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Posts Tagged ‘Bertrand Rusell’

Espantados ante la terrible perspectiva de disponer de cientos de horas libres, y no saber muy bien qué hacer con ellas, las redes se llenaron, en los primeros minutos de la emergencia, de tutoriales para entregarse al macramé aún sin conocimientos previos, manuales para tocar el oboe con soltura en una semana, actividades para entretener a preescolares sin recurrir a los opiáceos, enlaces para ver gratis todo el cine búlgaro (no subtitulado), conciertos (en streaming) desde los domicilios de los principales solistas de Didgeridoo afincados en Queensland, recetas (infalibles) de la cocina tradicional peruana adaptadas para Thermomix, plantillas para imprimir y colorear la obra completa de Pollock o libros electrónicos suficientes para estar leyendo dieciséis horas diarias hasta la Feria del Libro de 2120.

La avalancha de tentadoras ocupaciones domésticas (incluidas las que te capacitan, en dos o tres lecciones on-line, para opinar como resuelto virólogo o sentenciar como avezada epidemióloga) no se ha detenido y, sin embargo, escasean los llamamientos a la vaguncia radical, las soflamas en defensa de la inactividad absoluta o las prédicas alabando las infinitas virtudes de la indolencia. El confinamiento doméstico al que nos ha conducido el coronavirus ha excitado a los defensores del ocio productivo y tiene en silencio a los gandules.

A pesar de sus escritos, no me imagino a Bertrand Rusell ni ocioso ni aburrido. Menuda contradicción…

Es cierto que algunos estamos genéticamente incapacitados para quedarnos quietecitos (valga este post como prueba) pero para aquellos que estén considerando la posibilidad de internarse en el seductor territorio de la gandulería, y no quieran convertirse en objeto de crítica o burla por parte de sus semejantes virtuales (todos ellos ocupadísimos, por el bien de la Humanidad, haciendo macramé, tocando el oboe o viendo cine búlgaro), he preparado un contundente argumentario filosófico recurriendo a mi adorado Bertrand Rusell (al que ya sabéis que visito cada vez que la realidad me supera y necesito algo de luz).

Siguiendo las reflexiones de Russell he llegado a la conclusión de que la ociosidad (no productiva) a la que invita el confinamiento domiciliario tiene, como mínimo, tres ventajas que fácilmente vais a identificar ayudados por algunos párrafos de su obra, párrafos tomados de varios ensayos fechados en la década de los años 30 (del pasado siglo) y que yo mismo he seleccionado en mi biblioteca doméstica… para no aburrirme.

Ventaja 1 .- Una cierta capacidad para aguantar el aburrimiento predispone a la alegría.

ABURRIMIENTO Y EXCITACIÓN (1930)

* El aburrimiento como factor de la conducta humana ha recibido, en mi opinión, mucha menos atención de la que merece. Estoy convencido de que ha sido una de las grandes fuerzas motrices durante toda la época histórica, y en la actualidad lo es más que nunca. El aburrimiento parece ser una emoción característicamente humana. Es cierto que los animales en cautividad se vuelven indiferentes, pasean de un lado a otro y bostezan, pero en su estado natural no creo que experimenten nada parecido al aburrimiento. La mayor parte del tiempo tienen que estar alerta para localizar enemigos, comida o ambas cosas; a veces están apareándose y otras veces están intentando mantenerse abrigados. Pero no creo que se aburran, ni siquiera cuando son desgraciados. Es posible que los simios antropoides se nos parezcan en este aspecto, como en tantos otros, pero como nunca he convivido con ellos no he tenido la oportunidad de hacer el experimento. Uno de los aspectos fundamentales del aburrimiento consiste en el contraste entre las circunstancias actuales y algunas otras circunstancias más agradables que se abren camino de manera irresistible en la imaginación. Otra condición fundamental es que las facultades de la persona no estén plenamente ocupadas. Huir de los enemigos que pretenden quitarnos la vida es desagradable, me imagino, pero desde luego no es aburrido. Ningún hombre se aburre mientras lo están ejecutando, a menos que tenga un valor casi sobrehumano. De manera similar, nadie ha bostezado durante su primer discurso en la Cámara de los Lores, con excepción del difunto duque de Devonshire, que de este modo se ganó la reverencia de sus señorías. El aburrimiento es básicamente un deseo frustrado de que ocurra algo, no necesariamente agradable, sino tan solo algo que permita a la víctima del ennui distinguir un día de otro. En una palabra: lo contrario del aburrimiento no es el placer, sino la excitación.

* Ahora nos aburrimos menos que nuestros antepasados, pero tenemos más miedo de aburrirnos. Ahora sabemos, o más bien creemos, que el aburrimiento no forma parte del destino natural del hombre, sino que se puede evitar si ponemos suficiente empeño en buscar excitación.

* Una vida demasiado llena de excitación es una vida agotadora, en la que se necesitan continuamente estímulos cada vez más fuertes para obtener la excitación que se ha llegado a considerar como parte esencial del placer. Una persona habituada a un exceso de excitación es como una persona con una adicción morbosa a la pimienta, que acaba por encontrar insípida una cantidad de pimienta que ahogaría a cualquier otro. Evitar el exceso de excitación siempre lleva aparejado cierto grado de aburrimiento, pero el exceso de excitación no solo perjudica la salud sino que embota el paladar para todo tipo de placeres, sustituyendo las satisfacciones orgánicas profundas por meras titilaciones, la sabiduría por la maña y la belleza por sorpresas picantes. No quiero llevar al extremo mis objeciones a la excitación. Cierta cantidad es sana, pero, como casi todo, se trata de una cuestión cuantitativa. Demasiado poca puede provocar ansias morbosas, en exceso provoca agotamiento. Así pues, para llevar una vida feliz es imprescindible cierta capacidad de aguantar el aburrimiento, y esta es una de las cosas que se deberían enseñar a los jóvenes.

* La capacidad de soportar una vida más o menos monótona debería adquirirse en la infancia. Los padres modernos tienen mucha culpa en este aspecto; proporcionan a sus hijos demasiadas diversiones pasivas, como espectáculos y golosinas, y no se dan cuenta de la importancia que tiene para un niño que un día sea igual a otro, exceptuando, por supuesto, las ocasiones algo especiales. En general, los placeres de la infancia deberían ser los que el niño extrajera de su entorno aplicando un poco de esfuerzo e inventiva.

