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Tengo debilidad por la obra de la fotógrafa (aficionada) Niki Boon, que ha decidido mostrar, en un desnudo y elegante blanco&negro, cómo transcurre la vida de sus hijos en una apartada zona rural de Nueva Zelanda, donde el principal juguete es la naturaleza (www.nikiboonphotos.com/)

Cuando en la playa me aburro de mirar las olas (si es que alguien en su sano juicio puede cansarse de mirar las olas) me entretengo en espiar a los niños pequeños que andan (o gatean) enredando entre las toallas y las sombrillas, o que retozan felices en la misma orilla del mar. En pocos escenarios como este los adultos  permitimos a un menor de edad alcanzar tal grado de sana cochinez y estimulante salvajismo. No importa que traguen agua salada, mastiquen arena, se emborricen en fango, estrujen un puñado de algas o se tatúen los mofletes con la cagada fresca de una gaviota. Ninguna de estas circunstancias solemos juzgarla como peligrosa y, sin embargo, fuera de este escenario natural (como también ocurre fuera de un bosque o de un arroyo) los juegos de un infante cada vez nos provocan más inquietud a cuenta de los peligros visibles e invisibles.

Me pregunta una amiga si el deterioro de la calidad ambiental en las grandes ciudades está afectando a los niños que viven en ellas. Cuando me hacen una pregunta que aparenta tener una respuesta sencilla siempre desconfío de mi tendencia natural a contestar de manera rápida y simplona. Y la respuesta a esta pregunta no es tan sencilla como parece y merece algunas consideraciones que aprovecho para compartir en este blog.

Diferentes grupos de trabajo, compuestos por especialistas en variadas disciplinas científicas, llevan años estudiando los riesgos que plantean determinadas sustancias químicas en la salud infantil. Entre otras preocupan las dioxinas, los bifenilos policlorados (PCB), los metales pesados y los disruptores endocrinos. Estos últimos, presentes en multitud de elementos de uso cotidiano, actúan como falsas hormonas alterando el correcto funcionamiento del organismo.

Pero la amenaza de estas y otras sustancias nocivas no sólo está presente en el aire contaminado de las grandes ciudades o en espacios abiertos sometidos a un intenso deterioro atmosférico. El interior de los edificios y viviendas también acumula concentraciones notables de agentes tóxicos. Los europeos pasamos entre un 85 % y un 90 % de su tiempo en espacios cerrados, y aunque en ellos se crea la falsa sensación de estar a salvo de las agresiones ambientales, varios  estudios amparados por las autoridades de Bruselas revelan cómo los niveles de contaminación en el interior de inmuebles pueden llegar a duplicar las cantidades medidas en el exterior. Primer matiz importante: nuestras casas no siempre son más seguras que el ambiente exterior.

Hace algunos años Josep Ferrís, coordinador de la Unidad de Salud Ambiental Pediátrica del Hospital Materno-Infantil Universitario La Fe (Valencia), me aportaba, a propósito de esta preocupación, un dato incontestable: “Menos del 10 % de las más de 100.000 sustancias químicas que contaminan el medio ambiente han sido valoradas en función de sus efectos en la salud infantil y juvenil”.  En definitiva, argumentaba con sincera contundencia este pediatra, “si a finales del siglo XIX los mineros utilizaban canarios para detectar la peligrosidad ambiental de los fondos de las galerías subterráneas, actualmente nuestros niños son los canarios de la irresponsabilidad, el egoísmo, la avaricia y la falta de respeto al medio ambiente”.

El párrafo es duro, pero no falta a la verdad. Si bien es cierto que la mortalidad infantil no ha dejado de reducirse en nuestro país, poco se sabe aún de los efectos a medio y largo plazo que tendrá la exposición a un creciente número de sustancias químicas. Sobre algunas enfermedades, como el asma, no caben dudas a la hora de establecer su relación directa con el deterioro de la calidad ambiental, pero cada vez se van sumando más evidencias en torno a otras enfermedades como ciertos tipos de cáncer.

