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Posts Tagged ‘COP21’

La imagen vale mucho más que las miles de palabras que se dijeron en la clausura de la COP25. Ese día, cuando por la mañana, bien temprano, entré en la Zona Azul de la Cumbre del Clima, en el área institucional, me encontré con esta metáfora y sencillamente la fotografié con mi móvil, sin otros testigos que unos operarios que bromeaban con la faena que les habían encomendado. Un reflejo de periodista al que no di demasiada importancia… pero la imagen, para mi sorpresa (o no), se ha hecho viral. A ver en qué envolvemos la COP26 😦 (Fotografía: José María Montero).

Los que seguís este blog para minorías sabéis que pertenezco a un oficio donde está muy mal visto no saber de algo, de-lo-que-sea… de todo. La condición de todólogo es connatural al propio ejercicio del periodismo, y si para colmo trabajas en televisión, o en sus alrededores, se te presume la omnisciencia. Quizá por eso a casi nadie ha extrañado que en pocas semanas el universo mediático español se haya visto enriquecido con una extensa nómina de sesudos especialistas en cambio climático, resueltos analistas de los mercados de carbono, meticulosos peritos en dinámica atmosférica, agudos estrategas en gobernanza ambiental y, cómo no, avispados profetas de lo-que-está-por-venir (tanto si actuamos como si no actuamos: interpretar la acción o la inacción, desde la ignorancia, suele ser un empeño poco o nada riguroso que predispone a esos caprichosos vaivenes).

Con el desparpajo que sólo está al alcance de los auténticos gurús he visto a colegas que -sin sonrojarse- han pontificado sobre la COP25 -sin pisarla-, hilando unas cuantas frases hechas, transitando por los correspondientes lugares comunes y rasgándose las vestiduras en defensa, of course, de todo lo políticamente correcto. A estos tres ingredientes facilones les colocas un poco de literatura (sin reparar en digresiones, golpes de pecho y guiños pseudofeministas), algunas citas posturosas (que no falte Thoreau, por supuesto) y unas ilustraciones molonas, y ya tienes un best-seller para calmar conciencias, hacer caja y alimentar el ego-eco-friendly. A falta de un editor avispado, con esta misma materia prima se puede montar un curso universitario (y hasta un máster), un think tank de andar por casa o, prácticamente gratis, un manifiesto revolucionario y una campaña en redes sociales de esas que, aún abusando de obviedades y faltas de ortografía, te aúpan al Olimpo de los influencers.

Cuando para Canal Sur Televisión cubrí la Cumbre de la Tierra (Río de Janeiro, 1992) los periodistas ambientales éramos cuatro gatos. En la COP25 (Madrid, 2019) la familia de plumillas verdes ha tenido su propia zona de trabajo (gracias a APIA). No pudimos posar todos (por la Cumbre andábamos unos 40 ambientales -de los casi 200 periodistas españoles acreditados-), pero aquí tenéis una buena muestra de este green-dream-team 🙂 La especialización como valor innegociable del buen periodismo.

Ya os conté qué virtudes profesionales, a mi corto juicio, eran necesarias para sobrevivir a una COP (si uno pensaba abordarla como periodista y no como simple redactor de ideas ajenas), y también relaté el día después de una Cumbre del Clima con sus claroscuros, sus mensajes entre líneas y sus notas a pie de página. Ahora, hoy, un mes después de cubrir la COP25 para los informativos diarios de Canal Sur Televisión, vuelvo a las andadas, rebuscando en las zonas de sombra de un encuentro inabarcable la sustancia inmaterial con la que tejer algunas reflexiones propias (si es que existen reflexiones estrictamente propias), mensajes entrelíneas que escapen del murmullo, grisáceo y monótono, que se ha instalado en las redes.

Prólogo: ni puristas, ni pesimistas.

La primera cautela decisiva (porque pertenece al capítulo de las obligaciones higiénicas) es acometer cualquier análisis AfterCumbre alejándose, a la misma prudencial distancia, tanto de los puristas como de los pesimistas. Unos y otros son veneno a la hora de enfrentarse a esta emergencia climática. Los primeros porque, convencidos de estar en posesión de la verdad absoluta, carecen de la humildad necesaria para escuchar, dialogar, ceder y acordar. Consumen más energía en censurar las opiniones ajenas que en argumentar las propias. Y los segundos porque, en el mejor de los casos, han llegado a la conclusión de que compartir todo tipo de malas noticias nos predispone a la acción, olvidando que ese abuso de catastrofismo sólo conduce a la angustia y/o la indiferencia suicida. Si añadimos el postureo (recordad: que no falten las citas de Thoreau ni los guiños pseudofeministas) entonces ya tenemos la peligrosa «Triple P» del ambientalismo simplón. !Vade retro!

1.- Rebajemos la escala: la gobernanza de lo cercano.

No nos obsesionemos con la deserción de Donald Trump (deserta de todo aquello en donde no pueda imponer su criterio imperial, ya sea la OTAN, el Acuerdo de París o la OMC) o la tibieza de algunos otros emperadores. El cambio climático es un problema global que exige alianzas globales, sin duda, pero la acción local está adquiriendo una fuerza de tal calibre que, en algunos casos, la suma de esas iniciativas de pequeña o mediana escala supera con creces los efectos de algunas pomposas deserciones estatales. ¿Cuántas empresas, ciudades, estados, universidades, provincias, comunidades autónomas, ciudadanos, están ya actuando para frenar el cambio climático?

