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Posts Tagged ‘contradicciones’

La mayor parte de los problemas del mundo se deben a la gente que quiere ser importante”. (T.S. Eliot)

Mi experiencia me dice que Eliot tenía razón. Yo no alcanzo a hablar en términos planetarios pero al cabo de unas cuantas décadas de bregar entre humanos la mayor parte de los problemas que, sin tener que ver con la salud o los accidentes vitales, me han producido algún que otro dolor de cabeza, notables desengaños, enfados intensos (aunque pasajeros) y, sobre todo, decepciones, esas sí, de tamaño planetario, los han provocado personas que querían ser importantes (a toda costa).

Y no me refiero a esa dosis de ego, medida y saludable, que nos permite ser y estar entre nuestros iguales. Tampoco a la demanda, ponderada, de reconocimiento, o a la necesidad, vivificante cuando no nos desborda, de resultar significativos en la vida de otros. No, no hablo de esos juegos del Yo con los que nos construimos y nos relacionamos. No me refiero a esa búsqueda ciega de certezas con la que tratamos de burlar al olvido. La certeza, ya lo conté en este mismo blog, está sobrevalorada y a veces su búsqueda nos hace pasar por encima de nuestros semejantes, cuando lo común, lo humano, es la incertidumbre y sus correspondientes contradicciones (que deberían vivirse con la humildad correspondiente). Walt Whitman hablaba de las multitudes que lo habitaban y que eran la fuente de sus contradicciones, y el Dr. Cardoso, uno de los personajes de Sostiene Pereira, defendía la existencia de una suerte de confederación de almas que, aún sometidas al Yo hegemónico, dependían de un incierto equilibrio de fuerzas que iba modulando nuestra manera de ser, a veces con inesperados quiebros que sorprendían a los que esperaban de nosotros una personalidad inmutable, firme y consecuente.

Lo más interesante de la vida es aprender. En la medida en que tenemos una actitud discipular, es decir, de receptividad y de humildad, la vida es interesante. La humildad es el punto de partida y el punto de llegada. Lo que nos impide ser humildes y receptivos son nuestros prejuicios . (Pablo d´Ors)

Los importantes no se contradicen, y si lo hacen enmascaran esas fintas como nuevas certezas aún más inquebrantables que las anteriores. Yo siempre he desconfiado de esas personas que dicen no haber cambiado nunca de opinión, las que se mantienen firmes desde hace décadas en sus planteamientos, sin una fisura, sin un matiz, sin una reconsideración. Lo que parece un signo de integridad a mi se me antoja un síntoma de fragilidad, de miedo a lo desconocido, de resistencia al cambio (que es como resistirse a vivir). Los importantes suelen ser personas temerosas, de esas en las que el escudo del ego protege (oculta) unos mimbres débiles e inestables, apenas sostenidos por los prejuicios.

Admito que todos vamos sorteando como podemos la tormenta, y ciertos juegos de ese Yo que no deja de multiplicarse para sobrevivir, esas contradicciones del que es uno y es muchos, son las que con frecuencia nos salvan del naufragio. Lo explica la psicóloga norteamericana Patricia Linville en su “modelo de autocomplejidad”, en el que, precisamente, esa confederación de almas que inventó Antonio Tabucchi es la que nos hace resistir aún en las peores circunstancias. La autocomplejidad de Linville se refiere al número de representaciones que componen el Yo, y al grado de diferenciación que mantienen. Y son precisamente las personas con una elevada autocomplejidad, aquellas que conviven con sus contradicciones sin cercenarlas ni tampoco identificarse con una sola representación, “las más resistentes a los sucesos vitales negativos, puesto que aunque una parte de su identidad quede cuestionada o debilitada por estas experiencias, siempre existirán otras partes del Yo que podrán utilizar como anclaje psicológico”.

La biodiversidad, pues, también resulta decisiva en términos psicológicos, de manera que cuando se reduce el número de perspectivas, la nómina de actores dispuestos a ser Yo en función de cómo evoluciona este teatrillo mundano, se empobrece todo, nos empobrecemos nosotros (y sufrimos) y hacemos que el mundo también se empobrezca porque buscamos ahí afuera, a golpes si es necesario, lo que sólo puede existir dentro de nosotros mismos. Sufrimos y hacemos sufrir.

