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Hubo un tiempo en el que (casi) bastaba con una vieja máquina de escribir y un cigarrillo…

Hace diez o quince años un panel titulado “El periodista ambiental: los pioneros” hubiera sido una magnífica excusa para lanzarnos al relato de unas cuantas batallitas, de esas que invitan a la risa, sacándole de paso un poco de brillo al ego, ese monstruo al que tanto cuesta dominar en este oficio de locos.  Pero hoy, en los últimos días de 2013, un panel con ese título obliga a domar la nostalgia y, sobre todo, la melancolía, para que no se desaten más allá de lo razonable.

Acabo de terminar mi intervención en la mesa de los “pioneros”, el panel al que me invitó el comité organizador del X Congreso Nacional de Periodismo Ambiental que estos días se celebra en Madrid convocado por APIA (Asociación de Periodistas de Información Ambiental). Creo que he conseguido escapar de la melancolía, quizá porque ésta es incompatible con la rabia que uno siente cuando ve lo que está ocurriendo con el periodismo, con cualquier periodismo, en este país, y lo compara no ya con las ilusiones –intactas- con las que comenzamos sino con las conquistas, reales, que fuimos atesorando en desiguales batallas.

La melancolía la he dejado a un lado, pero ¿quién se resiste a la nostalgia? Soy periodista vocacional (perdón por la redundancia). Con 17 años, cuando llevaba un mes en la Facultad de Ciencias de la Información, agarré un autobús que me dejó en el más allá, en el extrarradio desconocido de Sevilla, en el polígono de la Carretera Amarilla, justo enfrente de la cárcel, donde se levantaba el destartalado edificio de Editorial Sevillana. Y allí, con la osadía de la juventud, llamé a las puertas de un periódico y dije que quería ser periodista. Mi primer reportaje se publicó el 3 de diciembre de 1981 (a punto está de cumplir 32 años) y ocupó una doble página del querido Nueva Andalucía, el único vespertino que existió en mi comunidad autónoma. Escribí de las amenazas que planeaban sobre el Brazo del Este, en el Bajo Guadalquivir, un humedal que hoy es espacio natural protegido. Después vino una página semanal pionera (Página verde), que firmé en El Correo de Andalucía entre 1982 y 1985, y luego pasé al otro lado de la trinchera para convertirme en el primer director de Comunicación de la recién nacida Agencia de Medio Ambiente (AMA) de la Junta de Andalucía (organismo que también fue pionero en el panorama de la administración ambiental española). Aprobé las oposiciones en la Radio Televisión de Andalucía (RTVA) y seguí haciendo periodismo ambiental en radio, en televisión, en prensa escrita, en revistas especializadas, en Internet, en las redes sociales, en universidades…

Cualquier tiempo pasado es… anterior.  Hace treinta años no todo era maravilloso en el mundo del periodismo patrio, pero lo mejor de aquellos años, lo que sí que ha desaparecido casi por completo, es la posibilidad de aprender de los mayores, de los periodistas más veteranos. Nuestra generación desembarcó en las redacciones con todo el atrevimiento del mundo, como debe ser, pero los que nos enseñaron el oficio fueron los hombres y mujeres (algunas había) que entonces bregaban en los medios. El relevo generacional existía y se respetaba a rajatabla: la mayoría de nosotros aprendimos lo mejor de nuestro oficio, los valores esenciales de nuestra profesión, de aquellos viejos periodistas que, en la mayoría de los casos, no habían pisado una universidad (ni falta que les hacía). Aún hoy siguen siendo mis maestros y los trato con el mismo respeto y admiración que entonces, cuando sólo tenía 17 años.

Ahora, los mejores, los que atesoran mayor experiencia, son las primeras víctimas de cualquier ajuste, de cualquier regulación insensata. Y los que quedan, los nuevos periodistas que se van incorporando a esta máquina de picar carne (humana) sólo cuentan con su atrevimiento (que no es poco) y la más que discutible formación que han recibido en las facultades de Periodismo. Quizá por eso algunos novatos, unos pocos salvapatrias de medio pelo y los acostumbrados visionarios de siempre, andan deslumbrados con los nuevos periodismos, los que nos van a salvar de la quema, esos a los que debemos entregarnos sin reservas porque en ellos habita el futuro. Seguramente si tuvieran cerca a un perro viejo, uno de esos que han sido víctimas de los ERE después de haberse dejado el pellejo en una redacción cualquiera, la solución no les parecería tan sencilla.

Hace pocos días reflexioné sobre estas mismas cuestiones en el Congreso Internacional de Comunicación CICOM2013, y mi conferencia, y el post en el que la resumí, sirvieron para abrir (quizá por lo descarnado de mis testimonio) un interesante debate al que hoy, tecleando desde el AVE que me devuelve a casa antes de lo deseable, aporto nuevos elementos.

Para empezar por lo obvio (o sea, por lo que primero se oculta o se olvida) conviene advertir que cualquiera no puede ser periodista, os lo aseguro, aunque las nuevas herramientas parezcan posibilitar lo contrario. El periodismo ciudadano, por poner un ejemplo de ese futuro que algunos defienden, tiene todas las virtudes de los movimientos sociales multiplicadas por la potencia de las nuevas tecnologías, pero muy pocas de las virtudes del periodismo real (¿cómo contrastar la información que circula, a borbotones, por las redes?). Su éxito depende, en gran medida, de la traición que hemos ido perpetrando los propios periodistas y que nos ha ido alejando de nuestros receptores. Los ciudadanos están cansados de discursos (que es lo que solemos ofrecer en los medios convencionales) y lo que quieren son conversaciones, pero no todas las conversaciones que encontramos en las redes sociales se ajustan a esas reglas éticas que son esenciales en el ejercicio del periodismo (tenga éste el apellido que tenga).

