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Archive for the ‘Zen’ Category

Quizá nació en la duna de Monsul, sorteó las rocas volcánicas del Cabo de Gata, dobló el perfil de la Sierra de la Plata y coronó, por fin, las arenas de Bolonia en donde me alborotó el pelo (y los sentimientos) antes de seguir viaje para, sin esfuerzo ni resistencia, desdibujar el paisaje, encender el deseo y achicharrar las dudas. El Levante es… así. (Foto: José María Montero).

 

“El deseo trabaja como el viento. Sin esfuerzo aparente. Si encuentra las velas extendidas nos arrastrará a velocidad de vértigo. Si las puertas y contraventanas están cerradas, golpeará durante un rato en busca de las grietas o ranuras que le permitan filtrarse” (Saber perder, David Trueba)

 

Parece un viento aunque, en realidad, es un estado de ánimo. Levante. Levantisco. Levantera. Cuando dobla la esquina de la Sierra de la Plata y encara la duna de Bolonia viene ya dispuesto a alborotarnos el pelo y los sentimientos. Viene buscando pelea.

Pule, con cada grano de arena envalentonado, nuestra resistencia. Lima el olvido y el porvenir. Enciende el deseo y achicharra las dudas, todas las dudas. Sin prisa. Sin esfuerzo aparente.

Maltrata las sombrillas, espanta a las abuelas y tuesta la piel (y la paciencia) de los niños. Viene buscando una gota de sudor, una lágrima, la saliva en la comisura de los labios, cualquier rastro de humana-humedad para convertirla en vapor salado. En un raro equilibrio, que no dejará de repetirse, se lleva lo que nos dejó el Poniente.

Sólo acostumbran a defenderlo los que aprendieron a cabalgarlo. Sólo elogian su bravura los que, sin miedo, despliegan sus velas cuando comienza a silbar, cuando quema entre los dedos.

Un día, quién sabe, tal vez nos envolvamos -libres- en el Levante y nos dejemos llevar, sin miedo, a contratiempo, a contraviento.

Recuérdame (si es que lo olvido) que el Levante nos arrastra a lugares en los que nadie nos conoce, rincones del Sur en donde nace este viento, cálido, que en realidad es un estado de ánimo, ese que, sin esfuerzo ni resistencia, enciende el deseo y achicharra las dudas.

Puede que nos barra, que nos borre o que nos brinde, de nuevo, la oportunidad de volar.
Pídeme que abra las puertas y las contraventanas cuando sople el Levante, como aquel sábado de marzo en el que fuimos arena y luz.
Mírame y dime si es así como lo recuerdas.

PD: Aquella primera noche, la de mi llegada, soplaba el Poniente. La última noche, la de la despedida, nos visitó el Levante. Escribo sobre el viento para que lo que escribo llegue lejos, justo a donde tiene que llegar…

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Uno, aunque no lo parezca, siempre escribe para una sola persona. Aunque esté lejos, aunque esté allí, lejos, en el azul metálico, en el azul turquesa, de este sur agitado por el poniente… (Foto: José Mª Montero).

 

Era tan desobediente / como el viento de poniente / revoltoso y juguetón

(Como el viento de poniente –pregón por milongas–, José Domínguez “El Cabrero”)

Poniente. Cuando el vello se me eriza y el salitre deja su huella atlántica en el paladar; cuando al atardecer hay que buscar abrigo y abrazo, es el poniente, tímido y poderoso, el que se hace con la playa.

Parece, y es verdad, que nació entre las olas y de su espuma revoltosa trae ese olor a algas y a manzanilla fresca. Parece, y es cierto, que se emboscó en Doñana antes de sorprenderme con su aliento cariñoso y juguetón.

Musgo. Me sabe a musgo y a madrugada. Silba, entre las piedras ostioneras, la canción del porvenir, los compases (a contratiempo) de una noche de noviembre, las estrofas melancólicas de aquel otro septiembre, el de Broadway, el de Berlín, el de Madrid. El de cualquier otoño de esos en los que fuimos y también de esos otros en los que seremos, los que nos esperan (sin prisa).

