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Comprar, tirar, comprar, tirar, comprar, tirar….

Me cuentan desde Kloshletter, citando a Xataka , que la Unión Europea ha dado luz verde al «derecho a reparar», un plan para limitar los productos electrónicos de un solo uso, alargar su vida útil, obligar a los fabricantes a facilitar el arreglo de los dispositivos y ofrecer más información sobre la capacidad de cada producto para corregir sus problemas de uso.

Ya era hora. El volumen de residuos eléctricos y electrónicos no deja de crecer y en gran medida se debe a la turbia estrategia de la obsolescencia programada y a los mil obstáculos que hay que sortear para elegir la reparación antes que prescindir de un producto y tener que volverlo a comprar. En no pocas ocasiones nos obligan a convertir en valiosa (y peligrosa) basura productos eléctricos o electrónicos a los que le falla una pequeña pieza, sufren una avería no demasiado importante o ya no pueden actualizarse (y el ejemplo que relato a continuación, vivido en mis propias carnes, creo que es bastante elocuente).  

El huracán del consumo nos devora. Da igual si hay confinamiento, el Black Friday online arrasa y sospecho que en Navidad la avidez por actualizar nuestros gadgets, averiados (sin reparación) y obsoletos (sin actualización), será la de siempre. Lo publicó WWF-Francia no hace mucho: en nuestro hogar, el de un país rico, se estima que almacenamos entre 3.000 y 4.000 objetos, unas quince veces más que nuestros abuelos. Impresionante.

Cada andaluz se deshace al año de más de 5 kilos de residuos eléctricos y electrónicos.

En el año 2016, detalla RAEE Andalucía, “se pusieron en el mercado a nivel estatal más de 620.000 toneladas de aparatos eléctricos y electrónicos (AEE) y desde el Ministerio de Agricultura y Pesca, Alimentación y Medio Ambiente se marca un mínimo estatal de recogida de residuos de aparatos eléctricos y electrónicos (RAEE) de más 489.000 toneladas para 2020. En el caso de Andalucía la recogida durante el año 2018 fue de 42 millones de toneladas, lo que supone una recogida de 5,11 kilos de RAEE por habitante al año”. Al margen de conducir estos residuos al lugar adecuado, ¿cuántas toneladas de estos desechos podrían evitarse reparando lo que es fácilmente reparable?

Nada mejor que un ejemplo personal, más bien una epopeya, para revelar este despropósito. Me ocurrió hace cuatro años, cuando mi flamante smartwatch dejó de funcionar.

Dentro chascarrillo (os copio un resumen de lo que entonces publiqué en redes sociales):

PRESENTACIÓN.- Dícese de un smartwatch Samsung Gear 2 (aunque fue un regalo, precio en tienda = 140 euros). A los tres meses de acabar la garantía (¡ oh casualidad !) deja de cargarse la batería. Reloj muerto. Visita al servicio técnico de Samsung. Primera respuesta original: «Sí, son los pines de carga, que en este modelo son muy malos y se estropean«. Atención al concepto «son-muy-malos» (para qué vamos a andar con florituras…). Segunda respuesta más original aún: «En este modelo ( ¡ oh casualidad !) esa pieza suelta no se puede sustituir, hay que sustituir la caja entera del reloj» (¿quién dijo miedo?). Tercera respuesta absolutamente original y sincera: «No te recomiendo la reparación porque te costaría unos 260 euros«.

¡¡ 를 낳았다 어머니 김정은 !! (¡¡ La madre que parió a Kim Jong-un !!, en coreano).

Esto… ¿260 euros? Es decir, casi como dos relojes completamente nuevos… Reflexión inmediata: los coreanos son gente muy lista (한국인들은 매우 똑똑한 사람들이다, en coreano).

Solución final a pie de Servicio Técnico: cómase el Samsung Gear 2 y cómprese uno nuevo… a ver si hay suerte y no trae ninguna pieza de esas que son «muy-malas» (아주 나쁜 조각, en coreano).

CUMBRE.- Localización de un sencillo tutorial en Youtube para sustituir en casa la pieza «muy-mala» con un simple destornillador y en cinco minutos. Operación apta para Torpes nivel C1 Pro Advanced.

Link: https://youtu.be/qSNnTEmNrlg

Localización en Ebay de la pieza original en un comercio británico. Precio con gastos de envío y conversión en euros = 20 euros (en comercios de Hong Kong, con gastos de envío, se puede conseguir pieza no original a 6 euros).

