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Posts Tagged ‘divulgación científica’

La portada del disco If Not Now, When?, del grupo Incubus (al que, dicho sea de paso, nunca he escuchado), es la imagen que hace algún tiempo elegí para identificarme en Whatsapp (advirtiendo, eso sí, que: “Me río para mantener el equilibrio“). No sé enfrentarme a la incertidumbre, al vaivén entre el éxito y el fracaso, de otra manera…

 

Nunca habíamos coincidido pero estaba seguro que en el diálogo que nos proponían los organizadores del X Congreso Internacional sobre Investigación en la Didáctica de las Ciencias íbamos a compartir no pocos puntos de vista en torno a algunos elementos que a ambos nos preocupan y que nos parecen decisivos en cualquier debate en torno a la educación y la comunicación de la Ciencia. El rigor, la creatividad, el optimismo o la empatía son valores en los que ambos nos reconocemos y a los que casi siempre nos referimos en nuestras intervenciones.

Con quien tuve ocasión de dialogar hace algunos días, y reconocerme en estas y otras virtudes, fue con José López Barneo, uno de los investigadores más relevantes en el campo de las enfermedades neurodegenerativas, catedrático de Fisiología y director del IBIS (Instituto de Biomedicina de Sevilla). Un periodista y un médico borrando la frontera, anacrónica y estéril, entre las dos culturas.

Frente a un auditorio compuesto por cerca de 800 especialistas llegados de medio mundo e interesados en contribuir a una mejor educación científica, recorrimos algunos de los problemas que dificultan ese esfuerzo, pero también detallamos las soluciones que nos hacen mantener la esperanza en el desarrollo de una sociedad más culta, más crítica y más libre.

Aunque resulte paradójico, el valor que más celebré a lo largo de todo el diálogo, quizá porque suele mantenerse oculto a pesar de su trascendencia, fue el del fracaso. Frente a esa corriente simplona y conformista que quiere hacernos creer que en la cultura científica sólo caben el éxito, la diversión y el asombro, insistí en la necesidad de mostrar (también) el esfuerzo, el error, los tediosos procedimientos a los que se somete el método científico, la falta de reconocimiento y, desde luego, el fracaso, el fracaso como motor de las mejores hazañas. Y justamente en este punto es en donde López Barneo, gracias a su propia experiencia, introdujo algunos matices que arrojaron más luz sobre una cuestión condenada a una cierta oscuridad.

Es necesario apreciar en el fracaso un motivo para medir la verdadera voluntad de un individuo. Esa era la tesis de José López Barneo, la que nos unió, entre otras coincidencias, durante el diálogo sobre educación científica.

En esta tierra, confesó el científico, existe una cierta “celebración del fracaso” entendido como demérito, como tropiezo que únicamente da idea de la mediocridad de aquellos que no consiguen alcanzar sus objetivos. Si un vecino abre un negocio y le va mal, explicó, aquellos que le rodean, o muchos de los que le rodean, sienten un íntimo regocijo, una confirmación de sus peores presagios, una celebración del batacazo. Casi nadie aprecia en el fracaso un motivo para medir la verdadera voluntad de un individuo, su capacidad de sacrificio, la dimensión real de su esfuerzo, la disposición que tiene para adaptarse, para reinventarse, para intentarlo una y mil veces más.

En Estados Unidos, precisó López Barneo, donde no suele existir esta celebración del fracaso ni tampoco ese pudor a admitir que uno ha fracasado, hay quien incluye en su currículum justamente eso: las veces que intentó alcanzar un determinado objetivo, las veces que fracasó antes de conseguirlo. Y esta confesión no sólo no es un elemento que provoque el desprecio de sus semejantes, ni siquiera que invite a un cierto pitorreo, sino que, por el contrario, es el mejor aval para que a uno lo consideren una persona tenaz y decidida, de esas que no le tienen miedo al fracaso, de esas que no se rinden con facilidad.

