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Posts Tagged ‘Cádiz’

Antes de saber en dónde había nacido cada uno yo imaginaba que El Kanka y Rozalén se habían conocido en alguna taberna del barrio de la Viña (ya puestos, en Casa Manteca), o bajo el enorme ficus que llaman el “árbol del Mora” y que mira a La Caleta (en la plaza de Carlos Cano, para incorporar a un tercer cantautor a este grupo irrepetible).

Pero no, ni el malagueño Kanka ni la albaceteña Rozalén son gaditanos, ¿o sí? “Un gaditano nace en donde le da la gana”, dicen en estas tierras del sur. Y eso… es así.

Anoche El Kanka se asomó al gaditano Pay-Pay, en la recoleta calle del Silencio. No había atascos en la bahía, ni barricadas en el puente de Carranza, pero antes de llegar a Puertatierra ya habíamos pinchado tres o cuatro veces en el coche el arrepentimiento que bordan Rozalén y El Kanka. El dolor y el humor no están reñidos, al menos aquí, en el sur…

P.D.: Lástima que algunas melómanas sean todavía menores de edad…

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Bolonia

Ensenada de Bolonia (Cádiz), con las ruinas de Baelo Claudia en primer término, la sierra de la Plata a la izquierda y la duna a la derecha. Al fondo, entre brumas, el perfil de la costa africana.

Hace unos días, por los carriles de Betijuelo, volví a subir a la sierra de la Plata (Cádiz) desde la que es posible contemplar uno de los paisajes costeros más hermosos de Andalucía. A la derecha la ensenada de Bolonia, las ruinas de Baelo Claudia y la duna inmaculada que serpentea entre pinares; a la izquierda la amenazada playa de Valdevaqueros, con el cielo salpicado de velas de kitesurf, la playa de los Lances y la isla de las Palomas, internándose en la última frontera del Atlántico. Y al fondo, soberbio, el Yebel Musa, la otra columna de Hércules, la que está plantada en suelo africano. Las dos orillas casi fundidas.

A vista de pájaro el Estrecho es, ciertamente, muy estrecho.

Desde hace millones de años, la naturaleza, que no sabe de política o religión, ha tejido lazos que unen territorios aparentemente dispares. El Estrecho de Gibraltar es una frontera irrelevante cuando se trata de comparar las características ambientales del sur de Andalucía y el norte de Marruecos. Quizá este sea uno de los pocos lugares del planeta en donde es posible plantear acciones intercontinentales orientadas a conservar un patrimonio ecológico común. Así al menos lo entendieron la Junta de Andalucía y el Reino de Marruecos, cuando, en 1998, se embarcaron en el diseño de la Reserva de la Biosfera Andalucía-Marruecos.

En total,  esta reserva intercontinental ocupa más de un millón de hectáreas, incluyendo, en la parte española, dos reservas de la biosfera declaradas con anterioridad (Sierra de Grazalema y Sierra de las Nieves). Además de estos espacios, la aportación andaluza incluye un amplio sector de las provincias de Cádiz y Málaga en el que ya existen cuatro parques naturales (los dos citados además de Los Alcornocales y El Estrecho), cuatro parajes naturales (Desfiladero de los Gaitanes, Los Reales de Sierra Bermeja, Playa de los Lances y Sierra Crestellina) y tres monumentos naturales (Dunas de Bolonia, Pinsapo de las Escaleretas y Cañón de las Buitreras). En lo que se refiere al norte de Marruecos, las provincias que se suman a este proyecto son las de Tánger, Tetuán, Larache y Chefchaouen, en donde existen 18 espacios protegidos. Quizá el más importante sea el Parque Nacional de los Montes de Talassemtane, aunque son igualmente relevantes otros enclaves de interés ecológico tanto continentales (Jbel Bouhachem o Jbel Karrich) como litorales (Koudiet Taïfour, laguna de Smir, Côte Gomara o Cirque de Jebha).

Uniendo todos estos territorios, situados a un lado y al otro del Estrecho, se obtiene la frontera zoológica que marca el límite en la distribución de especies animales y vegetales típicas del continente africano y del europeo, de manera que, por ejemplo, la riqueza botánica es sobresaliente en las dos orillas. El caso más llamativo de esta flora excepcional y compartida podría ser el del pinsapo, un abeto endémico que concentra su única área de distribución en el extremo occidental de las cordilleras béticas y en el Rif marroquí. También son paisajes compartidos aquellos compuestos por encinas, alcornoques o matorrales mediterráneos.

Un fenómeno parecido se manifiesta en el capítulo faunístico en el que, además, se cuenta con el valor añadido de las rutas migratorias que atraviesan la reserva y que determinan la presencia de un buen número de aves, ya sean sedentarias, de paso o nidificantes estacionales.