¿Qué queremos ser? ¿Sismógrafos? ¿Simples herramientas que amplifican cualquier señal, se manifieste en casa o a miles de kilómetros, y la hacen visible a propios y extraños?  ¿O preferimos ser sismólogos?, auténticos especialistas que son capaces de interpretar esas señales, que son capaces de discriminar lo intrascendente de lo realmente importante (porque no es lo mismo un terremoto en Filipinas que la caída de un armario en el salón de casa). Las redes sociales, esas en las que habitan los nuevos-periodismo- que-nos-van-a-salvar-de-la-crisis, son magníficos sismógrafos que no están atendidos por ningún sismólogo.

En los medios convencionales algunos llevamos décadas luchando contra la dictadura de los sucesos y ahora queremos entregarnos de nuevo a ella, porque, no nos engañemos, la dictadura de los sucesos se ha hecho fuerte en las redes sociales (así es la condición humana). ¿Qué es lo que prima en Twitter o en FB? ¿Qué es lo que provoca más actividad, más interacción, más comunicación? ¿La empatía o la agresividad? ¿La cooperación o el insulto? ¿Las buenas prácticas o las catástrofes? ¿La denuncias o los anuncios -parafraseando a María Novo-?

Como nos recordaba María Novo las redes sociales están llenas de revolucionarios de salón. Todo el mundo se indigna, todo el mundo expresa su inquietud, todo el mundo llama a las barricadas. ¿Pero quiénes están, de verdad, en las barricadas? ¿Quiénes han pasado de la opinión a la acción?

Las redes sociales nos proporcionan excelente materia prima para hacer nuestro trabajo. Las redes sociales nos proporcionan el acceso, inmediato y sin intermediarios, a valiosas fuentes de información. Las redes sociales nos permiten interactuar con nuestra audiencia (al fin podemos comunicarnos de verdad, en las dos direcciones y en igualdad de condiciones). Todo eso ha revolucionado nuestro oficio, está revolucionando nuestro oficio, pero todo eso, en si mismo, no es periodismo. El periodismo está por encima de todo eso y requiere (insisto) un código ético inquebrantable, unos valores que no deben modificarse y una capacidad de análisis que se lleva muy mal con la inmediatez y con el ruido.

Lo importante ya no es correr, como hace treinta años, lo importante es pensar. Este ya no es un oficio de “exclusivas”, entre otras cosas porque vivimos atrapados en la perversa rueda de la información convocada (notas de prensa, ruedas de prensa –sin preguntas–, comunicados…). Si queremos sobrevivir vamos a necesitar ofrecer lo que pocos tienen (capacidad de análisis) y lo que ya comienza a ser un bien escaso (serenidad, educación y respeto).

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Sin periodistas no hay periodismo. Sin periodismo no hay democracia (imagen tomada de http://www.vanguardia.com).

No acostumbro a escribir mis conferencias, ni mis clases, sea cual sea el escenario académico al que me inviten; me suele bastar con unos apuntes que sirvan para no perder el hilo y no olvidar las ideas clave. Sin embargo, cuando empecé a pensar en lo que quería decir en el Congreso Internacional de Comunicación en el que acabo de participar como ponente, me di cuenta de que, por una vez, necesitaba escribir, palabra a palabra, coma a coma, lo que quería exponer. No era una cuestión de vértigo o de inseguridad, era una cuestión de firmeza en los argumentos. Necesitaba una estructura sólida que otorgara rotundidad a lo que quería contar y que garantizara que nada iba a quedar en el tintero o que algo pudiera malinterpretarse (aunque, como veréis, en el texto, entrelíneas, habitan, ocultos, otros textos).

Esto es lo que quería contar y lo que finalmente he contado en el Aula 1 de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra:

Creo que en las circunstancias actuales, y por más que este sea un congreso internacional y que en esta misma mesa se sienten algunos colegas que vienen de otros países con otras realidades, creo que sería ridículo, o más bien sería un ejercicio de cinismo, no hablar de la situación en la que hoy, en España, se desarrolla el oficio de periodista y el exterminio (perdonadme por el calificativo pero es el que más se acerca a la realidad), sistemático y calculado, al que nos están condenando los enemigos del pluralismo y la libertad de expresión.

Vengo de Sevilla, donde el periódico decano de la prensa local (115 años está a punto de cumplir) se encuentra al borde de la desaparición, con todos sus trabajadores encerrados y en huelga, después de una humillante operación mercantil en la que su propietario lo vendió por un euro. Eso es lo que vale hoy un periódico digno como El Correo de Andalucía, donde, por cierto, yo mismo me formé como periodista y en donde firmé una página semanal de medio ambiente en el lejano 1981; una página pionera en el panorama del periodismo ambiental español, un espacio que entonces (imaginaos) era milagroso conquistar todas las semanas; un espacio que con los años se fue extendiendo y que fuimos conquistando, todos los periodistas ambientales, en multitud de medios. Un espacio que hoy hemos vuelto a perder, que hoy nos han arrebatado.

Un euro es lo que vale El Correo de Andalucía. Un euro para los que piensan que la información de calidad es una simple mercancía, barata, con la que se trafica sin mayores escrúpulos, y no un bien público que debemos defender todos, periodistas y ciudadanos, porque de él depende, en gran medida, nuestra propia libertad.

Me escucho hablar y siento el vértigo de quien ha retrocedido décadas en el tiempo, de quien está reivindicando, de nuevo, los espacios de dignidad que ganamos a finales de los 60 y que creíamos invulnerables en un sistema democrático.

