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Muchachos trepando a un árbol, 1791-92, óleo sobre lienzo. Francisco de Goya. Museo del Prado (Sala 090).

¿Por qué a los niños le gusta subirse a los árboles? Gracias a la invitación de la doctora Concha Villaescusa, el pasado 11 de junio tuve ocasión de hacerme esta pregunta, y tratar de responderla, frente a más de un centenar de pediatras reunidos en el evento de formación Growth22, que se celebró en Madrid. Mi ponencia, que era la de clausura, se dictaba desde el mismo corazón de una gran ciudad, convertida, como tantas otras, en un medio hostil donde la contaminación, el ruido, la escasez de zonas verdes o el individualismo erosionan nuestro bienestar. En el caso de los niños la vida en estos territorios, alejados de la naturaleza, puede terminar provocando importantes alteraciones en su salud física y emocional. Cada vez se suman más evidencias, y esas fueron las que compartí, en torno al trastorno por déficit de naturaleza y al carácter reparador que la simple contemplación de un espacio silvestre tiene en los humanos.

A escasos diez minutos andando del hotel en donde nos reuníamos se encuentra el Museo del Prado y allí se conserva el óleo Muchachos trepando a un árbol, de Goya, obra que transmite el delicado encanto de las escenas que el artista denominaba “asumptos de cosas campestres y jocosas”. Es una variación de otro cuadro, Muchachos cogiendo fruta, que pintó algunos años antes. En ambos casos un grupo de niños se ayudan para encaramarse a un árbol, acción que entonces debía ser tan cotidiana como lo ha sido hasta hace muy poco tiempo. Ahora, hoy, que los niños se suban a un árbol es una rareza, sobre todo en entornos urbanos, donde incluso esta práctica se llega a sancionar con severas multas.

La nuestra es una especie acostumbrada a subirse a los árboles, donde siempre hemos encontrado alimento y refugio, frutos para sortear el hambre y altura suficiente para escapar de algunos predadores. Existe, pues, una íntima relación biológica, que con el tiempo ha derivado en un poderoso vínculo emocional, entre humanos y árboles, hasta el punto de añorar esas acciones primarias que nos devuelven a la vida en la naturaleza. ¿Quién no ha fantaseado con una cabaña en la copa de un árbol?

La hipótesis de la biofilia, expuesta por el entomólogo Edward O. Wilson en  1984,  habla precisamente de esta tendencia innata a sentirnos en comunión con la naturaleza y a tener incluso marcado en nuestros genes el aprecio por un ambiente natural semejante al de las sabanas, el ecosistema en donde habitaron los primates de los que procedemos, espacios salpicados de árboles,  elementos vivos indispensables para procurarnos sustento y otear, de manera segura, el entorno y sus amenazas.

La vida en la ciudad ha ido deteriorando este vínculo, ocultando que es una necesidad y no un capricho, y llegando, incluso, a generar falsos miedos con los que justificarnos. En cualquier servicio de urgencia saben que son más frecuentes en niños las lesiones provocadas al caerse de una cama que las que tienen su origen en la caída de un árbol, por no hablar de otros accidentes domésticos que lideran las más sombrías estadísticas (intoxicaciones con productos químicos, quemaduras en la cocina, descargas eléctricas…). El psicopedagogo italiano, famoso por sus tiras cómicas dedicadas a la infancia, Francesco Tonucci lo explica de manera contundente: “El lugar más peligroso para un niño es su casa y el coche de sus padres”. Y por eso mismo llega a invertir el argumento más convencional en donde se apoyan los miedos injustificados: “Dejar a los niños salir de casa es una forma de cuidarlos”.  

Diferentes grupos de trabajo, compuestos por especialistas en variadas disciplinas científicas, llevan años estudiando los riesgos que plantean determinadas sustancias químicas en la salud infantil. Entre otras preocupan las dioxinas, los bifenilos policlorados (PCB), los metales pesados y los disruptores endocrinos. Estos últimos, presentes en multitud de elementos de uso cotidiano, actúan como falsas hormonas alterando el correcto funcionamiento del organismo.