Sur. Son cosas de este sur donde hasta el viento más ariscón tiene su gracia. A ver quién se atreve a elegir brisa o ventolera.

Uno no sabe, llegados a este rumbo, si el torbellino es parte de la fiesta o prólogo de un naufragio (de otro naufragio, quiero decir). Uno no es capaz de adivinar si es beso o mordisco, si es susurro o ciclón.

Razones no le faltan a los que temen al poniente y se marchan, o guardan prudente silencio, cuando (por fin) sopla tímido y poderoso, revoltoso y juguetón.

Pero a mi me gusta.

Poniente.

Musgo y madrugada.

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La sumiller dijo “Cámbrico” y quise imaginar las viñas que crecen, sin prisa, sobre las rocas de granito, el magma que hace 500 millones de años se enfrió en las laderas más escarpadas de la Sierra de Francia.

Está pasando un minuto en la vida del mundo. Píntalo como es” (Paul Cézanne)

En la escala temporal del Universo somos una anécdota. Y aún así, cuando renunciamos al orden y a la razón, cuando nos entregamos a lo inesperado y abandonamos el parloteo del intelecto, cuando solamente escuchamos el rumor primitivo de ese caldo arcaico en el que flotan las neuronas, el eco de todo lo que fuimos y seremos, entonces, y sólo entonces, tenemos la rara capacidad de convertir en infinito un instante diminuto. Así de raros somos los humanos: efímeros chispazos en mitad de la oscuridad y, a un tiempo, dueños (inconscientes) de la única eternidad posible.

Ya no soporto ningún discurso racional, todo lo que ha hecho que el mundo sea el mundo, todo lo que ha sido bello y grande en este mundo, no ha nacido nunca de un discurso racional (Arte, Yasmina Reza)

La amistad, incluso sometida a la cruel sinceridad con la que juega Yasmina, también es una rareza de la condición humana. Una forma de amor que es más compleja que el mismo amor (por eso necesita tanta atención y cuidados). Un vínculo tan frágil que puede quebrarse con una sola palabra (una sola). Un lazo tan poderoso que suele permanecer inalterable sin que medie la voluntad de los amigos (la encontramos, intacta, justo en el lugar en el que la abandonamos, distraídos). Un pequeño triunfo frente al dolor de lo absurdo, porque en la amistad todo tiene sentido (todo). Un quiebro, travieso, a la razón y a lo razonable, a la posesión, al miedo y a la soledad. Una tímida victoria frente al paso del tiempo, porque la amistad es uno de los pocos lugares en donde no nos abruma la eternidad.

Si nos alcanza el infinito que sea con una sonrisa y en buena compañía…

La mano del hombre sólo puede llegar en este proceso –es casi una cuestión de fe – hasta un discreto límite de vigilancias y enmiendas. Lo demás, el recóndito carácter del vino, su personalidad propia, el más vivificante secreto de sus virtudes, se hace sólo con el tiempo o no se hace nunca  (Breviario del vino, José Manuel Caballero Bonald).

La sumiller dijo “Cámbrico“, sin vacilar, y añadió algunas virtudes a las que, creo recordar, no prestamos especial atención, convencidos, o dudosos (vaya usted a saber), de que el guiño geológico no desentonaba con las rocas, la madera y las caracolas; el apunte prehistórico era oportuno y la rotundidad de una palabra que prometía tiempo, mucho tiempo, era el complemento perfecto para una noche en la que, una vez más y sin expectativas, íbamos a saldar nuestras cuentas de esa forma desordenada, divertida y cálida que espantaría al mejor contable.

