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Archive for the ‘Televisión’ Category

En esta imagen tan sencilla se esconde toda la complejidad de Doñana. Sólo hay que saber mirar… La foto, como no podía ser de otra manera, es de mi amigo y vecino Antonio Sabater.

Nota previa: Este texto me hubiera gustado rescatarlo cualquier otro día, cualquier otro domingo en el que hubiera recordado aquella primera vez que pisé Doñana y el idilio que desde entonces mantengo con ese paraíso. Una historia de amor, primaria y pasional, que se ha ido tejiendo gracias a los muchos amigos (extraordinarios) que viven estrechamente vinculados a esa comarca, para conocerla y defenderla, y a las muchas noches (y muchos días) que he tenido el privilegio de vivir pegado a esa tierra, oyendo su latido. El mismo latido que ahora, cuando todavía no ha amanecido, escucho si me asomo al jardín de mi casa que también es antesala de Doñana. Está ahí, y está viva.

Doñana: un retrato de urgencia publicado ayer (domingo, 25 de junio de 2017) en la página web de Canal Sur Televisión.

El atractivo faunístico de Doñana se remonta nada menos que al siglo XIII cuando Alfonso X el Sabio distingue como Cazadero de la Real Corona las zonas marismeñas de Las Rocinas, hasta entonces adscritas al recién conquistado reino mudéjar de Niebla (Huelva). Comienza así la historia de uno de los espacios naturales más valiosos del continente europeo, un oasis decisivo en ese pasillo invisible que enlaza Europa con África. La biodiversidad de este extenso territorio alcanza valores excepcionales que se materializan, aún para los ojos del visitante ocasional, en un impresionante muestrario de fauna en el que sobresale la extensísima nómina de aves acuáticas.

La comarca de Doñana es, desde hace décadas, el principal escenario de una batalla en la que tratan de salvaguardarse valores naturales de excepción frente a modelos de desarrollo insostenibles. Pero la dualidad, este juego de contrarios, no sólo aparece en esa vieja tensión entre humanos y naturaleza más o menos virgen, también está presente en la misma raíz de la que brota este paraíso. Existe una Doñana seca, de arenas, fruto del Atlántico, y otra húmeda, de barros y aguazales, hija del gran río, del Guadalquivir. Y de la combinación de ambas nacen los tres ecosistemas característicos de este espacio natural: la marisma, las dunas vivas y las arenas estabilizadas. Tres paisajes en constante mutación, animados por el lento discurrir de las estaciones.

Aún cuando los escenarios sean múltiples, cambiantes y llamativos, el mayor atractivo para el visitante que se acerca a este espacio natural radica, como no, en la fauna. Hay en Doñana animales que destacan por su abundancia, hasta extremos insólitos en cualquier otro enclave silvestre, y otros cuya importancia viene dada por su escasez, por su rareza.

El Atlántico, la arena, los pinos… un paisaje dinámico, en constante movimiento. Un paisaje vivo. La foto es de mi buen amigo Peter Manschot, otro fotógrafo sensible con el que llevo años colaborando.

Las marismas del Guadalquivir son el principal cuartel de invernada para la avifauna acuática europea. En campañas particularmente benignas se han llegado a censar alrededor de 700.000 aves, aunque el promedio de las últimas décadas se sitúa en torno a los 370.000 ejemplares. Cercetas y ánades silbones, patos reales y cucharas, flamencos y ánsares son los más numerosos en esta época del año, mientras que en primavera, y atraídas por la abundancia de alimento, acuden a este humedal otras muchas especies, como fochas, canasteras, avefrías, cigüeñuelas, avocetas, espátulas, garzas imperiales, pagazas, fumareles o garcillas bueyeras.

En el capítulo de las rarezas se incluyen algunos de los grandes depredadores del monte mediterráneo, como el águila imperial o el lince ibérico, dos de los animales más amenazados del mundo, exclusivos de la Península Ibérica.

La vida se multiplica con tal intensidad en esta comarca que ni siquiera es necesario adentrarse en el corazón de Doñana, reservado a la investigación y estrictamente protegido, para apreciar sus poderosas señas de identidad. Podemos visitar, por ejemplo,  las marismas de Bonanza, junto a la localidad de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz),  donde es posible espiar a los flamencos y avocetas que acuden a unas viejas salinas. O saltar al otro lado del río para adentrarnos en el Pinar del Coto del Rey, en la linde entre las provincias de Huelva y Sevilla, donde las rapaces son las que dominan los cielos y es posible, incluso, que un observador paciente, y muy afortunado, adivine el esquivo perfil de un lince ibérico en el espeso matorral.

Si preferimos asomarnos al Atlántico, en la zona litoral que se extiende entre Matalascañas y Mazagón (Huelva) encontraremos el sistema de dunas de El Asperillo,  uno de los más frágiles y hermosos de todo el litoral andaluz.

Incluso aquellos paisajes que han sido transformados por la mano del hombre reúnen atractivos que van más allá de lo puramente estético. Las tablas de arroz, que comenzaron a salpicar la margen derecha del Guadalquivir y que hoy ocupan unas 35.000 hectáreas, se han convertido en una de las despensas de Doñana, a la que acuden las aves durante el verano o en los inviernos de sequía.