“Hay auténticos expertos en echar la pelota fuera y sacudirse el muerto. En lugar de apuntar con el dedo siempre al otro, el sabio se apunta siempre a sí mismo: ¿cómo puedo ayudar en esto? Sería mejor que las flechas nos las dirigiéramos siempre a nosotros. Así haríamos diana de vez en cuando” (Pablo d´Ors).

En resumen: no seré yo quien lamente los dislates del ego como algo ajeno, porque en gran medida son los que nos mantienen vivos. Cuando me quejo, como Eliot, de la capacidad de destrucción de los importantes no me refiero a la notoriedad que todos tratamos de alimentar para ser nosotros mismos, en nuestra humana ordinariez, y ser queridos en esa simplicidad, sino a esa importancia mayúscula que algunos quieren imponer a los demás para ser reconocidos como seres extraordinarios a cuyos deseos (sean cuales sean) hay que plegarse con las correspondientes genuflexiones.

Algunos de estos importantes son fáciles de identificar por las graves consecuencias que acarrea su ego desbocado. Ahí tenemos a Putin como en su día tuvimos a Hitler. Pero ellos son sólo la punta del iceberg, los más peligrosos, los más visibles, de una extensa comunidad de importantes con los que tenemos que lidiar a diario y que en la mayoría de los casos (afortunadamente) no recurren a la violencia para pavonearse, aunque se toman su tiempo, sin escatimar en alambicados recursos, para hacernos la vida un poco más incómoda, un poco más oscura, un poco más inhumana. A esos importantes me refiero, a los que nos reclaman, desde la proximidad de lo cotidiano, que los adoremos sin rechistar puesto que son, insisto, seres extraordinarios, como también lo son sus obras. Los más inofensivos, también hay que decirlo, aunque sean de entre todos los importantes los más ridículos, son aquellos que no necesitarían recordarnos a diario lo necesarios que son en un mundo grisáceo, porque en verdad ponen algo de luz en la oscuridad, y aún así, desde ese algo que ya son quieren ser el todo, poseídos por el síndrome que Miguel Delibes llama “el del sapo gordo”, ese batracio que se infla tanto para cantar que termina ocupando toda la charca, desplazando a cualquier bicho viviente en el rico concierto nocturno. Cuando en Sevilla se celebraban los fastos de la Expo92 circulaba el chascarrillo que aseguraba que al entrar en un photomaton y depositar las monedas la máquina preguntaba: “¿Quiere las fotos solo o con Rojas Marcos?” Efectivamente, Alejandro Rojas Marcos era el alcalde de la ciudad en aquel fastuoso periodo, y posiblemente estaba poseído, como tantos otros políticos, por este síndrome que hoy sigue adornando a muchos importantes.

También cabe señalar, con algo de compasión, a los importantes que cultivan la estupidez (tal y como la definió el economista Carlo María Cipolla), es decir, individuos que en su avidez de notoriedad mayúscula no dudan en “ocasionar pérdidas a otra persona, o a un grupo, sin que ellos ganen nada o incluso salgan perdiendo”. Es una sencilla regla de coste y beneficio, en la que “el indefenso sale perdiendo mientras los otros ganan, el inteligente sale ganando al mismo tiempo que los otros también ganan, el bandido se beneficia en la medida en la que los demás pierden, pero el estúpido es el único que consigue que todos, incluido él mismo, pierdan”. De estos importantes también he sufrido a unos cuantos y sin duda, insisto, mueven más a la compasión que al enfado.

De toda esta fauna habla David Trueba en “Queridos niños” cuando hace un retrato, tan ácido como fiel, de nuestra clase política y mediática, de nuestra sociedad sometida al capricho de los importantes. Si esta hubiera sido mi única lectura en las pasadas (y pequeñas) vacaciones, y aún admitiendo que la novela contiene elevadas dosis del mejor humor, hubiera perdido toda esperanza en la supervivencia de nuestra especie, consumida por los importantes y sus delirios de grandeza. Pero, como lector caótico que soy, he vuelto a leer a dos bandos, a mezclar dos libros dispares como el que combina veneno y antídoto. Cuando la realidad de Trueba se me hacía muy cruda escapaba a los cálidos brazos de Pablo d´Ors y su “Biografía de la luz”, un potente ensayo que nos desvela toda la provocación existencial que se esconde en el evangelio; sí, he escrito bien, en el evangelio cristiano. Así, he pasado la Semana Santa entre lo mundano y lo espiritual, entre el barro y la gloria, entre la soberbia y la humildad. Y, por supuesto y sobre todo, entre amigos, que sí que me son (muy) importantes aunque ellos jamás presumirían de algo así.

