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Como en un diminuto bosque de ribera sobre el musgo se levantan microscópicos troncos anaranjados buscando los primeros rayos de sol. Es lo que encontré sobre la piel cobriza de la tinaja un sábado de invierno (Foto: José María Montero)

“La belleza ecológica no es el estímulo estético o la novedad sensorial. Una comprensión de los procesos de la vida subvierte a menudo esas impresiones superficiales. (…) Puede que la comunidad microbiana bajo nuestros pies sea más complejamente bella que una puesta de sol en la montaña, obvia en su grandiosidad. Puede que en la podredumbre y las capas de suciedad encontremos lo sublime viscoso. La estética ecológica es eso: la capacidad de percibir belleza en la relación sostenida y encarnada en el seno de una parte concreta de la comunidad de la vida” (Las canciones de los árboles. Un viaje por las conexiones de la naturaleza, David George Haskell).

Esta es la tinaja en cuya piel de barro crece un bosque microscópico. Lleva con la familia más de un siglo, apenas un suspiro en la escala temporal de las tinajas habitadas… (Foto: José María Montero)

La tinaja, uterina y rechoncha, acompaña a la familia desde hace más de un siglo. La cocieron en alguno de los alfares cuyas ruinas sestean junto al arroyo, en la vereda de los Huertos de la Virgen, en este rincón de la Sierra Morena cordobesa. Tiene algunas heridas, suturadas con grapas herrumbrosas, y esconde el lago oscuro que las pocas lluvias de este invierno han alimentado en su panza. Ya no almacena vino ni guarda aceite. Ni siquiera se mantiene en pie: la dejaron tumbada en el prado que se abre frente a la casa, a la vista del porche, como si ya no tuviera otra función, ni más uso, que el de servir de adorno.

Los musgos son los bosques-isla de esta campiña cocida en un viejo alfar (Foto: José María Montero).

Y es cierto que su perfil, y el ocre de las arcillas con que se modelaron sus curvas, añade un suave rasgo de humanidad, de primitiva humanidad, al paisaje, y lo hace, si cabe, más hermoso. Pero, como ocurre con tantos otros elementos que salpican este raso de Los Linares, es mucho más lo que la tinaja oculta que lo que muestra, y aunque no es fácil reparar en ese llamado –porque es susurro que el viento compone, a su capricho, cuando roza los labios de barro dormido –, su boca, abierta en mueca de asombro, pide que nos acerquemos, que nos acerquemos un poco más, que rocemos su piel, la piel habitada, la rugosa superficie cobriza en la que crece ese bosque que casi nadie conoce, la selva escondida, el microcosmos en el que la naturaleza se multiplica (y se repite, a diferentes escalas) lejos de la mirada (ciega) de los humanos, esa que no distingue la más humilde expresión de la vida.

Estos son los delicados y diminutos tulipanes que se alzan sobre las encrespadas hojas del musgo (Foto: José María Montero).

Lo que parecían irrelevantes manchas verdosas se convierten, cuando el ojo se acerca, en tupidos matorrales (gametófitos) entre los que se alzan árboles anaranjados (esporófitos) cuyas copas se encierran en cápsulas (esporangios) que atesoran las esporas del musgo. Los hay esbeltos y ordenados, como si quisieran recordarnos un bosque de ribera, y otros de líneas curvas y transparencias propias de los más delicados tulipanes. Las algas y hongos que desde hace millones de años viven en simbiosis tapizan los labios de la tinaja, líquenes abrasados por el sol mediterráneo que sobreviven como una triste capa de ceniza hasta que, milagrosamente, se hinchan al contacto con las gotas de rocío para dibujar botones y cálices de un amarillo chillón. Y este derroche de vitalidad, este despliegue de recursos cromáticos, formas extravagantes y estrategias radicales de supervivencia, se manifiesta, insisto, a espaldas de los humanos que, aunque también son piezas de este entramado, andan en otros menesteres, mirando al cielo o mirándose el ombligo, ajenos al espectáculo gratuito que las criptógamas han montado en la tinaja familiar.