El príncipe de Doñana. El fantasma del matorral. Otra imagen de Antonio Sabater, el fotógrafo que mejor ha sabido retratar a este felino.

Mientras todo el entramado ecológico de Doñana se mantenía más o menos a salvo, arropado en los territorios protegidos, la presión en el entorno no ha disminuido y así, de forma periódica, vuelve la polémica sobre proyectos tan inquietantes como el de la carretera costera Huelva-Cádiz, el complejo turístico Costa Doñana, el dragado del Guadalquivir, el oleoducto Balboa o las obras de sondeo y almacenamiento de gas natural. Por no hablar de la tensión que rodea al desproporcionado consumo de agua, para usos agrícolas o turísticos, que hipoteca el buen estado del acuífero sobre el que reposa toda esta biodiversidad.

A pesar de los muchos reconocimientos que la amparan, desde la figura de parque nacional hasta su declaración como Patrimonio de la Humanidad, Doñana no termina de estar a salvo, las amenazas no han desaparecido, aunque ahora inquiete más, mucho más, el cambio climático, y todas sus derivadas (entre las que se incluyen un más que probable aumento de los incendios forestales), que una carretera inviable o una urbanización insostenible.

 

 

 

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Las audiencias se ganan o se pierden de acuerdo a nuestra capacidad de análisis (reposado) y no en función de la velocidad con la que atendamos las noticias: ¿de qué sirve correr para contar todos lo mismo? (En la imagen un momento de la conocida como “carrera de los becarios”, en la que jóvenes periodistas cubren la distancia que hay entre el edificio del Tribunal Supremo, en Washington DC, y las unidades móviles de televisión, llevando en la mano la nota de prensa de algún pronunciamiento noticioso. Absurdo… pero cierto).

 

En un escenario informativo cada vez más complejo las empresas de comunicación prescinden de la experiencia:  menuda contradicción !! La crisis y sus EREs han fulminado a los periodistas veteranos. Muchas empresas renuncian a la especialización porque requiere reposo, tiempo y recursos (es más rentable el periodista todoterreno, y mejor aún si es un becario baratito –por no hablar de esos ¿compañeros? que se ofrecen a trabajar gratis–). En estos casos, el objetivo ya no es tanto el rigor, la calidad o la credibilidad, sino la audiencia, sin más. “Si tengo que explicarlo, renuncio a contarlo”, resumía Lorenzo Milá hace algunos años cuando se quejaba de este fenómeno. A veces, es cierto, no se renuncia a contarlo, pero se recurre a la banalidad, que es casi peor.

(…)

“Tierra y Mar”, el informativo semanal dedicado al sector primario que dirijo en Canal Sur Televisión, es un magnífico ejemplo de cómo se cumple una idea paradójica que llevo años defendiendo a contracorriente: los programas no necesariamente se prolongan en el tiempo porque tienen audiencia (no debería ser así), sino que, por el contrario, en muchos casos tienen audiencia porque se mantienen en el tiempo. El argumento es, justamente, el contrario al que estamos acostumbrados a oír. Los programadores viven presos de una convulsión, de una atención desmedida a las audiencias, que con frecuencia se convierte en nuestra peor enemiga. Esa convulsión impide el reposo que necesitan algunos programas, que desaparecen de la parrilla antes de haber conseguido madurar y así fidelizar a la audiencia. Y, desde luego, en el área de Informativos es en donde menos sentido tiene esta obsesión por las audiencias, que se ganan o se pierden de acuerdo a nuestra capacidad de análisis (reposado) y no en función de la velocidad con la que atendamos las noticias: ¿de qué sirve correr para contar todos lo mismo?

(…)

No caigamos en la trampa de la televisión low cost, ese modelo que algunos gurús quieren vendernos como solución a la crisis: la especialización no es barata, la calidad no es barata, el rigor no es barato. Es imposible un periodismo digno en condiciones indignas.

Rosa María Calaf también resume este sinsentido en una frase muy elocuente: “Ya están aquí estos que tanto saben de cubrir crisis y nada saben de la crisis que tienen que cubrir”. Lo dicho: con demasiada frecuencia el continente vence al contenido, la anécdota a lo sustancial.

Insisto: se nos olvida que informar, in-formar, es dar forma y, por tanto, explicar, interpretar. Hoy en los medios, en las redacciones de todos los medios, hay muchos más redactores que periodistas, no sé si me explico…

(…)

Cuando hablamos de crisis, referida a los medios de comunicación en general, y a la televisión en particular, parece que todo se resumen a un problema de modelo de negocio, pero yo no soy empresario, soy periodista, y por eso insisto en las virtudes tradicionales del buen periodismo, del periodismo que no sabe de épocas ni de revoluciones tecnológicas. Es cierto que si no hay negocio no hay futuro, pero no es menos cierto que el negocio debería descansar sobre esas virtudes, y no al contrario. El futuro va a depender de cómo nos ocupemos del CONTEXTO, la PROXIMIDAD, la CREDIBILIDAD, el RIGOR, la DIVERSIDAD, la ÉTICA, la PROFUNDIDAD, la COMUNICACIÓN, la INTERACCIÓN, la EMPATÍA…

Conviene no perder de vista estos valores, confundidos por el negocio, las audiencias o el tecnoptimismo, porque de ellos depende nuestro futuro, y son, además, las señas de identidad, diferenciales, de una televisión pública. Señas de identidad que, en nuestro caso, tienen, incluso, la fuerza de la ley.

