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Posts Tagged ‘artes de pesca’

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Hay un cordón, casi invisible, que une la tierra y el mar. Un cordón que dibuja extraños jeroglíficos sobre el agua. Los habitantes del gran azul no saben que es el dibujo de una trampa. Un cordón, casi invisible, en el que queda atrapada la vida.

PD: Javier Hernández me invitó a que sumara un texto, un pie de foto, a su magnífica exposición de imágenes aéreas del litoral andaluz. Así conté lo que vi. “El vuelo del alcatraz” fue una muestra atípica, una visión inusual de un territorio frágil.

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Corrales de Chipiona. Fotografía de José Castro (Premio Jarife - Ateneo de Chipiona)

Camino de alguno de esos chiringuitos que además de perpetrar paellas también dan café (o algo parecido) a los bañistas más madrugadores, hace unos días nos detuvimos en algunos de los corrales que adornan las playas de Chipiona (Cádiz). Aprovechando la bajamar pudimos explorar sus muros y la extensa laguna que dibujaban. Como quiera que Iñaki y Ana preguntaron el origen y funcionamiento de estos ingenios pesqueros, desconocidos en el norte peninsular (aunque también los hay en Irlanda y Gales), hoy tiro de archivo (dediqué una “Crónica en verde” a este tema un lunes, 26 de mayo de 2003, en las páginas de El País-Andalucía) para contar algunas curiosidades a propósito de estas trampas saladas en las que se sigue practicando una pesca realmente sostenible.  

Los corrales son obra, a partes iguales, del hombre y la naturaleza. Se trata de una serie de parcelas delimitadas por muretes de construcción artificial, usando piedra ostionera, cuya cota de coronación, a media marea, permite la entrada de peces durante la pleamar y su fácil captura en la bajamar.

Los historiadores atribuyen un origen árabe a los corrales de pesca que se repartían por diversos enclaves de la costa atlántica gaditana. La primera referencia gráfica de estos ingenios se encuentra en el mapa de la desembocadura del Guadalquivir realizado por Samuel Champlain a finales del siglo XVI, y ya a mediados del siglo XVIII el Catastro de Ensenada registra ocho de estos corrales en la localidad de Chipiona, la mayoría de ellos propiedad de la Iglesia.

Además de este municipio, también contaban con construcciones de esta naturaleza las vecinas poblaciones de Sanlúcar de Barrameda, el Puerto de Santa María y Rota.

Los corrales, hoy declarados monumento natural, están formados por una pared continua de piedra que, en algunos casos, llega a alcanzar los dos kilómetros de longitud. La altura de los muros está calculada con precisión, de manera que suelen partir a ras de playa para ir ganando altura conforme se adentran en el mar, hasta cubrir una cota máxima de 1,5 metros. La disposición de las piedras con las que están construidos es ciertamente llamativa, ya que se trata de numerosas lajas delgadas que se encajan sin necesidad de mortero. Los ostiones y bellotas de mar han crecido sobre ellas, recubriéndolas y cementando de manera natural toda la estructura.

El interior de los corrales se encuentra surcado por caños que facilitan la evacuación del agua, ya que estos enormes recintos permanecen sumergidos durante la pleamar y quedan al descubierto cuando baja la marea, dejando atrapadas en su interior a multitud de especies que son las que los pescadores aprovechan. Los sargos, mojarras, lisas y pejerreyes suelen utilizar los corrales para criar a sus alevines, mientras que los peces de mayor tamaño, como corvinas, róbalos o palometas, acuden a ellos en busca de peces jóvenes que les sirvan de alimento. Asimismo, chocos, cangrejos, erizos y camarones también frecuentan los corrales para desovar.

Las peculiares características de estos enclaves hace que en ellos puedan convivir especies animales y vegetales propias de zonas rocosas junto a otras que gustan de los fondos de arena o fango. Así, abundan diferentes variedades de algas, fanerógamas marinas, anélidos, peces y moluscos, que otorgan a los corrales una inusual riqueza que, en cierto modo, recuerda a las zonas de arrecife. La presencia de alimento abundante y de fácil acceso es una característica que aprecian, además, numerosas aves marinas y limícolas, visitantes habituales de estos ingenios.

Por último, y en lo que se refiere a sus valores ecológicos, algunos de estos corrales han ofrecido el resguardo necesario para que se mantuvieran parte de los mejores cinturones de dunas de este tramo litoral, como ocurre en Punta Candor, al limitar los efectos de la erosión marina sobre la costa.

Para saber más: 

Trampas en el mar. La “Crónica en verde” original: http://bit.ly/pbiAuN

Corrales de pesca irlandeses: http://terraeantiqvae.com/profiles/blogs/corrales-de-pesca-irlandeses

 

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