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El turco andaluz no sólo es uno de los mejores ayudantes del pastor, los pescadores también se sirven de estos perros en múltiples faenas. (Foto: Julian Vernot).

Hace pocos días, y en el programa “Tierra y Mar” (Canal Sur Televisión), dedicamos un reportaje (*) al turco andaluz, posiblemente el mejor ayudante al que pueden recurrir los pocos pastores que siguen manejando sus rebaños, en extensivo, en zonas de media montaña. Así ocurre en las Subbéticas cordobesas, a donde acudimos para mostrar, en su trabajo cotidiano, algunos ejemplares de este perro excepcional. Como suponía, muchas de las personas que tienen uno de estos animales, no sólo como auxiliar en tareas de campo sino también como perro de compañía, comentaron en las redes sociales su admiración y cariño a una raza que lleva casi mil años con nosotros. Aunque siempre me he rodeado de gatos (bueno, quiero decir que soy, parafraseando a Churchill, un humilde súbdito de mis gatos) yo también profeso admiración por turco andaluz, un perro del que hablé hace algún tiempo aprovechando los muchos conocimientos que me aportaron Baldomero Moreno (Consejería de Medio Ambiente) y Cecilio José Barba (Universidad de Córdoba) y que hoy resumo en este post.

Aunque no existe acuerdo científico sobre su primitivo origen, el perro de agua español, también conocido como turco andaluz, es la más antigua de las múltiples razas caninas de agua existentes en el mundo. Desde el remoto siglo XII se tienen evidencias de su presencia en la Península Ibérica, formando parte del grupo de los animales auxiliares del hombre en tareas como la ganadería, la caza o la pesca. Andalucía fue, y sigue siendo, la principal reserva de esta raza autóctona que a punto estuvo de extinguirse hace apenas un cuarto de siglo.

Para algunos autores los antepasados de esta raza llegaron a la Península Ibérica acompañando a las tropas musulmanas allá por el año 711, aunque estos primeros ejemplares podrían proceder de los primitivos perros de agua utilizados por las tribus del norte de África o bien haber sido importados desde el continente asiático. Otras hipótesis hacen referencia al posible origen turco o húngaro, y también hay quien defiende el nacimiento de la raza en Andalucía, y en concreto en las marismas del Guadalquivir, donde la naturaleza y el hombre  seleccionaron animales perfectamente adaptados a ese medio hostil.

De una u otra manera, hasta el año 1110 no se tienen evidencias de la presencia de estos animales en la Península Ibérica, dando lugar más tarde a dos razas: el cao de agua portugués y el perro de agua español. Este último, además, presenta dos ecotipos (adaptaciones ecológicas distintas) según sean ejemplares del norte o del sur del país, y los sureños, asimismo, presentan una variante marismeña y otra de sierra.

La denominación popular de la raza también varía en función de las diferentes provincias o comarcas. En Andalucía se le conoce genéricamente como turco, aunque en algunas zonas este nombre se reserva a los ejemplares de pelo marrón denominando moro a los de pelaje negro. En Sierra Morena se identifica como perro de lanas, mientras que en las serranías de Grazalema y Ronda se le llama laneto. Rizado es el nombre usado en las sierras Subbéticas cordobesas y patero en las marismas del Guadalquivir. Churro es en Extremadura, merlucero en Cantabria, cordelero en Asturias y chos o chorris en el País Vasco.

El abandono de prácticas ganaderas tradicionales, para las que era indispensable,  y la presión de otras razas foráneas, peor adaptadas al medio pero más populares, colocaron al turco andaluz en una difícil situación a mediados de los años ochenta del pasado siglo. Las pocas poblaciones que lograron sobrevivir a este proceso quedaron relegadas a algunas serranías y enclaves marismeños que, en esos mismos años, pasaron a formar parte de la red de espacios protegidos de la región. Superado el peligro, los parques naturales de Grazalema (Cádiz-Málaga), Alcornocales (Cádiz), Sierra Norte de Sevilla, Subbéticas (Córdoba) y entorno de Doñana (Huelva-Sevilla-Cádiz), entre otros, siguen albergando a la mayor parte de los mejores ejemplares que de este perro se conservan en toda España.

