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Posts Tagged ‘Cumbre de Río’

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Una cumbre como la COP21 pone a prueba nuestra capacidad de síntesis, nuestra agenda, nuestros conocimientos pero, sobre todo, pone a prueba nuestra resistencia y la habilidad para administrar energía.

Antonio me lo dijo al oído. Con algo de pudor y mucha retranca me aseguró que en las cumbres lo importante, lo realmente importante, era «poder comer algo y dormir un poco». Los dos participábamos como ponentes en el Taller de Herramientas Periodísticas para Sobrevivir a la COP21, la Cumbre del Clima que estos días se celebra en París, y los dos coincidimos en que estos elementos tan prosaicos, sin ser herramientas periodísticas, eran fundamentales para sobrevivir a uno de estos encuentros donde todo es desproporcionado.

Las cumbres ponen a prueba nuestros conocimientos sobre la materia en cuestión (en este caso, en el de la COP21, el protagonista es el cambio climático), nuestras relaciones (la agenda personal es mucho más importante que la que te dictan a diario los organizadores), nuestra capacidad de síntesis (¿cómo contar en poco tiempo, o espacio, lo más sustancial de una reunión monumental?), pero, sobre todo, miden nuestra capacidad de resistencia y la habilidad para administrar energía.

En estas circunstancias extremas conviene alejarse de algunos mitos, de algunas rutinas y de algunos personajes con los que ganamos muy poco (ganancia entendida como información trascendente para nuestros receptores) y consumimos mucha energía. Se trata de conseguir el optimal foraging que descubrió Tono Valverde en los ecosistemas de Doñana: un predador persigue a una presa con una intensidad que es proporcional a la energía que obtiene e inversamente proporcional a la energía que consume. En una cumbre maratoniana un periodista no debería publicar lo que rinde poco o lo que cuesta mucho adquirir. Dicho de otra manera, si Darwin descubrió que sólo sobreviven los más aptos, Valverde matizó este principio: “Sólo sobreviven los que mejor aprovechan la energía”. Y en una cumbre donde se reúnen más de 30.000 especialistas durante dos semanas hay que aprovechar la energía al máximo para destilar información que realmente sea comprensible y útil para nuestros receptores, sin desfallecer…

Conviene, antes que nada, antes incluso de aterrizar en París, olvidarse de los cumbrólogos, una subespecie de periodista realmente dañina por cuanto está más interesada en los entresijos de la cumbre, en sus mecanismos internos y liturgias, que en el propio contenido y trascendencia de la misma. Los cumbrólogos suelen alimentar nuestra ansiedad informativa porque siempre que hablan uno tiene la sensación de que saben algo que tú deberías saber. Ellos, supuestamente, manejan las claves ocultas de la cumbre y saben descifrar las señales casi imperceptibles que emiten los mandatarios, los ecologistas y hasta el personal de seguridad. Parafraseando a Rosa María Calaf, la veterana periodista de TVE, cuando uno los ve aparecer en uno de estos encuentros no puede evitar este pensamiento: «Ya están aquí los especialistas que tanto saben de cubrir cumbres y nada saben de la cumbre que tienen que cubrir«. Periodistas que escriben para otros periodistas, o para que sus jefes admiren sus habilidades, pero que olvidan quiénes son sus verdaderos receptores.

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Desde 1992, cuando viajé a la Cumbre de Río, mucho han cambiado las cosas en el periodismo ambiental, pero la esencia de este oficio sigue siendo la misma: hacer comprensible lo complejo a receptores no especializados.

Tampoco hay que obsesionarse con las primicias, ni siquiera con estar a la última de lo que se cuece en la cumbre. Con las herramientas de comunicación disponibles en la actualidad aquellos ciudadanos realmente interesados en conocer las novedades de la reunión estarán conectados directamente a las mismas fuentes que nosotros, de manera que, casi siempre, tendrán la información al mismo tiempo (o incluso antes) que nosotros. Y para el común de los mortales, para los receptores no especializados, lo importante es cómo se lo vamos a contar no cuándo se lo vamos a contar. Lo importante no es llegar el primero, lo importante es explicarlo mejor que nadie, interpretar la información, procesarla de tal manera que tenga sentido para nuestros receptores.