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CONIL Y LA ALMADRABA

Procesando los atunes capturados en la almadraba de Conil de la Frontera (Cádiz) (Grabado de Georgius Houfnaglius, 1572)

Quizá el mejor lugar que existe para conocer las señas de identidad de una ciudad y sus habitantes sea el mercado. Para mi un sábado perfecto se inicia, bien temprano, en el mercado de algún pueblo de la costa gaditana (y así lo hice ayer). Me encanta pasear por los mostradores bien surtidos de esas delicias que el mar nos regala, y escuchar a los vendedores, y a los paisanos, alabar la frescura del género, discutir los precios o intercambiar recetas poco sofisticadas. Pero, ¿hasta cuándo podremos disfrutar de este recreo sencillo que va de la vista al paladar?

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Estas fueron las galeras (Squilla mantis) gaditanas que ayer acabaron en mi cesta de la compra.

Aunque la intensidad con la que hoy se agotan nuestros caladeros sólo cabe atribuirla al impacto de una flota muy tecnificada y a una más que evidente sobrepesca, los humanos siempre hemos manifestado cierta inquietud cuando, sin motivo aparente, disminuían las capturas de peces, crustáceos, moluscos o cefalópodos. El fenómeno no es exclusivo de esta época de consumo insensato. El problema viene de antiguo y hunde sus raíces en un escaso conocimiento científico sobre la dinámica de las poblaciones animales y la ecología marina.

Un buen ejemplo de esta preocupación ancestral, combinada con una dosis notable de ignorancia, lo encontramos en la pesca de atunes en las almadrabas del Golfo de Cádiz. La disminución de capturas que hoy nos inquieta, y que está directamente relacionada con una presión excesiva sobre la especie, aparece ya documentada en un escrito de Fray Martín Sarmiento, fechado en el siglo XVIII. El religioso, a petición del Duque de Medina Sidonia, investigó las causas de la decadencia de las almadrabas, aportando conclusiones tan actuales como que “el modo de pescar mucho es el peor modo de pescar y de apurar la pesca”, o que “faltan los pescados en el mar porque se desprecian las leyes de la veda que se pusieron justamente en favor de la cría”.

Pese a la larga historia de la pesca del atún, y el sofisticado arte con el que se le trampea, hace tres siglos se mantenían ideas tan singulares como que estos peces se alimentaban, entre otras cosas, de bellotas: “Los atunes, según Atheneo, son unos puercos marinos que comiendo dichas bellotas engordan muchísimo (…), y que, cuando el año es abundante en bellotas, lo será también en atunes”.

Igualmente, en lo que se refiere a las rutas migratorias de este animal por el Estrecho (entra en el Mediterráneo en la primavera –atún de derecho– y sale al Atlántico en el verano –atún de revés–), se recurre al argumento de que estos peces ven mal con el ojo izquierdo por lo que se desplazan cerca de la costa africana al entrar al Mediterráneo. Como solución, Fray Martín Sarmiento propone cristianizar el litoral africano y así “faltaría el temor [a los moros], se cruzaría la entrada del golfo por el estrecho, se procuraría espantar los atunes de aquel lado y cargarían al lado de las almadrabas”.

Sí, hace tres siglos el conocimiento científico estaba salpicado de argumentos tan delirantes como éstos, pero… habiendo aumentado el rigor de nuestros conocimientos, ¿hemos mejorado, en paralelo, la capacidad para conservar éste y otros muchos recursos naturales?  Sospecho que los puercos del mar no son los atunes…

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Correlimos-Tridáctilo-03

Correlimos tridáctilo (Foto de Daniel Meraviglia-C en http://fotosdeavesbyloro.blogspot.com.es/).

Paseaba aparentemente distraído, desafiando a la ciclogénesis explosiva (que es una manera algo retorcida, y muy mediática, de llamar a los temporales de toda la vida). Picaba un poco de aquí, correteaba, picaba un poco de allá… Supongo que andaba buscando, con algunos colegas, pulgas de mar para el desayuno. Y desde luego nuestra presencia, a media distancia, le resultaba absolutamente intrascendente.

El correlimos tridáctilo (Calidris alba) se mimetizaba con los brillos del agua y con el vaivén de la espuma. Apenas 50 o 60 gramos de pajarillo inquieto al que pocos, fuera de los círculos ornitológicos, considerarían capaz de volar más allá de esa extensa playa gaditana por la que, el pasado sábado, estirábamos las piernas, y el espíritu, con las primeras luces.