Si conseguir un nuevo modelo de gobernanza planetaria se antoja una tarea aún más compleja que el nacimiento de la Sociedad de Naciones (cuya enzima decisiva fue la I Guerra Mundial, ojo), trabajemos en el desarrollo de la gobernanza local, de la gobernanza de barrio, de colegio, de empresa, de familia. Proyectemos nuestros buenos deseos en lo cercano, y no sólo en lo que se refiere a la acción sino también en la educada reclamación (pidamos a los que más responsabilidad tienen que sean los que más se impliquen). Alimentemos la creatividad antes que la reactividad, pero (por favor) que no nos confundan azuzando nuestro sentimiento de culpa los que tienen mucha más culpa que nosotros.

Si la lucha contra el cambio climático se nos antoja inabarcable, rentabilicemos nuestro esfuerzo en los cambios domésticos. Cada vez estoy más convencido de que la única revolución posible es la revolución de lo próximo, de lo cercano. Menos mítines, arengas y soflamas, menos teatro, y más sonreírle al vecino, llegar al trabajo silbando, pedir perdón, decir buenos días, abrazar, ceder el paso, no tocar el claxon, echarle una mano al amigo, dar las gracias, preguntar al que está triste, no exigir, no suponer, no amenazar, no maquinar, brindar con la gente a la que quieres y decirle que la quieres, escuchar en silencio al que discrepa, regalar música o vino sin motivo, etc… etc… etc… La sostenibilidad tiene mucho que ver con el respeto y la convivencia, así es que no es mal comienzo este esfuerzo, nada intrascendente, por mejorar el espacio interpersonal y a partir de ahí… ir aumentando la escala.

2.- Abran paso, llegan los niños.

Si ponemos la lupa generacional sobre este problema aparecerán, también, las ventajas de reducir la escala. No son sólo jóvenes, que ya se habían incorporado a esta movilización y lo que han hecho es reforzar su presencia y su compromiso, ahora aparecen los niños, ahora se suman al escenario de la acción y la reclamación los menores de edad, algo que espanta a tantos voceros (o será que son pocos pero hacen mucho ruido) que algún poderoso valor debe tener, seguro, este fenómeno. Con tanta fuerza ha irrumpido la infantilización (en el mejor sentido del término) en este debate climático que en la COP25 los imperturbables miembros de seguridad de la ONU, en una decisión incomprensible, desalojaron del espacio de negociación, y hasta amenazaron con retirarles la credencial, a algunos de estos chiquillos (y de paso nos inmovilizaron, en tierra de nadie, a los pocos periodistas que estábamos presentes en la burda maniobra).

Los más jóvenes no tardaron en subirse al escenario del plenario, pero no estoy muy seguro de que, además de oirlos, los escucharan. (Foto: José María Montero)

La educación (insisto) no está reñida con la rebelión, con la resistencia, con la protesta. No. En esto también nos está dando una lección, a los adultos, Greta Thunberg y el movimiento de escolares europeos al que sirve de inspiración (por cierto, la generación mejor formada en la historia del continente). No los molestemos, hagámonos a un lado o, mejor aún, coloquémonos detrás, siguiendo, con respeto, su estela. No seamos como esos políticos que el día-mundial-de-lo-que-sea sostienen la pancarta que abre la manifestación-de-lo-que-sea, los que se suben a la mesa-presidencial-de-lo-que-sea, los que cortan la cinta-de-lo-que-sea.

Si tecleamos en Google para rastrear qué valores aporta la infancia al conjunto de la sociedad, qué nos aportan los niños, de qué manera la mirada de los más pequeños es valiosa en la resolución de problemas que parecen superar su capacidad de entendimiento, nos encontraremos con miles de referencias que, malinterpretando nuestra pregunta, nos conducen en la dirección contraria, insistiendo en todo lo que los niños pueden aprender de los adultos. Y digo yo que, viendo cómo nos enfrentamos los adultos a ciertos problemas, quizá merezca la pena hacerles un poco más de caso no sólo a los jóvenes sino también a los niños y permitirles, incluso, aprender del valiosísimo fracaso que casi siempre precede a los hallazgos decisivos.

Estamos en buenas manos, en las manos de los que aún saben jugar y tienen ojos que ven lo que tocan. Foto: José María Montero.

Cuando me asomé a una festiva manifestación de niños que reclamaban justicia climática a la entrada de Ifema, en las puertas de la COP25, un adulto, a la vista de las canciones, pancartas ingeniosas y caras pintadas, aseguró que en realidad «estaban jugando». Tal vez no se dio cuenta que justamente en ese supuesto menosprecio estaba el poder de un grupo que, por edad, jamás había pisado una Cumbre. Quizá si el ocurrente adulto hubiera leído a Tonucci (perdonad la suposición -sin pruebas- y la pedantería -sin arrogancia-) entendería el valor (oculto) de lo que estaba viendo: «Jugar para un niño es la posibilidad de recortar un trocito de mundo y manipularlo, sólo o acompañado de amigos, sabiendo que donde no pueda llegar lo puede inventar» (Francesco Tonucci). La creatividad, claro que sí, es la bendita creatividad sin límites que los adultos perdimos en el camino o dejamos maltrecha a cuenta de recibir mandoblazos y embutirnos en apretados corsés.

¿Qué hacemos para defender la creatividad en una sociedad así, en un sistema educativo así, en unas empresas así, en unas familias así? ¿Quién protege a los creativos? ¿Quién los defiende de la rutina y el orden? ¿Quién se ocupa de estos exploradores sin los que resultará imposible descubrir soluciones a los grandes problemas de la humanidad, desde el cáncer hasta la depresión pasando por el cambio climático? ¿Quién, sin entenderlos, juzgará imprescindible su manera de hacer, fresca, heterodoxa y hasta caótica? ¿Cómo sobrevivirán a los mediocres y a los estúpidos, a los puros y a los pesimistas, siempre conspirando en contra de la diferencia?

