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Archive for the ‘Uncategorized’ Category

Como en un diminuto bosque de ribera sobre el musgo se levantan microscópicos troncos anaranjados buscando los primeros rayos de sol. Es lo que encontré sobre la piel cobriza de la tinaja un sábado de invierno (Foto: José María Montero)

“La belleza ecológica no es el estímulo estético o la novedad sensorial. Una comprensión de los procesos de la vida subvierte a menudo esas impresiones superficiales. (…) Puede que la comunidad microbiana bajo nuestros pies sea más complejamente bella que una puesta de sol en la montaña, obvia en su grandiosidad. Puede que en la podredumbre y las capas de suciedad encontremos lo sublime viscoso. La estética ecológica es eso: la capacidad de percibir belleza en la relación sostenida y encarnada en el seno de una parte concreta de la comunidad de la vida” (Las canciones de los árboles. Un viaje por las conexiones de la naturaleza, David George Haskell).

Esta es la tinaja en cuya piel de barro crece un bosque microscópico. Lleva con la familia más de un siglo, apenas un suspiro en la escala temporal de las tinajas habitadas… (Foto: José María Montero)

La tinaja, uterina y rechoncha, acompaña a la familia desde hace más de un siglo. La cocieron en alguno de los alfares cuyas ruinas sestean junto al arroyo, en la vereda de los Huertos de la Virgen, en este rincón de la Sierra Morena cordobesa. Tiene algunas heridas, suturadas con grapas herrumbrosas, y esconde el lago oscuro que las pocas lluvias de este invierno han alimentado en su panza. Ya no almacena vino ni guarda aceite. Ni siquiera se mantiene en pie: la dejaron tumbada en el prado que se abre frente a la casa, a la vista del porche, como si ya no tuviera otra función, ni más uso, que el de servir de adorno.

Los musgos son los bosques-isla de esta campiña cocida en un viejo alfar (Foto: José María Montero).

Y es cierto que su perfil, y el ocre de las arcillas con que se modelaron sus curvas, añade un suave rasgo de humanidad, de primitiva humanidad, al paisaje, y lo hace, si cabe, más hermoso. Pero, como ocurre con tantos otros elementos que salpican este raso de Los Linares, es mucho más lo que la tinaja oculta que lo que muestra, y aunque no es fácil reparar en ese llamado –porque es susurro que el viento compone, a su capricho, cuando roza los labios de barro dormido –, su boca, abierta en mueca de asombro, pide que nos acerquemos, que nos acerquemos un poco más, que rocemos su piel, la piel habitada, la rugosa superficie cobriza en la que crece ese bosque que casi nadie conoce, la selva escondida, el microcosmos en el que la naturaleza se multiplica (y se repite, a diferentes escalas) lejos de la mirada (ciega) de los humanos, esa que no distingue la más humilde expresión de la vida.

Estos son los delicados y diminutos tulipanes que se alzan sobre las encrespadas hojas del musgo (Foto: José María Montero).

Lo que parecían irrelevantes manchas verdosas se convierten, cuando el ojo se acerca, en tupidos matorrales (gametófitos) entre los que se alzan árboles anaranjados (esporófitos) cuyas copas se encierran en cápsulas (esporangios) que atesoran las esporas del musgo. Los hay esbeltos y ordenados, como si quisieran recordarnos un bosque de ribera, y otros de líneas curvas y transparencias propias de los más delicados tulipanes. Las algas y hongos que desde hace millones de años viven en simbiosis tapizan los labios de la tinaja, líquenes abrasados por el sol mediterráneo que sobreviven como una triste capa de ceniza hasta que, milagrosamente, se hinchan al contacto con las gotas de rocío para dibujar botones y cálices de un amarillo chillón. Y este derroche de vitalidad, este despliegue de recursos cromáticos, formas extravagantes y estrategias radicales de supervivencia, se manifiesta, insisto, a espaldas de los humanos que, aunque también son piezas de este entramado, andan en otros menesteres, mirando al cielo o mirándose el ombligo, ajenos al espectáculo gratuito que las criptógamas han montado en la tinaja familiar.

Es un microscópico bosque de ribera con árboles anaranjados que brotan entre los matorrales (Foto: José María Montero).

Los que sí saben de su existencia son algunos pájaros que aprecian el amargor de los líquenes, los minúsculos artrópodos (colémbolos) que se sienten atraídos por el perfume del musgo (un reclamo sexual con el que consiguen diseminar su material genético) o las semillas de otros vegetales que aprovechan estos reductos de humedad para germinar.

Vuelve a sorprenderme, como tantas otras veces, la sincronía de la literatura y la experiencia, de lo leído y lo vivido: después de varias décadas de paciente espera la tinaja me reveló su secreto el fin de semana en el que comencé a leer Las canciones de los árboles, de David George Haskell. ¿Y cómo comienza este ensayo de botánica-poética que se ha venido conmigo desde Madrid hasta Los Linares?  Primera frase: “El musgo ha echado a volar, elevándose sobre unas alas tan finas que la luz apenas se da cuenta de la travesía”.

La luz, y la mirada, cómplices en la búsqueda de las redes, casi invisibles, de la vida.

Cuando el ojo se acerca es fácil entender que todo está conectado, que todo tiene sentido, que la individualidad sólo conduce a la extinción.

