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¿Dónde estará este canuto del Parque Natural de Los Alcornocales? Habrá que preguntarle a Peter Manschot, que hizo la foto, aunque no estoy muy seguro de que quiera revelarnos la ubicación exacta de este bosque secreto…

¿Se os ocurre mejor estación que la primavera para internarse en alguno de los bosques secretos de Andalucía? Al margen de los circuitos habituales, y las rutas más trilladas, el monte andaluz esconde espacios singulares que raramente encontraréis en una guía turística al uso. Quizá no debería revelarlos, para que siguieran siendo el secreto de unos cuantos enamorados (cada vez más, también es verdad), pero no puedo resistir la tentación de compartir la fascinación por un grupo de pequeñas arboledas en donde lo inusual dibuja paisajes de gran belleza.

  • Canuto del Montero (Alcalá de los Gazules, Cádiz). Sobre una superficie de algo menos de 400 hectáreas crece uno de los bosques de niebla más interesantes de la región. Este tipo de formaciones, conocidas popularmente como canutos, registran un particular microclima húmedo y cálido, motivo por el que en ellas encontraron refugio, hace más de 50 millones de años, un nutrido grupo de especies vegetales que entonces proliferaban merced al ambiente casi tropical que dominaba el continente. En este caso, siguiendo el curso del río Montero, crece una tupida arboleda de quejigos que, buscando la luz en la espesura, se levantan por encima de los 20 metros y que suelen estar tapizados de musgo y cubiertos de hiedras. No menos espectaculares son las tallas que alcanzan los alcornoques, alisos, avellanillos, laureles o madroños.
  • Acebuchar de las Machorras (Jerez de la Frontera, Cádiz). Machorra es el término que en esta comarca se asigna a un bosquete aislado de otro y que presenta una espesura importante. Estas machorras jerezanas están compuestas por acebuches, el antepasado de los olivos que hoy cultivamos, su variedad silvestre. Con frecuencia esta especie se presenta como arbusto por lo que, a pesar de su longevidad, no es fácil contemplarla con el porte de un árbol. Los acebuches que crecen en las 74 hectáreas de este enclave, centenarios sin duda, alcanzan perímetros de más de 4 metros y alturas que rondan los 13 metros.
  • Secuoyas de La Losa (Huéscar, Granada). En la segunda mitad del siglo XIX el duque de Wellington regaló al marqués de Corvera algunos ejemplares de secuoyas, procedentes de norteamérica, para la ornamentación del cortijo de La Losa. Hoy medio centenar de estos imponentes árboles se alzan muy por encima de los pinos laricios que los acompañan.
    Aunque no alcanzan el centenar de metros que llegan a medir en sus lugares de origen, estas secuoyas granadinas superan los 50 metros de altura. Arboledas de la misma especie crecen en otros enclaves de la provincia de Granada, como el barranco de los Tejos (Aldeire) o el vivero del Posterillo (Jérez del Marquesado).
  • Fresneda del río Cuzna (Obejo, Córdoba). Los bosques de ribera, que antaño adornaban la mayor parte de los cauces andaluces, han sufrido, como pocas formaciones vegetales, un implacable proceso de exterminio. Por este motivo, la extensa fresneda del río Cuzna, que abarca más de 100 hectáreas, compone un paisaje que cada vez es más difícil de contemplar. Los fresnos están aquí acompañados de tamujos y adelfas, y si se quiere disfrutar de una buena panorámica de esta arboleda lo mejor es acercarse a la atalaya que brinda el puente de la carretera que enlaza Obejo y Pozoblanco.
  • Coscojar de Peñas Rubias (Adamuz, Córdoba). La coscoja es un arbusto bastante frecuente en Andalucía, donde suele componer formaciones de gran densidad hasta el punto de ser prácticamente impenetrables. Sin embargo, no es fácil encontrar bosquetes de esta especie con ejemplares de porte arbóreo. El coscojar que crece en la umbría del abrupto paraje de Peñas Rubias, junto a un olivar, reúne ejemplares de hasta 7 metros de altura y 50 centímetros de perímetro de tronco, acompañados de quejigos, madroños y agracejos.

