, le pasa a los otros, nunca a nosotros, entregados a la canción, la danza y el teatro, espontáneos.

Sin renunciar, con moderación, a ciertos bálsamos, y a una sensata vitalidad con la que poner algo de luz en medio de la tormenta, yo no tengo, en plena emergencia, el cuerpo de fiesta, y me alegro que alguien (Octavio Salazar, catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Córdoba) se haya atrevido a explicar este derecho a la tristeza que muchos se empeñan en maquillar, convencidos, quién sabe, de que la fiesta y el alboroto son la mejor manera de combatir la pandemia y sus devastadores efectos. “Miro más allá de la emergencia sanitaria”, escribe Salazar, “y al vislumbrar el horizonte lamento no tener ni el cuerpo ni el alma para cánticos resistentes. Pasados ya más de 20 días en la jaula, reivindico ahora el silencio, la serenidad e, incluso, ese punto de espiritualidad que habitualmente esquivo”. Sí, el silencio, ese silencio que tanto nos espanta, es una poderosa medicina para no perder la consciencia.

No hay mala intención, tan solo desconocimiento. Por eso celebro a los que, sin quererlo, me enseñaron a entender lo que estaba por venir. Esa lección tan áspera, la lección de la escasez extrema aplicada a un hijo de la abundancia, fue una de las lecciones inesperadas, y maravillosas, de mi experiencia (extrema) con los especialistas de la Estación Biológica de Doñana (CSIC) durante el rodaje de la serie documental (para Canal Sur Televisión) que nos llevó a los rincones más agrestes de los cinco continentes. En mi memoria y, sobre todo, en el íntimo almacén de mi nostalgia, ocupan lugares de privilegio las estepas vírgenes de Kazajistán, las cantarinas ballenas patagónicas, los densos y primitivos bosques de Tasmania, las interminables playas desiertas del Banc d´Arguin mauritano, la explosión de biodiversidad en la desembocadura del río Senegal, los estromatolitos de Shark Bay en el índico australiano o los cocodrilos de un remoto oasis en el límite del desierto del Sahara, pero, sobre todo, el mordisco de la melancolía hace presa en el recuerdo edulcorado de aquella sed, de aquella hambre, de aquella falta de sueño, de la mugre que nos hacía suspirar por una ducha, del frío, del calor extremo, de la incertidumbre, del miedo…

Cuando te decides a comer armadillo cocido («peludo» en el argot argentino) es que la cosa se ha puesto realmente chunga…

HAMBRE.- A eso de las cuatro de la madrugada estábamos sorbiendo un mate tibio y masticando un trozo de bizcocho duro mientras esperábamos el amanecer en la linde de las redes que habíamos tendido junto a uno de los pozos de la hacienda “La Holanda”, en el corazón de la Pampa argentina. Diez horas después, sin otro alimento que aquel lejano mate y aquel dulce reseco que nos entretuvo el estómago mientras capturábamos churrinches, horneros o calandrias, volvíamos al galpón donde nos esperaba un peludo cocido (que levante la mano quien haya comido armadillo… no por curiosidad gastronómica sino por pura necesidad). Vale que nos reíamos esquivando a las tarántulas pampeanas (araña pollito –Grammostola rosea- ) o canturreando alguna milonga tristísima con Miguel Delibes y Martina Carrete haciendo los coros, pero teníamos hambre, hambre de verdad, hambre de esa posguerra que no conocimos, que no llegamos a padecer.

Al fin, una tarde de extrema desesperación, Chiqui y yo agarramos una de las furgonetas porteñas y nos fuimos, sorteando baches y barro, a hacer la compra a Toay, como quien se acerca al Mercadona del barrio. Unas tres horas después (porque en la Pampa todo está, como mínimo, a tres horas de camino) entramos a la tienda de comestibles de Toay como quien entra en la Capilla Sixtina: babeando, con la boca abierta y los ojos llorosos. Tirando de cartera, y presos de una excitación casi pornográfica, compramos y compramos y compramos. Llenamos la furgoneta de vituallas con la alegría sin freno de quien ha sido comisionado para resolver el hambre canina de una pandilla de investigadores que arrastran (casi) el mismo apetito feroz que un asilvestrado equipo de televisión.

Parados en mitad de un bosque de caldenes calcinados, en el corazón de la Pampa argentina, suspirando por un poco de comida decente y una Quilmes bien fría.

Del homenaje que nos dimos hay pruebas, fugaces, en el documental “Las alas de la Pampa”, justo en esa secuencia en la que suena Calamaro y se nos ve relajados en las hamacas, brindando con vino tinto frente a un abundante plato de pasta. Haciendo bromas, como si nunca hubiéramos pasado hambre o como si, de haberla pasado, la hubiéramos dado por buena, a modo de sacrificio menor en pos de la mejor ciencia y la más extraordinaria divulgación.

PD: Poco tiempo después de aquella expedición a Argentina se descubrió que el consumo de armadillo podía multiplicar el riesgo de contraer lepra. Otro susto más para la colección.

SED.- Con la despreocupación inconsciente del expedicionario bisoño partimos de Almatý en un par de desvencijadas camionetas soviéticas en las que se amontonaban pertrechos suficientes (suponíamos) para internarnos durante varias semanas en las estepas de Kazajistán.

La primera noche en el campo disfrutamos de la inquietante compañía de una manta de solífugos asiáticos a los que habíamos importunado arando, azadón en mano y casi a oscuras, el terreno imprescindible para plantar nuestras sencillas tiendas de campaña. Nos reunimos en torno a una hoguera, sentados en el suelo, a disfrutar de la remesa de Jack Daniel´s comprada en la Duty Free de Frankfurt, convencidos de que no había lugar ni compañía mejor en toda Asia Central. Mientras mordisqueábamos un infame embutido, de incierto origen y nula certificación sanitaria, nos enfrentamos, por vez primera, a la que la que pronto bautizamos como “duda kazaja”, un curioso rasgo en la personalidad de este pueblo mestizo, un atributo, desesperante, que se expresaba, de manera particularmente intensa, en nuestro guía Serguei.

Explicada de manera sencilla la “duda kazaja” consiste en la imposibilidad biológica, cultural o qué se yo, de decir “no”. Todas las negaciones desaparecen milagrosamente de la conversación que queda reducida a afirmaciones tajantes o a extrañas dudas que nadie sabe muy bien cómo interpretar. Ni siquiera una pregunta directa sirve para neutralizar la finta: si la respuesta al interrogante es “no” jamás escucharás ese “no” (ni nada que se le parezca). Así es que cuando le preguntamos a Serguei si teníamos agua suficiente respondió algo así como “bueno-en-realidad-el-agua-es-un-elemento-muy-importante-sobre-el-que-resulta -complicado-decir-si-disponemos-de-mucha-o-de-poca-más-bien-todo-lo-contrario-pero-en-cualquier-caso-sería-conveniente-considerar-el-carácter-indispensable-del-agua-en-un-territorio-donde-es-difícil-encontrarla”.

– ¿Un territorio donde es difícil encontrarla?  Pero, ¿cómo de difícil?