Estaban los viejos granitos, el rumor de las caracolas, el tintineo del vidrio, el eco de nuestras palabras…

Las viñas crecieron, sin prisa, sobre las rocas de granito, el magma que hace 500 millones de años se enfrió en las laderas más escarpadas de la Sierra de Francia. Las raíces, tozudas, sortearon durante más de medio siglo las trampas del cascajal para lamer, sin prisa, el agua escondida. El mosto también fermentó sin prisa y, sobre todo, sin que nadie tuviera que dictarle las reglas de ese milagro que sólo necesita tiempo. Y así, con calma, el vino llegó a la botella, y la botella a la bodega de ese rincón de Santa María y, por fin, una noche cualquiera, o mejor dicho, la única noche posible, alcanzó nuestras copas y se agitó, para despertar, justo antes del brindis, como aquel magma primigenio que burbujeaba en el Cámbrico, hace 500 millones de años, cuando no éramos nada, ni éramos nadie y lo éramos todo.

La nada en si misma — en vez de ser un espacio vacío, como en occidente– vibra de posibilidades. Es un mundo aparte: ningún lugar, cualquier lugar, todos los lugares” (Wabi Sabi para Artistas, Diseñadores, Poetas y Filósofos, Leonard Koren)

La deuda sólo quedó saldada unos minutos. En nuestras manos el equilibrio, afortunadamente, dura poco, muy poco…

 

El trazo de una pluma (azul eléctrico) subraya palabras y salpica resplandores aquí y allá, humanizando decretos y sonriéndole al mañana. Hay planes, procedimientos y proyectos que reclaman, al fin-por fin, la armonía y los compases de una vida propia. En las agendas, esas en donde el porvenir descansa en sillas escondidas, brillan citas posibles e imposibles, sin que seamos capaces de distinguir unas de otras. Es el tiempo el que nos llama, el que nos lleva, el mismo que apagó el sol de mediodía, el que nos regaló esta tarde de verano, el tiempo que nos condujo, sin prisa y a media luz, junto a una ventana, un guijarro y una caracola.

Nunca calculamos, no hacemos números ni previsiones. Desconocemos el saldo. Ignoramos el debe y el haber. No sabemos restar y tenemos cierta tendencia al derroche, así, en general. Creo que somos los peores contables del Universo, quizá porque en nuestras manos, siempre ocupadas en detener el tiempo, el equilibrio, afortunadamente, dura poco, muy poco.

Conocemos el nombre exacto de las cosas, aunque a veces se nos olvida. Celebramos todas las coincidencias y quizá por eso las multiplicamos de manera misteriosa. Y siempre, siempre, damos las gracias, da igual si es porque nos sorprende lo inesperado o porque lo esperado tiene el valor de lo que somos capaces de reconocer sin muchas explicaciones (o ninguna).

No tenemos prisa. Nunca hemos tenido prisa, ni siquiera cuando la sumiller dijo “Cámbrico“, con rotunda seguridad, y nosotros, a lo nuestro (palabra va, palabra viene), nos tomamos todo el tiempo del mundo para decidir si esos 500 millones de años serían suficientes.

 

“La historia triunfa sobre el olvido, la música ofrece un centro, el dibujo supone un reto a la desaparición” (Dibujado para ese momento, John Berger)

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La realidad es demasiado compleja como para reducirla a un chiste o a un mitin…

“Estamos en un momento de incertidumbre donde la ciudadanía cree que está informada cuando solo está entretenida” (Rosa María Calaf)

Puede que esto no guste a nadie…”. Así comenzaba el famoso discurso que Ed Murrow pronunció en 1958, durante la Convención de Directores de Informativos para Radio y Televisión, y en el que lamentaba la imposible combinación de noticias, entretenimiento y publicidad que, en los medios de comunicación de masas norteamericanos, estaba deteriorando la calidad de la información. Un peligroso cóctel nacido para saciar el apetito (feroz) de audiencia; una carrera (frenética) en la que empezaban a no tener cabida las informaciones “desagradables y molestas” (más tarde empezarían a sobrar, también, las informaciones complejas). Audiencia a toda costa, aunque en el camino las señas de identidad del buen periodismo quedaran pulverizadas.

Tal y como Murrow predijo entonces, hace cerca de 60 años, el entretenimiento ha ido fagocitando a la información hasta crear terribles confusiones, híbridos en donde es difícil distinguir (incluso para los mismos periodistas) la frontera que separa la realidad de la ficción (ese territorio incierto que tanto preocupaba a Margarita Rivière), y también peligrosas adicciones (que afectan a esos escenarios  ¿sacrosantos? que van más allá, mucho más allá, del periodismo generalista).