A lo largo de la historia, el turco ha desempeñado multitud de funciones, y aún hoy sigue siendo un perro muy versátil. Siempre ha destacado en la guarda y cría de todo tipo de ganado y como auxiliar de los cazadores en zonas húmedas. En Asturias, País Vasco y Cantabria aún se mantiene, en la flota de bajura tradicional, como inseparable compañero de los marineros dadas sus dotes nadadoras y buceadoras. En estos casos sirve de enlace entre embarcaciones (para trasladar aparejos de pesca, por ejemplo), recupera los peces que escapan de las redes o se ocupa de acercar las amarras al puerto, además de vigilar las redes mientras el pesquero permanece atracado. También se empleó, hasta principios del siglo XX, en algunas minas de carbón de Sierra Morena, ayudando a los arrieros de los mulos que transportaban las vagonetas de mineral. En la actualidad  se viene utilizando en la localización de cebos envenenados, drogas y explosivos, auxiliar en labores de rescate durante catástrofes y como perro mensajero.

Hay animales, muchos animales (quizá todos los animales), frente a los que el hombre, algunos hombres, son una triste sombra de eso que llaman homo sapiens… 

(*) Para los que no vieron el reportaje que dedicamos a este extraordinario animal aquí os dejo el enlace a nuestro canal de YouTube:

 

 

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Nadie va a venir a salvarnos del tirano. Sencillamente existe un mundo sin Trump. No hay por qué doblegarse al matón y tampoco hay por qué guardar silencio cuando nos amenaza.

Los matones suelen ser casi siempre unos bocazas. Acostumbran a intimidarnos con soflamas y gestos agresivos, con el relato, inquietante, de lo que serían capaces de hacer si no nos sometemos a sus caprichos. Y esperan que esa exhibición de fuerza y arbitrariedad sea suficiente para doblegar a sus semejantes. Pero a veces, solo a veces, los semejantes no están por la labor y al matón se le complican las cosas, y entonces aparece el estratega. ¿De verdad alguien cree que la decisión anunciada por Trump de abandonar el Acuerdo de París sobre cambio climático es un simple gesto de fuerza dirigido a sus votantes o al oscuro lobby de los negacionistas?

En París la delegación norteamericana, por empeño directo de Obama, consiguió introducir un mecanismo de seguridad en el acuerdo planetario con el que tratamos de moderar el impacto del cambio climático: hasta tres años después de la ratificación del acuerdo ningún país firmante puede abandonarlo. Es decir, que Trump anuncia que se va pero en realidad está obligado a permanecer hasta finales de 2019. La paradoja que esconde este mecanismo nos habla, creo, de una estrategia nada caprichosa: Trump reniega del acuerdo pero tiene derecho a sentarse en todas las mesas de negociación hasta finales de 2019, una magnífica oportunidad para torpedear el trabajo de los países firmantes desde dentro, para entorpecer –sin levantarse de la mesa– los delicados equilibrios que son necesarios para que el acuerdo se materialice. Menudo chasco, el mecanismo de seguridad se ha convertido en un caballo de Troya; así es que el matón no es tonto o, al menos, sus asesores más radicales no lo son.

¿Cuál será, a partir de ahora, la misión de los representantes norteamericanos en el acuerdo? El matón que no sigue estrategia alguna sencillamente colocaría cargas explosivas aquí y allá hasta despedazarlo, pero sospecho que Trump, y su camarilla de halcones, lo que quiere es intimidar lo suficiente (insisto: desde dentro) como para forzar una renegociación del acuerdo, una renegociación que sea favorable a sus intereses.

¿Y cuáles son sus intereses? ¿A quién beneficia esa posible renegociación? ¿Únicamente a sus votantes y su peculiar sentido del patriotismo? ¿Al lobby negacionista vinculado a las energías fósiles? No parecen suficientes intereses, ni siquiera desde el punto de vista (economicista) del sobrevalorado lobby negacionista que ahora, y por vez primera, se enfrenta a un llamativo posicionamiento, a favor del Acuerdo de París, protagonizado por algunas de las empresas norteamericanas más potentes, incluso de las vinculadas a las energías fósiles (Exxon Mobil, Chevron, General Electric, Apple, Google, Microsoft, Intel…). ¿Postureo empresarial? No, pura oportunidad de negocio. Fuera del acuerdo hace mucho más frío, el riesgo de aislacionismo es tremendo, el tren de las nuevas tecnologías puede pasar de largo, un nuevo orden comercial puede terminar perjudicando a las firmas estadounidenses. Lo dicho, puro cálculo empresarial. 

No, a mi juicio la estrategia del matón va más allá de votantes y negacionistas, va mucho más allá…

Sí, existe un mundo sin Trump en el que, quizá, lo único que se echa de menos es un conjunto de líderes capaces de plantarle cara al tirano sin miedo, violencia o vacilaciones.