– Bueno-en-realidad-la-dificultad-puede-ser-variable-porque-dependemos-de-los-viejos-pozos-artesianos-que-llevo marcados-en-mi-mapa-y-que-a-veces-tienen-agua-potable-y-otras-tienen-agua-pero-poco-potable-y-a-veces-están-cerca-y-otras-lejos-o-a-medio-camino.

– Esto… ¿tenemos agua suficiente, Serguei? O mejor, para evitar dudas, ¿tenemos agua, Serguei?

– Bueno-para-mi-lo-suficiente-puede-ser-distinto-a-lo-que-vosotros-consideráis-suficiente-y-hablando-de-agua-uno-nunca-sabe-si-la-que-tiene-bastará-o-hará-falta-un-poco-más-para-lo-que-ciertamente-podemos-necesitar”.

Viendo nuestra cocina de campaña, en el interior de una de las camionetas soviéticas, cualquiera puede entender que en nuestra expedición a los confines de Asia Central no disfrutábamos de muchas comodidades ni de una higiene a prueba de patógenos surtidos.

No era un problema de traducción (a pesar de que Serguei manejaba el inglés con la misma soltura que nosotros el ruso) sino la primera embestida de la “duda kazaja”. Así es que de nada sirve reproducir la larga conversación con nuestro guía porque en ella no vais a encontrar, como nos ocurrió a nosotros, ni un minúsculo “no”. Como ya habréis imaginado, la serpenteante “duda kazaja” daba a entender, de manera concluyente, que no, que NO teníamos agua. Bueno, atesorábamos la ridícula cantidad que habíamos guardado en nuestras pequeñas cantimploras personales, esas a las que ahora cada uno miraba de reojo, con lujuria y miedo.

Primero apareció la sed psicológica, provocada por la simple idea de la escasez, y luego vino la sed física, la auténtica, la indomable (a la que contribuyó un tal Jack Daniel´s). Aunque las quisimos disimular, para no parecer expedicionarios bisoños, Serguei interpretó correctamente nuestras señales de pánico, así es que agarró su viejo Lada y se marchó en busca de agua. Imaginaros lo que pasa por la cabeza de un expedicionario bisoño, cuando, noche cerrada y en mitad de la nada, ves a tu guía perderse, solo, camino hacia esa nada en busca de agua. Sin teléfono móvil, con un viejo mapa de la época soviética lleno de garabatos y en un coche que en España llevaría años siendo carne de desguace. ¿Volverá? ¿Volverá con agua? ¿Cuándo volverá? ¿Traerá agua suficiente? ¿Será agua potable?

Racioné mi cantimplora, medida que incrementa hasta valores insoportables la sed psicológica y traté, sin conseguirlo, de evitar los malos pensamientos. En posición fetal, dentro del saco de dormir, me imaginé bebiendo el agua de los radiadores, chupando el rocío depositado sobre los rastrojos de la estepa, lamiendo las toallitas que nos servían para el aseo personal o sorbiendo la sangre de las marmotas que terminaríamos cazando para no morir deshidratados. Fue la noche en la que he pasado más sed en toda mi vida. Una noche de insomnio deseando oír el petardeo del viejo Lada en su regreso triunfal al campamento, con un Serguei sonriente (¿sonríen los rusos cuando están sobrios?) cargado de bidones de agua cristalina.

Serguei regresó muchas horas después (vale, lo mismo regresó a las seis o siete horas de irse, pero a mi aquella ausencia se me hizo eterna), con agua suficiente para todo el grupo. Nadie preguntó de dónde la había sacado pero yo la filtré (con la camiseta) y le apliqué mi mejunje para casos extremos, y así la potabilicé en mi cantimplora (lo que me obligó a otra espera -desesperante- mientras la química hacía su trabajo).

A partir de ese día, y durante las 24 jornadas (sí, casi un mes) que pasamos potreando en las estepas de Kazajistán, sin un mal grifo al que amorrarnos ni una primitiva ducha en la que ablandar nuestra roña, nunca nos faltó agua de boca, aunque Serguei aplicó la “duda kazaja” a otras muchas cuestiones de logística e intendencia, necesidades que tuvimos que ir sorteando con grandes dosis de resignación, abundantes raciones de incertidumbre y un poco de miedo.

 

Casi treinta días de estepa, en condiciones extremas, no pudieron con nosotros. Lo cierto es que los amigos de la Estación Biológica de Doñana (CSIC) nos lo pusieron difícil, pero el equipo de «Espacio Protegido» (Canal Sur Televisión) sobrevivió a la prueba.

 

MIEDO.- La mujer del patrón llamó al hotel a media tarde para comunicarnos que su marido había sufrido un infarto y que no podría hacerse cargo, tal y como habíamos acordado, de la embarcación que debía llevarnos hasta las islas Chafarinas. Como era el único civil autorizado a realizar este viaje la solución que nos propuso fue contar con un amigo de su marido, militar en la reserva, que tenía ciertos conocimientos naúticos y contaba con el beneplácito de las autoridades castrenses. No teníamos otra opción para cubrir las menos de 30 millas que separan Melilla del archipiélago así es que aceptamos la contraoferta y nos citamos en el puerto de la ciudad autónoma con las primeras luces.

El día amaneció desapacible, encapotado y con un arisco viento de levante, dos condiciones atmosféricas nada excepcionales en un mes de mayo pero, cuando menos, incómodas para un equipo de televisión. Al resto del pasaje (especialistas del Parque Nacional de Doñana y de la Estación Biológica de Chafarinas) tampoco le gustó cómo pintaba aquel sábado de primavera en la costa africana pero, siendo sinceros, ni unos ni otros supimos interpretarlo en clave naútica. Quien tenía que decidir si navegábamos o no era el patrón sustituto, que no parecía muy ducho, y, sobre todo, su grumete, un viejo lobo de mar al que nos entregamos con algo más de confianza que al primero.

– Vamos a cargar el barco y decidimos a lo largo del día –concluyó el patrón después de mirar al horizonte, simulando la característica pose del entendido, y conversar, simulando un cierto aire distraído, con su grumete – .

Nos volvimos a citar a primera hora de la tarde, después de comer, por si las circunstancias hubieran mejorado.

Quiero recordar que volvimos al puerto a eso de las tres o las cuatro, convencidos de que nuestro viaje se aplazaba porque, lejos de mejorar, el tiempo se había ido torciendo y el viento de levante, nuestro principal enemigo, seguía bravo. Además, las horas de luz disponibles menguaban hasta un punto que considerábamos arriesgado incluso para una travesía que, siendo optimistas, no debía ser demasiado larga.

– Nos vamos. La previsión meteorológica es mejor para esta tarde, el viento va a amainar y en el entorno de Chafarinas las condiciones no son malas. Llegaremos a la isla de Isabel II antes de que anochezca – sí, también en este caso nos habló con autoridad, simulando la característica pose del marino que ha sorteado temporales, galernas y tifones sin despeinarse -.

