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Arriero junto a los Peñones de San Francisco, en Sierra Nevada (archivo del diario Ideal de Granada Link: goo.gl/dAkkhI)

Hace unos días, y de la mano de la Fundación Descubre, organicé un interesantísimo debate en torno al futuro de la nieve en la alta montaña andaluza, cuestión íntimamente relacionada con el impacto del cambio climático en nuestra región.

Repasando alguna documentación que pudiera ilustrar el diálogo (ya disponible en el último número de la revista de divulgación iDescubre) recordé el reportaje que, hace algún tiempo, firmé para el diario El País, y en el que explicaba el negocio que en torno a la nieve se desarrolló en tierras andaluzas aplicando técnicas que ya se conocían hace más de tres mil años.

Las primeras pruebas documentales del comercio de nieve se remontan mil años antes de Cristo, cuando en los sótanos de algunas viviendas chinas se almacenaba hielo en invierno para consumirlo en verano. Los romanos organizaban caravanas de nieve desde los Apeninos, y en la Edad Media eran los árabes los que transportaban este material desde las montañas del Líbano hasta los palacios de los califas en Damasco y Bagdad.

En la primavera de 1624 se celebró, en lo que hoy es Parque Nacional de Doñana, uno de los festejos reales más sonados de la historia de España. El Duque de Medina Sidonia celebró una monumental cacería en honor de Felipe IV a la que asistieron 1.200 invitados. Las crónicas relatan cómo, para mantener en buen estado los manjares que se transportaron desde diferentes puntos de la región, todos los días llegaban al corazón de las marismas del Guadalquivir, procedentes de la serranía de Ronda, seis cargas de nieve a lomos de cuarenta y seis mulas.

Cuando aún no existían métodos artificiales de refrigeración la nieve acumulada en los puntos más elevados de las comarcas serranas constituía un elemento muy codiciado, no sólo para la conservación de determinados alimentos o la elaboración de refrescos y helados, costumbre que se había extendido entre las clases más pudientes, sino también por sus aplicaciones médicas, ya que se juzgaba imprescindible en el alivio de hemorragias e inflamaciones, y hasta en el tratamiento de la peste.

A mediados del siglo XVII el comercio de la nieve estaba ya más que desarrollado en numerosos puntos del país. Málaga era entonces una de las ciudades que, por su actividad portuaria, demandaba grandes cantidades de nieve. Ésta se obtenía de la que entonces era conocida como sierra de Yunquera, y en particular en el denominado Puerto de los Ventisqueros, a 1.600 metros de altitud.

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Pozo de nieve en el Puerto de los Ventisqueros (Tolox, Parque Natural de la Sierra de las Nieves, Málaga).

Cuando los inviernos eran benignos y escaseaba este recurso en los términos municipales de Yunquera y Tolox, hoy incluidos en el Parque Natural de la Sierra de las Nieves, los comerciantes trasladaban su actividad a la más lejana sierra de Tejeda, en la Alta Axarquía, donde algunos picos, como el de la Maroma, rebasan los 2.000 metros de altitud.

Los neveros no sólo trabajaban en las serranías malagueñas, también operaban en distintos puntos del macizo de Sierra Nevada, donde la disponibilidad de este recurso era mucho mayor, en la cercana sierra de Baza y en diferentes localidades de las serranías jienenses.

Las técnicas que se emplearon en Andalucía para la conservación y transporte de nieve eran similares a las que, siglos atrás, habían desarrollado griegos y romanos, que comprimían este material en pozos practicados en las zonas más elevadas, cubriéndolos con pasto, paja y ramas de árboles. Los primeros manuales que describían el aprovechamiento de este material vieron la luz en Sevilla en el siglo XVI.

Cuando en el siglo XVII la explotación de la nieve experimentó un auge en Andalucía, las condiciones climáticas eran diferentes a las que hoy conocemos y hacían posible que este recurso fuera abundante en lugares en los que hoy escasea. La misma sierra de las Nieves no registra ahora ni las temperaturas ni las precipitaciones que hace unos 300 años la convirtieron en uno de los territorios más apreciados por los neveros.

La conocida como Pequeña Edad del Hielo, periodo que se inició en los siglos XV-XVI, fue la responsable de esta abundancia de nieve en latitudes en las que hoy apenas aparece.

 

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Cada mañana, antes de encerrarme en Le Bourget, disfrutaba del amanecer desde la pequeña terraza de mi habitación. El espíritu de París latía en el Bulevard Montmartre aún en penumbra… (Foto: José María Montero)

Centro de Convenciones París-Le Bourget // 30 de noviembre – 12 de diciembre

En los pasillos de la COP21, la Conferencia Internacional sobre Cambio Climático, lo llamaban “el espíritu de París”, una actitud de generoso entendimiento entre gobiernos muy dispares que salvó el acuerdo en los momentos más delicados de la negociación. Una actitud que servía para recordarnos, a los que asistimos al cónclave, que todos somos habitantes de un único planeta, de un planeta único.

