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Archive for the ‘Viajes’ Category

¿Dónde estará este canuto del Parque Natural de Los Alcornocales? Habrá que preguntarle a Peter Manschot, que hizo la foto, aunque no estoy muy seguro de que quiera revelarnos la ubicación exacta de este bosque secreto…

¿Se os ocurre mejor estación que la primavera para internarse en alguno de los bosques secretos de Andalucía? Al margen de los circuitos habituales, y las rutas más trilladas, el monte andaluz esconde espacios singulares que raramente encontraréis en una guía turística al uso. Quizá no debería revelarlos, para que siguieran siendo el secreto de unos cuantos enamorados (cada vez más, también es verdad), pero no puedo resistir la tentación de compartir la fascinación por un grupo de pequeñas arboledas en donde lo inusual dibuja paisajes de gran belleza.

  • Canuto del Montero (Alcalá de los Gazules, Cádiz). Sobre una superficie de algo menos de 400 hectáreas crece uno de los bosques de niebla más interesantes de la región. Este tipo de formaciones, conocidas popularmente como canutos, registran un particular microclima húmedo y cálido, motivo por el que en ellas encontraron refugio, hace más de 50 millones de años, un nutrido grupo de especies vegetales que entonces proliferaban merced al ambiente casi tropical que dominaba el continente. En este caso, siguiendo el curso del río Montero, crece una tupida arboleda de quejigos que, buscando la luz en la espesura, se levantan por encima de los 20 metros y que suelen estar tapizados de musgo y cubiertos de hiedras. No menos espectaculares son las tallas que alcanzan los alcornoques, alisos, avellanillos, laureles o madroños.
  • Acebuchar de las Machorras (Jerez de la Frontera, Cádiz). Machorra es el término que en esta comarca se asigna a un bosquete aislado de otro y que presenta una espesura importante. Estas machorras jerezanas están compuestas por acebuches, el antepasado de los olivos que hoy cultivamos, su variedad silvestre. Con frecuencia esta especie se presenta como arbusto por lo que, a pesar de su longevidad, no es fácil contemplarla con el porte de un árbol. Los acebuches que crecen en las 74 hectáreas de este enclave, centenarios sin duda, alcanzan perímetros de más de 4 metros y alturas que rondan los 13 metros.
  • Secuoyas de La Losa (Huéscar, Granada). En la segunda mitad del siglo XIX el duque de Wellington regaló al marqués de Corvera algunos ejemplares de secuoyas, procedentes de norteamérica, para la ornamentación del cortijo de La Losa. Hoy medio centenar de estos imponentes árboles se alzan muy por encima de los pinos laricios que los acompañan.
    Aunque no alcanzan el centenar de metros que llegan a medir en sus lugares de origen, estas secuoyas granadinas superan los 50 metros de altura. Arboledas de la misma especie crecen en otros enclaves de la provincia de Granada, como el barranco de los Tejos (Aldeire) o el vivero del Posterillo (Jérez del Marquesado).
  • Fresneda del río Cuzna (Obejo, Córdoba). Los bosques de ribera, que antaño adornaban la mayor parte de los cauces andaluces, han sufrido, como pocas formaciones vegetales, un implacable proceso de exterminio. Por este motivo, la extensa fresneda del río Cuzna, que abarca más de 100 hectáreas, compone un paisaje que cada vez es más difícil de contemplar. Los fresnos están aquí acompañados de tamujos y adelfas, y si se quiere disfrutar de una buena panorámica de esta arboleda lo mejor es acercarse a la atalaya que brinda el puente de la carretera que enlaza Obejo y Pozoblanco.
  • Coscojar de Peñas Rubias (Adamuz, Córdoba). La coscoja es un arbusto bastante frecuente en Andalucía, donde suele componer formaciones de gran densidad hasta el punto de ser prácticamente impenetrables. Sin embargo, no es fácil encontrar bosquetes de esta especie con ejemplares de porte arbóreo. El coscojar que crece en la umbría del abrupto paraje de Peñas Rubias, junto a un olivar, reúne ejemplares de hasta 7 metros de altura y 50 centímetros de perímetro de tronco, acompañados de quejigos, madroños y agracejos.