El segundo matiz que admite la pregunta es precisar el por qué los niños son particularmente vulnerables a las alteraciones ambientales y a las agresiones de algunas sustancias químicas. En ningún caso, para empezar, los menores pueden ser considerados como “adultos en miniatura”, uno de los principios sobre los que suelen insistir los pediatras, ya que su organismo presenta unas características peculiares que nada tienen que ver con las que se van a manifestar en la edad adulta.

Tanto en la etapa fetal como en los primeros años de vida hay una evidente inmadurez anatómica y funcional, de manera que tanto los órganos vitales como las funciones que estos desempeñan pueden verse alteradas por determinados agentes químicos, capaces de provocar efectos adversos a corto, medio y largo plazo. Especialmente graves son las alteraciones que, por esta causa, pueden originarse en el desarrollo neurológico o en la eficaz puesta a punto del sistema inmunológico.

El rápido crecimiento que se manifiesta en estas primeras etapas hace que los niños coman más alimentos, beban más líquidos y respiren más aire por kilogramo de peso corporal que los adultos. Y esto quiere decir que también incorporan más sustancias nocivas por kilo de peso que un adulto, con el agravante de que no tienen aún plenamente operativos los mecanismos para neutralizar o eliminar estas sustancias. La capa córnea de la piel, al ser menos consistente, facilita, asimismo, el que se introduzcan, por absorción, algunos contaminantes.

Por último hay que anotar los comportamientos sociales, ya que los niños, por ejemplo, aún no saben interpretar los signos de alerta que previenen a los adultos. Además, pasan mucho tiempo a ras de suelo, reptando o gateando, con lo que están más expuestos a los contaminantes presentes en la tierra o el polvo. Incluso en ambientes domésticos los niños que aún no son capaces de andar respiran compuestos orgánicos volátiles que son más densos y pesados que el aire y que, por este motivo, los adultos no inhalan.

Una de las hijas de Niki Boon perfectamente integrada entre las hojas de un arbusto protector. ¿Dónde termina ella y comienza el vegetal?

La pregunta parecía fácil de contestar, pero ya veis que, como en otras muchas cuestiones ambientales, la respuesta nos lleva a un escenario muy complejo, con la inquietud añadida de que lo que está en juego es la salud de nuestros hijos. Por eso, no lo dudéis: dejadlos cochinear y asalvajarse en la naturaleza, dejadlos ser niños en la arena de la playa, a orillas del mar, en el tapiz de hojas de un bosque o entre los guijarros de un arroyo.

 

 

 

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Tejo

Así recuerdo el tejo al que me abracé, hace treinta años, en la jiennense Sierra de Cazorla (la imagen la he tomado de http://wwwsenderoscazorlenses.blogspot.com.es/)

 

Entre mis amigos hay una rara comunidad de individuos que se abrazan a los árboles. Lo hacen por puro gusto, por la satisfacción que da sentirse unidos a un ser vivo que nos presta innumerables servicios, vitales, sin pedirnos nada a cambio. Yo mismo no puedo evitar abrazarme a algunos árboles cuya presencia me conmueve, como me sucedió hace bien poco en un viejo castañar de Fuenteheridos (Huelva).

Esta aparente rareza tiene su base científica porque no son pocos los que, desde una posición más racional que emocional, defienden la hipótesis de la biofilia: los millones de años durante los cuales hubo un estrecho contacto entre los humanos y la naturaleza han inculcado en el Homo sapiens una profunda necesidad emocional congénita de sumarse al resto del mundo de los seres vivos, y por eso necesitamos ese contacto íntimo con vegetales y animales.

Uno de esos raros abrazos que aún permanece vivo en mi memoria, a pesar de los años transcurridos (algo así como tres décadas), se lo di a un tejo, centenario, quizá hasta milenario, que crecía (y espero que siga creciendo) en un rincón de la Sierra de Cazorla. Un árbol imponente que no es extraño que haya sido considerado mágico por muchas culturas, y cuyas virtudes, ocultas, reveló la Medicina no hace muchos años.