¿Os habéis confiado alguna vez a un marino que muestra evidentes signos de temeridad? ¿Os habéis embarcado alguna vez con un patrón cuyos conocimientos naúticos son muy básicos y, además, se le nota? ¿Habéis navegado alguna vez con un desconocido que patronea un barco que no es suyo en unas condiciones difíciles y con rumbo hacia una isla diminuta? Pues bien, ¿cómo es posible que siendo evidentes todas estas circunstancias nadie, absolutamente nadie, se negara a embarcar?

Lo bueno de este oficio es que el miedo, cuando aparece, se olvida pronto. Al día siguiente del susto ya estaba en faena, rodando con César y Fermín la colonia de gaviota de Adouin en la desierta isla del Rey Francisco. Al fondo, la isla de Isabel II.

Así funciona el miedo, supongo, cuando nunca has tenido esa clase de miedo y no sabes identificarlo. Así funciona nuestra pueril confianza en la tecnología, los conocimientos ajenos, el buen juicio de los que velan por nosotros y hasta el destino que, como todo el mundo sabe (el primer mundo, quiero decir), siempre juega a nuestro favor. Sólo son abandonados a su suerte, en un rincón del Mediterráneo, los otros. Sólo naufragan los otros. Sólo se ahogan los otros.

Con la inconsciencia de quienes no conocen esa clase de miedo y, por tanto (insisto en nuestro descargo), no saben interpretarlo, nos embarcamos en aquel pequeño yate rumbo a la isla de Isabel II, la única poblada (por un destacamento de Regulares) del archipiélago de las Chafarinas, una desapacible tarde de mayo.

Creo que el infinito respeto que le tengo al mar, a los barcos y a los marinos (a los marinos de verdad, quiero decir), nació esa tarde de mayo. No me arrugaron ni el viento ni las olas que no dejaron de zarandear el yate de manera violenta. No me asusté cuando llegó la noche, lejos aún de las Chafarinas. No me preocupó el mareo de algunos pasajeros, ni siquiera el inquietante silencio en el que fuimos cayendo todos. El miedo, el auténtico miedo, llegó cuando vi al patrón sustituto agarrado al timón, pálido, mirando-a-no-sé-dónde y discutiendo con su grumete.

– Tenemos que dar la vuelta. Hay que regresar a Melilla –vociferaba aquel grumete de pelo cano, visiblemente nervioso–.

– Ya no podemos volver. Es imposible. Corremos más peligro tratando de volver –le respondía, también a gritos, el patrón, visiblemente acojonado-.

Luego vinieron las llamadas por radio exponiendo nuestra delicada situación. La respuesta desde Chafarinas, donde aseguraban que no nos veían a pesar de que, al parecer, no estábamos demasiado lejos del archipiélago. Los mensajes de Melilla orientando como podían a aquel hombretón, pálido, aferrado al timón. Y el silencio del pasaje. El rugido del motor (¡por dios que no se pare!), los golpes del oleaje (¡por dios que paren un poco!) y el silencio, rotundo, del pasaje. Yo tampoco dije ni una palabra cuando me puse el chaleco salvavidas y me quité los zapatos (menuda estupidez: si terminaba en el agua iba a morir de frío, por mucho que pataleara sin el lastre de los zapatos, porque nadie iba a ir a buscarnos en plena noche, en pleno temporal de levante).

Si en vez de un reportaje sobre los valores naturales de las islas Chafarinas aquel despropósito hubiera formado parte del rodaje de un bonita película de aventuras juro que al desembarcar, dando tumbos, mitad sobrecogido y mitad indignado, hubiera besado a aquella soldado tatuada, natural de Monachil (Granada), que fue la primera persona a la que me agarré ya en tierra firme (y que luego se pasó unos cuantos días cachondeándose, cariñosamente, de un servidor). Y después hubiera besado el suelo de la isla de Isabel II, y el pan de la cena (en el comedor de oficiales), y la bandera de España, y la del Tercio de Regulares, y la almohada de la cama del barracón y el grifo del lavabo. Juro que hubiera besado las piedras, los palmitos, las gaviotas de Adouin y hasta las praderas de Posidonia (aún a riesgo de ahogarme).

Pasé miedo, mucho miedo. Creo que es la vez que más miedo he pasado en mi vida (o al menos la vez que he temido morir sin remedio, porque otros miedos he sufrido sin que en ellos peligrara mi vida o no lo hiciera de una manera tan evidente). Un miedo desconocido o, más exactamente, el miedo a lo desconocido. El miedo que nace de un peligro al que nunca te habías enfrentando y que no sabes cómo evitar. Un miedo repleto de interrogantes, un miedo para el que no sirven de solución ni el dinero, ni la tecnología, ni el lugar de residencia, ni la raza, ni los seguros a todo riesgo.

Sí, exactamente igual que nos ocurre ahora, cuando hay demasiadas dudas en torno a esta pandemia y no nos queda otra que esperar, con infinita paciencia, tratando de gobernar el miedo, la incertidumbre y la resignación, esa resignación, desconocida, de la que nos hablaban nuestros abuelos. Tratando de admitir que hemos pecado de soberbia. Convencidos, por fin, de que nuestro primer mundo es vulnerable y que su fragilidad no desaparece levantando muros. Haciendo un esfuerzo para que no nos secuestren los malos pensamientos, sorteando los zarpazos de la tristeza, la soledad o la amarga sensación de derrota. Pero si vienen, ojo, hay que dejarlos estar, porque esos sentimientos, en momentos de dolor e incertidumbre, son mucho más humanos que esa estúpida alegría, esa absurda celebración permanente a cuenta de nada, con la que algunos tratan de maquillar el miedo.

PD: ¿A qué viene esta parrafada, este tocho, este kilométrico e inútil post autobiográfico? Debe ser el miedo. Seguro que es el miedo: cuando tengo miedo mi terapia (pura consciencia) es cocinar o escribir. Cada uno sortea el abismo como puede… pero el abismo sigue ahí.

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La lucha contra el cambio climático necesita de un nuevo lenguaje, un discurso actualizado y plural, el diseño (colaborativo) de una comunicación (creativa) de precisión, adaptada al contexto y a las señas de identidad de las audiencias. Lo de siempre… ya no vale.

Si Maxwell Boykoff trabajara en un medio de comunicación, lo que él denomina “diferentes enfoques para diferentes audiencias en contextos diferentes” podría resumirse en el concepto, mucho más sencillo, de “periodismo de proximidad”, un periodismo, del que hablé en el XXX CICOM 2015, que conocemos bien en los medios de mediano o pequeño tamaño, esos que estamos pegados al territorio aunque no siempre aprovechemos esta poderosa condición que nos diferencia de los mensajes homogéneos que fabrica la globalización. El investigador de la Universidad de Colorado-Boulder (EEUU) y director del Observatorio de Medios y Cambio Climático acaba de publicar un nuevo libro dedicado al oportunísimo debate en torno a la comunicación del cambio climático (Creative (Climate) Communications: Productive pathways for science, policy and society”) donde pone el acento en una cuestión que nos preocupa a algunos (¿pocos?) periodistas: la necesidad de un nuevo discurso en torno a los problemas ambientales y en particular en torno al cambio climático. Un discurso en el que resulta decisivo un periodismo capaz de interpretar las claves del contexto en el que se consume su oferta, un periodismo que no cae rendido ante la información convocada, las trivialidades, el catastrofismo o las fuentes remotas, un periodismo de auténtico servicio público. 