* La clase especial de aburrimiento que sufren las poblaciones urbanas modernas está íntimamente relacionada con su separación de la vida en la tierra. Esto es lo que hace que la vida esté llena de calor, polvo y sed, como una peregrinación por el desierto. Entre los que son lo bastante ricos para elegir su modo de vida, la clase particular de insoportable aburrimiento que padecen se debe, por paradójico que esto parezca, a su miedo a aburrirse. Al huir del aburrimiento fructífero caen en las garras de otro mucho peor. Una vida feliz tiene que ser, en gran medida, una vida tranquila, pues solo en un ambiente tranquilo puede vivir la auténtica alegría.

Ventaja 2.- La reducción organizada del trabajo conduce a la felicidad.

ELOGIO DE LA OCIOSIDAD (1932)

* Quiero decir, con toda seriedad, que la fe en las virtudes del trabajo está haciendo mucho daño en el mundo moderno y que el camino hacia la felicidad y la prosperidad pasa por una reducción organizada de aquél.

* El hecho es que mover materia de un lado a otro, aunque en cierta medida es necesario para nuestra existencia, no es, bajo ningún concepto, uno de los fines de la vida humana. Si lo fuera, tendríamos que considerar a cualquier bracero superior a Shakespeare. Hemos sido llevados a conclusiones erradas en esta cuestión por dos causas. Una es la necesidad de tener contentos a los pobres, que ha impulsado a los ricos durante miles de años, a reivindicar la dignidad del trabajo, aunque teniendo buen cuidado de mantenerse indignos a este respecto. La otra es el nuevo placer del mecanismo, que nos hace deleitarnos en los cambios asombrosamente inteligentes que podemos producir en la superficie de la tierra. Ninguno de esos motivos tiene gran atractivo para el que de verdad trabaja. Si le preguntáis cuál es la que considera la mejor parte de su vida, no es probable que os responda: «Me agrada el trabajo físico porque me hace sentir que estoy dando cumplimiento a la más noble de las tareas del hombre y porque me gusta pensar en lo mucho que el hombre puede transformar su planeta. Es cierto que mi cuerpo exige períodos de descanso, que tengo que pasar lo mejor posible, pero nunca soy tan feliz como cuando llega la mañana y puedo volver a la labor de la que procede mi contento». Nunca he oído decir estas cosas a los trabajadores. Consideran el trabajo como debe ser considerado como un medio necesario para ganarse el sustento, y, sea cual fuere la felicidad que puedan disfrutar, la obtienen en sus horas de ocio.

* Podrá decirse que, en tanto que un poco de ocio es agradable, los hombres no sabrían cómo llenar sus días si solamente trabajaran cuatro horas de las veinticuatro. En la medida en que ello es cierto en el mundo moderno, es una condena de nuestra civilización; no hubiese sido cierto en ningún período anterior. Antes había una capacidad para la alegría y los juegos que, hasta cierto punto, ha sido inhibida por el culto a la eficiencia. El hombre moderno piensa que todo debería hacerse por alguna razón determinada, y nunca por sí mismo. Las personas serias, por ejemplo, critican continuamente el hábito de ir al cine, y nos dicen que induce a los jóvenes al delito. Pero todo el trabajo necesario para construir un cine es respetable, porque es trabajo y porque produce beneficios económicos. La noción de que las actividades deseables son aquellas que producen beneficio económico lo ha puesto todo patas arriba.

* Las danzas campesinas han muerto, excepto en remotas regiones rurales, pero los impulsos que dieron lugar a que se las cultivara deben de existir todavía en la naturaleza humana. Los placeres de las poblaciones urbanas han llevado a la mayoría a ser pasivos: ver películas, observar partidos de fútbol, escuchar la radio, y así sucesivamente. Esto resulta del hecho de que sus energías activas se consuman solamente en el trabajo; si tuvieran más tiempo libre, volverían a divertirse con juegos en los que hubieran de tomar parte activa.

* En el pasado, había una reducida clase ociosa y una más numerosa clase trabajadora. La clase ociosa disfrutaba de ventajas que no se fundaban en la justicia social; esto la hacía necesariamente opresiva, limitaba sus simpatías y la obligaba a inventar teorías que justificasen sus privilegios. Estos hechos disminuían grandemente su mérito, pero, a pesar de estos inconvenientes, contribuyó a casi todo lo que llamamos civilización. Cultivó las artes, descubrió las ciencias, escribió los libros, inventó las máquinas y refinó las relaciones sociales. Aun la liberación de los oprimidos ha sido, generalmente, iniciada desde arriba. Sin la clase ociosa, la humanidad nunca hubiese salido de la barbarie.

Ventaja 3.- El confinamiento es una oportunidad magnífica para adquirir conocimientos… inútiles.

CONOCIMIENTO INÚTIL (1932)

* El hábito de encontrar más placer en el pensamiento que en la acción es una salvaguarda contra el desatino y el excesivo amor al poder, un medio para conservar la serenidad en el infortunio y la paz de espíritu en las contrariedades. Es probable que, tarde o temprano, una vida limitada a lo personal llegue a ser insoportablemente dolorosa; sólo las ventanas que dan a un cosmos más amplio y menos inquietante hacen soportables los más trágicos aspectos de la vida.

* Una disposición mental contemplativo tiene ventajas que van de lo más trivial a lo más profundo. Para empezar están las aflicciones de menor envergadura, tales como las pulgas, los trenes que no llegan o los socios discutidores. Al parecer, tales molestias apenas merecen la pena de unas reflexiones sobre las excelencias del heroísmo o la transitoriedad de los males humanos, y, sin embargo, la irritación que producen destruye el buen ánimo y la alegría de vivir de mucha gente. En tales ocasiones, puede hallarse mucho consuelo en esos arrinconados fragmentos de erudición que tienen alguna conexión, real o imaginaria, con el conflicto del momento; y aun cuando no tengan ninguna, sirven para borrar el presente de los propios pensamientos. Al ser asaltados por gente lívida de rabia, es agradable recordar el capítulo del Tratado de las pasiones de Descartes titulado «Por qué son más de temer los que se ponen pálidos de furia que aquellos que se congestionan».