La naturaleza, en uno de sus raros sortilegios, es capaz de convertir el patrimonio ambiental en patrimonio afectivo. De esto sabe mucho mi amigo el fotógrafo holandés Peter Manschot con el que he tenido el privilegio de colaborar en varias obras y en particular en ese reciente bellezón que se titula “Andalucía, paisajes de empoderamiento”, en el que podréis encontrar la imagen de alguno de estos bosques secretos. Encontrarlos, a pie, ya es cosa vuestra…

 

 

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¿Por qué en el paraíso de El Bosco algunos placeres se esconden en burbujas translúcidas?

“Empecemos diciéndonos para nuestro fuero interno, y convenciéndonos bien, que no tenemos nada que hacer en este mundo, sino procurarnos sensaciones y sentimientos agradables. Los moralistas que dicen a los hombres: reprimid vuestras pasiones y domeñad vuestros deseos si queréis ser felices, no conocen el camino de la felicidad. Sólo somos felices gracias a las inclinaciones y las pasiones satisfechas; digo inclinaciones porque no siempre somos lo bastante felices como para tener pasiones, y a falta de pasiones, bien está contentarse con las inclinaciones. Pasiones tendríamos que pedirle a Dios si nos atreviéramos a pedirle alguna cosa, y Le Nôtre tenía mucha razón al pedirle al Papa tentaciones en lugar de indulgencias”

(Discurso sobre la felicidad, Émilie du Châtelet) – (*)

No importa si la pieza es desconocida o si la he oído cientos de veces. Ni siquiera importa si esas notas adornan un recuerdo, bueno o malo, o las asocio, con o sin razón, a una persona o a un deseo. Suenan, y suenan por vez primera, limpias, inocentes, sin pasado ni futuro. Están vivas, han nacido en ese justo instante de los dedos de Sol y Bertrand, no estaban encerradas en ningún otro sitio que no fueran esos dedos virtuosos desde los que cruzan, lentamente (¿a qué velocidad viaja el sonido?), el breve espacio que nos separa del escenario.

Uno se despide de ella pensando que, caprichosa, volverá cuando quiera o, quien sabe, que tal vez no vuelva jamás, pero ahí está otra vez, luminosa en la penumbra de la Sala de Cámara, poderosa en los silencios del Auditorio. Sí, es la belleza, y por eso, porque está ahí, presente y armónica, es por lo que todo, objetos y personas, adquieren esa vitalidad alegre y voluptuosa que andaba dormida, mojada y fría, en una tarde de lluvia.

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Se que está ahí porque ilumina la escena con un resplandor desproporcionado cuando Sol y Bertrand entrelazan los dedos.

Se que está ahí porque, sin darme cuenta, suspiro en los silencios. Porque cierro los ojos para ver mejor. Porque sonrío a contratiempo.

¿En qué se inspiró Schumann cuando compuso la primera de sus cinco piezas sobre temas populares, las únicas en las que dialogan violoncello y piano, para nombrarla con la sentencia bíblica Vanitas, vanitatum? Esta noche, mientras sigue lloviendo ahí afuera, quiero creer que no es la vanitas de la soberbia o el orgullo, sino la vanitas de la vacuidad, de lo superfluo y lo insignificante. Es la vanitas de lo breve y lo efímero sobre la que reposa la música, cualquier música; la vanitas de la belleza a la que hay que entregarse, cuando se presenta (fugaz), para así engañar a la muerte y a la tristeza.

Se que está ahí porque el Largo de Chopin se nos hace corto, cortísimo. Porque un folio, distraído entre los macillos y las cuerdas, se convierte en la traviesa percusión de Falla. Y porque sonreímos a un tiempo. Casi siempre sonreímos a un tiempo.