Cuando la mirada se detiene (lejos de tantas distracciones) es capaz de leer lo que jamás pensó que estaba escrito en la rústica superficie de una vieja tinaja familiar.

El musgo ha echado a volar…

Es suficiente con unas gotas de rocío para que de la ceniza nazca fuego. Los líquenes atesoran la paciencia de los hongos y la sensualidad de las algas (Foto: José María Montero)

“Y esta nuestra vida retirada del bullicio público/ descubre idiomas en los árboles, libros en los arroyos, / sermones en las piedras y el bien en todas las cosas” (Como gustéis, William Shakespeare).

PD: Hace tiempo que dejé en el cajón mi Canon G8 convencido de que la mejor cámara de fotos es la que siempre llevas en el bolsillo. El microcosmos de esta tinaja lo retraté con mi móvil, un Samsung S8+, sin accesorios, a pulso. Claro que, dos días después, cautivado por estas imágenes, ya me había comprado un sencillo macro para adaptárselo al teléfono…

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Escalas, luces, sombras y una figura que se recorta, decidida, sobre una línea de fuga. Algo así recuerdo de aquella tarde…

Uno de los grandes dones de la vida es que al nacer todos hablamos con fluidez una segunda lengua. Este idioma, la música, es patrimonio de todos; un fenómeno capaz de salvar vidas, de darles mayor intensidad, algo de una hondura asombrosa. Todo lo anterior cobra una fuerza aún mayor porque se trata de algo completamente inexplicable, tan inaprensible mediante la razón y la lógica como impregnado de una sensación de consuelo, de milagroso”  (Fugas, James Rhodes)

El auditorio está vacío. Las luces apagadas a excepción de un foco que ilumina las teclas de un soberbio Steinway & Sons. Hay figuras que, en silencio, se mueven sigilosas entre las butacas, otras que susurran a pie de escenario. El afinador elogia el sonido del piano y una mujer, recortada en la oscuridad, mira a la luz, asiente y sonríe.

Debe ser la liturgia habitual pero para quien no está acostumbrado a esa rutina todo, hasta el más mínimo detalle, obedece a un orden desconocido que nos va conduciendo al momento en el que, de manera casi imperceptible, el intérprete llega, se sienta y hace que despierten los primeros sonidos. Quizá en ese instante recuerda el guiño a Mozskowski de la pasada noche y por eso hace que vuele sólo su mano izquierda. Su mano izquierda vuela. Se agita el aire contenido en la cola del Steinway. Vibra todo el auditorio (vacío) y la mujer, recortada en la oscuridad, también vibra.

Tal y como James lo describe en “Fugas” este es el momento en el que todo adquiere un cierto sentido…

Llegó el día, llegó la hora, llegó James Rhodes.

Creo ser el único que, en ese preludio, no tiene otra ocupación que escuchar y disfrutar. La mujer que vibra -recortada en la oscuridad- me ha regalado el privilegio de asistir a los ensayos, zascandilear por el escenario, saludar a James Rhodes y compartir ese clima íntimo que el intérprete crea (casi) en soledad, antes de que llegue el público.

Soy un observador pudoroso. Soy un oyente asombrado.

“La música apela a las dos partes de nuestra naturaleza: es esencialmente emocional y esencialmente intelectual. A menudo, cuando escuchamos música, somos conscientes de ambas: nos conmovemos hasta lo más hondo al tiempo que apreciamos la estructura formal de la composición”  (Musicofilia. Relatos de la música y el cerebro, Oliver Sacks)

La intensidad del momento, la emoción que termina por invadirme hasta dejarme mudo e inmóvil (para no agitar ni siquiera el aire que compartimos), encuentra algunos motivos que la explican pero, sobre todo, se pierde, y se distrae (feliz), en lo inexplicable. La música, la belleza y la amistad habitan ese territorio al que la razón no alcanza: por mucho que observemos una partitura, un rostro o la sonrisa de quien nos ha conducido a este espacio luminoso, por mucho que todos esos elementos obedezcan a un patrón, tengan un orden interno o se acomoden al dictado de las matemáticas o la geometría, incluso admitiendo que sean (en realidad) fugas en las que el contrapunto teje todas las voces dotándolas de sentido, incluso mirándola desde esa perspectiva tan musical, la combinación de todos esos elementos resulta (casi) indescriptible, del todo inexplicable y absolutamente irreproducible. Son ahora, ocurren ahora, en este justo instante, y jamás volverán a ser ni a coincidir, así es que debo fijarlos de alguna manera para que la memoria (como está haciendo hoy, más de dos meses después) sea capaz de retener esta fuga para evocarla en todos sus detalles, para recordarla con cierta (o ninguna, vaya usted a saber…) fidelidad.

James Rhodes no es un virtuoso del piano (ni falta que hace) pero tiene la virtud de borrar con un gesto distraído todo el clasicismo con el que algunos nos quieren alejar de la música clásica. James Rhodes habla, con una inesperada dulzura (sí, los tacos también aparecen de manera aterciopelada), de nuestra complejidad y nuestra fragilidad, del amor y del horror, de la violencia y la poesía, de la rabia y el humor, de la mesura y las pasiones, de la memoria y el olvido.