Un planeta, por cierto, para el que resulta intrascendente el cambio climático: sencillamente se adaptaría al nuevo escenario, donde, en la nómina de la biodiversidad, habría perdedores pero también ganadores. La única víctima indiscutible de una subida catastrófica de la temperatura media de la Tierra sería la Humanidad; los únicos que veríamos hipotecado, sin duda ninguna, nuestro futuro seríamos los seres humanos. Por eso el acuerdo de París, más allá de cuestiones ambientales, puede ser el primer ejemplo, aunque tímido e insuficiente, de un nuevo estilo de diplomacia multilateral, de un nuevo modelo de gobernanza planetaria en el que la práctica totalidad de las naciones del mundo, con características culturales y políticas muy diferentes, son capaces de ponerse de acuerdo en favor del bien común.

Las negociaciones de la Cumbre del Clima han sido una muestra de la mejor diplomacia (en manos, sobre todo, de Laurent Fabius) y también de la mejor disposición, porque no es fácil hacer coincidir en una sola idea a 195 países (más la Unión Europea).

Pero, afortunadamente, no todo estaba en manos de los negociadores…

Le Players – Rue de Montmartre, 161 // 13 de diciembre – 02:10 am

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Afortunadamente, el acuerdo no sólo estaba en manos de los negociadores… Los ciudadanos consiguieron pintar algunas líneas rojas en los pasillos de la COP21 (Foto: José María Montero)

Mientras las delegaciones oficiales peleaban los borradores del acuerdo línea a línea, párrafo a párrafo, el espíritu de París no sólo habitaba en esas maratonianas sesiones de debate político, alejadas (demasiado alejadas) de la calle, del sentir de los ciudadanos. Ese espíritu estaba presente, con especial intensidad, en los miles de observadores que asistían a la Cumbre y que representaban a centenares de organizaciones no gubernamentales repartidas por todo el planeta. Ellos eran la voz de los que no estaban en la Cumbre, la voz de los más vulnerables, la voz de los olvidados, la voz de los que ni siquiera saben qué es el cambio climático, la voz de los que no tienen voz. Ellos se ocuparon de recordar a los políticos que todos los que nos dábamos cita en Le Bourget habíamos recibido una suerte de mandato de más de 7.000 millones de seres humanos, y que no podíamos traicionar ese mandato que hablaba de nuestra propia supervivencia.

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¿Qué hubiera sido de nosotros sin los observadores? David (SEO-BirdLife), Alice (Avaaz), Tatiana (Greenpeace) y Mariana (WWF) me ayudaron a entender algunas de las claves que escondía la Cumbre.

Para nosotros, los más de 3.000 periodistas acreditados en la COP21, los observadores fueron un elemento decisivo porque, sorteando el ruido y la confusión, pusieron el acento en lo fundamental; porque nos conectaron con la verdadera trascendencia social del cambio climático; porque nos ayudaron a interpretar las claves de una negociación farragosa; porque desbrozaron los documentos hasta convertirlos en textos comprensibles; porque nos señalaron cuáles eran las líneas rojas que no debían cruzarse y las obligaciones a las que no debíamos renunciar.

Uno de los análisis más lúcidos que he leído a propósito del acuerdo, de cómo se gestó, de qué esperanzas ha alimentado y de qué expectativas ha frustrado, es el que George Monbiot firmó en The Guardian. El comienzo del artículo es brillante, porque establece una llamativa paradoja en la que estábamos de acuerdo muchos de los que asistimos al cónclave del clima: “By comparison to what it could have been, it’s a miracle. By comparison to what it should have been, it’s a disaster” (“En comparación con lo que podría haber sido, es un milagro. Pero en comparación con lo que debería haber sido, es un desastre”). Y en ese difícil equilibrio nos encontramos ahora, entre el milagro y el desastre. Y la fórmula para sortear ese equilibrio sin precipitarnos al vacío también nos la explicaron los observadores. Es obvia, poco sofisticada, pero, aún así, solemos olvidarla: mañana hay que seguir trabajando, todos, para que la balanza caiga del lado del milagro.

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Porque el rigor y la risa no están reñidos… Las largas horas en el multitudinario Media Center de Le Bourget se hicieron más llevaderas con colegas como Miguel G. Corral (El Mundo).

Además de toda esa labor de presión y análisis, buena parte de los observadores, reunidos en CAN (Climate Action Network), hicieron algo aparentemente banal pero igualmente decisivo en un encuentro de esta naturaleza: convocar una fiesta para estrechar aún más los lazos que a tantos desconocidos nos habían unido durante tantas horas. La Cumbre se humanizó en Le Players la madrugada del 13 de diciembre, pocas horas después de haberse firmado el acuerdo, y aún no me explico de dónde sacamos fuerzas (después de una semana con jornadas de trabajo de 16 horas non-stop) para abrazarnos, para cantar, para bailar y para celebrar, con ese ritual tan humano que es la fiesta espontánea y el contacto desinhibido, que el espíritu de París nos unía, nos uniría siempre, fuera cual fuera nuestra procedencia. Que el milagro es posible.

[Anotación al margen: por muy seria que sea la cuestión que nos ocupe desconfío de aquellos que no encuentran un motivo para abrazarse, cantar y bailar. En la expresión de la alegría más simple quizá está el secreto que nos permite enfrentarnos a los retos más complejos.]

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¿Cómo es posible que acabara abrazado a Christiana Figueres, Secretaria Ejecutiva de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, cerca de las tres de la madrugada en la pista de baile de un club de la rue Montmartre? Cosas del espíritu de París… (Foto: una observadora anónima de CAN).