* El conocimiento de hechos curiosos no sólo hace menos desagradables las cosas desagradables, sino que hace más agradables las cosas agradables. Yo encuentro mejor sabor a los albaricoques desde que supe que fueron cultivados inicialmente en China, en la primera época de la dinastía Han; que los rehenes chinos en poder del gran rey Kaniska los introdujeron en la India, de donde se extendieron a Persia, llegando al Imperio romano durante el siglo I de nuestra era; que la palabra «albaricoque» se deriva de la misma fuente latina que la palabra «precoz», porque el albaricoque madura tempranamente, y que la partícula inicial «al» fue añadida por equivocación, a causa de una falsa etimología. Todo esto hace que el fruto tenga un sabor mucho más dulce.
Hace cerca de cien años, un grupo de filántropos bienintencionados fundaron sociedades «para la difusión del conocimiento útil», con el resultado de que las gentes han dejado de apreciar el delicioso sabor del conocimiento «inútil».

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Hace unos días, en un debate en la Facultad de Comunicación de Sevilla, me preguntaron si, frente a la emergencia climática, todavía era optimista. Creo que por vez primera confesé en público haber perdido el optimismo del que siempre he presumido. Ya no tengo argumentos lo suficientemente sólidos como para sostenerlo y no soy persona que se entregue al júbilo de un futuro mejor desde la inconsciencia. Me he convertido, contra mi voluntad, en un optimista bien (demasiado bien, por desgracia) informado.

He perdido el optimismo y me he agarrado a la esperanza, me he atado a ella como el marino que se ata al timón de un velero desarbolado en el corazón de una galerna. La esperanza se alimenta de lo inesperado, de lo inédito, de lo que nace a contracorriente desafiando la razón, de lo que se impone por encima del silencio obligado, de lo que aparece, sin esperarlo, contradiciendo al pesimismo. Greta Thunberg es esperanza. Los escolares europeos de los Fridays for Future son esperanza.

Pero justo al encenderse esta tímida luz en mitad de la oscuridad, este faro que parece indicarnos cómo sobrevivir a la galerna, es cuando más cuidado debemos tener para no recuperar, en el peor momento, el optimismo perdido. ¿Qué es lo mejor que podemos hacer los adultos para ayudar a Greta? Apartarnos de su camino, no entorpecer, no molestar y, sobre todo, no contaminar con nuestros viejos errores las nuevas esperanzas.

Resulta tentador, por ejemplo, combatir la apatía ambiental de políticos, medios de comunicación y ciudadanos recurriendo al miedo (aunque no sepamos, o no estemos muy seguros, en qué dirección debemos correr) o, peor aún, considerando que, tal vez, no sea tan mala idea empezar a aplicar estrictas y urgentes regulaciones “ecológicas”, al margen de la aprobación ciudadana, para evitar así el colapso. Por muy negro que se dibuje el horizonte (y se dibuja cada vez más negro) las dos me siguen pareciendo, como siempre he defendido, muy malas soluciones, atajos peligrosamente cercanos al ecofascismo (al ecototalitarismo, para ser más certeros en el uso del calificativo) que ya asoma las orejas y al que, mucho me temo, veremos crecer y crecer (sobre todo en las sociedades más opulentas). Ya tenemos entre nosotros, con apariencia de personas comprometidas con la conservación del medio ambiente, a unos cuantos ecofascistas que se pasean por las redes sociales como impolutos salvapatrias y sospechosos gurús sabelotodo. Y aparecerán muchos más, seguro. Ya no existen los negacionistas (nadie puede contradecir a la Ciencia), ahora sólo nos enfrentamos a oportunistas (aunque se tengan que camuflar) dispuestos a reservarse el uso exclusivo de unos recursos naturales amenazados (aunque hablen del bien común). Cuidado con los lobos con piel de cordero. Cuidado con la maldad disfrazada.

Un momento. Dejadme que me contradiga un poco (como acostumbro): quizás sea el tiempo del miedo, de acuerdo; quizás haya que mostrar, de manera descarnada, hacia dónde nos conduce tanta insensatez. Quizá sea el momento de hablar de crisis existencial porque lo que está en juego es nuestra propia supervivencia como especie (empezando, por supuesto, por los más débiles, por los desfavorecidos, por los oprimidos). Quizás sea el tiempo del miedo, pero… ¿hacia dónde corremos? El problema no puede desvincularse de las soluciones, y por eso hay que insistir en los nuevos escenarios, en los nuevos actores, en las nuevas alianzas, en los motivos para la esperanza. Hay que insistir en el diálogo. Las coincidencias son maravillosas (¡ qué seguros nos sentimos con los nuestros !) pero poco fértiles, es mucho más estimulante la discrepancia educada. Así es que debemos explorar todas las perspectivas y, sin miedo, todas las aristas de este diálogo (que son muchas). Hay que señalar hacia dónde, asustados, sería conveniente correr.

Recapitulando: ¿con miedo o sin miedo? Difícil elección. Sigo pensando, a pesar de la emergencia, que es mejor convencer que asustar, y muchísimo mejor acordar que imponer. La crisis ambiental no puede resolverse con una merma en la calidad democrática de nuestras sociedades (otra merma más, quiero decir). El fin no justifica los medios; el fin, en este caso, sólo justifica a los totalitarios de siempre, esta vez disfrazados de justicieros ambientales (¿sálvese quien pueda?). En vez de traicionar la esencia del modelo democrático lo que hay que hacer es mejorarlo, reforzarlo. Los que creemos en la democracia, con todos sus defectos y sus enormes virtudes, estamos obligados a una inmisericorde autocrítica desde la que explorar, sin miedo o asustados, nuevos modelos de gobernanza, esos que pide Greta de una manera contundente y firme; de forma poco sofisticada pero emocional y, sobre todo, radicalmente educada. No, no es necesario gritar, mejor es convencer. Con calma. Con respeto.

