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Posts Tagged ‘creatividad’

La de cosas que está iluminando este virus. La de personalidades, bien trajeadas, que quedan al desnudo cuando aparece una emergencia. La de discursos romos que retratan a los que, en tiempos de bonanza, se nos presentaban como chispeantes interlocutores. Con qué facilidad, cuando nos alcanza la tormenta, se quiebra la falsa empatía y aparece el sálvese-quien-pueda.

Esta pandemia ha multiplicado algunas perturbaciones sociales hasta convertirlas en insana costumbre, uno de esos hábitos casposos que, sin apenas oposición, se extienden a mayor velocidad que los patógenos. Por ejemplo, hemos descubierto con asombro que el país cuenta con cientos de miles de epidemiólogos aficionados, guardias civiles voluntarios y economistas de fin de semana, a los que tenemos que padecer en sus delirantes juicios, incómodas denuncias y absurdas recetas.

Hay en esta caterva de borregos un grupo que me resulta particularmente incómodo y dañino, un rebaño que lleva con nosotros toda la vida pero que en momentos de zozobra se viene arriba y nos da la turra hasta límites insoportables. Son esos profetas del apocalipsis que culpan de todos los males a los «jóvenes», así, en sentido genérico. Resulta paradójico verles hablar del futuro de sus hijos y de sus nietos, a boca llena, y, al mismo tiempo, atizarles a los «jóvenes» por su manifiesta irresponsabilidad, esa que, a su espantado juicio, nos conduce al precipicio.

Recibo vídeos de señoras repintadas, así como muy modernas, que cargan contra los jóvenes por salir a la calle cual «descerebrados» poniendo en peligro a toda la sociedad (al universo en su conjunto, diría yo). Leo parrafadas en Facebook de otoñales gurús, progres de toda la vida, que señalan a los jóvenes, «maleducados» en su conjunto, como únicos responsables de la suciedad que se desparrama por nuestras calles y parques, de la indiferencia frente al cambio climático y del derroche energético.  Acumulo tuits de ingeniosos internautas que reclaman el internamiento (¿Guantánamo?) de los «jóvenes», sin rechistar, para evitar la cuarta, la quinta o la sexta ola pandémica.

No es cuestión de DNI, aquí nada tiene que ver la partida de nacimiento, sino de discurso. Quien así se expresa se ha hecho viejo de golpe, carcamal sin remedio. No sabría decir hasta dónde se extiende la juventud pero no hay duda de que en estos casos se ha extinguido para no volver.
Y digo que desconozco los límites de la mocedad porque he tenido el privilegio de tratar a jóvenes sexagenarios, septuagenarios, octogenarios y nonagenarios como María Novo, Satish Kumar, José Manuel Caballero Bonald o Clara Janés, a los que, jamás, he oído hablar de los «jóvenes» como una excrecencia social, como una perturbación, como alienígenas de imprevisible y peligroso comportamiento. Al contrario, han celebrado, celebran, el fértil estímulo que brindan los pocos años, el atrevimiento de la adolescencia, la frescura de los que, como resueltos exploradores, se internan por territorios desconocidos, la compañía de los que aún tienen pocos miedos y casi ninguna posesión, la creatividad de los que se saltan las reglas. Son jóvenes que hablan de los jóvenes, entre iguales, sin juicios, sin condenas, sin ni siquiera dar lecciones (o haciéndolo con la humildad de quien no está seguro a pesar de la experiencia).

Nuestras ciudades (hostiles) no las han diseñado los jóvenes. El cambio climático no ha venido de la mano de los jóvenes. Las desigualdades, las guerras, las hambrunas… no son obra de los jóvenes. Ellos son las víctimas y, aún así, los victimarios se quejan de lo irresponsables que son los «jóvenes».

El parrandeo sin mascarilla ni distancia se hace muy visible en la calle (el territorio natural de los jóvenes), y absolutamente discreto en los jardines de las unifamiliares (en donde se refugian los más talluditos). La diversión a puerta cerrada, el aislamiento y la moderación son cosas de adultos (con haberes). ¿Qué porcentaje de jóvenes incumplen las medidas de seguridad? ¿Alguien lo sabe? ¿Por qué se carga de manera tan desproporcionada contra los jóvenes?