PD: Estos son algunos párrafos de mi intervención, el pasado mes de noviembre, en el XXX Congreso Internacional de Comunicación (CICOM) que se celebró en la Universidad de Navarra. Acabo de ordenarlos, después de recuperar las notas a vuela pluma que me sirvieron de guía, para que la ponencia pueda publicarse en las actas de este interesantísimo encuentro académico y profesional.

 

 

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Trapada90

Pues sí, el del chubasquero azul soy yo con 25 años menos… Con camiseta verde Jose Moreno, el operador de cámara (hoy en nuestra delegación de Málaga); junto a él, también de azul, Manolo Raya, el realizador (función que sigue desempeñando en el mismo programa, en Los Reporteros), y en primer término Joaquín Hernández, el arquitecto andaluz entonces responsable de la cooperación andaluza  en el Parque Nacional de Los Haitises (hoy sigue trabajando en proyectos de uso público en espacios naturales protegidos). Trepada Alta (República Dominicana), marzo de 1990.

 

El piloto, que había dejado descansar su revolver sobre un cuadro de mandos algo destartalado, se resistía a sobrevolar la bahía de Samaná. Confesó que no sabía nadar y de ahí su aprensión a conducir el helicóptero por encima de las aguas del Caribe. Finalmente accedió a cruzar la bahía para poder así filmar algunos de los paisajes más espectaculares del Parque Nacional de Los Haitises, en el noreste de la República Dominicana.

Terminado el trabajo, cuando creíamos que regresaba al aeropuerto de Santo Domingo, inició la maniobra de aterrizaje en un claro del denso bosque tropical. Niños y mayores, salidos de la espesura o quién sabe de dónde, se arremolinaron en torno a la aeronave despreciando el evidente riesgo, convencidos de que el único helicóptero que habían visto de cerca en su vida sólo podía transportar al presidente de la República, el entonces anciano y ciego Balaguer. Pero en aquel helicóptero rojo, que tanto nos costó alquilar, viajaba el joven e intrépido equipo de Los Reporteros (Canal Sur Televisión) que en la primavera de 1990 rodó “La isla bonita”, un modesto documental sobre la labor de los cooperantes andaluces que ya entonces trabajaban en proyectos de conservación de la naturaleza y desarrollo rural en tierras dominicanas.

El turismo low cost apenas había comenzado el asalto del paraíso y en las zonas más apartadas de la isla la hospitalidad de sus gentes y la belleza de los paisajes te hacían olvidar las durísimas condiciones de vida en cualquiera de esas pequeñas aldeas donde, hasta en el más pobre de los conucos, te ofrecían un plato de arroz con guandules, o unos trozos de patacón pisao, mientras, de fondo, sonaba, a todo trapo, un perico ripiao.

[Intermedio musical: en el radiocassette del Isuzu Trooper con el que recorrimos la isla no dejó de sonar aquella cinta, que compramos en el Mercado Modelo o en el Musicalia de la calle El Conde, y que, meses después, se convertiría en un éxito a los dos lados del Atlántico: “Ojalá que llueva café”, el famoso disco de Juan Luis Guerra y 4:40 acababa de publicarse en la República Dominicana y se abría con este “Visa para un sueño” que tan bien retrataba la desesperación de un pueblo que soñaba con emigrar a Estados Unidos. La actuación, en la televisión dominicana, también es de aquel lejano 1990]

 

Finalmente, aquella aldea, en el paraje de Trepada Alta, se convirtió, de manera inesperada, en una de las protagonistas del relato. Sus vecinos y, sobre todo, sus mujeres (siempre liderando este tipo de empeños), nos mostraron cómo, con la ayuda de la cooperación andaluza, habían comenzado a practicar una agricultura sensata y sedentaria, abandonando la tumba y quema, el periódico y ancestral ejercicio de talar y quemar una parcela de selva (en el interior del parque nacional) donde colocar algunos cultivos de subsistencia que apenas producían una mísera cosecha a cambio de irse comiendo los terrenos protegidos.

Cuando ahora se cuestiona el futuro de Canal Sur Televisión, o cuando alguien me afea algunos de los contenidos de nuestra programación (que, por cierto, no depende de mi), recuerdo aquel primer viaje, aquel primer documental, aquella manera, sincera y hasta inocente, de asomarnos al mundo para contar que Andalucía, sin arrebatos patrióticos y más allá del folclore o el tipismo, estaba presente en todos los escenarios imaginables. Para mostrar, con la evidencia de las imágenes, que Andalucía es ciencia, es cooperación, es arte, es tecnología, es solidaridad… Para eso sirve una televisión pública, para eso debería servir una televisión pública.