Amenazados por la crisis ambiental, cuando más necesarias son las redes sociales para dialogar, buscar alianzas, confrontar opiniones, potenciar las relaciones y tejer nuevos modelos de sociedad… más se esfuerzan los hooligans en hacer ruido, disparando a todo lo que se mueve, torpedeando cualquier conversación a la que no hayan dado su visto bueno. El ecofascismo tiene en el mundo virtual un magnífico caldo de cultivo. Pero no, desde la mala educación, desde la soberbia y la violencia no se puede construir un futuro mejor. Y, por favor, no me habléis de la emergencia como excusa para sacar el garrote y la imposición. Se puede ser rebelde… y educado (Gandhi). Se puede ser revolucionaria… y educada (Vandana Shiva). Se puede ser firme… y educado (Bertrand Russell). Se puede ser visionaria… y educada (Rachel Carson). La educación no está reñida con la rebelión, con la resistencia, con la protesta. Ni siquiera la fe religiosa es excluyente en un debate de este calado, sólo hay que leer la encíclica Laudato Si´ del Papa Francisco. No, no es necesario renunciar a la educación, y a las fórmulas más conciliadoras, para ser firmes en la defensa de nuestro futuro común.  En esto también nos está dando una lección, a los adultos, Greta Thunberg y el movimiento de escolares europeos que lidera. No los molestemos, hagámonos a un lado o, mejor aún, coloquémonos detrás, siguiendo, con respeto, su estela. No seamos como esos políticos que el día-mundial-de-lo-que-sea sostienen la pancarta que abre la manifestación-de-lo-que-sea, los que se suben a la mesa-presidencia-de-lo-que-sea, los que cortan la cinta-de-lo-que-sea.

No contaminemos con nuestro ego y nuestro cabreo la esperanza que representan Greta y millones de escolares europeos, no hagamos el gilipollas ni los convenzamos de que se conviertan en gilipollas para medrar. Ya hemos visto para que sirve la gilipollez que nos invade, esa que por no distinguir no distingue ni colores políticos.

Hay mucho abusón que se cree con derecho a ser desagradable con otros en nombre de una buena causa como la sostenibilidad, la solidaridad o la excelencia profesional”, aseguraba, fiel a una realidad que muchos consideramos familiar, el periodista Héctor Llanos cuando hace unos días entrevistaba en Copenhague al filósofo Aaron James. Y este último le contestó con otra evidencia que también constatamos muchos, demasiados, en nuestro día a día: “Exacto. En este caso, hay que olvidarse de la dicotomía derechas o izquierdas. Tenemos que centrarnos en la idea de que ser o tolerar a un gilipollas nunca favorece a un colectivo. Puede que los gilipollas logren cierto poder o control sobre las cosas, pero van a ser siempre infelices. Lo opuesto a ser gilipollas es ser feliz. Es algo que debemos enseñar a nuestros hijos”.

Los gilipollas que, siempre cabreados y mirándose el ombligo, andan vociferando por las redes sociales son el mejor ejemplo de la infelicidad humana, y el colmo es que nos la quieran imponer con el argumento que sea. No, por favor, dejadnos ser pesimistas activos y civilizados, dejadnos alimentar la esperanza para, aún en el corazón de la peor galerna, no renunciar a la democracia, ni al diálogo, ni a la justicia, ni a la educación, ni a la felicidad.

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Escuchar a Federico Mayor Zaragoza es aprender y, sobre todo, recuperar la esperanza perdida e, incluso, ese convencimiento, que a veces también se nos tambalea, que habla de un futuro mejor sin renunciar a la bondad.

“El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno y hacerlo durar, y darle espacio” (Italo Calvino, Las ciudades invisibles)

La figura del amigo común resulta decisiva en ese delicado y sorprendente entramado de relaciones que uno va tejiendo a lo largo de la vida. La existencia de un amigo común nos predispone a la confianza y hace que la nueva relación nazca de una manera más cariñosa, con menos pudores y cautelas, con el interés de descubrir si esa amistad compartida es sólo el primer anuncio de otras muchas coincidencias que servirán, en definitiva, para que siga creciendo nuestro mejor patrimonio emocional, el de los amigos, el de las amigas.

A Federico Mayor Zaragoza lo conocí gracias a una buena amiga común, María Novo, una mujer luminosa que desde hace décadas es, para muchos de los que transitamos por el universo de lo ambiental, referente imprescindible. María es uno de esos raros ejemplos en los que se combinan, con absoluta naturalidad, la ciencia y el arte, y también representa a esos pocos especialistas (y aquí me da igual la materia a la que hagamos referencia) que sin renunciar al rigor trabajan desde la bondad, la lealtad y la más atrevida creatividad. María Novo, catedrática de Educación Ambiental y Desarrollo Sostenible en la UNED, es mi amiga y, aún así, me sigo sintiendo su alumno, el discípulo, privilegiado, que sigue aprendiendo de lo mucho que siempre está dispuesta a compartir.

Compartir a su buen amigo, Federico Mayor Zaragoza, ha sido uno de sus últimos regalos. Gracias a esta conexión afectiva tuve oportunidad de disfrutar de un largo desayuno con el que fuera director general de la UNESCO, antes de que ambos, de la mano de Teresa Cruz, directora de la Fundación Descubre, participáramos en un encuentro de divulgación científica en Granada (*). Allí, con el perfil de Sierra Nevada dibujándose al otro lado del ventanal, hablamos de todo un poco, porque con este hombre, lúcido y comprometido, cualquier conversación se convierte en un recorrido apasionante por los escenarios, las épocas, los personajes, los debates, los retos, los problemas, la soluciones… que más nos preocupan (o nos deberían preocupar) a los humanos. Escuchar a Federico es escuchar, parafraseando a Calvino, a quien, en medio del infierno, de los muchos infiernos por los que seguro ha debido transitar, no es infierno, reconocer a quien mira el lado oscuro de la existencia y no se deja contaminar por él, a quien se enfrenta a la injusticia, sin abandonar la firmeza, desde la sensatez y la bondad.

Nada más comenzar ese desayuno Federico puso sobre la mesa el valor de la filosofía en el terreno de la ciencia, de la buena ciencia, y también subrayó la responsabilidad del científico y su papel, decisivo, en una sociedad democrática que aspira a la felicidad. Hace casi seis décadas, recordó, ya recomendaba a sus alumnos de Bioquímica que leyeran filosofía, causando, supongo, el lógico desconcierto entre los futuros farmaceúticos. Citó entonces a Francisco Giner de los Ríos en su defensa de la filosofía y las enseñanzas artísticas «para dirigir con sentido la propia vida«, y yo no pude evitar referirme a Bertrand Rusell, al que había venido releyendo («La conquista de la felicidad») en el autobús que me llevó a Granada: «El secreto de la felicidad es este: que tus intereses sean lo más amplios posibles y que tus reacciones a las cosas y personas que te interesan sean, en la medida de lo posible, amistosas y no hostiles«.

Quizá lo tengo siempre en la mesilla de noche porque cuando duermo también me habla y alimenta mis sueños.