Link: http://www.ebay.es/itm/Genuine-Samsung-SM-R380-Gear-2-SM-R381-Gear-2-Neo-Gold-Charging-Connector-GH5-/331779175580?hash=item4d3f94749c:g:EhgAAOSw4s9Xk9de

DESENLACE.- Pieza recibida. Pieza sustituida en cinco minutos. Reloj funcionando a la perfección. Diferencia de precio con el Servicio Técnico de Samsung: 240 euros (a favor de un servidor), y, además, un aparato electrónico menos a la basura.

Reflexión final: los coreanos son gente muy lista (한국인들은 매우 똑똑한 사람들이다, en coreano).

La prueba gráfica de la epopeya: la pieza llegada del Reino Unido, el destornillador y la trasera de mi smartwatch a punto de ser destripado siguiendo el tutorial de Youtube.

PD: El lado oscuro de la globalización tiene algunas fisuras que los consumidores bien informados podemos aprovechar, pero es mucho mejor que las autoridades europeas pongan un poco de orden en esta selva.

El derecho a reparar, próximamente en «Espacio Protegido» (Canal sur Televisión).

Epílogo: Cuatro años después de mi reparación el reloj sigue funcionando a la perfección, aunque ya se ha quedado viejo, porque la obsolescencia no sólo se practica en el diseño material del aparato en cuestión sino también en sus prestaciones, en sus actualizaciones y en su capacidad para interactuar con otros dispositivos. Pero bueno, no es lo mismo que algo deje de ser operativo a los dos años que esa obsolescencia se alcance a los seis años, algo he ganado…

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Foto-Pañales-tendidos-3

Sí, todavía hay quien, con buen criterio, defiende y fabrica pañales reutilizables, más económicos y menos agresivos para el medio ambiente.

 

La pareja que me precedía en la cola del supermercado arrastraba un carro monumental y monotemático: pañales desechables. Suficientes pañales desechables, he razonado, como para cubrir las necesidades de unos sextillizos durante un mes (o será, más bien, que he olvidado la velocidad a la que un bebé consume esos sofisticados contenedores de celulosa y plástico…).

Como me ha picado la curiosidad, y con ella nunca está tranquilo un periodista hasta que la sacia, he trasteado un poco en busca de los orígenes del pañal desechable y, sobre todo, de su impacto ambiental. Confieso que el interés no es nuevo, porque hace más de catorce años me hice las mismas preguntas (en realidad este post no es más que una modesta actualización de aquella primitiva página que firmé en El País).

No existe ningún estudio riguroso sobre la cuestión (o al menos yo no lo conozco) y las estimaciones, realizadas por algunos fabricantes, bailan entre cifras (todas ellas) estratosféricas. Hay quien considera que en España se consumen cada año alrededor de 1.600 millones de pañales desechables y quien eleva esta suma hasta los 3.600 millones. El caso es que a la basura, en el mejor de los casos y en todo el país, se arrojan cada año cerca de un millón de toneladas de pañales, la mayoría de los cuales, por los materiales que los componen, tardarán, siendo optimistas, unos doscientos años en degradarse.

Hasta mediados de los años 60 del pasado siglo para cambiar a un bebé se usaban piezas de algodón sujetas con imperdibles, que podían lavarse con facilidad y reutilizarse un buen número de veces. No era una opción muy cómoda para los padres, pero sí que resultaba económica y poco agresiva para el medio ambiente.

Aunque algunos pueblos esquimales venían usando rudimentarios pañales que incorporaban elementos vegetales absorbentes, el primer pañal desechable, fabricado con pulpa de papel, apareció en el mercado a comienzos de los años 70, y poco después se incorporaron las braguitas de plástico que lo cubrían. Hasta 1980 no se integraron ambos elementos, papel y plástico, y los geles de gran absorbencia se añadieron en 1987. En poco tiempo el uso de pañales desechables supuso la práctica desaparición de los reutilizables que, a pesar de todo, aún cuentan con defensores y fabricantes.

Todavía se mantienen grandes discusiones a propósito de la incidencia de ambos tipos de pañales en las alteraciones y enfermedades de la piel, cuestión prioritaria en los primeros meses de vida. Los fabricantes de pañales desechables argumentan que los geles absorbentes ayudan a prevenir las irritaciones cutáneas ya que mantienen la humedad y las deposiciones alejadas de la epidermis, con lo que esta se mantiene suave y sana. Los partidarios de los pañales de algodón, por el contrario, mantienen que este tipo de tejido permite la respiración natural de las zonas corporales que cubre y, por tanto, deberían ser los que se usaran en clínicas y maternidades.