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Redacción Informativos Canal Sur Televisión

El mundo está allí afuera, despertándose, y nosotros, aquí dentro, medio dormidos, tratamos de contarlo sin traicionarnos y sin dejar el corazón en la taquilla. Así comenzaba el 19 de agosto en la redacción de Informativos de Canal Sur Televisión (Foto: José Mª Montero)

No sé si todas las personas que se sientan delante de un televisor a ver un informativo, pongamos por ejemplo el Noticias 1 de Canal Sur Televisión, aprecian que, además de otros muchos elementos, esa amalgama de imágenes y sonidos, con los que tratamos de reflejar un trocito del mundo que nos rodea, está teñida por las emociones de las (muchas) personas que hacen ese trabajo.

Es relativamente fácil reparar (aunque no conozcamos sus infinitos detalles) en la sofisticada tecnología que hace posible el milagro de esa ventana que nos asoma al mundo pulsando un sencillo botón; lamentar el olvido de alguna noticia que juzgamos trascendente o el abuso de esas otras cuestiones que creemos irrelevantes y hasta ridículas; celebrar la elegante disposición del decorado, los rizos de la presentadora, la barba del presentador, o, por el contrario, abochornarnos por un error en la dicción, por una tos inoportuna, por un titubeo, por una corbata de estampado cañí, por un peinado demodé, por un rótulo al que le faltan letras o por una confusión a la hora de dar paso a una noticia que nada tiene que ver con lo anunciado.

Visto así, sin mayores consideraciones, todo es como un simple teatrillo donde, con voz más o menos neutra, unos perfectos desconocidos nos van contando una historia que a veces tiene que ver con nuestra propia historia y otras suena a algo lejano, confuso y ajeno. Pero resulta, y eso no se ve y raras veces se cuenta, que a la persona que, por ejemplo hoy mismo, se sienta delante de un ordenador a tratar de contar que decenas de refugiados han aparecido muertos, asfixiados en el interior de un camión, se le hace un nudo en la garganta; que quien tiene que grabar el enésimo cadáver de un inmigrante que desembarca en un puerto andaluz dentro de un saco negro trata de mirar, por el objetivo de la cámara, sin querer ver lo que resulta insoportable ver; que quien, perfectamente maquillad@, relata el desahucio, el crimen, el bombardeo, la hambruna, el accidente o el funeral, tiene, debajo del perfecto maquillaje, piel y corazón, y en los dos siente escalofríos, como el resto de sus compañer@s, los que no están maquillad@s.

En la redacción todo transcurre a un ritmo frenético, intenso y áspero en el que, aparentemente, no caben los sentimientos o, mejor dicho, donde los sentimientos, aparentemente, podrían resultar un estorbo. Pero resulta que este trabajo maravilloso, por el que recibimos tantas críticas injustas y cuya dignidad se empeñan en dinamitar algunos políticos y financieros (entre otros agentes de la autoridad), lo hacen personas que saben, como casi todas las personas, lo que es el dolor y la alegría; personas que se abrazan en los malos momentos y que se parten de risa cuando la ocurrencia ha sido oportuna e inesperada. Personas que se enamoran, que tienen hijos, que cuidan de sus padres ancianos, que se desenamoran, que enferman, que sufren con los amigos que están sin trabajo, que padecen la soledad o el abandono, que cantan cuando se pasan de copas, que pierden a la gente que más quieren, que bailan en todas las fiestas, que lloran, que suspiran, que acarician, que sienten dolor, que comparten, que se guiñan un ojo al cruzarse en un pasillo, que se cabrean, que gritan y luego se arrepienten, que llegan al amanecer y aunque es el mismo todos los días disfrutan de él como si fuera único, que se marchan de noche cerrada y agotados, que silban, que susurran, que regalan, que piden perdón, que dan las gracias, que celebran, que besan… Y todo eso, y muchas cosas más, tiñe las noticias, queramos o no, las colorea o las empaña, las hace humanas.

Y todo eso, que es en definitiva lo que quería contaros esta noche, lo hace gente vulgar y corriente, humanos con corazón que a veces aciertan y otras se equivocan. Ese es el verdadero corazón de la tele, el que no se ve pero lo empapa todo…

PD: Claro que hay fantasmas, mamarrachos y gente sin corazón, como en todas las ocupaciones, pero son minoría y su presencia hay que vivirla como un estímulo, incómodo pero inevitable. Aunque transiten por el lado oscuro, también son parte de esta historia sentimental y, a su manera, nos ayudan a ser mejores.

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AR.3

Los que hacen equilibrismos al borde del abismo son Charly y Arturo. Yo, con mi vértigo a cuestas, me mantengo en un discreto segundo plano…

 

Nunca entendí como podían llamar “microcentro” a un barrio que suma más de 60 manzanas y en el que trabajan a diario unos 4 millones de personas, pero Buenos Aires es así y se recrea en su desmesura. Nos tuvimos que subir a la azotea de un rascacielos del microcentro para poder abarcar la infinita trama urbana de la capital porteña porque con ella, como contraste a la desolación de la Pampa o el desierto patagónico, queríamos que comenzara el primer capítulo (Las alas de la Pampa) de la serie documental que en abril de 2007 rodamos en tierras argentinas. Tocando el cielo me acompañan Arturo Jiménez (operador de cámara) y Charli Guiard (realizador).