Como quiera que Federico no conocía este pequeño ensayo de Russell decidí regalarle el ejemplar que yo mismo me regalé con motivo de mi cincuenta cumpleaños. Me pareció un gesto sencillo con el que, a través de un libro (¿existe mejor complicidad que la de un libro?), podríamos lanzar otro hilo en esta urdimbre que ya nos une (el libro, por cierto, debe de estar en Madrid, o en Zurich, o en Roma, o en Nueva York, o en vaya-usted-a-saber la ciudad de esa extensa nómina de urbes que Federico sigue visitando con una vitalidad envidiable).

De ese ensayo conservo bastantes apuntes, entre los que se cuentan algunos que ya he compartido en este blog (como el dedicado a los turbios apóstoles de la destrucción, tan presentes y tan cansinos), así es que no me ha resultado difícil localizar una nueva entrega para sumar a esta desmedida devoción, compartida, por Rusell, devoción que hoy adquiere un matiz singular porque no todos los días tiene uno el privilegio de disfrutar de un desayuno pausado con alguien que ha hecho de su vida el mejor ejemplo de que la felicidad no es una utopía sino el objetivo al que deben dedicarse, de manera pacífica y dialogante, los mejores esfuerzos de la comunidad internacional, esa en la que tanto necesitamos a personas como Federico Mayor Zaragoza. A pesar de que en esa conversación con sabor a café transitamos por escenarios complejos (Cataluña, el Brexit, Trump, el cambio climático, la inmigración…) no hubo en su discurso ni el más remoto atisbo de violencia, de rencor, de soberbia, de autoritarismo… La rotundidad con la que Federico se enfrenta a las injusticias está teñida con la misma humanidad y el mismo pacifismo que llevó a Rusell a la cárcel, así es que estoy convencido de que Bertrand y Federico son buenos compañeros de viaje y que el libro, ese que me regalé y le regalé, también debe estar disfrutando de ese encuentro.

La desigualdad no se puede vencer desde la infelicidad como muchos quieren hacernos creer. La felicidad no se puede alcanzar desde la violencia.

PD: Vaya-usted-a-saber a dónde a ido a parar Bertrand de la mano de Federico, pero en casa sigue estando, porque me lo volví a regalar al día siguiente para así colocarlo de nuevo junto a la almohada, ese lugar, cercano, desde el que Rusell sigue recordándome que la maldad puede combatirse desde la bondad, y que el ego desbocado, la envidia o el rencor hay que dejárselos a los malvados para que, prisioneros de esos demonios, se consuman en sus infiernos cotidianos (si puede ser a cierta distancia, a una distancia prudente, de las buenas personas).

«Aunque es cierto que la envidia es la principal fuerza motriz que conduce a la justicia entre las diferentes clases, naciones y sexos, también es cierto que la clase de justicia que se puede esperar como consecuencia de la envidia será, probablemente, del peor tipo posible, consistente más bien en reducir los placeres de los afortunados y no en aumentar los de los desfavorecidos«. (La conquista de la felicidad, Bertrand Rusell).

(*) Próximamente en iDescubre y en Canal Sur Televisión.

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Debajo de una encina, en el corazón de Sierra Morena, no se puede leer cualquier cosa…

 

El objetivo de la escuela [Shantiniketan] no eran solamente los conocimientos, sino la búsqueda de la sabiduría que surge cuando los niños experimentan la naturaleza. Por esto Tagore insistía en dar las clases bajo los árboles. Cuentan que solía decirles a sus alumnos que tenían dos maestros: <Yo soy vuestro maestro humano, pero estos árboles también son vuestros maestros; aprended la lección de ser de estos árboles>”.

(Tierra, Alma, Sociedad / Satish Kumar)

 A la sombra de una encina no debe leerse cualquier cosa. Conviene no derrochar ese regalo de la naturaleza para aburrirse con el esteril debate político de este verano, de este año, de siempre… Con el discurso prescindible de algún gurú de última hora o con la poesía roma de uno de esos vates bendecidos por la progresía oficial.

Este verano, a la sombra de una encina, estuve saboreando, sin prisa, el último libro de Satish Kumar (“Tierra, Alma, Sociedad. Una nueva trinidad para nuestro tiempo”), uno de los filósofos contemporáneos menos conocidos y más certeros. Kumar es fundador y director del Schumacher College, editor de la revista Resurgence & Ecologist  y autor de numerosos libros (“Tu eres luego yo soy”, “El Buda y el terrorista”, “¿Turista o peregrino?”), pero, sobre todo, este hindú que ha cumplido ya los 80 años es un pensador que transmite sus reflexiones desde la experiencia propia y desde la bondad, dos condiciones cada vez menos frecuentes (y más necesarias).

Satish Kumar es uno de los últimos representantes de un grupo excepcional de líderes espirituales decisivos en la historia, en la historia menos oscura, del siglo XX (no confundir espiritualidad con religión, por favor). Inspirado por Gandhi peregrinó durante cuatro años por todo el planeta, a pie y sin pertenencia alguna, divulgando los valores del pacifismo en plena Guerra Fría. Conoció y compartió los ideales y proyectos de Martin Luther King (quien solicitó para Kumar el Premio Nobel de la Paz), Bertrand Rusell y E.F. Schumacher. En la actualidad sigue trabajando en numerosas iniciativas que buscan fomentar una visión holística de la existencia a través del arte, la poesía, la política, la economía, la ecología y la ética.

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El destino me regaló la oportunidad de conocer a uno de los pensadores que más me han inspirado. Un sencillo paseo por el Retiro nos sirvió, aquella mañana de mayo, para celebrar el encuentro… y la vida.

El discurso de Kumar es sencillo pero tremendamente peligroso para el establishment (el de derechas, el de izquierdas, el de centro… el establishment). Baste citar este párrafo de su último libro, donde manifiesta la notoria influencia de Schumacher en su pensamiento y en sus acciones, para descubrir, para descubrirnos, en la trampa que nos tiende el orden, casi cualquier clase de orden:

En las organizaciones grandes las personas quieren orden, pero ese orden a menudo es estático e inerte, y a los individuos dentro de esas organizaciones les suele faltar sentido de la aventura y valentía para asumir riesgos. Schumacher creía que la organización ideal es aquella en la que <existe mucho espacio y la posibilidad de romper con el orden establecido para hacer las cosas que nunca se han hecho antes, que nunca han sido previstas por los guardianes del orden>. Schumacher valoraba la creatividad que actuaba como estímulo para lograr <resultados imprevistos e imprevisibles>.

