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yogacity11

Me muevo (a gran velocidad), luego existo. Y a lo mejor resulta que la existencia, orientada al bienestar, es otra cosa…

“Era un vendedor de píldoras perfeccionadas que calman la sed. Se toma una por semana y no se siente más la necesidad de beber.
– ¿Por qué vendes eso? – dijo el principito.
– Es una gran economía de tiempo – dijo el vendedor. – Los expertos han hecho cálculos. Se ahorran cincuenta y tres minutos por semana.
[…] ‘Yo – se dijo el principito – si tuviera cincuenta y tres minutos para gastar, caminaría lentamente hacia una fuente…”

(El principito, Antoine de Saint-Exupéry)

En los últimos años asistimos a una nueva revolución en la movilidad, revolución dictada, sobre todo, por la necesidad de moderar el consumo de energía y neutralizar así la contribución que un transporte insostenible tiene en el cambio climático.

Los sistemas de transporte público se potencian con mejoras tecnológicas y sistemas de gestión capaces de lograr la máxima eficacia, la mayor comodidad y el menor coste. Aparecen nuevas modalidades de transporte colectivo, en grandes áreas urbanas, basadas en metros, tranvías, corredores ferroviarios o enlaces marítimos. Sencillas adaptaciones del viario hacen que las bicicletas se conviertan, por fin, en medios de transporte muy atractivos en la mayoría de nuestras ciudades. Se bonifica la sustitución de vehículos a motor convencionales por aquellos otros de propulsión híbrida, y comienza la adaptación de nuestras ciudades a la llegada de los primeros vehículos eléctricos.

Los peatones recuperan el protagonismo perdido, ese que tuvieron a principios del siglo XX, cuando no tenían que pelear su espacio con los automóviles. Las zonas peatonales, denostadas durante años, se imponen en el nuevo modelo de ciudad sostenible, de ciudad pacificada.

Este cambio de paradigma se beneficia, en parte, de la sustitución de desplazamientos que se ha originado a partir de los nuevos sistemas de comunicación. La telefonía móvil y todos los servicios que ya se asocian a la misma (desde una videoconferencia hasta una operación bancaria), la posibilidad de disponer de acceso a Internet en casi cualquier punto de nuestra geografía y la extrema portabilidad de los ordenadores, hacen posible el alejamiento de los centros productivos. Muchos trabajadores ya no necesitan moverse para cumplir con sus obligaciones laborales, y muchos ciudadanos resuelven múltiples gestiones desde su hogar o desde cualquier punto en donde su smartphone o su tablet le proporcione acceso a Internet.

El teletrabajo ofrece una posible solución, aunque sea parcial, al problema del transporte individual, haciendo que disminuyan los desplazamientos y con ellos la contaminación atmosférica y acústica, el consumo de energía, los atascos y la creciente necesidad de infraestructuras viarias. Sin embargo, advierten algunos autores, esta fórmula de empleo no es la panacea desde un punto de vista ambiental, porque, por ejemplo, puede originar una utilización relativamente ineficaz de la energía empleada en la calefacción y la iluminación de los hogares, ya que calentar e iluminar un gran espacio para un solo individuo, en vez de para muchos trabajadores que comparten una misma oficina, puede ser un despilfarro.

Incluso se anota un fenómeno paradójico por el cual el tiempo que se ahorra en desplazamientos, a cuenta de estos recursos telemáticos o de la mejora en los sistemas de transporte público, se emplea en nuevos desplazamientos, en una especie de espiral sin fin que parece conducirnos, lo queramos o no, al colapso.

Tratando de evitar este peligroso camino al precipicio es como nace ese heterodoxo movimiento ciudadano que defiende la aplicación de la etiqueta “slow” a todo lo que nos rodea: slow-cities, slow-travel, slow-food, slow-people… Quizá, entonces, haya que poner la mirada no tanto en la tecnología, o en las infraestructuras, como en la educación, favoreciendo otra manera de entender la existencia, otra manera de administrar el tiempo y el espacio. Porque si hay algo que caracteriza a los humanos del siglo XXI, al menos en las urbes más desarrolladas, es que no somos capaces de expresarnos sin movilidad y sin velocidad. Me muevo (a gran velocidad), luego existo. Y a lo mejor resulta que la existencia, orientada al bienestar, es otra cosa…

Sin prisa” es una de las expresiones que más repito a lo largo del día, aunque con desigual resultado. La repito como un mantra y, sobre todo, trato de aplicármela a mi mismo, para que no me devore la velocidad. Prefiero que alguien llegue un poco tarde a esa cita tan esperada a que lo haga jadeante y con la cara de estrés del que ha antepuesto el reloj al placer, que siempre, siempre, es slow