Cuando volví de París, donde comprobé en primera persona el delicadísimo trabajo diplomático que fue necesario para conseguir un acuerdo, consideré que ese podía ser el primer ejemplo, aunque tímido e insuficiente, de un nuevo estilo de diplomacia multilateral, de un nuevo modelo de gobernanza planetaria en el que la práctica totalidad de las naciones del mundo (195 para ser exactos), con características culturales y políticas muy diferentes, eran capaces de ponerse de acuerdo en favor del bien común (en la capital francesa fue la lucha contra el cambio climático pero el modelo bien podría servir para enfrentarse a otras muchas amenazas). Un modelo que los tiranos ni entienden ni comparten, como es previsible. La gobernanza planetaria, made in Trump, consiste en un reducido grupo de presidentes-de-baja-calidad-democrática (rozando las peores maneras de los tiranos), como sus amigos Putin, Duterte o Netanyahu, sobre los que pivota el orden internacional de acuerdo a los criterios, a veces caprichosos y otros muy bien medidos, del mismísimo Donald. Sin necesidad de perder el tiempo en negociaciones, acuerdos y otras pamemas propias de los débiles, Donald habla y la comunidad internacional obedece (perdón, me olvidé de los palmeros ocasionales como May). Punto. Justamente lo contrario al espíritu de París: todos hablamos y buscamos, juntos, un punto de equilibrio (quizá no sea el mejor pero, como mínimo, será el menos malo). Esa puede ser la verdadera estrategia de Trump: acabar con los tímidos intentos de construir un nuevo modelo de gobernanza planetaria. 

Atacar el Acuerdo de París es atacar a la esperanza, debilitar los esfuerzos colectivos en busca de un mundo mejor y más justo, así es que no resulta exagerado, ni es un falso consuelo, celebrar que países decisivos en este complicado debate (como China, Alemania o Francia) hayan reafirmado sus compromisos en favor del acuerdo. Por cierto, ¿alguien sabe si el gobierno español, casi veinte horas después del anuncio de Trump, se ha pronunciado al respecto? ¿Por qué Rajoy no se ha sumado a los mensajes de Merkel, Macron o la propia May negando cualquier posibilidad de renegociación? ¿Es el silencio de los corderos? (*)

Existe un mundo sin Trump. Esa es la buena noticia. No hay por qué doblegarse al matón. Y los que callan muestran esa debilidad que tanto gusta a los tiranos, ese servilismo con el que se alimentan las peores dictaduras. La Unión Europea podría liderar de nuevo la lucha contra el cambio climático y de paso aprovechar esa bandera para reconocerse, empoderarse y, en cierto sentido, reconstruirse (también podemos vivir sin UK, dicho sea de paso).

Existe un mundo sin Trump y no solamente se manifiesta a escala internacional. La noticia que hoy lamentamos nos invita también a quitarnos las gafas de lejos para comprobar que no todo pasa por Washington, que a escala mucho más doméstica, en la distancia más corta, se sigue luchando contra el cambio climático (y contra todas las injusticias que lo alimentan). En los barrios, en las ciudades, en las regiones… en todos esos territorios a donde no alcanza el brazo de Donald. En la conciencia (en la que tampoco gobierna Donald) de millones de ciudadanos que han modificado sus hábitos de consumo, sus medios de transporte o el sentido de su voto, en busca de un modelo de sociedad más sostenible. Sí, existe un mundo sin Trump en el que, quizá, lo único que se echa de menos es un conjunto de líderes capaces de plantarle cara al tirano sin miedo, violencia o vacilaciones.

El tiempo que nos aguarda es, sin duda, apasionante.

PD: Estos son los argumentos, las reflexiones, que, de forma necesariamente resumida, esta mañana he compartido con los espectadores de Canal Sur Televisión en el primer informativo del día; los mismos que volveré a compartir este mediodía en los informativos de la televisión pública andaluza. Es mi análisis, urgente, de una mala noticia que, quizá, no lo sea tanto…

 

 

(*) Mariano finalmente se pronunció al respecto y como medio de comunicación optó, en la misma corriente minimalista que Donald, por Twitter. El presidente consideró que con 140 caracteres, bastante tibios por cierto, estaba todo dicho. Quizá cuando el debate sobre el cambio climático ocupe la portada del Marca se decida a redactar una nota de prensa o a comparecer públicamente. Mientras tanto, no hay que darle al asunto mayor importancia que la que merece un tuit.