Me gustaron estas apreciaciones, estas evidencias en torno al valor del descalabro, este elogio de la derrota que tantas satisfacciones nos podría aportar, por ejemplo, en la educación de nuestros hijos, en la defensa de nuestra carrera profesional o, incluso, en nuestras relaciones sociales (siempre sometidas al escrutinio de los que piensan que la felicidad es incompatible con los fracasos emocionales). Y que conste, para que el elogio tampoco se nos vaya de las manos, que una sucesión de fracasos no garantiza, en si misma, el éxito, pero de lo que no hay duda es de que el fracaso nunca debería ser la excusa para no intentarlo (al menos) una vez más (haciendo el esfuerzo oportuno para identificar la pieza que falló, lo que no funcionó como esperábamos, para buscar el mejor remedio).

Curiosamente no fueron americanos, sino mexicanos, los que pusieron en marcha las Fuckup Nights,  breves conferencias (al estilo de lasTed Talks) que cualquiera puede proponer (en directo o grabadas) para relatar su fracaso personal, el doméstico relato de su patinazo, la historia íntima de sus naufragios. Un magnífico ejemplo de cómo el fracaso llega a ser tan valioso que termina convirtiéndose en una herramienta de aprendizaje compartido (siempre que las lecciones se compartan de igual a igual, con humor y humildad, y no haya, por tanto, juicios maniqueos ni doctos sermones). El modelo ya se ha trasladado a algunos escenarios cercanos como el Campus Gutemberg (Universidad Pompeu Fabra), que en sus premios dedicados a prácticas inspiradoras en comunicación científica pide a los candidatos que sean “valientes” y se atrevan a explicar algo “que no salió bien” pero de lo que aprendieron muchísimo, sobre todo para evitar que “otros repitamos el mismo error”.

Me costó tiempo aprender (por una vez, la edad juega a favor) pero, con cierta paciencia y aplicación, he conseguido no temerle al fracaso (si en el empeño he puesto todas mis capacidades, of course). Mucha más inquietud me causan los que celebran el fracaso ajeno, es decir, los auténticos fracasados, y, sobre todo, me espantan aquellos que emplean gran parte de su existencia en zancadillear al prójimo para que, si es posible, no alcance sus metas. Después de reivindicar, como hizo López Barneo, el valor del fracaso e incluirlo en el relato de nuestra experiencia profesional, habrá que ocuparse de aquellos otros que favorecen el fracaso, promoviendo, por ejemplo, su inclusión en los títulos de crédito de una película o un documental, o en las citas de cualquier obra escrita. Si raramente nos olvidamos de agradecer a quien nos ayuda, ¿por qué no indicar, con nombre y apellido, quién hizo todo lo posible por hundir nuestro proyecto? Ese capítulo podríamos titularlo “A pesar de…”, porque si finalmente conseguimos sortear sus zancadillas es justo reconocer el esfuerzo (miserable) de los que intentaron hacernos fracasar… sin conseguirlo.

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Casi todo el mundo admira la creatividad, pero luego la castiga, la castigamos, sobre todo si cuestiona nuestras creencias. Nos gustan, no nos engañemos, los cerebros grises y ordenados…

Hace algunos días disfruté presentando en la Casa de la Ciencia de Sevilla el último libro de Pere Estupinyá (“El ladrón de cerebros. Comer cerezas con los ojos cerrados”, Editorial Debate). Como en asuntos de literatura, aunque sea científica, nunca pacto con la impostura me leí el libro hasta la última línea y, de manera inconsciente pero constante, fui tejiendo las infinitas conexiones que el ensayo de Pere me sugería. Confieso que lo que realmente me apetecía del acto, curado ya de la simplona vanidad del estrado, era conocer a Pere y charlar un rato con él a propósito de esas conexiones, de esas inquietudes comunes, del compromiso, compartido, que nos arrastra a contar lo complejo de una manera asequible y divertida. Y hacerlo, además, en buena compañía.