Desde hace ya algunos años, demasiados, los medios de comunicación, la mayoría de los medios de comunicación, no están gobernados por periodistas, ni siquiera en las parcelas que son estrictamente informativas. Ahora nos sometemos al criterio de los políticos, los gerentes, los publicistas, los analistas de audiencias, los programadores (en el caso de la televisión)… profesionales para los que la información, insisto, es una simple mercancía sobre la que se anteponen otros valores (poder, beneficio económico, audiencia) que nada tienen que ver con el ejercicio, digno, del periodismo.

También vengo de una televisión pública, Canal Sur TV, donde, desde hace exactamente 17 años existe una sección específica de medio ambiente en el organigrama de los Servicios Informativos (la primera y única sección de sus características en las televisiones españolas), y un informativo semanal de medio ambiente (Espacio Protegido) que ha cumplido quince años en antena (en la escala temporal que se maneja en el universo de la televisión esto es una barbaridad). Justamente el mismo año en que nacía Espacio Protegido, 1998, nacía también Medi Ambient, nuestro programa hermano de la Televisión Valenciana, de Canal Nou, que, por cierto, ha cosechado aquí, en Telenatura, algún que otro galardón más que merecido. Un programa que, sospecho, nunca más  volveremos a ver porque es una de las muchas víctimas del cierre de Canal Nou decidido esta semana por un gobierno, el de la Generalitat valenciana, que sumió a esta empresa pública en la ruina económica (1.200 millones de deuda acumulada) y, lo que es peor aún, en el descrédito ciudadano (os recomiendo la lectura del testimonio de Iolanda Mármol, periodista de los Servicios Informativos de Canal Nou, o la lectura del libro “¿Y tú qué miras?” de Mariola Cubells, donde se relata cómo se trabajaba en la redacción de informativos de Canal Nou y a qué punto de degradación se había llegado).

Represento, en fin, a un colectivo, el de los periodistas ambientales, que sufre, como pocos, el impacto de esta crisis, porque son los periodismos especializados los primeros que se sacrifican en un medio que naufraga, los primeros que se lanzan por la borda tratando de evitar el hundimiento. Los profesionales mejor formados, los que gozan de mayor experiencia, los que se manejan con mayor soltura en el terreno de la información compleja, los que pueden transmitir sus conocimientos a las nuevas generaciones de periodistas, esos son los primeros en caer víctimas de los ERES, los ERTES y otros engendros administrativos similares.

Hemos vuelto al redactor o redactora todo terreno y baratito (y también sumiso), al becario explotado y a los colaboradores que se ofrecen gratis (ya ni siquiera hay que buscarlos, ellos mismos se ofrecen, a cero euros, con tal de enlucir su curriculum y, por supuesto, sin mirar el daño que causan al resto de sus compañeros). Y no hablo de algo que ocurre en medios de pequeño tamaño (esos ya se han extinguido o están a punto de extinguirse), hablo de medios de gran tamaño donde se ha instalado, con absoluto desparpajo, esta forma indigna de hacer periodismo. Una buena amiga, con muchas horas de vuelo en uno de los periódicos más importantes de este país, me lo resumió de manera magistral en un correo electrónico: Vamos a la estructura laboral de un reloj de arena muy culón. Por arriba los mandamases cobrando un congo, en la cintura (cada vez más estrecha), nosotros —profesionales con experiencia y preparados–, especie en extinción; y debajo, los becarios esclavos, una franja movible y volátil, a duro la jornada, que hará ricos a los de arriba. Nos queda poco, muy poco”.

¿Qué clase de información podemos ofrecer en estas condiciones? ¿Se puede hacer un periodismo ambiental digno y riguroso cuando tus condiciones laborales son indignas y la manera en que hay que despacharse para encarar una información compleja –como lo es la información ambiental— es cualquier cosa menos rigurosa? Cualquier análisis, hecho en España, a propósito del periodismo ambiental, cualquier análisis como los que hemos conocido en este congreso, está enturbiado por este contexto. Y aún así, seguimos haciendo periodismo ambiental de calidad y manteniendo, muy activa, una asociación profesional (APIA) que suma cerca de 200 socios.

Aunque los entierros superan, con mucho, a los nacimientos, todavía hay vida en este sector maltratado. Una revista imprescindible como Quercus ha pasado a ser gobernada por sus (pocos) trabajadores, un grupo de valientes que se han atrevido a hacer lo que pocos se atreverían a hacer, y La Vanguardia acaba de estrenar, en su oferta digital, un canal de información ambiental donde escriben algunos de los mejores profesionales de esta especialidad.

No todo está perdido, pero hemos perdido mucho de lo que habíamos conquistado en las tres últimas décadas. Y la pérdida más valiosa no es material, lo más valioso que estamos perdiendo es la capacidad de análisis que habíamos sido capaces de brindar a los ciudadanos, esa que permite conectar el cambio climático (o cualquier otro asunto ambiental trascendente) a su vida cotidiana, a sus intereses, a su calidad de vida, a sus expectativas de trabajo o a su salud.

¿Sirve de algo reproducir, y repetir como cacatúas, los últimos datos, las últimas evidencias científicas del IPCC, sin ser capaces de analizar esa información, sin ser capaces de interpretar (“informar” es “dar forma”) esa información para adaptarla al grado de conocimiento de nuestros receptores y al contexto (social, económico, cultural…) en el que estos viven?

Si el cambio climático no somos capaces de conectarlo con la salud, con la agricultura o con el turismo (por citar tres ámbitos que resultan esenciales para la sociedad española), no dejará de ser un simple asunto “mágico” (como decía Miguel Delibes parafraseando a Umberto Eco), aislado de causas y consecuencias, que sólo es capaz de provocar asombro o angustia. Sin esas conexiones, sin esa interpretación, que sólo es capaz de aportar el comunicador especializado, el cambio climático es comprensible y trascendente para los científicos, pero no para el común de los ciudadanos.