Mis redes sociales están repletas de viejunos a los que se les ha averiado la empatía (o nunca llegó a funcionarles). Desprecian, a pesar de su aparente erudición, el coste colectivo que tendrá la ausencia de vida universitaria presencial, la limitación en los viajes o en las actividades culturales, las relaciones afectivas cercenadas, el miedo a un futuro más incierto que nunca. A estos carcas sólo les interesa de los «jóvenes» ser el argumento bienintencionado de sus minúsculas acciones («lo hago pensando en el futuro de los más jóvenes») o los destinatarios de su cabreo existencial («con jóvenes así no vamos a ninguna parte»).

En una cosa tienen razón: hay jóvenes que no respetan nada. Menos mal: esta es la única esperanza posible.

Nota al pie: No quiero imaginar cómo eran estos carcas cuando tenían 16, 18, 20 años… si es que alguna vez los tuvieron.

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Hay ciertas cosas que sólo son capaces de hacer los niños, y no digamos las niñas…

Soy un tozudo defensor del echarse-a-un-lado, del apartarse-y-abrir-espacios; de no aburrir con lo de siempre, con los de siempre, con las rutinas autocomplacientes que conducen a los resultados… de siempre.
Colaboro en múltiples iniciativas sociales de vanguardia, dedicadas a la reflexión y a la acción sobre cuestiones que afectan a nuestro futuro común, pero hace tiempo que empecé a establecer unos mínimos criterios de selección para optimizar el uso de la energía (un bien limitado), potenciar la relevancia (ni siquiera hablo de utilidad, que eso son ya palabras mayores), alimentar la diversidad (algo innegociable) y, sobre todo, para no sumar más contradicciones a las que uno ya arrastra.
Por eso abandoné discretamente aquellos círculos donde la presencia de la mujer era residual, decorativa o nula. Me marché, sin hacer ruido, de las agrupaciones donde no había lugar (por acción u omisión) para los más jóvenes. Y ahora no se me apetece nada consumir esfuerzos en espacios donde se habla de futuro sin la presencia de niños. Sí, estoy por la infantilización de los debates, un compromiso que, más allá del postureo verbal, exige, como primera condición, un generoso paso atrás: que la vanguardia la ocupen las vanguardias (es lo lógico, ¿no?).
Para contar, escuchar y hacer lo de siempre… ya tengo a los de siempre… con los resultados de siempre. Y, sinceramente, más allá de un cierto entretenimiento narcisista (al que todos somos vulnerables) este bucle monocorde entre iguales me parece un empeño muy poco estimulante, aburrido y escasamente fértil.
En fin, cosas mías…

PD: Como a cuenta de mi reflexión ya se ha abierto un cálido debate en Twitter, añado un matiz al hilo de un comentario, oportunísimo, de Tomás García, quien advierte del necesario equilibrio entre «la inspiración que aportan los jóvenes y la fuente de sabiduría que, en todas las culturas, proporcionan los viejos, aunque esto último sea políticamente incorrecto». Totalmente de acuerdo con Tomás, pero en determinados escenarios (creo) los mayores están, estamos, sobrerrepresentados y, lo que es peor (creo), estamos auto-investidos de una sabiduría sobrevalorada (sólo hay que ver cómo hemos resuelto, o no-resuelto, algunos problemas vitales). Ni tanto, ni tan calvo… El «eso-ya-te-lo-decía-yo», el «yo-ya-lo-sabía» y la petulante «voz-de-la-experiencia» reducen notablemente su valor en territorios, como el del cambio climático, absolutamente inéditos y, por tanto, absolutamente desconocidos. Territorios en donde se requiere de mucha imaginación y atrevimiento, valores que (ley de vida) van mermando con los años.  Lo dicho: establecer una auténtica y generosa diversidad, esa que a los mayores nos cuesta muchísimo.