 

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Estrasburgo Abril 2015

Así me hablaba Estrasburgo el pasado 27 de abril. Como para no prestarle atención a ese lenguaje oculto… (Fotos: JMª Montero)

 

Desde hace algunos meses veo mejor sin gafas, mucho mejor. La oftalmóloga que me revisó hace unos días me explicó que a veces los ojos corrigen, de manera natural, sus anomalías morfológicas y por eso la miopía que me acompañaba desde mi juventud, el ligero astigmatismo que se unió a ella en edad adulta y la inevitable presbicia que se anunció con la madurez se habían diluido hasta casi desaparecer, y el cerebro, siempre adaptativo y flexible, se había encargado de reordenar todo este complejo mecanismo de manera que las pequeñas desviaciones que ahora sufría se neutralizaban en una suerte de sistema cooperativo donde el ojo que mantenía mejores condiciones ayudaba al menos eficiente y la suma de ambos me devolvía a aquellos lejanos años en los que no necesitaba gafas.

Que los oftalmólogos que lean este post me perdonen si mi explicación es rústica e incluso acientífica, pero algo así entendí y lo cierto, y esta es la mejor evidencia, es que veo mucho mejor sin gafas, a cualquier distancia y en cualquier circunstancia (sí, tenéis razón, a ver cómo se lo explico a la Benemérita hasta que vuelva a pasar una revisión médica que me permita disponer de un nuevo carnet de conducir en el que no aparezca la obligatoriedad de llevar gafas… ).

En esta curiosa e inesperada regresión todo parecen ventajas, pero, en una de mis clásicas fantasías, he comenzado a sospechar que mis gafas no sólo mejoraban mi agudeza visual sino que me permitían distinguir detalles ocultos, elementos que pasan desapercibidos cuando mis ojos están desnudos. Al igual que no puedo escribir a mano sin que aparezcan, en los rincones de un folio o en la esquina de una libreta, mis adoradas “anotaciones al margen” tampoco puedo caminar por una ciudad sin fijarme en el lenguaje que se esconde en los soportes más inusuales, y estoy convencido de que ese lenguaje secreto sólo puedo verlo cuando llevo gafas (las de sol no valen, ya lo he comprobado).

Barcelona Junio 2015

En Barcelona, el 6 de junio, la ciudad insistía en su mayday… (Fotos: JMª Montero)

El experimento definitivo lo lleve a cabo la semana pasada en Barcelona (aunque unos días antes ya había disfrutado de esa rara lectura urbana en Estrasburgo). Recorrí el Paseo de Gracia con y sin gafas, y mis sospechas se confirmaron. Sin gafas, paisaje, anuncios y viandantes se mostraban nítidos y brillantes, pero la ciudad no me decía nada que no fuera evidente. El lenguaje de este gran escaparate de la arquitectura modernista catalana era el previsible y por mucha atención que puse (recordando al desaparecido Nash en los delirios que refleja la película Una mente maravillosa) no encontré ningún mensaje cifrado.

Volví sobre mis pasos con mis gafas de siempre y ahí estaban, escondidas, las palabras de ese lenguaje que todas las ciudades que visito esconden. Para que no me acusen de paranoico, como a Nash, he terminado por fotografiarlas y así he descubierto, además, que todas ellas, unidas, componen un discurso que se rebela contra el ruido, contra la contaminación, contra la prisa, contra la violencia, contra el desamor… Un discurso en el que la ciudad reivindica la poesía que el asfalto se empeña en enterrar.

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Bajo el asfalto y el hormigón de Estrasburgo, la poesía sigue viva y se expresa. ¿Anuncia el porvenir o es un simple juego de palabras? (Fotos: JMª Montero)

En la urbe más deshumanizada los escaparates hablan, en un delicioso francés, de amor, de placer, de pasión… y reservan el inglés para la locura. En los viejos muros de un puente, oculta entre yedras, está ella ; y en la parada del tranvía se reivindica la libertad. La vida es breve, nos recuerda el fragmento luminoso de un anuncio que nos vende algo innecesario. ¿Mejor? nos interroga la valla que oculta un triste solar. Hay belleza, y hay magia, y hay sueños

Cuando paseo por la ciudad con mis gafas de siempre veo peor pero distingo lo que casi nadie quiere ver. Y ahora no sé muy bien qué hacer, si dejar mis ojos desnudos y ajenos a ese lenguaje oculto, o llevar siempre a mano las viejas gafas para que las ciudades, todas las ciudades, me cuenten que ni el hormigón, ni el asfalto, ni las prisas, ni el desamor, han acabado con la poesía.