Es contagiosa la vitalidad de esta ciudad que ha experimentado uno de los procesos de urbanización más poderosos de todo el continente americano. A mediados del siglo XIX Buenos Aires apenas sumaba 90.000 habitantes y tan sólo 50 años después ya rebasaba el millón de pobladores. Hoy concentra casi el 40 % de toda la población argentina, cerca de 14 millones de personas repartidas en más de 12.000 manzanas y alrededor de 3.000 calles.

Sin límites ni accidentes geográficos que nos permitan estructurar este paisaje urbano, podemos tomar como referencia las kilométricas avenidas que surcan la urbe y, desde ellas, alcanzar los diferentes barrios que componen este desproporcionado callejero. En La Boca o en Recoleta se templa la desmesura y el paisaje vuelve a adquirir una escala humana.

Corrían los últimos días de la primavera austral que se hacía presente en los tranquilos jardines de la céntrica plaza de San Martín, en el animado bullicio de la calle Florida o en el abigarrado y centenario mercadillo de San Telmo. Y al final del día, cerca de aquel hotelito de la Avenida de Mayo que miraba al mítico Café Tortoni, siempre nos despedíamos con una Quilmes, bien fría, en Los 36 Billares…

P.D.: Creo que hoy se me nota la nostalgia porteña… y la culpa la tiene Fabiana Cantilo…

 

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¿Qué relación guardan las grandes ciudades con la televisión y el deterioro ambiental? Esa es la pregunta que traté de responder el pasado 12 de noviembre, cuando tuve el privilegio de inaugurar (con una conferencia que titulé La trampa urbana) el Foro “Transformar la Televisión”. Aunque creo que los organizadores del encuentro la van a publicar en su versión completa, os adelanto las tres ideas, sencillas, sobre las que giraba ese cóctel. Una conferencia que inicié contando cómo había llegado a Madrid…

“He viajado en AVE y apenas he tenido tiempo de desayunar y echarle un vistazo a la prensa. Desde Sevilla he tardado menos de dos horas y media en llegar a Madrid. Mi primer recuerdo de esta ciudad también se tejió en un tren en el que me monté, con mi padre, en Córdoba y que tardó casi nueve horas en dejarnos, bien entrada la noche, en la capital de España. Yo debía tener seis o siete años y hubo, como es lógico, muchas cosas que me llamaron la atención de la gran metrópoli, aunque tres de ellas no las he olvidado y, curiosamente, me van a servir hoy de ejemplo para tratar de explicar, de explicarme, qué relación guardan las grandes ciudades, la televisión y el deterioro ambiental:

 

 

359x2qePRIMERA SORPRESA.- Quedé fascinado con las escaleras mecánicas de Galerías Preciados, en Callao. No sólo por lo que suponía subir y bajar montado en una especie de alfombra mágica de metal sino porque, además (y esto era lo realmente increíble), podías realizar ese viaje todas las veces que quisieras y no valía nada, era gratis.

Pero claro, detrás de este tentador recurso también había un elemento, difuso y complejo, oculto, que yo entonces no supe interpretar (mejor dicho: lo interpreté de la manera más primaria, inocente… y equivocada). Lo que en la gran ciudad resulta fascinante raramente es gratuito. Yo pensé que lo mejor que tenían las escaleras mecánicas, lo realmente increíble, es que eran gratis y no existía límite en el número de veces que podías subir y bajar. Pero no es verdad: lo que la ciudad ofrece como fascinante suele ser tremendamente caro y lo pagamos todos. Tardé unos cuantos años en descubrir el coste oculto del supuesto progreso, la falsa modernidad y el pequeño bienestar. Justo al contrario de lo que ocurre (al menos, por ahora) en la naturaleza: lo maravilloso es realmente gratuito.

Fue en una conferencia del desaparecido Fernando González Bernaldez, catedrático de Ecología y pionero de la educación ambiental en España, donde encontré la mejor explicación de este argumento oculto, una conferencia dictada a comienzos de los años 80 a un reducido (entonces éramos pocos) grupo de periodistas ambientales. La sociedad de los cazadores-recolectores y las primitivas sociedades agro-pastoriles, explicaba, mantenían un grado de conciencia relativamente elevado de sus influencias ambientales. Su escasa especialización permitía que los miembros del grupo fuesen protagonistas y responsables de las consecuencias de sus intervenciones en el medio. Las “reglas éticas culturales”, a veces envueltas en apariencias extrañas, mágicas y supersticiosas, dejaban frecuentemente traslucir un trasfondo adaptativo más o menos claro (como los conocidos ejemplos de la ética natural que aparece en el discurso del jefe indio Seattle, o en los dichos y hechos del cazador indígena Dersu Uzala llevados al cine por Kurosawa).

Pero la sociedad industrial y post-industrial, advertía González Bernáldez, ha llevado consigo cambios que los sistemas de ajuste mencionados no han podido seguir. Una característica clave de estas sociedades modernas es la pérdida de conciencia de los efectos que sus acciones causan en la biosfera. No se trata sólo de la potencia de los medios de acción disponibles, sino sobre todo de que la especialización y el alejamiento de las fuentes de materias primas, y las complicadas cadenas de causas y efectos intermedios, hace que conozcamos cada vez peor las repercusiones últimas de nuestros actos, incluso de los más cotidianos.