Abran paso, llegan los niños (y las niñas, cuidado…).

3.- Al planeta le da igual.

Ya sé que quedan monísimas las fotos de osos polares, de paradisiacos arrecifes de coral, de tupidos bosques boreales y de koalas, pero si seguimos insistiendo en el impacto del cambio climático en los elementos más llamativos de nuestra naturaleza nos olvidaremos de que al planeta, en todas sus manifestaciones (monísimas, insulsas o feorras), le importa un pimiento el cambio climático. El planeta se adaptará, una vez más, a lo que venga, y en ese tránsito, una vez más, habrá perdedores y ganadores (efectivamente: nosotros, los humanos, somos perdedores natos).

«Nos enfrentamos a riesgos, llamados existenciales, que amenazan con barrer del mapa a la humanidad», explica Anders Sandberg, investigador del Instituto para el Futuro de la Humanidad (Universidad de Oxford). Y detalla: «No se trata solo de los riesgos de grandes desastres, sino de desastres que podrían acabar con la historia». Quizá ha llegado el momento de pasear menos a los koalas y un poco más a los habitantes de Tuvalu, dejar de lamentar la terrible existencia de los osos polares y mostrar la lucha por la supervivencia en las aldeas del Sahel castigadas por sequías desproporcionadas que alargan el soudure, moderarnos en la exhibición de los glaciares, los bosques boreales, las selvas tropicales o los arrecifes de coral (como único referente estético a la hora de alertar sobre el cambio global) y poner el acento en las comunidades rurales sin futuro o en los inhóspitos arrabales de las megalópolis.

La naturaleza, creo, no debería usarse como sobresaliente espejo de la catástrofe, porque la catástrofe la vamos a sufrir los que miramos, arrobados, a esa naturaleza que no tiene en si misma más sentido que el que nosotros, pobres víctimas, queramos otorgarle. Mejor que hablar de lo que podemos hacer por salvar esa naturaleza, para la que somos un elemento banal, creo que debemos insistir en lo que la naturaleza puede hacer por nosotros, por nuestra propia supervivencia como especie, y aplicarnos en la tarea no sólo de conservarla sino, sobre todo, de restaurarla (o dejarla en paz, para que lo haga ella misma).

4.- Escuchar a los pequeños.

Tan impoluta luce esta sala de reuniones en la COP25 que el resultado de cualquier debate se antoja inevitablemente estéril. Foto: José María Montero.

¿Os acordáis del Senado Imperial de Coruscant? Sí, el de Star Wars (Episodio III, La Venganza de los Sith), esa especie de colmena circular, gigantesca y oscura, en donde están representados los miles de mundos habitados que componen el cinematográfico imperio galáctico. Todos están representados, sí, pero el poder recae en un grupo reducido de mundos que dejan que la voz de los pequeños se oiga pero que no se escuche. Inspirado (asegura la Wookieepedia) en las maniobras de Augusto para transformar la República Romana en el dictatorial Imperio Romano, el Senado de Coruscant muestra esa fórmula aparentemente democrática en la que todos pueden hablar, pocos son escuchados y sólo una discreta minoría disfruta de auténtico poder ejecutivo.

No sé por qué el plenario de la COP21 (París) me recordó esa deshumanizada imagen galáctica, la misma que encontré en la COP25 (Madrid). Pude escuchar sin trabas a los pequeños, incluso a los muy pequeños, pero no estoy muy seguro de que el resto de la colmena estuviera atenta a sus alegatos (no confundir las exquisitas normas de protocolo que dicta la diplomacia internacional con la escucha atenta). Y fueron en esos discursos humildes, de países y colectivos humildes, donde encontré las más crudas evidencias del sufrimiento que ya está causando el cambio climático, los más desesperados y sinceros mensajes de socorro, las propuestas más atrevidas y ecuánimes. Escuchando a los más pequeños supe de la urgencia, de la emergencia, sin eufemismos ni rodeos alambicados. ¿Y qué hacían mientras tanto los grandes? Pues algunos aprovecharon para darse un paseo (EEUU), consultar el Whatsapp (aquí la lista es larga, aunque me dio la impresión de que los gigantes asiáticos ganaban por goleada), mostrar su escaso liderazgo y su incapacidad para la negociación ambiciosa (Chile) o hacerse notar sacando su lado más bravucón (Brasil).

¿Agotamiento? ¿Aburrimiento? ¿Sueñan los delegados con bosques eléctricos? Foto: José María Montero.

PD: La prórroga de la clausura, que convirtió a la COP25 en la más larga de la historia, obligó a algunas de las delegaciones (sí, las pequeñas, las humildes) a regresar a sus países sin poder participar en las deliberaciones finales. No, no es que tuvieran prisa, es que no podían asumir el coste de un cambio de vuelos y hoteles. A veces para votar es imprescindible poder pagar. Money, money…

5.- El tiempo del sufrimiento.

La emergencia climática requiere el diseño de nuevos paradigmas en el terreno de la economía, de la ecología, de la politología… pero lo que más necesitamos, es reforzar la empatía, antes incluso de ese esfuerzo por multiplicar los conocimientos académicos. La empatía, que no requiere de cátedras ni de inversiones millonarias, es una virtud muy poderosa que, sin embargo, se nos antoja cada vez más rara y escasa.