Cuando conoces sus tormentos aún te sorprende más su amabilidad, o quizá es que entendió que, en ocasiones, al menos en el sur, la única certeza de que algo está ocurriendo es el contacto. La emoción, y el respeto, piden (cálida) proximidad.

James Rhodes pone luz en la oscuridad y luego se sienta al piano y no, no es un virtuoso pero nos toca el corazón (Orfeo y Eurídice, Gluck) y nos hace felices. Y luego vienen los preludios y las fugas. Más fugas. Y Bach. Y Rachmaninoff. Y no, en sus interpretaciones no hay una maestría sublime (ni falta que hace): lo que se escucha, lo que apreciamos en silencio y en penumbra, es el atrevimiento y la determinación del discípulo fascinado, la del alumno -rebelde- poseído por la música, la del niño que escapa del infierno, la del pianista, sincero y frágil, que se entrega a una melodía -antigua- como quien se entrega a un primer amante (sin precauciones, sin mandamientos).

P.D: Y todo esto ocurre, ocurrió, una tarde de otoño en Madrid, gracias a Pilar, a su vibrante ingenio, a su infinita generosidad, a su vitalidad, a su esfuerzo y, sobre todo, al cariño (sin red, sin límites, sin cautelas) que pone en todo lo que hace.

Así nació DAM, y hoy, casi dos meses después, estoy (aún más) convencido de que lo que nació seguirá creciendo (no-expectations) para que en la más negra oscuridad siempre nos consuele un poco de luz. Gracias (one-more-time).

“La vida es caótica e imperfecta, y en esa imperfección caótica hay una fragilidad y una humanidad que resultan preciosas, buenas y profundamente reparadoras. Al igual que pasa con la música, esa fragilidad nos une a todos del modo más consolador” (Fugas, James Rhodes)

Melodía de Orfeo (Christoph Willibald Ritter von Gluck, transcripción de Giovanni Sgambati). James Rhodes al piano en el Hay Festival (Manchester, 28 de mayo de 2017).

 

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Una erupción como la de 1963 podría lanzar rocas hasta una altura de ocho kilómetros y gases hasta los 10.000 metros.

En 1963, la erupción explosiva del volcán Gunung Agung causó la muerte de más de mil quinientas personas, una tragedia que las autoridades de Bali tratan de evitar estos días evacuando las poblaciones más cercanas y limitando el tráfico aéreo en la zona. El gigante (3.400 metros de altura) despertó de su letargo el pasado verano y los especialistas temen que en cualquier momento esta isla del archipiélago indonesio, situada en el denominado Cinturón de Fuego del Pacífico, sufra las consecuencias de una nueva serie de erupciones catastróficas. Los efectos de la erupción de 1963 sirvieron para demostrar, por vez primera con argumentos científicos, la relación que existe entre este tipo de sucesos y determinadas alteraciones en el clima. 

Los volcanes, en definitiva, siguen manifestando la potencia destructora que puede desarrollar la naturaleza, sin que exista tecnología capaz de evitarla ni contenerla. Una fuerza que, de acuerdo a los trabajos de algunos investigadores, ha sido capaz de cambiar el curso de la historia.

Dos geólogos norteamericanos, Michael Rampino y Stephen Self, apuntaron en 1992 la posibilidad de que una erupción volcánica de enormes proporciones fuera la causante de una anomalía en la evolución del género humano. La catástrofe que pudo afectar a nuestros ancestros se produjo hace unos 74.000 años cuando el volcán Toba, situado en la isla indonesia de Sumatra, explotó con una violencia que hoy es difícil de imaginar, arrojando a la atmósfera unos 800 kilómetros cúbicos de cenizas mezcladas con otros 2.000 kilómetros cúbicos de diversos materiales. La erupción, calificada de magnitud 8 (o “mega-colosal” en el argot de los vulcanólogos), puede considerarse la mayor de las registradas en los últimos 25 millones de años.

Las cenizas alcanzaron las capas más altas de la atmósfera y se extendieron por todo el planeta. Algunos autores consideran que la columna de humo volcánico pudo alcanzar los 40 kilómetros de altura, y lo cierto es que se han encontrado estratos con importantes capas de cenizas, procedentes del Toba, en diferentes emplazamientos de India y China situados a miles de kilómetros de distancia del volcán.

La erupción del Agung en 1963 sirvió para verificar que determinadas alteraciones climáticas pueden ser debidas a erupciones volcánicas.

El escudo de cenizas que se instaló en la atmósfera filtró la radiación solar hasta originar un acusado descenso en la temperatura media del planeta (descenso evaluado en unos 3 grados centígrados), lo que provocó un invierno volcánico global que pudo extenderse a lo largo de unos seis o siete años. En las regiones templadas, señalaron Rampino y Self, la temperatura media pudo llegar a descender unos 15 grados centígrados, lo que provocó una brusca alteración en las condiciones ambientales. Al margen de esos seis o siete años donde el impacto climático de la erupción del Toba pudo ser extremo, también se sospecha que las alteraciones atmosféricas causadas por el volcán provocaron una etapa de frío intenso que se prolongó durante unos 1800 años y que afectó al conjunto de la biodiversidad terrestre.