El cazador-recolector era espectador diario de los efectos de sus acciones. Por ejemplo, él mismo cortaba la leña para calentarse. Pero cuando nosotros accionamos el interruptor de la luz no somos conscientes de los complicados procesos tecnológicos y ambientales conectados a esa sencilla acción y de sus repercusiones en lugares remotos (travesía de grandes petroleros, extracción de carbón, contaminación atmosférica, residuos radiactivos procedentes de centrales nucleares, construcción de grandes embalses, cambio climático…).

Está claro, por tanto, que la conciencia ecológica, hasta ahora mantenida por mecanismos naturales en las formas primitivas de la sociedad humana, tiende a perderse en las actuales circunstancias. El deterioro del entorno, concluía González Bernáldez, refleja el desequilibrio que la ausencia de mecanismos correctores va produciendo. Y es justamente aquí en dónde aparecen los medios de comunicación de masas como posibles “restauradores” de esa conciencia ecológica. Ninguna otra herramienta es capaz de alcanzar a tan amplios sectores de la sociedad para mostrarles lo que se oculta detrás de esa sencilla acción que, a veces, se limita a apretar un botón. Este tipo de periodismo, el que revela causas y consecuencias, el que sitúa las noticias en su verdadero contexto, es un periodismo “sostenible”, que no se extingue en lo efímero del suceso y contribuye, por tanto, a crear conciencia de nuestros propios actos y favorece la toma de decisiones. Menuda responsabilidad nos otorgaba ya entonces este catedrático de Ecología. Menuda responsabilidad tenemos… y qué pocas veces estamos a la altura de esa responsabilidad…

Si no revelamos el coste oculto de nuestro bienestar poco podremos hacer por corregir algunos errores que nos conducen al precipicio. Necesitamos información rigurosa. Y a partir de ahí podemos decidir que la fiesta continúe, al precio que sea, subiendo y bajando por las escaleras mecánicas hasta el agotamiento (el nuestro y también el del planeta), o podemos decidir que es mejor ahorrar energía y seguir usando las escaleras tradicionales limitando el uso de ascensores o escaleras mecánicas a personas que realmente las necesitan. El conocimiento lo único que facilita es la elección, pero eso ya es mucho.

14494_10200560936332212_644741300_nSEGUNDA SORPRESA.- En casa de mi tío, que vivía en Madrid, la televisión tenía un botón que ponía UHF y que cuando lo presionabas aparecía un segundo canal. ¡¡ Una televisión con dos cadenas !! Si no te gustaba lo que había en la primera cadena podías elegir el UHF. Las posibilidades de entretenimiento se multiplicaban, se doblaban. ¡¡ Qué suerte tenían los madrileños, libres de la tiranía del primer canal, dueños de ese segundo botón milagroso que abría una segunda ventana en casa !! Además era una ventana (como descubrí más tarde, cuando llegó a Córdoba) sesuda, una ventana que miraba al mundo de la cultura, del análisis, del debate, de la música, del cine de calidad… En Madrid, y sólo en Madrid, había una televisión que además de entretener tenía un interruptor por si querías pensar, por si necesitabas ayuda para reflexionar,…

Yo, sin duda, me sentía más satisfecho frente al televisor de mi tío, que tenía dos canales, que frente al de mis padres, encadenado a un único canal. Hoy, en la SmarTV de casa, puedo elegir entre… ¿cien canales? ¿Doscientos? ¿Y si tiro de Internet? ¿Mil canales? ¿Ha aumentado mi grado de satisfacción como televidente al mismo ritmo que la oferta de canales? ¿Más oferta significa más libertad, mayor satisfacción?

De nuevo busco la explicación de esta paradoja en un especialista, Fernando Trías de Bes (economista y experto en mercadotecnia), y en un artículo que publicó en La Vanguardia hace algunos años. Citaba Trias de Bes en el comienzo de su artículo al psicólogo Barry Schwartz quien acuñó la expresión “la paradoja de la elección” para explicar que el silogismo “más libertad es más bienestar”, “más opciones es más libertad” y, por ende, “más opciones es más bienestar” no es necesariamente cierto. A priori, un mayor abanico de posibilidades es positivo y aumenta el bienestar de los ciudadanos, pero si el número de alternativas cruza cierto umbral se producen una serie de efectos nocivos. Y si ese umbral se sobrepasa en exceso, como ocurre también con el tamaño de las ciudades, los inconvenientes pesan más que las ventajas, produciéndose la llamada paradoja de la elección: el aumento de las posibilidades al alcance de nuestra mano arroja un saldo final negativo.

No me extraña que fuese feliz en casa de mi tío, con dos canales de televisión, y ahora, cuando dispongo de un rato para ver la tele, lo consuma en tratar de elegir en mitad de una auténtica selva digital, para, finalmente, navegar sin rumbo y terminar haciendo zapping hasta malgastar todo el tiempo disponible.

