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Encrucijada en Sierra Morena

Que sí, que sí, que es un STOP pero… ¿qué hago? ¿Lo respeto? ¿Tomo el camino de la derecha? ¿Giro a la izquierda? ¿Doy la vuelta? ¿Me bajo del coche? Qué aburridas son las certezas !!! (Foto: JMª Montero)

De él aprendí que, a menudo, la contradicción es el camino más diáfano para llegar a la verdad” (Patti Smith, Éramos unos niños)

 

Tengo una amiga que hace tiempo me enseñó a “cagarme en mi palabra”, un maravilloso e irreverente sortilegio con el que las risas pulverizan el vértigo que nos provocan nuestras contradicciones. La certeza está sobrevalorada y lo común, lo humano, es contradecirse. Walt Whitman hablaba de las multitudes que lo habitaban y que eran la fuente de sus contradicciones, y el Dr. Cardoso, uno de los personajes de Sostiene Pereira, defendía la existencia de una suerte de confederación de almas que, aún sometidas al yo hegemónico, dependían de un incierto equilibrio de fuerzas que iba modulando nuestra manera de ser, a veces con inesperados quiebros que sorprendían a los que esperaban de nosotros una personalidad inmutable, firme y consecuente.

Cada vez me gustan menos las certezas, cada vez creo menos en ellas, cada vez me producen más insatisfacción. Lo que lamento es no haber aprendido aún a dejar de perseguirlas porque, con el clásico proceder absurdo con el que acostumbramos a vivir, voy detrás de ellas aún sabiendo que no me van a procurar satisfacción y que, incluso, si me descuido, terminarán por hacerme daño. En demasiadas ocasiones me contemplo como esas mariposillas nocturnas que revolotean en torno a la farola del jardín, tomándola por el centro indiscutible del Universo, hasta que terminan por achicharrarse en la superficie ardiente de una simple bombilla.

Así es que me esfuerzo, sobre todo en vacaciones, en cultivar mis contradicciones, que no es más que dejarlas estar, sin oponerme a ellas ni considerarlas una flaqueza o un signo de inmadurez. Disfruto afirmando con rotundidad algo por la mañana y considerando justamente lo contrario antes de que caiga la noche. Me regalo equivocarme y confundirme, y, sobre todo, me permito admitir que no tengo idea de casi nada, de que todo es cambiante y mi mente no puede aprenderlo precisamente porque no se deja aprehender, porque todo es impermanente. El corazón es un poco más listo, pero también se equivoca y se contradice, y ese defecto de fábrica nos cuesta admitirlo aún más que el que arrastra el cerebro (torpe por naturaleza y sobrevalorado hasta el paroxismo).

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De noche me contradigo aún más. Confundo la luna con las farolas y casi todos los brillos y reflejos me parecen atractivos. Es entonces cuando soy más sensible a la belleza… (Foto: JMª Montero)

Me cago en mi palabra varias veces al día, como un ritual de limpieza, como si fuera una ablución que me libera de todo el polvo del camino, de todo ese hormigón rotundo e inflexible que las certezas han ido depositando en mi cerebro y en mi corazón. Me cago en mi palabra para reírme de mi y de mis certezas, para restarle importancia a la vida y sencillamente vivirla, para dejar que todo suceda tal cual tiene que suceder.

Se acaban las vacaciones y algunas de las certezas que dejé aparcadas a mediados de julio, las que distraje para que no se colaran en la maleta, están ahí, esperándome, como la farola del jardín espera a las mariposillas nocturnas. Las miro en la distancia, cada vez más corta, que me separa de ellas, y a veces digo “” y otras digo “no”, resuelvo con un “no sé” o termino por elegir un “sí pero no (o viceversa)”. Juro que «jamás» y diez minutos después me convenzo de que es mucho mejor «ahora«. Me digo «es suficiente» y cuando veo el manjar pienso «¿y por qué no un poco más?» Quizá de todas ellas la pregunta decisiva, y con respuesta más incierta, sea: ¿seguro?

La vitalidad es mala (¿mala?) consejera porque, en este vaivén, siempre se apunta a la mayor de las tentaciones, la que lo quiere todo y todo ahora, y maquilla las contradicciones hasta convertirlas en obstáculos irrelevantes.

De una compañera aprendí que hay que cosas que “me encantan pero que no me apetecen”, otro sortilegio divertido para disfrutar de esas ridículas contradicciones. Y en ese rincón que mira a la Contraviesa, en el que me pierdo a veces con mis incertidumbres, descubrí que el que ayer pensaba eso o sentía aquello (lo que sea) ya no soy yo; ese ya no existe. ¡ Qué alivio ¡ Sólo soy responsable (es un decir) de lo que pienso, de lo que siento, en este justo instante, así es que cuando me leas ya no pensaré ni sentiré exactamente lo mismo, o sí, no lo sé…

¿Qué pensaré mañana? ¿Qué es lo que sentiré mañana? ¡ Y qué más da ! Mañana volverá a ser, si amanezco, un día lleno de posibilidades y contradicciones. Un lunes lleno de regalos esperados e inesperados. De problemas y soluciones. ¡ Menuda aventura ! En fin, trataré de burlar a la voluntad, cuya mirada es engañosa, y entregarme a la sencilla contemplación, con la mente (casi) en blanco.

