Feeds:
Entradas
Comentarios

Posts Tagged ‘Bruce Chatwin’

Me gustan los solares salpicados de malas hierbas, las veredas en desuso, los matojos que se abren paso entre el hormigón, los insectos que se atrincheran en cualquier descampado… (Foto: José Mª Montero)

“Wildlife is and should be useless in the same way art, music, poetry and even sports are useless. They are useless in the sense that they do nothing more than raise our spirits, make us laugh or cry, frighten, disturb and delight us. They connect us not just to what’s weird, different, other, but to a world where we humans do not matter nearly as much as we like to think. And that should be enough” (Useless creatures, Richard Conniff en The New York Times)

A ojos de la soberbia humana es difícil contemplar la naturaleza desde la óptica de la más absoluta inutilidad, esa a la que se resisten, incluso, algunos (quizá demasiados) conservacionistas. La luminosa argumentación de Conniff en ese artículo, imprescindible, es la misma que nos plantea David G. Haskell cuando describe, mezclando poesía y biología, un metro de bosque o cuando relata las alucinantes partituras (ocultas) en las que se inspiran las canciones de los árboles. La que encontramos en la inteligencia vital  de Jordi Pigem, esa que se expresa en un territorio difuso que, sorprendentemente, comparten Dalí (“La naturaleza es sobrenatural“), Darwin (“La naturaleza se esmera en crear las formas más bellas y maravillosas“) y Schrödinger (“La base de la realidad no es la materia, es la conciencia“). La que Bruce Chatwin descubrió en la compleja, y aparentemente absurda, cosmogonía de los aborígenes australianos: demasiado extraña, demasiado hermosa. La misma con la que el Zen defiende el “no-sé”, esa mirada abierta, clara, del principiante, la mirada del asombro, la que sólo atiende a lo bello y emocionante, nunca a lo útil.

Defender la utilidad de la naturaleza, desde una trinchera o desde la contraria, es tan reduccionista como peligroso. El postmaterialismo del que habla, entre otros Pigem, es una forma de enfrentarse a esta exaltación de lo útil que es, en definitiva, uno de los síntomas más llamativos de una crisis de percepción, planetaria, donde lo fundamental se obvia en favor de lo accesorio.

No me gusta la naturaleza domesticada. Me gusta el desorden de lo vivo. La mejor manera de olvidarse de lo feo es acercarse a la belleza… espontánea y caótica (Foto: José Mª Montero)

En las ciudades, incluso en las áreas rurales que rodean a las grandes urbes, la naturaleza se ha domesticado hasta el punto de que sólo se considera como tal cuando se ha transformado en un elemento tan humano y útil como una carretera o un polideportivo. La naturaleza se llama “jardines”, “zonas verdes” o “parques”, y lo que no se ordena en esos espacios útiles, y previsibles, no es naturaleza. Pocos son los que elogian los solares salpicados de malas hierbas, las veredas en desuso, los matojos que se abren paso entre el hormigón, los insectos que se atrincheran en cualquier descampado…

Una gota, dos gotas, tres gotas, cuatro gotas… En mi jardín. (Foto: José Mª Montero).

No me gustan los jardines donde todo obedece a un plan, por eso si hay un exceso de orden busco el caos reduciendo la escala, acercándome a lo pequeño, fisgoneando en lo diminuto, allí donde no llega el afán utilitario de los jardineros. Me gustan las gotas de rocío, los hormigueros, las grietas, las hojas muertas, las telas de araña. Me gusta la flora oportunista (qué acertada definición) a la que acuden orugas, mariposas y aves; la que da soporte a los insectos que persiguen las lagartijas y salamanquesas, que entran y salen de mi casa con desparpajo, o los murciélagos que nos rondan, sigilosos, en el ocaso.

Me gusta el desorden y la inutilidad de la vida.

Un buen ejemplo de naturaleza hermosa e inútil, la que se expresa entre las grietas del hormigón… (Foto: José Mª Montero)

 

 

Lo que sabemos con certeza de este gran universo cambiante es muy limitado. No todo obedece a un plan. Casi nada es previsible.

Pura inutilidad. Pura sorpresa. Pura vida.

 

Anuncios

Read Full Post »

_HGG3058

Noche estrellada. Cenando al aire libre, junto a uno de los viejos cobertizos de Carbla Station (Overlander North, Western Australia) Foto: Héctor Garrido EBD/CSIC

Un par de arco iris flotaba sobre el valle entre las dos montañas. Los peñascos de la ladera, que habían tenido un color rojo seco, tenían ahora un color negro purpúreo y estaban surcados, como una cebra, por caídas verticales de agua blanca. La nube parecía aún más densa que la tierra y los rayos postreros del sol asomaron por debajo de su borde inferior, inundando el spinifex con rayos de luz verdosa.

– Lo sé -asintió Arkadi-. No hay nada igual en el mundo.”