Schumacher vio que <el peligro concreto inherente a las organizaciones de grandes dimensiones era su natural tendencia a favorecer el orden a expensas de la libertad creativa […]. El orden requiere inteligencia y lleva a la eficiencia; en cambio, la libertad necesita y abre la puerta a la intuición, y lleva a la innovación sin la magnanimidad del desorden que se aventura en lo desconocido e incalculable, sin riesgo y apuestas, la imaginación creativa irrumpe allí donde los ángeles de la burocracia no osan adentrarse; sin esto, la vida es una farsa y una desgracia>”.

(Tierra, Alma, Sociedad / Satish Kumar)

 Cuando miro a mi alrededor, con la ventaja de trabajar en un área del conocimiento en la que abundan los discursos que defienden la sostenibilidad y cuestionan un modelo obsoleto y peligroso de desarrollo, me cuesta trabajo encontrar líderes de opinión que, más allá de estas obviedades que el propio sistema se ha encargado de fagocitar, ofrezcan verdaderas alternativas a contracorriente, ideas frescas que atraigan a los más jóvenes, tesis revolucionarias en las que no haya sed de venganza, modelos integradores que no descuiden la paz ni la felicidad.

El panorama en ese sector de la sociedad que debería liderar el cambio hacia la supervivencia (porque ya no hablamos de vivir mejor o peor, sino de vivir, de sobrevivir, porque el abismo está cada vez más cerca), el panorama es… desolador. Por un lado están los guardianes de las esencias, la vieja intelligentsia alejada de los jóvenes y ensimismada en sus discursos de siempre, discursos retóricos que suenan bien pero que caducaron hace décadas y ya no llevan a ninguna parte. Y en el otro extremo los nuevos revolucionarios, los que reparten certificados de pureza, los que están dispuestos a cambiar todo si antes les dejamos dinamitar todo, si antes les permitimos triturar a los adversarios para despejar el camino. Unos son aburridos, otros peligrosos. Ninguno contempla la bondad como un elemento nuclear de cualquier acción, ni la felicidad como el objetivo último de cualquier estrategia vital. Ambos descuidan la paz porque se pasan el día defendiéndose de sus adversarios, garrote en mano. Sí, es una burda simplificación, y entre unos y otros habita un grupo notable de personas valiosas, pero con esta simplificación convivo a diario en demasiados escenarios (reales y virtuales). Y es agotador y, sobre todo estéril.

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Un selfie antes de entrar en el Reina Sofía. Es difícil no sonreir cuando estás en compañía de este joven de 80 años…

El pasado mes de mayo tuve ocasión de conocer a Satish Kumar. Paseamos por el Retiro, desayunamos con unos amigos y visitamos juntos el Guernica antes de que dictara una conferencia en el abarrotado salón de actos de La Casa Encendida (motivo por el que viajó a Madrid). A pesar de mi inglés catastrófico pude conversar con Satish; reirme, reirnos, con esa manera de celebrar la vida a la que te invita a cada momento y con cualquier motivo. Compartimos, de forma sencilla, una manera de mirar el mundo serena, alejada del ruido y los ruidosos (!cuánto nos distraen¡), pero comprometida y firme. Merece la pena escucharle, leer sus libros y estar atento a la manera en que se involucra en todos los grandes debates de la humanidad, desde el cambio climático hasta la crisis de la educación o los nuevos modelos agrícolas.

Es cualquier cosa menos dogmático. No vende soluciones mágicas ni modelos infalibles. No dinamita nada con la excusa de construir algo mejor. Sencillamente nos inspira para buscar, de la manera más razonable y equitativa, la felicidad y la paz.

 

 

 

 

 

 

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Afortunadamente, Frida, en su papel de bibliotecaria de jardín, pone algo de orden en el caos…

 

Tengo unos cuantos libros en la mesilla, otros tantos en la mochila de playa y alguno más extraviado en la casa serrana, y voy de uno a otro sin importarme mucho el orden. Olvido y releo. Me salto párrafos. Marco algunas líneas que me llaman la atención. Mancho las páginas de tinto o de aftersun. Abandono a la tercera página libros que acabo de comprar y vuelvo a repasar libros que he leído mil veces. Me sorprendo de cómo la vida se acerca a la literatura, ¿o es al contrario? Habito en los libros y por eso a veces me resulta difícil distinguir dónde están los límites de la realidad.

Es verano, y en verano leo de manera anárquica, porque ya bastante orden y compostura soporto durante el resto del año…

«Durante un momento hubo la posibilidad de que no fueran capaces de hacer el cambio, de verse el uno al otro de forma distinta; no recordarían cómo se produjo el cambio, ni les sería otorgada la gracia, y si eso fuese así, ¿qué estaban haciendo en aquel lugar? Al cerrar él la puerta ella volvió a verle. El perfil de su rostro y la inclinaciónde sus pómulos, una inclinación tártara maravillosa y perfecta. Ella percibió el acto de cerrar la puerta como clandestino e insensible, y supo que no había ninguna posibilidad en el mundo de que no hicieran el cambio. Ya estaba hecho» (Las lunas de Júpiter, Alice Munro)

«El buen carácter es, de todas las cualidades morales, la que más necesita el mundo, y el buen carácter es la consecuencia de la tranquilidad y la seguridad, no de una vida de ardua lucha. Los métodos de producción modernos nos han dado la posibilidad de la paz y la seguridad para todos; hemos elegido, en vez de esto, el exceso de trabajo para unos y la inanición para otros. Hasta aquí, hemos sido tan activos como lo éramos antes de que hubiese máquinas; en esto, hemos sido unos necios, pero no hay razón para seguir siendo necios para siempre» (Elogio de la ociosidad, Bertrand Rusell).

Si puedes sentarte en silencio después de recibir noticias difíciles; si en momentos de apuro económico puedes permanecer perfectamente en calma; si puedes ver a tus vecinos viajar a lugares fantásticos sin sentir envidia; si puedes comer cualquier cosa que pongan en tu plato y sentirte tan contento; si puedes dormir después de un día terrible sin tomar un trago ni recurrir a una píldora; si siempre estás contento, estés donde estés, probablemente eres un perro“ (Una lámpara en la oscuridad, Jack Kornfield).