A eso de las dos de la madrugada, y en un gesto que le honra (además de los muchos que, en la sombra, fue tejiendo para hacer más fácil el trabajo de Fabius), Christiana Figueres, Secretaria Ejecutiva de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, apareció en Le Players. Sin escoltas. Sin protocolo. Sin discursos. Apareció en Le Players para abrazar a los que habían sido el verdadero corazón de la Cumbre, para bailar con los que habían mantenido viva la ambición, para cantar con los que habían reclamado responsabilidad a los gobernantes de 195 países.

Esa noche brindamos con amigos que ahora están en Bruselas, La Coruña, Washington, Bogotá, Bonn, Barcelona, Madrid, México DF, San José de Costa Rica, Montevideo, Lima…

 

Place de la République // 13 de diciembre – 04:10 pm.

El azar, que no es tan caprichoso como parece, quiso que el acuerdo se firmara justamente cuando se cumplía un mes de los terribles atentados de París.

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Ya de madrugada en la mesa más bohemia de monsieur Baba, donde unos periodistas noctámbulos y agotados pueden cenar un confit de canard decente… (Foto: José María Montero)

Durante la Cumbre habíamos vivido en un recinto literalmente blindado y cuando de noche salíamos de esa burbuja (para dormir unas pocas horas) la presencia de polícias y militares dibujaba una ciudad un tanto inhóspita. ¿Los terroristas habían conseguido apagar el espíritu de París? ¿El argumento, con frecuencia tramposo, de la seguridad había barrido la alegría de las terrazas? ¿El estado de emergencia era la excusa para no salir, para no cantar, para no bailar?

Sí, además de la fiesta del Players, apuramos los minutos en la capital francesa para perdernos por Le Marais, para visitar (en peregrinación) Shakespeare & Co., para cenar en algún rincón animado de Cour des Petites Écuries (¡gracias Pauline!), en una mesa bohemia de la Rue du Faubourg Saint Denis o en la brasserie más noctámbula de la Rue La Fayette (¡gracias Nieves!); para comprar vino en Nicolas y queso en el mercado navideño de Champs Elysées, para escuchar, en vivo, a Vanina de Franco en el 56 de la Rue Rivoli y a la Piaf en Concorde, para pasear de madrugada (perdidos y felices) buscando el Bulevard Montmartre, para compartir el dolor y el silencio en la Place de la République

Tuvimos tiempo para comprobar que París no se rinde, para asegurarnos que el espíritu de esta ciudad, libre y luminosa, es más poderosos que el terror, que cualquier terror. Tuvimos tiempo de hacerle frente a la zozobra de un futuro incierto con la alegría que siempre te regala esta ciudad donde (casi) todo es posible. Tuvimos tiempo de vivir y de soñar…

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Un mes después, en la Place de la République, las flores siguen pasando de mano en mano… (Foto: José María Montero)

 

Les voix se libèrent et s’exposent /
dans les vitrines du monde en mouvement /
les corps qui dansent en osmose /
glissent, tremblent, se confondent et s’attirent irrésistiblement…

[Las voces se liberan y se muestran /
en movimiento en las ventanas del mundo /
los cuerpos que danzan en ósmosis /
resbalan, tiemblan, se confunden y se atraen irresistiblemente…]

(Les passants / Los transeúntes – ZAZ)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Información

Una cumbre como la COP21 pone a prueba nuestra capacidad de síntesis, nuestra agenda, nuestros conocimientos pero, sobre todo, pone a prueba nuestra resistencia y la habilidad para administrar energía.

Antonio me lo dijo al oído. Con algo de pudor y mucha retranca me aseguró que en las cumbres lo importante, lo realmente importante, era “poder comer algo y dormir un poco”. Los dos participábamos como ponentes en el Taller de Herramienta Periodísticas para Sobrevivir a la COP21, la Cumbre del Clima que estos días se celebra en París, y los dos coincidimos en que estos elementos tan prosaicos, sin ser herramientas periodísticas, eran fundamentales para sobrevivir a uno de estos encuentros donde todo es desproporcionado.

Las cumbres ponen a prueba nuestros conocimientos sobre la materia en cuestión (en este caso, en el de la COP21, el protagonista es el cambio climático), nuestras relaciones (la agenda personal es mucho más importante que la que te dictan a diario los organizadores), nuestra capacidad de síntesis (¿cómo contar en poco tiempo, o espacio, lo más sustancial de una reunión monumental?), pero, sobre todo, miden nuestra capacidad de resistencia y la habilidad para administrar energía.