PD2: Casi me olvido, en el capítulo de la selección por criterios higiénicos, de la reputación digital. Tampoco acudo ya, perdonadme, a foros presenciales donde adquieren la condición de sensatos polemistas aquellos individuos que en el mundo virtual (redes sociales y otras hierbas) no respetan las más mínimas (muy mínimas) reglas de cortesía, buena educación, tolerancia, empatía y lenguaje exento de insultos y menosprecio. Los hoolingans, en carne o en espíritu (electrónico), con los hooligans.

Sugerencia a pie de página (21.1.20): Ningún espacio de debate sobra, como tampoco sobra ninguna iniciativa que busque extender la conciencia social sobre el cambio climático, pero en el terreno de la acción ciudadana no termino de entender la necesidad (aunque sea bienintencionada) de dividir el esfuerzo, multiplicando pancartas, voceros y manifiestos, en vez de sumarse al empuje que ya ha nacido, con fuerza y sin fronteras, desde los colectivos más jóvenes. De lo que hablo es de prestar ayuda, en silencio y desde las bambalinas (¿quién necesita, y por qué, presumir de esta cooperación intergeneracional?), a los Fridays for Future en las muchas parcelas en las que sí agradecerían, creo, la cooperación intergeneracional (no, no son precisamente las parcelas referidas a los objetivos, el contenido del mensaje, los métodos de decisión y acción, o los canales y formatos de difusión, asuntos que tienen muy claros y que se materializan de acuerdo a unos criterios afortunadamente muy alejados de los que aplicaríamos los adultos). Quizá podríamos llamarlo, podríamos llamarnos, Friends for Fridays o, con mayor intención si cabe, Fairplay for Fridays. Una retaguardia eficaz y generosa, humilde, discreta; una retaguardia que brinda apoyo desde la experiencia (sí, de esa tenemos) y la abundancia de medios (también en eso los adultos solemos andar con más soltura que los jóvenes -y no digamos que los niños-), pero que no ocupa el espacio que a la vanguardia le corresponde, ni tampoco le da lecciones ni le afea sus errores.

Ayudar, orientar, asesorar, auxiliar, financiar, defender, consolar, acompañar,… ¡ Se pueden hacer tantas cosas para favorecer las vanguardias sin usurpar la cabeza del pelotón ! Y no, no me vale como excusa el argumento de aquellos adultos que dicen ocupar ese espacio para garantizar el futuro de sus nietos, convirtiendo así en irrelevante el presente de sus nietos y de sus hijos, un presente trufado de aportaciones propias (silenciadas). No podemos, no debemos, ser propietarios de nuestro propio presente, y del presente de nuestros hijos, y del presente de nuestros nietos y del futuro universal. Eso es sí que es un Ministerio del Tiempo, egoista, monolítico y plenipotenciario. Cada cual es dueño de su propio tiempo y el de mis hijos es… de mis hijos.

Lo dicho: no es fácil dar un paso atrás (porque el ego y el vértigo vital son muy puñeteros), pero considero que en este empeño, y aunque resulte paradójico, un paso atrás nos va a ayudar, a todos, a dar varios pasos adelante.

 

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Fragmento de la conferencia «El círculo de la voluntad» que dicté en el acto de entrega de los Premios de Comunicación Flacema (Sevilla, 26 de octubre de 2017).  

Para salir airosos de la encrucijada a la que nos conduce el debate en torno a la Economía Circular, y hablando de la cooperación como herramienta decisiva, resulta imprescindible el concurso de los medios de comunicación generalistas, el trabajo de los periodistas que deben, que debemos, trasladar a públicos heterogénos y no especializados la complejidad de estas cuestiones que nos enfrentan a nuestra propia supervivencia. Vivimos prisioneros de los sucesos, que nos entretienen, captan la atención y encienden el debate, pero que difícilmente generan conocimiento. Esta, la información ambiental, es una información de procesos en la que hay que señalar causas, consecuencias, actores, soluciones…, y la atención a todos estos elementos requiere tiempo y conocimiento, reposo y mirada democrática. Los problemas ambientales se llevan muy mal con el periodismo urgente, plagado de inexactitudes y ruido (con frecuencia interesado).