La vida que murmura. La vida abierta.
La vida sonriente y siempre inquieta.
La vida que huye volviendo la cabeza,
tentadora o quizá, sólo niña traviesa.
La vida sin más. La vida ciega
que quiere ser vivida sin mayores consecuencias,
sin hacer aspavientos, sin históricas histerias,
sin dolores trascendentes ni alegrías triunfales,
ligera, sólo ligera, sencillamente bella
o lo que así solemos llamar en la tierra.
(La vida nada más, Gabriel Celaya)
 

…lo más importante que he aprendido al hacer este trabajo es que cocinar nos introduce en una red de relaciones sociales y ecológicas con las plantas, los animales, la tierra, los horticultores, los microbios que hay dentro y fuera de nuestro organismo y, por supuesto, con las personas a las que nutren y deleitan nuestros platos. Es decir, que lo más importante que he aprendido es que cocinar conecta. La cocina –sea de la clase que sea, la cotidiana o la extrema- nos sitúa en un lugar muy especial del mundo, ya que nos coloca entre el mundo natural por un lado y el mundo social por otro. El cocinero permanece firme entre la naturaleza y la cultura, dirigiendo un proceso de traducción y negociación. Tanto la naturaleza como la cultura se transforman mediante el trabajo, y descubrí que el encargado de realizar ese proceso es el cocinero” (Cocinar. Una historia natural de la transformación, Michel Pollan).

El capitán Van Donck era un hombre brutal y simple, que creía en algo, por repugnante que fuera. Era uno de ésos a los que se puede perdonar. Pero a quien Castle nunca podría perdonarle nada era a aquel suave y educado funcionario del BOSS. Los de su especie, los hombres que tienen educación suficiente para saber lo que hacen, son los que organizan el infierno, a pesar del cielo. Pensó en aquello que tan a menudo le había dicho Carson, su amigo comunista: <Nuestros peores enemigos no son los ignorantes ni los simples, por crueles que éstos sean; nuestros peores enemigos son los inteligentes y los corruptos>” (El factor humano, Graham Greene)

 
 
 
 

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Los libros nos hablan. A veces guardan durante años un mensaje que está destinado a nosotros, únicamente a nosotros. Un mensaje que se rebela en el preciso instante en el que llegamos a la página exacta, al párrafo indicado, a la frase oportuna. ¿Cómo es posible que se produzca esa alineación cósmica entre nuestras circunstancias y las que inspiraron al autor o autora del libro?

Ya os conté, no hace mucho, lo que he disfrutado volviendo, una vez más, a los escritos de Bertrand Rusell, el filósofo que más me ha influido, el que más me ha ayudado a entender, un poco, este asunto inexplicable que es vivir sin caer en el pesimismo ni renunciar a una cierta ética. La conquista de la felicidad es la obra en la que tantas claves he vuelto a encontrar, por más que Rusell lo escribiera hace cerca de noventa años.

En su día dediqué varias entradas de este blog a los estúpidos, de acuerdo a la acertada definición del economista italiano Carlo M. Cipolla (“Una persona estúpida es aquella que causa pérdidas a otra persona o grupo de personas sin obtener ninguna ganancia para sí mismo e incluso incurriendo en pérdidas”), y ahora es Russell quien me regala, en un momento muy adecuado, la explicación a ese afán destructor que mueve a algunos estúpidos disfrazados de justicieros. ¿Existe una lógica de la demolición? ¿Por qué hay quien se empeña en construir y quien sólo piensa en destruir? El filósofo británico lo explica de manera nítida:

Podemos distinguir la construcción de la destrucción por el siguiente criterio: en la construcción, el estado inicial de las cosas es relativamente caótico, pero el resultado encarna un propósito; en la destrucción ocurre al revés: el estado inicial de las cosas encarna un propósito y el resultado es caótico; es decir, lo único que se proponía el destructor era crear un estado de cosas que no encarne un determinado propósito. Este criterio se aplica al caso más literal y obvio que es la construcción y destrucción de edificios. Para construir un edificio se sigue un plano previamente trazado, mientras que al demolerlo nadie decide cómo quedarán exactamente los materiales cuando termine la demolición. Desde luego, la destrucción es necesaria muy a menudo como paso previo para una posterior construcción; en este caso, forma parte de un todo que es constructivo. Pero no es raro que la gente se dedique a actividades cuyos propósitos son destructivos, sin relación con ninguna construcción que pueda venir posteriormente. Muy a menudo, se engañan a sí mismos haciéndose creer que sólo están preparando el terreno para después construir algo nuevo, pero por lo general es posible destapar este engaño, cuando se trata de un engaño, preguntándoles qué se va a construir después. Entonces se verá que dicen vaguedades y hablan sin entusiasmo, mientras que de la destrucción preliminar hablan con entusiasmo y precisión. Esto se aplica a no pocos revolucionarios, militaristas y otros apóstoles de la violencia. Actúan motivados por el odio, generalmente sin que ellos mismos lo sepan; su verdadero objetivo es la destrucción de lo que odian, y se muestran relativamente indiferentes a la cuestión de lo que vendrá luego. No puedo negar que se puede gozar con un trabajo de destrucción, lo mismo que con uno de construcción. Es un gozo más feroz, tal vez más intenso en algunos momentos, pero no produce una satisfacción tan profunda, porque el resultado tiene poco de satisfactorio. Matas a tu enemigo y, una vez muerto, ya no tienes nada que hacer, y la satisfacción que obtienes de la victoria se evapora rápidamente”.

Si los estúpidos, si los que disfrazan su odio y su afán de destrucción en cruzadas purificadoras, han estado presentes, más o menos en la misma proporción, a lo largo de la historia y en todo tipo de escenarios, ¿por qué en algunas circunstancias estos individuos logran la aniquilación que persiguen y en otras no? ¿Cómo es posible que una minoría de descerebrados arrastren al despeñadero a una mayoría de gente sensata? ¿Por qué algunas sociedades, ciertas empresas o determinados colectivos prosperan y otros entran en decadencia? Cipolla tiene una respuesta: “Depende exclusivamente de la capacidad de los individuos inteligentes para mantener a raya a los estúpidos”. Y Rusell también aporta una explicación:El problema de la humanidad es que los estúpidos están seguros de todo y los inteligentes están llenos de dudas”.

 

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Leer a Bertrand Rusell ayuda a reconciliarse con la Humanidad. Lástima que los más necesitados de su filosofía no frecuenten este tipo de lecturas.