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Tres colores, cinco dedos, dos entradas, un pianista, una violoncellista, un observador solitario, un pasa-partituras ausente, una noche de lluvia, un mapa…

Salimos a la noche y a la lluvia y aún conociendo el camino, aún habiendo transitado por él unas cuantas veces, a pesar de que, en silencio, reconocemos los baches, las curvas peligrosas y las rectas infinitas, buscamos un mapa para no perdernos. Y lo encontramos, semicerrado y a media luz, pero lo encontramos. Un mapa que a ratos nos recordó la cartografía colorista de El Jardín de las Delicias, donde reina la felicidad, y a ratos la grisalla de su trasera, en la que El Bosco imagina el tercer día de la Creación, cuando las aguas se abrieron y se creó el Paraíso, ese paraíso en donde las cosas, animadas e inanimadas, aún no tenían nombre ni recibían la luz del Sol. Pero, ¿quién se atreve a nombrarlas ya de madrugada?

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Creo que el tercer tiempo de Chopin casa bien con ese tercer día de la creación que, en triste grisalla, El Bosco dibuja en la trasera de El Jardín de las Delicias. Aquel tiempo en el que, incapaces, aún no habíamos encontrado el nombre exacto de las cosas…

El tercer tiempo (Largo) de la Sonata de Chopin quizá sea el anuncio de ese tercer día de la Creación que, en triste grisalla, dibuja El Bosco, porque sino ¿a cuenta de qué he amanecido en El Prado buscando el tríptico más famoso de la historia del arte? ¿Qué ando buscando en ese mapa, en su lado luminoso y, sobre todo, en ese otro oscuro? ¿Dónde se esconde el lenguaje –nuestro lenguaje– que no encuentro, las palabras que no me atrevo a pronunciar, los adjetivos que permanecen intactos pero callados, los sustantivos –cobardes– de lo realmente sustantivo?  ¿Hay algo más triste que no saber el nombre exacto de las cosas, que no poder nombrar, nombrarte, la alegría, el miedo, el amor, la luz, la amistad o el dolor?

 

“¡Inteligencia, dame

el nombre exacto de las cosas!

… Que mi palabra sea
la cosa misma
creada por mi alma nuevamente.
Que por mí vayan todos
los que no las conocen, a las cosas;
que por mí vayan todos
los que ya las olvidan, a las cosas;
que por mí vayan todos
los mismos que las aman, a las cosas…
¡Inteligencia, dame
el nombre exacto, y tuyo
y suyo, y mío, de las cosas!

(Juan Ramón Jiménez, Eternidades, 1918)

Todo, todo pasa, y quizá por eso en el paraíso de El Bosco algunos placeres se esconden en burbujas translúcidas, un elemento que en el arte también suele remitir a lo efímero. Todo, todo pasa. Sean placeres terrenales que hay que rechazar (como siempre se ha concluido a partir de la sentencia del Eclesiastés elegida por Schumann) o sean los brillantes dones que regala esta vida y que hay que gozar sin culpa (una interpretación que se ajusta mejor a la más antigua tradición hebrea), el caso es que, Vanitas, vanitatum, Caronte aguarda, y, más pronto que tarde, hará su trabajo con la neutra diligencia que retrató Patinir (mucho más discreto, en una sala contigua a la que ocupa El Bosco). Me da a mí que ahí, en el centro de la laguna Estigia, lejos ya de la orilla, es en donde todo concluye… y los únicos que lo sabemos, ahora, somos nosotros.