Pero la amenaza de estas y otras sustancias nocivas no sólo está presente en el aire contaminado de las grandes ciudades o en espacios abiertos sometidos a un intenso deterioro atmosférico. El interior de los edificios y viviendas también acumula concentraciones notables de agentes tóxicos. Los europeos pasamos entre un 85 % y un 90 % de nuestro tiempo en espacios cerrados, y aunque en ellos se crea la falsa sensación de estar a salvo de las agresiones ambientales, varios  estudios amparados por las autoridades de Bruselas revelan cómo los niveles de contaminación en el interior de inmuebles pueden llegar a duplicar las cantidades medidas en el exterior. Primera evidencia importante: nuestras casas, como asegura Tonucci, no siempre son más seguras que el ambiente exterior.

Todas estas amenazas podrían minimizarse reduciendo lo que Richard Louv describió en 2008 como “trastorno por déficit de naturaleza”, una consecuencia de ese progresivo alejamiento de lo natural hasta el punto de llegar a provocar un “uso disminuido de los sentidos, dificultades de atención e índices más elevados de enfermedades físicas y emocionales”.

Las evidencias en torno a este trastorno no dejan de multiplicarse en diferentes escenarios. En España, por ejemplo, han resultado reveladores los estudios del Instituto de Salud Global (ISGlobal) que han demostrado cómo los niños que tienen una exposición continuada a espacios verdes cerca de sus viviendas presentan mejores resultados en pruebas que miden su capacidad de atención. “Los espacios verdes en las ciudades”, concluyen los especialistas de este centro de investigación con sede en Barcelona, “promueven vínculos sociales y actividad física, así como también disminuyen la exposición a la contaminación del aire y el ruido. Por tanto, son imprescindibles para el desarrollo de los cerebros de las nuevas generaciones”.

Pero, ¿puede evaluarse ese impacto beneficioso en la propia anatomía del cerebro infantil? El ISGlobal quiso profundizar en ese elemento, de manera que volvió a embarcarse en una nueva investigación, en la que también colaboraron el Hospital del Mar y la UCLA Fielding School de Salud Pública. De forma resumida, la principal conclusión de este nuevo estudio es que “los niños y  niñas que se han criado en hogares rodeados de más espacios verdes tienden a presentar mayores volúmenes de materia blanca y gris en ciertas áreas de su cerebro”.  Esas diferencias anatómicas están a su vez “asociadas con efectos beneficiosos sobre la función cognitiva”.

En este último trabajo participaron 253 escolares de Barcelona. La exposición a lo largo de la vida a espacios verdes en la zona residencial se estimó utilizando imágenes vía satélite de todas las direcciones de los participantes desde su nacimiento hasta el momento del estudio, y la anatomía del cerebro se examinó por medio de imágenes por resonancia magnética tridimensional (IRM) de alta resolución. “Este es el primer estudio que evalúa la asociación entre la exposición a largo plazo a los espacios verdes y la estructura del cerebro”, afirma Payam Dadvand, investigador de ISGlobal y autor principal del estudio. “Nuestros hallazgos sugieren que la exposición a espacios verdes de manera temprana en la vida podría resultar en cambios estructurales beneficiosos en el cerebro”, concluye.

Adonina Tardón, directora del Área de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad de Oviedo, tampoco tiene muchas dudas con respecto a esta relación entre salud y espacios verdes en el caso de los más pequeños, algo que han corroborado realizando el seguimiento de casi 500 madres y sus nacidos, hasta los 14 años, en una zona industrializada de Asturias. En este caso la investigación reveló que “a los cuatro años ya existe en los niños una alta prevalencia de metales pesados en la orina, y un importante déficit de vitamina D en sangre, lo que afecta al sistema inmunitario”. Y el motivo de este déficit “podría ser la falta de paseos o juegos al aire libre” entre otros factores. La doctora Tardón expone en sus conclusiones que “es altamente recomendable que los niños paseen al aire libre lo máximo posible, y que se haga una ventilación forzada de los hogares”.

Quizá el especialista que lleva más años involucrado en esta defensa de la vida al aire libre, basada en evidencias científicas, sea José Antonio Corraliza, catedrático de Psicología Ambiental en la Universidad Autónoma de Madrid. Sus trabajos demuestran que “la naturaleza cercana incrementa los recursos con los que somos capaces de enfrentarnos a eventuales situaciones estresantes, que los niños y niñas que asisten a clase en colegios cuyos patios tienen mayor cantidad de naturaleza son capaces de sobrellevar mejor el estrés y que la exposición y el contacto con elementos naturales o naturalizados está en relación directa con las actitudes y el comportamiento a favor del medio ambiente que manifiestan los niños”. Explicado de otra manera, y recurriendo al concepto acuñado por Louv, el trastorno por déficit de naturaleza, sostiene Corraliza después de una extensa revisión de estudios realizados en diferentes ciudades, se manifiesta “en un déficit de atención e hiperactividad, obesidad, ausencia de creatividad y curiosidad, analfabetismo natural, falta de conexión e identidad con el entorno, individualismo y escaso sentido de comunidad”.