En estas circunstancias extremas conviene alejarse de algunos mitos, de algunas rutinas y de algunos personajes con los que ganamos muy poco (ganancia entendida como información trascendente para nuestros receptores) y consumimos mucha energía. Se trata de conseguir el optimal foraging que descubrió Tono Valverde en los ecosistemas de Doñana: un predador persigue a una presa con una intensidad que es proporcional a la energía que obtiene e inversamente proporcional a la energía que consume. En una cumbre maratoniana un periodista no debería publicar lo que rinde poco o lo que cuesta mucho adquirir. Dicho de otra manera, si Darwin descubrió que sólo sobreviven los más aptos, Valverde matizó este principio: “Sólo sobreviven los que mejor aprovechan la energía”. Y en una cumbre donde se reúnen más de 30.000 especialistas durante dos semanas hay que aprovechar la energía al máximo para destilar información que realmente sea comprensible y útil para nuestros receptores, sin desfallecer…

Conviene, antes que nada, antes incluso de aterrizar en París, olvidarse de los cumbrólogos, una subespecie de periodista realmente dañina por cuanto está más interesada en los entresijos de la cumbre, en sus mecanismos internos y liturgias, que en el propio contenido y trascendencia de la misma. Los cumbrólogos suelen alimentar nuestra ansiedad informativa porque siempre que hablan uno tiene la sensación de que saben algo que tú deberías saber. Ellos, supuestamente, manejan las claves ocultas de la cumbre y saben descifrar las señales casi imperceptibles que emiten los mandatarios, los ecologistas y hasta el personal de seguridad. Parafraseando a Rosa María Calaf, la veterana periodista de TVE, cuando uno los ve aparecer en uno de estos encuentros no puede evitar este pensamiento: “Ya están aquí los especialistas que tanto saben de cubrir cumbres y nada saben de la cumbre que tienen que cubrir“. Periodistas que escriben para otros periodistas, o para que sus jefes admiren sus habilidades, pero que olvidan quiénes son sus verdaderos receptores.

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Desde 1992, cuando viajé a la Cumbre de Río, mucho han cambiado las cosas en el periodismo ambiental, pero la esencia de este oficio sigue siendo la misma: hacer comprensible lo complejo a receptores no especializados.

Tampoco hay que obsesionarse con las primicias, ni siquiera con estar a la última de lo que se cuece en la cumbre. Con las herramientas de comunicación disponibles en la actualidad aquellos ciudadanos realmente interesados en conocer las novedades de la reunión estarán conectados directamente a las mismas fuentes que nosotros, de manera que, casi siempre, tendrán la información al mismo tiempo (o incluso antes) que nosotros. Y para el común de los mortales, para los receptores no especializados, lo importante es cómo se lo vamos a contar no cuándo se lo vamos a contar. Lo importante no es llegar el primero, lo importante es explicarlo mejor que nadie, interpretar la información, procesarla de tal manera que tenga sentido para nuestros receptores.

Y esto último tiene mucho que ver con otro concepto fundamental en cualquier cumbre internacional: debemos anteponer los intereses locales (con todos sus matices) a la perspectiva globalizada (demasiado simplista). Por razones obvias, este tipo de reuniones están dominadas, desde el punto de vista informativo, por los grandes medios (la mayoría de ellos anglosajones), los medios globalizados que necesitan de un discurso homogéneo, no sometido a la variabilidad de los múltiples paisajes en donde se va a consumir la información. Pero, ¿cómo explicar la trascendencia del cambio climático sin bajar a la escala local, sin acomodarlo a escenarios domésticos, sin vincularlo a actividades que nuestros receptores puedan identificar sin dificultad? ¿Qué sentido tiene, para un vecino de Sevilla o una vecina de Almería, hablar de la fusión de los glaciares patagónicos?

En este tipo de cumbres, a pesar de todos los obstáculos que se nos presentan y frente a la hegemonía de los grandes medios, hay que defender el periodismo de proximidad. El domingo, cuando aterrice en Paris y tenga que empezar a tejer las primeras crónicas para los Informativos de Canal Sur Televisión, atenderé a las negociaciones que se están produciendo en la COP21, claro que sí; a los compromisos que están presentado los países para reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero, sin duda; a las declaraciones y contradeclaraciones de mandatarios y portavoces políticos, por supuesto; pero, sobre todo, tendré presente la conexión que todos esos elementos tienen con Andalucía, con los andaluces. Trataré, en definitiva, de interpretar la información para situarla en un contexto de proximidad y así generar verdadera conciencia.

El periodismo de proximidad es la antítesis del periodismo de convocatoria, ese que sólo se alimenta de notas y ruedas de prensa, o de comparecencias vía plasma. Un periodismo en el que no hay sitio para los cumbrólogos ni para los que andan obsesionados con la exclusiva. Un periodismo que se ejerce con calma, con el reposo que requiere cualquier reflexión, porque la ansiedad informativa, aunque forma parte de la épica y la estética de este oficio, es un veneno que destruye nuestro objetivo más preciado: la comprensión.

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Viveros flotantes. Imagen de Isaac Santaella para OESA (http://www.fundacionoesa.es/)

Todavía hay quien nos quiere vender la burra del desarrollo ilimitado, de la capacidad infinita de la naturaleza para generar recursos. Cuando estos días nos hemos ocupado de la flota de cerco que opera en aguas del golfo de Cádiz, afectada por el agotamiento de los cupos de boquerón que tenía asignados, casi todas las voces reclamaban una relajación de los controles, un aumento de los cupos o la compra de derechos de pesca a otros países. El caso era no reducir la presión pesquera, convirtiendo el problema del progresivo agotamiento de estos caladeros en un capricho administrativo y no en la consecuencia, lógica, de unas prácticas insostenibles.