La naturaleza, en uno de sus raros sortilegios, es capaz de convertir el patrimonio ambiental en patrimonio afectivo. De esto sabe mucho mi amigo el fotógrafo holandés Peter Manschot con el que he tenido el privilegio de colaborar en varias obras y en particular en ese reciente bellezón que se titula “Andalucía, paisajes de empoderamiento”, en el que podréis encontrar la imagen de alguno de estos bosques secretos. Encontrarlos, a pie, ya es cosa vuestra…

 

 

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Hoy, con la llegada de la primavera, se celebra el Día Forestal Mundial, y el hashtag #forestal gana enteros en Twitter. Para celebrarlo rescato un texto que hace algún tiempo (2008) escribí para la revista “Estratos”. Habla de los bosques olvidados de sureste árido español, de los bosques del desierto, una curiosa paradoja bien documentada. 

 

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Aunque hoy, a la vista de sus áridos paisajes, resulta difícil de creer, hubo un tiempo en que amplias zonas del sureste peninsular estuvieron dominadas por frondosos bosques. No fue un inesperado cambio climático el que transformó radicalmente estas tierras de Almería y Murcia, sino la acción devastadora del hombre a lo largo de los siglos. Acudiendo a yacimientos arqueológicos, archivos históricos, índices toponímicos y a la propia observación del medio natural, los hermanos Juan y Jesús García Latorre, historiador e ingeniero forestal respectivamente, han rescatado del olvido la densa vegetación que un día, no muy lejano, pobló algunas de las comarcas en las que ahora se ceba la erosión.

LOS BOSQUES DEL DESIERTO
La historia ecológica del sureste peninsular revela un sorprendente patrimonio forestal y faunístico

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José María Montero. Periodista ambiental
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En 1494, dos años después de la conquista del Reino de Granada, el viajero austriaco Jerónimo Münzer cruzaba la frontera que durante 300 años había delimitado dos sociedades bien distintas. Cristianos y musulmanes estaban separados por una amplia franja, prácticamente deshabitada, que se extendía entre Lorca (Murcia) y Vera (Almería). En el relato de su travesía, que incluye no pocas referencias a la abundante caza mayor, podemos leer: “Después de una jornada de nueve leguas por una comarca de exuberante vegetación, pero sin agua y despoblada, llegamos a Vera”. Cuando los hermanos Juan y Jesús García Latorre, historiador e ingeniero forestal respectivamente, se toparon con este texto anotaron, para su correcta interpretación cinco siglos después, el siguiente comentario: “Nadie hoy, y menos un centroeuropeo, usaría la palabra exuberante para describir el raquítico matorral de la zona, una de las más áridas del sureste ibérico”.

 

La cita, aunque llamativa, es solo una muestra de las múltiples referencias históricas que ambos investigadores han manejado en sus trabajos de investigación sobre la historia ecológica de este sector de la Península. En definitiva, han sido capaces de ofrecer una nueva interpretación de algunos de estos paisajes, en los que el bosque, natural o creado por la mano del hombre, “habría sido un elemento importante hasta épocas muy recientes”.

 

Lo que vio Münzer entre Lorca y Vera, aseguran los hermanos García Latorre, era una maquia de acebuches, una suerte de bosquete en el que se combinaban árboles, grandes y muy próximos entre sí, y un matorral muy alto. La combinación de estos dos elementos configuraba una vegetación densa y casi impenetrable. Espesas maquias de lentiscos, acebuches y sabinas también crecían en el Campo de Cartagena y en el Campo de Dalías.

 

Lejos de la humedad de las ramblas y de los suelos más profundos, la maquia se presentaba en forma menos densa, con los árboles muy dispersos entre el matorral. Un paisaje muy parecido al de la sabana africana. Algunos de aquellos primitivos acebuches que salpicaban estos parajes semidesérticos fueron injertados y unos pocos, destacan estos investigadores, “aún permanecen entre nosotros”. “Hemos localizado algunos de ellos”, precisan, “y son árboles impresionantes y extraños, a veces descomunales, con troncos retorcidos y aspecto de baobabs de la sabana. Centenarios, milenarios en ciertos casos, exhiben las señales de haber sido sometidos a todo tipo de manipulaciones y podas durante siglos para aprovechar sus frutos, madera y forraje”.