No valen los discursos de siempre (lo comprobamos en COP25), donde se encuentran cómodos (demasiado cómodos) hasta los más comprometidos activistas. Demasiados lugares comunes que provocan indiferencia, demasiados tópicos y generalizaciones con las que amplios sectores de la sociedad nunca se han identificado. Sostiene Boykoff, y su reflexión es tan aguda como provocadora, que, “en conjunto, existen muchas pruebas gracias a la investigación en ciencias sociales, así como a la práctica profesional, que apoyan la idea de que ser explícito sobre el cambio climático puede distanciar en lugar de involucrar al público y al electorado. En ocasiones, al elegir términos como <desafíos climáticos>y <crisis climática>, puede que nuestros sinceros esfuerzos para facilitar el compromiso público con el cambio climático acaben construyendo más muros que puentes”.

Quizá sea el momento, por pura urgencia, de multiplicar los puentes, y en esta tarea de delicada ingeniería social el lenguaje resulta decisivo, tanto como la propia actitud (sincera) de diálogo, actitud que está muy presente en los movimientos más jóvenes pero que se enreda y se espesa en otros actores tan bienintencionados como desactualizados.

A propósito de muros y puentes hice mías, cuando las descubrí, las aportaciones de John Galtung, el especialista noruego que lleva décadas liderando las investigaciones sobre la mejor manera de resolver los conflictos sociales. Sus recomendaciones en escenarios tan complejos como el que nos plantea el acuerdo social en torno al cambio climático también pasan por el desarrollo de una comunicación democrática, conciliadora y creativa. Sobre esta última virtud, que tanto me interesa y sobre la que ya he escrito en este blog, Galtung nos regala su particular punto de vista: en un conflicto entre partes, explica este sociólogo y matemático, no se trata de convencer, se trata de escucharlas a todas para entender, para entenderlas, y luego se necesita “mucha creatividad para tender puentes entre objetivos legítimos, porque todas las partes tienen, como mínimo, un objetivo legítimo.

Los medios de comunicación convencionales siguen sin saber muy bien cómo sortear una crisis que es, sobre todo, de credibilidad. Si la audiencia nos abandona, si cuestiona nuestro rigor y desconfía de nuestro trabajo, es porque se ha cansado de ese periodismo reduccionista que se asoma a una realidad complejísima y la simplifica hasta obtener un tranquilizador escenario de buenos y malos, un sencillo paisaje en blanco y negro. Un periodismo maniqueo y soberbio que no tiene sentido alguno en un mundo en donde las nuevas tecnologías de la información permiten a cualquier ciudadano estar al tanto de toda esa complejidad, la misma que se le quiere hurtar desde ciertos púlpitos. Los ciudadanos desean, creo, que el periodista les ayude a entender esa complejidad sin hurtarle ni uno solo de los elementos que la componen. La contradicción forma parte de esa realidad compleja, y la incertidumbre también, así es que necesitamos, más que nunca, periodistas dispuestos a mantener una mirada abierta, democrática y conciliadora. Y estas tres virtudes no hay por qué sacrificarlas en el periodismo de denuncia, al contrario, son las que lo dignifican y lo alejan del periodismo sectario. La primera señal con la que se anuncia el totalitarismo, con la que se presentan los totalitaristas, es la eliminación de los grises.

Los ciudadanos (creo) no quieren juicios (y mucho menos prejuicios), ni sentencias y condenas inapelables, ni manuales sobre lo que deben hacer y lo que no deben hacer. Tampoco vale poner como excusa otro futuro que no sea el nuestro. No hay que escudarse en nuestros hijos, ni en nuestros nietos, porque mucho más consecuente sería traducir esa lógica preocupación familiar en espacios donde los que hablen y decidan sean nuestros hijos y nuestros nietos. Se acabó el ocupar las vanguardias cuando ya se nos pasó el tiempo de ser vanguardia. Se acabó el obstaculizar el camino a los que vienen reclamando ser actores y no palmeros. Se acabaron los discursos porque, en manos de las redes sociales, vuelven las conversaciones, y si el verdadero periodista no es capaz de competir con este nuevo modelo democrático de información on-line dejará en manos de algunos peligrosos influencers, más interesados en el ruido que en el rigor, la interpretación de una realidad, compleja, que necesita de algo más que 140 caracteres (y el coro silente de miles de followers) para ser comprendida. Lástima que esas redes sociales que han devuelto el protagonismo a la conversaciones sean las mismas con las que justifican su éxito (medido en followers, of course) esos comunicadores maniqueos que defienden la militancia (ciega) para mostrarnos un mundo felizmente reducido a buenos y malos.

Y tampoco nos valen los líderes que sólo saben de mítines y arengas en las que se busca la aprobación de los militantes. Predicar al coro nunca sirvió de mucho. Sentirte aplaudido por los fieles es el objetivo de los incapaces. Buscar la aprobación de los gurús, de los líderes inmaculados, sólo sirve para alimentar el ego y alejarnos de la calle, ese espacio en donde nada es inmaculado. Ahora, más que nunca, se necesita una comunicación conciliadora donde esté presente la diversidad, donde podamos conocer todos los elementos en disputa y, sobre todo, una comunicación plural donde concederles a los disconformes la posibilidad de que expresen sus puntos de vista, porque en ellos habrá, seguro, alguno o algunos razonables, legítimos (que diría Galtung).

Explorar estos nuevos territorios exige, como es sensato, buscar un punto de equilibrio que no sacrifique las bondades de esos otros discursos, esos nuevos discursos, adaptados a los receptores que han de recibirlos y entenderlos (como paso previo a cualquier acción). Quiero decir que discrepar no es callar, ni un periodismo de precisión obliga a silenciar conceptos que son incómodos para determinadas audiencias. El silencio, como nos recuerda Boykoff citando a otros especialistas (Geiger, Middlewood, Swim, Leombruni…), “puede dar a la sociedad la idea de que el cambio climático quizás no sea un problema importante o una amenaza, y también desperdicia oportunidades de hacer frente a la desinformación y al escepticismo de cara al público”.

La lucha contra el cambio climático, que sólo tiene sentido (dada la magnitud del fenómeno y la urgencia en la toma de decisiones) si a ella se suman ciudadanos de toda condición, necesita de un nuevo lenguaje, un discurso actualizado y plural, el diseño (colaborativo) de una comunicación (creativa) de precisión, adaptada, como sostiene Boykoff y como defendemos algunos periodistas (¿pocos?), al contexto y a las señas de identidad de las audiencias (en plural, porque no existe una audiencia única, aunque traten de convencernos de lo contrario). Seguir con lo de siempre (también en lo que se refiere a la comunicación) es renunciar a que nos entiendan y nos acompañen.  