Para escapar de esta trampa de asfalto y hormigón Corraliza sugiere que se abra un triple debate, en el que se revise la agenda infantil de vida diaria, donde hay que reducir el uso de tecnología y la vida sedentaria en espacios cerrados; se repiensen los centros escolares, apostando por una naturalización de estos espacios, y, finalmente, se diseñen las ciudades mejorando la calidad de los espacios públicos y la naturaleza urbana. “El contacto con lo natural”, concluye este psicólogo, “no es un entretenimiento, sino algo crucial para nuestro equilibrio psicológico y nuestra salud”. Subirse a los árboles, en definitiva, es algo más que un juego de niños.

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Tengo debilidad por la obra de la fotógrafa (aficionada) Niki Boon, que ha decidido mostrar, en un desnudo y elegante blanco&negro, cómo transcurre la vida de sus hijos en una apartada zona rural de Nueva Zelanda, donde el principal juguete es la naturaleza (www.nikiboonphotos.com/)

Cuando en la playa me aburro de mirar las olas (si es que alguien en su sano juicio puede cansarse de mirar las olas) me entretengo en espiar a los niños pequeños que andan (o gatean) enredando entre las toallas y las sombrillas, o que retozan felices en la misma orilla del mar. En pocos escenarios como este los adultos  permitimos a un menor de edad alcanzar tal grado de sana cochinez y estimulante salvajismo. No importa que traguen agua salada, mastiquen arena, se emborricen en fango, estrujen un puñado de algas o se tatúen los mofletes con la cagada fresca de una gaviota. Ninguna de estas circunstancias solemos juzgarla como peligrosa y, sin embargo, fuera de este escenario natural (como también ocurre fuera de un bosque o de un arroyo) los juegos de un infante cada vez nos provocan más inquietud a cuenta de los peligros visibles e invisibles.

Me pregunta una amiga si el deterioro de la calidad ambiental en las grandes ciudades está afectando a los niños que viven en ellas. Cuando me hacen una pregunta que aparenta tener una respuesta sencilla siempre desconfío de mi tendencia natural a contestar de manera rápida y simplona. Y la respuesta a esta pregunta no es tan sencilla como parece y merece algunas consideraciones que aprovecho para compartir en este blog.

Diferentes grupos de trabajo, compuestos por especialistas en variadas disciplinas científicas, llevan años estudiando los riesgos que plantean determinadas sustancias químicas en la salud infantil. Entre otras preocupan las dioxinas, los bifenilos policlorados (PCB), los metales pesados y los disruptores endocrinos. Estos últimos, presentes en multitud de elementos de uso cotidiano, actúan como falsas hormonas alterando el correcto funcionamiento del organismo.

Pero la amenaza de estas y otras sustancias nocivas no sólo está presente en el aire contaminado de las grandes ciudades o en espacios abiertos sometidos a un intenso deterioro atmosférico. El interior de los edificios y viviendas también acumula concentraciones notables de agentes tóxicos. Los europeos pasamos entre un 85 % y un 90 % de su tiempo en espacios cerrados, y aunque en ellos se crea la falsa sensación de estar a salvo de las agresiones ambientales, varios  estudios amparados por las autoridades de Bruselas revelan cómo los niveles de contaminación en el interior de inmuebles pueden llegar a duplicar las cantidades medidas en el exterior. Primer matiz importante: nuestras casas no siempre son más seguras que el ambiente exterior.

Hace algunos años Josep Ferrís, coordinador de la Unidad de Salud Ambiental Pediátrica del Hospital Materno-Infantil Universitario La Fe (Valencia), me aportaba, a propósito de esta preocupación, un dato incontestable: “Menos del 10 % de las más de 100.000 sustancias químicas que contaminan el medio ambiente han sido valoradas en función de sus efectos en la salud infantil y juvenil”.  En definitiva, argumentaba con sincera contundencia este pediatra, “si a finales del siglo XIX los mineros utilizaban canarios para detectar la peligrosidad ambiental de los fondos de las galerías subterráneas, actualmente nuestros niños son los canarios de la irresponsabilidad, el egoísmo, la avaricia y la falta de respeto al medio ambiente”.