 

Cuando Münzer se interna en la comarca del Bajo Andarax, desde los municipios de Santa Fe de Mondújar hasta Almería capital, queda de nuevo sorprendido, en esta ocasión por un modelo de agricultura exótico, desconocido en el norte de Europa. El adjetivo que utiliza en esta parte del relato es “paraíso”. El paisaje que ahora se le presenta, describen los hermanos García Latorre, “era un extenso oasis formado por una densa y frondosa masa de palmeras y árboles frutales, bajo la que crecían, en claros y huecos entre los árboles, hortalizas, parrales, viñas, pequeños prados de alfalfa y bancales sembrados de cereal”. Un oasis artificial cuya existencia dependía de un complejo sistema hidráulico de acequias, pozos y norias. A diferencia de la agricultura que se practicaba en la Europa feudal, lo que crecía en esta zona del Bajo Andarax era fruto de una sabia combinación de horticultura y arboricultura que unía “valores utilitarios y estéticos”. Bosques silvestres y bosques humanizados componían un paisaje hoy desaparecido.

 

Esta es sólo una muestra de las numerosas evidencias que estos investigadores han ido reuniendo a lo largo de una década de trabajo, evidencias que acaban de reunirse en una publicación, Almería: hecha a mano, en la que se analizan las transformaciones ambientales que ha experimentado esta zona de la Península desde la prehistoria hasta la edad contemporánea. “Hemos podido comprobar con nuevos datos”, explica Juan García Latorre, “que efectivamente este desierto contó con una sorprendente cubierta forestal y una fauna extraordinaria hasta épocas históricas recientes”. El bosque mediterráneo en Almería, asegura, “era bastante más rico y complejo de lo que suponen botánicos y ecólogos cuando parten del estudio de la vegetación actual”.

 

Las pruebas de esta llamativa afirmación las han ido encontrando en yacimientos arqueológicos, archivos históricos o índices toponímicos. Y sobre las pistas que ofrecían estas fuentes han recorrido, palmo a palmo, este extenso territorio sureño, observando el medio natural para rescatar del olvido la densa vegetación, y la variada fauna, que un día, no muy lejano, pobló algunas de las comarcas que ahora aparecen dominadas por el desierto.

 

Ambos investigadores han podido, incluso, localizar, como en el caso de los acebuches milenarios, los restos de estos primitivos bosques. Oasis forestales “absolutamente desconocidos y, por tanto, desprovistos de cualquier protección”. Un buen ejemplo de este patrimonio oculto es el pinar del Barranco del Negro, en el corazón del Cabo de Gata, donde los árboles, adultos y jóvenes con una buena tasa de regeneración, sobreviven con tan sólo 170 mm de precipitación media anual. A este inesperado inventario se suman alcornocales en la desnuda sierra de los Filabres, a casi 1.000 metros de altitud, o centenarios quejigales en la sierra de Cabrera, en un enclave semiárido.

 

Precisamente en Cabo de Gata, un desierto volcánico con los índices de precipitación más bajos de Europa, los hermanos García Latorre han descubierto “enormes árboles milenarios, probablemente de más de 1.500 años de antigüedad en algunos casos, que se encuentran no sólo entre los más viejos de la Península Ibérica sino también de todo el Mediterráneo”. En Agua Amarga, por ejemplo, se ha localizado un soberbio olivo o acebuche injertado cuya edad se ha estimado entre 1.500 y 2.000 años, “un monumento de la época romana, pero un monumento vivo”.

 

También en las zonas serranas quedan restos espectaculares de los antiguos bosques almerienses, como el Carrascón de la Peana, una encina que crece a casi 1.500 metros de altitud, en el municipio de Serón. En su base alcanza un perímetro de 15 metros y se eleva hasta los 18 metros de altura, el equivalente a un edificio de seis plantas. “Este árbol”, detallan los investigadores, “ya aparece mencionado en un documento del siglo XVII, tiene una edad estimada de, al menos, 700 años, y posiblemente sea la encina más grande y vieja de Andalucía”.
Sobre una superficie de unos 28.000 kilómetros cuadrados, que cubre todo el sureste español, los hermanos García Latorre han examinado más de 3.000 topónimos que hacen referencia al medio natural y a la acción del hombre sobre el mismo. El alcornoque y la encina aparecen citados de forma muy abundante, circunstancia que “refleja la amplia distribución de estas especies, que iría desde las comarcas más montañosas y húmedas hasta las más áridas como el Cabo de Gata o el Campo de Cartagena”. Otros topónimos hacen referencia a los pinos, madroños, acebuches, lentiscos, coscojas, enebros y sabinas, especies, todas ellas, ya desaparecidas de estos territorios o con poblaciones que apenas son una reliquia de tiempos pasados.