Tampoco conviene caer en la trampa de sentirse más cerca de nuestras fuentes que de nuestros receptores. Cuando un periodista se pone a escribir sólo puede militar en el periodismo. No somos ecologistas, ni somos portavoces de la industria, ni nos alineamos con la Administración… por muy loables que sean sus argumentos: únicamente nos debemos a nuestros receptores. Si nos identificamos con nuestras fuentes hasta el extremo de confundirnos con ellas es fácil que caigamos en un periodismo reduccionista, ese que se asoma a una realidad complejísima y la simplifica hasta obtener un tranquilizador (o inquietante) escenario de buenos y malos, un paisaje de negros y blancos del que han desaparecido los infinitos matices en los que  buscar una explicación, una solución. El periodismo no debe perseguir adhesiones sino argumentos.

¿Qué quieren nuestros receptores? Que les ayudemos a entender la complejidad del mundo que les rodea sin hurtarles ninguno de los elementos que lo componen, incluidas incertidumbres, contradicciones y zonas oscuras. Por eso un periodista, el verdadero periodista ambiental,  necesita una mirada abierta, democrática y conciliadora. Es más importante entender que juzgar, pero es más fácil juzgar que entender. Y no es que los juicios sean malos per se, es que un buen juicio necesita comprensión, interpretación, argumentos, tiempo… Pero un escenario periodístico frenético, entregado a la urgencia del suceso, la denuncia o la exclusiva, se alimenta no de juicios sino de prejuicios (que son fáciles y rápidos, pero que con frecuencia traicionan el verdadero conocimiento de un problema y la búsqueda cooperativa de soluciones).

Insisto: nuestros receptores no quieren, ni merecen, juicios (y menos prejuicios), ni sentencias y condenas rápidas, inapelables, ni siquiera manuales sobre lo que deben o no deben hacer.  En el periodismo en general (y en el ambiental en particular) necesitamos más creatividad que reactividad. Necesitamos una mirada plural, formada, reposada y conciliadora. Y aunque esta es, sobre todo, una responsabilidad nuestra, de los propios periodistas, no lo es menos de cierta clase política, esa que aplaude al peor periodismo, y de algunas fuentes cualificadas (industria, ecologistas, científicos…) que a veces prefieren comportarse como enemigos y no como aliados de los medios de comunicación, sobre todo en cuestiones de tan evidente calado social como es el modelo de desarrollo con el que podemos escapar del desastre.

Abrir espacios como este, donde diferentes voces pueden entablar un diálogo reposado, plural y en libertad, en torno a problemas ambientales complejos, es lo que más necesitamos. Insisto: quizá con más urgencia que leyes o inversiones. Dice mi amiga María Novo, catedrática de Educación Ambiental, y dice bien, que en torno a algunas cuestiones ambientales hemos generado mucho más conocimiento que relaciones, y que, quizá, hay que insistir en las relaciones para poder salir de esta crisis que amenaza nuestra propia supervivencia. Y Einstein aseguraba que en momentos de crisis es más importante la imaginación que el conocimiento. Necesitamos más relaciones, más imaginación, más creatividad, más diálogo, más cooperación, más transparencia, más serenidad… Necesitamos inversiones y tecnología, claro que sí, pero sobre todo necesitamos herramientas intangibles y gratuitas que sólo precisan de nuestra voluntad, la de todos.

 

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La portada del disco If Not Now, When?, del grupo Incubus (al que, dicho sea de paso, nunca he escuchado), es la imagen que hace algún tiempo elegí para identificarme en Whatsapp (advirtiendo, eso sí, que: «Me río para mantener el equilibrio«). No sé enfrentarme a la incertidumbre, al vaivén entre el éxito y el fracaso, de otra manera…

 

Nunca habíamos coincidido pero estaba seguro que en el diálogo que nos proponían los organizadores del X Congreso Internacional sobre Investigación en la Didáctica de las Ciencias íbamos a compartir no pocos puntos de vista en torno a algunos elementos que a ambos nos preocupan y que nos parecen decisivos en cualquier debate en torno a la educación y la comunicación de la Ciencia. El rigor, la creatividad, el optimismo o la empatía son valores en los que ambos nos reconocemos y a los que casi siempre nos referimos en nuestras intervenciones.