“Amigos nada más, el resto es selva. Caí en la cuenta de que la gente más valiosa en mi vida es la que me ha empujado a fabricar unos ideales, puede que ficticios, pero tan hermosos que da gusto jugar a que existen, apostar por ellos“ (David Trueba).

Nota al pie: La cita de Eliot la recordé hace poco en la Alhambra, cuando de la mano de Blanca Espigares recorrimos la ciudad palatina descubriendo cómo algunas de las frases que, en árabe, adornan las estancias son precisamente un elogio de la humildad, quizá porque los líderes espirituales de entonces querían conjurar así la indisimulada soberbia que se manifestaba en la decoración de estos palacios.

La distancia, en el espacio (Ucrania) o en el tiempo (Edad Media), nos coloca en una posición muy cómoda a la hora de lamentar la vanidad de los otros, y sus nefastas consecuencias, pero es que no solo hay que dolerse del orgullo criminal de Putin cuando en cualquier comunidad (laboral, vecinal, familiar, profesional) tenemos a zares (y zarinas) de bolsillo dispuestos a aniquilar a quien les lleve la contraria, a quien discuta su importancia o la menosprecie, a quien proyecte una diminuta sombra sobre su rutilante figura; es que raro es el día que no tienes que esquivar un codazo, una zancadilla, un mal gesto o una palabra subida de tono. Es que la guerra habita entre nosotros, es que el germen de la soberbia se esconde en lo cotidiano, esperando el momento de germinar. Pero, eso sí, sólo crece si lo alimentamos. El silencio es, en este caso como en tantos otros, el mejor tratamiento, el más económico y el más sencillo (bueno, para callar se requiere una cierta habilidad, pero no mucha…).

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Encrucijada en Sierra Morena

Que sí, que sí, que es un STOP pero… ¿qué hago? ¿Lo respeto? ¿Tomo el camino de la derecha? ¿Giro a la izquierda? ¿Doy la vuelta? ¿Me bajo del coche? Qué aburridas son las certezas !!! (Foto: JMª Montero)

De él aprendí que, a menudo, la contradicción es el camino más diáfano para llegar a la verdad” (Patti Smith, Éramos unos niños)

 

Tengo una amiga que hace tiempo me enseñó a “cagarme en mi palabra”, un maravilloso e irreverente sortilegio con el que las risas pulverizan el vértigo que nos provocan nuestras contradicciones. La certeza está sobrevalorada y lo común, lo humano, es contradecirse. Walt Whitman hablaba de las multitudes que lo habitaban y que eran la fuente de sus contradicciones, y el Dr. Cardoso, uno de los personajes de Sostiene Pereira, defendía la existencia de una suerte de confederación de almas que, aún sometidas al yo hegemónico, dependían de un incierto equilibrio de fuerzas que iba modulando nuestra manera de ser, a veces con inesperados quiebros que sorprendían a los que esperaban de nosotros una personalidad inmutable, firme y consecuente.

Cada vez me gustan menos las certezas, cada vez creo menos en ellas, cada vez me producen más insatisfacción. Lo que lamento es no haber aprendido aún a dejar de perseguirlas porque, con el clásico proceder absurdo con el que acostumbramos a vivir, voy detrás de ellas aún sabiendo que no me van a procurar satisfacción y que, incluso, si me descuido, terminarán por hacerme daño. En demasiadas ocasiones me contemplo como esas mariposillas nocturnas que revolotean en torno a la farola del jardín, tomándola por el centro indiscutible del Universo, hasta que terminan por achicharrarse en la superficie ardiente de una simple bombilla.

