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Bubo

El croissant de Bubó hay que rozarlo con los labios y luego dejar que los dientes, con el mordisco más sutil del que seamos capaces, se encarguen de ir rompiendo capa a capa (y son casi infinitas) el crujiente envoltorio en el que se esconde la gianduja… (Foto: JMª Montero)

 

No fue una orden, pero tampoco una recomendación distraída. Cuando me dijo: “No dejes de ir a Bubó”, yo sabía que, con o sin tiempo, en mi viaje a Barcelona tendría que ir a Bubó. Porque su manera de entender la belleza hace que se fije, sin darle mayor importancia, en lo esencial, y no es fácil que alguien te señale dónde está el detalle preciso, ese que, aún sin tu saberlo, andabas buscando.

Antes de sentarme en la pequeña barra negra, donde apenas se disponen tres o cuatro taburetes, pasee la mirada por el mostrador en el que se alineaban, dibujando un paisaje tentador, pasteles, bombones, galletas y croissants. Bubó es una pastelería pero también podría ser una joyería en manos de imaginativos orfebres o un pequeño museo dedicado a exhibir las brillantes piezas de un tesoro recién descubierto en algún rincón del Mediterráneo.

Si ella dedicó los mejores elogios al croissant de gianduja, mi primera elección (porque sabía que habría más) tenía nombre. La amabilísima argentina que atendía la barra dispuso el croissant sobre una pequeña bandeja blanca y lo acompañó con una austera servilleta negra. Sin más. ¿Quién quiere cubiertos? Rozaríamos el sacrilegio si dejáramos que un par de herramientas de frío metal se interpusieran entre esa promesa de bollería única y nuestro ansioso paladar. El croissant de Bubó hay que agarrarlo con ternura y conducirlo a la boca con decisión pero sin prisa. Hay que rozarlo con los labios y luego dejar que los dientes, con el mordisco más sutil del que seamos capaces, se encarguen de ir rompiendo capa a capa (y son casi infinitas) el crujiente envoltorio en el que se esconde la gianduja, mientras salpicamos la mesa de azúcar glass y también escapan, para delatarnos, unas gotas de saliva y hasta una lágrima. ¿Suena lujurioso? Es pura lujuria. Es pecado. Y la única penitencia posible es pedir otro croissant y entregarse a las tentaciones y no a las indulgencias. No diré a qué me supo, a quién me supo, de quién habló mi lengua, porque la lujuria necesita de la imaginación, o de la memoria, para hacerse presente.

Aún bajo los efectos de la dulce orgía quiero recordar que crucé tambaleante el Paseo de Grácia, con ese temblor de piernas del que se ha entregado, sin medida, pudor ni culpa, al más intenso de los placeres. Entré en la Casa del Libro, buscando algo de sosiego y el olvido que siempre procura un buen libro, y entre todo el público que rebuscaba en estanterías y mesas decidí arrimarme, atraído por su conversación, a una pareja de elegantes abuelos. Ella, con un foulard de seda roja (¿o era naranja?), le hablaba a los nietos (quizá demasiado pequeños para entenderla) de las hazañas de Homero y los tesoros de Atenas, mientras el abuelo, rozando el ala de su sombrero, coqueteaba con una joven dependienta a la que pidió que le recomendara un libro “pequeño, hermoso y divertido”. El reto era tremendo pero, lejos de amilanarse, la librera caminó con decisión a una mesa, tomo un librillo casi insignificante entre tanto mamotreto, y se lo tendió al viejo lector, añadiendo, para que el juego de la coquetería tuviera su justa réplica: “Yo lo he disfrutado mucho”.

El grupo se perdió camino de la caja y yo me acerqué a la mesa para elegir, a ciegas, exactamente el mismo libro. ¿Por qué no? Al fin y al cabo, entre tanto trajín personal y laboral, también necesitaba algo “pequeño, hermoso y divertido”. El libro, del que no tenía ninguna referencia más allá del disfrute de la librera, resultó ser La filosofía del vino”, de Béla Hamvas.