Un antropólogo también norteamericano, Stanley H. Ambrose, combinó toda esta información con algunas evidencias obtenidas a partir de estudios genéticos en los que se señalaban ciertos “cuellos de botella” en la historia evolutiva de las poblaciones humanas, es decir, momentos en los que se manifestaron reducciones drásticas en el número de individuos. Y una de estas reducciones coincidía, precisamente, con la época en la que el Toba originó un invierno volcánico global. A juicio de Ambrose, la catástrofe colocó casi al borde de la extinción a las diferentes especies de humanos (homo sapiens y neardentales) que entonces poblaban el planeta, de manera que sólo habrían sobrevivido las poblaciones de homo sapiens que vivían en las zonas ecuatoriales.

Ambrose llegó a considerar que este fenómeno también influyó de manera decisiva en la diferenciación humana. El invierno volcánico, argumentó, terminó provocando el aislamiento de unas pocas poblaciones humanas que tuvieron que adaptarse a las condiciones de cada emplazamiento, lo que explicaría, según este antropólogo, la escasa diversidad genética de nuestra especie y, sin embargo, los diferentes caracteres físicos que se manifiestan en las numerosas etnias. Como el propio Ambrose explica: “Cuando la diáspora de los humanos modernos africanos pasó a través del prisma del invierno volcánico del Toba, apareció un arco iris de diferencias”.

Las teorías de Rampino, Self y Ambrose han sido muy discutidas y hoy no se sabe a ciencia cierta cuál fue el verdadero impacto que la monumental erupción del Toba tuvo en las poblaciones humanas de hace 74.000 años. Incluso se discute la intensidad del invierno global originado por el escudo de cenizas que se instaló en la atmósfera, ya que algunos científicos chinos, como Meng-Yang Lee, han demostrado, estudiando los restos de otras mega-erupciones ocurridas hace miles de años, que si bien el bloqueo de las radiaciones solares origina un enfriamiento del clima éste no causa alteraciones a largo plazo y mucho menos origina una glaciación. En el caso del Toba, señalan estas investigaciones, el clima del planeta ya se deslizaba hacia una etapa más fría y la erupción sencillamente aceleró este tránsito.

Un año sin verano

Aunque el ejemplo del Toba es una referencia habitual a la hora de conectar las erupciones volcánicas con ciertas alteraciones climáticas, no es necesario remontarse a sucesos que ocurrieron hace miles de años para certificar esta conexión.

Aunque modifiquemos la escala de nuestro calendario de nuevo tendremos que situarnos en Indonesia, en una pequeña isla llamada Sumbawa donde se ubica el volcán Tambora, protagonista de otra de esas erupciones colosales. En este caso la gran explosión se produjo en los primeros días del mes de abril de 1815, aunque la actividad volcánica se prolongó hasta finales de agosto de ese mismo año, arrojando a la atmósfera unos 30 kilómetros cúbicos de cenizas y otros materiales. La erupción provocó un tsunami que barrió zonas litorales situadas a casi 2.000 kilómetros de distancia, provocando la muerte de más de 80.000 personas. Los vulcanólogos consideran que éste es el mayor cataclismo volcánico de los últimos diez mil años.

Columna de vapor de agua y cenizas durante la erupción del volcán Grimsvötn (Islandia, noviembre 2004).

En su libro El hombre y el clima el físico francés Jacques Labeyrie se atreve a calcular el volumen de cenizas que el Tambora arrojó a la atmósfera: “Es lógico pensar que se hayan inyectado, por encima de los 15 kilómetros de altura, por lo menos 150 millones de toneladas de estas partículas de polvo muy finas. Su dimensión de pocos micrones no les permitió durante varios años caer al nivel del mar”. De acuerdo a los vientos predominantes en las capas altas de la atmósfera y a su diferente orientación e intensidad según las distintas latitudes, Labeyrie explica cómo las cenizas del Tambora terminaron por cubrir todo el planeta y por eso se han encontrado estratos con cenizas procedentes de esta erupción en Groenlandia o en las mesetas heladas de la Antártida.

Pero lo cierto es que a comienzos del siglo XIX nadie se preocupaba por la influencia que una erupción volcánica, localizada en una remota isla del sudeste asiático, pudiera tener en el clima. La conexión entre ambas circunstancias ya había sido esbozada por Benjamin Franklin a finales del siglo XVIII, pero no se demostró como cierta, con las correspondientes evidencias científicas, hasta que en 1963 se estudiaron, precisamente, los efectos de la erupción del volcán Gunung Agung en la isla de Bali.

Sin embargo, y aunque entonces no pudiera establecerse esta relación, la erupción del Tambora provocó una serie de anomalías climáticas bien documentadas que dieron lugar, en 1816, a lo que los historiadores del clima denominan “el año sin verano”.

En un extenso artículo, publicado en la Revista del Aficionado a la Meteorología, la historiadora Carmen Gozalo de Andrés detalla las particulares condiciones ambientales que se registraron en diferentes puntos de Europa durante aquel año atípico. “La ciencia meteorológica de aquel momento”, explica, “no relacionó el continuo velo de polvo atmosférico, ni los deslumbrantes crepúsculos, con la erupción del volcán Tambora, cuya existencia probablemente desconocía. Se contemplaba con estupor el comportamiento del extraño verano que había retrasado las vendimias del sur de Francia hasta los últimos días de octubre y las de la cuenca del Rhin hasta principios de noviembre. En Paris se registraban en el mes de julio temperaturas medias inferiores en 3,5 grados a las normales de aquel mes, y en agosto estos valores eran casi tres grados más bajos”.