Ha llegado el tiempo del sufrimiento, es el precio de la inacción, y la inercia del cambio climático que, aún actuando de forma urgente y decidida (algo que no parece posible), va a originar una dolorosa crisis humanitaria en multitud de territorios, algunos de ellos a escasos kilómetros de casa. Si no somos capaces de ponernos en el pellejo del otro, si pensamos que el dolor no nos va a alcanzar a nosotros, si miramos para otro lado convencidos de que las inundaciones, las olas de calor, las sequías o las enfermedades emergentes sabrán discriminar nuestro lugar de nacimiento, el saldo de nuestra cuenta corriente, el escudo de nuestro pasaporte o nuestro color de piel… es que nos fallan el cerebro y el corazón.

Tal vez nuestras capacidades como especie, incluida la empatía, se están viendo superadas por la naturaleza y la magnitud del problema, y el colapso, o la autodestrucción, son inevitables. Pero aún así, y como ocurre con los enfermos terminales, mejor sería evitar el sufrimiento hasta donde la empatía sea capaz de reducirlo.

6.- Ciencia con emoción: el poder de las metáforas.

La rotundidad de las evidencias científicas en torno al cambio climático ha alcanzado tal magnitud que el negacionismo no es ya una postura basada en la dudosa credibilidad del trabajo de miles de investigadores. El negacionismo es ahora una forma de oportunismo disfrazada de lícito escepticismo. El mantra es sencillo: «Si la ciencia viene a estropearme el negocio, cuestionemos el rigor de la ciencia antes que revisar el coste ambiental y social de nuestro negocio, su peligrosa viabilidad«.

Pero la ciencia, impecable en sus postulados racionales, necesita de la emoción para buscar cómplices más allá de su burbuja endogámica, para hacer que sus alertas sean entendidas por los ciudadanos que nada saben del método científico y que son tremendamente vulnerables a las soflamas (esas sí, cargadas de calculada emoción) de los que ven amenazados sus negocios o comprometido el pago de sus deudas monumentales, y para salvarse hacen a la ciencia culpable de un alarmismo ciego que sacrificará el sacrosanto crecimiento económico y el bendito desarrollo.

La metáfora es, en manos de los científicos más creativos, una poderosa herramienta emocional que, alejándose del discurso indescifrable, no traiciona el rigor. Hace años, con la sencillez con la que explicaba lo complejo, me lo resumió José Luis Sampedro, un economista atípico con el que me gustaría haber tenido más relación que aquel encuentro inesperado y fugaz en la recepción de un hotel granadino: «Si metemos un pollito en una caja de zapatos nadie en su sano juicio podrá pensar que el pollito crecerá sin límite o que, al menos, se convertirá en lustrosa gallina sin destrozar la caja, y sin embargo estamos en manos de los que aseguran que el pollito no dejará de crecer ni romperá el contenedor por mucho que la caja de zapatos tenga un tamaño innegociable«.

7.- Del tobogán al precipicio.

Llevo décadas abonado a las impecables metáforas de Miguel Delibes y algo menos a las no menos ingeniosas que me regala, de COP en COP, David Howell, uno de los observadores más lúcidos en estos farragosos encuentros. En COP25 me explicó la diferencia entre un suave tobogán de largo recorrido y baja velocidad en el que podríamos habernos deslizado, sin vértigo ni peligro, desde el volumen de emisiones que la ciencia ya señaló como insostenibles hace tres décadas hasta unos niveles que no pusieran en peligro nuestra propia supervivencia, y el precipicio, profundo y vertical, al que nos vemos obligados a lanzarnos de cabeza (y sin paracaídas) en el escaso tiempo que nos queda para evitar el colapso.

Las metáforas me siguieron persiguiendo en forma de letras rendidas y macetas a las que alcanzó una repentina otoñada. Foto: José María Montero

Y mientras vamos cayendo en picado, cual Titanic camino al iceberg y a toda máquina, no abandonemos la empatía porque, como en el caso del transatlántico, los primeros en ahogarse serán los de tercera clase, claro, pero al final el agua llegará hasta el salón donde bailamos, despreocupados, los afortunados pasajeros de primera clase. ¡Ah!, y tampoco nos olvidemos de lo inútil que resultará nuestra soberbia en este mal trago: los efectos de la peor catástrofe siempre son relativos, porque para los pasajeros del Titanic el hundimiento del buque fue una putada, pero para las langostas que esperaban ser cocinadas en las peceras de la cocina fue un verdadero milagro.

8.- Los medios del ego.

Cuando todas las noches me colocaba delante de la sala Baker, la sala del plenario, para tratar de explicar en directo lo que había ocurrido durante esa jornada de negociaciones en la COP25, escuchaba, como es lógico, las peroratas de algun@s de mis colegas (tod@s trabajábamos en ordenada, apretada y obediente fila). Y, una vez más, me topé con esos clásicos-de-ayer-y-de-hoy más propios de una retransmisión deportiva o del relato vacuo de una interminable final de Eurovisión: la nada convertida en crónica, la peripecia del periodista por encima de los acontecimientos, las certezas de cartón piedra en un escenario repleto de incertidumbres, las frases hechas, las anécdotas elevadas a la categoría de exclusiva, los lugares comunes, la ciencia como revestimiento y no como cimiento,… He de admitir, eso sí, que la mayoría de est@s cronistas, y de los que luego iba viendo en los diferentes canales (algun@s sentados en mesas de debate moderadas por profesionales que, un@s y otr@, saben de cambio climático lo mismo que de música pentatónica china) lucían muy bien vestid@s y maquillad@s, jugueteaban con gafas de moderna montura, tomaban notas (así como sesudas y apresuradas) en impolutos moleskines, se movían por el plató en delicada coreografía, adornaban su discursos con imágenes de koalas y osos polares, y miraban directamente a la cámara con la arrogante seguridad de aquel directivo de Camp (Manuel Luque) que nos convenció de las bondades del detergente Colón. Y algun@ de ell@s, incluso, se ha atrevido a regalarnos ciertas columnas, sosas y huecas, buscando el lustre que todavía otorga la prensa escrita.