Hace ya más de cuatro años (en febrero de 2008) el Centro Oceanográfico de Málaga señalaba una brusca disminución en las poblaciones mediterráneas de boquerón. La sobreexplotación de los caladeros era la principal causa de este fenómeno, pero no la única. “Otro agravante de la situación”, señalaban entonces los biólogos marinos, “es la subida de la temperatura del agua del Mediterráneo a causa del cambio climático. En los últimos 50 años el la temperatura del Mediterráneo ha subido entre los 0,12 grados centígrados y los 0,5. A esto se suma el aumento de la salinidad del mar a causa de la escasez de lluvias y del descenso de las aportaciones de agua dulce de los ríos”.

Si queremos que determinados pescados sigan estando presentes en nuestra mesa no habrá más remedio que recurrir a su cultivo. Lo que nació como un aprovechamiento artesanal en los caños y esteros de las viejas salinas gaditanas, y que apenas servía para el autoconsumo, se fue convirtiendo en una industria con una vigorosa capacidad de crecimiento. En 1950 la acuicultura producía al año, y en todo el mundo, 600.000 toneladas de peces, crustáceos y mariscos, con un valor que rondaba los 400.000 euros. Hoy, los animales y vegetales que se crían en este tipo de granjas suman cada año más de 70 millones de toneladas y su valor rebasa los 88.000 millones de euros. De esta manera la producción artificial de alimentos procedentes del medio acuático ha logrado superar el volumen de esos mismos alimentos procedentes de la pesca extractiva, ya que ésta aporta unas 65 millones de toneladas/año (no se suelen computar otras 24 millones de toneladas, también procedentes de la pesca tradicional, puesto que no se destinan directamente a la alimentación humana).

China es, con diferencia, la primera potencia del mundo en acuicultura ya que es capaz de producir cada año más de 45 millones de toneladas de diferentes organismos. India, y de nuevo un grupo de países asiáticos entre los que se encuentran Indonesia, Vietnam o Filipinas, forman el grupo que se  sitúa inmediatamente después del gigante chino, ocupando las primeras posiciones de esta peculiar clasificación. Hay que descender hasta el puesto décimo para encontrar un país no asiático (Noruega) y hasta la décimonovena plaza para localizar a España que compite en esta liga con una producción anual de algo menos de 270.000 toneladas.

En contra de lo que podría pensarse la especie que más se cultiva en el mundo no es un pez, sino un vegetal. Del alga laminaria japonesa, o wakame, se producen todos los años cerca de 5 millones de toneladas, casi un millón más que de carpas herbívoras (el segundo organismo en volumen de producción). Sin embargo, si en vez de toneladas atendemos al valor en el mercado, el liderazgo lo ocupa el langostino blanco, que aporta a este cómputo más de 7.000 millones de euros/año, seguido del salmón atlántico que supera los 5.000 millones de euros.

En la Unión Europea las especies que concentran la producción de las granjas de acuicultura son el mejillón común, la trucha arco iris, el salmón atlántico, la ostra japonesa y el mejillón mediterráneo, aunque en nuestro país son particularmente importantes las empresas que de dedican a la producción de doradas, lubinas y rodaballos.

España es el país de la Unión Europea con mayor producción en acuicultura, pero cae hasta el quinto puesto si lo que se mide es el valor de esa producción (algo más de 400 millones de euros, cifra que rebasan Francia, Italia, el Reino Unido y Grecia).

A diferencia de lo que ocurre en las explotaciones ganaderas o en los cultivos agrícolas, donde la producción se centra en un reducido número de especies animales o vegetales muy domesticadas, la acuicultura trabaja en la actualidad con más de 450 especies diferentes entre peces, moluscos, crustáceos y algas. En algunos casos de trata de especies muy apreciadas por los consumidores que, sin embargo, están al borde de la extinción en sus caladeros silvestres. En España resulta llamativo el caso de la dorada y la lubina, ya que de la primera se cultivan más de 20.000 toneladas al año mientras que nuestra flota apenas llega a capturar 1.000 toneladas, y de la segunda se obtienen en granjas unas 12.500 toneladas frente a las 640 toneladas que proceden de mar abierto.

P.D.: Más información sobre la evolución de la acuicultura en España en el reportaje que acabo de publicar en la revista “Entrelíneas”: http://www.revistaentrelineas.es/25/

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Nieve fundiéndose. Fotografía de Ramón Baylina & Conchi Ciurana

El Espacio Natural de Sierra Nevada es un enclave particularmente sensible, y así lo han entendido, históricamente, los propios granadinos. Ya en 1929 algunos diarios locales, como El Defensor, se hicieron eco de las primeras iniciativas orientadas a declarar como parque nacional el macizo, esgrimiendo, entre otros argumentos, “el derecho al paisaje” de todos los ciudadanos.

Pero al mismo tiempo que las clases populares percibían, de manera espontánea, la importancia de estas cimas que marcan el techo de la Península Ibérica, los primeros naturalistas que se internaron en ellas comenzaron a detallar los múltiples elementos que las convertían en un territorio único dentro la limitada nómina de altas montañas mediterráneas.

En ningún otro lugar del país, exceptuando el archipiélago canario, se concentraba, por ejemplo, tal diversidad florística. Hoy sabemos que en Sierra Nevada crecen más de 2.100 especies y subespecies de flora diferentes, lo que supone la cuarta parte de las que se han inventariado en toda la Península y las dos terceras partes de las existentes en la comunidad andaluza. Además, 66 de ellas son endemismos exclusivos, es decir, únicos en todo el planeta, cifra que duplica el número de endemismos de Austria y triplica al de Gran Bretaña.