(Los trazos de la canción, Bruce Chatwin)

Hay quien acusa a Bruce Chatwin de novelar en exceso sus viajes, de adornar el relato con elementos, personajes o acciones que sólo habitaron en su imaginación. Para quien no haya visitado Australia, para quien no se haya internado en el outback, la lectura de Los trazos de la canción, la crónica del periplo australiano de Chatwin, puede resultar un fascinante entretenimiento a cuenta de un mundo inexistente. Resulta difícil de creer, para quien no haya sentido el vértigo del Never Never, que a mediados del siglo XX existan paisajes y personajes como los que describe Chatwin. Humanos a la deriva, héroes que nada tienen que envidiar a los protagonistas de una epopeya griega, aborígenes que nos dibujan una cosmogonía tan compleja como poética: demasiado extraña, demasiado hermosa.

3532154138_dc202fb763

Entrevistando a Maitland Parker en la garganta de Dales (Karijini). Foto: Héctor Garrido EBD/CSIC

“A continuación explicó cómo se pensaba que, al desplazarse por el país, cada antepasado totémico había esparcido una huella de palabras y notas musicales a lo largo de la sucesión de sus pisadas, y cómo estos rastros de Ensueño estaban impresos sobre la tierra como <medios> de comunicación entre las tribus más distantes.

– Una canción -dijo- era al mismo tiempo un mapa y un medio de orientación. Si conocías la canción, siempre podrías encontrar tu itinerario a través del país”.

(Los trazos de la canción, Bruce Chatwin)

Antes de viajar a Australia traté de sumergirme en las señas de identidad de un país que en realidad es un continente (aunque cuando volví lo bauticé como planeta). Leí (que recuerde) a Bryson, a White, a Carey, a Morris… y en ningún otro libro, como en Los trazos de la canción, he visto reflejado, con tanta nitidez, el corazón de Australia y el de los australianos (los auténticos australianos, quiero decir…). Gracias a mi amigo Javier, y en un inesperado guiño del azar, he disfrutado (mucho) de esta obra difícil de enmarcar en un género, porque es, a un tiempo, autobiografía, relato de viaje, novela de aventuras, tratado de antropología y hasta desordenada antología filosófica y poética en favor del vagabundeo.

_HGG5589

La expedición al completo desayunando en algún remoto pedregal de Pilbara (Western Australia) Foto: Héctor Garrido EBD/CSIC

Chatwin ha conseguido que, sin esfuerzo alguno, haya vuelto por unas horas a las noches estrelladas en Carbla Station, a los amaneceres en Shark Bay, a las colinas desnudas de Knosos, a los bosques de Paluma, a la hoguera que encendimos en el cauce seco de Shaw River, a la cena en la reserva de Karijini con Maitland Parker (del pueblo Banyjima), a los corales y a los tiburones de Wheeler Reef, a la inquietante desolación de Normay Mine, a las rocas sagradas de Gallery Hill, a la soledad infinita del desierto de Pilbara…

IMG_5753

Un alto en el camino. Desierto de Pilbara, cerca de Karijini, a mil kilómetros de cualquier sitio… Foto: Charli Guiard

En 2009 pasé dos meses recorriendo Australia y Tasmania en compañía de un variopinto grupo de investigadores. Uno de esos viajes que no se ofrecen en ninguna agencia, que no aparecen en ningún folleto de aventuras exóticas. Un viaje que difícilmente podría repetir, aunque quisiera, porque hay experiencias que no sólo dependen de los recursos clásicos (tiempo y dinero). Utilizando todo tipo de medios de transporte recorrimos más de 15.000 kilómetros sin abandonar territorio australiano, una cifra ridícula en la inmensidad de una isla que dobla la superficie de toda la Unión Europea y que está poblada por la mitad de habitantes que España.

_HGG5619

Los trazos de alguna vieja canción aborigen. Petroglifos de Gallery Hill (10.000 años de antigüedad) Foto: Héctor Garrido EBD/CSIC

“La migración misma, como el peregrinaje, es el viaje arduo: un <nivelador> en virtud del cual sobreviven los <aptos>, en tanto que los rezagados caen a la vera del camino.

Así el viaje hace innecesarias las jerarquías y las exhibiciones de autoridad. Los <dictadores> de reino animal son aquellos que viven en un ambiente de abundancia. Los anarquistas, como siempre, son los <caballeros del camino>”.

(Los trazos de la canción, Bruce Chatwin)

 

Cuando la televisión está siendo devorada por el entretenimiento más ramplón, todavía somos muchos los que creemos que la caja no es tan tonta y que, por ejemplo, sirve para asomarse a territorios tan lejanos que parecen propios de otro planeta. Y así poder entenderlos, y entendernos…

 

“Planeta Australia: los archivos de la Tierra” – Canal Sur Televisión 2010

“Planeta Australia: la vida en las antípodas” – Canal Sur Televisión 2010

 

 

 

 

 

 

Read Full Post »