“El periodismo ya no se concibe más que como una narración de historias, presuntamente reales, de estructura idéntica a la ficción. Es perfectamente normal que la información –desde los deportes y las noticias rosas a la política o las noticias económicas – adopte hoy la forma del folletín y del culebrón” (Margarita Rivière).

En algunos de esos escenarios, como en el de la divulgación científica, escenarios que requieren de especial mimo porque el rigor (¿irrenunciable?) se sostiene sobre un entramado muy complejo (y desconocido para un buen número de comunicadores), se está generando, se ha generado, creo, una de esas adicciones malsanas que sólo se satisfacen con entretenimiento-non-stop, diversión-no-limits y seducción-kingsize. Comienza a resultarme cansina, lo confieso, esa corriente, tan de moda en la comunicación de la ciencia, que abusa de la diversión como objetivo último, que sobrevalora la risa como soporte pedagógico, olvidando que la función debe estar por encima de la forma. Si queremos llegar al gran público claro que debemos ser atractivos (hablando de neurología, de física cuántica o de arqueología subacuática), pero, sobre todo, nuestra obligación es ser útiles, hacer que el público nos entienda, y no tanto que se divierta.

Hace tiempo leí una entrevista con Stephen Few, uno de los pioneros en reflexionar sobre los principios de eso que ahora llaman visualización de datos, el recurso que con tanta fuerza y utilidad se ha incorporado al mundo del periodismo. He rescatado aquella entrevista para compartir un párrafo que, salvando las distancias (aunque no son muchas), refleja bien lo que trato de explicar a propósito de la divulgación científica adicta al espectáculo, esa que se consume en la risa, deja un buen sabor de boca a la audiencia, satisface el ego del divulgador pero… apenas genera conocimiento.

“Me dio la impresión de que muchos profesionales toman los datos y se dedican simplemente a buscar una forma divertida y original de mostrarlos, en vez de entender que el periodismo consiste -una vez reunidas las informaciones- en facilitar la vida de los lectores, no en entretenerlos. El trabajo del diseñador de información no es encontrar el gráfico más novedoso, sino el más efectivo” (Stephen Few, El País, 29.8.2011)

Hubert N. Alyea es un magnífico ejemplo de cómo el humor inteligente puede ser tremendamente útil en la divulgación de la ciencia, siempre que el que lo use tenga humor y, sobre todo, inteligencia.

Construir, a partir de la risa, un entramado lo suficientemente sólido como para que se sostenga el conocimiento y pueda expandirse con  ciertas garantías no es tarea fácil (aunque parezca lo contrario). El humor inteligente es una virtud reservada… a los más inteligentes.  Y como ejemplo basta comparar, sin renunciar a la risa, las fantásticas clases de química de Hubert N. Alyea (Universidad de Princeton) con los ridículos shows ¿científicos? que se pasean por algunas televisiones y que triunfan en Youtube. Entre unas y otros ha pasado más de medio siglo, pero Hubert sigue ganando por goleada.

El hecho de que los medios de comunicación hayan dejado de estar gobernados por periodistas explica también esta peligrosa deriva hacia el entretenimiento por encima de la información, una estrategia que ha terminado por contaminar todo tipo de  escenarios, como el de la divulgación científica, en donde se busca la risa o el aplauso antes que la más discreta comprensión (con frecuencia, silenciosa). En manos de gerentes, especialistas en marketing, analistas de audiencia o community manager, en el orden de prioridades de muchos comunicadores ya no ocupa los primeros puestos la generación de conocimiento (a partir de una información rigurosa y asequible) sino la agradecida diversión.

Pero si en el periodismo científico hay que protegerse de esta fiebre por el espectáculo, que suele garantizarnos el aplauso de la audiencia, en el periodismo ambiental hay que alejarse de esa corriente que defiende la militancia (ciega) con el peligroso argumento de que lo que está en juego no admite neutralidad alguna.