Ya que no existen registros meteorológicos que lo puedan certificar, en España se ha recurrido al estudio de fuentes indirectas para comprobar si efectivamente aquel verano también fue anómalo. Los libros de tazmías, donde se anotaban los diezmos que, procedentes de la agricultura y la ganadería, los feligreses entregaban a sus parroquias, son un excelente indicador de la producción agropecuaria y de cómo ésta se veía mermada por circunstancias meteorológicas adversas. “Hecho un estudio comparativo entre las tazmías de los años 1815, 1816 y 1817 en cuarenta localidades cántabras”, detalla Gozalo de Andrés, “se puede asegurar, sin ninguna duda, que Cantabria no disfrutó en 1816 de su habitual verano confortable. Mucho frío, poco sol y excesivas lluvias contribuyeron a reducir las cosechas a cotas de miseria y retrasar su recolección hasta noviembre, ya bien entrado el otoño”.

Un volcán revolucionario

Las repercusiones sociales y políticas de estas anomalías en la producción agroganadera ya se habían estudiado en otros países de Europa, y en algunos casos aparecen también vinculadas a circunstancias climáticas inducidas por erupciones volcánicas.

No muy lejos del volcán Eyjafjall, que en la primavera de 2010 colapsó el tráfico aéreo de toda Europa, se encuentra el Laki, también en suelo islandés, cuya erupción de 1783-84 lanzó a la atmósfera más de diez millones de toneladas de dióxido de azufre que terminaron convirtiéndose en ácido sulfhídrico, un agente muy tóxico que provocó daños gravísimos en la agricultura y la ganadería. Las cenizas expulsadas cubrieron una superficie de más de 8.000 kilómetros cuadrados, y el invierno, como ocurriría poco después con el Tambora, registró unas temperaturas medias más bajas de lo normal. Este cóctel de circunstancias, achacables a la erupción del Laki, provocaron una hambruna que se extendió por gran parte del continente, hambruna que algunos autores consideran el detonante de la Revolución Francesa.

En épocas más recientes se han registrado erupciones de gran calibre cuyo efecto climático ha podido analizarse con mucha más precisión. Los dos ejemplos que suelen citarse son el del Chichón (México, 1982) y el del Pinatubo (Filipinas, 1991). La erupción de este último, situado en la isla de Luzón, lanzó gran cantidad de cenizas a la estratosfera, de manera que terminaron por distribuirse por todo el planeta permaneciendo, las de menor calibre, más de un año sin caer a tierra. Las cenizas llegaron a depositarse a cerca de 2.500 kilómetros de distancia del volcán. En este caso los científicos pudieron determinar el impacto climático de la erupción: la temperatura media del planeta disminuyó en 0,5 grados centígrados. En cierto modo la erupción frenó el calentamiento global, pero, al mismo tiempo, los gases expulsados a las capas altas de la atmósfera aceleraron la destrucción del ozono estratosférico.

Erupción del volcán Colima (México) con la que Sergio Tapiro ha recibido el premio al Mejor Fotógrafo de Viajes 2017 de National Geographic.

La erupción del Pinatubo se combinó, además, con una duración más larga de lo habitual en el fenómeno de El Niño, un calentamiento periódico de las aguas del Pacífico, de manera que los climatólogos certificaron, en 1992 y en diferentes partes del mundo, un invierno excesivamente cálido y un verano con temperaturas demasiado frías.

Estos son ejemplos excepcionales porque lo cierto es que, a corto plazo, no es fácil determinar la influencia de los volcanes en el clima, ya que habría que analizar otras muchas variables (desde la evolución de las capas de nubes hasta la acumulación de nieve en los casquetes polares) y, sobre todo, no se dispone de un registro completo y fiable de la actividad volcánica en todo el planeta. Sólo a lo largo del siglo XX se estima que el número de erupciones volcánicas pudo superar las 3.600, y muchas de ellas pasaron inadvertidas para los científicos.

La naturaleza del material expulsado durante una erupción, explica el meteorólogo Luis Carlos Baldicero, también dificulta identificar sus efectos climáticos. “Cuando se compone de poco dióxido de azufre y muchas partículas, las consecuencias probablemente no se extiendan más allá de seis meses, mientras que si hay abundante dióxido de azufre las repercusiones sobre el clima pueden durar más de dos años. Y otra variable importante es la dirección de los vientos”. Demasiadas circunstancias para poder determinar el impacto climático real de cada una de las erupciones que se producen en el planeta.

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Fragmento de la conferencia “El círculo de la voluntad” que dicté en el acto de entrega de los Premios de Comunicación Flacema (Sevilla, 26 de octubre de 2017).  

Para salir airosos de la encrucijada a la que nos conduce el debate en torno a la Economía Circular, y hablando de la cooperación como herramienta decisiva, resulta imprescindible el concurso de los medios de comunicación generalistas, el trabajo de los periodistas que deben, que debemos, trasladar a públicos heterogénos y no especializados la complejidad de estas cuestiones que nos enfrentan a nuestra propia supervivencia. Vivimos prisioneros de los sucesos, que nos entretienen, captan la atención y encienden el debate, pero que difícilmente generan conocimiento. Esta, la información ambiental, es una información de procesos en la que hay que señalar causas, consecuencias, actores, soluciones…, y la atención a todos estos elementos requiere tiempo y conocimiento, reposo y mirada democrática. Los problemas ambientales se llevan muy mal con el periodismo urgente, plagado de inexactitudes y ruido (con frecuencia interesado).