“Los vivos, en efecto, saben que morirán /
pero los muertos no saben nada”

(Eclesiastés)

Me gusta cómo todo se entrelaza (Châtelet, Schumann, Chopin, El Bosco, Juan Ramón, Patinir, Jacqueline du Pré…) en esta visita relámpago a Madrid, en la que, como siempre, la belleza, a pesar de la lluvia y el frío, ha vuelto a manifestarse, y ha hecho (muy bien) su trabajo: engañar a la muerte y a la tristeza. Una visita en la que no nos hemos perdido (el mapa, la memoria, la lealtad…), a pesar de que atesoraba, por fin, el difícil encargo de buscar el nombre exacto de las cosas…

PD: Jacqueline du Pré & Daniel Barenboim // Chopin, Sonata para violoncello y piano Op. 65, III Largo // 1972

(*) No, Émilie du Châtelet (1706-1749) no era precisamente una artista de vida disoluta, sino una matemática y física francesa, traductora de Newton y pionera en la defensa del papel de la mujer en la educación y la ciencia

 

 

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Hay un cordón, casi invisible, que une la tierra y el mar. Un cordón que dibuja extraños jeroglíficos sobre el agua. Los habitantes del gran azul no saben que es el dibujo de una trampa. Un cordón, casi invisible, en el que queda atrapada la vida.

PD: Javier Hernández me invitó a que sumara un texto, un pie de foto, a su magnífica exposición de imágenes aéreas del litoral andaluz. Así conté lo que vi. “El vuelo del alcatraz” fue una muestra atípica, una visión inusual de un territorio frágil.

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Interior del Aljibe del Rey (Fotografía de la Fundación AguaGranada)

Para conocer la Granada islámica existen múltiples rutas más o menos convencionales, itinerarios que este verano registrarán, como en todos los periodos vacacionales, una notable afluencia de turistas. Pero al margen de estos recorridos existen otros circuitos, menos conocidos, que nos acercan a algunos elementos peculiares del periodo histórico más atractivo de esta ciudad.

No existen muchas urbes, de cierto tamaño, en donde el agua adquiera el protagonismo que tiene en Granada, y en donde sea posible examinar los primitivos sistemas de distribución y almacenamiento de la misma. Sistemas perfectamente adaptados al clima y la orografía, respetuosos con la conservación de este recurso escaso y diseñados para facilitar su uso público en perfectas condiciones de higiene.

El Albayzín, por ejemplo, puede recorrerse siguiendo el itinerario que marcan algunos de los muchos aljibes que salpicaban este barrio, construcciones que garantizaban, gracias a los aportes de las acequias y la lluvia, la disponibilidad permanente de un elemento vital.

El barrio conserva 26 aljibes públicos entre los que destacan el de San Cristóbal, junto al mirador del mismo nombre y situado a más de seis metros bajo el nivel de la calle para facilitar la llegada del agua por gravedad, o el de San Bartolomé, ubicado bajo la capilla bautismal de la iglesia homónima. De nuevo junto a una iglesia, la de San Miguel, encontramos su correspondiente aljibe, y lo mismo ocurre en el mirador de San Nicolás, cuyo aljibe incorpora una fuente y una portada que lo hacen visible en uno de los puntos de mayor interés paisajístico de la ciudad.

El Aljibe del Rey, o Aljibe Viejo, se localiza dentro del recinto de la Alcazaba antigua, en la zona en la que se levantaban los palacios de los gobernantes ziríes en el siglo XI. Hoy el Carmen del Aljibe del Rey, situado en el corazón del Albayzín entre la muralla zirí y la Placeta del Cristo de las Azucenas, alberga la sede de la Fundación AguaGranada y el Centro de Interpretación del Agua.

La mayoría de los aljibes que conserva el Albayzín estuvieron en uso hasta mitad del siglo XX, ya que en 1935 entraron en servicio las primeras canalizaciones de agua potable que, poco a poco, se fueron extendiendo por toda la ciudad.

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Acequia de Aynadamar (Fotografía del Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico)

Al margen de la lluvia, que se recogía directamente en algunos de estos depósitos, durante la época árabe el agua llegaba al Albayzín desde la Fuente Grande, situada en la localidad de Alfacar, a través de la acequia de Aynadamar, y también del propio cauce del Darro de donde partía la acequia de San Juan. Las canalizaciones discurrían en superficie hasta que entraban en el recinto urbano, donde la distribución, subterránea, se organizaba mediante tuberías de cerámica de diversos grosores, conocidas como atanores, que primero llegaban a los aljibes públicos y después alimentaban los aljibes y tinajas privadas.