Es un microscópico bosque de ribera con árboles anaranjados que brotan entre los matorrales (Foto: José María Montero).

Los que sí saben de su existencia son algunos pájaros que aprecian el amargor de los líquenes, los minúsculos artrópodos (colémbolos) que se sienten atraídos por el perfume del musgo (un reclamo sexual con el que consiguen diseminar su material genético) o las semillas de otros vegetales que aprovechan estos reductos de humedad para germinar.

Vuelve a sorprenderme, como tantas otras veces, la sincronía de la literatura y la experiencia, de lo leído y lo vivido: después de varias décadas de paciente espera la tinaja me reveló su secreto el fin de semana en el que comencé a leer Las canciones de los árboles, de David George Haskell. ¿Y cómo comienza este ensayo de botánica-poética que se ha venido conmigo desde Madrid hasta Los Linares?  Primera frase: “El musgo ha echado a volar, elevándose sobre unas alas tan finas que la luz apenas se da cuenta de la travesía”.

La luz, y la mirada, cómplices en la búsqueda de las redes, casi invisibles, de la vida.

Cuando el ojo se acerca es fácil entender que todo está conectado, que todo tiene sentido, que la individualidad sólo conduce a la extinción.

Cuando la mirada se detiene (lejos de tantas distracciones) es capaz de leer lo que jamás pensó que estaba escrito en la rústica superficie de una vieja tinaja familiar.

El musgo ha echado a volar…

Es suficiente con unas gotas de rocío para que de la ceniza nazca fuego. Los líquenes atesoran la paciencia de los hongos y la sensualidad de las algas (Foto: José María Montero)

“Y esta nuestra vida retirada del bullicio público/ descubre idiomas en los árboles, libros en los arroyos, / sermones en las piedras y el bien en todas las cosas” (Como gustéis, William Shakespeare).

PD: Hace tiempo que dejé en el cajón mi Canon G8 convencido de que la mejor cámara de fotos es la que siempre llevas en el bolsillo. El microcosmos de esta tinaja lo retraté con mi móvil, un Samsung S8+, sin accesorios, a pulso. Claro que, dos días después, cautivado por estas imágenes, ya me había comprado un sencillo macro para adaptárselo al teléfono…

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Quien ahora se asoma a las terrazas de Madinat al-Zahra sólo puede imaginar cómo fue aquella ciudad de leyenda
(“Contraluz con mujer”, de Antiqva Foto en http://antiqvaphotoblog.blogspot.com.es/2012/11/contraluz-con-mujer.html)

Madinat al-Zahra fue, y sigue siendo, una ciudad de leyenda. En opinión de algunos historiadores el califa Abd-al-Rahman III, que ordenó su fundación en torno al año 940, quiso recrear en las estribaciones de la Sierra Morena cordobesa, a escasa distancia de la capital, los paraísos que el Corán prometía a los fieles. Cuentan las crónicas que diariamente llegaron a emplearse en su construcción seis mil sillares de piedra labrada, transportados por mil cuatrocientos mulos y cuatrocientos camellos. Mil cien cargas de limo y yeso se gastaban cada tres días en las obras, y parte de las cuatro mil trescientas dieciséis columnas que la adornaban procedían de Constantinopla, Cártago, Túnez o Sfax.

Tan importantes como las soberbias edificaciones fueron los jardines, destruidos, como el resto de la ciudad, hace más de 900 años. Aunque en la década de los sesenta, y como parte de las obras de rehabilitación del conjunto arqueológico, se ejecutaron algunas obras de jardinería, estas no siguieron ningún criterio científico y, así, se plantaron especies  impropias de la jardinería hispano-árabe, algunas de las cuales ni siquiera habían llegado a la península ibérica en el siglo X.

Las excavaciones han sacado a la luz algunos de los elementos que formaron parte de los jardines, como la alberca central y parte del complejo entramado de acequias que los surtían de agua. Evidencias suficientes para que estos sean considerados, en todo el mundo, como los jardines más tempranos de la arquitectura islámica, los únicos que hoy se pueden reconocer no solo de al-Andalus y el norte de África sino también de Oriente, el único espacio en el que no existen dudas acerca de su uso como jardín en el siglo X.

