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Posts Tagged ‘Año Nuevo’

Musgo sobre la tinaja de Los Linares (Villaviciosa de Córdoba, 29 de enero de 2022). Foto: José María Montero

«Amigos nada más, el resto es selva» (David Trueba)

En esta gota de rocío, que bañaba el musgo de la vieja tinaja familiar, quedaron atrapados los primeros rayos de sol de una mañana de enero en la Sierra Morena cordobesa.

Casi doce meses después, despidiendo el año, la naturaleza me sigue causando el mismo asombro que cuando era niño, al igual que celebro, como si no fuera adulto, la amistad más sencilla, la vuestra, la que no necesita de motivos ni explicaciones.

Estamos demasiado lejos de casi todo. Pocas cosas quedan lo suficientemente cerca como para reconocerlas y tocarlas y entenderlas.

Vuelvo a desearos la felicidad que ya hemos compartido, la que nos espera escondida en el nuevo calendario. La que haremos nuestra en cualquier lugar, sin motivo ni explicación.

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Cuando hice esta foto en Málaga, en el patio del Museo Picasso, no sabía que el azar me llevaría, en 2015, de las manos de Bourgeois (10 am When You Come to Me) a los amantes de Chagall (Les mariés de la tour Eiffel). Y entre una y otro: la luz, el agua, las flores… Es una buena foto, es una buena metáfora, para resumir un año intenso…

«La vida es corta, no la hagamos también pequeña»

(pensé que era una hermosa y espontánea confesión al oído pero descubrí, con pena, que era una cita de Goethe 😉 )

Es un empeño absurdo, un consuelo imposible, pero cuando se acaba el año y hago balance resulta inevitable pensar si aquello que pasó hubiera sido mejor evitarlo, si lo que no ocurrió quizá debería haber sucedido, si realmente (casi) todo fue inevitable o si lo (poco) que evitamos tendríamos que haberlo permitido. Y la conclusión a la que llego, sin pensar mucho, es… siempre la misma: bendito destino, bendito azar que me llevas y me traes regalándome un año, otro año, intenso, sin que pueda hacer otra cosa que celebrar lo inesperado, sea lo que sea.

¿Todo fueron buenas noticias? ¿Todo fueron aciertos? No. Las malas noticias no faltaron a la cita, y los errores, de los que aprender y también de los que no aprenderemos nunca, salpicaron la agenda (ese monstruo que pone orden donde sólo debería habitar el caos) en la dosis adecuada.

Desperté en lugares desconocidos. Crucé bosques al anochecer. Me interné (sin miedo) en las tormentas, buscando un arcoiris. Canté en el coche, al otro lado de la frontera. Descubrí palabras ocultas en las calles de Barcelona, en los escaparates de Estrasburgo, en las azoteas de París, en los acantilados de Swanage, en las bodegas de Valladolid, en las cristaleras de Cádiz, en los portales de Madrid… Cociné, leí, escribí. Regalé. Sonreí. Lloré. Confesé lo que sentía. Escuché. Agarré trenes que me llevaron hasta Bourgeois y Munch. Me entregué a un chaparrón de madrugada. Amé. Descorché cientos de botellas de vino. Cité a Sacks, a Robe, a Patti, a Stevenson, a Benedetti, a Frida, a Catulo… Susurré. Acaricié. Desaparecí en una fiesta. Me hiciste madrugar. Me hiciste reir. Respiré. Volé. Dormí. Soñé.

No, no me he aburrido, pero, eso sí, me he pasado el año huyendo de los aburridos y de los salvapatrias, corriendo en la dirección contraria. Tratando de evitar a los desleales y a los egoístas que, disfrazados, te esperan en cualquier revuelta del camino como bandoleros. No tengo tiempo para ellos, ni para ellas, lo siento. La vida es corta y con personajes así se hace, además, pequeña, muy pequeña, e innecesariamente retorcida.

Y al final (siempre ocurre así) he llegado a vosotr@s, a mis amig@s, a los que no tenéis que mirar el reloj para saber si me podéis dedicar un minuto o toda una vida. Si en los vaivenes del destino caprichoso estáis vosotr@s, cerca o lejos (¿quién dijo distancia?), no necesito cambiar el rumbo, aunque a veces parezca que lo he perdido sin remedio.

Un año más en manos del destino…, como debe ser.