Estos y otros valores, y la propia declaración de parte del macizo como espacio protegido, no sirvieron para frenar las amenazas que ya inquietaban a los ciudadanos a comienzos del siglo XX. Los sectores más concienciados de la sociedad granadina  volvieron a expresar su alarma cuando el Ministerio de Defensa anunció que iba a instalar un sofisticado radar en la cumbre del Mulhacén. Corría el año 1994, y entonces, con una coincidencia de opiniones poco habitual, ecologistas, montañeros, astrónomos y botánicos se opusieron al proyecto, oposición a la que acabaría sumándose el gobierno andaluz. Las obras, afortunadamente, nunca se iniciaron.

De nuevo en 2007 Sierra Nevada se colocó en el ojo del huracán a propósito de una iniciativa que, al margen de otras consideraciones ambientales, hubiera provocado  una sustancial modificación de este paisaje serrano único en el Mediterráneo. Esta penúltima amenaza tenía forma de teleférico, y se propuso que semejante artilugio uniera el casco urbano de la capital con la estación de esquí de Pradollano para así, según los promotores de la idea, resolver el colapso de tráfico que sufre la carretera A-395 (la única vía de acceso a este complejo turístico-deportivo).

El estrambótico proyecto quedó en suspenso, pero no sería de extrañar que uno de estos días resucite de la mano de esos mismos que ahora, en plena crisis, reclaman una importante ampliación de la estación de esquí (http://www.nevasport.com/noticias/art/35521/La-ampliacion-de-Sierra-Nevada-sigue-sumando-apoyos/). ¿Cuál es el argumento central de esta nueva amenaza? Efectivamente: la creación de puestos de trabajo. Vuelve, pues, la clásica milonga con la que casi todo vale.

Pero la pregunta del millón no son cuántos puestos de trabajo se van a crear, en qué plazo y con qué coste ambiental, sino cuánta nieve va a llegar (de manera natural) a la estación de esquí, porque las previsiones que se anotan en los escenarios más fiables de cambio climático no son especialmente optimistas en el caso de este macizo. ¿Una estación de esquí sin nieve? ¿Ignorancia o mala fe? Contra la segunda poco podemos hacer, pero para tratar de neutralizar la primera ahí van un par de documentos rigurosos:

  • Impactos del cambio climático en distintos sectores productivos (Proyecto PESETA del Instituto de Prospectiva Tecnológica de la Comisión Europea). Muy interesantes los mapas sobre atractivo climático para el turismo. Echadle un vistazo a la zona de Sierra Nevada: http://peseta.jrc.ec.europa.eu/

¡Qué tiempos estos en los que hay que luchar por lo evidente!

 


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El recorte, que aún conservo, ha adquirido con el paso de los años un elegante tono sepia. El contenido, al que hace referencia, ha virado, sin embargo, hacia un negro en el que resulta cada vez más difícil adivinar algún atisbo de esperanza.

El domingo 17 de octubre de 1976 el diario El País anunciaba de manera rotunda: “El clima mundial va a cambiar”. La noticia reunía las evidencias científicas que ya entonces, hace más de 35 años, sostenían la certeza de que las emisiones de gases de efecto invernadero terminarían por causar una auténtica catástrofe climática.

Han pasado 35 años de aquella noticia, y aún hay quien dice que los medios de comunicación hemos empezado a hablar de cambio climático demasiado tarde. Que este es un problema que se ocultó a la opinión pública hasta que Al Gore estrenó su verdad incómoda. Que lo del cambio climático es una moda pasajera, como lo fueron las vacas locas, los pollos con dioxinas o la gripe A.

Mi recorte ya pinta en sepia, y el futuro, que estos días se baraja en Durban, pinta muy, pero que muy negro.

Y mientras tanto, ¿qué hacen ahora, 35 años después de aquella noticia, los medios de comunicación? ¿Ha crecido la atención de la prensa mundial en paralelo a la gravedad del problema? ¿El cambio climático ocupa el espacio y la atención que merece? El sorprendente, y frustrante, comportamiento de los medios de comunicación nos lo revela Pepe Larios en su magnífico blog (http://calentamientoglobalclima.org/2011/01/04/cae-la-cobertura-de-los-medios-sobre-calentamiento-globalcambio-climatico/), del que tomo prestado, a modo de contundente titular, este gráfico.

Cuesta abajo… y sin frenos.

 

 

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No puedo resistirme a la invitación del hashtag #dmagua con el que en Twitter estamos celebrando el Día Mundial del Agua. Esta es mi contribución. Estas son mis cuentas del agua, las que hice por invitación de la revista GEO y la Universidad de Sevilla no hace mucho tiempo…

Durante largo tiempo, el hombre, en su afán por encontrar algún rastro de vida más allá del planeta Tierra, miró al cielo buscando una señal inteligente, rastreó la superficie de los planetas del Sistema Solar tratando de adivinar los vestigios de alguna civilización oculta o extinguida y, por fin, fue capaz de enviar sondas robotizadas a mundos desconocidos. ¿Qué deberían identificar estos artefactos para asegurar la existencia de vida? ¿Qué elemento certificaría que no estamos solos en el Universo?