Es cierto que el periodismo ambiental, como periodismo especializado, está sufriendo de manera particularmente intensa esta crisis, pero, paradójicamente, debería ser el que mejor resistiera esta crisis, uno de los periodismos con mayor capacidad de supervivencia, porque es capaz, porque somos capaces, de interpretar una realidad compleja y por tanto podemos otorgar un valor añadido a nuestro trabajo, un plus que lo convierte en único dentro de una oferta informativa demasiado homogénea e intrascendente.

Los visionarios de turno, o los tontos útiles (que son muy útiles en esta demolición de los medios y sus profesionales), nos hablan de reinventarnos (la palabra mágica para sobrevivir a la crisis). Tan en serio se lo han tomado algunos colegas que en sus perfiles profesionales ya no se identifican como periodistas (o esta condición ha pasado a un vergonzante segundo plano) porque ahora son escritores, community managers o asesores en Social Media.

Tenemos que reinventarnos dicen los gurús, pero ¿qué es lo que tenemos que reinventar? ¿El periodismo? ¿Tenemos que renunciar a las señas de identidad de este oficio, las que no han cambiado ni deben cambiar, las que se basan en la pluralidad, en el contraste de la información, en la honestidad, en la investigación, en el vínculo inquebrantable con nuestros receptores y no con nuestros pagadores? ¿Eso es lo que debemos reinventar? Una cosa es adaptarse al lenguaje (cuestión de empatía) o a las herramientas que marcan los tiempos (adaptación sobre todo tecnológica) y otra muy distinta es inventar un periodismo diferente al único periodismo posible: el periodismo riguroso y honesto.

Y ya que he hablado de adaptación tecnológica: ¡ cuidado con el tecno-optimismo ! No se hace mejor periodismo porque tengamos un ipad o un smartphone. Arnold Newman, uno de los mejores fotógrafos norteamericanos del siglo XX, lo explicó muy bien refiriéndose a su disciplina: “Muchos fotógrafos piensan que si compran una cámara mejor serán capaces de hacer mejores fotos. Una cámara mejor no hará nada por ti si no hay nada en tu cabeza o en tu corazón”.

El periodismo, como ha hecho siempre, se adapta a las nuevas herramientas pero no por ello debe sacrificar sus señas de identidad.

¿Cuándo escribimos en Twitter, o en nuestro blog, o en Facebook, podemos prescindir de las reglas éticas que estamos obligados a respetar en un periódico o en una televisión convencionales? ¿Debemos relajar el contraste de la información, la búsqueda de los datos precisos, la localización de las fuentes rigurosas, el lenguaje respetuoso, la independencia real, la educación? ¿Esa es la reinvención de la que nos hablan algunos visionarios?

Los periodistas ambientales, reunidos en APIA, cumplimos veinte años y lo celebramos con un congreso nacional que, dentro de muy pocos días, tendrá lugar en Madrid; un congreso que se desarrollará bajo el lema “Tenemos futuro”. Quizá nos hemos olvidado de los signos de interrogación, o los hemos obviado para poner un poco de esperanza. Pero, de verdad, sinceramente, ¿tenemos futuro? El periodismo en el que se formó mi generación y la de los periodistas que me enseñaron el oficio, el periodismo que necesita de valores  más que de herramientas, ese periodismo… ¿tiene futuro? Las facultades de Comunicación están repletas de estudiantes convencidos de que ese futuro existe, ¿pero ellos y nosotros hablamos del mismo periodismo?

No todo se debe a la crisis económica, también hay una profunda crisis de valores, una suicida pérdida de las señas de identidad del verdadero periodismo consumidas en el negocio puro y duro.

Siempre cito, cuando hablo de esta degradación imparable, la película “Buenas noches, y buena suerte”, de George Clooney , en la que se retrata el pulso entre el periodista de la CBS Ed Murrow y el senador integrista Joseph McCarthy. Murrow, en el remotísimo 1952, ya advirtió que la información en el medio televisivo estaba a punto de ser derrotada por el espectáculo. El peligro no viene de la censura directa, no viene de los mandamases empeñados en colocarnos una mordaza, el peligro viene de la banalidad. ¿De qué manera se ha neutralizado en TVE un programa informativo de referencia como Informe Semanal? ¿Lo han eliminado sin más? No, simplemente lo han ido adulterando poco a poco y al final, cuando nos resultaba casi irreconocible, lo han relegado a un horario indecente, y su hueco, en el prime time, lo ocupa ahora un concurso casposo (de nuevo estamos en este extraño túnel del tiempo que nos devuelve cincuenta o sesenta años atrás…)

Nuestra pérdida de valores incluye esa insana afición al cainismo, común en casi todas las profesiones pero que en el caso del periodismo se practica con inusual soltura y, sobre todo, sin pudor alguno. Acostumbramos a ser nuestros peores enemigos y, por eso, cuando un medio desaparece o un profesional sufre un traspiés los primeros en alegrarse, sin recato, son sus colegas, somos los propios periodistas. Echadle un vistazo a las reacciones, en los medios, a la desaparición de Canal Nou. Eso de que perro no muerte a perro ya pasó a la historia. Ahora los perros comen de todo; incluso se comen a ellos mismos (¿autocanibalismo?).

Consuela comprobar, como yo mismo he comprobado en otras tierras, que el cainismo no es exclusivo de nuestro país, aunque aquí lo practicamos con un grado de refinamiento difícil de alcanzar en otras latitudes. Aquí se suele disfrazar de santa indignación, de honestidad a prueba de bombas, de rigor presupuestario, de defensa de valores universales, de lucha obrera o de cualquier pamema al uso. Pero el cainismo no busca el bien común, solo busca el provecho propio: quien quiere comer solo es porque quiere comer más.