Hablamos del ¿interés? que la divulgación científica suscita en las librerías y bibliotecas españolas; de la imaginación y de la filosofía aplicadas al quehacer de los científicos; del fracaso y del idealismo en un terreno en el que ambos elementos se juzgan ¿inútiles?; del morbo mediático que tienen las certezas y la inquietud que nos causan las incertidumbres; de la estéril, y tramposa, ciencia low cost; del asombro, el placer de aprender y el optimismo (no ingenuo, como precisó Pere) con el que deberíamos lanzarnos a explicar todo lo que nos rodea; de la Ciencia del sexo y el amor, y de cómo es posible que exista tal disciplina sin traicionar la poesía… Hablamos, en fin, de la Ciencia vivida, de la  pasión, y el vértigo, con los que nos asomamos a lo desconocido para tratar de contarlo y así compartirlo.

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Con Pere y Quique Figueroa, en la entrada de la Casa de la Ciencia (Sevilla), antes de conversar a propósito de la creatividad y otras fantasías propias de la juventud…

Es difícil sorprender a Pere, “consumidor omnívoro de Ciencia”, con una apreciación o un dato del que no tenga referencia y que, además, despierte su curiosidad (e, inmediatamente después, su voracidad ). Pero ocurrió.

Una de las cuestiones que vengo rumiando desde hace tiempo tiene que ver con las vocaciones científicas y los múltiples elementos que influyen en ellas. En realidad me interesa ese chispazo, aparentemente primario, que nos hace decantarnos por una tarea u otra, por un porvenir u otro; un chispazo en el que hay elementos imponderables, claro que sí, pero en el que influyen, a veces de manera determinante, otros muchos factores que sí podemos precisar (y alabar o lamentar). Hay magia en esa decisión, con frecuencia temprana, pero también hay cálculo y, lo que es peor, oscuras determinaciones.

Lo que sorprendió a Pere fue el estudio que cité para apuntalar mi tesis a propósito de lo que podríamos llamar la paradoja de la creatividad alabada pero perseguida, un problema que penaliza cierto tipo de vocaciones poco convencionales. Es decir, casi todo el mundo admira la creatividad, pero luego la castiga, la castigamos (sobre todo si cuestiona nuestras creencias). El sistema educativo, no nos engañemos, premia la imitación, la uniformidad, la memorización, el orden… Y penaliza la intuición, la individualidad, la diferencia, el riesgo, el atrevimiento… Y así ocurre en cualquier orden de la vida, da igual si estamos tratando de resolver un problema matemático o si no sabemos cómo enfrentar una crisis de pareja. La creatividad, si va a contramano, no está bien vista.

Hasta aquí Pere y un servidor, además de la selecta audiencia que acudió a la Casa de la Ciencia, estábamos más o menos de acuerdo pero, fiel al espíritu del acto que nos congregó, decidí aportar algunas evidencias científicas que fueron las que, en definitiva, sorprendieron al divulgador. En un artículo de Gonzalo Toca a propósito de esta paradoja, se cita un estudio, muy llamativo, de dos psicólogos norteamericanos que viene a reforzar la susodicha tesis:

A los psicólogos estadounidenses Valina Dawson y Erik Westby se les ocurrió en 1995 la genial idea de cruzar los datos de los alumnos creativos de una clase y los de los favoritos de los profesores. Entonces descubrieron que los maestros dicen admirar la creatividad, pero prefieren a los niños obedientes. Se comportan como los jefes que esos mismos niños encontrarán cuando tengan que trabajar. El mensaje que reciben desde la infancia es claro: el reconocimiento y la estima de la autoridad dependen de la habilidad con la que ejecutemos sus órdenes. Nos pagan para pensar, no para discrepar“.

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Despacho de Albert Einstein (1955). Se ve un poquito desordenado… Así no hay quien formule la teoría de la relatividad… o sí…

Vaya, la Ciencia ha puesto el dedo en la llaga… ¿Qué hacemos para defender la creatividad en una sociedad así, en un sistema educativo así, en unas empresas así, en unas parejas así, en unas familias así? ¿Quién protege a los creativos? ¿Quién los defiende de la rutina y el orden? ¿Quién se ocupa de estos exploradores  sin los que resultará imposible descubrir soluciones a los grandes problemas de la humanidad, desde el cáncer hasta la depresión pasando por el cambio climático? ¿Quién, sin entenderlos, juzgará imprescindible su manera de hacer, heterodoxa y hasta caótica? ¿Cómo sobrevivirán a los mediocres y a los estúpidos, siempre conspirando en contra de la diferencia?