Y esto último tiene mucho que ver con otro concepto fundamental en cualquier cumbre internacional: debemos anteponer los intereses locales (con todos sus matices) a la perspectiva globalizada (demasiado simplista). Por razones obvias, este tipo de reuniones están dominadas, desde el punto de vista informativo, por los grandes medios (la mayoría de ellos anglosajones), los medios globalizados que necesitan de un discurso homogéneo, no sometido a la variabilidad de los múltiples paisajes en donde se va a consumir la información. Pero, ¿cómo explicar la trascendencia del cambio climático sin bajar a la escala local, sin acomodarlo a escenarios domésticos, sin vincularlo a actividades que nuestros receptores puedan identificar sin dificultad? ¿Qué sentido tiene, para un vecino de Sevilla o una vecina de Almería, hablar de la fusión de los glaciares patagónicos?

En este tipo de cumbres, a pesar de todos los obstáculos que se nos presentan y frente a la hegemonía de los grandes medios, hay que defender el periodismo de proximidad. El domingo, cuando aterrice en Paris y tenga que empezar a tejer las primeras crónicas para los Informativos de Canal Sur Televisión, atenderé a las negociaciones que se están produciendo en la COP21, claro que sí; a los compromisos que están presentado los países para reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero, sin duda; a las declaraciones y contradeclaraciones de mandatarios y portavoces políticos, por supuesto; pero, sobre todo, tendré presente la conexión que todos esos elementos tienen con Andalucía, con los andaluces. Trataré, en definitiva, de interpretar la información para situarla en un contexto de proximidad y así generar verdadera conciencia.

El periodismo de proximidad es la antítesis del periodismo de convocatoria, ese que sólo se alimenta de notas y ruedas de prensa, o de comparecencias vía plasma. Un periodismo en el que no hay sitio para los cumbrólogos ni para los que andan obsesionados con la exclusiva. Un periodismo que se ejerce con calma, con el reposo que requiere cualquier reflexión, porque la ansiedad informativa, aunque forma parte de la épica y la estética de este oficio, es un veneno que destruye nuestro objetivo más preciado: la comprensión.

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Los que seguís este blog sabéis que me gusta tirar de hemeroteca, acudir a ese archivo en el que los periodistas almacenamos viejas historias que un día se vuelven de nuevo oportunas.

Tras el fracaso de la cumbre de Durban comienzan las especulaciones en torno a Rio+20. ¿La última oportunidad?

En 1992 tuve la fortuna de contarme entre los pocos periodistas españoles que cubrimos la Cumbre de la Tierra y por eso conservo algunos recortes de los periódicos que entonces se editaron en la ciudad brasileña para informar, exclusivamente y día a día, de las negociaciones, las actividades del Foro Global (la cumbre alternativa) y todo tipo de iniciativas, incidentes y anécdotas relacionadas con el encuentro (aunque ahora nos resulte extraño no disponíamos de Internet, ni de teléfonos móviles, así es que el papel-prensa seguía siendo nuestra fuente imprescindible).

Los diarios “Earth Summit Times” y “Terra Viva” recogían el pulso de la Cumbre de la Tierra y, curiosamente, en uno de ellos, encuentro hoy, casi 20 años después, el anuncio de la que se nos venía encima. Bush (padre), que apareció en la Cumbre a última hora, relata, con absoluta precisión y descaro, cómo el poder de las grandes corporaciones, del famoso mercado, está por encima de los Estados y de los intereses que estos representan (los de los ciudadanos, ¿no?). Así lo expuso entonces, a propósito de su negativa a suscribir el Convenio sobre Biodiversidad, y dos décadas después estamos… donde estamos:

“No puedo dejarme llevar por los extremistas del medio ambiente. No puedo suscribir acuerdos que ponen en peligro puestos de trabajo en EEUU, impiden el desarrollo de la biotecnología y socavan el principio de la propiedad intelectual”

En realidad, el entonces presidente norteamericano trataba de ganarse las simpatías de las todopoderosas multinacionales, entre ellas las farmacéuticas, que no veían con buenos ojos las limitaciones que a sus actividades en el Tercer Mundo imponía el convenio.

Por primera vez, al menos en lo que se refería a tratados internacionales sobre medio ambiente, un grupo notable de países se mostraba dispuesto a discutir uno de los principios sagrados del imperio, injusto pero intocable. El sector privado de los países industrializados ha tenido acceso, desde tiempos inmemoriales, a cualquier recurso biológico en territorios del Tercer Mundo, al considerar que éstos eran «patrimonio común de la humanidad». Sin embargo, la tecnología necesaria para explotar esos mismos recursos, también en manos de los países ricos, sí que ha merecido todo tipo de protecciones, organizadas en torno a un complejo y eficiente sistema de derechos de propiedad intelectual.

¿Cómo era posible que en Río se pusiera en cuestión este sacramento? ¿Quién ganó el pulso? ¿Quién lo ganará en Rio + 20?

Continuará…

 

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