Y, sin embargo, esa pequeña y rechoncha ave zancuda, tan elegante como nerviosa, es una de las muchas migrantes capaces de recorrer miles de kilómetros para pasar el invierno en estas tierras del sur. Para ser exactos, aquel grupo de correlimos es muy posible que llegaran a Cádiz, a mediados de otoño,  procedentes de las costas de Groenlandia, las islas Feroe o el norte de Escandinavia. Un viaje de más de 3.000 kilómetros, con muy pocas escalas, que, discretamente, se repite año tras año.

Los biólogos siguen estudiando los complejos mecanismos de orientación que permiten a estas aves determinar con precisión las rutas a seguir. En algunos casos utilizan como referencia la posición del sol o las estrellas; en otros se guían por la topografía del terreno, reconociendo los diferentes accidentes geográficos que encuentran a su paso; o bien aprovechan la declinación magnética, como si utilizaran una suerte de brújula interna capaz de determinar el rumbo correcto. O quién sabe si combinan varias de estas herramientas.

Aunque el estímulo de migrar es un impulso innato en estas especies, es decir, nacen con él, el momento justo para iniciar el viaje lo determina lo que algunos científicos llaman el “reloj biológico”. Este mecanismo podría tomar como referencia la duración de los días solares o la temperatura, al igual que ocurre con las plantas. Este reloj suele ser extremadamente preciso y, así, en determinadas especies, se ha llegado a comprobar cómo, todos los años, en primavera, alcanzan sus territorios de cría en la misma semana.

Pero, ¿qué más da toda esa información? ¿De qué sirven tantos datos y cifras? ¿Los necesita un niño cuando se sorprende de la presencia de estas aves sorteando las olas? El asombro no necesita de ninguna erudición. Sólo hay que saber mirar y poner en esa mirada algo de sentimiento, una cierta empatía con todo lo vivo.

9788499201474La casualidad quiso que un día antes de ese paseo invernal a pie de playa descubriera, en una librería de Madrid, una pequeña joya (para no desentonar con el tamaño de la zancuda): El sentido del asombro (Rachel Carson, Editorial Encuentro). Un texto muy breve, inédito en español, de la autora de Primavera silenciosa, la obra que, en 1962, despertó la conciencia ambiental de millones de personas alertando sobre los devastadores efectos del uso incontrolado de pesticidas. Carson fue una pionera de la divulgación ambiental y en ese texto, tomado de una de sus conferencias, defiende el valor del asombro como motor del conocimiento y el aprecio por la naturaleza. Y que mejor ejemplo que el de los inquietos correlimos…

Yo creo que el valor de jugar a identificar depende de cómo se juegue. Si es un fin en sí mismo creo que no tiene mucha utilidad. Es muy fácil recopilar extensas listas de criaturas vistas e identificadas sin que se te haya cortado la respiración por la maravilla del prodigio de la vida. Si un niño me hiciera una pregunta que insinuase una apenas perceptible conciencia acerca del misterio que subyace tras la llegada a la playa de la migración del correlimos una mañana de agosto, yo estaría mucho más feliz por el mero hecho de que supiera que es un correlimos y no un chorlitejo”.

 (El sentido del asombro, Rachel Carson)

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Mancha de pinos en Chipiona (Cádiz)

El triángulo Rota-Sanlúcar de Barrameda-Chipiona dispone desde hace algún tiempo de una tupida red de carriles-bici y caminos naturales (según la curiosa denominación ministerial) que permiten recorrer estas tierras gaditanas, en las que paso unos días de vacaciones, sin recurrir al coche. Algunas de estas vías, como suele ser habitual, han sido diseñadas de manera absurda y peligrosa, de manera que comienzan en mitad de la nada o terminan en un arcén perdido, pero en general hay que admitir que brindan la oportunidad de tirar de bicicleta y descubrir algunos de los secretos naturales que se esconden más allá del ruido, la prisa y el asfalto. Retazos de los antiguos pinares que tapizaban el litoral, lagunas olvidadas, viñedos centenarios, dunas alejadas del bullicio, bosques-isla que adornan extensos campos de cultivo…

Estas últimas formaciones son características de la campiña gaditana y a ellas dedicaron hace algunos años un completo estudio Abelardo Aparicio y Carola Pérez (Departamento de Biología Vegetal y Ecología de la Universidad de Sevilla) y Guillermo Ceballos (Departamento de Botánica y Recursos Forestales de la Universidad de Gales).

A comienzos del siglo XX la extensa campiña gaditana actuaba como un espacio frontera entre los terrenos agrícolas del occidente y los forestales de la sierra. Las zonas cultivadas se mezclaban con densas manchas de vegetación silvestre, en las que abundaban encinas, alcornoques, acebuches, pinos, lentiscos o palmitos. Alrededor de 1920 este tipo de formaciones,  poco humanizadas, ocupaban casi la cuarta parte de esta comarca gaditana.

