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Lo malo de las maravillosas estepas de Asia Central es que no hay manera de encontrar una sencilla fuente, una rústica ducha, un manantial silvestre… Esos dos puntitos en mitad de la infinita pradera son las dos camioneta soviéticas en las que durante un mes recorrimos el corazón de Kazajstán, pasando un poco de sed, pasando un poco de hambre, pasando un poco de miedo.

La sed era una sensación primitiva y casi olvidada, un eco lejano de aquellas tardes de verano en las que se te iba el santo al cielo jugando al fútbol o cazando lagartijas y, con la boca pastosa, tenías que buscar una fuente (el chorrito  que decíamos en el barrio) o el auxilio providencial del tabernero (cascarrabias) que estaba a medio camino de casa. Y el hambre ni eso, porque hambre, lo que se dice hambre, nunca llegamos a pasar, quizá, si me apuras, un poco de gazuza porque habíamos olvidado el bocadillo, se retrasó el almuerzo o el bar estaba cerrado.

De ciertas estrechuras vitales nuestra generación sabe poco (o nada). Y los que nada (o poco) sabemos de aquellas estrechuras poco podemos explicar de sus consecuencias; de poca pedagogía de posguerra podemos presumir para sobrellevar este confinamiento con templanza. Repetimos la cantinela que llegamos a repudiar en nuestros abuelos, hacemos nuestras aquellas calamidades que nos aburrían (por desconocidas). Seamos sinceros: no sabemos de sed, no sabemos de hambre, no sabemos de miedo.

Y lo peor de todo es que no queremos saber de sed, ni de hambre, ni de miedo. Por eso todos los gobiernos, y buena parte de los ciudadanos, se resisten a hablar de emergencia, y mucho menos a declararla. En nuestro mundo (casi) feliz no hay lugar para alarmas. Todo está (parece) bajo control. Aquí, ahora, no es posible la sed, el hambre, ni el miedo. Eso es algo antiguo, algo que, como mucho, le pasa a los otros, nunca a nosotros.

Algo parecido ha ocurrido con la tristeza. Una vez alcanzados por el tsunami vírico se impuso de manera espontánea una absurda celebración de todo lo que nos había traído la catástrofe, convirtiendo en una fiesta cualquier noticia (buena, regular o catastrófica). Aplausos, conciertos en azoteas, canciones machaconas que invitan a la resistencia, retos para compartir fotografías de infancia, tutoriales de cocina creativa, vídeos ridículos de gente haciendo el ridículo… Ruido, mucho ruido. En nuestro mundo (casi) feliz no hay lugar para la tristeza. Todo está (parece) bajo control. Aquí, ahora, no es posible la pena, ni el abatimiento, ni la nostalgia. Eso es algo antiguo, algo que, como mucho, le pasa a los otros, nunca a nosotros, entregados a la canción, la danza y el teatro, espontáneos.

Sin renunciar, con moderación, a ciertos bálsamos, y a una sensata vitalidad con la que poner algo de luz en medio de la tormenta, yo no tengo, en plena emergencia, el cuerpo de fiesta, y me alegro que alguien (Octavio Salazar, catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Córdoba) se haya atrevido a explicar este derecho a la tristeza que muchos se empeñan en maquillar, convencidos, quién sabe, de que la fiesta y el alboroto son la mejor manera de combatir la pandemia y sus devastadores efectos. “Miro más allá de la emergencia sanitaria”, escribe Salazar, “y al vislumbrar el horizonte lamento no tener ni el cuerpo ni el alma para cánticos resistentes. Pasados ya más de 20 días en la jaula, reivindico ahora el silencio, la serenidad e, incluso, ese punto de espiritualidad que habitualmente esquivo”. Sí, el silencio, ese silencio que tanto nos espanta, es una poderosa medicina para no perder la consciencia.

No hay mala intención, tan solo desconocimiento. Por eso celebro a los que, sin quererlo, me enseñaron a entender lo que estaba por venir. Esa lección tan áspera, la lección de la escasez extrema aplicada a un hijo de la abundancia, fue una de las lecciones inesperadas, y maravillosas, de mi experiencia (extrema) con los especialistas de la Estación Biológica de Doñana (CSIC) durante el rodaje de la serie documental (para Canal Sur Televisión) que nos llevó a los rincones más agrestes de los cinco continentes. En mi memoria y, sobre todo, en el íntimo almacén de mi nostalgia, ocupan lugares de privilegio las estepas vírgenes de Kazajistán, las cantarinas ballenas patagónicas, los densos y primitivos bosques de Tasmania, las interminables playas desiertas del Banc d´Arguin mauritano, la explosión de biodiversidad en la desembocadura del río Senegal, los estromatolitos de Shark Bay en el índico australiano o los cocodrilos de un remoto oasis en el límite del desierto del Sahara, pero, sobre todo, el mordisco de la melancolía hace presa en el recuerdo edulcorado de aquella sed, de aquella hambre, de aquella falta de sueño, de la mugre que nos hacía suspirar por una ducha, del frío, del calor extremo, de la incertidumbre, del miedo…