 

Fue la mano del hombre la que arrasó este patrimonio forestal. La escasez de madera empieza a hacerse notar en el siglo XVIII. En julio de 1741 un inspector forestal de la marina de guerra visita la comarca de Vera inventariando los pinares, bastantes esquilmados ya. En la pequeña sierra de Almagro contó 1.600 pinos carrascos, de los que solo ha sobrevivido una pequeña mancha muy degradada en la cima; y en el valle de la Ballabona descubrió que los cultivos habían sustituido casi por completo a los pinos, de manera que solo pudo registrar la existencia de 320 pies, hoy completamente desaparecidos. A pesar de todo, todavía en 1763 el marqués de los Vélez nombraba guardas forestales para sus montes de Sanpétar, en donde lo único que han encontrado ahora estos investigadores “es un viejo pino de grandes dimensiones”.
La fase final en la destrucción de los bosques almerienses se desarrolla a lo largo del siglo XIX, fenómeno que queda relatado con precisión en el Diccionario de Madoz, publicado a mediados de esa centuria. Hasta en nueve voces diferentes de esta obra, explica Andrés Sánchez Picón , profesor de Historia Económica de la Universidad de Almería, se recoge la desaparición del monte alto y bajo de la sierra de Gádor. En los casos de Dalías o Berja se habla de la destrucción reciente y completa de sus grandes encinares, y en parecidos términos se expresan los informantes de pueblos como Beires, Abla y Abrucena.

 

No se puede culpar a las peculiares condiciones climáticas de este desastre, ni tampoco, añade Sánchez Picón, se puede recurrir a rancias leyendas: “A finales del siglo XX, los habitantes de este rincón del sureste árido aluden a ambiguas y legendarias referencias históricas para explicar la deforestación provincial, y no son raras las acusaciones que hacen responsable a la construcción de la Armada Invencible de la desnudez de nuestros montes”. Las causas hay que buscarlas en una sucesión, ininterrumpida desde la Edad Media, de alteraciones causadas por el hombre como consecuencia del cambio en el tipo de aprovechamientos agrícolas, la explosión demográfica, la intensa actividad minera y metalúrgica o la masiva recolección de esparto con destino a la industria papelera británica.

 

En lo que se refiere a la fauna se han hallado nuevas evidencias sobre la presencia de osos, ciervos, nutrias y corzos en las sierras de Almería hasta periodos históricos recientes. “También”, precisa García Latorre, “hemos averiguado, por fin, qué era la encebra, un équido no doméstico sobre el que encontramos referencias documentales desde la Edad Media hasta el siglo XVI. Al parecer era una especie de caballito salvaje con rayas que después de haber vivido en gran parte de España se extinguió en Almería en la época de Cervantes que, de hecho, lo cita en El Quijote”.

 

Estos son algunos de los aspectos más llamativos y curiosos de este trabajo de investigación pero, como advierten sus autores, “no constituyen su tema central”. El medio natural, en sentido estricto, no existe, sino que cuando contemplamos estos paisajes almerienses estamos viendo el producto de la interacción, durante miles de años, de la naturaleza y de las distintas civilizaciones que la han poblado, “cada una de las cuales explotó, manejó y transformó su entorno de manera peculiar y específica, y el estudio de estas interacciones es el verdadero tema central de nuestra obra”.

 

Examinando el pasado se pueden revelar algunas buenas noticias que, incluso, podrían contradecir las tesis más o menos oficiales. Una de nuestras conclusiones, destaca Juan García Latorre, “es que el medio natural de Almería no está más degradado que el de Asturias o Irlanda y que, en contra de lo que se viene afirmando desde hace mucho tiempo, el desierto y la desertización no avanzan en esta provincia, sino que, en realidad, están retrocediendo”. 