A más de uno le gustaría que la realidad fueran las redes sociales donde todo, hasta lo más complejo, se puede reducir a 140 caracteres, y el éxito sólo depende del número de followers (reales o falsos, este es un matiz intrascendente).

Al margen de las circunstancias económicas en las que siempre nos escudamos, la crisis del periodismo es, sobre todo, una crisis de credibilidad, que se origina a partir de una pérdida de valores, y de las (buenas) prácticas en las que estos se materializan, valores que forman parte de la misma esencia de este oficio, de sus verdaderas señas de identidad. Si la audiencia nos abandona, si cuestiona nuestro rigor y desconfía de nuestro trabajo, es porque se ha cansado de ese periodismo reduccionista que se asoma a una realidad complejísima y la simplifica hasta obtener un tranquilizador escenario de buenos y malos, un sencillo paisaje en blanco y negro. Un periodismo maniqueo y soberbio que no tiene sentido alguno en un mundo en donde las nuevas tecnologías de la información permiten a cualquier ciudadano estar al tanto de toda esa complejidad, la misma que se le quiere hurtar desde ciertos púlpitos. Los ciudadanos desean, creo, que el periodista les ayude a entender esa complejidad sin hurtarle ni uno solo de los elementos que la componen. La contradicción forma parte de esa realidad compleja, y la incertidumbre también, así es que necesitamos, más que nunca, periodistas dispuestos a mantener una mirada abierta, democrática y conciliadora. Y estas tres virtudes no hay por qué sacrificarlas en el periodismo de denuncia, al contrario, son las que lo dignifican y lo alejan del periodismo sectario. La primera señal con la que se anuncia el totalitarismo, con la que se presentan los totalitaristas, es la eliminación de los grises.

Los ciudadanos no quieren juicios (y mucho menos prejuicios), ni sentencias y condenas inapelables, ni manuales sobre lo que deben hacer y lo que no deben hacer. Se acabaron los discursos porque, en manos de las redes sociales, vuelven las conversaciones, y si el verdadero periodista no es capaz de competir con este nuevo modelo democrático de información on-line dejará en manos de algunos peligrosos influencers , más interesados en el ruido que en el rigor, la interpretación de una realidad, compleja, que necesita de algo más que 140 caracteres (y el coro silente de miles de followers) para ser comprendida.

Lástima que esas redes sociales que han devuelto el protagonismo a la conversaciones sean las mismas con las que justifican su éxito (medido en followers, of course) esos periodistas maniqueos que defienden la militancia (ciega) para mostrarnos un mundo felizmente reducido a buenos y malos.

 

Hay quien busca mejorar el conocimiento y quien se conforma con el aplauso del coro. Tener criterio propio complica bastante el aplauso…

 

” El periodista debe tener una visión panóptica y cuando se limita a reflejar los comportamientos de los medios sociales está traicionando el principio moral del periodismo que es informar a la ciudadanía de lo que está pasando” (Entrevista a Juan Soto Ivars a propósito de la presentación de su ensayo Arden las redes).

Los problemas ambientales, la mayoría de ellos, son de tal complejidad y envergadura que ese periodismo áspero y soberbio, tan complaciente con algunas fuentes que defienden la pureza y lo políticamente correcto (y no hablo necesariamente de la política dominante), no sólo es aburrido sino que es, sobre todo, estéril. Algunos periodistas necesitan sentir que determinadas fuentes, aquellas que (afortunadamente para todos) están entregadas a la defensa de nuestro patrimonio común, celebran su determinación y, sobre todo, su incuestionable toma de postura. Pero es que los periodistas no nos debemos a nuestras fuentes, por loable y abnegado que sea su trabajo, sino a nuestros receptores, esos que necesitan conocer, sin juicios previos, todas las posturas enfrentadas, todos los puntos de vista, todas las aproximaciones, todas las incertidumbres… Y lo peor es que esos periodistas, convertidos en militantes (ciegos), exigen esa misma militancia a sus colegas, como prueba de compromiso y pureza. Como si esto fuera una guerra y no un debate en el que deben primar los argumentos por encima de las adhesiones. La furia es, con frecuencia, la que contamina algunos discursos supuestamente periodísticos, discursos que, en realidad, son mítines en donde resulta mucho más fácil juzgar que entender. Por eso, y aunque resulte paradójico, algunos de los que dicen combatir la censura han acabado por convertirse en los nuevos censores.