Una vez más ante el inevitable vértigo de tener que explicar (en directo) lo complejo, contarlo a cientos de miles de personas y en poco más de un minuto. Foto: José María Montero

Menudo desperdicio. Los más potentes medios de comunicación entregados al ego, la vacuidad y los fuegos de artificio: «Ya están aquí los que tanto saben de cubrir crisis y nada saben de la crisis que tienen que cubrir» (Rosa María Calaf, dixit). Pobre periodismo.

9.- Nuevos escenarios de acción.

El punto 1 nos debería llevar, de manera natural, a este otro ítem. Los discursos bienintencionados y biendocumentados y bienexplicados requieren de escenarios donde llevarlos a la práctica. Los parlamentos son tentadores, al igual que las salas de conferencias y las aulas universitarias, pero para hablar de cambio climático también hay que asomarse a los mercados de abastos, los estadios de fútbol, las iglesias, los parques, los asilos, los teatros, los bares, las guarderías y hasta las cárceles. Y proponer, en esos mismos escenarios, acciones modestas que sumen en ese cómputo humilde pero imparable de lo cercano, de lo doméstico, de lo que se mueve lejos de los senados imperiales pero muy cerca de la tierra, la que se escribe sin mayúscula inicial, esa que pisamos a diario.

10.- El dedo de Greta.

Hay niños, muchos niños, que mueren cruzando el mar en busca de una vida digna. Niños que terminan alimentando el turismo sexual de adultos adinerados y sin escrúpulos. Niños que triunfan en la selva de la farándula o se pasean por las pasarelas de medio mundo (el desarrollado, of course). Niños que juegan a ser adultos en programas de televisión casposos. Niños que rebuscan en los basureros para sobrevivir. Niños que ayudan a sus padres en humildes negocios, en explotaciones agrícolas, en ruidosos mercadillos. Hay niños que cuidan de sus hermanos, de sus padres, de sus abuelos, asumiendo responsabilidades muy por encima de su edad. Niños que acuden a escuelas de fútbol, o de danza, bajo la inquisidora mirada de sus padres que quieren convertirlos, al precio que sea, en Leo Messi, Megan Rapinoe, Tamara Rojo o Israel Galván. Hay niños que compiten por ser chefs en concursos donde la cocina es una guerra y no un placer. Hay tantos niños a los que no dejan ser niños, que resulta sorprendente (por usar un calificativo suave) la estúpida preocupación que ha asaltado a esa caterva de adultos empeñados en salvar a Greta Thumberg de las garras de sus malvados padres, de los oscuros tejemanejes de ciertas multinacionales o de maquiavélicos lobbies (desconocemos cuáles) y del estrés que debe de estar provocándole tanta lucha. Perdonadme el topicazo, pero mientras Greta señala a la luna los tontos se fijan en el dedo. Y si se cabrean tanto, y la emprenden con esta joven, no es sólo porque señala lo que algunos (demasiados) no quieren ver, sino porque después de señalar el problema se remanga y se pone a trabajar, a predicar con el ejemplo. La atacan por que no es inofensiva (como lo son casi todas las modelos, las prostitutas, las cantantes o las dependientas). Lo que molesta no son sus discursos sino sus acciones. ¿Dónde se ha visto una niña dando lecciones en vez de pasearse, bien maquillada y ligera de ropa, por una pasarela o un escenario? La reacción contra Greta Thumberg es intencionadamente agresiva, viejuna y muy, muy machista.

Momento en el estaban hablando en el plenario de COP25 las delegadas de mi país. Sí, nací en Córdoba, pero mi verdadera patria es Youth. Foto: José María Montero.

¿Qué hubiera sido de nosotros, como civilización, sin el ejemplo inspirador de Gandhi, Rosa Parks, Luther King, Ana Frank o Mandela? Ninguno, ninguna, se encuentra ya entre nosotros, pero abrieron caminos por los que hoy transitan millones de personas en busca de un futuro mejor. Tengo la sensación de que el icono Greta va a desaparecer de la primera línea en breve, y creo que ese paso atrás fortalecerá aún más el movimiento que se ha ido tejiendo en torno a su persona, un movimiento que necesita líderes, como todos los movimientos, pero que precisa, sobre todo, de la inspiración (y el estimulante cabreo) que el dedo de Greta, y sus acciones, ya han dejado en todo el planeta.

Epílogo: cinco preguntas de difícil respuesta.

a) Alcanzar la neutralidad en carbono significa transformar el sistema económico de manera radical, en muy poco tiempo y sin dejar a nadie atrás en esa carrera de obstáculos. ¿Es posible o es una utopía que ya no vamos a ser capaces de alcanzar?

b) Si no existe un modelo de gobernanza global y, en consecuencia, no existen mecanismos para hacer de los compromisos internacionales una obligación, ¿es posible actuar con decisión, justicia y rapidez, desde la generosa voluntariedad de los gobiernos?

c) Cada vez que se celebra una COP se insiste en el elevadísimo coste de la transición ecológica y no son pocos los países que se arrugan ante un esfuerzo aparentemente inasumible, pero… ¿por qué no somos capaces de explicar (bien) el coste, terrible, de la inacción?

d) ¿Cómo conseguir que la transición, además de rápida y efectiva, sea justa, sobre todo para los más vulnerables (desfavorecidos, mujeres, niños, indígenas, desempleados, ancianos…)?

e) Más allá de la calle, ¿hasta dónde llegará la voz de los más jóvenes? ¿Qué influencia, qué capacidad de negociación, qué poder de decisión tendrán los nuevos movimientos sociales en el sofisticado mecanismo de debate del senado galáctico en el que se han convertido las COP? ¿Cómo se encaja la urgencia de la juventud en la desesperante lentitud de los estados y las organizaciones?