 

 

3103751116_04cd147183TERCERA SORPRESA.- Yo pensaba que Madrid, que todo Madrid, era como la Gran Vía, como la calle Preciados, como Sol, como la Castellana… Y cuando me monté en el tren de vuelta y salí de Madrid, de día, empecé a ver por la ventanilla que esa ciudad, la que yo creía que era Madrid, se iba desdibujando… Primero en barrios tan convencionales como los de mi propia ciudad de provincias. Y luego en un interminable paisaje de casuchas, descampados y chabolas… ¿Esto también es Madrid?, debí preguntarle, inocente, a mi padre, pero no recuerdo qué me contestó…

Al cabo de los años, muchos años después, leyendo La sonrisa etrusca, de José Luis Sampedro, descubrí que no era el único que había sufrido esa impresión, o esa confusión, con los límites de la gran ciudad, aunque en el caso de la novela de Sampedro era un anciano, Salvatore Roncone, un apasionado campesino calabrés, el que se muestra incapaz de situar los atractivos de la gran ciudad cuando llega a ella a través de sus suburbios.

Nacidas para convertirse en centros de la vida económica, cultural, política y social, las ciudades volvieron pronto la espalda a sus creadores. La ciudad ofrece al individuo numerosos alicientes de prosperidad económica (ligada sobre todo a las oportunidades de trabajo), diversidad cultural y acceso a servicios públicos indispensables. Sin embargo crea, a su vez, no poco perjuicios en el orden biológico, como consecuencia de una merma en la calidad de los recursos naturales básicos (clima, atmósfera, agua, suelo, vegetación) y un cierto fracaso social debido a los costes adicionales que causa esta forma de vida, en la que se instala la fatiga, la neurosis, la violencia o la insolidaridad, que conducen, en definitiva, a una pérdida de bienestar.

El éxodo de las zonas rurales a las ciudades, y sobre todo a las grandes ciudades, es un fenómeno que, aún visto desde la objetividad de la estadística, resulta casi increíble. A comienzos del siglo XX, en 1900, el 92 % de los municipios españoles tenían menos 5.000 habitantes y el 52 % tenía menos de 1.000 habitantes. Éramos un país de pueblerinos. Sólo un tercio de la población (el 32 %) residía en municipios que tenían más de 10.000 habitantes. Este porcentaje creció hasta el 80 % en un siglo. Pero donde se ha manifestado un mayor trasvase de población ha sido, precisamente, a las grandes ciudades, a las urbes de más de 100.000 habitantes, en las que vivía menos del 10 % de la población española en 1900 y que ahora concentran el 40 % de la población.

Son múltiples los factores que explican estos movimientos de población, aunque en la raíz de todo este fenómeno están esas atractivas promesas de prosperidad económica y cultural, y no hay duda de que la televisión ha puesto su granito de arena en la transmisión de este discurso, hasta el punto de que se ha convertido en un medio de comunicación (en realidad siempre lo fue) que mira a su entorno con los ojos, el criterio y los valores de quien vive en la gran ciudad. Incluso cuando mira a la naturaleza, como ocurre en demasiados documentales, lo hace con ese sesgo antropocéntrico del urbanita que reclama la protección de algunas especies y espacios (eso sí, de cierto tamaño y espectacularidad) para que podamos seguir disfrutando de su contemplación (en vacaciones o en fines de semana). Un mensaje puramente estético, peligrosamente emocional y descaradamente antropocéntrico.

En el día a día de nuestro trabajo, de mi trabajo como director de dos programas de televisión que se ocupan de la actualidad ambiental y de la ruralidad, esta forma de mirar, tan urbana, plantea serios problemas de análisis, de interpretación de la realidad. Informar es dar forma, y con frecuencia modelamos el medio rural a nuestra imagen y semejanza.

En realidad se trata de un conflicto ontológico, un conflicto de valores, que enfrenta la visión romántica e idealizada de las poblaciones urbanas con la perspectiva pragmática y utilitarista de los habitantes de las zonas rurales. Desde los grandes medios de comunicación, y en particular desde la televisión, se suele apostar por esta visión urbana, insensible a las inquietudes, los miedos o las expectativas, la señas de identidad (en definitiva), de aquellas personas que viven, lejos de la gran ciudad, pegadas a otra realidad, a otros problemas.

Así es que resulta fundamental distinguir dónde acaba la gran ciudad, y su manera de entender el mundo, y donde empieza el universo rural con sus propias señas de identidad. Esa frontera que yo no era capaz de establecer desde la ventanilla del tren cuando tenía seis o siete años; esa frontera que cruza Salvatore Roncone distinguiendo perfectamente lo que hay a un lado y a otro. Esa frontera que todo periodista debe respetar para entender cómo es el mundo más allá de la trampa urbana.

 

 

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Se me hizo extraño este mes de septiembre en el que faltaba, por vez primera en quince años, la cita del Seminario Internacional de Periodismo y Medio Ambiente (SIPMA). En el lamento de esta ausencia hay más nostalgia que enfado, aunque algunos puedan pensar que no es fácil pasar página cuando uno ha sido el director del SIPMA durante doce de sus quince ediciones. Pero los que me conocen saben la facilidad con la que paso página, las pocas explicaciones que requiero y, sobre todo, la incapacidad que tengo para convertir el destino, caprichoso, en una deuda o en un dolor.