Cuando te decides a comer armadillo cocido (“peludo” en el argot argentino) es que la cosa se ha puesto realmente chunga…

HAMBRE.- A eso de las cuatro de la madrugada estábamos sorbiendo un mate tibio y masticando un trozo de bizcocho duro mientras esperábamos el amanecer en la linde de las redes que habíamos tendido junto a uno de los pozos de la hacienda “La Holanda”, en el corazón de la Pampa argentina. Diez horas después, sin otro alimento que aquel lejano mate y aquel dulce reseco que nos entretuvo el estómago mientras capturábamos churrinches, horneros o calandrias, volvíamos al galpón donde nos esperaba un peludo cocido (que levante la mano quien haya comido armadillo… no por curiosidad gastronómica sino por pura necesidad). Vale que nos reíamos esquivando a las tarántulas pampeanas (araña pollito –Grammostola rosea- ) o canturreando alguna milonga tristísima con Miguel Delibes y Martina Carrete haciendo los coros, pero teníamos hambre, hambre de verdad, hambre de esa posguerra que no conocimos, que no llegamos a padecer.

Al fin, una tarde de extrema desesperación, Chiqui y yo agarramos una de las furgonetas porteñas y nos fuimos, sorteando baches y barro, a hacer la compra a Toay, como quien se acerca al Mercadona del barrio. Unas tres horas después (porque en la Pampa todo está, como mínimo, a tres horas de camino) entramos a la tienda de comestibles de Toay como quien entra en la Capilla Sixtina: babeando, con la boca abierta y los ojos llorosos. Tirando de cartera, y presos de una excitación casi pornográfica, compramos y compramos y compramos. Llenamos la furgoneta de vituallas con la alegría sin freno de quien ha sido comisionado para resolver el hambre canina de una pandilla de investigadores que arrastran (casi) el mismo apetito feroz que un asilvestrado equipo de televisión.

Parados en mitad de un bosque de caldenes calcinados, en el corazón de la Pampa argentina, suspirando por un poco de comida decente y una Quilmes bien fría.

Del homenaje que nos dimos hay pruebas, fugaces, en el documental “Las alas de la Pampa”, justo en esa secuencia en la que suena Calamaro y se nos ve relajados en las hamacas, brindando con vino tinto frente a un abundante plato de pasta. Haciendo bromas, como si nunca hubiéramos pasado hambre o como si, de haberla pasado, la hubiéramos dado por buena, a modo de sacrificio menor en pos de la mejor ciencia y la más extraordinaria divulgación.

PD: Poco tiempo después de aquella expedición a Argentina se descubrió que el consumo de armadillo podía multiplicar el riesgo de contraer lepra. Otro susto más para la colección.

SED.- Con la despreocupación inconsciente del expedicionario bisoño partimos de Almatý en un par de desvencijadas camionetas soviéticas en las que se amontonaban pertrechos suficientes (suponíamos) para internarnos durante varias semanas en las estepas de Kazajistán.

La primera noche en el campo disfrutamos de la inquietante compañía de una manta de solífugos asiáticos a los que habíamos importunado arando, azadón en mano y casi a oscuras, el terreno imprescindible para plantar nuestras sencillas tiendas de campaña. Nos reunimos en torno a una hoguera, sentados en el suelo, a disfrutar de la remesa de Jack Daniel´s comprada en la Duty Free de Frankfurt, convencidos de que no había lugar ni compañía mejor en toda Asia Central. Mientras mordisqueábamos un infame embutido, de incierto origen y nula certificación sanitaria, nos enfrentamos, por vez primera, a la que la que pronto bautizamos como “duda kazaja”, un curioso rasgo en la personalidad de este pueblo mestizo, un atributo, desesperante, que se expresaba, de manera particularmente intensa, en nuestro guía Serguei.