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Y el arroz, el tinto y las palabras, se pasearon juntos por la boca tejiendo una sustancia que era mitad materia, mitad espíritu (Foto: JMª Montero)

Con el regusto del croissant aún jugueteando en el paladar y la promesa de un libro atractivo, fui paseando hasta la esquina de Santa Mónica con Drassanes, en donde había quedado citado con mi amigo Luis para cumplir con el ritual gastronómico que nos reúne todos los años,  y en el que nos ponemos al día con una buena dosis de humor. Hablamos de nuestro presente, de lo que hemos dejado en el camino y de lo que se adivina en el horizonte. Despellejamos a algunos impresentables de medio pelo, arreglamos dos o tres problemas de escala planetaria, recordamos a todos los amigos (y sobre todo a las amigas) que nos han hecho como somos y nos compadecimos de los magnates que tenían atracados sus yates cerca de nuestra terraza, convencidos de que ninguno de ellos estaría disfrutando como nosotros de un arròs negre soberbio, unos suaves buñuelos de bacalao y un tinto del Priorat que se escapaba de la botella a una velocidad de vértigo. Y no hubo una sola copa de vino sin brindis. Y el arroz, el tinto y las palabras, se pasearon juntos por la boca tejiendo una sustancia que debe parecerse mucho a la que compone la sagrada forma con la que comulgan los cristianos: mitad materia, mitad espíritu. Un alimento, etéreo, que lo mismo alegra el paladar que alivia el alma.

“¿Podremos?”, le pregunté a Luis en la despedida, como un guiño provocador, y él me aseguró que era mucho mejor despedirse con un “seguimos”, que, sin duda, “es mucho más revolucionario”. Y después corrí a la Plaza del Diamante en donde me alegré de la inesperada generosidad de Sabine, y de allí, faltándome el resuello, agarré mis apuntes en el hotel y conseguí, casi al límite, llegar el primero a la sesión que tenía que dictar en la Pompeu. Y luego cené en una terraza en donde la brisa parecía llegar del mismísimo Caribe. Y me acosté. Y dormí, a ratos. Y soñé con el sabor del croissant (¿o era el sabor de la piel a la que el croissant recordaba?). Y volví a correr para que no se me escapara el AVE de vuelta al sur.

Estaba amaneciendo cuando abrí el libro “pequeño, hermoso y divertido”. Un placer lento a alta velocidad. Y entonces ocurrió lo que estaba tratando de evitar: leí tres o cuatro páginas, volvió el sabor del croissant al paladar, cerré el libro y no pude evitar ponerme a escribirte…

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Y entonces ocurrió lo que estaba tratando de evitar: leí tres o cuatro páginas, volvió el sabor del croissant al paladar, cerré el libro y no pude evitar ponerme a escribirte…(Foto: JMª Montero)

La boca se caracteriza por tres actividades: habla, besa y se alimenta. Por desgracia, nada puedo decir por el momento sobre el habla; ni sobre el beso, mal que me pese. Sólo diré que la boca me mantiene directamente unido al mundo y que esta unión hace posible mis tres actividades: dar, tomar o dar y tomar. Doy con la palabra; tomo con el alimento; doy y tomo con el beso. La dirección de la palabra es el exterior; la del alimento, el interior; la del beso, el exterior y el interior, es decir, el círculo. Por supuesto, una actividad no excluye a las otras dos; es más, se refuerzan entre sí, porque la tierra me habla y me enseña cuando me alimenta, pero también me besa; y cuando beso a una mujer bella, me alimento de ella y ella de mí, y nos nutrimos el uno del otro, y nos enseñamos y nos hablamos el uno al otro; en general, nos decimos cosas para cuya profundidad la palabra se revela insuficiente

(El Universo de la Boca, en La filosofía del vino, Béla Hamvas)

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