La piel limpia y seca no es propensa a la dermatitis, y seguramente el que se mantenga en buen estado depende sobre todo de la cantidad de veces que se cambie de pañal y no tanto del tipo de artículo que se emplee.

Para los consumidores preocupados por las reacciones alérgicas o el uso de sustancias agresivas es difícil descubrir qué productos químicos, como perfumes o agentes hidratantes, intervienen en la composición de los pañales desechables puesto que esta información no suele detallarse en los embalajes.

Y no sigo trasteando en las redes porque me temo que esta es sólo la punta del iceberg de un tema que, en la cola del supermercado, me parecía mucho más irrelevante, y mi curiosidad anda ya buscando nuevos horizontes…

 

 

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Hace unos días leí en Twitter el titular de una noticia que anunciaba una curiosa investigación (http://www.physorg.com/news/2011-06-ancient-sewer-excavation-roman-diet.html). Al parecer un grupo de científicos se disponía a rastrear en los excrementos fósiles de Herculano, una de las ciudades sepultadas por la erupción del Vesubio, para desvelarnos qué comían los pobladores de aquella primitiva urbe romana hace casi dos mil años.

La noticia me ha recordado los trabajos, que un escenario mucho más cercano, viene desarrollando mi amiga Eloísa Bernáldez, responsable del Servicio de Paleobiología del Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico y profesora en la Universidad Pablo de Olavide.

Cuando conocí a Eloísa, allá por el año 1998, me contó una historia fascinante y divertida para explicarme a qué se dedicaba exactamente, porque la paleobiología era entonces una disciplina muy poco conocida. Aunque la historia tenga en ellas un referente imprescindible, me explicó Eloísa, no siempre las fuentes documentales se ajustan a la realidad que describen. Hasta 1989 nadie dudaba que los monjes que durante más de dos siglos (XV-XVII) ocuparon la Cartuja de Sevilla habían sido fieles a los estrictos preceptos de esta orden religiosa, absteniéndose, por ejemplo, de comer cualquier tipo de carne terrestre, exceptuando el galápago, al que se consideraba un animal acuático. Sin embargo, los arqueólogos que excavaron los basureros de los monjes, en las obras de restauración del monumento con motivo de la Expo92, pusieron en entredicho la disciplina del monasterio. En el depósito de desechos de la casa del prior aparecieron restos de vacas, cabras, ovejas y cerdos, y en el de los monjes se encontraron  estos mismos animales junto a caparazones de galápagos cocidos. En los pozos de los legos también abundaban los galápagos junto a fragmentos de huesos de vaca con cortes y dimensiones que indicaban su uso en la elaboración de caldos.

La paleobiología, que no es más que el estudio de los restos orgánicos que se encuentran en una excavación, había servido para corregir un hecho histórico que se daba como cierto. “Los hombres que generaron estos desechos comieron carne terrestre en relación al rango que ocupaban y, por lo tanto, la documentación existente es la historia prevista o deseada, pero no la que vivieron estos monjes en cuanto a su alimentación», me advirtió Eloísa.

Desde finales de los años 80 del pasado siglo mi amiga se ha dedicado a estudiar los desechos que periódicamente aparecen en distintos yacimientos de la región, aunque gran parte de su actividad investigadora se ha  centrado en los vertederos históricos de la ciudad de Sevilla, algunos de los cuales se remontan al periodo islámico. Cualquiera de estos basureros, señala Eloísa, «te ofrece la única realidad de lo que comieron tus antepasados, te cuenta una parte de su vida cotidiana, de cómo hicieron uso de los recursos naturales que tenían a su alcance e, incluso, de las características biológicas de los animales que consumían o usaban para faenas agrícolas y transporte». De esta manera sorprende comprobar cómo los habitantes de Sevilla no han variado mucho su dieta en tan largo periodo de tiempo. Básicamente se siguen consumiendo los mismos alimentos, aunque hay algunos hechos llamativos, como la gran cantidad de ostras que se han encontrado en numerosas excavaciones, lo que indica que debió ser un producto básico, o los despojos de cerdos asociados tanto a poblaciones cristianas como musulmanas, a pesar de ser un alimento prohibido para estos últimos.

P.D.: La fotografía que ilustra este post muestra la obra Dirty White Trash [With Gulls] de Tim Noble y Sue Webster (1998). Una imagen que vale más que mil bolsas de basura. ¿Por qué será que nos parecemos tanto a nuestros propios desechos?

 

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