Tampoco conviene caer en la trampa de sentirse más cerca de nuestras fuentes que de nuestros receptores. Cuando un periodista se pone a escribir sólo puede militar en el periodismo. No somos ecologistas, ni somos portavoces de la industria, ni nos alineamos con la Administración… por muy loables que sean sus argumentos: únicamente nos debemos a nuestros receptores. Si nos identificamos con nuestras fuentes hasta el extremo de confundirnos con ellas es fácil que caigamos en un periodismo reduccionista, ese que se asoma a una realidad complejísima y la simplifica hasta obtener un tranquilizador (o inquietante) escenario de buenos y malos, un paisaje de negros y blancos del que han desaparecido los infinitos matices en los que  buscar una explicación, una solución. El periodismo no debe perseguir adhesiones sino argumentos.

¿Qué quieren nuestros receptores? Que les ayudemos a entender la complejidad del mundo que les rodea sin hurtarles ninguno de los elementos que lo componen, incluidas incertidumbres, contradicciones y zonas oscuras. Por eso un periodista, el verdadero periodista ambiental,  necesita una mirada abierta, democrática y conciliadora. Es más importante entender que juzgar, pero es más fácil juzgar que entender. Y no es que los juicios sean malos per se, es que un buen juicio necesita comprensión, interpretación, argumentos, tiempo… Pero un escenario periodístico frenético, entregado a la urgencia del suceso, la denuncia o la exclusiva, se alimenta no de juicios sino de prejuicios (que son fáciles y rápidos, pero que con frecuencia traicionan el verdadero conocimiento de un problema y la búsqueda cooperativa de soluciones).

Insisto: nuestros receptores no quieren, ni merecen, juicios (y menos prejuicios), ni sentencias y condenas rápidas, inapelables, ni siquiera manuales sobre lo que deben o no deben hacer.  En el periodismo en general (y en el ambiental en particular) necesitamos más creatividad que reactividad. Necesitamos una mirada plural, formada, reposada y conciliadora. Y aunque esta es, sobre todo, una responsabilidad nuestra, de los propios periodistas, no lo es menos de cierta clase política, esa que aplaude al peor periodismo, y de algunas fuentes cualificadas (industria, ecologistas, científicos…) que a veces prefieren comportarse como enemigos y no como aliados de los medios de comunicación, sobre todo en cuestiones de tan evidente calado social como es el modelo de desarrollo con el que podemos escapar del desastre.

Abrir espacios como este, donde diferentes voces pueden entablar un diálogo reposado, plural y en libertad, en torno a problemas ambientales complejos, es lo que más necesitamos. Insisto: quizá con más urgencia que leyes o inversiones. Dice mi amiga María Novo, catedrática de Educación Ambiental, y dice bien, que en torno a algunas cuestiones ambientales hemos generado mucho más conocimiento que relaciones, y que, quizá, hay que insistir en las relaciones para poder salir de esta crisis que amenaza nuestra propia supervivencia. Y Einstein aseguraba que en momentos de crisis es más importante la imaginación que el conocimiento. Necesitamos más relaciones, más imaginación, más creatividad, más diálogo, más cooperación, más transparencia, más serenidad… Necesitamos inversiones y tecnología, claro que sí, pero sobre todo necesitamos herramientas intangibles y gratuitas que sólo precisan de nuestra voluntad, la de todos.

 

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Nos enfrentamos a una nueva extinción (masiva) de especies. Ya no hay duda, o, dicho de otra manera, las evidencias científicas son tan sólidas que no cabe moderar la gravedad de la noticia con el consuelo de la incertidumbre. La última extinción de este calibre, la quinta en el particular cómputo que manejan los científicos, tuvo lugar hace 65 millones de años y fue la que hizo desaparecer a los dinosaurios. La sexta extinción ya está en marcha, y las pruebas más recientes (reunidas por Ceballos, Ehrlich y Dirzo, tres investigadores que llevan tiempo estudiando este fenómeno) se publicaron el pasado mes de julio en la prestigiosa revista norteamericana Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS). Después de analizar con detalle el estado de conservación de 177 especies de mamíferos repartidas por todo el mundo, los autores de este trabajo concluyeron que “todas han perdido un 30% o más de su distribución geográfica, y más del 40% de estas especies han experimentado una grave disminución de sus poblaciones”.

Esta anomalía, particularmente intensa en las zonas tropicales, es mucho más grave de lo que se percibe, porque va más allá de la desaparición de individuos o especies. Reducir la diversidad biológica también implica la pérdida de los servicios ambientales que nos prestan los ecosistemas, beneficios casi invisibles pero cruciales como es el caso de la polinización que llevan a cabo las abejas, la formación de suelo fértil o la purificación del aire o el agua. Procesos en los que actúan esos múltiples elementos que componen el complejo puzle de la vida.

En resumen, como advierten estos investigadores, se trata de una verdadera “aniquilación biológica” que tendrá graves consecuencias ecológicas, sociales y económicas. Y no hablamos de un impacto localizado, sino de una ola que recorre el planeta sin freno y sin distinguir fronteras.