Sobre todo en las regiones más occidentales del continente europeo, desde Alemania a Galicia, a lo largo de toda la costa atlántica y las islas británicas e irlandesa, el tejo ha sido considerado desde la antigüedad un árbol sagrado. En torno a esta especie se han tejido numerosas leyendas y ritos, y ejemplares milenarios crecen junto a ermitas, abadías o cementerios. Ignacio Abella, botánico que ha rastreado toda la mitología asociada al tejo, explica algunas de las razones por las que los humanos nos hemos sentido atraídos por este árbol: “Posiblemente la admiración y el culto provengan de aspectos como su asombrosa longevidad, la capacidad de rebrotar incesantemente aún después de caído, el follaje perenne, la dureza pétrea de su madera y su increíble elasticidad, el color rojo intenso de este material y la potencia letal de todas sus partes, exceptuando la envoltura carnosa de su semilla”.

A pesar de la importancia que el hombre le ha concedido, el tejo se encuentra en franca regresión en todos aquellos enclaves en los que se distribuye. En Andalucía todavía podemos encontrarlo en las provincias de Almería (Sierra Nevada), Granada (Sierra de Baza, Sierra de Castril, Sierra Harana, Sierra de Játar, Sierra Nevada y Sierras de Tejeda y Almijara), Jaén (Sierras de Cazorla y Segura, Sierra Mágina) y Málaga (Sierra de las Nieves, Sierras de Tejeda y Almijara). En total se calcula que sobreviven en la región entre 1.200 y 1.800 ejemplares, distribuidos en pequeñas manchas que, en el mejor de los casos, apenas llegan a reunir una veintena de ejemplares. Incluso hay poblaciones que están compuestas por uno o dos individuos aislados. Este fenómeno, que también es frecuente en otros puntos de la península, ha hecho que al tejo se le bautice como el “ermitaño del bosque”, y que su sola presencia justifique la protección de un enclave.

El tejo añade a su valor botánico, determinado por su escasez, interesantes aplicaciones en el campo de la farmacología. Ya a mediados del siglo XIX se utilizaban infusiones de hojas para combatir los gusanos intestinales, regular la menstruación o provocar abortos. Asimismo, se usaba para aliviar espasmos musculares y nerviosos, en molestias de las vías urinarias, reumatismo y artrosis.

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No, no es casual que el monstruo que visita a Conor sea un tejo… En la película de Juan Antonio Bayona también se encierra, estoy seguro que de manera intencionada pero sutil, esta relación entre el cáncer y el árbol que atesora la sustancia capaz de curarlo.

Al margen de estas aplicaciones tradicionales, la medicina oficial comenzó a interesarse por el tejo a comienzos de los años 60, cuando investigadores norteamericanos identificaron una sustancia, el taxol, presente en extractos de corteza y hojas de este árbol. El taxol se mostró muy eficaz en el tratamiento de algunos tipos de cáncer, aunque no parecía fácil convertirlo en un medicamento de uso convencional, ya que se necesitaban de tres a cuatro tejos centenarios para obtener el taxol necesario en el tratamiento de un solo enfermo.

Aún así, y después de numerosas experiencias para obtener taxol mediante diferentes procedimientos que no implicaran el sacrificio de los árboles, el gobierno norteamericano aprobó, en 1992, el primer fármaco (Paclitaxel) que contenía este principio activo, indicado para el cáncer de ovario resistente a otros tratamientos. En España se comercializa, con el mismo nombre, desde 1994, y en los últimos años han surgido otros compuestos similares que se usan con éxito en diferentes afecciones tumorales.

¿Es para abrazarlo o no?

Actualización a 18 de diciembre de 2016: Además de la película de Bayona (“Un monstruo viene a verme”), y para los que queráis profundizar en las virtudes de este árbol mítico, os recomiento el documental francés “L’if aux frontières de la vie” (“El tejo, en la frontera de la vida”), de la colección “Secretos de las plantas” en las que ha participado el CNRS, la principal institución científica francesa (equivalente a nuestro CSIC).

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