Quizás lo más misterioso de las personas creativas -concluye Toca- no sea ni la fuente de su inspiración ni su manera de surfear —o de ahogarse ocasionalmente— en la adversidad, los grandes planes o las pasiones extremas. Lo más fascinante es la forma en la que resurgen y sienten sus pensamientos y sus emociones, por dolorosas o alegres que sean, como un continente por explorar, por imaginar, por intuir. Son los exploradores de un pequeño planeta… y ese planeta no es otro que su mirada. Una mirada de infinita curiosidad“.

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¿Quién es este hippy? Perdón, es Le Corbusier en el estudio de su “cabanon de vacances” (Roquebrune-Cap Martin, Francia, 1951)

Cuando yo mismo, en mi papel de padre sobrepasado, me debatía en ese monólogo interior en el que se enfrentan la tranquilizadora (y aburrida) llamada al orden con la silvestre (y peligrosa) inclinación a la creatividad, mi amiga Palir Paroa sacó de su chistera, siempre repleta de bromas inteligentes, un sencillo párrafo que resuelve el dilema:

Señores Da Vinci, su hijo no tiene remedio. No se centra. Ahora pinta, ahora esculpe o inventa máquinas voladoras. Les paso a la psicóloga“.

 

 

 

 

 

 

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Cuando hayamos desaparecido no habrá nadie como nosotros, pero, por supuesto, nunca hay nadie igual a otros. Cuando una persona muere, es imposible reemplazarla. Deja un agujero que no se puede llenar, porque el destino de cada ser humano —el destino genético y neural— es ser un individuo único, trazar su propio camino, vivir su propia vida, morir su propia muerte.

No puedo fingir que no tengo miedo. Pero el sentimiento que predomina en mí es la gratitud. He amado y he sido amado; he recibido mucho y he dado algo a cambio; he leído, y viajado, y pensado, y escrito. He tenido relación con el mundo, la especial relación de los escritores y los lectores.

Y, sobre todo, he sido un ser sensible, un animal pensante en este hermoso planeta, y eso, por sí solo, ha sido un enorme privilegio y una aventura”

(De mi propia vida, Oliver Sacks)

 

A finales de febrero de este mismo año, que ha sido, que está siendo, un año especialmente intenso, leí el artículo del que he elegido un párrafo para prologar esta anotación de madrugada. Un artículo en el que mi admirado Oliver Sacks anunciaba su cáncer, incurable y terminal, y se despedía de sus lectores.

El pasado domingo murió este neurólogo británico que nos mostró, como el aventurero que se interna en una selva desconocida llena de peligros y prodigios, el funcionamiento del cerebro humano. Y lo hizo con un grado de humanidad, de rigor científico, de afecto, de humor, de claridad y de humildad, con el que pocos divulgadores han sido capaces de visitar ese territorio, interpretarlo y regresar, sin perder la sonrisa, para tratar de explicarnos quiénes somos, qué somos, por qué somos, con quién somos… ¿Cuál es el extraño y verdadero vínculo entre nuestra mente y nuestro yo? ¿Qué es en realidad lo que nos anima y nos hace humanos? ¿Qué es lo que separa la cordura de la demencia?

El arte y el horror, el amor y el odio, la música y el ruido, la violencia y la poesía, la mesura y las pasiones, la memoria y el olvido… todo convive, en todos, dentro de esa masa gelatinosa, bañada en un cóctel químico del que no existen dos recetas iguales, que se pasa el día y la noche trazando planes.