Estos son los verdaderos problemas en los que deberíamos concentrar nuestra atención y nuestro esfuerzo, porque lo que está en juego es la propia supervivencia de la especie humana. Nos enfrentamos a riesgos, llamados existenciales, que amenazan con barrer del mapa a la humanidad”, explica Anders Sandberg, investigador del Instituto para el Futuro de la Humanidad (Universidad de Oxford). Y detalla: “No se trata solo de los riesgos de grandes desastres, sino de desastres que podrían acabar con la historia”. Las evidencias de esta amenaza son tan contundentes que hace menos de un año la comunidad científica comenzó a considerar que también hemos cruzado el umbral de una nueva era geológica, el Antropoceno, donde el hombre se convierte en el gran protagonista a cuenta de su inquietante capacidad para alterar las condiciones naturales a escala planetaria. Pero, ¿cuándo comenzó el Antropoceno? La fecha y el acontecimiento que proponen los geólogos no deja lugar a dudas: 1950, cuando se multiplicaron las pruebas nucleares en diferentes territorios hasta diseminar isótopos radiactivos por todo el planeta. Esa será la marca, indeleble, que identificará esta nueva era… si es que alguien nos sobrevive para describirla.

[ Este es un fragmento del artículo que acabo de publicar en la revista Mercurio: Devorando el planeta ]

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Bajo gruesas capas de papel y desmemoria descubro una joya sepultada, resucita un recuerdo olvidado, reconstruyo un trocito minúsculo de mi pasado que nunca llegó a destruirse pero que parecía condenado al olvido.

 

No es que uno no tenga memoria, o que quiera olvidar de manera intencionada (¿se puede conseguir algo así?), pero a partir de cierta edad, y con nada que la vida haya sido vivida (aunque parezca una perogrullada no todo el mundo lo consigue), vamos acumulando tal cantidad de recuerdos que finalmente, y como ocurre con los grandes archivos, unos documentos entierran a otros y es fácil perderle la pista a aquella jornada maravillosa, a aquel día funesto, a la imagen de una noche que jamás se repetiría, a los sonidos de un viaje, a los ojos que juramos no olvidar, a las palabras de un amigo…

Todos los veranos cumplo con el ritual de bajar a mi estudio y ponerlo patas arriba. Tiro toneladas de papeles innecesarios, ordeno libros, recoloco los recuerdos que se han ido acumulando en las estanterías y dedico más tiempo del que debería a espulgar mi mastodóntico archivo de consulta (casi 80 cajas de cartón, numeradas, en las que guardo, desde 1981, docenas de sobres con documentación variopinta). Cada verano abro unas cuantas cajas y decido lo que aún merece ser conservado (por puro romanticismo o por razonable utilidad). Y a veces, pocas veces, en mitad de ese estimulante aquelarre se produce un milagro: bajo gruesas capas de papel y desmemoria descubro una joya sepultada, resucita un recuerdo olvidado, recupero algo importante que creía perdido, reconstruyo, en definitiva, un trocito minúsculo de mi pasado que nunca llegó a destruirse pero que parecía condenado al olvido.

A veces basta con abrir un viejo sobre para que de golpe, y aún sin haber examinado su contenido, nos sorprenda el inconfundible aroma de las emociones extraviadas, las que dormían entre dragonas, linces, delfines y… un punto rojo.

Lo de menos es el objeto (una foto, una carta, una agenda, un dibujo…), lo realmente valioso de estos hallazgos inesperados son los sentimientos, las emociones que quedaron prendidas en esos materiales neutros y los iluminaron durante ese momento que el azar ha prolongado más allá, mucho más allá, del tiempo que les estaba reservado. A veces basta con abrir un viejo sobre para que de golpe, y aún sin haber examinado su contenido, nos sorprenda el inconfundible aroma de las emociones extraviadas, las que, en ese mismo instante, se reproducen (cinco, diez, veinte años después…) con la misma intensidad con las que nacieron aquel día, el lejano día en el que impregnaron  una foto, una carta, una agenda o un dibujo.  Y entonces vuelven también los sonidos y el tacto, el sabor y las imágenes. El cinemascope de la memoria, cuando se pone en marcha, es insuperable.

Son capsulas del tiempo en las que congelamos, sin querer, un pequeño episodio de nuestra vida. Sencillos módulos de hibernación en los que (como en una odisea espacial) el pasado sobrevive para alcanzar el futuro sin arrugarse. Delicadas arcas emocionales que profana un sorprendido arqueólogo para descubrirse a sí mismo.

En la excavación de este verano he encontrado valiosos tesoros, algunos íntimos y otros públicos. De los primeros sólo puedo decir que han mantenido su belleza original a pesar de los años y las tormentas, pero sí que hablaré algo más de los segundos.

Fiesta de las Dunas, 12 de mayo de 1984 (Pinares de San Antón. El Puerto de Santa María, Cádiz). El que toma notas soy yo, acompañado de Salvador González (Grupo Ecologista Guadalete) y Tomás Azcárate (futuro presidente de la Agencia de Medio Ambiente). Detrás mía está Lourdes Lucio. La fotógrafa ocasional fue Isabel Pedrote.