El SIPMA ha desaparecido (aunque ojalá vuelva algún día) y por eso, para que este otoño no se note tanto el vacío que deja en este gremio tan maltratado, rescato de mi archivo personal (aprovechando un puñetero brote de insomnio) algunos párrafos de una de las últimas conferencias magistrales que tuve la fortuna de organizar (por el SIPMA, por cierto, pasaron más de 2.000 personas, entre alumnos y ponentes, desde 1998). Era el viernes 1 de octubre de 2010 y aquella segunda jornada del XIII SIPMA se abría con una conferencia (“Periodismo y compromiso”) que le pedí a Jesús Quintero. Así escribí entonces parte de la crónica de aquella conferencia, tan oportuna ahora en su contenido como entonces…

Otra televisión no sólo es posible sino que ya existe y lo único que hay que hacer es defenderla.

“LA TELEVISIÓN ES UNA MINA SAQUEADA”

Viernes, 1 de octubre de 2010

A Jesús Quintero la noche le sienta muy bien. Sigue siendo su territorio natural, el mismo en el que nació El loco de la colina para hacerse dueño de aquellas madrugadas radiofónicas en donde los silencios eran más elocuentes que las palabras. Después de haber asistido al concierto de U2 en Sevilla Jesús ha llegado a Córdoba al filo del amanecer. Apenas ha dormido antes de encaminarse al Palacio de Congresos en donde, a primera hora, lo he convocado para hablar de periodismo y compromiso. Cruzamos juntos la Judería sorteando los piropos que le dedican los transeúntes, pide una humilde manzanilla, agarra unos folios que apenas consultará y se entrega a un auditorio en el que, aún siendo las diez de la mañana, se instala ese apacible clima nocturno que invita a las confidencias.

(…)

En un momento en el que “la libertad está amenazada, el periodismo se somete al mercado y la comunicación vive en la mediocridad”, el único compromiso que admite este periodista nacido en San Juan del Puerto (Huelva) hace 70 años es “darle lo mejor a quien me está viendo o escuchando. A mí lo que más me interesa es tener credibilidad y por eso cuanto más tiempo pasa más deseo crear, inventar y buscar nuevos caminos”.

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Un esfuerzo que cada vez resulta más complicado, sobre todo en televisión, un medio del que Quintero dibuja un retrato más que sombrío. “Decía Orson Welles que la radio era una mina abandonada, pero si hubiera conocido la televisión de nuestros días hubiera dicho que la televisión es una mina saqueada. Saqueada por el poder que quiere la máxima audiencia para conseguir todos los votos posibles. Saqueada por los mercaderes que utilizan los medios como escaparate para vender sus mercancías. Saqueada por los oportunistas que buscan fama y dinero fácil. Saqueada por los cotillas y los chismosos. Saqueada por los falsos profetas. Todos han entrado a saco en la televisión”.

(…)

La lógica de la programación está muy lejos de los intereses de este periodista al que le preocupa el efecto final de este tipo de oferta televisiva. “Quienes programan piensan en los analfabetos funcionales porque creen que la televisión la ve la gente menor, aburrida, gente del pueblo sin cultura. Ellos tienen el medio de comunicación más poderoso y desprecian la cultura. Y encima son tan ignorantes que creen que la cultura no es divertida. Ellos creen que lo divertido es Belén Esteban y Sálvame, que yo no sé de qué nos salva… Esta gente no sabe el daño que le está haciendo a la sociedad”.

Si el vulgo es necio”, razona, “habrá que hacer algo para que deje de serlo. Y si se empeña en seguir siendo necio, habrá que buscar otro vulgo, menos necio, aunque sea minoría, porque también la minoría inteligente y sensible tiene derecho a exigir otra televisión”. Hay que establecer otro razonamiento, ese que nace de preguntas muy sencillas pero a las que pocos se atreven a responder: “¿Debe mostrar la televisión lo peor de nosotros, lo más ruin y lo más grosero? ¿Realmente somos tan morbosos y tan cotillas? ¿El público consume mayoritariamente telebasura porque le gusta o porque no le dan otra opción?”.

Y todas estas reflexiones no hacen sino abonar, a partes iguales, la tristeza y la indignación de este periodista. “Me duele pensar que en un país con tanta historia, con tanta civilización y cultura a sus espaldas la máxima aspiración de los ciudadanos sea espiar al vecino. Pero lo cierto es que una televisión basura termina provocando una sociedad basura. A todo el mundo le gusta el jamón de pata negra pero si sólo le das hamburguesas terminarán pidiendo hamburguesas. No me gusta lo que están haciendo con mi profesión. Y no sé hasta dónde será capaz de llegar esta televisión en su lucha por la audiencia”.

Jesús Quintero sabe que no es fácil salir de este atolladero, “porque uno tiene una navaja y ellos cuarenta tanques”, pero, aún así, hay motivos para la esperanza. “Hay que volver a los artesanos, a los que comprometen su vida en lo que hacen, a los que dedican tiempo para crear y no viven en el corto plazo. Hay que volver a un nuevo Renacimiento, a un movimiento ciudadano que arrase todo esto. En Grecia la filosofía nace con la democracia, es decir, que el libro de instrucciones de la democracia es la filosofía y si esta desaparece la primera se queda en nada, se queda en un grupo de necios que buscan a los mediocres que los voten y que se empeñan en eliminar a las mentes más brillantes del país. Y contra eso hay que rebelarse”.

P.D.: Sí, todo esto lo dijo Jesús Quintero hace cuatro años, pero podría haberlo dicho ayer, ¿verdad?

 

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