“La gente empieza a tener miedo de decir ciertas cosas, pero no porque me van a insultar los otros, sino porque me van a insultar los míos. A mí es eso lo que realmente me preocupa. (…) La postcensura funciona así: gente que tiene una ideología pero puede que no esté al 100% de acuerdo con ella acaba no expresando sus puntos de disconformidad por miedo a que los suyos le llamen traidor. Mucha gente no se atreve a cuestionar ciertos dogmas porque la presión puede ser insufrible. Ahí es donde está el peligro, que nos volvemos monolíticos”. (Entrevista a Juan Soto Ivars a propósito de la presentación de su ensayo Arden las redes).

Aunque a algunos les cueste admitirlo todas, todas las banderas son de conveniencia. Mejor un diálogo (abierto) que una guerra a golpe de banderas…

Predicar al coro nunca sirvió de mucho. Sentirte aplaudido por los fieles es el objetivo de los incapaces. Buscar la aprobación de los gurús, de los líderes inmaculados, sólo sirve para alimentar el ego y alejarnos de la calle, ese espacio en donde nada es inmaculado. Ahora, más que nunca, se necesita una comunicación conciliadora donde esté presente la diversidad, donde podamos conocer todos los elementos en disputa y, sobre todo, concederles la posibilidad de que expresen sus puntos de vista porque en ellos habrá, seguro, alguno o algunos razonables, legítimos.

No se, hay algo que no me cuadra. Algunas de las partes en conflicto, aquellas que se consideran legítimas per se, dicen que quieren cambiar el mundo, acabar con las injusticias, perseguir la corrupción, ayudar a los más débiles, proteger el medio ambiente, trabajar por la paz… Pero todo eso lo defienden con un tono y unos argumentos que no se corresponden con esas (buenas) intenciones. No se, hay algo que no me cuadra cuando leo, cuando escucho, a alguno de estos justicieros de última hora que quieren salvarnos por obligación y a cara de perro. Ni me gustan los toros ni soy cazador, pero, ¿qué sentido moral tiene que un animalista se alegre de la muerte de un torero, o un ecologista de la muerte de un cazador? ¿Qué autoridad ética le concedemos al que justifica el insulto como un arma para la defensa propia? La violencia, aunque sólo sea verbal, ¿es un medio razonable para defender intereses legítimos?

No sólo para los políticos, las instituciones internacionales o las ONGs son utilísimos los trabajos de Johan Galtung, el gran científico de la paz. También los periodistas deberíamos conocer, y tener muy presentes, las reflexiones de Galtung a propósito de la resolución de conflictos porque igualmente sirven para construir esa comunicación democrática, conciliadora y creativa. Sobre esta última virtud, que tanto me interesa y sobre la que ya he escrito en este blog, Galtung nos regala su particular punto de vista: en un conflicto entre partes, explica el sociólogo y matemático noruego, no se trata de convencer, se trata de escucharlas a todas para entender, para entenderlas, y luego se necesita “mucha creatividad para tender puentes entre objetivos legítimos, porque todas las partes tienen, como mínimo, un objetivo legítimo“.

Es preferible escuchar a gritar, interpretar con reposo antes que correr en busca de la exclusiva (un triunfo ridículo en un mundo  interconectado en tiempo real). Condenar a los que no piensan como nosotros es excluirlos de una solución que será cooperativa… o no será. Diálogo, no arengas. Conversaciones, no mítines. Y aquí, por favor, sí que se necesitan algunas gotas de buen humor.

 

Los prejuicios son, con demasiada frecuencia, el disfraz de la ignorancia y el miedo.