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Son sólo palabras, pero paseamos sin verlas. Estas me estaban esperando en el Paseo de Gracia (Barcelona) – (Fotos: JMª Montero)

PD: En realidad no sé si ese lenguaje oculto está esperando a cualquier paseante curioso, como un agónico mayday, o en realidad se trata de un relato que me busca a mí y que me habla de lo que quiero ver en la ciudad, de lo que espero ver en la ciudad, de lo que deseo que ocurra en la ciudad… ¿O, quizá, es un simple juego de palabras?

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¿Qué relación guardan las grandes ciudades con la televisión y el deterioro ambiental? Esa es la pregunta que traté de responder el pasado 12 de noviembre, cuando tuve el privilegio de inaugurar (con una conferencia que titulé La trampa urbana) el Foro “Transformar la Televisión”. Aunque creo que los organizadores del encuentro la van a publicar en su versión completa, os adelanto las tres ideas, sencillas, sobre las que giraba ese cóctel. Una conferencia que inicié contando cómo había llegado a Madrid…

“He viajado en AVE y apenas he tenido tiempo de desayunar y echarle un vistazo a la prensa. Desde Sevilla he tardado menos de dos horas y media en llegar a Madrid. Mi primer recuerdo de esta ciudad también se tejió en un tren en el que me monté, con mi padre, en Córdoba y que tardó casi nueve horas en dejarnos, bien entrada la noche, en la capital de España. Yo debía tener seis o siete años y hubo, como es lógico, muchas cosas que me llamaron la atención de la gran metrópoli, aunque tres de ellas no las he olvidado y, curiosamente, me van a servir hoy de ejemplo para tratar de explicar, de explicarme, qué relación guardan las grandes ciudades, la televisión y el deterioro ambiental:

 

 

359x2qePRIMERA SORPRESA.- Quedé fascinado con las escaleras mecánicas de Galerías Preciados, en Callao. No sólo por lo que suponía subir y bajar montado en una especie de alfombra mágica de metal sino porque, además (y esto era lo realmente increíble), podías realizar ese viaje todas las veces que quisieras y no valía nada, era gratis.

Pero claro, detrás de este tentador recurso también había un elemento, difuso y complejo, oculto, que yo entonces no supe interpretar (mejor dicho: lo interpreté de la manera más primaria, inocente… y equivocada). Lo que en la gran ciudad resulta fascinante raramente es gratuito. Yo pensé que lo mejor que tenían las escaleras mecánicas, lo realmente increíble, es que eran gratis y no existía límite en el número de veces que podías subir y bajar. Pero no es verdad: lo que la ciudad ofrece como fascinante suele ser tremendamente caro y lo pagamos todos. Tardé unos cuantos años en descubrir el coste oculto del supuesto progreso, la falsa modernidad y el pequeño bienestar. Justo al contrario de lo que ocurre (al menos, por ahora) en la naturaleza: lo maravilloso es realmente gratuito.

Fue en una conferencia del desaparecido Fernando González Bernaldez, catedrático de Ecología y pionero de la educación ambiental en España, donde encontré la mejor explicación de este argumento oculto, una conferencia dictada a comienzos de los años 80 a un reducido (entonces éramos pocos) grupo de periodistas ambientales. La sociedad de los cazadores-recolectores y las primitivas sociedades agro-pastoriles, explicaba, mantenían un grado de conciencia relativamente elevado de sus influencias ambientales. Su escasa especialización permitía que los miembros del grupo fuesen protagonistas y responsables de las consecuencias de sus intervenciones en el medio. Las “reglas éticas culturales”, a veces envueltas en apariencias extrañas, mágicas y supersticiosas, dejaban frecuentemente traslucir un trasfondo adaptativo más o menos claro (como los conocidos ejemplos de la ética natural que aparece en el discurso del jefe indio Seattle, o en los dichos y hechos del cazador indígena Dersu Uzala llevados al cine por Kurosawa).

Pero la sociedad industrial y post-industrial, advertía González Bernáldez, ha llevado consigo cambios que los sistemas de ajuste mencionados no han podido seguir. Una característica clave de estas sociedades modernas es la pérdida de conciencia de los efectos que sus acciones causan en la biosfera. No se trata sólo de la potencia de los medios de acción disponibles, sino sobre todo de que la especialización y el alejamiento de las fuentes de materias primas, y las complicadas cadenas de causas y efectos intermedios, hace que conozcamos cada vez peor las repercusiones últimas de nuestros actos, incluso de los más cotidianos.

