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Posts Tagged ‘asombro’

noloseSoy periodista y, sin embargo, sobre multitud de cuestiones no tengo ni la más remota idea. Este contrasentido, con el que convivo desde hace décadas, no suelo confesarlo por pura vergüenza. Tened en cuenta que pertenezco a un oficio en donde la omnisciencia forma parte de los atributos básicos: las redacciones de periódicos, radios y televisiones están repletas de sabios capaces de resolver, sin despeinarse, cualquier tipo de enigma, problema o coyuntura. Y si hablamos de redes sociales… ni os cuento, ese territorio sí que está repleto de listos, gurús e influencer que se atreven a pontificar con la ridícula y soberbia rotundidad que sólo habita en los ignorantes.

He llegado a pensar que, en realidad, se trata de una virulenta enfermedad profesional. Un patógeno capaz de contagiar, en algunos casos, a otros profesionales que frecuentan nuestros territorios. Es la única explicación a la ilimitada solvencia intelectual con la que se manejan tertulianos y columnistas, sean del oficio que sean, en el momento en que adquieren dicha condición. Hoy abordan con soltura la crisis de Siria, mañana encuentran la solución al cambio climático, durante el fin de semana nos sitúan el bosón de Higgs en su justo contexto y el lunes desbrozan las claves de los mercados de renta fija en un tono claramente pedagógico.

Me coloco en el lugar adecuado. Los focos se encienden. El operador de cámara ajusta el plano y desde el control me piden que hable para ajustar el sonido. Faltan segundos para salir al aire y, una vez más, sufro ese vértigo que produce (que a algunos nos produce, quiero decir), exponer nuestros conocimientos a grandes audiencias temiendo que no aprecien el grado justo de error que puede ocultarse en nuestro discurso. ¿Creerán a pie juntillas todo lo que decimos? ¿Sabrán distinguir información de opinión? ¿Sabremos distinguirla nosotros? ¿Seremos su única fuente de información o sólo una referencia que luego enriquecerán con otros puntos de vista? ¿Estoy hablando a mis iguales o caeré en la trampa ególatra de impartir doctrina? Este, a unos segundos de salir al aire, es el peor momento para que aparezcan estas prevenciones, pero…

Lo malo del conocimiento es que lleva, inexorablemente, a la opinión, y esta nos conduce, querámoslo o no, al juicio. Y eso es muy cansado. Agotador. Uno está más o menos acostumbrado a establecer juicios caseros, de poca monta y escasa trascendencia, como éste que ando tejiendo en mi blog (seamos sinceros), pero de ahí a emitir juicios universales urbi et orbe… hay un trecho.

En la mente del experto no cabe un alfiler. No hay sitio para la sorpresa ni para el atrevimiento. Todo está perfectamente dispuesto en una amalgama de neuronas bien repletas de conocimientos, opiniones y juicios. O, lo que es peor, de prejuicios, hábitos y miedos.

La gran naturalista Rachel Carson, a la que ya he citado en este blog, no dejaba de reivindicar la manera en que los niños se enfrentan al mundo, con esa mente de principiantes en la que todo es posible porque el conocimiento aún no ha hecho de las suyas:

“El mundo de un niño es fresco, nuevo y bello, está lleno de sorpresa y excitación. Por desgracia, para la mayoría de nosotros, esta visión clara, el instinto verdadero de lo que es bello y emocionante, se empaña o incluso de pierde al llegar a la edad adulta. Si pudiera influir en el hada madrina buena que supone vela por todos los niños, le pediría el regalo de que el sentido de lo maravilloso de todos los niños del mundo fuese tan indestructible que durase toda la vida”.

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Solo sé… que no sé nada

Lo que sabemos con certeza de este gran universo cambiante es muy limitado.

Jack Kornfield, un psicólogo norteamericano que ha estudiado a fondo las claves de la psicología budista y los beneficios de la meditación, cita, a propósito de esta evidencia sobre la ignorancia (o sobre nuestros limitados conocimientos), las enseñanzas de Seung Sahn, un maestro zen coreano que señala la importancia de valorar la mente del “no sé”. A sus alumnos les invita a preguntarse: “¿Qué es el amor? ¿Qué es la conciencia? ¿De dónde viene tu vida? ¿Qué ocurrirá mañana?”. Cada vez que un estudiante le responde: “no lo sé”, Seung Sahn replica: “Bien, mantén esta mente del <no sé>. Es una mente abierta, una mente clara”.