PD: Hoy es 21 de diciembre y, por tanto, la Tierra, como en aquel pequeño vals, ha dado una vuelta completa alrededor del Sol para dejarme exactamente en el mismo lugar. ¿Somos nosotros los que, de manera mansa e imperceptible, volvemos al punto de partida, una y otra vez, o es el universo entero el que gira para regalarnos una segunda oportunidad? Convencidos de que el curso del tiempo es lineal e irreversible no admitimos esos misteriosos bucles a los que tanto esfuerzo dedican poetas y físicos, emparejados, aunque resulte extraño, en la búsqueda de una explicación a esa paradoja que traiciona los relojes, los calendarios y las agendas.

Vuelvo al mismo lugar pero… ya no soy el mismo.

«Tenía los años, los rasguños y la perspicacia suficientes como para saber que la vida es corta, y que cada uno de nuestros titubeos la acorta un poco más»

(Los cuerpos extraños, Lorenzo Silva)

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La tormenta se adivinaba en las costas de África y el sol terminaría por rendirse, como todos los días. Pero el pequeño faro de Punta Carnero (Algeciras) estaba listo para iluminar el Estrecho. De todas las fotos que he hecho a lo largo de 2014 esta es, con diferencia, la que más me gusta. ¿Por qué? No sé… (Foto: José María Montero)

«¿Qué podemos hacer entonces? Entregarnos al presente con toda nuestra alma. Construir cada momento dándonos completamente a lo que nos toca vivir, aquí y ahora» (Álex Rovira).

Nos ha dejado huellas, de las que se ven, y se presume de ellas, y también de esas que, ocultas, hablan, sin más, del paso del tiempo, de los hallazgos que nos han hecho mejores o de los accidentes que fuimos capaces de transformar en lecciones. Nos ha marcado con cicatrices de las que escuecen los días de lluvia o, peor aún, heridas de las que se resisten a cerrarse y, de vez en cuando, aún dejan escapar una gota de sangre que mancha nuestra esperanza. Nos ha traído días luminosos y terribles noches de insomnio. Dibujó inesperados arcoiris para indicarnos el camino en mitad de la tempestad y amaneceres que teñían de naranja nuestras más grises ocupaciones.

Se llevó, sin avisar, a quién aún debería estar a nuestro lado, y puso a nuestro lado a quién nunca imaginamos que sabría descifrar el mohín con el que sonreímos o soñamos. Hizo de la novedad una fiesta y salpicó de risas la más aburrida de las rutinas. Nos hizo valientes cuando sentimos miedo y nos convenció de que la rareza, por escasa, es en realidad una hermosa virtud. Nos hizo amar, sencillamente, y sencillamente nos convenció de que lo imposible no existe. Nos ayudó a no traicionarnos, a no mentirnos, a no causar dolor, a no exigir, a elegir lo más sencillo, a vivir… sin pensar en vivir, por puro placer.

Quizá es que me he acostumbrado a la tormenta y he terminado por encontrar el camino que, con menos luz y mucho más despacio (slow… slow…), es capaz de llevarme, en buena compañía, a donde quiero ir. No se muy bien lo que ha traído el azar y lo que ha venido de la mano del esfuerzo, la búsqueda, el deseo o el cálculo, pero lo cierto es que este 2014 que ando despidiendo me ha parecido maravilloso. Y lo mejor de todo es que l@s que me habéis regalado el milagro de vivir con tanta intensidad lo bueno y lo menos bueno, l@s que me habéis cuidado, no conocéis el paso del tiempo (¿aprenderé alguna vez a no llevar reloj?). Siempre vivís en el presente y allí os encontraré el año que viene. Daros las gracias me sabe a poco, así es que esperadme, allá donde estéis, para un abrazo, nuestro abrazo de año nuevo…

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JCarlos

Así fotografió Juan Carlos Roldán las cumbres de Sierra Nevada desde la Laguna de las Yeguas, a casi 3000 metros de altitud.

Los hay que suben a un otero para sentirse más grandes, pero son los menos. Quien acostumbra a realizar el esfuerzo de ascender a una cumbre, por el mero placer de contemplar el horizonte, sabe de la grandeza con la que la naturaleza se manifiesta en las montañas y se siente (es casi inevitable) pequeño, muy pequeño. Podríamos decir que este ejercicio actúa como una sencilla cura de humildad, recomendable o, mejor, imprescindible, en un mundo que todos los días alimenta nuestra soberbia.