Mi redacción es tan, tan pequeña, que puedo instalarla en cualquier sitio, lo mismo en París, que en Madrid o en Glasgow. De COP en COP. Foto: José María Montero.

 

 

 

Nota al pie: Nos vemos, espero, en la COP26, en Glasgow, north-by-northwest

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Cada mañana, antes de encerrarme en Le Bourget, disfrutaba del amanecer desde la pequeña terraza de mi habitación. El espíritu de París latía en el Bulevard Montmartre aún en penumbra… (Foto: José María Montero)

Centro de Convenciones París-Le Bourget // 30 de noviembre – 12 de diciembre

En los pasillos de la COP21, la Conferencia Internacional sobre Cambio Climático, lo llamaban «el espíritu de París», una actitud de generoso entendimiento entre gobiernos muy dispares que salvó el acuerdo en los momentos más delicados de la negociación. Una actitud que servía para recordarnos, a los que asistimos al cónclave, que todos somos habitantes de un único planeta, de un planeta único.

Un planeta, por cierto, para el que resulta intrascendente el cambio climático: sencillamente se adaptaría al nuevo escenario, donde, en la nómina de la biodiversidad, habría perdedores pero también ganadores. La única víctima indiscutible de una subida catastrófica de la temperatura media de la Tierra sería la Humanidad; los únicos que veríamos hipotecado, sin duda ninguna, nuestro futuro seríamos los seres humanos. Por eso el acuerdo de París, más allá de cuestiones ambientales, puede ser el primer ejemplo, aunque tímido e insuficiente, de un nuevo estilo de diplomacia multilateral, de un nuevo modelo de gobernanza planetaria en el que la práctica totalidad de las naciones del mundo, con características culturales y políticas muy diferentes, son capaces de ponerse de acuerdo en favor del bien común.

Las negociaciones de la Cumbre del Clima han sido una muestra de la mejor diplomacia (en manos, sobre todo, de Laurent Fabius) y también de la mejor disposición, porque no es fácil hacer coincidir en una sola idea a 195 países (más la Unión Europea).

Pero, afortunadamente, no todo estaba en manos de los negociadores…

Le Players – Rue de Montmartre, 161 // 13 de diciembre – 02:10 am

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Afortunadamente, el acuerdo no sólo estaba en manos de los negociadores… Los ciudadanos consiguieron pintar algunas líneas rojas en los pasillos de la COP21 (Foto: José María Montero)

Mientras las delegaciones oficiales peleaban los borradores del acuerdo línea a línea, párrafo a párrafo, el espíritu de París no sólo habitaba en esas maratonianas sesiones de debate político, alejadas (demasiado alejadas) de la calle, del sentir de los ciudadanos. Ese espíritu estaba presente, con especial intensidad, en los miles de observadores que asistían a la Cumbre y que representaban a centenares de organizaciones no gubernamentales repartidas por todo el planeta. Ellos eran la voz de los que no estaban en la Cumbre, la voz de los más vulnerables, la voz de los olvidados, la voz de los que ni siquiera saben qué es el cambio climático, la voz de los que no tienen voz. Ellos se ocuparon de recordar a los políticos que todos los que nos dábamos cita en Le Bourget habíamos recibido una suerte de mandato de más de 7.000 millones de seres humanos, y que no podíamos traicionar ese mandato que hablaba de nuestra propia supervivencia.

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¿Qué hubiera sido de nosotros sin los observadores? David (SEO-BirdLife), Alice (Avaaz), Tatiana (Greenpeace) y Mariana (WWF) me ayudaron a entender algunas de las claves que escondía la Cumbre.

Para nosotros, los más de 3.000 periodistas acreditados en la COP21, los observadores fueron un elemento decisivo porque, sorteando el ruido y la confusión, pusieron el acento en lo fundamental; porque nos conectaron con la verdadera trascendencia social del cambio climático; porque nos ayudaron a interpretar las claves de una negociación farragosa; porque desbrozaron los documentos hasta convertirlos en textos comprensibles; porque nos señalaron cuáles eran las líneas rojas que no debían cruzarse y las obligaciones a las que no debíamos renunciar.

Uno de los análisis más lúcidos que he leído a propósito del acuerdo, de cómo se gestó, de qué esperanzas ha alimentado y de qué expectativas ha frustrado, es el que George Monbiot firmó en The Guardian. El comienzo del artículo es brillante, porque establece una llamativa paradoja en la que estábamos de acuerdo muchos de los que asistimos al cónclave del clima: «By comparison to what it could have been, it’s a miracle. By comparison to what it should have been, it’s a disaster» («En comparación con lo que podría haber sido, es un milagro. Pero en comparación con lo que debería haber sido, es un desastre”). Y en ese difícil equilibrio nos encontramos ahora, entre el milagro y el desastre. Y la fórmula para sortear ese equilibrio sin precipitarnos al vacío también nos la explicaron los observadores. Es obvia, poco sofisticada, pero, aún así, solemos olvidarla: mañana hay que seguir trabajando, todos, para que la balanza caiga del lado del milagro.