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Miniatura del manuscrito “La historia de Bayad y Riyad”, Al Andalus S. XIII (Biblioteca Apostólica Vaticana, Roma)

De un jardín debe disfrutarse, incluso, con los ojos vendados. En la Andalucía islámica no era la vista el único sentido que debía recrearse al transitar por aquellos espacios en los que crecían, por puro placer, un buen número de especies vegetales. También el olfato, el gusto, el tacto y hasta el oído debían participar de esa experiencia. Por eso, en los jardines islámicos abundaban las plantas aromáticas, buscando una determinada fusión de olores, y también las comestibles, para alegrar al gusto. La textura de algunas flores o frutos, y el omnipresente sonido del agua completaban este festín para los sentidos.

Se vivía entonces mucho más de acuerdo al clima y las condiciones ambientales propias del sur de la Península. Para comprender lo que es la arquitectura bioclimática, hoy tan de moda, “sólo hay que pasear por la Alhambra granadina”, asegura Jaime López de Asiain, uno de los pioneros de esta disciplina en España.  Andalucía está llena de ejemplos históricos de este tipo de construcciones adaptadas perfectamente al clima que han de soportar: pueblos de casitas encaladas, arracimados en las laderas orientadas al sur; barrios de estrechas calles, protegidos del calor, del viento y de los fríos; casas con patio y dos plantas, una para verano y otra para invierno, o provistas de amplios miradores acristalados que captan el sol a modo de invernadero.

Madinat al-Zahra, dividida en tres terrazas, participaba de esta misma filosofía. En el primer nivel se situaban los palacios del califa y su corte, el intermedio estaba ocupado por jardines y huertos, y en el inferior se levantaban las edificaciones de la población y la mezquita.

A juicio de especialistas como Esteban Hernández, director del Banco de Germoplasma de Andalucía y catedrático de la Universidad de Córdoba, que han estudiado la flora fósil de Madinat al-Zahra y otros emplazamientos de la España islámica, en los jardines andalusíes  debieron convivir diferentes grupos florísticos. Por un lado, las especies autóctonas que, además de encontrarse en el medio silvestre, habrían sido incorporadas al jardín, como los laureles, encinas, pinos, álamos, chopos, madroños, rosas, zarzamoras, hiedras, tomillos, espliegos, violetas o pensamientos. También aquellas otras que alcanzaron el sur de la Península Ibérica, desde el Mediterráneo oriental, mucho antes del periodo califal, como las palmeras datileras, algarrobos, higueras, cipreses, olivos, moreras, ciruelos, cerezos o granados. Procedentes de ambientes subtropicales, y traídos posiblemente durante el periodo visigodo más influenciado por Bizancio, crecerían las plataneras, el azafrán, el sésamo o el jengibre. Por último, estarían aquellas especies introducidas durante la época andalusí y, en especial, las diferentes variedades de cítricos, como limoneros, toronjas, naranjos, pomelos y bergamotas.

En el otro lado de la balanza, explica Hernández, “nuestro viajero echaría de menos toda la componente florística, cultivada y ornamental, que llegaría siglos después desde América, Australia y otros recónditos lugares de África y Asia”. Faltarían, por tanto, los eucaliptos, las falsas acacias, los cipreses americanos, las buganvillas, los magnolios, y hasta elementos tan característicos hoy de la flora andaluza como geranios, gitanillas, chumberas o pitas.

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Durante siglos las ruinas de Madinat al-Zahra fueron una simple escombrera en la que obtener gratis materiales de construcción.

En lo que se refiere a los espacios forestales que rodeaban a la Córdoba califal, no existirían notables diferencias en lo que respecta a las especies que hoy crecen en esos mismos lugares, aunque haya disminuido notablemente la abundancia de las mismas. Hace 1.000 años los campos próximos al Valle del Guadalquivir estaban compuestos, entre otros vegetales, por encinas, alcornoques, acebuches, algarrobos, coscojas, pinos, enebros, palmitos, jaras, brezos o madroños.

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