Quine

La cámara de Joaquín Araujo captó esta imagen cuando, el 1 de enero, se encaminaba al Pico Cervales, un ritual que cumple desde hace 26 años.

Los hay que inician el año abandonando el tabaco, volviendo al gimnasio, empezando un libro o apuntándose a clases de inglés. Y también quien estrena el calendario subiendo a una montaña, en un hermoso ritual que, curiosamente, es más frecuente de lo que pudiera pensarse.

Como yo mismo había estrenado este incierto 2013 en la Peña de Arias Montano (Alájar, Parque Natural de la Sierra de Aracena y Picos de Aroche, Huelva), lancé la pregunta en Twitter y tres amig@s contestaron de inmediato. Mientras yo me asomaba a este balcón calcáreo (736 metros sobre el nivel del mar) cargado de simbolismo y desde el que llega a contemplarse el Atlántico en días claros, @juancarlosroldn fotografiaba un paisaje espectacular junto a la laguna de las Yeguas (2938 metros sobre el nivel del mar), uno de los enclaves más apreciados por los montañeros que se aventuran en la zona de cumbres del Espacio Natural de Sierra Nevada (Granada-Almería); @CristinaNarbona disfrutaba del románico que atesora Taüll (1520 metros sobre el nivel del mar), uno de los pequeños municipios de montaña del Vall de Bohí (Lérida), declarado Patrimonio de la Humanidad en el año 2000; y @joaquinaraujo cumplía con su costumbre de ascender al Pico Cervales (1441 metros sobre el nivel del mar), una de las señas de identidad de la Sierra Palomera, en Las Villuercas extremeñas, y cuyo topónimo hace referencia al extinto lince ibérico (que en algunos lugares llaman gato cerval).

Alájar

Desde el Puerto de Alájar fotografié este atardecer de año nuevo.

Cuatro miradas montañeras para estrenar el año. Cuatro atalayas desde las que tratar de ver algo de luz en mitad de esta oscuridad. Una manera de estar en las nubes… sin dejar de pisar la tierra.

Quizá no hay mejor lugar que la naturaleza para encontrar un poco de esperanza, como nos recuerda Viktor Emil Frankl, el neurólogo y psiquiatra austriaco, padre de la Logoterapia, que sobrevivió a los campos de exterminio nazis de Auschwitz y Dachau, y que relató su terrible experiencia en un libro de lectura más que recomendable: El hombre en busca de sentido.

¿Necesitamos del dolor para volver la vista a lo que tenemos tan cerca?

“A medida que la vida interior de los prisioneros se hacía más intensa, sentíamos también la belleza del arte y de la naturaleza como nunca hasta entonces. Bajo su influencia llegábamos a olvidarnos de nuestras terribles circunstancias. Si alguien hubiera visto nuestros rostros cuando, en el viaje de Auschwitz a un campo de Baviera, contemplamos las montañas de Salzburgo con sus cimas refulgentes al atardecer, asomados por las ventanucas enrejadas del vagón celular, nunca hubiera creído que se trataba de los rostros de hombres sin esperanza de vivir ni de ser libres. A pesar de este hecho -o tal vez en razón del mismo- nos sentíamos transportados por la belleza de la naturaleza, de la que durante tanto tiempo nos habíamos visto privados. Incluso en el campo, cualquiera de los prisioneros podía atraer la atención del camarada que trabajaba a su lado señalándole una bella puesta de sol resplandeciendo por entre las altas copas de los bosques bávaros (como se ve en la famosa acuarela de Durero), esos mismos bosques donde construíamos un inmenso almacén de municiones oculto a la vista. Una tarde en que nos hallábamos descansando sobre el piso de nuestra barraca, muertos de cansancio, los cuencos de sopa en las manos, uno de los prisioneros entró corriendo para decirnos que saliéramos al patio a contemplar la maravillosa puesta de sol y, de pie, allá fuera, vimos hacia el oeste densos nubarrones y todo el cielo plagado de nubes que continuamente cambiaban de forma y color desde el azul acero al rojo bermellón, mientras que los desolados barracones grisáceos ofrecían un contraste hiriente cuando los charcos del suelo fangoso reflejaban el resplandor del cielo. Y entonces, después de dar unos pasos en silencio, un prisionero le dijo a otro: «¡Qué bello podría ser el mundo!» “

(Meditaciones en la zanja – El hombre en busca de sentido, Victor E. Frankl, Editorial Herder, Barcelona, 1982).

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