El cazador-recolector era espectador diario de los efectos de sus acciones. Por ejemplo, él mismo cortaba la leña para calentarse. Pero cuando nosotros accionamos el interruptor de la luz no somos conscientes de los complicados procesos tecnológicos y ambientales conectados a esa sencilla acción y de sus repercusiones en lugares remotos (travesía de grandes petroleros, extracción de carbón, contaminación atmosférica, residuos radiactivos procedentes de centrales nucleares, construcción de grandes embalses, cambio climático…).

Está claro, por tanto, que la conciencia ecológica, hasta ahora mantenida por mecanismos naturales en las formas primitivas de la sociedad humana, tiende a perderse en las actuales circunstancias. El deterioro del entorno, concluía González Bernáldez, refleja el desequilibrio que la ausencia de mecanismos correctores va produciendo. Y es justamente aquí en dónde aparecen los medios de comunicación de masas como posibles “restauradores” de esa conciencia ecológica. Ninguna otra herramienta es capaz de alcanzar a tan amplios sectores de la sociedad para mostrarles lo que se oculta detrás de esa sencilla acción que, a veces, se limita a apretar un botón. Este tipo de periodismo, el que revela causas y consecuencias, el que sitúa las noticias en su verdadero contexto, es un periodismo “sostenible”, que no se extingue en lo efímero del suceso y contribuye, por tanto, a crear conciencia de nuestros propios actos y favorece la toma de decisiones. Menuda responsabilidad nos otorgaba ya entonces este catedrático de Ecología. Menuda responsabilidad tenemos… y qué pocas veces estamos a la altura de esa responsabilidad…

Si no revelamos el coste oculto de nuestro bienestar poco podremos hacer por corregir algunos errores que nos conducen al precipicio. Necesitamos información rigurosa. Y a partir de ahí podemos decidir que la fiesta continúe, al precio que sea, subiendo y bajando por las escaleras mecánicas hasta el agotamiento (el nuestro y también el del planeta), o podemos decidir que es mejor ahorrar energía y seguir usando las escaleras tradicionales limitando el uso de ascensores o escaleras mecánicas a personas que realmente las necesitan. El conocimiento lo único que facilita es la elección, pero eso ya es mucho.

14494_10200560936332212_644741300_nSEGUNDA SORPRESA.- En casa de mi tío, que vivía en Madrid, la televisión tenía un botón que ponía UHF y que cuando lo presionabas aparecía un segundo canal. ¡¡ Una televisión con dos cadenas !! Si no te gustaba lo que había en la primera cadena podías elegir el UHF. Las posibilidades de entretenimiento se multiplicaban, se doblaban. ¡¡ Qué suerte tenían los madrileños, libres de la tiranía del primer canal, dueños de ese segundo botón milagroso que abría una segunda ventana en casa !! Además era una ventana (como descubrí más tarde, cuando llegó a Córdoba) sesuda, una ventana que miraba al mundo de la cultura, del análisis, del debate, de la música, del cine de calidad… En Madrid, y sólo en Madrid, había una televisión que además de entretener tenía un interruptor por si querías pensar, por si necesitabas ayuda para reflexionar,…

Yo, sin duda, me sentía más satisfecho frente al televisor de mi tío, que tenía dos canales, que frente al de mis padres, encadenado a un único canal. Hoy, en la SmarTV de casa, puedo elegir entre… ¿cien canales? ¿Doscientos? ¿Y si tiro de Internet? ¿Mil canales? ¿Ha aumentado mi grado de satisfacción como televidente al mismo ritmo que la oferta de canales? ¿Más oferta significa más libertad, mayor satisfacción?

De nuevo busco la explicación de esta paradoja en un especialista, Fernando Trías de Bes (economista y experto en mercadotecnia), y en un artículo que publicó en La Vanguardia hace algunos años. Citaba Trias de Bes en el comienzo de su artículo al psicólogo Barry Schwartz quien acuñó la expresión “la paradoja de la elección” para explicar que el silogismo “más libertad es más bienestar”, “más opciones es más libertad” y, por ende, “más opciones es más bienestar” no es necesariamente cierto. A priori, un mayor abanico de posibilidades es positivo y aumenta el bienestar de los ciudadanos, pero si el número de alternativas cruza cierto umbral se producen una serie de efectos nocivos. Y si ese umbral se sobrepasa en exceso, como ocurre también con el tamaño de las ciudades, los inconvenientes pesan más que las ventajas, produciéndose la llamada paradoja de la elección: el aumento de las posibilidades al alcance de nuestra mano arroja un saldo final negativo.

No me extraña que fuese feliz en casa de mi tío, con dos canales de televisión, y ahora, cuando dispongo de un rato para ver la tele, lo consuma en tratar de elegir en mitad de una auténtica selva digital, para, finalmente, navegar sin rumbo y terminar haciendo zapping hasta malgastar todo el tiempo disponible.