En la propia infancia de Sacks convivieron esos ángeles y demonios que nos habitan a todos: frente a la libertad de explorar territorios científicos aparentemente inapropiados para un niño (las explosiones e incendios en su casa eran moneda corriente por culpa de sus experimentos) estaban los malos tratos que padeció lejos de su familia, por culpa de la guerra, y el rechazo cruel de su madre a su homosexualidad declarada. Pero todas estas circunstancias, las buenas y las malas, esas con las que todos convivimos a diario, y también las que más tarde fue descubriendo en su consulta y en los centros psiquiátricos donde trabajó, lejos de convertirlo en un hombre distante o resentido, hicieron de Sacks una persona tremendamente sensible a la diferencia, y así nos ayudó, a muchos apasionados lectores de su extensa obra, a contemplar de manera distinta, mucho más humana y compasiva, a los que hasta ese momento seguramente habríamos despachado con algún adjetivo injustamente simple como “loco”, “perturbado” o “lunático”.

En el arte es mucho más común este acercamiento a los infiernos: la casualidad quiso que el mismo día de la muerte de Oliver Sacks yo estuviera visitando, en el Museo Picasso de Málaga, la emocionante exposición de Louise Bourgeois “He estado en el infierno y he vuelto”, con la que resulta inevitable trazar ciertos paralelismos. Y ahí está otra de las virtudes de este neurólogo: el arte –sobre todo la música– estaba muy presente en su obra, no sólo en el contexto de la misma, o de su propia vida, sino en el mismo corazón de su discurso científico: el arte también nos explica, también muestra ese territorio selvático e inexplorado, también revela nuestra complejidad y nuestra fragilidad, también forma parte de nuestra identidad como especie y como individuos (visitad la exposición de Bourgeois y deteneros, unos instantes y en silencio –nada de audioguías ni de catálogos–, delante, por ejemplo, de la serie de grabados, acuarelas, dibujos a lápiz y gouache 10 am is When you Come to Me”10 am es Cuando tú Vienes a Mí–).

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Ahí están nuestras manos buscando, buscándonos, buscando al otro, a la otra. Estrechándose. Separándose. Reencontrándose. Ahí están nuestras manos explorando el abismo… (Fragmento de la serie “10 am is When you Come to Me”, Louise Bourgeois)

 

Oliver Sacks, desde las dos culturas, se asomó al abismo de la condición humana para certificar el vértigo que sentimos ante ese enigma insondable pero, al mismo tiempo, nos convenció, desde la voz de la ciencia y la luz del arte, de que en ese abismo estamos nosotros, todos nosotros y todo lo bueno que hay en nosotros. Su voz era la de la esperanza y el optimismo, y no se trataba de la mirada estéril de un romántico bienintencionado, sino la mirada, sorprendida, lúcida, apasionada y sin prejuicios, de un niño que quiere entender el mundo sin dejar de jugar, o que quiere seguir jugando para poder así entender el mundo, aunque tenga que sortear explosiones, incendios y el rechazo de los que no toleran la diferencia. En realidad, como nos gustaría hacer a (casi) todos…

“Si bien he tenido relaciones amorosas y amistades, y no tengo auténticos enemigos, no puedo decir (ni podría decirlo nadie que me conozca) que soy un hombre de temperamento dócil. Al contrario, soy una persona vehemente, de violentos entusiasmos y una absoluta falta de contención en todas mis pasiones”

(De mi propia vida, Oliver Sacks).

 

 

 

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¿Tienen miedo? ¿Les preocupa no saber nadar? ¿Les incomoda el tamaño de la piscina? ¿Necesitan algo más para divertirse?

El sábado pasamos una mañana fabulosa en A pie de calle. Allí impartí, para un grupo de amig@s, animosos y benevolentes, un sencillo taller sobre Ciencia, Arte y Redes Sociales, una extraña mezcla que nació de mi atrevimiento (sin límites) y del reto que me planteó mi amiga Charo Corrales (el alma de A pie de calle). Como suponía, sobre todo a la vista del alumnado, no hubo dificultad alguna para mezclar el bizcocho casero que nos había cocinado Charo (así se empieza un taller con clase) y la alta tecnología móvil que estábamos dispuestos a domar en unas cuantas horas. Pudimos mezclar, con soltura, la seriedad y la risa; la teoría y la práctica; Instagram y Twitter; la Ciencia y el Arte (aunque creo que, al final, hubo más de lo segundo…).