El párrafo es duro, pero no falta a la verdad. Si bien es cierto que la mortalidad infantil no ha dejado de reducirse en nuestro país, poco se sabe aún de los efectos a medio y largo plazo que tendrá la exposición a un creciente número de sustancias químicas. Sobre algunas enfermedades, como el asma, no caben dudas a la hora de establecer su relación directa con el deterioro de la calidad ambiental, pero cada vez se van sumando más evidencias en torno a otras enfermedades como ciertos tipos de cáncer.

El segundo matiz que admite la pregunta es precisar el por qué los niños son particularmente vulnerables a las alteraciones ambientales y a las agresiones de algunas sustancias químicas. En ningún caso, para empezar, los menores pueden ser considerados como “adultos en miniatura”, uno de los principios sobre los que suelen insistir los pediatras, ya que su organismo presenta unas características peculiares que nada tienen que ver con las que se van a manifestar en la edad adulta.

Tanto en la etapa fetal como en los primeros años de vida hay una evidente inmadurez anatómica y funcional, de manera que tanto los órganos vitales como las funciones que estos desempeñan pueden verse alteradas por determinados agentes químicos, capaces de provocar efectos adversos a corto, medio y largo plazo. Especialmente graves son las alteraciones que, por esta causa, pueden originarse en el desarrollo neurológico o en la eficaz puesta a punto del sistema inmunológico.

El rápido crecimiento que se manifiesta en estas primeras etapas hace que los niños coman más alimentos, beban más líquidos y respiren más aire por kilogramo de peso corporal que los adultos. Y esto quiere decir que también incorporan más sustancias nocivas por kilo de peso que un adulto, con el agravante de que no tienen aún plenamente operativos los mecanismos para neutralizar o eliminar estas sustancias. La capa córnea de la piel, al ser menos consistente, facilita, asimismo, el que se introduzcan, por absorción, algunos contaminantes.

Por último hay que anotar los comportamientos sociales, ya que los niños, por ejemplo, aún no saben interpretar los signos de alerta que previenen a los adultos. Además, pasan mucho tiempo a ras de suelo, reptando o gateando, con lo que están más expuestos a los contaminantes presentes en la tierra o el polvo. Incluso en ambientes domésticos los niños que aún no son capaces de andar respiran compuestos orgánicos volátiles que son más densos y pesados que el aire y que, por este motivo, los adultos no inhalan.

Una de las hijas de Niki Boon perfectamente integrada entre las hojas de un arbusto protector. ¿Dónde termina ella y comienza el vegetal?

La pregunta parecía fácil de contestar, pero ya veis que, como en otras muchas cuestiones ambientales, la respuesta nos lleva a un escenario muy complejo, con la inquietud añadida de que lo que está en juego es la salud de nuestros hijos. Por eso, no lo dudéis: dejadlos cochinear y asalvajarse en la naturaleza, dejadlos ser niños en la arena de la playa, a orillas del mar, en el tapiz de hojas de un bosque o entre los guijarros de un arroyo.

 

 

 

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Tejo

Así recuerdo el tejo al que me abracé, hace treinta años, en la jiennense Sierra de Cazorla (la imagen la he tomado de http://wwwsenderoscazorlenses.blogspot.com.es/)

 

Entre mis amigos hay una rara comunidad de individuos que se abrazan a los árboles. Lo hacen por puro gusto, por la satisfacción que da sentirse unidos a un ser vivo que nos presta innumerables servicios, vitales, sin pedirnos nada a cambio. Yo mismo no puedo evitar abrazarme a algunos árboles cuya presencia me conmueve, como me sucedió hace bien poco en un viejo castañar de Fuenteheridos (Huelva).

Esta aparente rareza tiene su base científica porque no son pocos los que, desde una posición más racional que emocional, defienden la hipótesis de la biofilia: los millones de años durante los cuales hubo un estrecho contacto entre los humanos y la naturaleza han inculcado en el Homo sapiens una profunda necesidad emocional congénita de sumarse al resto del mundo de los seres vivos, y por eso necesitamos ese contacto íntimo con vegetales y animales.