En España la crisis económica está resultando terrible para el periodismo, pero la conjura de los necios que ha nacido de nuestra propia incapacidad, de nuestra pérdida de valores, de nuestra soberbia, es aún más terrible, porque su origen y su solución sólo depende de nosotros mismos. A nadie podemos echarle la culpa.

Paradójicamente estamos en un momento, crucial, en el que, quizá, la única forma de avanzar hacia ese futuro incierto sea volviendo a los orígenes, retrocediendo hasta el mismo corazón de este oficio. Si me lo permitís quisiera acabar citando a Kapuscinski, donde, a pesar de todo, siempre encuentro consuelo y esperanza, porque nos remite a esos orígenes perdidos que son los que nos hacen periodistas sea cual sea la tormenta que tengamos que sortear.  “Creo”, escribió el periodista polaco en 1999, “que para ejercer el periodismo, ante todo, hay que ser un buen hombre o una buena mujer: buenos seres humanos. Las malas personas no pueden ser buenos periodistas. Si se es una buena persona se puede intentar comprender a los demás, sus intenciones, su fe, sus intereses, sus dificultades, sus tragedias. Y convertirse, inmediatamente, desde el primer momento, en parte de su destino”.

Nuestro destino, el de los periodistas, es el destino de nuestros conciudadanos, y creo que en este momento, si queremos sobrevivir con dignidad, ellos y nosotros tenemos que rebelarnos (que no reinventarnos). Rebelarse es, en este justo instante, mucho más importante que reinventarse.

Gracias.

 

XXVIII Congreso Internacional de  Comunicación

Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra.

Viernes, 8 de noviembre de 2013

 

P.D.: Gracias a Bienvenido León, y su equipo, por invitarme a participar como ponente en este congreso. Y gracias, sobre todo, por su compromiso, desde hace muchos años, con el mejor periodismo ambiental, un compromiso que, desgraciadamente, no es muy frecuente en las facultades de Comunicación que es en donde más lo necesitamos.

Si uno no se rebela cuando es estudiante, ¿cuándo se va a rebelar?

 

 

 

 

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En otros sitios no se, pero aquí se hace Periodismo…

Hoy los buitres de siempre revolotean sobre mi empresa, la RTVA, la televisión pública de Andalucía. Disfrazan su apetito, como siempre, con esa cantinela demagógica de la austeridad y el derroche (y viceversa), pero, en realidad, lo que persiguen es que esta casa muera, o la maten, para hacer negocio (como siempre). Algunos incautos, y otros con buena fe, los leeran (o los escucharán) y terminarán convencidos de que son firmes defensores del bien público y la honestidad, sin saber que lo que buscan es hacer caja. Sin más. Como siempre.
No seré yo quien defienda lo indefendible. No me preguntéis por aquellas decisiones que exceden las responsabilidades de los que no ocupamos un cargo directivo. Yo soy periodista y, por eso, después de haber pasado por muchos medios, públicos y privados, y haber bregado con todo tipo de fauna, sólo puedo defender mi trabajo, y el de mi equipo, y hablar, con orgullo y sinceridad, de lo que conozco de primerísima mano.
Y desde ese orgullo, teñido de indignación, este verano, cuando tuve oportunidad de volver a la primera linea de los Informativos Diarios de Canal Sur TV (al Noticias 1, para ser exactos), escribí a propósito de la mierda en televisión. Algunos colegas (¿colegas?) deberían tomar nota… y aprender (antes de dar lecciones).

¿Cuánto de cainismo, interesado, hay en esta crisis del Periodismo?

Así lo conté en verano (y no he cambiado de parecer):
https://elgatoeneljazmin.wordpress.com/2012/09/03/mierda-en-television/

P.D.: Lamento haber utilizado la metáfora de un carroñero maravilloso cuyo trabajo es fundamental para la salud del monte mediterráneo, pero los buitres, más allá de consideraciones ecológicas, son justamente eso, una metáfora que entienden hasta los que no entienden…de animales.

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Un 3 de diciembre de 1981 el Consejo de la CEE (la actual Unión Europea) aprobaba el “Convenio relativo a la conservación de la vida silvestre y el medio natural de Europa”. Es decir, el Convenio de Berna. Ese mismo jueves el diario El País revelaba un sospechoso “silencio oficial sobre una importación ilegal de 40.000 litros de herbicida tóxico”. Y La Vanguardia anunciaba en su primera página que en Barcelona “no habrá restricciones de agua”. Pues bien, ese mismo día, el 3 de diciembre de 1981, hace ya la friolera de más de 29 años, el que esto suscribe firmaba su primer reportaje de medio ambiente en el diario Nueva Andalucía. En aquel vespertino, de mancheta verde y sepia, con redacción central en Sevilla y perteneciente al grupo de El Correo de Andalucía, andaba yo por entonces estrenándome como colaborador (17 añitos, alumno de 1º de Periodismo en la remota –no existía el AVE– Complutense).

Aquel reportaje, a doble página central, se tituló “Brazo del Este, ejemplo de manipulación humana”, y en él denunciaba, de la mano de Andalus (la asociación ecologista más activa de la época en tierras sevillanas), los intentos por desecar uno de los brazos más valiosos del Guadalquivir ante la pasividad del ICONA (tan valioso que fue declarado Paraje Natural en 1989).

Aunque en aquellos meses escribí de todo (y cuando digo de todo me refiero a eso mismo, a todo), desde aquel lejano 3 de diciembre de 1981 dejé claro que lo que yo quería escribir, que lo que a mí me gustaba escribir, que el motivo por el que quería ser periodista era… eso. ¿El qué? Pues, eso. Pero, ¿cómo llamarlo? ¿Medio Ambiente? Casi nadie en un periódico usaba esa expresión. ¿Naturaleza? Sí, pero eran más cosas además de espacios y especies. ¿Entorno? Bueno, podría valer aunque era confuso y difuso.