Para resumir lo que allí ocurrió no se me ocurre nada mejor que rescatar cinco citas que me sirvieron, en el inicio del taller, para situar cinco ideas sobre las que ir apuntalando todo el material que venía después. Sólo cinco principios para saber quiénes somos y qué buscamos…

1.- Somos principiantes.

“A la mente del principiante se le presentan muchas posibilidades; a la del experto, pocas” (Shunryu Suzuky, Mente Zen, Mente de Principiante).

2.- Trabajar con restricciones estimula la creatividad.

“Cuando se le fuerza a trabajar dentro de unos límites muy estrictos, se puede sacar el mayor partido de la imaginación” (T.S. Eliot)

3.- Alcanzar la simplicidad es el objetivo (aunque no es fácil).

“Hay que hacerlo todo lo más simple posible, pero no más simple que eso” (Albert Einstein)

4.- La historia es más importante que los datos.

“Nuestro cerebro está construido para contar y escuchar historias, todos nacemos siendo auténticos cuentacuentos (y auténticos escuchacuentos)” (Garr Reynolds)

5.- ¿En dónde está la verdadera fuerza de la imagen?

“Muchos fotógrafos piensan que si compran una cámara mejor serán capaces de hacer mejores fotos. Una cámara mejor no hará nada por ti si no hay nada en tu cabeza o en tu corazón” (Arnold Newman)

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Así empezamos…

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Y así terminamos…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Y luego, cuando se disiparon todas las ideas y se apagaron todas las palabras, nos perdimos por las calles de Triana a descorchar botellas de Barbazul

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Dicen, y mucho me temo que es cierto, que para conseguir tres opiniones que se contradigan entre sí basta con reunir a dos españoles. Y en algunos casos bastaría con uno sólo, seguro. Como consuelo, o coartada, y parafraseando a Walt Whitman, todos contenemos multitudes y, por tanto, nos contradecimos de manera casi inevitable.

Hace unos días tuve ocasión de participar como ponente en el taller de divulgación científica que organizó la Fundación OESA (http://www.fundacionoesa.es/ciencia-sector/talleres-acuired-divulgar-ciencia-en-el-siglo-xxi) y en mi presentación hablé de la “paradoja de  Sábato” (no, no las busquéis en la Wikipedia porque la expresión es de mi propia cosecha y aún no he conseguido colocarla en los santuarios de Internet). Una paradoja que me permitió, con soltura y desparpajo, contradecirme a mí mismo una vez más. Cierto es que conté con la inestimable colaboración de Óscar Menéndez (@omenendez), que me ayudó a tomar conciencia de semejante ataque de esquizofrenia.

Ernesto Sábato, al que fácilmente identificamos como escritor y ensayista, defensor de los derechos humanos e, incluso, como pintor, fue, además de todo eso (o mejor dicho: antes de todo eso), físico. El polifacético argentino trabajó en el Laboratorio Curie, en Paris, y en el archifamoso Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), centros en los que desempeñó labores de investigador en el campo de las radiaciones atómicas, la relatividad y la mecánica cuántica.

Igual que hay crisis de fe que te apartan de la religión hay crisis de racionalidad que te apartan de la ciencia, y así le ocurrió a Sábato, como me contó por primera vez hace años mi amigo Miguel Delibes.

En su obra “Hombres y engranajes” (1951) Sábato explica de manera contundente este desencanto:

La ciencia estricta –la ciencia matematizable– es ajena a todo lo que es más valioso para el ser humano: sus emociones, sus sentimientos, sus vivencias de arte o de justicia, sus angustias metafísicas. Si el mundo matematizable fuera el único verdadero, no sólo sería ilusorio un castillo soñado, con sus damas y juglares: también lo serían los paisajes de la vigilia, la belleza de un lied de Shubert, el amor. O por lo menos sería ilusorio lo que en ellos nos emociona ”.