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Porque el rigor y la risa no están reñidos… Las largas horas en el multitudinario Media Center de Le Bourget se hicieron más llevaderas con colegas como Miguel G. Corral (El Mundo).

Además de toda esa labor de presión y análisis, buena parte de los observadores, reunidos en CAN (Climate Action Network), hicieron algo aparentemente banal pero igualmente decisivo en un encuentro de esta naturaleza: convocar una fiesta para estrechar aún más los lazos que a tantos desconocidos nos habían unido durante tantas horas. La Cumbre se humanizó en Le Players la madrugada del 13 de diciembre, pocas horas después de haberse firmado el acuerdo, y aún no me explico de dónde sacamos fuerzas (después de una semana con jornadas de trabajo de 16 horas non-stop) para abrazarnos, para cantar, para bailar y para celebrar, con ese ritual tan humano que es la fiesta espontánea y el contacto desinhibido, que el espíritu de París nos unía, nos uniría siempre, fuera cual fuera nuestra procedencia. Que el milagro es posible.

[Anotación al margen: por muy seria que sea la cuestión que nos ocupe desconfío de aquellos que no encuentran un motivo para abrazarse, cantar y bailar. En la expresión de la alegría más simple quizá está el secreto que nos permite enfrentarnos a los retos más complejos.]

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¿Cómo es posible que acabara abrazado a Christiana Figueres, Secretaria Ejecutiva de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, cerca de las tres de la madrugada en la pista de baile de un club de la rue Montmartre? Cosas del espíritu de París… (Foto: una observadora anónima de CAN).

A eso de las dos de la madrugada, y en un gesto que le honra (además de los muchos que, en la sombra, fue tejiendo para hacer más fácil el trabajo de Fabius), Christiana Figueres, Secretaria Ejecutiva de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, apareció en Le Players. Sin escoltas. Sin protocolo. Sin discursos. Apareció en Le Players para abrazar a los que habían sido el verdadero corazón de la Cumbre, para bailar con los que habían mantenido viva la ambición, para cantar con los que habían reclamado responsabilidad a los gobernantes de 195 países.

Esa noche brindamos con amigos que ahora están en Bruselas, La Coruña, Washington, Bogotá, Bonn, Barcelona, Madrid, México DF, San José de Costa Rica, Montevideo, Lima…

Place de la République // 13 de diciembre – 04:10 pm.

El azar, que no es tan caprichoso como parece, quiso que el acuerdo se firmara justamente cuando se cumplía un mes de los terribles atentados de París.

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Ya de madrugada en la mesa más bohemia de monsieur Baba, donde unos periodistas noctámbulos y agotados pueden cenar un confit de canard decente… (Foto: José María Montero)

Durante la Cumbre habíamos vivido en un recinto literalmente blindado y cuando de noche salíamos de esa burbuja (para dormir unas pocas horas) la presencia de polícias y militares dibujaba una ciudad un tanto inhóspita. ¿Los terroristas habían conseguido apagar el espíritu de París? ¿El argumento, con frecuencia tramposo, de la seguridad había barrido la alegría de las terrazas? ¿El estado de emergencia era la excusa para no salir, para no cantar, para no bailar?

Sí, además de la fiesta del Players, apuramos los minutos en la capital francesa para perdernos por Le Marais, para visitar (en peregrinación) Shakespeare & Co., para cenar en algún rincón animado de Cour des Petites Écuries (¡gracias Pauline!), en una mesa bohemia de la Rue du Faubourg Saint Denis o en la brasserie más noctámbula de la Rue La Fayette (¡gracias Nieves!); para comprar vino en Nicolas y queso en el mercado navideño de Champs Elysées, para escuchar, en vivo, a Vanina de Franco en el 56 de la Rue Rivoli y a la Piaf en Concorde, para pasear de madrugada (perdidos y felices) buscando el Bulevard Montmartre, para compartir el dolor y el silencio en la Place de la République

Tuvimos tiempo para comprobar que París no se rinde, para asegurarnos que el espíritu de esta ciudad, libre y luminosa, es más poderosos que el terror, que cualquier terror. Tuvimos tiempo de hacerle frente a la zozobra de un futuro incierto con la alegría que siempre te regala esta ciudad donde (casi) todo es posible. Tuvimos tiempo de vivir y de soñar…

BONUS: Todas mis crónicas desde la Cumbre de París.

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Un mes después, en la Place de la République, las flores siguen pasando de mano en mano… (Foto: José María Montero)

 

«Les voix se libèrent et s’exposent /
dans les vitrines du monde en mouvement /
les corps qui dansent en osmose /
glissent, tremblent, se confondent et s’attirent irrésistiblement…«

[Las voces se liberan y se muestran /
en movimiento en las ventanas del mundo /
los cuerpos que danzan en ósmosis /
resbalan, tiemblan, se confunden y se atraen irresistiblemente…]

(Les passants / Los transeúntes – ZAZ)

 

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Información

Una cumbre como la COP21 pone a prueba nuestra capacidad de síntesis, nuestra agenda, nuestros conocimientos pero, sobre todo, pone a prueba nuestra resistencia y la habilidad para administrar energía.

Antonio me lo dijo al oído. Con algo de pudor y mucha retranca me aseguró que en las cumbres lo importante, lo realmente importante, era «poder comer algo y dormir un poco». Los dos participábamos como ponentes en el Taller de Herramientas Periodísticas para Sobrevivir a la COP21, la Cumbre del Clima que estos días se celebra en París, y los dos coincidimos en que estos elementos tan prosaicos, sin ser herramientas periodísticas, eran fundamentales para sobrevivir a uno de estos encuentros donde todo es desproporcionado.