“Piensa cómo sería que te observases a ti mismo, a una determinada situación o a las otras personas, con esa mente del <no sé>. No sé. Sin certezas. Sin opiniones fijas. Permítete desear entender de nuevo. Observa con la mente que no sabe, con apertura (…). Practica el estar en la mente <no sé> hasta que te sientas cómodo descansando en ella, hasta que lo logres al máximo y puedas reírte y decir: <No sé>”.

(El camino del corazón, Jack Kornfield)

 

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Correlimos-Tridáctilo-03

Correlimos tridáctilo (Foto de Daniel Meraviglia-C en http://fotosdeavesbyloro.blogspot.com.es/).

Paseaba aparentemente distraído, desafiando a la ciclogénesis explosiva (que es una manera algo retorcida, y muy mediática, de llamar a los temporales de toda la vida). Picaba un poco de aquí, correteaba, picaba un poco de allá… Supongo que andaba buscando, con algunos colegas, pulgas de mar para el desayuno. Y desde luego nuestra presencia, a media distancia, le resultaba absolutamente intrascendente.

El correlimos tridáctilo (Calidris alba) se mimetizaba con los brillos del agua y con el vaivén de la espuma. Apenas 50 o 60 gramos de pajarillo inquieto al que pocos, fuera de los círculos ornitológicos, considerarían capaz de volar más allá de esa extensa playa gaditana por la que, el pasado sábado, estirábamos las piernas, y el espíritu, con las primeras luces.

Y, sin embargo, esa pequeña y rechoncha ave zancuda, tan elegante como nerviosa, es una de las muchas migrantes capaces de recorrer miles de kilómetros para pasar el invierno en estas tierras del sur. Para ser exactos, aquel grupo de correlimos es muy posible que llegaran a Cádiz, a mediados de otoño,  procedentes de las costas de Groenlandia, las islas Feroe o el norte de Escandinavia. Un viaje de más de 3.000 kilómetros, con muy pocas escalas, que, discretamente, se repite año tras año.

Los biólogos siguen estudiando los complejos mecanismos de orientación que permiten a estas aves determinar con precisión las rutas a seguir. En algunos casos utilizan como referencia la posición del sol o las estrellas; en otros se guían por la topografía del terreno, reconociendo los diferentes accidentes geográficos que encuentran a su paso; o bien aprovechan la declinación magnética, como si utilizaran una suerte de brújula interna capaz de determinar el rumbo correcto. O quién sabe si combinan varias de estas herramientas.

Aunque el estímulo de migrar es un impulso innato en estas especies, es decir, nacen con él, el momento justo para iniciar el viaje lo determina lo que algunos científicos llaman el «reloj biológico». Este mecanismo podría tomar como referencia la duración de los días solares o la temperatura, al igual que ocurre con las plantas. Este reloj suele ser extremadamente preciso y, así, en determinadas especies, se ha llegado a comprobar cómo, todos los años, en primavera, alcanzan sus territorios de cría en la misma semana.

Pero, ¿qué más da toda esa información? ¿De qué sirven tantos datos y cifras? ¿Los necesita un niño cuando se sorprende de la presencia de estas aves sorteando las olas? El asombro no necesita de ninguna erudición. Sólo hay que saber mirar y poner en esa mirada algo de sentimiento, una cierta empatía con todo lo vivo.

9788499201474La casualidad quiso que un día antes de ese paseo invernal a pie de playa descubriera, en una librería de Madrid, una pequeña joya (para no desentonar con el tamaño de la zancuda): El sentido del asombro (Rachel Carson, Editorial Encuentro). Un texto muy breve, inédito en español, de la autora de Primavera silenciosa, la obra que, en 1962, despertó la conciencia ambiental de millones de personas alertando sobre los devastadores efectos del uso incontrolado de pesticidas. Carson fue una pionera de la divulgación ambiental y en ese texto, tomado de una de sus conferencias, defiende el valor del asombro como motor del conocimiento y el aprecio por la naturaleza. Y que mejor ejemplo que el de los inquietos correlimos…

Yo creo que el valor de jugar a identificar depende de cómo se juegue. Si es un fin en sí mismo creo que no tiene mucha utilidad. Es muy fácil recopilar extensas listas de criaturas vistas e identificadas sin que se te haya cortado la respiración por la maravilla del prodigio de la vida. Si un niño me hiciera una pregunta que insinuase una apenas perceptible conciencia acerca del misterio que subyace tras la llegada a la playa de la migración del correlimos una mañana de agosto, yo estaría mucho más feliz por el mero hecho de que supiera que es un correlimos y no un chorlitejo”.

 (El sentido del asombro, Rachel Carson)

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