Explicada de manera sencilla la “duda kazaja” consiste en la imposibilidad biológica, cultural o qué se yo, de decir “no”. Todas las negaciones desaparecen milagrosamente de la conversación que queda reducida a afirmaciones tajantes o a extrañas dudas que nadie sabe muy bien cómo interpretar. Ni siquiera una pregunta directa sirve para neutralizar la finta: si la respuesta al interrogante es “no” jamás escucharás ese “no” (ni nada que se le parezca). Así es que cuando le preguntamos a Serguei si teníamos agua suficiente respondió algo así como “bueno-en-realidad-el-agua-es-un-elemento-muy-importante-sobre-el-que-resulta -complicado-decir-si-disponemos-de-mucha-o-de-poca-más-bien-todo-lo-contrario-pero-en-cualquier-caso-sería-conveniente-considerar-el-carácter-indispensable-del-agua-en-un-territorio-donde-es-difícil-encontrarla”.

– ¿Un territorio donde es difícil encontrarla?  Pero, ¿cómo de difícil?

– Bueno-en-realidad-la-dificultad-puede-ser-variable-porque-dependemos-de-los-viejos-pozos-artesianos-que-llevo marcados-en-mi-mapa-y-que-a-veces-tienen-agua-potable-y-otras-tienen-agua-pero-poco-potable-y-a-veces-están-cerca-y-otras-lejos-o-a-medio-camino.

– Esto… ¿tenemos agua suficiente, Serguei? O mejor, para evitar dudas, ¿tenemos agua, Serguei?

– Bueno-para-mi-lo-suficiente-puede-ser-distinto-a-lo-que-vosotros-consideráis-suficiente-y-hablando-de-agua-uno-nunca-sabe-si-la-que-tiene-bastará-o-hará-falta-un-poco-más-para-lo-que-ciertamente-podemos-necesitar”.

Viendo nuestra cocina de campaña, en el interior de una de las camionetas soviéticas, cualquiera puede entender que en nuestra expedición a los confines de Asia Central no disfrutábamos de muchas comodidades ni de una higiene a prueba de patógenos surtidos.

No era un problema de traducción (a pesar de que Serguei manejaba el inglés con la misma soltura que nosotros el ruso) sino la primera embestida de la “duda kazaja”. Así es que de nada sirve reproducir la larga conversación con nuestro guía porque en ella no vais a encontrar, como nos ocurrió a nosotros, ni un minúsculo “no”. Como ya habréis imaginado, la serpenteante “duda kazaja” daba a entender, de manera concluyente, que no, que NO teníamos agua. Bueno, atesorábamos la ridícula cantidad que habíamos guardado en nuestras pequeñas cantimploras personales, esas a las que ahora cada uno miraba de reojo, con lujuria y miedo.

Primero apareció la sed psicológica, provocada por la simple idea de la escasez, y luego vino la sed física, la auténtica, la indomable (a la que contribuyó un tal Jack Daniel´s). Aunque las quisimos disimular, para no parecer expedicionarios bisoños, Serguei interpretó correctamente nuestras señales de pánico, así es que agarró su viejo Lada y se marchó en busca de agua. Imaginaros lo que pasa por la cabeza de un expedicionario bisoño, cuando, noche cerrada y en mitad de la nada, ves a tu guía perderse, solo, camino hacia esa nada en busca de agua. Sin teléfono móvil, con un viejo mapa de la época soviética lleno de garabatos y en un coche que en España llevaría años siendo carne de desguace. ¿Volverá? ¿Volverá con agua? ¿Cuándo volverá? ¿Traerá agua suficiente? ¿Será agua potable?

Racioné mi cantimplora, medida que incrementa hasta valores insoportables la sed psicológica y traté, sin conseguirlo, de evitar los malos pensamientos. En posición fetal, dentro del saco de dormir, me imaginé bebiendo el agua de los radiadores, chupando el rocío depositado sobre los rastrojos de la estepa, lamiendo las toallitas que nos servían para el aseo personal o sorbiendo la sangre de las marmotas que terminaríamos cazando para no morir deshidratados. Fue la noche en la que he pasado más sed en toda mi vida. Una noche de insomnio deseando oír el petardeo del viejo Lada en su regreso triunfal al campamento, con un Serguei sonriente (¿sonríen los rusos cuando están sobrios?) cargado de bidones de agua cristalina.

Serguei regresó muchas horas después (vale, lo mismo regresó a las seis o siete horas de irse, pero a mi aquella ausencia se me hizo eterna), con agua suficiente para todo el grupo. Nadie preguntó de dónde la había sacado pero yo la filtré (con la camiseta) y le apliqué mi mejunje para casos extremos, y así la potabilicé en mi cantimplora (lo que me obligó a otra espera -desesperante- mientras la química hacía su trabajo).