Pero, al mismo tiempo, y aquí es donde nace la paradoja, Sábato admite que la utilidad de la ciencia aumenta a medida que se vuelve más abstracta (…). Su poder se obtiene a costa de una progresiva evanescencia del mundo cotidiano. La tesis la perfiló en algunos ensayos como “Poderío e impotencia de Einstein” (1955) donde asegura que a medida que la ciencia se hizo más abstracta y, en consecuencia, más alejada de los problemas y palabras cotidianos, su utilidad y su poderío aumentaron en la misma proporción. Porque una teoría tiene más aplicaciones cuanto más abarca, cuanto más universal es; y, por lo tanto, cuanto más abstracta, ya que lo concreto se pierde con lo particular.

Pues bien, a mi esta paradoja, que convierte la ciencia en un elemento que se va alejando de la comprensión y el aprecio de los ciudadanos conforme se vuelve más útil y poderosa, me sirve para hablar de las dificultades que entraña la divulgación científica, no sólo debido a los problemas que afectan a los comunicadores, a las fuentes que nos proporcionan las noticias o a la mismísima audiencia a la que nos dirigimos, sino también a la propia naturaleza de la delicada materia prima que manejamos.

Pero frente a esta paradoja se rebeló, con buen criterio, Óscar, y yo le di la razón, abonándome, en ese mismo instante, a la más flagrante contradicción. Porque es cierto que la ciencia estricta está alejada de aquellos territorios que el hombre considera más valiosos, como el de las emociones y el de los sentimientos, pero no es menos cierto que hasta la ciencia más estricta está cargada de misterio, de superación, de aventura,… y quizá el trabajo del divulgador, el reto del divulgador, sea localizar estos yacimientos cargados de emociones, que a veces se ocultan bajo espesas capas de fría racionalidad, para humanizar así la ciencia.

Antes de comérselos Verónica Fuentes tomó esta escalofriante imagen de los antozoos hexacorales, flanqueados por trozos de Galeorhinus galeus y pequeños especímenes de Alloteuthis media.

La paradoja y la contradicción la celebramos, al final del Taller, comiéndonos unas crujientes ortiguillas, que descritas de esta sencilla manera aparecen empapadas de las emociones que le son propias a la festiva gastronomía sureña, pero que si las identificáramos como antozoos hexacorales bañados en ácido 9-octadecenoico calentado hasta los 185 grados Celsius… perderían todo su glamour.

Maldita ciencia !!!

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“De ser una actividad que no se había explicado a la sociedad, la gestión de los residuos radiactivos se convirtió en España, a mediados de los años ochenta del siglo pasado, en una tarea que requería, a partes iguales, una notable excelencia técnica en su ejecución y un extraordinario esfuerzo de transparencia informativa. Comunicar conocimientos complejos a públicos heterogéneos, buscar la precisión sin caer en una jerga indescifrable y evitar que a las palabras se adhieran emociones que las desvirtúen, no eran, ni entonces ni ahora, empresas sencillas”.

Esta es la introducción del artículo, “El laberinto de la palabras”, que acabo de publicar en el número 100 de la revista Estratos, y del que os ofrezco unos pocos párrafos en los que trato de desentrañar algunos de los problemas a los que nos enfrentamos los divulgadores científicos. Si os interesa, podéis leer el texto completo (además de otras muchas colaboraciones de colegas comprometidos con el periodismo científico y ambiental) en: http://www.enresa.es/files/multimedios/estratos100.pdf

“No es cierto que todo conocimiento sea posible codificarlo de una forma óptima en algún tipo de lenguaje, ya sea común o científico. El lenguaje es un ser vivo que habita en su propio laberinto, y en él se encuentra con las emociones, los prejuicios o los conocimientos previos sobre la materia en cuestión. Numerosos estudios, y este argumento es ya un clásico dentro de este debate, han puesto de manifiesto cómo la actitud favorable de los ciudadanos frente a cuestiones relacionadas con la energía nuclear aumenta con el grado de conocimiento sobre esta materia. Y el conocimiento se construye, principalmente, entre la escuela, los medios de comunicación y la experiencia directa. Tres fuentes en las que es inevitable que estén presentes las emociones. ¿Es posible, entonces, gobernar ese cóctel?”.