 

 

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satelite

Aunque a veces, salpicada de azul y batida por el oleaje de arena, parezca lo contrario, Doñana no es una isla…

 

En la primavera de 1987 le pedí a Miguel Delibes que escribiera un artículo para la recién nacida revista “Medio Ambiente”, un boletín muy modesto en sus orígenes en el que, sin embargo, se fueron esbozando las líneas maestras de aquella pequeña revolución ambiental que, en Andalucía, vino de la mano de la recién creada Agencia de Medio Ambiente (AMA). La revista, que puse en marcha en el invierno de 1986, era el escaparate de un organismo que resultaría decisivo  en la historia de la conservación española, y en el que tuve el privilegio de trabajar como periodista y responsable de su Unidad de Divulgación.

El artículo de mi buen amigo Miguel Delibes (Conservación de la naturaleza en la sociedad de consumo) no hizo mucha gracia en los pasillos del poder, pero se publicó (¡faltaría más!). En un momento en el que recibíamos todo tipo de críticas, y en el que plantear cualquier acción que implicara ordenar los aprovechamientos sobre un territorio natural valioso se consideraba un triunfo del ecologismo más radical, el texto de Miguel cayó como un jarro de agua fría porque, con la libertad de opinión que siempre ha sido seña de identidad de este biólogo comprometido, cuestionaba algunas de las estrategias que estaba llevando a cabo la Administración (incluso la más vanguardista, como era el caso de la AMA).

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Las ventajas de tener, en casa, una hemeroteca medio ordenada… Este es el artículo original de Miguel Delibes (Revista Medio Ambiente, Andalucía, Verano 1987).

Algunos párrafos de aquel artículo resumen, de forma simplificada pero nítida, la tesis de Delibes, esa misma que hoy traigo aquí porque, casi 30 años después, y al hilo de lo que está ocurriendo estos días en Doñana, sigue siendo pertinente e incómoda :

La naturaleza entendida como conjunto es difícil de consumir y por tanto de vender (…). Así pues, no es raro que una tala de árboles o el con frecuencia inadmisible nivel de contaminación de los ríos, o la creciente rarificación de algunas especies, apenas merezcan unos comentarios en los periódicos y unas declaraciones más o menos retóricas de los ecologistas. Pero amigo, ¿qué ocurre si esos mismos árboles se cortan en el Parque Nacional de Doñana o sus alrededores?

(…) Si los árboles (¡o los patos!) mueren en Doñana, se llenarán páginas y páginas de los periódicos, recurrirán los ecologistas a las instancias internacionales, interpelarán con más o menos gracia los políticos en el Parlamento, etc. etc. Si los árboles llegan a morir en Doñana, será la guerra. (…) ¿Extrañará a alguien que para los profanos conservar Doñana sea sinónimo de conservar la naturaleza, mientras asisten impasibles, cuando no son protagonistas, a las mayores tropelías en su entorno inmediato?

(…) Desde mi punto de vista dedicarse de verdad a conservar es una tarea compleja y con frecuencia poco brillante, pues debe tender justamente hacia la uniformidad en las medidas, controles y resultados. Hay que intentar, decía alguien, “desparquerizar” los parques y “parquerizar” el resto de la naturaleza, aunque sea difícil ponerle un nombre a esa mezcla y hacerla noticia de primera plana“.

Hace casi 30 años que Miguel escribió estos párrafos, los que ayer mismo recordé para, modestamente,  convertir sus tesis, que son las tesis de muchos otros especialistas, en “noticia de primera plana”. Cuando en La Tertulia de Canal Sur Televisión me pidieron que analizara la oportunísima campaña de WWF en defensa de Doñana, y que lo hiciera en muy pocos minutos, puse el acento en dos ideas básicas, aptas para todos los públicos, que ya latían en aquel artículo:

Doñana no es una isla. De poco sirve “blindar” con todo tipo de figuras (Parque Nacional, Parque Natural, Reserva de la Biosfera, Patrimonio de la Humanidad…) el territorio más valioso de esa comarca si su entorno inmediato no se ajusta a un modelo de desarrollo sostenible, de bajo impacto, compatible con la conservación de ese corazón verde. Lo dijo la Comisión Internacional de Expertos que en 1992 analizó la mejor manera de conservar Doñana sin sacrificar el desarrollo socioeconómico de su entorno, lo defendió en el documento que viajó hasta Bruselas para buscar financiación europea que hiciera posible esa transición. Todos estaban de acuerdo (o casi todos). Todos (o casi todos) lo han olvidado.