 

 

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“Pueden los que creen que pueden” (Eneida, Virgilio)

Después de horas y horas usando el lenguaje de la manera más formal, exprimiendo el significado de cada palabra, modelando las frases para que dibujen la realidad tal y como yo la veo, descifrando el discurso incomprensible de una notaría o el mensaje aburridísimo de un banco, puntualizando la nota que causó inquietud, subrayando la indicación que soluciona, destacando el adjetivo que colorea… Después de horas y horas tecleando en la redonda más neutra y contenida, colocando comas en el lugar exacto y tildes sobre las vocales perezosas… Después de tanto tiempo sin concederle una travesura al castellano se agradece que alguien llame a la puerta y pida una ración desordenada de MAYÚSCULAS, de negritas, de cursivas. Sobre todo que pida cursivas, muchas cursivas

Me gustan las cursivas porque con una simple inclinación distraída son capaces de añadir movimiento al trazo inanimado, poque crean un delicado metalenguaje otorgando a esas palabras que se arrastran otro sentido que no es el propio, el establecido, el previsible. Leo en cursiva e imagino lo que se ocultaba en el ánimo de quien me escribió. Escribo en cursiva y dejo a la imaginación de quien me lee lo que ni yo mismo he llegado a imaginar.

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La peor maldad es la maldad disfrazada, esa que, en el colmo de la hipocresía, practican los canallas que se hacen pasar por justicieros, lobos con piel de cordero que se confunden en el rebaño y que por ello son los más peligrosos.

“Ser bueno no es sinónimo de ser idiota. Ser bueno es una virtud que algunos idiotas no entienden” (Anónimo)

Hay un momento (maravilloso) en la vida en el que tus hijos comienzan a ser tus maestros (si es que no lo fueron, de alguna manera, desde el mismo día en que nacieron) y te devuelven, actualizados, los valores en los que tu los has ido educando. Un día te sorprenden con su manera de mirar el mundo y, sobre todo, con los matices que aprecian en ese vistazo, aparentemente desenfadado, a lo que ocurre a su alrededor. Pero, sobre todo, te maravillas al comprobar que esa mirada y esos matices no se pierden, y se olvidan, en los vericuetos de una mente y un corazón adolescentes, siempre sometidos a una agitación frenética en la que todo, o casi todo, parece caducar a velocidad de vértigo. Ese torbellino de vitalidad se detiene, a veces, un instante, y en ese momento de calma tu hija, o tu hijo, comparten contigo el descubrimiento que a ti se te escapó, el análisis en el que no te detuviste, la observación, oportunísima, en la que tu, con toda tu experiencia, no reparaste.

Una mañana, de esas en las que canturreamos vallenatos camino del cole, mi hija me habló de los micromachismos, esos pequeños detalles en los que se perpetua, sin ruido, sin sangre, sin denuncias, el macromachismo. Una manera, sutil y “civilizada”, de mantener atadas a las mujeres desde que son niñas. Mi hija me fue poniendo ejemplos de su vida cotidiana (porque aunque nos cueste creerlo nuestros hijos, antes incluso de la mayoría de edad, tienen su propia vida cotidiana) y entonces fue como si encendiera una farola en ese lugar, amable, en donde antes sólo se adivinaban algunas sombras que no parecían amenazantes y ahora, merced a esa mirada luminosa y limpia, vemos, con toda nitidez, que las sombras eran en realidad ogros.

Pues sí, son una amenaza tenue, callada, tolerada por aquellos que la incluyen en el capítulo de las gracietas-sin-importancia, pero que a mi, desde ese día, no me hace ninguna gracia. Y que conste que para retirar el humor de algunas situaciones que hasta ese día me resultaban intrascendentes yo también, a mis años, he tenido que aprender y cambiar, y tratar de ser más consciente de ese territorio agrio al que nos conduce la testosterona, la educación, la historia, el poder, las iglesias (que no las religiones), el contexto social, el bombardeo publicitario… Sí, tratar de ser más consciente para no entrar ahí, ni de broma… Y llegados a este punto, como comprenderéis, me rebelo contra esa amenaza con independencia de si va dirigida a una mujer, a un hombre, a un homosexual, a una lesbiana, a un/a bisexual, a un/a transexual… No se qué es lo que temen aquellos que temen a la diferencia y a las fórmulas, cívicas y justas, para defenderla. Quien así teme quizá se teme a si mismo. Para afirmarse no es necesario negar a nadie, al contrario: tu eres, luego yo soy. 