Sobre el uso de la acequia de Aynadamar se conservan algunos documentos que revelan la ordenada regulación de los recursos que aportaba a la ciudad. El agua que circulaba de noche, con independencia del día de la semana, pertenecía siempre a los aljibes y las viviendas, y la distribución se organizaba en función de las diferentes zonas de la ciudad que tenían asignado un día para su abastecimiento.

También han sobrevivido hasta nuestros días los curiosos procedimientos que se aplicaban al agua para favorecer su potabilidad. Las tinajas destinadas a beber se llenaban, si era posible, antes del verano, y el agua que se introducía en ellas se filtraba con alguna tela tupida para evitar las impurezas. Además, en estos recipientes se introducían galápagos (llamados de “perra chica” por el precio al que se adquirían en el mercado) encargados de comerse los “gusarapos”, pequeñas larvas y gusanos que ocasionalmente podían contaminar el agua. Estos galápagos solían capturarse en el río Cubillas, en Pinos Puente.

PD: Para los que quieran conocer el agua escondida de Granada:

http://www.granadatur.com/rutas-tematicas/1-ruta-de-los-aljibes

 

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Fish-Kiss

A veces es difícil distinguir el beso del bocado. Comer también es una forma de amar (en el sentido más amplio que la imaginación os sugiera). Fish Kiss es uno de los cuadros que más me gustan de Jenny Keith (http://www.jennykeithhughes.com/Bio.aspx), lástima que esté vendido 😉

 

Prólogo inexplicable: A comienzos del pasado mes de mayo escribí este post que no publiqué (¿?) y que se quedó escondido en un rincón, oscuro, del portátil. Ahora ve la luz (por algo será) y no he cambiado una coma, aunque algunas referencias resulten ya anacrónicas…

Algunos ya conocéis, de primera mano o por mi insistente referencia, el que hace tiempo bauticé (sin permiso de la Sociedad Española de Psiquiatría, of course) como #efectogaditano, un trastorno de la personalidad que se manifiesta cuando uno enfila la AP-4 y pasa el peaje de Las Cabezas, se sube a un autobús de Los Amarillos camino de Trebujena o agarra el Regional que te conduce, sorteando esteros, hasta el mismísimo Puerto de Santa María.

No tiene cura. Aquellos que sucumbimos a este trastorno nos vemos atrapados en un infierno de castoras, puestas de sol, tortillitas de camarones, compases de chirigotas, paseos caleteros, bodegas, mayetos, camaleones, dunas, corrales, manzanilla, galeras, vaporcitos (o, más bien, nostalgia de vaporcitos), chicharrones, alegrías

En algunos escenarios el trastorno se agrava hasta el paroxismo. En mi caso, la dolencia se me disparata en el Mercado Central de Cádiz, sobre todo si he llegado a este bazar de piedra ostionera en el catamarán que cruza la bahía (debe ser el poniente cargado de sal, o el levante ariscón, qué se yo…).

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Los peces me rodean en el mercado, en la cocina, en el salón… ¿Cómo no sentirse pez entre peces? (Foto: JMª Montero)

El sábado entré en el mercado pasado el mediodía (que es un horario tardío, impropio de epicúreos) y en un par de horas, porque perdíamos el catamarán, compré como si no hubiera un mañana… Salmonetes, lomos de pescadilla, raya, cabracho, cazón, berberechos, chocos, atún rojo, percebes, chicharrones, hamburguesas de retinto, flamenquines caseros, cañaíllas, jamón ibérico, aceitunas chupadedos, tomates (de Conil), cebollas moradas, cebolletas, puerros, ajos, limones, fresas, melón, pimientos cuerno de cabra (de Chipiona), patatas nuevas (de Sanlúcar), manzanilla, oloroso… Dudé si embarcar en el catamarán o en un mercante de amplias bodegas, pero el caso es que conseguimos volver a nuestro refugio roteño arrastrando bolsas y carritos por los que asomaban alegres matas de perejil.