En la naturaleza 1+1 casi nunca suman 2. Con demasiada frecuencia esta operación da como resultado 11 o una cifra aún mayor. No podemos contemplar las amenazas que cercan Doñana (pozos ilegales, dragado del Guadalquivir, minas de Aznalcóllar, depósito subterráneo de gas…) como la suma, simple, de una serie de impactos tomados de uno en uno, sino como un auténtico torbellino de alteraciones que se multiplican, casi sin límite, al estar unas en presencia de otras. Quizá por eso algunos proyectos se fragmentan de manera sospechosa en diferentes actuaciones (más pequeñas y aparentemente inconexas) a la hora de someterlos a la obligada Evaluación de Impacto Ambiental.

Permitidme que vuelva a inspirarme en Miguel Delibes y en la que yo llamo su metáfora de la lavadora. Imaginemos que cada cierto tiempo retiramos la lavadora que todos tenemos en casa para limpiar la suciedad que se acumula bajo este electrodoméstico. Encontraremos pelusas, restos de vasos rotos, alguna porción de comida momificada y también una tuerca, o un tornillo, o una pequeña arandela. Como no sabemos de dónde salió esa pieza (aunque suponemos que es de la lavadora) sencillamente la tiramos a la basura, con la tranquilidad de conciencia que da saber (o más bien creer) que la lavadora sigue funcionando sin fallos aparentes. Cada cierto tiempo repetimos la operación de limpieza y vuelven a aparecer otras piezas que juzgamos intrascendentes, piezas que también van a la basura, hasta que un día la lavadora deja de funcionar, así, de pronto, sin avisar… Bueno, en realidad nos estaba avisando de la catástrofe, pieza a pieza, pero no le hicimos caso. ¿Cuál fue la pieza decisiva que precipitó la muerte de la lavadora? Todas y ninguna en particular. ¿Qué hacemos para que vuelva a funcionar la lavadora? ¿Alguien sabe cómo se colocan esas piezas, dónde estaban situadas? Pero, lo que es más grave aún, ¿alguien conserva esas piezas, sabe dónde las venden (si es que las venden) o tiene a mano una lavadora exactamente igual para comprobar en dónde está el corazón del problema y su correcta solución?

El corazón del problema no es otro que la desidia, la inconsciencia y, sobre todo, la soberbia de pensar que seremos capaces de sustituir o prescindir de lo insustituible e imprescindible.

PD: Ayer traté de explicarme en el primer informativo de la mañana (Buenos Días) de Canal Sur Televisión.  Hablé del QUIÉN, de la ESCALA, de los VÍNCULOS y de las SUMAS. Son cuatro ideas, sencillas, muy claras, pero sobre las que hay que insistir, e insistir, e insistir…

PD: Los que hayan tenido la paciencia de ver la entrevista hasta el final habrán comprobado que hubo tiempo, incluso, para un zasca. A mi no me gustan los zascas, advierto, porque prefiero el debate sosegado, pero hay tesis, arcaicas e insostenibles, que sólo admiten una réplica contundente, rápida e incuestionable. No, la naturaleza nunca es un castigo, más bien ocurre todo lo contrario: nosotros sí que somos un castigo para la naturaleza.

 

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Trapada90

Pues sí, el del chubasquero azul soy yo con 25 años menos… Con camiseta verde Jose Moreno, el operador de cámara (hoy en nuestra delegación de Málaga); junto a él, también de azul, Manolo Raya, el realizador (función que sigue desempeñando en el mismo programa, en Los Reporteros), y en primer término Joaquín Hernández, el arquitecto andaluz entonces responsable de la cooperación andaluza  en el Parque Nacional de Los Haitises (hoy sigue trabajando en proyectos de uso público en espacios naturales protegidos). Trepada Alta (República Dominicana), marzo de 1990.

 

El piloto, que había dejado descansar su revolver sobre un cuadro de mandos algo destartalado, se resistía a sobrevolar la bahía de Samaná. Confesó que no sabía nadar y de ahí su aprensión a conducir el helicóptero por encima de las aguas del Caribe. Finalmente accedió a cruzar la bahía para poder así filmar algunos de los paisajes más espectaculares del Parque Nacional de Los Haitises, en el noreste de la República Dominicana.

Terminado el trabajo, cuando creíamos que regresaba al aeropuerto de Santo Domingo, inició la maniobra de aterrizaje en un claro del denso bosque tropical. Niños y mayores, salidos de la espesura o quién sabe de dónde, se arremolinaron en torno a la aeronave despreciando el evidente riesgo, convencidos de que el único helicóptero que habían visto de cerca en su vida sólo podía transportar al presidente de la República, el entonces anciano y ciego Balaguer. Pero en aquel helicóptero rojo, que tanto nos costó alquilar, viajaba el joven e intrépido equipo de Los Reporteros (Canal Sur Televisión) que en la primavera de 1990 rodó “La isla bonita”, un modesto documental sobre la labor de los cooperantes andaluces que ya entonces trabajaban en proyectos de conservación de la naturaleza y desarrollo rural en tierras dominicanas.