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La imagen vale mucho más que las miles de palabras que se dijeron en la clausura de la COP25. Ese día, cuando por la mañana, bien temprano, entré en la Zona Azul de la Cumbre del Clima, en el área institucional, me encontré con esta metáfora y sencillamente la fotografié con mi móvil, sin otros testigos que unos operarios que bromeaban con la faena que les habían encomendado. Un reflejo de periodista al que no di demasiada importancia… pero la imagen, para mi sorpresa (o no), se ha hecho viral. A ver en qué envolvemos la COP26 😦 (Fotografía: José María Montero).

Los que seguís este blog para minorías sabéis que pertenezco a un oficio donde está muy mal visto no saber de algo, de-lo-que-sea… de todo. La condición de todólogo es connatural al propio ejercicio del periodismo, y si para colmo trabajas en televisión, o en sus alrededores, se te presume la omnisciencia. Quizá por eso a casi nadie ha extrañado que en pocas semanas el universo mediático español se haya visto enriquecido con una extensa nómina de sesudos especialistas en cambio climático, resueltos analistas de los mercados de carbono, meticulosos peritos en dinámica atmosférica, agudos estrategas en gobernanza ambiental y, cómo no, avispados profetas de lo-que-está-por-venir (tanto si actuamos como si no actuamos: interpretar la acción o la inacción, desde la ignorancia, suele ser un empeño poco o nada riguroso que predispone a esos caprichosos vaivenes).

Con el desparpajo que sólo está al alcance de los auténticos gurús he visto a colegas que -sin sonrojarse- han pontificado sobre la COP25 -sin pisarla-, hilando unas cuantas frases hechas, transitando por los correspondientes lugares comunes y rasgándose las vestiduras en defensa, of course, de todo lo políticamente correcto. A estos tres ingredientes facilones les colocas un poco de literatura (sin reparar en digresiones, golpes de pecho y guiños pseudofeministas), algunas citas posturosas (que no falte Thoreau, por supuesto) y unas ilustraciones molonas, y ya tienes un best-seller para calmar conciencias, hacer caja y alimentar el ego-eco-friendly. A falta de un editor avispado, con esta misma materia prima se puede montar un curso universitario (y hasta un máster), un think tank de andar por casa o, prácticamente gratis, un manifiesto revolucionario y una campaña en redes sociales de esas que, aún abusando de obviedades y faltas de ortografía, te aúpan al Olimpo de los influencers.

Cuando para Canal Sur Televisión cubrí la Cumbre de la Tierra (Río de Janeiro, 1992) los periodistas ambientales éramos cuatro gatos. En la COP25 (Madrid, 2019) la familia de plumillas verdes ha tenido su propia zona de trabajo (gracias a APIA). No pudimos posar todos (por la Cumbre andábamos unos 40 ambientales -de los casi 200 periodistas españoles acreditados-), pero aquí tenéis una buena muestra de este green-dream-team 🙂 La especialización como valor innegociable del buen periodismo.

Ya os conté qué virtudes profesionales, a mi corto juicio, eran necesarias para sobrevivir a una COP (si uno pensaba abordarla como periodista y no como simple redactor de ideas ajenas), y también relaté el día después de una Cumbre del Clima con sus claroscuros, sus mensajes entre líneas y sus notas a pie de página. Ahora, hoy, un mes después de cubrir la COP25 para los informativos diarios de Canal Sur Televisión, vuelvo a las andadas, rebuscando en las zonas de sombra de un encuentro inabarcable la sustancia inmaterial con la que tejer algunas reflexiones propias (si es que existen reflexiones estrictamente propias), mensajes entrelíneas que escapen del murmullo, grisáceo y monótono, que se ha instalado en las redes.

Prólogo: ni puristas, ni pesimistas.

La primera cautela decisiva (porque pertenece al capítulo de las obligaciones higiénicas) es acometer cualquier análisis AfterCumbre alejándose, a la misma prudencial distancia, tanto de los puristas como de los pesimistas. Unos y otros son veneno a la hora de enfrentarse a esta emergencia climática. Los primeros porque, convencidos de estar en posesión de la verdad absoluta, carecen de la humildad necesaria para escuchar, dialogar, ceder y acordar. Consumen más energía en censurar las opiniones ajenas que en argumentar las propias. Y los segundos porque, en el mejor de los casos, han llegado a la conclusión de que compartir todo tipo de malas noticias nos predispone a la acción, olvidando que ese abuso de catastrofismo sólo conduce a la angustia y/o la indiferencia suicida. Si añadimos el postureo (recordad: que no falten las citas de Thoreau ni los guiños pseudofeministas) entonces ya tenemos la peligrosa «Triple P» del ambientalismo simplón. !Vade retro!

1.- Rebajemos la escala: la gobernanza de lo cercano.

No nos obsesionemos con la deserción de Donald Trump (deserta de todo aquello en donde no pueda imponer su criterio imperial, ya sea la OTAN, el Acuerdo de París o la OMC) o la tibieza de algunos otros emperadores. El cambio climático es un problema global que exige alianzas globales, sin duda, pero la acción local está adquiriendo una fuerza de tal calibre que, en algunos casos, la suma de esas iniciativas de pequeña o mediana escala supera con creces los efectos de algunas pomposas deserciones estatales. ¿Cuántas empresas, ciudades, estados, universidades, provincias, comunidades autónomas, ciudadanos, están ya actuando para frenar el cambio climático?

Si conseguir un nuevo modelo de gobernanza planetaria se antoja una tarea aún más compleja que el nacimiento de la Sociedad de Naciones (cuya enzima decisiva fue la I Guerra Mundial, ojo), trabajemos en el desarrollo de la gobernanza local, de la gobernanza de barrio, de colegio, de empresa, de familia. Proyectemos nuestros buenos deseos en lo cercano, y no sólo en lo que se refiere a la acción sino también en la educada reclamación (pidamos a los que más responsabilidad tienen que sean los que más se impliquen). Alimentemos la creatividad antes que la reactividad, pero (por favor) que no nos confundan azuzando nuestro sentimiento de culpa los que tienen mucha más culpa que nosotros.

Si la lucha contra el cambio climático se nos antoja inabarcable, rentabilicemos nuestro esfuerzo en los cambios domésticos. Cada vez estoy más convencido de que la única revolución posible es la revolución de lo próximo, de lo cercano. Menos mítines, arengas y soflamas, menos teatro, y más sonreírle al vecino, llegar al trabajo silbando, pedir perdón, decir buenos días, abrazar, ceder el paso, no tocar el claxon, echarle una mano al amigo, dar las gracias, preguntar al que está triste, no exigir, no suponer, no amenazar, no maquinar, brindar con la gente a la que quieres y decirle que la quieres, escuchar en silencio al que discrepa, regalar música o vino sin motivo, etc… etc… etc… La sostenibilidad tiene mucho que ver con el respeto y la convivencia, así es que no es mal comienzo este esfuerzo, nada intrascendente, por mejorar el espacio interpersonal y a partir de ahí… ir aumentando la escala.

2.- Abran paso, llegan los niños.