 

 

3103751116_04cd147183TERCERA SORPRESA.- Yo pensaba que Madrid, que todo Madrid, era como la Gran Vía, como la calle Preciados, como Sol, como la Castellana… Y cuando me monté en el tren de vuelta y salí de Madrid, de día, empecé a ver por la ventanilla que esa ciudad, la que yo creía que era Madrid, se iba desdibujando… Primero en barrios tan convencionales como los de mi propia ciudad de provincias. Y luego en un interminable paisaje de casuchas, descampados y chabolas… ¿Esto también es Madrid?, debí preguntarle, inocente, a mi padre, pero no recuerdo qué me contestó…

Al cabo de los años, muchos años después, leyendo La sonrisa etrusca, de José Luis Sampedro, descubrí que no era el único que había sufrido esa impresión, o esa confusión, con los límites de la gran ciudad, aunque en el caso de la novela de Sampedro era un anciano, Salvatore Roncone, un apasionado campesino calabrés, el que se muestra incapaz de situar los atractivos de la gran ciudad cuando llega a ella a través de sus suburbios.

Nacidas para convertirse en centros de la vida económica, cultural, política y social, las ciudades volvieron pronto la espalda a sus creadores. La ciudad ofrece al individuo numerosos alicientes de prosperidad económica (ligada sobre todo a las oportunidades de trabajo), diversidad cultural y acceso a servicios públicos indispensables. Sin embargo crea, a su vez, no poco perjuicios en el orden biológico, como consecuencia de una merma en la calidad de los recursos naturales básicos (clima, atmósfera, agua, suelo, vegetación) y un cierto fracaso social debido a los costes adicionales que causa esta forma de vida, en la que se instala la fatiga, la neurosis, la violencia o la insolidaridad, que conducen, en definitiva, a una pérdida de bienestar.

El éxodo de las zonas rurales a las ciudades, y sobre todo a las grandes ciudades, es un fenómeno que, aún visto desde la objetividad de la estadística, resulta casi increíble. A comienzos del siglo XX, en 1900, el 92 % de los municipios españoles tenían menos 5.000 habitantes y el 52 % tenía menos de 1.000 habitantes. Éramos un país de pueblerinos. Sólo un tercio de la población (el 32 %) residía en municipios que tenían más de 10.000 habitantes. Este porcentaje creció hasta el 80 % en un siglo. Pero donde se ha manifestado un mayor trasvase de población ha sido, precisamente, a las grandes ciudades, a las urbes de más de 100.000 habitantes, en las que vivía menos del 10 % de la población española en 1900 y que ahora concentran el 40 % de la población.

Son múltiples los factores que explican estos movimientos de población, aunque en la raíz de todo este fenómeno están esas atractivas promesas de prosperidad económica y cultural, y no hay duda de que la televisión ha puesto su granito de arena en la transmisión de este discurso, hasta el punto de que se ha convertido en un medio de comunicación (en realidad siempre lo fue) que mira a su entorno con los ojos, el criterio y los valores de quien vive en la gran ciudad. Incluso cuando mira a la naturaleza, como ocurre en demasiados documentales, lo hace con ese sesgo antropocéntrico del urbanita que reclama la protección de algunas especies y espacios (eso sí, de cierto tamaño y espectacularidad) para que podamos seguir disfrutando de su contemplación (en vacaciones o en fines de semana). Un mensaje puramente estético, peligrosamente emocional y descaradamente antropocéntrico.

En el día a día de nuestro trabajo, de mi trabajo como director de dos programas de televisión que se ocupan de la actualidad ambiental y de la ruralidad, esta forma de mirar, tan urbana, plantea serios problemas de análisis, de interpretación de la realidad. Informar es dar forma, y con frecuencia modelamos el medio rural a nuestra imagen y semejanza.

En realidad se trata de un conflicto ontológico, un conflicto de valores, que enfrenta la visión romántica e idealizada de las poblaciones urbanas con la perspectiva pragmática y utilitarista de los habitantes de las zonas rurales. Desde los grandes medios de comunicación, y en particular desde la televisión, se suele apostar por esta visión urbana, insensible a las inquietudes, los miedos o las expectativas, la señas de identidad (en definitiva), de aquellas personas que viven, lejos de la gran ciudad, pegadas a otra realidad, a otros problemas.

Así es que resulta fundamental distinguir dónde acaba la gran ciudad, y su manera de entender el mundo, y donde empieza el universo rural con sus propias señas de identidad. Esa frontera que yo no era capaz de establecer desde la ventanilla del tren cuando tenía seis o siete años; esa frontera que cruza Salvatore Roncone distinguiendo perfectamente lo que hay a un lado y a otro. Esa frontera que todo periodista debe respetar para entender cómo es el mundo más allá de la trampa urbana.