 

El que, en riguroso blanco y negro, está sentado tomando notas soy yo. Tenía entonces 20 años y participaba, sin saberlo, en uno de esos momentos reservados a la construcción de las grandes historias, las que nacen de manera informal e intrascendente y conforme pasa el tiempo se van tiñendo de oportunidad y valor. La foto me la hizo mi amiga y periodista Isabel Pedrote que, junto a la también amiga y periodista Lourdes Lucio, me acompañaron en un viaje en el que hubo muchas más risas que trabajo (solía ser así en aquellos años). Extravié la foto, las fotos, de aquella jornada campestre y este verano, gracias a mi aquelarre de semisótano, las he recuperado y con ellas la luz de aquellos días.

Estoy sentado en una de las rústicas mesas de madera que salpicaban el pinar de San Antón, el oasis verde al que nos había convocado mi amigo Juan Clavero, activista infatigable que por aquel entonces lideraba el grupo ecologista Guadalete. La Fiesta de las Dunas se llamaba el encuentro que, en mayo de 1984, sirvió para que un grupo variopinto de personas comprometidas en la conservación de la naturaleza andaluza nos reuniéramos, sin cautelas ni orden del día, para seguir inventando lo que a veces parecía imposible y otras se adivinaba como una de esas pocas utopías que se le cuelan al Sistema y que, milagrosamente, terminan por hacerse realidad.

En torno a la mesa, y de izquierda a derecha, Saturnino Moreno, Fernando Molina, Jesús Vozmediano, Tomás Azcárate y Anastasio Senra. A Chelo Atencia, hablando con su hijo en primer plano, apenas se le ve (pero allí estaba). Fiesta de las Dunas, 12 de mayo de 1984 (Pinares de San Antón, El Puerto de Santa María, Cádiz). Foto: José María Montero.

 

 

En las fotos de aquel encuentro reconozco a algunos de los pioneros del movimiento ecologista andaluz como el propio Clavero junto a Salvador González (Guadalete, Cádiz), Anastasio Senra y Jesús Vozmediano (Andalus, Sevilla), Chelo Atencia y Saturnino Moreno (Silvema, Málaga). También están Tomás Azcárate, director general de Medio Ambiente y futuro presidente de la Agencia de Medio Ambiente (AMA) de la Junta de Andalucía, y Fernando Molina, jefe del Servicio de Espacios Naturales en esos mismos organismos.

Hoy resultaría extraño (por no escribir que resulta del todo inconcebible) ver sentados en una misma mesa a políticos, técnicos y ecologistas, sin cautelas ni orden del día, buscando la mejor manera de hacer posible una utopía, compartiendo compromisos sin renunciar cada uno a su papel y a su perspectiva, buscando soluciones imaginativas a problemas complejos. Tristemente inconcebible, sí, pero lo que hoy resultaría del todo imposible es que a esa misma mesa, sin que nadie tomara precauciones, se sentara, además, un periodista, y que todos coincidieran, coincidiéramos, en la necesidad de contar, de trasladar al resto de los ciudadanos, de una manera rigurosa pero asequible, con un discurso firme pero cercano, lo que estaba ocurriendo, lo que iba a ocurrir, lo que queríamos que ocurriera.

Todo estaba por estrenar, y esa es la emoción que impregna estas fotos, la que ha vuelto a aflorar ahora. Todo era nuevo, y esa novedad, y el atrevimiento con el que nos enfrentábamos a ella, eran condiciones extraordinarias de las que guardo profunda nostalgia. Y también siento orgullo, ese pellizco en el ego que uno experimenta al comprobar (lo dicen las fotos, aunque me cueste creerlo porque me resisto, como todos, al paso del tiempo) que estaba allí, que participé en aquella aventura y que lo hice en la mejor compañía. Orgulloso de seguir teniendo como amigos a muchos de aquellos pioneros, y también triste por haber perdido en el camino a algunos (Anastasio Senra, Carlos Segovia, Fernando Molina) con los que tantas coincidencias celebré. Y también me siento indignado, muy indignado, porque algunos de aquellos miserables a los que fuimos capaces de plantar cara hace más de 30 años siguen empeñados en destruir nuestro patrimonio común ensuciando el nombre de Juan Clavero, un hombre honesto, sensato y valiente.

Quizá con el paso de los años nuestra mirada se vuelve más indulgente con los hechos del pasado y más crítica con los del presente, pero, aún admitiendo esta ilusión óptica, sigo considerando que en aquellos años el índice de mediocridad era muy inferior al que hoy padecemos en la política, la Administración y el periodismo (por citar sólo tres escenarios). Por eso no estoy seguro de que hoy pudiéramos llevar a cabo la mayoría de las iniciativas que nacieron de aquella atípica alianza sin que unos y otros, o todos a la vez, nos mandaran a callar, nos encorsetaran en algún laberinto burocrático o, como padecieron algunos de esos pioneros (y no es una metáfora), nos apedrearan sin pudor alguno (aunque ahora lo hicieran en las redes sociales, que es menos peligroso y mucho más cobarde).

Ya veis que una simple foto esconde mucho más que lo que muestra. Aunque son el espejo de un pequeño instante congelado hoy, al volverlas a mirar, me han contado todas las historias que comenzaron a tejerse un mediodía de mayo, en un pinar gaditano, hace más de treinta años.

PD: Los tesoros íntimos también hablan, pero lo hacen al oído…

 

 

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