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Correlimos-Tridáctilo-03

Correlimos tridáctilo (Foto de Daniel Meraviglia-C en http://fotosdeavesbyloro.blogspot.com.es/).

Paseaba aparentemente distraído, desafiando a la ciclogénesis explosiva (que es una manera algo retorcida, y muy mediática, de llamar a los temporales de toda la vida). Picaba un poco de aquí, correteaba, picaba un poco de allá… Supongo que andaba buscando, con algunos colegas, pulgas de mar para el desayuno. Y desde luego nuestra presencia, a media distancia, le resultaba absolutamente intrascendente.

El correlimos tridáctilo (Calidris alba) se mimetizaba con los brillos del agua y con el vaivén de la espuma. Apenas 50 o 60 gramos de pajarillo inquieto al que pocos, fuera de los círculos ornitológicos, considerarían capaz de volar más allá de esa extensa playa gaditana por la que, el pasado sábado, estirábamos las piernas, y el espíritu, con las primeras luces.

Y, sin embargo, esa pequeña y rechoncha ave zancuda, tan elegante como nerviosa, es una de las muchas migrantes capaces de recorrer miles de kilómetros para pasar el invierno en estas tierras del sur. Para ser exactos, aquel grupo de correlimos es muy posible que llegaran a Cádiz, a mediados de otoño,  procedentes de las costas de Groenlandia, las islas Feroe o el norte de Escandinavia. Un viaje de más de 3.000 kilómetros, con muy pocas escalas, que, discretamente, se repite año tras año.

Los biólogos siguen estudiando los complejos mecanismos de orientación que permiten a estas aves determinar con precisión las rutas a seguir. En algunos casos utilizan como referencia la posición del sol o las estrellas; en otros se guían por la topografía del terreno, reconociendo los diferentes accidentes geográficos que encuentran a su paso; o bien aprovechan la declinación magnética, como si utilizaran una suerte de brújula interna capaz de determinar el rumbo correcto. O quién sabe si combinan varias de estas herramientas.

Aunque el estímulo de migrar es un impulso innato en estas especies, es decir, nacen con él, el momento justo para iniciar el viaje lo determina lo que algunos científicos llaman el «reloj biológico». Este mecanismo podría tomar como referencia la duración de los días solares o la temperatura, al igual que ocurre con las plantas. Este reloj suele ser extremadamente preciso y, así, en determinadas especies, se ha llegado a comprobar cómo, todos los años, en primavera, alcanzan sus territorios de cría en la misma semana.

Pero, ¿qué más da toda esa información? ¿De qué sirven tantos datos y cifras? ¿Los necesita un niño cuando se sorprende de la presencia de estas aves sorteando las olas? El asombro no necesita de ninguna erudición. Sólo hay que saber mirar y poner en esa mirada algo de sentimiento, una cierta empatía con todo lo vivo.

9788499201474La casualidad quiso que un día antes de ese paseo invernal a pie de playa descubriera, en una librería de Madrid, una pequeña joya (para no desentonar con el tamaño de la zancuda): El sentido del asombro (Rachel Carson, Editorial Encuentro). Un texto muy breve, inédito en español, de la autora de Primavera silenciosa, la obra que, en 1962, despertó la conciencia ambiental de millones de personas alertando sobre los devastadores efectos del uso incontrolado de pesticidas. Carson fue una pionera de la divulgación ambiental y en ese texto, tomado de una de sus conferencias, defiende el valor del asombro como motor del conocimiento y el aprecio por la naturaleza. Y que mejor ejemplo que el de los inquietos correlimos…

Yo creo que el valor de jugar a identificar depende de cómo se juegue. Si es un fin en sí mismo creo que no tiene mucha utilidad. Es muy fácil recopilar extensas listas de criaturas vistas e identificadas sin que se te haya cortado la respiración por la maravilla del prodigio de la vida. Si un niño me hiciera una pregunta que insinuase una apenas perceptible conciencia acerca del misterio que subyace tras la llegada a la playa de la migración del correlimos una mañana de agosto, yo estaría mucho más feliz por el mero hecho de que supiera que es un correlimos y no un chorlitejo”.

 (El sentido del asombro, Rachel Carson)

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