Frente a la complejidad que cabe imaginar en un empeño de esta naturaleza, basta una gota de agua, una simple gota de agua, para albergar esperanzas de vida. Ya sea en un cráter marciano, en los polos lunares o en el núcleo del cometa Tempel, la búsqueda de este elemento, que ocupa el 71 % de la superficie terrestre, concentra hoy los esfuerzos de aquellos científicos para los que nuestra húmeda atmósfera es una frontera demasiado cercana.

Y mientras lanzamos la mirada a millones de kilómetros de distancia, el agua del planeta Tierra, la que hace posible nuestra vida, la que sostiene nuestra compleja biodiversidad, recibe un trato que en nada se corresponde con su importancia. La derrochamos y contaminamos como si fuera un bien infinito, y condenamos a una muerte temprana a aquellos terrícolas, más de mil millones, que no pueden alcanzarla en la cantidad o la calidad necesarias.

Si prescindimos del agua salada que atesoran los océanos (el 97,5 % de toda el agua que se reparte por el planeta), y de la que, aún siendo dulce, se concentra en los casquetes polares, los glaciares o los acuíferos profundos (un 2,24 %), el volumen de agua dulce accesible apenas representa el 0,26 % del total. Y, para colmo, se reparte de forma desigual y su disponibilidad, sin contar con las alteraciones causadas por el hombre, está sometida a múltiples factores, sobre todo climáticos. De esta manera, y tomando como referencia las estimaciones de la ONU, el volumen de agua dulce potencialmente accesible varía, según los años, entre los 35.000 y los 50.000 kilómetros cúbicos, aunque, en realidad, sólo está en condiciones de ser aprovechada una fracción que oscila entre los 9.000 y los 12.000 kilómetros cúbicos. Seamos optimistas admitiendo la opción más favorable: 12.000 billones de litros. ¿Suficientes?

Si tenemos en cuenta que, a escala planetaria, la agricultura precisa alrededor del 90 % de estos recursos y que la demanda industrial se sitúa en torno al 4 %, todavía nos quedan, para consumo humano, más de 700 billones de litros. Seamos optimistas y no sigamos restando, aunque para ellos tengamos que negar la evaporación o la presencia de residuos que inutilizan este líquido vital. ¿Cuánto nos queda? Imaginemos un escenario equitativo, aunque irreal. Repartamos el agua disponible sin distinciones de ningún tipo y, de acuerdo a estas cifras, concedámosle, así, más de 100.000 litros de agua por año a cada habitante del planeta o, lo que es lo mismo, alrededor de 270 litros por día. ¿Suficientes?

A juicio de la Organización Mundial de la Salud, un hogar que disponga de un buen sistema de suministro, sin interrupciones y a través de numerosos grifos, puede cubrir todas las necesidades básicas (hidratación, higiene, limpieza y preparación de alimentos) con unos 100 litros de agua por persona y día, sin someterse a ningún riesgo sanitario. Incluso con 50 litros de agua por persona y día, advierte este organismo internacional, podrían cubrirse esas necesidades básicas, aunque el nivel de seguridad sanitaria descendería. Las cuentas, por tanto, nos otorgan un cierto excedente, aunque nuestro escenario, por desgracia, sea equitativamente irreal.

Los niños nacidos en países desarrollados consumen entre 30 y 50 veces más agua que los nacidos en países en desarrollo. En zonas de extrema pobreza una persona sobrevive con apenas cinco litros de agua al día, mientras que en España los inquilinos de una sencilla vivienda unifamiliar pueden llegar a demandar más de 300 litros por jornada. Esta es la realidad, y por eso nuestros cálculos, aunque equitativos, no tienen ningún sentido.

En estas circunstancias no resulta exagerado hablar de las futuras “guerras del agua”, conflictos que, aún de forma larvada, ya se están manifestando en algunos territorios, sobre todo de Oriente Medio y América del Sur, donde el control de este elemento supone, más allá de un factor de desarrollo, una cuestión de simple supervivencia.

Además del pésimo reparto, la demanda sigue creciendo por encima, incluso, de la explosión demográfica: entre 1900 y 1995 la demanda de agua en el mundo se multiplicó por siete, más del doble del crecimiento experimentado por la población. Y para complicar aún más este negro panorama, la disponibilidad de agua decrece a manos de un modelo de desarrollo insostenible: hoy la contaminación afecta a unos 12.000 kilómetros cúbicos de agua dulce, cifra que, en 2050, podría llegar a los 18.000 kilómetros cúbicos.

Cada vez resulta más difícil cuadrar las cuentas y, sin embargo, al agua se le concede hoy más valor cuando, en cantidades ridículas, somos capaces de encontrarla a millones de kilómetros de nuestro planeta, que cuando escasea en nuestra propia ciudad. Con el paso de los siglos, el respeto a este elemento se ha ido diluyendo y por eso ahora, en un intento desesperado de corregir este rumbo suicida, se alzan voces que reclaman una “nueva cultura del agua”. ¿Nueva?