Uno de esos raros abrazos que aún permanece vivo en mi memoria, a pesar de los años transcurridos (algo así como tres décadas), se lo di a un tejo, centenario, quizá hasta milenario, que crecía (y espero que siga creciendo) en un rincón de la Sierra de Cazorla. Un árbol imponente que no es extraño que haya sido considerado mágico por muchas culturas, y cuyas virtudes, ocultas, reveló la Medicina no hace muchos años.

Sobre todo en las regiones más occidentales del continente europeo, desde Alemania a Galicia, a lo largo de toda la costa atlántica y las islas británicas e irlandesa, el tejo ha sido considerado desde la antigüedad un árbol sagrado. En torno a esta especie se han tejido numerosas leyendas y ritos, y ejemplares milenarios crecen junto a ermitas, abadías o cementerios. Ignacio Abella, botánico que ha rastreado toda la mitología asociada al tejo, explica algunas de las razones por las que los humanos nos hemos sentido atraídos por este árbol: “Posiblemente la admiración y el culto provengan de aspectos como su asombrosa longevidad, la capacidad de rebrotar incesantemente aún después de caído, el follaje perenne, la dureza pétrea de su madera y su increíble elasticidad, el color rojo intenso de este material y la potencia letal de todas sus partes, exceptuando la envoltura carnosa de su semilla”.

A pesar de la importancia que el hombre le ha concedido, el tejo se encuentra en franca regresión en todos aquellos enclaves en los que se distribuye. En Andalucía todavía podemos encontrarlo en las provincias de Almería (Sierra Nevada), Granada (Sierra de Baza, Sierra de Castril, Sierra Harana, Sierra de Játar, Sierra Nevada y Sierras de Tejeda y Almijara), Jaén (Sierras de Cazorla y Segura, Sierra Mágina) y Málaga (Sierra de las Nieves, Sierras de Tejeda y Almijara). En total se calcula que sobreviven en la región entre 1.200 y 1.800 ejemplares, distribuidos en pequeñas manchas que, en el mejor de los casos, apenas llegan a reunir una veintena de ejemplares. Incluso hay poblaciones que están compuestas por uno o dos individuos aislados. Este fenómeno, que también es frecuente en otros puntos de la península, ha hecho que al tejo se le bautice como el “ermitaño del bosque”, y que su sola presencia justifique la protección de un enclave.

El tejo añade a su valor botánico, determinado por su escasez, interesantes aplicaciones en el campo de la farmacología. Ya a mediados del siglo XIX se utilizaban infusiones de hojas para combatir los gusanos intestinales, regular la menstruación o provocar abortos. Asimismo, se usaba para aliviar espasmos musculares y nerviosos, en molestias de las vías urinarias, reumatismo y artrosis.

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No, no es casual que el monstruo que visita a Conor sea un tejo… En la película de Juan Antonio Bayona también se encierra, estoy seguro que de manera intencionada pero sutil, esta relación entre el cáncer y el árbol que atesora la sustancia capaz de curarlo.

Al margen de estas aplicaciones tradicionales, la medicina oficial comenzó a interesarse por el tejo a comienzos de los años 60, cuando investigadores norteamericanos identificaron una sustancia, el taxol, presente en extractos de corteza y hojas de este árbol. El taxol se mostró muy eficaz en el tratamiento de algunos tipos de cáncer, aunque no parecía fácil convertirlo en un medicamento de uso convencional, ya que se necesitaban de tres a cuatro tejos centenarios para obtener el taxol necesario en el tratamiento de un solo enfermo.

Aún así, y después de numerosas experiencias para obtener taxol mediante diferentes procedimientos que no implicaran el sacrificio de los árboles, el gobierno norteamericano aprobó, en 1992, el primer fármaco (Paclitaxel) que contenía este principio activo, indicado para el cáncer de ovario resistente a otros tratamientos. En España se comercializa, con el mismo nombre, desde 1994, y en los últimos años han surgido otros compuestos similares que se usan con éxito en diferentes afecciones tumorales.

¿Es para abrazarlo o no?

Actualización a 18 de diciembre de 2016: Además de la película de Bayona («Un monstruo viene a verme»), y para los que queráis profundizar en las virtudes de este árbol mítico, os recomiento el documental francés «L’if aux frontières de la vie” (“El tejo, en la frontera de la vida”), de la colección «Secretos de las plantas» en las que ha participado el CNRS, la principal institución científica francesa (equivalente a nuestro CSIC).