Yo entonces no lo sabía pero acababa de convertirme en periodista ambiental. Y tampoco sabía si había más como yo y si eso era bueno o malo para mi “carrera” (esto me recuerda a “La invasión de los ladrones de cuerpos”, una película de ciencia ficción, serie-B-años-cincuenta, que a mí me fascinaba de pequeño). O sea, acababa de convertirme en un marciano dentro de la redacción de Nueva Andalucía. Por ejemplo, cuando propuse hacer un reportaje “sobre la malvasía”, mi director me dijo, con cara de suficiencia, que ese vino no se producía en Andalucía sino en las islas Canarias. Cuando me marché hasta Hornachuelos (Córdoba), combinando un tren de cercanías y la caja de un camión que había transportado cochinos, el alcalde me dijo que “era imposible, además de muy peligroso”, visitar el “cementerio atómico de El Cabril” y que me conformara con fotografiar las pintadas de protesta que salpicaban el pueblo. Y cuando sugerí  hacer un balance de la basura que se producía, la luz eléctrica (así se decía entonces) que se consumía y el agua que se gastaba en la Feria de Abril, me afearon la propuesta porque era “muy poco periodístico medir la celebración más importante de la ciudad usando tres elementos tan estrambóticos y reduccionistas”. Y uso comillas porque tengo buena memoria.

Después, poco después (verano de 1982), alcancé la categoría de becario e inmediatamente la de auxiliar de redacción. Y al fin llegué a redactor (aunque fuera de facto, porque el contrato, y  sobre todo el sueldo, decían otra cosa).  Tenía 19 años y una Vespa blanca; ya escribía en El Correo de Andalucía y había conseguido poner en marcha una página semanal de medio ambiente, “Página verde”, que estuve firmando hasta 1985, cuando me marché del periódico a seguir haciendo periodismo ambiental en otros escenario. Precisamente, en ese mismo año, 1985, organicé las I Jornadas Nacionales sobre Comunicación y Medio Ambiente, que inauguraron Luis Racionero y Tono Valverde en Granada y a las que asistieron una treintena de periodistas de toda España.

Y todo esto me viene a la memoria justamente hoy, 17 de abril de 2011, cuando han pasado más de 29 años de aquel 3 de diciembre de 1981 porque, al margen de las diferentes concepciones del oficio y el colectivo que puede tener cada uno de sus miembros,  hay que celebrar, todos los días, la existencia de APIA (Asociación de Periodistas de Información Ambiental). Hay que celebrar, todos los días, el lugar que nuestro periodismo, el periodismo ambiental, ocupa hoy en los medios de comunicación. Hay que celebrar, todos los días, la generosidad con la que muchos y muchas periodistas han trabajado a lo largo de muchos años para dignificar este oficio. Hay que celebrar, todos los días, que el periodismo ambiental no sea sólo un periodismo de grandes medios nacionales,  un periodismo de élite, un periodismo centrípeto, sino que sea un periodismo que también se ha hecho fuerte en lo local y en lo autonómico, que se ha hecho fuerte en la calle, en lo cotidiano, y que habla todas las lenguas del Estado. Hay que celebrar, en definitiva, que  se haya convertido, a pesar de algunas resistencias, en un periodismo centrífugobiodiverso y de geometría variable.

Y que conste que ninguna de estas celebraciones es una exaltación del conformismo y la inacción. A mi lo fácil siempre me ha aburrido.

En estos días dos listas de candidatos/as (amigos/as de largo recorrido, la mayoría) estamos compitiendo, en buena lid, por ocupar la Junta Directiva de APIA. Y nada hay más estimulante, en estos tiempos de crisis, que ver a una asociación movilizarse así. Hay ganas de debatir, ganas de hacer asociación, ganas de despejar el futuro. Y yo, que me he sumado con entusiasmo a una de las listas (http://periodistasenverde.blogspot.com/), ando por este océano electrónico celebrando y haciendo memoria (a partes iguales). Porque nuestro futuro, el de todos/as los/as periodistas ambientales, se soporta sobre nuestra memoria, sobre nuestra historia. Sobre el trabajo de los marcianos que hacíamos periodismo ambiental, sin saberlo, a comienzos de los ochenta, y los/as que lo hicieron en los setenta, y en los sesenta… y aún antes. Aquellos que no podían, que no podíamos, presumir de “trayectoria profesional” porque el periodismo ambiental no tenía “trayectoria profesional” (ni siquiera “trayectoria” a secas). Sólo podíamos presumir de compromiso y solidaridad, porque eso es lo que nos había llevado a defender lo que casi nadie defendía entonces, a pesar de ser un bien común. Y esos, el compromiso y la solidaridad, deben seguir siendo hoy nuestros principales activos. No nos distraigamos con otras milongas; ni con localismos catetos, ni con egos talla XXL, ni con fuegos artificiales, ni con ínfulas de prima donna,  ni con el secreto de la pureza inmaculada, ni con la fórmula del movimiento perpetuo, ni con adeudos de patio de vecinos. Con el compromiso y la solidaridad es con lo único que ganamos todos/as. Seguro. Esto no es una guerra. Y si lo es… no contéis conmigo, yo ya me había declarado objetor de conciencia en aquel lejano1981.

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Primero fue Luis Guijarro quien desveló en Twitter los resultados de audiencia del canal “Gran Hermano 24 horas”, unos índices de audiencia similares a los que obtenía CNN+, el canal informativo que desapareció con la irrupción de los tontacos cuyas intrascendentes peripecias se desarrollan en una suerte de zoológico cutre con aspecto de casa. Si CNN+ rondaba el 0,7 de share, los tontacos se sitúan en torno al 0,9, pero con una notable diferencia: el coste de los zopencos es cero. Los descerebrados salen casi gratis. El negocio es, pues, redondo.