Hace bien poco leía un magnífico artículo de Carlos de Prada referido a la presencia de los cursos de agua en la obra de Homero, un buen ejemplo de esa otra mirada que se fue oscureciendo con el paso de los siglos. En la mitología griega los ríos tenían la consideración de dioses, tenían personalidad propia. En la literatura clásica, en la Odisea o en la Ilíada, los ríos no sólo son elementos del paisaje, son auténticos personajes que se relacionan, de igual a igual, con los héroes, y estos se refieren a ellos con palabras que revelan un profundo respeto.

Durante la época árabe, de la que conservamos importantes señas de identidad, el agua era, asimismo, objeto de altísima consideración. En la España islámica los tratados de hisba, o de control de los mercados, por ejemplo, incluían múltiples referencias al saneamiento urbano, y, así, prohibían arrojar basuras e inmundicias en determinados puntos de zonas poco frecuentadas pero muy valiosas, como las orillas de los ríos.

El agua era un elemento de gran importancia en la sociedad hispano-musulmana, ya que a su utilidad como bien indispensable para la vida unía su valor religioso, que se concretaba en las fuentes y pabellones para las abluciones de las mezquitas. Pero, además, tenía un gran valor estético, algo que se manifiesta con singular fuerza en la Alhambra de Granada. Acueductos, norias, molinos, aceñas, aljibes, desagües y baños, son el testimonio de que la España islámica sobresalió como comunidad modélica en el uso racional del agua.

El poso de todo este patrimonio cultural, que otorgaba al agua un enorme valor, se ha conservado en algunas comarcas, como en los almerienses Campos de Níjar, curiosamente en forma de mitos y leyendas bajo los que se esconde, en definitiva, ese profundo respeto a un elemento escaso y primordial para la vida. En torno a los aljibes y otros depósitos de agua se han tejido multitud de leyendas, en las que intervienen brujas, aparecidos, duendes y fantasmas. Esta mitología pretende evitar accidentes, sobre todo de niños que pudieran caer a estos tanques, pero también la defensa de un bien escaso. Por eso, las historias con elementos sobrenaturales se repiten de igual manera en otras comarcas españolas y para otros espacios como pozos, norias o canalizaciones.

Estos son hoy algunos de los restos de una cultura, la del agua, que fue arrasada con la llegada de un supuesto progreso, de un modelo de desarrollo que se olvidó del río y se concentró en el puente, en la obra del hombre y no en la de la naturaleza. De esta manera triunfó la visión puramente utilitarista, de manera que los ríos terminaron por convertirse en simples colectores de agua, cuyo valor se reduce a su capacidad para evacuar residuos, para producir electricidad o para aportar recursos a la agricultura o el abastecimiento urbano.

Dejaron así los ríos de ser esos dioses con personalidad propia, esos cuerpos vivos, complejos y dinámicos que hacen posible no sólo la vida, sino que, además, aportan elementos lúdicos, estéticos, simbólicos y hasta religiosos a nuestra existencia. Los paisajes del agua, fundamentales en las culturas mediterráneas, comenzaron a ser literalmente arrasados. Lo que era un activo ecológico y social se convirtió en un mero recurso productivo.

Hoy casi nadie piensa en un río como un lugar donde bañarse o donde introducir las manos para beber un poco de agua fresca, y quien esto piense es, como mínimo, un temerario que se expone a contraer alguna grave enfermedad. Con frecuencia reparamos en los ríos porque sobre ellos hay puentes. Cuando el sabio señala a las estrellas, sólo los tontos se fijan en el dedo… Cuando el sabio señala el río, sólo los tontos se fijan en el puente… El tonto mira al puente, a la acequia, a la central hidroeléctrica, y no al agua que hace posible todos estos aprovechamientos.

Paradójicamente, este discurso dominante estamos obligados a ponerlo en cuestión cada cierto tiempo, querámoslo o no, porque aquí, en las tierras del Mediterráneo, el clima es caprichoso y extremo, y nos somete, cada cierto tiempo, a intensos periodos de sequía. En España solemos reflexionar en torno al agua cuando ésta escasea, y entonces nuestro discurso se contamina de argumentos pasionales, y lo que deberían ser grandes acuerdos se convierten en cruentas batallas. No son los momentos de crisis hídrica los más adecuados para establecer estrategias que solucionen los problemas de la gestión de este recurso, y, sin embargo, las decisiones más trascendentales se suelen tomar justamente en esos momentos de alarma.

Este es nuestro absurdo ciclo hidro-ilógico: si el agua es abundante nos olvidamos de ella, nos concentramos en el puente, la derrochamos, la maltratamos, la contaminamos. Pero cuando escasea, entonces tratamos de mimarla, y limitamos su uso (a menudo con criterios absurdos, que castigan los aprovechamientos urbanos y no los agrícolas o los industriales), la llevamos de un sitio a otro, la entubamos, tratamos de almacenarla donde sea y cómo sea, alabamos su valor, lamentamos su contaminación. En fin, nos olvidamos del puente y buscamos el agua que debería pasar bajo él. Y cuando por fin llueve, volvemos al punto original de este ciclo hidro-ilógico, retomamos de nuevo este absurdo camino circular.

Y mientras todo esto ocurre, los humanos, en un aparente signo de civilización y progreso, buscamos agua en los confines del Universo, convencidos de que lo que nos sostiene es el puente, aunque bajo sus arcos, bajo nuestros pies, comience a dibujarse un negro abismo seco.

 


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