El turismo low cost apenas había comenzado el asalto del paraíso y en las zonas más apartadas de la isla la hospitalidad de sus gentes y la belleza de los paisajes te hacían olvidar las durísimas condiciones de vida en cualquiera de esas pequeñas aldeas donde, hasta en el más pobre de los conucos, te ofrecían un plato de arroz con guandules, o unos trozos de patacón pisao, mientras, de fondo, sonaba, a todo trapo, un perico ripiao.

[Intermedio musical: en el radiocassette del Isuzu Trooper con el que recorrimos la isla no dejó de sonar aquella cinta, que compramos en el Mercado Modelo o en el Musicalia de la calle El Conde, y que, meses después, se convertiría en un éxito a los dos lados del Atlántico: “Ojalá que llueva café”, el famoso disco de Juan Luis Guerra y 4:40 acababa de publicarse en la República Dominicana y se abría con este “Visa para un sueño” que tan bien retrataba la desesperación de un pueblo que soñaba con emigrar a Estados Unidos. La actuación, en la televisión dominicana, también es de aquel lejano 1990]

 

Finalmente, aquella aldea, en el paraje de Trepada Alta, se convirtió, de manera inesperada, en una de las protagonistas del relato. Sus vecinos y, sobre todo, sus mujeres (siempre liderando este tipo de empeños), nos mostraron cómo, con la ayuda de la cooperación andaluza, habían comenzado a practicar una agricultura sensata y sedentaria, abandonando la tumba y quema, el periódico y ancestral ejercicio de talar y quemar una parcela de selva (en el interior del parque nacional) donde colocar algunos cultivos de subsistencia que apenas producían una mísera cosecha a cambio de irse comiendo los terrenos protegidos.

Cuando ahora se cuestiona el futuro de Canal Sur Televisión, o cuando alguien me afea algunos de los contenidos de nuestra programación (que, por cierto, no depende de mi), recuerdo aquel primer viaje, aquel primer documental, aquella manera, sincera y hasta inocente, de asomarnos al mundo para contar que Andalucía, sin arrebatos patrióticos y más allá del folclore o el tipismo, estaba presente en todos los escenarios imaginables. Para mostrar, con la evidencia de las imágenes, que Andalucía es ciencia, es cooperación, es arte, es tecnología, es solidaridad… Para eso sirve una televisión pública, para eso debería servir una televisión pública.

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Redacción Informativos Canal Sur Televisión

El mundo está allí afuera, despertándose, y nosotros, aquí dentro, medio dormidos, tratamos de contarlo sin traicionarnos y sin dejar el corazón en la taquilla. Así comenzaba el 19 de agosto en la redacción de Informativos de Canal Sur Televisión (Foto: José Mª Montero)

No sé si todas las personas que se sientan delante de un televisor a ver un informativo, pongamos por ejemplo el Noticias 1 de Canal Sur Televisión, aprecian que, además de otros muchos elementos, esa amalgama de imágenes y sonidos, con los que tratamos de reflejar un trocito del mundo que nos rodea, está teñida por las emociones de las (muchas) personas que hacen ese trabajo.

Es relativamente fácil reparar (aunque no conozcamos sus infinitos detalles) en la sofisticada tecnología que hace posible el milagro de esa ventana que nos asoma al mundo pulsando un sencillo botón; lamentar el olvido de alguna noticia que juzgamos trascendente o el abuso de esas otras cuestiones que creemos irrelevantes y hasta ridículas; celebrar la elegante disposición del decorado, los rizos de la presentadora, la barba del presentador, o, por el contrario, abochornarnos por un error en la dicción, por una tos inoportuna, por un titubeo, por una corbata de estampado cañí, por un peinado demodé, por un rótulo al que le faltan letras o por una confusión a la hora de dar paso a una noticia que nada tiene que ver con lo anunciado.

Visto así, sin mayores consideraciones, todo es como un simple teatrillo donde, con voz más o menos neutra, unos perfectos desconocidos nos van contando una historia que a veces tiene que ver con nuestra propia historia y otras suena a algo lejano, confuso y ajeno. Pero resulta, y eso no se ve y raras veces se cuenta, que a la persona que, por ejemplo hoy mismo, se sienta delante de un ordenador a tratar de contar que decenas de refugiados han aparecido muertos, asfixiados en el interior de un camión, se le hace un nudo en la garganta; que quien tiene que grabar el enésimo cadáver de un inmigrante que desembarca en un puerto andaluz dentro de un saco negro trata de mirar, por el objetivo de la cámara, sin querer ver lo que resulta insoportable ver; que quien, perfectamente maquillad@, relata el desahucio, el crimen, el bombardeo, la hambruna, el accidente o el funeral, tiene, debajo del perfecto maquillaje, piel y corazón, y en los dos siente escalofríos, como el resto de sus compañer@s, los que no están maquillad@s.