 

Ayer Urbaneja, en una conferencia muy twitteada, insistía en esta crisis de valores, en esta pérdida de las señas de identidad del verdadero periodismo consumidas por el negocio puro y duro. Una estrategia que, como es lógico, está generando una auténtica sangría en el sector (de ideas y de personas). Y para abundar en la tristeza que nos provoca, a los periodistas vocacionales, este panorama, también hay que lamentar que esta estrategia, lícita (aunque con muchos reparos) en empresas privadas, también ha terminado por contaminar a las televisiones públicas (¿qué hacemos compitiendo, con el dinero de todos, en el terreno de la zafiedad y la memez?).
La jugada me ha recordado algunas de las reflexiones que en 2006, y con motivo del estreno de la película “Buenas noches, y buena suerte”, nos regalaron destacados profesionales de la comunicación, entre ellos Iñaki Gabilondo, la principal víctima de los zoquetes-full-time.
La película de George Clooney , en la que se retrata el pulso entre el periodista de la CBS Ed Murrow y el senador integrista Joseph McCarthy, generó un interesante debate en torno a los informativos de televisión y su capacidad para transmitir, de forma honesta y rigurosa, noticias realmente trascendentes. Murrow, en el lejano 1952, ya advirtió de que la información en el medio televisivo estaba a punto de ser derrotada por el espectáculo, y los profesionales españoles que participaron en aquel debate (Iñaki Gabilondo, Pedro Piqueras, Matías Prats o Lorenzo Milá, entre otros) sólo pudieron certificar lo acertado del pronóstico.

¿El peligro es la censura política?.
No.
El peligro es el entretenimiento.
El espectáculo es la nueva forma de censura que acabará por derrotar a la información honesta en televisión. Ese era el argumento central de Murrow hace ya más de medio siglo, y, no hay más remedio que confesarlo, el pronóstico se ha cumplido.

 

“La complejidad está en horas bajas”, lamentaba Gabilondo, mientras que Piqueras aseguraba que “los contenidos que han de explicarse, se eliminan”. “La lucha hoy”, concluía Milá, “es porque te vea más gente, no porque seas mejor ni más creíble”. Era evidente entonces, o al menos así lo dibujaban estos profesionales del medio, una cierta crisis de profundidad, rigor y credibilidad en los informativos de televisión, secuestrados, al fin, no tanto por las presiones políticas contra las que batalló Murrow sino por la banalización que exige todo espectáculo.

 

Ficción y no ficción, hasta ahora “protocolariamente” separadas, han comenzado a seducirse mutuamente, a intercambiarse y a confundirse. Así lo cree Margarita Riviére que, abundando en esta idea, considera “que el periodismo ya no se concibe más que como una narración de historias, presuntamente reales, de estructura idéntica a la ficción. Es perfectamente normal que la información –desde los deportes y las noticias rosas a la política o las noticias económicas – adopte hoy la forma del folletín y del culebrón”.

 

Y esta batalla por conseguir espectadores a toda costa, fenómeno que no hace muchos años se limitaba a ciertas áreas de la programación claramente asociadas con el entretenimiento (los deportes o los programas de variedades), ha terminado por contaminar el otrora sacrosanto ámbito de los programas informativos, que permanecían más o menos al margen de este tipo de presiones o, al menos, sus contenidos no eran tan vulnerables a la presión de las audiencias. Hoy los informativos se ven interrumpidos para insertar bloques publicitarios e, incluso, algunas de sus secciones se fragmentan o segregan para asociarlas con determinados patrocinadores (como ocurre, por ejemplo, con la información meteorológica). Y los contenidos, para ser fieles a esta lógica del entretenimiento y la máxima audiencia, registran ahora un curioso movimiento pendular que va desde lo banal hasta lo catastrófico, de lo intrascendente a lo hipercomplejo, y donde el punto intermedio, el punto de equilibrio, es muy difícil de encontrar y sostener.
Se gana audiencia pero… ¿se gana en comprensión, en información? 

La evolución que ha experimentado el área de los informativos en la televisión española, al igual que en otras televisiones, es claramente perjudicial para las informaciones científicas y ambientales ya que estas, en la mayoría de los casos, remiten a cuestiones ciertamente complejas, difíciles de interpretar. Cuestiones que en muchos casos terminan resolviéndose por la vía de la frivolización (tuvo más impacto mediático la referencia al primo de Mariano Rajoy y sus discutibles afirmaciones sobre el cambio climático, que el propio problema ambiental al que se refiere esta anécdota) o por el lado del catastrofismo (los sucesos ambientales suelen ser muy apreciados en los informativos de televisión, sobre todo cuando cuentan con imágenes de impacto, como suele ocurrir, por ejemplo, con los incendios forestales).
Pero, ¿realmente este es el tratamiento informativo que reclaman los espectadores? ¿Esta es la televisión que queremos? ¿Por qué las encuestas muestran, de manera insistente, una demanda insatisfecha de rigor y profundidad?