Si ponemos la lupa generacional sobre este problema aparecerán, también, las ventajas de reducir la escala. No son sólo jóvenes, que ya se habían incorporado a esta movilización y lo que han hecho es reforzar su presencia y su compromiso, ahora aparecen los niños, ahora se suman al escenario de la acción y la reclamación los menores de edad, algo que espanta a tantos voceros (o será que son pocos pero hacen mucho ruido) que algún poderoso valor debe tener, seguro, este fenómeno. Con tanta fuerza ha irrumpido la infantilización (en el mejor sentido del término) en este debate climático que en la COP25 los imperturbables miembros de seguridad de la ONU, en una decisión incomprensible, desalojaron del espacio de negociación, y hasta amenazaron con retirarles la credencial, a algunos de estos chiquillos (y de paso nos inmovilizaron, en tierra de nadie, a los pocos periodistas que estábamos presentes en la burda maniobra).

Los más jóvenes no tardaron en subirse al escenario del plenario, pero no estoy muy seguro de que, además de oirlos, los escucharan. (Foto: José María Montero)

La educación (insisto) no está reñida con la rebelión, con la resistencia, con la protesta. No. En esto también nos está dando una lección, a los adultos, Greta Thunberg y el movimiento de escolares europeos al que sirve de inspiración (por cierto, la generación mejor formada en la historia del continente). No los molestemos, hagámonos a un lado o, mejor aún, coloquémonos detrás, siguiendo, con respeto, su estela. No seamos como esos políticos que el día-mundial-de-lo-que-sea sostienen la pancarta que abre la manifestación-de-lo-que-sea, los que se suben a la mesa-presidencial-de-lo-que-sea, los que cortan la cinta-de-lo-que-sea.

Si tecleamos en Google para rastrear qué valores aporta la infancia al conjunto de la sociedad, qué nos aportan los niños, de qué manera la mirada de los más pequeños es valiosa en la resolución de problemas que parecen superar su capacidad de entendimiento, nos encontraremos con miles de referencias que, malinterpretando nuestra pregunta, nos conducen en la dirección contraria, insistiendo en todo lo que los niños pueden aprender de los adultos. Y digo yo que, viendo cómo nos enfrentamos los adultos a ciertos problemas, quizá merezca la pena hacerles un poco más de caso no sólo a los jóvenes sino también a los niños y permitirles, incluso, aprender del valiosísimo fracaso que casi siempre precede a los hallazgos decisivos.

Estamos en buenas manos, en las manos de los que aún saben jugar y tienen ojos que ven lo que tocan. Foto: José María Montero.

Cuando me asomé a una festiva manifestación de niños que reclamaban justicia climática a la entrada de Ifema, en las puertas de la COP25, un adulto, a la vista de las canciones, pancartas ingeniosas y caras pintadas, aseguró que en realidad «estaban jugando». Tal vez no se dio cuenta que justamente en ese supuesto menosprecio estaba el poder de un grupo que, por edad, jamás había pisado una Cumbre. Quizá si el ocurrente adulto hubiera leído a Tonucci (perdonad la suposición -sin pruebas- y la pedantería -sin arrogancia-) entendería el valor (oculto) de lo que estaba viendo: «Jugar para un niño es la posibilidad de recortar un trocito de mundo y manipularlo, sólo o acompañado de amigos, sabiendo que donde no pueda llegar lo puede inventar» (Francesco Tonucci). La creatividad, claro que sí, es la bendita creatividad sin límites que los adultos perdimos en el camino o dejamos maltrecha a cuenta de recibir mandoblazos y embutirnos en apretados corsés.

¿Qué hacemos para defender la creatividad en una sociedad así, en un sistema educativo así, en unas empresas así, en unas familias así? ¿Quién protege a los creativos? ¿Quién los defiende de la rutina y el orden? ¿Quién se ocupa de estos exploradores sin los que resultará imposible descubrir soluciones a los grandes problemas de la humanidad, desde el cáncer hasta la depresión pasando por el cambio climático? ¿Quién, sin entenderlos, juzgará imprescindible su manera de hacer, fresca, heterodoxa y hasta caótica? ¿Cómo sobrevivirán a los mediocres y a los estúpidos, a los puros y a los pesimistas, siempre conspirando en contra de la diferencia?

Abran paso, llegan los niños (y las niñas, cuidado…).

3.- Al planeta le da igual.

Ya sé que quedan monísimas las fotos de osos polares, de paradisiacos arrecifes de coral, de tupidos bosques boreales y de koalas, pero si seguimos insistiendo en el impacto del cambio climático en los elementos más llamativos de nuestra naturaleza nos olvidaremos de que al planeta, en todas sus manifestaciones (monísimas, insulsas o feorras), le importa un pimiento el cambio climático. El planeta se adaptará, una vez más, a lo que venga, y en ese tránsito, una vez más, habrá perdedores y ganadores (efectivamente: nosotros, los humanos, somos perdedores natos).

«Nos enfrentamos a riesgos, llamados existenciales, que amenazan con barrer del mapa a la humanidad», explica Anders Sandberg, investigador del Instituto para el Futuro de la Humanidad (Universidad de Oxford). Y detalla: «No se trata solo de los riesgos de grandes desastres, sino de desastres que podrían acabar con la historia». Quizá ha llegado el momento de pasear menos a los koalas y un poco más a los habitantes de Tuvalu, dejar de lamentar la terrible existencia de los osos polares y mostrar la lucha por la supervivencia en las aldeas del Sahel castigadas por sequías desproporcionadas que alargan el soudure, moderarnos en la exhibición de los glaciares, los bosques boreales, las selvas tropicales o los arrecifes de coral (como único referente estético a la hora de alertar sobre el cambio global) y poner el acento en las comunidades rurales sin futuro o en los inhóspitos arrabales de las megalópolis.

La naturaleza, creo, no debería usarse como sobresaliente espejo de la catástrofe, porque la catástrofe la vamos a sufrir los que miramos, arrobados, a esa naturaleza que no tiene en si misma más sentido que el que nosotros, pobres víctimas, queramos otorgarle. Mejor que hablar de lo que podemos hacer por salvar esa naturaleza, para la que somos un elemento banal, creo que debemos insistir en lo que la naturaleza puede hacer por nosotros, por nuestra propia supervivencia como especie, y aplicarnos en la tarea no sólo de conservarla sino, sobre todo, de restaurarla (o dejarla en paz, para que lo haga ella misma).

4.- Escuchar a los pequeños.

Tan impoluta luce esta sala de reuniones en la COP25 que el resultado de cualquier debate se antoja inevitablemente estéril. Foto: José María Montero.

¿Os acordáis del Senado Imperial de Coruscant? Sí, el de Star Wars (Episodio III, La Venganza de los Sith), esa especie de colmena circular, gigantesca y oscura, en donde están representados los miles de mundos habitados que componen el cinematográfico imperio galáctico. Todos están representados, sí, pero el poder recae en un grupo reducido de mundos que dejan que la voz de los pequeños se oiga pero que no se escuche. Inspirado (asegura la Wookieepedia) en las maniobras de Augusto para transformar la República Romana en el dictatorial Imperio Romano, el Senado de Coruscant muestra esa fórmula aparentemente democrática en la que todos pueden hablar, pocos son escuchados y sólo una discreta minoría disfruta de auténtico poder ejecutivo.

