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Penacho de sedimentos arrojados por el Guadalquivir al Atlántico. Imagen obtenida por el satélite Terra (NASA) el 13 de noviembre de 2012.

La imagen es espectacular, hermosa e inquietante, a partes iguales. El pasado 13 de noviembre el sensor MODIS del satélite Terra (NASA) captaba una descomunal pluma de sedimentos que, desde la desembocadura del Guadalquivir, se esparcia por el Golfo de Cádiz. El color de la imagen es natural y da idea del volumen de tierra que el cauce entregaba ese día al océano como consecuencia de las fuertes lluvias otoñales.

Las tímidas precipitaciones que suelen salpicar un prolongado periodo seco apenas pueden considerarse un alivio, por más que los ciudadanos las reciban como un regalo del cielo. Con frecuencia, el agua que depositan no es suficiente para equilibrar las graves carencias que sufren los suelos. En un trabajo sobre clima y sequía en España, publicado por el Instituto Nacional de Meteorología, se explica con detalle las necesidades que es necesario cubrir en estas circunstancias: “Después de un largo periodo de sequía, la recuperación de humedad de los suelos no es inmediata sino que se va haciendo de forma progresiva, dependiendo mucho del tipo de planta y carácter del suelo. Se requieren cantidades de 100 a 150 litros por metro cuadrado y periodos de 25 a 40 días o más, para la recuperación de la humedad del suelo”.

Claro que, en el otro extremo de la balanza, las lluvias torrenciales plantean graves problemas, aún cuando aporten más recursos a ecosistemas y embalses. Sufrir una intensa sequía a la que bruscamente ponen fin lluvias no menos intensas es un cóctel típico del clima mediterráneo y, al mismo tiempo, una peligrosa combinación para los suelos, en los que dispara los índices de erosión.

En Andalucía alrededor de un 38 % de la superficie regional está afectada por riesgos elevados o muy elevados de erosión (el equivalente a la suma territorial de las provincias de Granada, Málaga y Córdoba), al manifestarse pérdidas de suelo superiores a las 10 toneladas por hectárea y año. En numerosos puntos estas pérdidas pueden llegar a superar las ¡¡ 300 toneladas !! y, lo que es más grave, tal cantidad de suelo fértil puede verse arrastrado al mar no en un año sino en días, como consecuencia de unas pocas tormentas como las que se están registrando estas últimas semanas.

No todas las precipitaciones tienen la misma capacidad erosiva: mientras que en áreas templadas solo un 5 % de la lluvia tiene la intensidad y energía adecuadas para provocar este tipo de daños, en zonas como Andalucía, con chaparrones propios de latitudes tropicales o subtropicales, el porcentaje de lluvias erosivas puede alcanzar el 40 %.

Cuando este tipo de aguaceros se producen tras un dilatado periodo de sequía, los daños se multiplican, porque la cubierta vegetal ha perdido buena parte de su capacidad protectora y el suelo presenta unos índices muy bajos de humedad que lo hacen más sensible al impacto de las gotas. El agua que reciben como una bendición bosques y zonas húmedas, se convierte, al mismo tiempo, en la peor enemiga de los cultivos en pendiente, zonas con escasa vegetación y tierras agrícolas en desuso.

En el caso de que las lluvias sean particularmente intensas y prolongadas los cauces terminaran por arrastrar ingentes cantidades de suelo. En el Guadalquivir, por ejemplo, la cantidad de tierra que se ha llegado a medir en la desembocadura llegaba, en algunos casos, a rondar las 20.000 toneladas por hora.

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