Con quien tuve ocasión de dialogar hace algunos días, y reconocerme en estas y otras virtudes, fue con José López Barneo, uno de los investigadores más relevantes en el campo de las enfermedades neurodegenerativas, catedrático de Fisiología y director del IBIS (Instituto de Biomedicina de Sevilla). Un periodista y un médico borrando la frontera, anacrónica y estéril, entre las dos culturas.

Frente a un auditorio compuesto por cerca de 800 especialistas llegados de medio mundo e interesados en contribuir a una mejor educación científica, recorrimos algunos de los problemas que dificultan ese esfuerzo, pero también detallamos las soluciones que nos hacen mantener la esperanza en el desarrollo de una sociedad más culta, más crítica y más libre.

Aunque resulte paradójico, el valor que más celebré a lo largo de todo el diálogo, quizá porque suele mantenerse oculto a pesar de su trascendencia, fue el del fracaso. Frente a esa corriente simplona y conformista que quiere hacernos creer que en la cultura científica sólo caben el éxito, la diversión y el asombro, insistí en la necesidad de mostrar (también) el esfuerzo, el error, los tediosos procedimientos a los que se somete el método científico, la falta de reconocimiento y, desde luego, el fracaso, el fracaso como motor de las mejores hazañas. Y justamente en este punto es en donde López Barneo, gracias a su propia experiencia, introdujo algunos matices que arrojaron más luz sobre una cuestión condenada a una cierta oscuridad.

Es necesario apreciar en el fracaso un motivo para medir la verdadera voluntad de un individuo. Esa era la tesis de José López Barneo, la que nos unió, entre otras coincidencias, durante el diálogo sobre educación científica.

En esta tierra, confesó el científico, existe una cierta “celebración del fracaso” entendido como demérito, como tropiezo que únicamente da idea de la mediocridad de aquellos que no consiguen alcanzar sus objetivos. Si un vecino abre un negocio y le va mal, explicó, aquellos que le rodean, o muchos de los que le rodean, sienten un íntimo regocijo, una confirmación de sus peores presagios, una celebración del batacazo. Casi nadie aprecia en el fracaso un motivo para medir la verdadera voluntad de un individuo, su capacidad de sacrificio, la dimensión real de su esfuerzo, la disposición que tiene para adaptarse, para reinventarse, para intentarlo una y mil veces más.

En Estados Unidos, precisó López Barneo, donde no suele existir esta celebración del fracaso ni tampoco ese pudor a admitir que uno ha fracasado, hay quien incluye en su currículum justamente eso: las veces que intentó alcanzar un determinado objetivo, las veces que fracasó antes de conseguirlo. Y esta confesión no sólo no es un elemento que provoque el desprecio de sus semejantes, ni siquiera que invite a un cierto pitorreo, sino que, por el contrario, es el mejor aval para que a uno lo consideren una persona tenaz y decidida, de esas que no le tienen miedo al fracaso, de esas que no se rinden con facilidad.

Me gustaron estas apreciaciones, estas evidencias en torno al valor del descalabro, este elogio de la derrota que tantas satisfacciones nos podría aportar, por ejemplo, en la educación de nuestros hijos, en la defensa de nuestra carrera profesional o, incluso, en nuestras relaciones sociales (siempre sometidas al escrutinio de los que piensan que la felicidad es incompatible con los fracasos emocionales). Y que conste, para que el elogio tampoco se nos vaya de las manos, que una sucesión de fracasos no garantiza, en si misma, el éxito, pero de lo que no hay duda es de que el fracaso nunca debería ser la excusa para no intentarlo (al menos) una vez más (haciendo el esfuerzo oportuno para identificar la pieza que falló, lo que no funcionó como esperábamos, para buscar el mejor remedio).