No sé por qué el plenario de la COP21 (París) me recordó esa deshumanizada imagen galáctica, la misma que encontré en la COP25 (Madrid). Pude escuchar sin trabas a los pequeños, incluso a los muy pequeños, pero no estoy muy seguro de que el resto de la colmena estuviera atenta a sus alegatos (no confundir las exquisitas normas de protocolo que dicta la diplomacia internacional con la escucha atenta). Y fueron en esos discursos humildes, de países y colectivos humildes, donde encontré las más crudas evidencias del sufrimiento que ya está causando el cambio climático, los más desesperados y sinceros mensajes de socorro, las propuestas más atrevidas y ecuánimes. Escuchando a los más pequeños supe de la urgencia, de la emergencia, sin eufemismos ni rodeos alambicados. ¿Y qué hacían mientras tanto los grandes? Pues algunos aprovecharon para darse un paseo (EEUU), consultar el Whatsapp (aquí la lista es larga, aunque me dio la impresión de que los gigantes asiáticos ganaban por goleada), mostrar su escaso liderazgo y su incapacidad para la negociación ambiciosa (Chile) o hacerse notar sacando su lado más bravucón (Brasil).

¿Agotamiento? ¿Aburrimiento? ¿Sueñan los delegados con bosques eléctricos? Foto: José María Montero.

PD: La prórroga de la clausura, que convirtió a la COP25 en la más larga de la historia, obligó a algunas de las delegaciones (sí, las pequeñas, las humildes) a regresar a sus países sin poder participar en las deliberaciones finales. No, no es que tuvieran prisa, es que no podían asumir el coste de un cambio de vuelos y hoteles. A veces para votar es imprescindible poder pagar. Money, money…

5.- El tiempo del sufrimiento.

La emergencia climática requiere el diseño de nuevos paradigmas en el terreno de la economía, de la ecología, de la politología… pero lo que más necesitamos, es reforzar la empatía, antes incluso de ese esfuerzo por multiplicar los conocimientos académicos. La empatía, que no requiere de cátedras ni de inversiones millonarias, es una virtud muy poderosa que, sin embargo, se nos antoja cada vez más rara y escasa.

Ha llegado el tiempo del sufrimiento, es el precio de la inacción, y la inercia del cambio climático que, aún actuando de forma urgente y decidida (algo que no parece posible), va a originar una dolorosa crisis humanitaria en multitud de territorios, algunos de ellos a escasos kilómetros de casa. Si no somos capaces de ponernos en el pellejo del otro, si pensamos que el dolor no nos va a alcanzar a nosotros, si miramos para otro lado convencidos de que las inundaciones, las olas de calor, las sequías o las enfermedades emergentes sabrán discriminar nuestro lugar de nacimiento, el saldo de nuestra cuenta corriente, el escudo de nuestro pasaporte o nuestro color de piel… es que nos fallan el cerebro y el corazón.

Tal vez nuestras capacidades como especie, incluida la empatía, se están viendo superadas por la naturaleza y la magnitud del problema, y el colapso, o la autodestrucción, son inevitables. Pero aún así, y como ocurre con los enfermos terminales, mejor sería evitar el sufrimiento hasta donde la empatía sea capaz de reducirlo.

6.- Ciencia con emoción: el poder de las metáforas.

La rotundidad de las evidencias científicas en torno al cambio climático ha alcanzado tal magnitud que el negacionismo no es ya una postura basada en la dudosa credibilidad del trabajo de miles de investigadores. El negacionismo es ahora una forma de oportunismo disfrazada de lícito escepticismo. El mantra es sencillo: «Si la ciencia viene a estropearme el negocio, cuestionemos el rigor de la ciencia antes que revisar el coste ambiental y social de nuestro negocio, su peligrosa viabilidad«.

Pero la ciencia, impecable en sus postulados racionales, necesita de la emoción para buscar cómplices más allá de su burbuja endogámica, para hacer que sus alertas sean entendidas por los ciudadanos que nada saben del método científico y que son tremendamente vulnerables a las soflamas (esas sí, cargadas de calculada emoción) de los que ven amenazados sus negocios o comprometido el pago de sus deudas monumentales, y para salvarse hacen a la ciencia culpable de un alarmismo ciego que sacrificará el sacrosanto crecimiento económico y el bendito desarrollo.

La metáfora es, en manos de los científicos más creativos, una poderosa herramienta emocional que, alejándose del discurso indescifrable, no traiciona el rigor. Hace años, con la sencillez con la que explicaba lo complejo, me lo resumió José Luis Sampedro, un economista atípico con el que me gustaría haber tenido más relación que aquel encuentro inesperado y fugaz en la recepción de un hotel granadino: «Si metemos un pollito en una caja de zapatos nadie en su sano juicio podrá pensar que el pollito crecerá sin límite o que, al menos, se convertirá en lustrosa gallina sin destrozar la caja, y sin embargo estamos en manos de los que aseguran que el pollito no dejará de crecer ni romperá el contenedor por mucho que la caja de zapatos tenga un tamaño innegociable«.

7.- Del tobogán al precipicio.

Llevo décadas abonado a las impecables metáforas de Miguel Delibes y algo menos a las no menos ingeniosas que me regala, de COP en COP, David Howell, uno de los observadores más lúcidos en estos farragosos encuentros. En COP25 me explicó la diferencia entre un suave tobogán de largo recorrido y baja velocidad en el que podríamos habernos deslizado, sin vértigo ni peligro, desde el volumen de emisiones que la ciencia ya señaló como insostenibles hace tres décadas hasta unos niveles que no pusieran en peligro nuestra propia supervivencia, y el precipicio, profundo y vertical, al que nos vemos obligados a lanzarnos de cabeza (y sin paracaídas) en el escaso tiempo que nos queda para evitar el colapso.

Las metáforas me siguieron persiguiendo en forma de letras rendidas y macetas a las que alcanzó una repentina otoñada. Foto: José María Montero

Y mientras vamos cayendo en picado, cual Titanic camino al iceberg y a toda máquina, no abandonemos la empatía porque, como en el caso del transatlántico, los primeros en ahogarse serán los de tercera clase, claro, pero al final el agua llegará hasta el salón donde bailamos, despreocupados, los afortunados pasajeros de primera clase. ¡Ah!, y tampoco nos olvidemos de lo inútil que resultará nuestra soberbia en este mal trago: los efectos de la peor catástrofe siempre son relativos, porque para los pasajeros del Titanic el hundimiento del buque fue una putada, pero para las langostas que esperaban ser cocinadas en las peceras de la cocina fue un verdadero milagro.

8.- Los medios del ego.