 

Dice el ministro del Interior, con esa rotunda seguridad que siempre gastan los ministros del Interior, que “hay que limpiar las redes de indeseables”, quizá convencido de que los indeseables que circulan por las redes no tienen una vida real más allá de estos escenarios virtuales. Los indeseables están a este lado de la pantalla, no nos equivoquemos, lo que ocurre es que el parapeto informático, que en muchos casos actúa, además, como una bebida euforizante (1), sirve a los acomplejados para sacar pecho, convierte a los cobardes en fanfarrones, facilita a los corruptos presumir de honestidad, a los atormentados los viste de templanza y bonhomía, y hasta los mediocres lucen como intelectuales de vasta cultura y refinados gustos (léanse, por ejemplo, los panegíricos de tuiteros casi iletrados dedicados a glosar la figura del escritor muerto…sobre todo si obtuvo el Premio Nobel).

En gran medida, como ocurre en otros órdenes de la vida, la envidia, más o menos disfrazada, suele ser el motor de este curioso fenómeno de cogorza electrónica que deriva, como casi todas las cogorzas, en un despropósito de bochornosas consecuencias.

Hay quien, como el ministro del Interior, piensa que esta es una lacra de la vida moderna, tira de porra y, si cabe, busca iluminación en alguno de esos gurús de ultimísima hora. Pero si volvemos la vista atrás nos encontraremos con el mismo panorama, descrito con la precisión y el talento de quien hace cerca de un siglo se empeñó en defender la bondad por encima de la violencia.

Acabo de leer una pequeña joya de mi admirado Bertrand Russell. “La conquista de la felicidad”, que así se llama el ensayo, se publicó en 1930 pero respira frescura, actualidad y, sobre todo, oportunidad. El filósofo británico no sólo describe, con humor, las causas de la felicidad (algunas no tan obvias como quisiéramos creer) sino que, sobre todo, advierte sobre los motivos de la infelicidad, señalando la envidia como uno de los principales y acercándose a ella con una mirada inquisitiva que no desprecia ninguna perspectiva por chocante que nos parezca.

A mi los indeseables que más miedo me dan en las redes (y fuera de ellas) son esos que nos prometen, a dentelladas y con los ojos inyectados en sangre, la justicia y la igualdad universales. Los que dicen combatir en favor de los más débiles, sin reconocer que los más débiles son ellos. Los que juzgan y condenan con la infalibilidad de un Papa. Los que presumen de cultivar enemigos. No se por qué me recuerdan a aquellos otros que de vez en cuando salían con sus pasamontañas negros asegurando que las bombas y los tiros en la nuca eran el mejor camino para lograr la libertad y la felicidad de un pueblo. Menudos salvapatrias

En cuanto se piensa racionalmente en las desigualdades, se comprueba que son injustas a menos que se basen en algún merito superior. Y en cuanto se ve que son injustas, la envidia resultante no tiene otro remedio que la eliminación de la injusticia. Por eso en nuestra época la envidia desempeña un papel tan importante. Los pobres envidian a los ricos, las naciones pobres envidian a las ricas, las mujeres envidian a los hombres, las mujeres virtuosas envidian a las que, sin serlo, quedan sin castigo. Aunque es cierto que la envidia es la principal fuerza motriz que conduce a la justicia entre las diferentes clases, naciones y sexos, también es cierto que la clase de justicia que se puede esperar como consecuencia de la envidia será, probablemente, del peor tipo posible, consistente más bien en reducir los placeres de los afortunados y no en aumentar los de los desfavorecidos. Las pasiones que hacen estragos en la vida privada también hacen estragos en la vida pública. No hay que suponer que algo tan malo como la envidia pueda producir buenos resultados. Así pues, los que por razones idealistas desean cambios profundos en nuestro sistema social y un gran aumento de la justicia social, deben confiar en que sean otras fuerzas distintas de la envidia las que provoquen los cambios.

(…) El corazón humano, tal como lo ha moldeado la civilización moderna, es más propenso al odio que a la amistad. Y es propenso al odio porque está insatisfecho, porque siente en el fondo de su ser, tal vez incluso subconscientemente, que de algún modo se le ha escapado el sentido de la vida, que seguramente otros que no somos nosotros han acaparado las cosas buenas que la naturaleza ofrece para disfrute de los hombres. La suma positiva de placeres en la vida de un hombre moderno es, sin duda, mayor que en las comunidades más primitivas, pero la conciencia de lo que podría ser ha aumentado mucho más. La próxima vez que lleve a sus hijos al parque zoológico, fíjese en los ojos de los monos: cuando no están haciendo ejercicios gimnásticos o partiendo nueces, muestran una extraña tristeza cansada. Casi se podría pensar que querrían convertirse en hombres, pero no pueden descubrir el procedimiento secreto para lograrlo. En el curso de la evolución se equivocaron de camino; sus primos siguieron avanzando y ellos se quedaron atrás. En el alma del hombre civilizado parece haber penetrado parte de esa misma tensión y angustia. Sabe que existe algo mejor que él y que está casi a su alcance; pero no sabe dónde buscarlo ni cómo encontrarlo. Desesperado, se lanza contra el prójimo, que está igual de perdido y es igual de desdichado. Hemos alcanzado una fase de la evolución que no es la fase final. Hay que atravesarla rápidamente, porque, si no, casi todos pereceremos por el camino y los demás quedarán perdidos en un bosque de dudas y miedos.

(…) Para encontrar el camino que le permita salir de esta desesperación, el hombre civilizado debe desarrollar su corazón tal como ha desarrollado su cerebro”. (La conquista de la felicidad, Bertrand Rusell). 

Parece que estos párrafos se escribieron anteayer, ¿verdad?, pero lo cierto es que tienen más de 80 años, y mucho me temo que el corazón de muchos, de demasiados, sigue encerrado en una cueva oscura y primitiva.

(1) En 2012 se publicaban los curiosos resultados de un estudio que firmaban investigadores de las universidades de Columbia y Pittsburg, y en el que se asegura que hay varios factores de la interacción on line que nos hacen comportarnos como si hubiéramos bebido más de tres gin tonics en una hora (imaginaros el efecto de estos pelotazos virtuales en el internauta que ya teclea bien cocido o viene cocido de serie). Por eso abundan las expresiones violentas, las amenazas tabernarias, las muestras de amor más bochornosas o la exaltación –sin límites– de la amistad, justamente el repertorio de lindezas con las que suelen aburrirnos o incomodarnos los borrachos.

 

 

 

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