Así es que me esfuerzo, sobre todo en vacaciones, en cultivar mis contradicciones, que no es más que dejarlas estar, sin oponerme a ellas ni considerarlas una flaqueza o un signo de inmadurez. Disfruto afirmando con rotundidad algo por la mañana y considerando justamente lo contrario antes de que caiga la noche. Me regalo equivocarme y confundirme, y, sobre todo, me permito admitir que no tengo idea de casi nada, de que todo es cambiante y mi mente no puede aprenderlo precisamente porque no se deja aprehender, porque todo es impermanente. El corazón es un poco más listo, pero también se equivoca y se contradice, y ese defecto de fábrica nos cuesta admitirlo aún más que el que arrastra el cerebro (torpe por naturaleza y sobrevalorado hasta el paroxismo).

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De noche me contradigo aún más. Confundo la luna con las farolas y casi todos los brillos y reflejos me parecen atractivos. Es entonces cuando soy más sensible a la belleza… (Foto: JMª Montero)

Me cago en mi palabra varias veces al día, como un ritual de limpieza, como si fuera una ablución que me libera de todo el polvo del camino, de todo ese hormigón rotundo e inflexible que las certezas han ido depositando en mi cerebro y en mi corazón. Me cago en mi palabra para reírme de mi y de mis certezas, para restarle importancia a la vida y sencillamente vivirla, para dejar que todo suceda tal cual tiene que suceder.

Se acaban las vacaciones y algunas de las certezas que dejé aparcadas a mediados de julio, las que distraje para que no se colaran en la maleta, están ahí, esperándome, como la farola del jardín espera a las mariposillas nocturnas. Las miro en la distancia, cada vez más corta, que me separa de ellas, y a veces digo “” y otras digo “no”, resuelvo con un “no sé” o termino por elegir un “sí pero no (o viceversa)”. Juro que «jamás» y diez minutos después me convenzo de que es mucho mejor «ahora«. Me digo «es suficiente» y cuando veo el manjar pienso «¿y por qué no un poco más?» Quizá de todas ellas la pregunta decisiva, y con respuesta más incierta, sea: ¿seguro?

La vitalidad es mala (¿mala?) consejera porque, en este vaivén, siempre se apunta a la mayor de las tentaciones, la que lo quiere todo y todo ahora, y maquilla las contradicciones hasta convertirlas en obstáculos irrelevantes.

De una compañera aprendí que hay que cosas que “me encantan pero que no me apetecen”, otro sortilegio divertido para disfrutar de esas ridículas contradicciones. Y en ese rincón que mira a la Contraviesa, en el que me pierdo a veces con mis incertidumbres, descubrí que el que ayer pensaba eso o sentía aquello (lo que sea) ya no soy yo; ese ya no existe. ¡ Qué alivio ¡ Sólo soy responsable (es un decir) de lo que pienso, de lo que siento, en este justo instante, así es que cuando me leas ya no pensaré ni sentiré exactamente lo mismo, o sí, no lo sé…

¿Qué pensaré mañana? ¿Qué es lo que sentiré mañana? ¡ Y qué más da ! Mañana volverá a ser, si amanezco, un día lleno de posibilidades y contradicciones. Un lunes lleno de regalos esperados e inesperados. De problemas y soluciones. ¡ Menuda aventura ! En fin, trataré de burlar a la voluntad, cuya mirada es engañosa, y entregarme a la sencilla contemplación, con la mente (casi) en blanco.

Y ahora voy a cruzar los dedos para que este post llegue, como mínimo, hasta Londres… yo me entiendo…

PD: Como mi memoria es caprichosa no he tenido más remedio que hojear, después de muchos años, Sostiene Pereira para asegurarme que la cita era correcta y, sobre todo, para recordar el nombre del médico que defiende la tesis de la confederación de almas.

Al abrir de nuevo el libro, y en uno de esos guiños del destino que tanto me gustan, he descubierto que además de esta cita había otros mensajes cifrados; cintas rojas, portuguesas, que, misteriosamente, enlazan este post con la obra de Tabucchi. Lástima que no pueda revelar esta curiosa relación, pero seguro que algún lector, o lectora, perspicaz descubre el vínculo (y lo mantiene en secreto). Al fin y al cabo este blog, como la vida misma, no es más que un juego o un baile («…y el que no baila está muerto…», Ariel Rot dixit).

Cada tictac es un segundo de la vida que pasa, huye, y no se repite. Y hay en ella cada intensidad, tanto interés, que el problema es sólo saberla vivir. Que cada uno lo resuelva como pueda…”   (Frida Kahlo)

 

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