Cuando todas las noches me colocaba delante de la sala Baker, la sala del plenario, para tratar de explicar en directo lo que había ocurrido durante esa jornada de negociaciones en la COP25, escuchaba, como es lógico, las peroratas de algun@s de mis colegas (tod@s trabajábamos en ordenada, apretada y obediente fila). Y, una vez más, me topé con esos clásicos-de-ayer-y-de-hoy más propios de una retransmisión deportiva o del relato vacuo de una interminable final de Eurovisión: la nada convertida en crónica, la peripecia del periodista por encima de los acontecimientos, las certezas de cartón piedra en un escenario repleto de incertidumbres, las frases hechas, las anécdotas elevadas a la categoría de exclusiva, los lugares comunes, la ciencia como revestimiento y no como cimiento,… He de admitir, eso sí, que la mayoría de est@s cronistas, y de los que luego iba viendo en los diferentes canales (algun@s sentados en mesas de debate moderadas por profesionales que, un@s y otr@, saben de cambio climático lo mismo que de música pentatónica china) lucían muy bien vestid@s y maquillad@s, jugueteaban con gafas de moderna montura, tomaban notas (así como sesudas y apresuradas) en impolutos moleskines, se movían por el plató en delicada coreografía, adornaban su discursos con imágenes de koalas y osos polares, y miraban directamente a la cámara con la arrogante seguridad de aquel directivo de Camp (Manuel Luque) que nos convenció de las bondades del detergente Colón. Y algun@ de ell@s, incluso, se ha atrevido a regalarnos ciertas columnas, sosas y huecas, buscando el lustre que todavía otorga la prensa escrita.

Una vez más ante el inevitable vértigo de tener que explicar (en directo) lo complejo, contarlo a cientos de miles de personas y en poco más de un minuto. Foto: José María Montero

Menudo desperdicio. Los más potentes medios de comunicación entregados al ego, la vacuidad y los fuegos de artificio: «Ya están aquí los que tanto saben de cubrir crisis y nada saben de la crisis que tienen que cubrir» (Rosa María Calaf, dixit). Pobre periodismo.

9.- Nuevos escenarios de acción.

El punto 1 nos debería llevar, de manera natural, a este otro ítem. Los discursos bienintencionados y biendocumentados y bienexplicados requieren de escenarios donde llevarlos a la práctica. Los parlamentos son tentadores, al igual que las salas de conferencias y las aulas universitarias, pero para hablar de cambio climático también hay que asomarse a los mercados de abastos, los estadios de fútbol, las iglesias, los parques, los asilos, los teatros, los bares, las guarderías y hasta las cárceles. Y proponer, en esos mismos escenarios, acciones modestas que sumen en ese cómputo humilde pero imparable de lo cercano, de lo doméstico, de lo que se mueve lejos de los senados imperiales pero muy cerca de la tierra, la que se escribe sin mayúscula inicial, esa que pisamos a diario.

10.- El dedo de Greta.

Hay niños, muchos niños, que mueren cruzando el mar en busca de una vida digna. Niños que terminan alimentando el turismo sexual de adultos adinerados y sin escrúpulos. Niños que triunfan en la selva de la farándula o se pasean por las pasarelas de medio mundo (el desarrollado, of course). Niños que juegan a ser adultos en programas de televisión casposos. Niños que rebuscan en los basureros para sobrevivir. Niños que ayudan a sus padres en humildes negocios, en explotaciones agrícolas, en ruidosos mercadillos. Hay niños que cuidan de sus hermanos, de sus padres, de sus abuelos, asumiendo responsabilidades muy por encima de su edad. Niños que acuden a escuelas de fútbol, o de danza, bajo la inquisidora mirada de sus padres que quieren convertirlos, al precio que sea, en Leo Messi, Megan Rapinoe, Tamara Rojo o Israel Galván. Hay niños que compiten por ser chefs en concursos donde la cocina es una guerra y no un placer. Hay tantos niños a los que no dejan ser niños, que resulta sorprendente (por usar un calificativo suave) la estúpida preocupación que ha asaltado a esa caterva de adultos empeñados en salvar a Greta Thumberg de las garras de sus malvados padres, de los oscuros tejemanejes de ciertas multinacionales o de maquiavélicos lobbies (desconocemos cuáles) y del estrés que debe de estar provocándole tanta lucha. Perdonadme el topicazo, pero mientras Greta señala a la luna los tontos se fijan en el dedo. Y si se cabrean tanto, y la emprenden con esta joven, no es sólo porque señala lo que algunos (demasiados) no quieren ver, sino porque después de señalar el problema se remanga y se pone a trabajar, a predicar con el ejemplo. La atacan por que no es inofensiva (como lo son casi todas las modelos, las prostitutas, las cantantes o las dependientas). Lo que molesta no son sus discursos sino sus acciones. ¿Dónde se ha visto una niña dando lecciones en vez de pasearse, bien maquillada y ligera de ropa, por una pasarela o un escenario? La reacción contra Greta Thumberg es intencionadamente agresiva, viejuna y muy, muy machista.

Momento en el estaban hablando en el plenario de COP25 las delegadas de mi país. Sí, nací en Córdoba, pero mi verdadera patria es Youth. Foto: José María Montero.

¿Qué hubiera sido de nosotros, como civilización, sin el ejemplo inspirador de Gandhi, Rosa Parks, Luther King, Ana Frank o Mandela? Ninguno, ninguna, se encuentra ya entre nosotros, pero abrieron caminos por los que hoy transitan millones de personas en busca de un futuro mejor. Tengo la sensación de que el icono Greta va a desaparecer de la primera línea en breve, y creo que ese paso atrás fortalecerá aún más el movimiento que se ha ido tejiendo en torno a su persona, un movimiento que necesita líderes, como todos los movimientos, pero que precisa, sobre todo, de la inspiración (y el estimulante cabreo) que el dedo de Greta, y sus acciones, ya han dejado en todo el planeta.

Epílogo: cinco preguntas de difícil respuesta.

a) Alcanzar la neutralidad en carbono significa transformar el sistema económico de manera radical, en muy poco tiempo y sin dejar a nadie atrás en esa carrera de obstáculos. ¿Es posible o es una utopía que ya no vamos a ser capaces de alcanzar?

b) Si no existe un modelo de gobernanza global y, en consecuencia, no existen mecanismos para hacer de los compromisos internacionales una obligación, ¿es posible actuar con decisión, justicia y rapidez, desde la generosa voluntariedad de los gobiernos?

c) Cada vez que se celebra una COP se insiste en el elevadísimo coste de la transición ecológica y no son pocos los países que se arrugan ante un esfuerzo aparentemente inasumible, pero… ¿por qué no somos capaces de explicar (bien) el coste, terrible, de la inacción?

d) ¿Cómo conseguir que la transición, además de rápida y efectiva, sea justa, sobre todo para los más vulnerables (desfavorecidos, mujeres, niños, indígenas, desempleados, ancianos…)?

e) Más allá de la calle, ¿hasta dónde llegará la voz de los más jóvenes? ¿Qué influencia, qué capacidad de negociación, qué poder de decisión tendrán los nuevos movimientos sociales en el sofisticado mecanismo de debate del senado galáctico en el que se han convertido las COP? ¿Cómo se encaja la urgencia de la juventud en la desesperante lentitud de los estados y las organizaciones?

Mi redacción es tan, tan pequeña, que puedo instalarla en cualquier sitio, lo mismo en París, que en Madrid o en Glasgow. De COP en COP. Foto: José María Montero.

 

 

 

Nota al pie: Nos vemos, espero, en la COP26, en Glasgow, north-by-northwest

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