 

 

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Vega de Granada

¿Quién defiende la Vega?
(imagen de http://www.otragranada.org)

En ese doble menú verde (Espacio Protegido + Tierra y Mar) en el que nos hemos embarcado en Canal Sur Televisión hay muchos territorios comunes, escenarios en donde hay que defender el patrimonio agrícola (la tierra, los saberes y quienes los atesoran) y también el ambiental (si es que es posible distinguir el uno del otro). La Vega de Granada es uno de esos territorios, y a ella dedicamos hoy un extenso reportaje en el que los únicos protagonistas son los habitantes de la Vega, aquellos que han resistido la invasión del asfalto.

Durante años las ciudades han crecido atendiendo, como único referente,  a los dictados del mercado inmobiliario. De acuerdo a estos criterios, el patrimonio rural y natural que rodea a las grandes urbes no tiene valor, son terrenos rústicos, no urbanizables. Cercados por el hormigón, estos territorios acaban convirtiéndose en basureros o escombreras, perdiendo el atractivo paisajístico que un día tuvieron.

De la voracidad que manifiestan las grandes urbes habla el proceso de transformación que a lo largo de la historia ha sufrido el entorno natural y rural de las principales ciudades andaluzas, un fenómeno del que ya alertaba la propia Consejería de Medio Ambiente hace años, cuando publicó este sombrío diagnóstico en uno de sus informes anuales.

Ese cinturón, en el que convive la vegetación silvestre y los cultivos, se mantuvo más o menos intacto hasta hace poco más de dos siglos. Entonces las urbes crecían muy lentamente y la ingeniería no podía resolver los problemas que imponían algunos obstáculos naturales, como terrenos de fuerte pendiente o zonas inundables. Asimismo, los habitantes de las ciudades dependían para su subsistencia de las producciones agrícolas y ganaderas que se disponían en su entorno. Por último, la vegetación natural que crecía alrededor de la urbe suavizaba los rigores del verano y las clases privilegiadas construían allí sus residencias de recreo.

Este equilibrio se rompe bruscamente en la segunda mitad del siglo XX, cuando el crecimiento urbanístico en las periferias se multiplica, pero lo hace arrasando los valores naturales existentes, sin crear un orden paisajístico nuevo. Los espacios más afectados son las vegas agrícolas y los montes próximos a las ciudades, con microclimas y panorámicas privilegiadas. Así ocurre en Sevilla, en Córdoba o en Granada.

Entre 1960 y 1980 nació una nueva Granada que duplicó, como mínimo, la superficie original urbana. Y esa expansión se hizo a costa de la vega. Este cinturón de tierras rústicas terminó por convertirse en el gran suministrador de suelo para las viviendas que reclamaba la aglomeración urbana y para sus correspondientes redes viarias, alimentando ese crecimiento difuso que, a medio plazo, agrava el deterioro de la calidad ambiental a la que aspiran todos los ciudadanos.

En los municipios litorales este proceso ha sido aún más potente, difuso y complejo, porque al propio desarrollo urbano se suman las urbanizaciones turísticas, los complejos portuarios y sus industrias asociadas, y la nueva agricultura bajo plástico. De esta manera, gran parte de la costa andaluza ha visto alterado profundamente su paisaje original, convertido ahora en una línea continua de edificios y otras construcciones.

Estos errores tratan ahora de corregirse introduciendo iniciativas encaminadas a la protección del paisaje periurbano en planes de ordenación del territorio como los que se reivindican, desde hace años, para la Vega de Granada. Esta lucha está soportada por un movimiento ciudadano modélico que ha conseguido aglutinar a todo tipo de colectivos y que en los próximos meses redoblará sus esfuerzos para lograr que, al fin, este escenario único sea declarado Bien de Interés Cultural.

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Cuando Salvatore Roncone, el apasionado campesino sureño de “La sonrisa etrusca”, abandona su pequeño pueblo en las montañas calabresas para instalarse en Milán, la gran urbe del norte civilizado, lamenta dirigirse a una “trampa”. Las ciudades, reflexiona el viejo, “han sido siempre un embudo cazahombres”. Empiezan los suburbios y Roncone mira receloso, a un lado y a otro, “las tapias, hangares, talleres cerrados, viviendas baratas, solares, charcos…Humo y bruma, suciedad y escombros, faroles solitarios y siniestros. Todo inhumano, sórdido y hostil”. La ciudad, como el cáncer que devora al protagonista, es un monstruo al que José Luis Sampedro niega cualquier atisbo de razón, de sentimientos, de humanidad.