Las cumbres ponen a prueba nuestros conocimientos sobre la materia en cuestión (en este caso, en el de la COP21, el protagonista es el cambio climático), nuestras relaciones (la agenda personal es mucho más importante que la que te dictan a diario los organizadores), nuestra capacidad de síntesis (¿cómo contar en poco tiempo, o espacio, lo más sustancial de una reunión monumental?), pero, sobre todo, miden nuestra capacidad de resistencia y la habilidad para administrar energía.

En estas circunstancias extremas conviene alejarse de algunos mitos, de algunas rutinas y de algunos personajes con los que ganamos muy poco (ganancia entendida como información trascendente para nuestros receptores) y consumimos mucha energía. Se trata de conseguir el optimal foraging que descubrió Tono Valverde en los ecosistemas de Doñana: un predador persigue a una presa con una intensidad que es proporcional a la energía que obtiene e inversamente proporcional a la energía que consume. En una cumbre maratoniana un periodista no debería publicar lo que rinde poco o lo que cuesta mucho adquirir. Dicho de otra manera, si Darwin descubrió que sólo sobreviven los más aptos, Valverde matizó este principio: “Sólo sobreviven los que mejor aprovechan la energía”. Y en una cumbre donde se reúnen más de 30.000 especialistas durante dos semanas hay que aprovechar la energía al máximo para destilar información que realmente sea comprensible y útil para nuestros receptores, sin desfallecer…

Conviene, antes que nada, antes incluso de aterrizar en París, olvidarse de los cumbrólogos, una subespecie de periodista realmente dañina por cuanto está más interesada en los entresijos de la cumbre, en sus mecanismos internos y liturgias, que en el propio contenido y trascendencia de la misma. Los cumbrólogos suelen alimentar nuestra ansiedad informativa porque siempre que hablan uno tiene la sensación de que saben algo que tú deberías saber. Ellos, supuestamente, manejan las claves ocultas de la cumbre y saben descifrar las señales casi imperceptibles que emiten los mandatarios, los ecologistas y hasta el personal de seguridad. Parafraseando a Rosa María Calaf, la veterana periodista de TVE, cuando uno los ve aparecer en uno de estos encuentros no puede evitar este pensamiento: «Ya están aquí los especialistas que tanto saben de cubrir cumbres y nada saben de la cumbre que tienen que cubrir«. Periodistas que escriben para otros periodistas, o para que sus jefes admiren sus habilidades, pero que olvidan quiénes son sus verdaderos receptores.

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Desde 1992, cuando viajé a la Cumbre de Río, mucho han cambiado las cosas en el periodismo ambiental, pero la esencia de este oficio sigue siendo la misma: hacer comprensible lo complejo a receptores no especializados.

Tampoco hay que obsesionarse con las primicias, ni siquiera con estar a la última de lo que se cuece en la cumbre. Con las herramientas de comunicación disponibles en la actualidad aquellos ciudadanos realmente interesados en conocer las novedades de la reunión estarán conectados directamente a las mismas fuentes que nosotros, de manera que, casi siempre, tendrán la información al mismo tiempo (o incluso antes) que nosotros. Y para el común de los mortales, para los receptores no especializados, lo importante es cómo se lo vamos a contar no cuándo se lo vamos a contar. Lo importante no es llegar el primero, lo importante es explicarlo mejor que nadie, interpretar la información, procesarla de tal manera que tenga sentido para nuestros receptores.

Y esto último tiene mucho que ver con otro concepto fundamental en cualquier cumbre internacional: debemos anteponer los intereses locales (con todos sus matices) a la perspectiva globalizada (demasiado simplista). Por razones obvias, este tipo de reuniones están dominadas, desde el punto de vista informativo, por los grandes medios (la mayoría de ellos anglosajones), los medios globalizados que necesitan de un discurso homogéneo, no sometido a la variabilidad de los múltiples paisajes en donde se va a consumir la información. Pero, ¿cómo explicar la trascendencia del cambio climático sin bajar a la escala local, sin acomodarlo a escenarios domésticos, sin vincularlo a actividades que nuestros receptores puedan identificar sin dificultad? ¿Qué sentido tiene, para un vecino de Sevilla o una vecina de Almería, hablar de la fusión de los glaciares patagónicos?

En este tipo de cumbres, a pesar de todos los obstáculos que se nos presentan y frente a la hegemonía de los grandes medios, hay que defender el periodismo de proximidad. El domingo, cuando aterrice en Paris y tenga que empezar a tejer las primeras crónicas para los Informativos de Canal Sur Televisión, atenderé a las negociaciones que se están produciendo en la COP21, claro que sí; a los compromisos que están presentado los países para reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero, sin duda; a las declaraciones y contradeclaraciones de mandatarios y portavoces políticos, por supuesto; pero, sobre todo, tendré presente la conexión que todos esos elementos tienen con Andalucía, con los andaluces. Trataré, en definitiva, de interpretar la información para situarla en un contexto de proximidad y así generar verdadera conciencia.

El periodismo de proximidad es la antítesis del periodismo de convocatoria, ese que sólo se alimenta de notas y ruedas de prensa, o de comparecencias vía plasma. Un periodismo en el que no hay sitio para los cumbrólogos ni para los que andan obsesionados con la exclusiva. Un periodismo que se ejerce con calma, con el reposo que requiere cualquier reflexión, porque la ansiedad informativa, aunque forma parte de la épica y la estética de este oficio, es un veneno que destruye nuestro objetivo más preciado: la comprensión.

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