 


Ryszard Kapuscinski (sí, ya se que me repito, pero vuelvo al maestro y a su lúcido lamento) apunta algunas posibles soluciones a este enigma por el cual los responsables de la programación televisiva parecen obrar al margen de las demandas del público y de la clase política, ofreciendo productos que, aún reuniendo audiencias millonarias, son repudiados por su banalidad. Hoy los medios de comunicación, apuntaba el periodista polaco ya en 1999, se gobiernan de tal manera que pesa más el criterio empresarial que el informativo. Las televisiones están lideradas por economistas, publicistas, expertos en marketing y analistas de audiencias, mientras que los periodistas se colocan en un segundo plano. Al menos los periodistas que responden, quizá, a un modelo de este oficio por desgracia ya caduco: “Antes la profesión de periodista era un trabajo de especialistas. Había un limitado grupo de periodistas especializados en algún campo en concreto. Ahora la situación ha cambiado por completo: no existen especialistas en ningún campo”. Y concluye: “Los medios de comunicación, la televisión, la radio, están interesados no en reproducir lo que sucede, sino en ganar a la competencia. En consecuencia, los medios de comunicación crean su propio mundo y ese mundo suyo se convierte en más importante que el real”. 

Hay ejemplos notables de esta perversión por la cual la peripecia que lleva a obtener una noticia, por banal que esta resulte, es más importante que la noticia en sí. De esta manera se han extendido, en todas las televisiones, esos programas de información en directo donde, por ejemplo, un “sufrido” informador, o una “intrépida” informadora, nos relatan, entre jadeos y movimientos de cámara convulsos, el esfuerzo que han tenido que realizar para alcanzar esa pequeña cabaña, perdida en la sierra, donde un rústico pastor nos explica su receta para hacer gachas. Trasladando este concepto a los noticieros en sentido estricto, y a las informaciones ambientales que estos recogen (o deberían recoger), resulta muy acertada la frase con la que la veterana corresponsal de TVE anunciaba la llegada de este tipo de informadores al escenario de alguna noticia trascendente: “Ya están aquí estos que tanto saben de cubrir crisis y absolutamente nada de las crisis que cubren”. Lo dicho: el envoltorio pesa más que el contenido.

En resumen: ahora el pulso no es con un McCarthy de última hora (que también los hay) sino con una pandilla de merluzos que se colocan delante de las cámaras… y también detrás.

Fuentes:

· Cruz, Juan. “El espectáculo frente a la información”, El País, 5 de marzo de 2006.

· Riviére, Margarita. “Cuentistas globales”, El País, 28 de julio de 2006.
· Kapuscinski, Ryszard. “Los cínicos no sirven para este oficio. Sobre el buen periodismo”, Anagrama, 2002.
· Montero, José María. “Información ambiental en televisión” Capítulo en la obra colectiva “El periodismo ambiental. Análisis de un cambio cultural en España” (Fundación Gas Natural, Barcelona, 2008).

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Desde la Casa de la Ciencia lanzan la pregunta (muy oportuna, esa es la verdad): “¿Creéis que a la divulgación científica le falta MARKETING? (así, en mayúsculas…).
Uffff… Cuando leo MARKETING y pienso en mi profesión me entran los mismos sudores que cuando leo BANDERA o PATRIA y pienso en el lugar en el que vivo. 

A la divulgación científica le faltan… divulgadores/as, y compromiso por parte de las empresas (públicas y privadas), y educación científica (decente) en el sistema escolar, y… y luego hablamos de marketing, y de marketing relacional, y de Community Manager, y de Social Media Planner, y del Sursum Corda… Pero no empecemos la casa por el tejado, que así nos va. Estoy cansado de que me vendan, con potentes y originales herramientas de marketing, humo.

El que la divulgación científica sea, en muchos casos, un producto para minorías no debe ser motivo de regocijo. Es cierto que hay magníficas iniciativas, en el terreno de la cultura científica, que nadie conoce por no saberlas publicitar. Para cualquier comunicador esto es un desastre que debería conducir a la frustración y la melancolía. Pero para alcanzar a las masas no todo vale. Ni siquiera para que sepan que existimos (se me ocurren unas cuantas maldades para conseguir que las masas nos conozcan…). Claro que hace falta publicidad, y marketing, y herramientas originales y potentes, y divulgadores mediáticos… pero lo primero de todo es saber qué queremos contar, cómo lo vamos a contar, a quién se lo queremos contar, con qué lenguaje, en qué soporte… No reniego de las lindezas del Periodismo 2.0 (aquí estoy), pero para llegar a la versión 2.0 primero habrá que transitar, con solvencia, por la versión 1.0.

¿Seguro que el Periodismo 1.0 ha muerto? ¿Obsolescencia programada por el mercado? ¿Un modelo demodé? ¿Una comunicación averiada? Pues a mi me sigue funcionando el Periodismo 1.0, esa es la verdad.

Quizá me esté quedando antiguo (cosas de la edad), pero yo prefiero hablar primero de Comunicación, de Periodismo, de Divulgación… y luego de Marketing. Y, sobre todo, prefiero que el Marketing lo hagan los publicistas, y los periodistas, los comunicadores, sigamos encargándonos, sobre todo, de mimar la información y, así, respetar a nuestra audiencia.

A este paso, entre la crisis, la polivalencia extrema y las nuevas técnicas de Marketing, conseguirán extinguirnos. De hecho ya hay muchos más redactores que periodistas, lo cual es inquietante.

Es una cuestión de orden: lo primero es la información de calidad, y lo segundo es su distribución. El papanatismo, con el marketing como bandera, para terminar vendiéndote una burra, es una estafa demasiado frecuente a la que nos hemos acostumbrado (como a la comida basura o al hilo musical). Si Ryszard levantara la cabeza… volvería a reafirmarse en lo que escribió hace ya unos cuantos años: “Hoy los medios de comunicación se gobiernan de tal manera que pesa más el criterio empresarial que el informativo. Las televisiones están lideradas por economistas, publicistas, expertos en marketing y analistas de audiencias, mientras que los periodistas se colocan en un segundo plano. Al menos los periodistas que responden, quizá, a un modelo de este oficio por desgracia ya caduco” (Los cínicos no sirven para este oficio, Ryszard Kapuscinski).

Seguiremos informando… si nos dejan.

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