Curiosamente no fueron americanos, sino mexicanos, los que pusieron en marcha las Fuckup Nights,  breves conferencias (al estilo de lasTed Talks) que cualquiera puede proponer (en directo o grabadas) para relatar su fracaso personal, el doméstico relato de su patinazo, la historia íntima de sus naufragios. Un magnífico ejemplo de cómo el fracaso llega a ser tan valioso que termina convirtiéndose en una herramienta de aprendizaje compartido (siempre que las lecciones se compartan de igual a igual, con humor y humildad, y no haya, por tanto, juicios maniqueos ni doctos sermones). El modelo ya se ha trasladado a algunos escenarios cercanos como el Campus Gutemberg (Universidad Pompeu Fabra), que en sus premios dedicados a prácticas inspiradoras en comunicación científica pide a los candidatos que sean “valientes” y se atrevan a explicar algo “que no salió bien” pero de lo que aprendieron muchísimo, sobre todo para evitar que “otros repitamos el mismo error”.

Me costó tiempo aprender (por una vez, la edad juega a favor) pero, con cierta paciencia y aplicación, he conseguido no temerle al fracaso (si en el empeño he puesto todas mis capacidades, of course). Mucha más inquietud me causan los que celebran el fracaso ajeno, es decir, los auténticos fracasados, y, sobre todo, me espantan aquellos que emplean gran parte de su existencia en zancadillear al prójimo para que, si es posible, no alcance sus metas. Después de reivindicar, como hizo López Barneo, el valor del fracaso e incluirlo en el relato de nuestra experiencia profesional, habrá que ocuparse de aquellos otros que favorecen el fracaso, promoviendo, por ejemplo, su inclusión en los títulos de crédito de una película o un documental, o en las citas de cualquier obra escrita. Si raramente nos olvidamos de agradecer a quien nos ayuda, ¿por qué no indicar, con nombre y apellido, quién hizo todo lo posible por hundir nuestro proyecto? Ese capítulo podríamos titularlo “A pesar de…”, porque si finalmente conseguimos sortear sus zancadillas es justo reconocer el esfuerzo (miserable) de los que intentaron hacernos fracasar… sin conseguirlo.

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Algunos lobos no aguantan frente a una buena Caperucita. ¿Quién se iba a comer a quién?

Hubo un tiempo en el que existía un tremendo abismo entre la gravedad de los problemas ambientales que nos acechaban y el grado de conocimiento que la sociedad tenía de ellos. Tan grande era esa grieta que la única manera de llamar la atención sobre la urgencia de actuar era levantando la voz. Gritar es necesario (a veces), imprescindible (a veces), sobre todo si te diriges, ignorante, hacia el precipicio en medio de un peligroso silencio.

Lo malo es cuando, a fuerza de gritar, conviertes el discurso agresivo en el único posible y, para colmo, defiendes su necesidad por encima de cualquier otra estrategia. En el primer mundo casi nadie puede decir hoy, con mayor o menor grado de conocimiento,  que no sabe cuáles son los problemas ambientales que nos amenazan (otra cosa es la conciencia y las acciones que se deriven de ese conocimiento, pero en esta segunda fase, tan delicada y crucial, sí que resulta inútil la agresividad). Los problemas son prácticamente los mismos, su conocimiento mucho mayor, pero, visto lo visto, no parece que seguir gritando ayude mucho a evitar el desastre.

Estoy aburrido de los gritones, de los que están convencidos de que esta es una guerra en la que, como todas las guerras, primero se dispara y luego se pregunta. Estoy cansado de esa lucha estéril que lideran los que piensan que el mejor argumento es un buen garrotazo, y así terminan a la gresca, incluso, con sus aliados naturales. Me resulta paradójico oírles hablar de derechos, de igualdad, de justicia, de bondad o de belleza, usando un lenguaje belicista trufado de insultos y descalificaciones. No me reconozco en los que siempre piensan mal, en los que juzgan sin conocer, en los que condenan antes de comprender. Si un futuro mejor depende de tipos así, si ellos son los que podrían construir ese mañana… casi mejor me quedo con este presente, averiado, en el que uno todavía puede expresarse, y discrepar, sin necesidad de que ningún líder supremo le conceda un certificado de pureza.