La agricultura fue devorando, poco a poco, estos terrenos naturales, y lo que era un mosaico,  en el que se alternaban de manera armónica cultivos y bosques, se convirtió en un espacio monótono. En las áreas centrales de la provincia, y tan sólo en las décadas de los 70 y 80 del pasado siglo, los desmontes originaron la desaparición de unas 19.000 hectáreas forestales. La campiña perdía así gran parte de sus valores ecológicos, pero no todos.

A pesar de la intensa presión a la que ha estado sometida, esta comarca gaditana conserva aún pequeños reductos de aquellos primitivos bosques, oasis de naturaleza que han sobrevivido a cultivos, carreteras o urbanizaciones. Los autores de aquel estudio llegaron a identificar casi 300 bosquetes, riberas y linderos que albergan una rica biodiversidad y que, además, actúan como corredores ecológicos, pasillos que facilitan la conexión entre diferentes espacios protegidos. Quizá sean demasiados para visitarlos en bici, pero algunos de ellos sí que están a unas cuantas pedaladas.

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Drago milenario (Cádiz). Fotografía de @SilvestreVivo

Hoy se celebra el Día Mundial del Árbol y por eso en Twitter, desde bien temprano, estamos hablando de nuestro patrimonio forestal. Sin embargo en esa denominación no suelen incluirse aquellos árboles que crecen en las ciudades, los que sobreviven en mitad del asfalto y el hormigón tratando de hacernos más llevadera la vida en la gran urbe.

Hace bien poco celebré una hermosa imagen de @SilvestreVivo que mostraba lo poderosa que puede revelarse la naturaleza en una vieja capital (la más vieja de Europa). La fotografía, que me ha servido para ilustrar este post, muestra uno de los soberbios dragos que crecen en el casco antiguo de Cádiz, a los que tengo especial cariño.

El caso es que en todas las ciudades crece un bosque de características peculiares. El arbolado urbano constituye un elemento indispensable para garantizar unos ciertos niveles de calidad de vida. Al margen de las funciones estéticas que desempeña, esta vegetación ayuda a  regular el clima, filtra la polución microbiana, reduce la contaminación atmosférica y atenúa los ruidos. Sin embargo, pocos son los ayuntamientos que otorgan a este patrimonio el valor que merece.

Las zonas verdes son un recurso clásico para combatir algunos de esos fenómenos que, en algunos casos, hacen poco habitables nuestras ciudades. La vegetación urbana actúa como un refrigerador natural, regulando además el intercambio de aire. El ambiente se humedece gracias a la evaporación del agua a través de las hojas y, así, una calle arbolada puede registrar dos o tres grados menos de temperatura que otra en la que no existan árboles.

Igualmente, en lo que se refiere a la contaminación atmosférica, parques y jardines se comportan como auténticos  filtros. En comparación con las zonas sin vegetación, los espacios verdes son capaces de reducir la polución ambiental entre un 10 y un 20 por ciento. Un solo árbol, de gran porte, puede recoger en un año hasta 200 kilos de partículas contaminantes, que quedan fijadas y posteriormente lavadas con el agua de lluvia.

La contaminación acústica encuentra también una barrera efectiva en las zonas arboladas, dependiendo del tipo de especies, aunque en todos los casos se muestran especialmente útiles para absorber ruidos de baja frecuencia.

Por último, y esta es una función que raramente se destaca, las zonas verdes urbanas destruyen un buen número de microorganismos patógenos, principalmente gérmenes que afectan a las vías respiratorias. Debido a la presencia de una serie de compuestos producidos por las plantas, llamados fintocidas y que tienen una acción claramente antibiótica, se ha comprobado que la presencia de este tipo de gérmenes en la atmósfera es inversamente proporcional al número de árboles que crecen en la zona de estudio. Entre otras especies, producen sustancias antibióticas los chopos, hayas, robles, encinas y castaños.

Desgraciadamente, y a pesar de todas estas virtudes, en la mayoría de las ciudades se tiende a incrementar la superficie arbolada de acuerdo a criterios cuantitativos más que cualitativos, de manera que han proliferado las plantaciones no sólo poco diversificadas, sino demasiado densas, en hoyos pequeños y con tierras de mala calidad. En estas circunstancias los árboles urbanos ven reducida de manera notable su esperanza de vida, factor muy sensible a métodos incorrectos de plantación y podas drásticas. Si hace algunas décadas determinadas especies, aún estando rodeadas de asfalto, podían vivir cien o doscientos años, hoy los mismos árboles difícilmente alcanzan el medio siglo.

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