En la redacción todo transcurre a un ritmo frenético, intenso y áspero en el que, aparentemente, no caben los sentimientos o, mejor dicho, donde los sentimientos, aparentemente, podrían resultar un estorbo. Pero resulta que este trabajo maravilloso, por el que recibimos tantas críticas injustas y cuya dignidad se empeñan en dinamitar algunos políticos y financieros (entre otros agentes de la autoridad), lo hacen personas que saben, como casi todas las personas, lo que es el dolor y la alegría; personas que se abrazan en los malos momentos y que se parten de risa cuando la ocurrencia ha sido oportuna e inesperada. Personas que se enamoran, que tienen hijos, que cuidan de sus padres ancianos, que se desenamoran, que enferman, que sufren con los amigos que están sin trabajo, que padecen la soledad o el abandono, que cantan cuando se pasan de copas, que pierden a la gente que más quieren, que bailan en todas las fiestas, que lloran, que suspiran, que acarician, que sienten dolor, que comparten, que se guiñan un ojo al cruzarse en un pasillo, que se cabrean, que gritan y luego se arrepienten, que llegan al amanecer y aunque es el mismo todos los días disfrutan de él como si fuera único, que se marchan de noche cerrada y agotados, que silban, que susurran, que regalan, que piden perdón, que dan las gracias, que celebran, que besan… Y todo eso, y muchas cosas más, tiñe las noticias, queramos o no, las colorea o las empaña, las hace humanas.

Y todo eso, que es en definitiva lo que quería contaros esta noche, lo hace gente vulgar y corriente, humanos con corazón que a veces aciertan y otras se equivocan. Ese es el verdadero corazón de la tele, el que no se ve pero lo empapa todo…

PD: Claro que hay fantasmas, mamarrachos y gente sin corazón, como en todas las ocupaciones, pero son minoría y su presencia hay que vivirla como un estímulo, incómodo pero inevitable. Aunque transiten por el lado oscuro, también son parte de esta historia sentimental y, a su manera, nos ayudan a ser mejores.

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Ballena franca austral

Podría habernos triturado de un simple coletazo, pero la ballena austral se acercó, dócil y curiosa, hasta nuestra embarcación. Es difícil describir qué se siente cuando uno de estos gigantes marinos se coloca al alcance de tu mano (Península Valdés, Argentina, abril 2007).

Navegábamos entre Punta Pardela y Playa Colombo, en aguas de Península Valdés (Argentina), en un día de absoluta calma. Demasiada, quizá, para las expectativas que todos habíamos puesto en la búsqueda de uno de los animales más grandes del planeta. Sin embargo, el capitán ballenero (*) que nos acompañaba, el mítico Pinino Orri, estaba seguro de que las ballenas francas australes se dejarían ver. Y tanto que se dejaron ver…

Hubo ejemplares cuya curiosidad los llevó hasta el mismo casco de nuestra embarcación que, de pronto, se convirtió en un ridículo cascarón. Es difícil describir la sensación que se experimenta cuando una ballena de 15 metros y 40 toneladas se acerca, con una mezcla de elegancia y autoridad, para escrutarte con sus diminutos ojos. A tan corta distancia llegaron a colocarse algunos ejemplares que terminamos empapados por el agua que expulsaban al respirar. Indiferentes, pasearon sus morros, adornados como un viejo arrecife de coral, al alcance de nuestras manos.

Hubo, incluso, ballenas que cantaron mientras entrevistábamos a Pinino: un sonido ronco y primitivo que a este capitán, curtido en cientos de travesías, aún le sigue emocionando.

Precisamente, el ser una ballena sociable, que no rechaza la presencia humana, la colocó al borde de la extinción ya que su caza resultaba más fácil que la de otras especies. Sólo entre 1820 y 1840 se llegaron a cazar en el hemisferio sur más de 80.000 ballenas francas australes, matanza que se detuvo, por fin, en 1935 cuando la especie pasó a estar protegida. Península Valdés, y en general las costas patagónicas, ejerce una poderosa atracción sobre estos mamíferos marinos cuando llega el momento de aparearse, y así, cada año, llegan a transitar por esta aguas unos 1.200 ejemplares entre adultos y crías.