No, no creo que sea el momento de la reactividad, creo que lo que se necesita ahora es (mucha) creatividad. Los que pueden liderar este tránsito difícil (quien sabe si imposible) no necesitan gritar, necesitan pensar, y hacerlo de manera diferente, heterodoxa, a contracorriente, pero serena.

cagsnq1uyaabnywMañana tengo que dar una conferencia en la apertura del curso académico de la Facultad de Ciencias del Mar y Ambientales de la Universidad de Cádiz. Lo más fácil, y seguramente lo que contaría con el aplauso de un grupo de chavales que ahora se lanzan a un mundo hostil, sería hablarles de la reactividad sin límite que algunos esperan de ellos, de la hostilidad con la que deben manejarse frente a lo que no es justo, de la agresividad que necesitarán derrochar cuando se trate de defender la igualdad, la belleza o el futuro. Pero no, esos son los argumentos facilones de los mediocres (y habrá mediocres que se manejarán con ellos creyéndose auténticos mesías). Si hay esperanza, si hay alguna esperanza, nacerá de la creatividad, de la innovación, del discurso firme pero pacífico, de los argumentos, innegociables, pero serenos. Gritar y pensar, al mismo tiempo, es imposible.

¿Gritar? Que griten ellos, que griten otros…

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Casi todo el mundo admira la creatividad, pero luego la castiga, la castigamos, sobre todo si cuestiona nuestras creencias. Nos gustan, no nos engañemos, los cerebros grises y ordenados…

Hace algunos días disfruté presentando en la Casa de la Ciencia de Sevilla el último libro de Pere Estupinyá («El ladrón de cerebros. Comer cerezas con los ojos cerrados», Editorial Debate). Como en asuntos de literatura, aunque sea científica, nunca pacto con la impostura me leí el libro hasta la última línea y, de manera inconsciente pero constante, fui tejiendo las infinitas conexiones que el ensayo de Pere me sugería. Confieso que lo que realmente me apetecía del acto, curado ya de la simplona vanidad del estrado, era conocer a Pere y charlar un rato con él a propósito de esas conexiones, de esas inquietudes comunes, del compromiso, compartido, que nos arrastra a contar lo complejo de una manera asequible y divertida. Y hacerlo, además, en buena compañía.

Hablamos del ¿interés? que la divulgación científica suscita en las librerías y bibliotecas españolas; de la imaginación y de la filosofía aplicadas al quehacer de los científicos; del fracaso y del idealismo en un terreno en el que ambos elementos se juzgan ¿inútiles?; del morbo mediático que tienen las certezas y la inquietud que nos causan las incertidumbres; de la estéril, y tramposa, ciencia low cost; del asombro, el placer de aprender y el optimismo (no ingenuo, como precisó Pere) con el que deberíamos lanzarnos a explicar todo lo que nos rodea; de la Ciencia del sexo y el amor, y de cómo es posible que exista tal disciplina sin traicionar la poesía… Hablamos, en fin, de la Ciencia vivida, de la  pasión, y el vértigo, con los que nos asomamos a lo desconocido para tratar de contarlo y así compartirlo.

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Con Pere y Quique Figueroa, en la entrada de la Casa de la Ciencia (Sevilla), antes de conversar a propósito de la creatividad y otras fantasías propias de la juventud…

Es difícil sorprender a Pere, «consumidor omnívoro de Ciencia», con una apreciación o un dato del que no tenga referencia y que, además, despierte su curiosidad (e, inmediatamente después, su voracidad ). Pero ocurrió.

Una de las cuestiones que vengo rumiando desde hace tiempo tiene que ver con las vocaciones científicas y los múltiples elementos que influyen en ellas. En realidad me interesa ese chispazo, aparentemente primario, que nos hace decantarnos por una tarea u otra, por un porvenir u otro; un chispazo en el que hay elementos imponderables, claro que sí, pero en el que influyen, a veces de manera determinante, otros muchos factores que sí podemos precisar (y alabar o lamentar). Hay magia en esa decisión, con frecuencia temprana, pero también hay cálculo y, lo que es peor, oscuras determinaciones.