Entre los puestos del mercado, y no digamos frente al bodegón que siempre compongo en la pequeña encimera de mi cocina gaditana, me sentí como pez entre peces, acariciando escamas y manejando con delicadeza el cuchillo para ir seleccionando esa casquería marina tan exquisita como desconocida, ese corazón, mitad atlántico mitad mediterráneo, que se deshace en un delicado fumet o en una cremosa salsa.

Hay tribus en donde el cazador pide perdón por matar al animal que le servirá de alimento. Y lo entiendo, sobre todo cuando en el mercado me siento como pez entre peces, como pez en Cádiz (¿existe algún otro lugar donde un pez pueda ser más feliz?). Quizá no haya culpa, porque nos hemos alejado mucho de la naturaleza, pero sí que experimento un profundo agradecimiento, una primitiva devoción hacia la generosa despensa que aún encontramos en el mar, el único escenario en donde, los urbanitas más civilizados, aún somos cazadores-recolectores (bueno, en realidad otros cazan y recolectan para nosotros: los pescadores que se juegan la vida entre las olas).

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A la izquierda salmonetes a la sal y a la derecha chocos confitándose. Doblete marinero en mis fogones (Foto: JMª Montero)

El azar quiso que en la playa me encontrara a unos amigos con sus hijos (no hay nada mejor que cocinar, de manera inesperada, para unos amigos que, además, tienen la divertida costumbre de aplaudir en familia al final de la comida… si les ha gustado) y así nació el primer guiso del domingo: caldereta de berberechos y cabracho (una adaptación de la receta que ya en su día coloqué en este blog). Y mientras componía este sabroso mejunje marinero, en el fogón más amplio de la cocina se estaban confitando los chocos de acuerdo a las indicaciones que me regaló José María González Blanco (no me deja que le llame maestro, así es que os diré que es mi amigo y el alma del “Blanco Enea” cordobés): una lámina generosa de buen aceite de oliva -AOVE-, una guindilla y la hierba que tenía a mano -orégano silvestre del que rebuscamos en Los Linares–, todo a fuego muy lento durante… creo que fueron algo así como dos horas (efectivamente, se me fue un poco la pinza por culpa de Gabriela… la manzanilla).

Cuando los chocos estaban en su punto, y aún al fuego, los mojé con un copazo de Oloroso jerezano y dejé que el alcohol se evaporara y el vino se redujera a un goloso caramelo. Retiré los jugos, los encerré en un frasco de cristal  y guardé los chocos confitados en el frigorífico. Quiero recordar que fue justamente en ese momento cuando Luismi Domínguez me llamó para preguntarme si, en una visita relámpago a Sevilla, le daría cobijo en casa. Otra comida inesperada con, y para, un buen amigo.

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La sidra de pera de Eric Bordelet (¿o estábamos ya en los generosos jerezanos?) es lo que brilla, en el salón ya vacío de Aponiente, entre un rizo rebelde y unos dedos delicados… (Foto: JMª Montero)

La semana, preciosa, iba a terminar de la mejor manera, así es que, para que en esa cena inesperada estuviera parte de la alegría que compartí en Aponiente (sí, la semana la estrené cenando en Aponiente… menudo regalazo), los chocos los terminé, ya en Sevilla, con una salsa en la que estaban los jugos que guardé en el tarro, ligados con un poquito de mantequilla y otra pizca de Oloroso (aquí la inspiración vino directamente de la tripulación, atentísima, de Ángel León, y de la amiga que, entre copas, celebraba con una sonrisa cada uno de los muchos platos con los que navegamos, sin prisa, por un sorprendente Mar de Leva).