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Rompiendo la noche

«Al cabo de los años he observado que la belleza, como la felicidad, es frecuente. No pasa un día en que no estemos, al menos un instante, en el paraíso» (J.L. Borges)

Cuando descubrí Instagram encontré una manera, muy simple, de fotografiar y compartir lo más sencillo. Pequeños detalles del mundo que nos rodea a los que sólo hay que acercar la cámara de un móvil, con su mínima sofisticación. De esta manera he ido coleccionando imágenes de piedras batidas por las olas, de cardos que crecen en las cunetas, de amaneceres, de atardeceres, de nubes, de insectos, de sombras, de puertas, de tejas, de charcos… Y el único punto en común de elementos tan dispares ha sido la belleza. Sencillamente.

Concretar la belleza, tratar de atraparla en una definición que establezca las condiciones que la hacen posible, es un empeño al que, desde hace siglos, se dedican, con desigual fortuna, artistas, filósofos, teólogos y hasta físicos. Desde los más fríos parámetros objetivos, que los clásicos llamaron armonía o proporción, hasta el cálido y subjetivo universo de los sentimientos, en donde la belleza es el motor invisible de algunos de nuestros más primitivos placeres, hemos aplicado un sinfín de lentes tratando de enfocar un elemento borroso, difuso, esquivo,… pero esencial.

Charco

Con frecuencia nuestra mirada, inquisitiva, se dirige a la naturaleza, donde el hombre siempre ha convivido con la belleza, quizá porque ambos nacieron al unísono (¿es posible la belleza antes de que en ella se pose nuestra mirada?). Los seguidores de la conocida como hipótesis de la biofilia no dudan en afirmar que los millones de años durante los cuales hubo un estrecho contacto entre los humanos y la naturaleza han inculcado en el Homo sapiens una profunda necesidad emocional congénita de sumarse al resto del mundo de los seres vivos, aspiración cada vez más difícil de consumar en el teatro urbano y post-industrial. La belleza sería, así, el reclamo del paraíso perdido, la llamada de un mundo que nos es propio y que, sin embargo, hemos convertido en ajeno.

Zen playero

A diferencia de lo que ocurre con alguno de los múltiples objetos, hermosos, que el hombre es capaz de crear, la belleza que nos sorprende en el ordenado vuelo de una bandada de gansos, en el sonido del viento sobre las dunas, en el lento discurrir del sol en un crepúsculo junto al mar, en las sombras que proyecta el amanecer entre los árboles o en los caprichosos dibujos que las olas trazan al batir un guijarro…lo que diferencia a todas estas sorpresas es que no necesitan de explicaciones. Podemos percibir la belleza sin saber nada a cuenta de lo que estamos contemplando. Podemos prescindir de la razón, y hasta de la memoria. Sobran las palabras (nunca mejor dicho) o hacen falta muy pocas (¿quién se resiste a un pie siendo periodista?). Algo, profundo y antiguo, nos dice que ahí habita la belleza y, a veces, también nos advierte de su enorme fragilidad.

En soledad

¿Qué perdemos cuando desaparece esa clase de belleza? Lo único que realmente perdemos es lo que no somos capaces de sustituir. Por eso, la muerte de un ser querido nos provoca el mayor dolor. Y un dolor parecido debería producirnos la desaparición de la belleza que palpita en la naturaleza, porque perdemos lo irreproducible, lo inimitable. Seamos sinceros: hasta ahora no hemos conseguido desentrañar, y comprender, la densa maraña de vínculos y equilibrios que hacen posible el más simple de los ecosistemas. La naturaleza desconcierta a la ciencia y a la tecnología, al arte y a la filosofía,  a cualquiera de las herramientas con las que el hombre trata de convertirse en creador, porque es un infinito juego de contradicciones, una enorme paradoja, que no admite copias, en donde conviven la armonía y el caos, la proporción y la desmesura, la perfección y el error, lo absoluto y lo incompleto, lo permanente y lo efímero.

Microselva gallega

Instagram es la excusa. El smartphone es, al mismo tiempo, soporte y vehículo. Y este blog me sirve de escaparate para mostraros algunas de esas instantáneas que he ido capturando aquí y allá. Pero el utensilio fundamental, el único realmente imprescindible para asomarme a la belleza cotidiana, y compartirla, es el asombro. Sencillamente.

Mi colección de imágenes puede visitarse en:

http://followgram.me/monteromonti/

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