Rodeados de ballenas terminamos el rodaje del primer capítulo (Las alas de la Pampa) de la serie documental que nos llevó a tierras argentinas en abril de 2007. Una producción de Canal Sur Televisión y la Estación Biológica de Doñana (CSIC).

(*) Esta denominación, “capitán ballenero”, nada tiene que ver con la caza de estos animales. Hoy, en Península Valdés, reciben este nombre los marinos especializados en el avistamiento, con fines científicos o turísticos, de ballenas. Una actividad regulada, de manera estricta, en estas aguas.

P.D.: Con esta foto inicio una serie dedicada a comentar algunas de las imágenes, casi siempre de naturaleza, que me han sobrecogido en diferentes puntos del planeta.

Si después de este relato quieres ver la coreografía que nos regalaron estos gigantes del mar, aquí tienes el documental completo (las ballenas las encontrarás a partir del minuto 37).

 

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La identidad de nuestro informante permaneció a salvo pero, aún así, la tragedia lo persiguió hasta el día de su muerte.

El facultativo de minas me pidió que no revelara su identidad y así lo hice. Oculto en el interior de nuestro todoterreno detalló, con serenidad, las deficiencias técnicas de la presa que retenía los residuos de las minas de Aznalcóllar (Sevilla) y advirtió que si se rompía se produciría una catástrofe ecológica.

Las intensas lluvias de aquel invierno habían originado numerosas filtraciones en distintos puntos del dique, y el agua contaminada escapaba sin control hacia el cauce del Guadiamar. En opinión de aquel especialista la balsa había sido recrecida por la empresa Boliden, titular de la explotación, sin respetar unos mínimos criterios de seguridad.

La entrevista se emitió en los informativos de Canal Sur Televisión el 19 de enero de 1996 (hoy se cumplen 18 años) y sólo 48 horas después los máximos responsables de Boliden, llegados desde Suecia, convocaban una rueda de prensa en Sevilla. A su juicio, tanto la denuncia del antiguo empleado de las minas como las imágenes que mostraban las filtraciones formaban parte de una “campaña de desprestigio”. Incluso llegaron a acusar a Canal Sur Televisión de haber “manipulado las imágenes”, grabando “residuos urbanos” para hacerlos pasar por el “supuesto vertido de la balsa de Aznalcóllar”. Y a aquella rueda de prensa siguieron unos cuantos días de presiones, más o menos veladas. Los portavoces de Boliden no se cansaron de recordarnos el impacto que tendría el cierre de las minas en el municipio de Aznalcóllar, y la responsabilidad que a Canal Sur Televisión le correspondería en el despido de cientos de trabajadores.

A pesar de todo, tanto la entonces Agencia de Medio Ambiente como la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir y la Consejería de Industria, abrieron sendos expedientes informativos, y al menos en el de Medio Ambiente se reconocía la existencia de las filtraciones, ya que estas habían sido comprobadas, in situ, por técnicos de este organismo. El asunto terminó en manos de la justicia, merced a una denuncia de la Confederación Ecologista y Pacifista de Andalucía (CEPA), y nunca más se supo…

BalsaAznalcollar

La balsa reventó a pocos metros de donde realizamos la entrevista.

Y así hasta que en la madrugada del 25 de abril de 1998, dos años y tres meses después de aquella entrevista, la balsa reventó,  dejando escapar más de cuatro hectómetros cúbicos de aguas fuertemente ácidas en las que, disueltos, viajaban lodos cargados de metales pesados. La riada tóxica se extendió a lo largo del Guadiamar en pocas horas, depositando en su lecho, y en los terrenos colindantes, casi dos millones de metros cúbicos de residuos mineros.

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Aquella mañana de abril volví a la balsa de Aznalcóllar, pero esta vez los pies los tenía hundidos en lodos tóxicos.

Aquella mañana de abril volví al cauce del Guadiamar para certificar, de nuevo cámara en ristre, que el facultativo de minas tenía razón, que la entrevista se había grabado a pocos metros del lugar en donde reventó la presa y que Canal Sur Televisión, desgraciadamente, se había adelantado a la noticia. Una amarga exclusiva.

Manuel Aguilar se llamaba aquel facultativo de minas que tuvo la valentía de denunciar lo que entonces hubiera sido evitable. Murió en 2000 después de haberse tenido que marchar de Aznalcóllar debido a las presiones y amenazas que lo persiguieron desde aquel fatídico 25 de abril de 1998.

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