“Incluso cuando se recurre al lenguaje técnico o científico más duro no hay garantías de que un término, prácticamente intraducible para un lego en la materia y por tanto aparentemente neutro, esté realmente desposeído de connotaciones indeseables. Como demostraron en 2009 los investigadores Hyunjin Song y Norbert Schwarz, del Departamento de Psicología de la Universidad de Michigan, existe una relación directa entre la dificultad para pronunciar un nombre científico (en su caso se trataba de un nombre químico) y el riesgo que se percibe asociado a dicho elemento. O, dicho de otra manera, el nombre puede definir al objeto y determinar su eficacia y su toxicidad, como mínimo, según demostraron Song y Schwarz, en lo que se refiere a fármacos, aditivos alimentarios y otras sustancias químicas”.

“Frente a todas estas dificultades el comunicador, además de contar con una excelente capacitación, sólo puede esgrimir una mirada honesta y buenas dosis de humildad. Lo advierte el lingüista alemán Harald Weinrich, preocupado por el lenguaje de la divulgación científica: “El mundo tiene poco que esperar y mucho que temer del especialista que sólo se ocupa de difundir sus resultados dentro de los límites de su especialidad particular”. Y por eso recomienda algo que en el pulso entre comunicadores y técnicos aporta un argumento de peso a los primeros: “Cuando escribas para tus colegas especialistas, asegúrate de tener un receptor de otras especialidades, afines o no, con el objeto de evitar los guetos  científicos”. 

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Científicos y comunicadores en el desierto australiano (2009)

Desde 2002 la Estación Biológica de Doñana (CSIC) y la Radio Televisión de Andalucía (RTVA) vienen colaborando en el desarrollo y difusión de expediciones científicas a diferentes espacios naturales que, más allá de la Península Ibérica, mantienen algún vínculo ecológico con nuestro país. De esta manera, y en una experiencia pionera en España, un equipo de televisión (“Espacio Protegido”, Canal Sur 2) filma, en tiempo real, los avatares de un viaje de estas características, rodeado de dificultades pero, también, abierto a sorprendentes descubrimientos científicos. Aventura y rigor no son valores incompatibles en este producto televisivo.

Documentales atípicos que refuerzan el compromiso de la RTVA con la divulgación de la Ciencia y la difusión de aquellos proyectos que, desde instituciones de investigación radicadas en Andalucía, buscan mejorar el conocimiento y protección de nuestro patrimonio natural, haciendo atractivo este empeño para el gran público y, sobre todo, para los espectadores más jóvenes.

La iniciativa, a la que en 2006 se sumó el Parque de las Ciencias de Granada, se ha materializado, hasta la fecha, en cuatro series documentales: “El jardín de los vientos” (Expedición a Kazajstán, 2003); “Mauritania, tres colores” (Expedición a Mauritania, 2004), “El sur infinito” (Expedición a Argentina, 2006) y “Planeta Australia” (Expedición a Australia, 2009).

Aprovechando que los alumnos del Máster en Comunicación Científica de la Universidad Pompeu Fabra (Barcelona) me han pedido que les facilite el visionado de algunos de estos documentales, cuelgo en este post los enlaces de aquellos videos que están disponibles en Internet:

· “El jardín de los vientos” Capítulo 1: http://www.youtube.com/watch?v=EFEtZDSHwGY&feature=mfu_in_order&list=UL

· “Mauritania, tres colores”. Capítulo 1: http://www.youtube.com/watch?v=kYwUl8CNVks&feature=youtu.be&a

· “Argentina: las alas de la Pampa”: http://www.youtube.com/watch?v=9GgM3elKtjY&feature=mfu_in_order&list=UL

· “Argentina: el sur infinito”: http://www.youtube.com/watch?v=c0puqGmA4_c&feature=mfu_in_order&list=UL

· “Planeta Australia: los archivos de la Tierra” : http://www.youtube.com/watch?v=N0tCCBGcc3k

· “Planeta Australia: la vida en las antípodas”: http://www.youtube.com/watch?v=ev5p8A6SvMM

También pueden verse en la CienciaTK del CSIC (www.cienciatk.csic.es).

 

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