LA MINERÍA INSACIABLE

En el retroceso del bosque almeriense durante el siglo XIX jugó un papel fundamental la actividad minera, y en concreto las fábricas metalúrgicas que empleaban combustible vegetal a gran escala. Así lo habían manifestado numerosos autores aunque, hasta hace pocos años, nadie había calculado el impacto real de estas prácticas en la vegetación de comarcas concretas.
Tomando como referencia la sierra de Gádor, Andrés Sánchez Picón ofrece algunas cifras que hablan de la insaciable voracidad de los hornos de fundición que originalmente se alimentaban con especies de monte bajo como el esparto, fundamentales en una provincia que avanzaba a pasos agigantados hacia la desertización. Solo en los 13 años que van de 1823 a 1836, advierte este historiador, “se quemaron más de 660.000 toneladas de esparto”, y entre 1796 y 1860 “pudieron desaparecer en esta sierra unas 50.000 hectáreas de espartal”. Como contrapunto, añade, “en los 54 años del periodo comprendido entre 1861 y 1915, cuando el esparto en rama se convirtió en uno de los principales capítulos de las exportaciones almerienses hacia las fábricas de papel del Reino Unido, las expediciones de este vegetal alcanzaron un volumen total de 741.245 toneladas”.

También fueron pasto de las llamas otras especies de monte alto, como las encinas. Sánchez Picón calcula que pudieron emplearse en los hornos más de medio millón de pies de este árbol, lo que equivale a una superficie afectada de unas 28.000 hectáreas. La cifra posee una magnitud aceptable, concluye, “si tenemos en cuenta que en el Atlas Forestal del siglo XVIII los funcionarios de la Marina habían anotado más de 700.000 encinas en las jurisdicciones montuosas de Roquetas, Dalías, Almócita y Canjáyar, una pequeña parte de la superficie de la sierra de Gádor”. 

LA VIDA EN LA ARIDEZ

La aridez no siempre es consecuencia de la acción humana. A juicio de la bióloga Nuria Guirado, “es preciso aclarar que cuando nos referimos a condiciones climáticas áridas podemos estar hablando de las que rigen desde hace cinco mil años en el Paraje Natural del Desierto de Tabernas”. Almería participa del clima mediterráneo, y por tanto está sometida a un régimen de lluvias muy irregular, pero es que existen ecosistemas perfectamente adaptados a esta inestabilidad. “Es más”, detalla Guirado, “existen numerosos ejemplos de organismos vivos, como las retamas, cuya adaptación a estas condiciones climáticas tan particulares las convierte en auténticas islas de fertilidad, ya que protegen el suelo y facilitan la retención de nutrientes dentro del sistema”.

 

Argumentos similares defienden los hermanos García Latorre cuando hablan de “las virtudes poco conocidas de los secarrales almerienses”. El matorral, “una formación vegetal de gran belleza”, desempeña en el sureste español las mismas funciones que los bosques en otras zonas de Europa. “Posiblemente por estar tan acostumbrados a ellos”, razonan, “no se les presta la atención que merecen, llegando incluso a ser despreciados”.

 

En los áridos campos de Tabernas, por ejemplo, existe una zona donde las retamas alcanzan hasta tres y cuatro metros de altura, y llegan a desarrollar raíces de hasta cincuenta metros de profundidad. “Se ha podido comprobar”, destacan estos especialistas, “que a la sombra de las retamas se forma un microambiente especial, menos árido que el entorno circundante y más fértil gracias al nitrógeno que aportan los tallos que se van desprendiendo del matorral”. De esta manera, la retama, al crear unas condiciones muy favorables, facilita la instalación de numerosas especies vegetales que de otra forma no serían capaces de colonizar estas tierras, aumentando así la biodiversidad de la zona.

 

Un fenómeno similar se produce en las dunas de Punta Entinas, junto al municipio de Roquetas de Mar, donde las sabinas son capaces de alcanzar edades de hasta tres siglos sobre terrenos arenosos en los que escasean los nutrientes. A la sombra de esta especie se desarrollan otros muchos vegetales. En las tierras volcánicas de la sierra del Cabo de Gata se pueden encontrar hasta 70 especies diferentes de plantas en apenas 800 metros cuadrados de terreno. “¿En qué bosques de Europa existe una diversidad parecida?”, se preguntan los hermanos García Latorre. A pesar de los prejuicios que tenemos frente a las zonas áridas, concluyen, “podemos presumir de habitar en uno de los territorios con mayor diversidad vegetal de toda Europa”.

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