Lo que sorprendió a Pere fue el estudio que cité para apuntalar mi tesis a propósito de lo que podríamos llamar la paradoja de la creatividad alabada pero perseguida, un problema que penaliza cierto tipo de vocaciones poco convencionales. Es decir, casi todo el mundo admira la creatividad, pero luego la castiga, la castigamos (sobre todo si cuestiona nuestras creencias). El sistema educativo, no nos engañemos, premia la imitación, la uniformidad, la memorización, el orden… Y penaliza la intuición, la individualidad, la diferencia, el riesgo, el atrevimiento… Y así ocurre en cualquier orden de la vida, da igual si estamos tratando de resolver un problema matemático o si no sabemos cómo enfrentar una crisis de pareja. La creatividad, si va a contramano, no está bien vista.

Hasta aquí Pere y un servidor, además de la selecta audiencia que acudió a la Casa de la Ciencia, estábamos más o menos de acuerdo pero, fiel al espíritu del acto que nos congregó, decidí aportar algunas evidencias científicas que fueron las que, en definitiva, sorprendieron al divulgador. En un artículo de Gonzalo Toca a propósito de esta paradoja, se cita un estudio, muy llamativo, de dos psicólogos norteamericanos que viene a reforzar la susodicha tesis:

«A los psicólogos estadounidenses Valina Dawson y Erik Westby se les ocurrió en 1995 la genial idea de cruzar los datos de los alumnos creativos de una clase y los de los favoritos de los profesores. Entonces descubrieron que los maestros dicen admirar la creatividad, pero prefieren a los niños obedientes. Se comportan como los jefes que esos mismos niños encontrarán cuando tengan que trabajar. El mensaje que reciben desde la infancia es claro: el reconocimiento y la estima de la autoridad dependen de la habilidad con la que ejecutemos sus órdenes. Nos pagan para pensar, no para discrepar«.

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Despacho de Albert Einstein (1955). Se ve un poquito desordenado… Así no hay quien formule la teoría de la relatividad… o sí…

Vaya, la Ciencia ha puesto el dedo en la llaga… ¿Qué hacemos para defender la creatividad en una sociedad así, en un sistema educativo así, en unas empresas así, en unas parejas así, en unas familias así? ¿Quién protege a los creativos? ¿Quién los defiende de la rutina y el orden? ¿Quién se ocupa de estos exploradores  sin los que resultará imposible descubrir soluciones a los grandes problemas de la humanidad, desde el cáncer hasta la depresión pasando por el cambio climático? ¿Quién, sin entenderlos, juzgará imprescindible su manera de hacer, heterodoxa y hasta caótica? ¿Cómo sobrevivirán a los mediocres y a los estúpidos, siempre conspirando en contra de la diferencia?

«Quizás lo más misterioso de las personas creativas -concluye Toca- no sea ni la fuente de su inspiración ni su manera de surfear —o de ahogarse ocasionalmente— en la adversidad, los grandes planes o las pasiones extremas. Lo más fascinante es la forma en la que resurgen y sienten sus pensamientos y sus emociones, por dolorosas o alegres que sean, como un continente por explorar, por imaginar, por intuir. Son los exploradores de un pequeño planeta… y ese planeta no es otro que su mirada. Una mirada de infinita curiosidad«.

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¿Quién es este hippy? Perdón, es Le Corbusier en el estudio de su «cabanon de vacances» (Roquebrune-Cap Martin, Francia, 1951)

Cuando yo mismo, en mi papel de padre sobrepasado, me debatía en ese monólogo interior en el que se enfrentan la tranquilizadora (y aburrida) llamada al orden con la silvestre (y peligrosa) inclinación a la creatividad, mi amiga Palir Paroa sacó de su chistera, siempre repleta de bromas inteligentes, un sencillo párrafo que resuelve el dilema:

«Señores Da Vinci, su hijo no tiene remedio. No se centra. Ahora pinta, ahora esculpe o inventa máquinas voladoras. Les paso a la psicóloga«.

 

 

 

 

 

 

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