Ahí queda eso, para los que quieran confitar chocos en una noche de primavera. Y si no tenéis manzanilla der Guerrita, o Gabriela, para brindar sin mesura, también podéis sorprender a los amigos con una delicadísima sidra de pera, bien fría y en copa de vino, otro de los hallazgos del sumiller de Aponiente (sí, ya se, tampoco es cuestión de viajar hasta Normandía en busca de esa sidra, artesana, que firma Eric Bordelet, pero, en su defecto, compraros una asequible y humilde botella de Bulmers Pear (la inglesa o la irlandesa, eso ya es cuestión de gustos…) en Carrefour, y el paladar sabrá de lo que estamos hablando…).

PD: Lo mejor de sentirse un pez es que la memoria es limitada y cada día, cada hora, es un estreno y una sorpresa… Y también gusta que sean las olas, y no la voluntad, las que te lleven y te traigan…

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Somos seres salados, y si tenemos la suerte de llorar, de sangrar o de sudar en buena compañía, ese es el regusto que nos queda del otro, el sabor más primitivo del amor y del dolor (Fotografía de Paco Portillo).

 

Hay quien asegura, aunque no he conseguido certificar el rigor histórico de esta afirmación, que los primitivos habitantes del litoral gaditano adoraban, aún antes de la llegada de los fenicios, a un dios al que llamaban Salambobe, cuyo culto estaba directamente relacionado con el valor que se otorgaba a la sal y la necesaria protección que este elemento requería. En el Nuevo Mundo, y formando parte de la religión azteca, dicha tarea estaba en manos de Uixtocíuatl, la diosa de los salineros y de las aguas salobres, cuya veneración se mantuvo, incluso, después de la conquista, reconvertida en diferentes advocaciones marianas como la de Nuestra Señora de la Sal de Ixtapa, en Chiapas. Otros referentes mágicos o sobrenaturales asociados a la sal, cuya finalidad no era otra que mostrar el debido respeto ante tan valioso recurso, los recoje Hans Biedermann en su Diccionario de símbolos, en el que nos recuerda, por ejemplo, cómo en la antigua Roma se ponía sal en los labios de los lactantes para protegerles de cualquier peligro, idea que sintoniza con otro mito, presente en diferentes culturas y religiones, por el que la sal se convierte en un poderoso vínculo entre Dios y su pueblo, de manera que los demonios la abominan.

Paradójicamente, estos mitos y creencias remitían a un universo mágico que todos sabían traducir, que estaba profundamente arraigado en los comportamientos cotidianos porque invitaba a la acción. Una magia que servía para explicar lo inexplicable, para prestar valor a los bienes más humildes y tomar partido en su defensa.

Las salinas, al igual que ocurre con otros aprovechamientos típicamente mediterráneos, son el mejor ejemplo de cómo el hombre y la naturaleza pueden tejer, en un marco geográfico determinado, una sabia complicidad de la que ambos terminan beneficiándose. Sin dejar de ser explotaciones cuya finalidad última es la obtención de beneficios materiales, las salinas, y todo el entramado cultural que rodea su manejo, están profundamente ligadas a un paisaje y unos ecosistemas característicos, de manera que en ellas, como ocurre también en las dehesas, es difícil separar economía, ecología y cultura. Son, en este sentido, un modelo de ese desarrollo sostenible que hoy perseguimos con ahínco sin saber muy bien hacia dónde dirigir la mirada. Cada vez nos resulta más difícil reconocer como excepcional aquello que nos rodea de forma cotidiana, y, así, terminamos renunciando a nuestras propias señas de identidad, aquellas que encierran la herencia de nuestro pasado y también el secreto de nuestro futuro. Lo común, aunque esté amenazado, es en donde, verdaderamente, habita lo extraordinario.