En esos mismos días en los que mi hija me mostró lo que yo no había visto (o no había querido ver, porque uno, aunque luche contra el paso del tiempo, es prisionero de su generación) mi hijo, que ya empezaba a transitar por el lado más salvaje del mundo laboral (por llamar de alguna manera a los contratos basura y a los que encontraron en ellos una fórmula de esclavitud contemporánea), me explicó, con ejemplos igual de reveladores y cercanos, cómo se las gasta cierta progresía a la hora de tratar a sus empleados y cómo una generación, la primera generación, que ha sido educada en la justicia, la igualdad y en el respeto a la diferencia sigue escondiendo, bajo capas cool y flow y chill y eco, el monstruo de la discriminación y el maltrato (de baja intensidad, por supuesto, que tampoco hay que llamar la atención y arriesgarse a un escándalo o una denuncia).

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En las redes sociales encontramos una magnífica representación de individuos malvados. Más o menos la misma que se manifiesta en la vida real sólo que aquí la tenemos concentrada y a domicilio (y con un muestrario de disfraces y caretas que eclipsa a cualquier carnaval).

Mis hijos me han enseñado a ver lo que yo no había sido capaz de ver, al menos en toda su crudeza y en su evidente peligro, quizá porque mi optimismo, el que también he tratado de transmitirles como un valor decisivo, se lleva mal con la evidencia, dolorosa, de que el mal existe y hay gente que lo practica contra el prójimo no a cara descubierta, no, que eso ya no se lleva y además está perseguido, sino oculto bajo alguna máscara amable y modernísima. Es la nueva maldad, la maldad disfrazada, esa que, en el colmo de la hipocresía, practican los canallas que se hacen pasar por bondadosos justicieros, lobos con piel de cordero que se confunden en el rebaño y que por ello son los más peligrosos. Falsos pacifistas que tiran de garrota en cuanto se les lleva la contraria; generosos hipócritas que te atropellan sin miramientos en cuanto se les pone a tiro algún bocado con el que alimentar su ambición.

Corren malos tiempos para combatir ese tipo de maldad, porque en sus extremos más extremos, tanto las derechas como las izquierdas, entregadas a ese burdo populismo con el que tratan de ganar votos y combatir el miedo, alimentan el lado más canalla de los ciudadanos, ese lado oscuro que todos tenemos. Y sí, efectivamente, se puede ser canalla de derechas y de izquierdas, y asomar los colmillos con una impecable justificación ideológica.

Los maltratadores no son únicamente los que salen en los informativos cuando sumamos una víctima a esa macabra estadística. Los machistas no son únicamente los que pagan sus complejos, a golpe de amenaza, zancadilla o grosería, con aquellas mujeres que se cruzan en su camino. Los violentos no siempre usan un grito o un arma, los hay que ni siquiera levantan la voz para dejar en el aire, flotando como un gas venenoso pero invisible, una amenaza cierta. Y no, no me valen las disculpas de una vida difícil, una infancia tormentosa, una salud mental quebradiza o un carácter volcánico.

Los conozco, no son los de las crónicas de sucesos, no están prisioneros en el tranquilizador y lejano universo de un informativo de televisión, un programa de radio o un periódico. Están mucho más cerca. Viven entre nosotros. Sabemos quiénes son y hasta podríamos escribir sus nombres. Y aún así no los vemos, con triste frecuencia no los vemos, porque quizá necesitamos la mirada limpia y luminosa de nuestros hijos. Ellos sí que los ven y los reconocen, al menos los míos, mis hijos, y ellos, mis hijos, no están dispuestos, porque en eso los educamos, a que estos canallas disfrazados, todos tan cool y tan flow y tan chill y tan eco, se salgan con la suya. Ni yo tampoco.

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