Y ahora voy a cruzar los dedos para que este post llegue, como mínimo, hasta Londres… yo me entiendo…

PD: Como mi memoria es caprichosa no he tenido más remedio que hojear, después de muchos años, Sostiene Pereira para asegurarme que la cita era correcta y, sobre todo, para recordar el nombre del médico que defiende la tesis de la confederación de almas.

Al abrir de nuevo el libro, y en uno de esos guiños del destino que tanto me gustan, he descubierto que además de esta cita había otros mensajes cifrados; cintas rojas, portuguesas, que, misteriosamente, enlazan este post con la obra de Tabucchi. Lástima que no pueda revelar esta curiosa relación, pero seguro que algún lector, o lectora, perspicaz descubre el vínculo (y lo mantiene en secreto). Al fin y al cabo este blog, como la vida misma, no es más que un juego o un baile («…y el que no baila está muerto…», Ariel Rot dixit).

Cada tictac es un segundo de la vida que pasa, huye, y no se repite. Y hay en ella cada intensidad, tanto interés, que el problema es sólo saberla vivir. Que cada uno lo resuelva como pueda…”   (Frida Kahlo)

 

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Los periodistas hacemos cosas muy extrañas, como dedicar la tarde de un domingo de septiembre a buscar documentación sobre un tema tan singular como el-carácter-mágico-del-lenguaje-en-la-divulgación-científica (siento este arrebato de absurda pedantería, pero es la triste verdad).

Más allá del aspecto puramente práctico (la localización de textos pertinentes, y rigurosos, sobre tan retorcida cuestión) este tipo de búsquedas terminan derivando en una navegación errática por el vasto océano de Internet. Una navegación fuera de las rutas convencionales, alejada de los lugares comunes, casi siempre estéril pero, a veces, sorprendente en sus resultados.

Hoy la isla que he encontrado en un rincón perdido de este océano electrónico se llama “Pseudópodo” (http://pseudopodo.wordpress.com/) y está llena de tesoros que su propietario se brinda a compartir con el primero que asoma, aunque, eso sí, lo único que no comparte es su nombre.

Desde el anonimato, el dueño de este paraíso nos regala textos como el que copio a continuación, muy oportuno en los (malos) tiempos que corren. Quizá, como asegura Hesse, la mejor forma de defendernos del materialismo salvaje que trata de vampirizarnos sea poner la mente en blanco. Algo muy sencillo, aunque tremendamente difícil…

«La mirada de la voluntad es impura y ardiente. El alma de las cosas, la belleza, sólo se nos revela cuando no codiciamos nada, cuando nuestra mirada es pura contemplación. Si miro un bosque que pretendo comprar, arrendar, talar, usar como coto de caza o gravar con una hipoteca, no es el bosque lo que veo, sino solamente su relación con mi voluntad, con mis planes y preocupaciones, con mi bolsillo. En ese caso el bosque es madera, es joven o viejo, está sano o enfermo. Por el contrario, si no quiero nada de él, contemplo su verde espesura con “la mente en blanco” y entonces sí que es un bosque, naturaleza y vegetación; y hermoso.
Lo mismo ocurre con los hombres y sus semblantes. El hombre al que contemplo con temor, con esperanza, con codicia, con propósitos, con exigencias, no es un hombre, es sólo un turbio reflejo de mi voluntad. Le miro, consciente o inconscientemente, con sonoras preguntas que le disminuyen y falsean: ¿Es accesible, o es orgulloso? ¿Me respeta? ¿Puedo influir en él? ¿Sabe algo de arte? Los hombres con quienes tratamos, los vemos a través de mil preguntas semejantes a éstas y creemos conocer al ser humano y ser buenos psicólogos cuando conseguimos descubrir en su aspecto, en su actitud y conducta aquello que sirve o perjudica a nuestros propósitos. Pero esta convicción carece de valor, y el campesino, el buhonero o el abogado de oficio son superiores, en esta clase de psicología, a la mayor parte de políticos y científicos.
En el momento en que la voluntad descansa y surge la contemplación, el simple ver y entregarse, todo cambia. El hombre deja de ser útil o peligroso, interesante o aburrido, amable o grosero, fuerte o débil. Se convierte en naturaleza; hermoso y notable como todas las cosas sobre las que se detiene la contemplación pura. Porque contemplación no es examen ni critica, solo es amor. Es el estado más alto y deseable de nuestra alma: el amor desinteresado»

Herman Hesse

 

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