No cabe atribuir lo tétrico del escenario a la modernidad, al gigantismo que estrangula a las metrópolis de comienzos del siglo XXI. Las postrimerías de otra centuria, la del XV, no ofrece mejores perspectivas, desde una remota conciencia ambiental, en ciudades tan familiares como Sevilla, donde el historiador Morales Padrón denuncia la falta de adecentamiento de calles y plazas, por no hablar de los parajes sin vigilancia donde “el espectáculo era nauseabundo y en determinados sitios la basura formó un monte como el del Malbaratillo en el Arenal”.

En el fondo, ambos retratos, separados seis siglos en el tiempo, nos hablan de un escenario creado por y para el hombre en el que, con demasiada frecuencia, se hace difícil la vida, tanto en sus aspectos puramente biológicos como en los sociales. El bienestar que brinda la urbe, tan cacareado por sus promotores, se ve continuamente hipotecado, cuando no es un espejismo sugerente pero inalcanzable. “Los mastodóntico se abotarga, anquilosa y muere porque es demasiado pesado e inerte para adaptarse a los rápidos movimientos de un cambio imprevisible en el ambiente”, explica Luis Racionero. Así sucedió con los grandes mamíferos y es lo que está pasando con las grandes ciudades. “Sobrepasado un umbral de medida”, concluye Racionero, “las ventajas se tornan inconvenientes, por más que quienes las habitan quieran convencerse a sí mismos de que el asfalto es lo agradable, el ruido estimulante, el aire puro una nostalgia romántica, y los rascacielos el pináculo del arte”.

Nacidas para convertirse en centros de la vida económica, cultural, política y social, las ciudades volvieron pronto la espalda a su creadores. En las aglomeraciones urbanas, germen y consecuencia de la Revolución Industrial, se hacen concretos, se vuelven tangibles, los grandes problemas ambientales que en la conciencia colectiva aparecen como preocupaciones difusas, a las que no siempre resulta fácil buscarles una geografía propia. La contaminación, el ruido, la sobrepoblación, la escasez de agua o su deficiente calidad, son contrariedades a las que se enfrenta de forma cotidiana el habitante de estos espacios. La ciudad ofrece al individuo numerosos alicientes de prosperidad económica (ligada sobre todo a las oportunidades de trabajo), diversidad cultural y acceso a servicios públicos indispensables. Sin embargo crea, a su vez, no poco perjuicios en el orden biológico, como consecuencia de una merma en la calidad de los recursos naturales básicos (clima, atmósfera, agua, suelo, vegetación), y un cierto fracaso social debido a los costes adicionales que causa esta forma de vida, en la que se instala la fatiga, la neurosis o la insolidaridad, que conducen, en definitiva, a una pérdida de bienestar.

Si repasamos, con un cierto sentido crítico, algunas de las definiciones que destacados urbanistas han acuñado para definir el concepto de ciudad es inevitable verse asaltado por una inquietante paradoja. La ciudad, dicen unos, no representa más que un nuevo medio adaptado a las necesidades de la especie humana, y no a la de las especies vegetales y animales. La urbanización, precisan otros, supone la sustitución de los ecosistemas naturales por centros de gran densidad creados por el hombre, donde la especie dominante es la humana y el medio está organizado para permitir su supervivencia. Ambos razonamientos se antojan, para muchos de los sufridos urbanitas, simples caricaturas, amables pero falsas, de una realidad mucho más cruda. ¿Es la ciudad un medio adaptado al hombre, o ha sido éste el que, forzado, se ha ido adaptando a un escenario poco propicio para su desarrollo? ¿Ignorar el bienestar de animales y vegetales no es, en definitiva, ignorar el propio bienestar de la raza humana? ¿Se puede sobrevivir en un medio completamente artificial?

P.D.: Yo, que hace años conseguí escapar de la gran ciudad, modero esta tarde, en Sevilla, el Foro de la Sostenibilidad Urbana. ¿Encontraremos nuevas soluciones?