Sal y piel

…la que se queda en los labios después del primer baño, la que cristaliza en la piel cuando abandonamos la playa…

Pero todo esto que hoy escribo (en realidad lo que un día lejano escribí para el prólogo de un libro imprescindible: Salinas de Andalucía) no es más que un discurso racional con el que seguramente no os puedo trasladar ni una pizca de esa emoción, sencilla, que me recorre cuando llego a los esteros de El Puerto de Santa María, me interno en las viejas salinas de Puerto Real o dejo descansar la mirada en los caños de cualquier rincón de la Bahía de Cádiz. Y luego está la sal que la brasa fundió en las escamas de un pez, la que se oculta en una castora de manzanilla, la que multiplica la intensidad de un buen chocolate, la que se esconde en la masa madre de una hogaza crujiente, la que empapa los jugos de un choco sucio, la que se queda en los labios después del primer baño, la que cristaliza en la piel cuando abandonamos la playa, la que me das a probar (con cuidado) apoyada en la yema de tu dedo índice…

¿Qué queda cuando se evaporan nuestras lágrimas? ¿Qué sabor se instala en el paladar cuando con la punta de la lengua retiramos una minúscula gota de sangre o paladeamos el sudor ajeno? Somos seres salados, y si tenemos la suerte de llorar, de sangrar o de sudar en buena compañía, ese es el regusto que nos queda del otro, el sabor más primitivo del amor y del dolor. Es la magia de la sal, de una pizca de sal…

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De abajo a arriba, y de izquierda a derecha, Coque, Venus y Júpiter. Al fondo el castillo de Santa Catalina y las olas de La Caleta. Y sonando… una canción (casi) a capella, jugando con el poniente y la luna menguante, enredándose como un rizo (rebelde), como un (invisible) hilo rojo…

Dinos nuestro nombre verdadero /

enséñanos el fuego /

Líbranos del tiempo /

líbranos del miedo…

(Santo, SantoCoque Malla).

 

Portada

En la foto de Palir, como en todas las buenas fotos, pesa más lo invisible que lo visible…

Los invitados se marcharon al jardín y en el salón, ya vacío, sólo quedaron las luces, tendidas y encendidas, una guitarra muda y seguramente el germen, invisible, de lo que estaba por venir… Es lo que veo en la foto de Palir Paroa, y también lo que adivino. Quiero creer, con esa fe radical de los ateos, que en ese salón, esa noche, justo cuando Palir disparó su cámara, estaban tejiéndose, lejos de todos y en silencio, algunas de las canciones que cuatro años después, también en noche (casi) cerrada, yo mismo reconocería, como íntimas, frente al poniente del Atlántico, en cuarto menguante, junto a las cristaleras cómplices de una azotea gaditana.

Hay discos, hay canciones, que sin empeño alguno, sin voluntad por parte del que las disfruta, deciden, con criterio propio, acompañarte en un determinado tránsito. Son la banda sonora que alguien compuso para ti con inquietante y risueño tino. Las mujeres de Coque aparecieron en Córdoba, en la Navidad de 2014, y se subieron a mi coche, y en él se quedaron, rodando camino a Algeciras, a Medina Azahara, a Noudar, a Júzcar… Se dejaron tararear en mitad de la lluvia o en plena madrugada, siempre en el momento oportuno, porque todos aquellos momentos fueron oportunos y fugaces (como todos los momentos que son hermosos).

Las que estaban por venir, las que flotaban entre las luces del salón de Coque, las vimos nacer, al fin, en aquella azotea de julio donde, una vez más, quise parar el reloj. Despertaron, acústicas,  junto al Campo de las Balas, sobre La Caleta, al filo de la medianoche, allí donde quisimos librarnos del miedo y del tiempo. Y allí se quedaron, ingrávidas y luminosas, como las bombillas que Palir retrató en el salón de Coque.

Me encantaba comer y beber /

no pensar qué decir ni qué hacer /

Cada minuto, cada segundo /

infinito, infinito…

(El último hombre en la Tierra – Coque Malla).

Y allí seguían cuando, pasado el invierno, nos reconocieron, cuando las reconocimos, cuando volvieron a subirse a mi coche y se dejaron tararear. De Cádiz a Cádiz. Y el mismo poniente, o uno parecido. Y el mismo atardecer, o uno parecido. Y los esteros, y las nubes, y las risas, y las gaviotas, y la sal, y las manos…

Todo igual y todo diferente. Como la primera noche: sin miedo y sin tiempo…

 

 

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