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Esta mañana he participado en un coloquio sobre medio ambiente urbano y ha salido a relucir (era inevitable) el asunto de la contaminación atmosférica en las grandes ciudades. Como era un asunto más que previsible, antes de entrar en el plató repasé algunas cifras a propósito del tráfico (porque ahí está la raíz del problema) en la ciudad de Sevilla y, una vez más, yo mismo me sorprendí con la contundencia de los datos.
El último estudio que evalúa los niveles de saturación –congestión- de la Corona de Afectación Metropolitana de Sevilla, publicado por el RAAC a comienzos de este mes de febrero, asegura que “en un día tipo se estima que circulan por la red 590.000 vehículos y un 6% de los mismos (40.000) soportan congestión. Traducido a usuarios, la congestión afecta, en grado diverso, a 70.000 usuarios, de los cuales un 31% lo padecen en transporte público”.
El estudio, además, detalla la factura, global e individual, que soportamos a cuenta de esta diaria congestión y los número vuelven a poner los pelos de punta (y eso que no se hacen cálculos a cuenta de los costes ambientales o de los sanitarios):
La congestión del tráfico en Sevilla representa 29.914 horas/día de tiempo perdido, lo que equivale a 6,6 millones de horas perdidas al año. Anualmente las retenciones en los accesos a Sevilla se estiman en 267.258 euros al día (66 millones de euros por año). El tiempo perdido por usuario en hora punta (18,6 minutos) es un 35% superior al de la media diaria (13,8 minutos).
Y en lo que se refiere a la “congestión individual” la media de tiempo perdido por cada usuario es de 13,8 minutos al día, lo que equivale a 57 horas al año (7 días de vacaciones). Una cifra equiparable a las pérdidas de la ciudad de Barcelona (con bastantes más habitantes). En hora punta (de 8.00 a 9.00 h) el tiempo perdido es de 18,6 minutos (77 horas
al año, lo que equivale a 10 días de vacaciones). El coste medio anual por usuario de la congestión es de 534 euros, pero si hablamos de un usuario en periodo de hora punta (de 8 a 9 horas de la mañana) el coste llega hasta 717 euros al año.
¡¡¡ Vaya ruina de atascos !!! A lo mejor las campañas para incentivar el transporte público tienen que incluir un cheque de 534 euros, y 7 días de vacaciones adicionales, para todos aquellos que renuncien a atascarse y a congestionarse. Seguro que se apunta más de uno, y más de dos…

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Si una civilización alienígena tuviera oportunidad de espiar la vida en las grandes ciudades del planeta Tierra podría llegar a pensar que nuestro mundo está habitado por los coches y que los humanos apenas somos una especie de parásitos que ocupan los vehículos a motor. Estos requieren de enormes inversiones para poder moverse a su antojo por carreteras, autopistas o rondas de circunvalación, mientras que los peatones disponen de un espacio ridículo en comparación con las infraestructuras que devoran los automóviles.

A pesar de la atención desmesurada que recibe, el uso de este medio de transporte no ha resuelto el problema de la movilidad en las grandes urbes. La velocidad media de un automovilista en la mayoría de las capitales andaluzas oscila, según el grado de saturación que presenten las vías del casco urbano, entre los seis y los quince kilómetros por hora, mientras que un ciclista en idénticas circunstancias se mantiene, sin dificultad, en los veinte kilómetros por hora de media, usando, además, el único transporte que permite desplazamientos puerta a puerta.

Si a esta ventaja sumamos las facilidades que otorgan el clima y la orografía, el uso de la bicicleta no debería ser un recurso casi anecdótico en muchas de nuestras grandes ciudades. Aunque estos argumentos aparecen de forma insistente en todos los estudios sobre movilidad urbana, a la hora de la verdad las distintas administraciones apenas prestan apoyo a los ciclistas que, literalmente, se juegan la vida en su afán por trasladarse usando el medio de transporte más eficiente y limpio.

* La mitad de la gasolina que se consume en España se emplea en realizar desplazamientos urbanos, una cuarta parte de los cuales son para recorrer distancias inferiores a los dos kilómetros. Si estos pequeños recorridos se efectuaran andando o en bicicleta, se ahorrarían cada año alrededor de 1.000 millones de litros de combustible.

* A comienzos de siglo un occidental medio recorría cada año unos
2.500 kilómetros, de los cuales alrededor de 2.000 los realizaba a pie. Hoy la cifra se ha disparado hasta superar los 13.000 kilómetros anuales, y solo 500 se hacen a pie. Paradójicamente, cada vez hay más personas que madrugan para correr, acudir a un gimnasio o realizar ejercicio en una bicicleta estática, y luego toman su coche para recorrer los pocos kilómetros que los separan de su lugar de trabajo.

* La bicicleta es el principal medio de transporte del mundo, con unos 800 millones de usuarios, frente a los 460 millones que utilizan el coche. Mientras que sólo un 10 % de la población mundial puede permitirse económicamente un coche, a una bicicleta tiene acceso el 80 %. Pero optar por los pedales no es una simple cuestión económica como lo prueba el hecho de que en Dinamarca el número de bicicleta duplica al de coches. 

* El ciclista encabeza la clasificación de eficiencia energética de todos los medios de transporte conocidos, ya sean de tracción animal o mecánica. La bicicleta es tres o cuatro veces más rápida que el desplazamiento a pie con sólo un tercio del esfuerzo que emplea el peatón.

 

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