A partir de ese día, y durante las 24 jornadas (sí, casi un mes) que pasamos potreando en las estepas de Kazajistán, sin un mal grifo al que amorrarnos ni una primitiva ducha en la que ablandar nuestra roña, nunca nos faltó agua de boca, aunque Serguei aplicó la “duda kazaja” a otras muchas cuestiones de logística e intendencia, necesidades que tuvimos que ir sorteando con grandes dosis de resignación, abundantes raciones de incertidumbre y un poco de miedo.

 

Casi treinta días de estepa, en condiciones extremas, no pudieron con nosotros. Lo cierto es que los amigos de la Estación Biológica de Doñana (CSIC) nos lo pusieron difícil, pero el equipo de “Espacio Protegido” (Canal Sur Televisión) sobrevivió a la prueba.

 

MIEDO.- La mujer del patrón llamó al hotel a media tarde para comunicarnos que su marido había sufrido un infarto y que no podría hacerse cargo, tal y como habíamos acordado, de la embarcación que debía llevarnos hasta las islas Chafarinas. Como era el único civil autorizado a realizar este viaje la solución que nos propuso fue contar con un amigo de su marido, militar en la reserva, que tenía ciertos conocimientos naúticos y contaba con el beneplácito de las autoridades castrenses. No teníamos otra opción para cubrir las menos de 30 millas que separan Melilla del archipiélago así es que aceptamos la contraoferta y nos citamos en el puerto de la ciudad autónoma con las primeras luces.

El día amaneció desapacible, encapotado y con un arisco viento de levante, dos condiciones atmosféricas nada excepcionales en un mes de mayo pero, cuando menos, incómodas para un equipo de televisión. Al resto del pasaje (especialistas del Parque Nacional de Doñana y de la Estación Biológica de Chafarinas) tampoco le gustó cómo pintaba aquel sábado de primavera en la costa africana pero, siendo sinceros, ni unos ni otros supimos interpretarlo en clave naútica. Quien tenía que decidir si navegábamos o no era el patrón sustituto, que no parecía muy ducho, y, sobre todo, su grumete, un viejo lobo de mar al que nos entregamos con algo más de confianza que al primero.

– Vamos a cargar el barco y decidimos a lo largo del día –concluyó el patrón después de mirar al horizonte, simulando la característica pose del entendido, y conversar, simulando un cierto aire distraído, con su grumete – .

Nos volvimos a citar a primera hora de la tarde, después de comer, por si las circunstancias hubieran mejorado.

Quiero recordar que volvimos al puerto a eso de las tres o las cuatro, convencidos de que nuestro viaje se aplazaba porque, lejos de mejorar, el tiempo se había ido torciendo y el viento de levante, nuestro principal enemigo, seguía bravo. Además, las horas de luz disponibles menguaban hasta un punto que considerábamos arriesgado incluso para una travesía que, siendo optimistas, no debía ser demasiado larga.

– Nos vamos. La previsión meteorológica es mejor para esta tarde, el viento va a amainar y en el entorno de Chafarinas las condiciones no son malas. Llegaremos a la isla de Isabel II antes de que anochezca – sí, también en este caso nos habló con autoridad, simulando la característica pose del marino que ha sorteado temporales, galernas y tifones sin despeinarse -.

¿Os habéis confiado alguna vez a un marino que muestra evidentes signos de temeridad? ¿Os habéis embarcado alguna vez con un patrón cuyos conocimientos naúticos son muy básicos y, además, se le nota? ¿Habéis navegado alguna vez con un desconocido que patronea un barco que no es suyo en unas condiciones difíciles y con rumbo hacia una isla diminuta? Pues bien, ¿cómo es posible que siendo evidentes todas estas circunstancias nadie, absolutamente nadie, se negara a embarcar?

Lo bueno de este oficio es que el miedo, cuando aparece, se olvida pronto. Al día siguiente del susto ya estaba en faena, rodando con César y Fermín la colonia de gaviota de Adouin en la desierta isla del Rey Francisco. Al fondo, la isla de Isabel II.

Así funciona el miedo, supongo, cuando nunca has tenido esa clase de miedo y no sabes identificarlo. Así funciona nuestra pueril confianza en la tecnología, los conocimientos ajenos, el buen juicio de los que velan por nosotros y hasta el destino que, como todo el mundo sabe (el primer mundo, quiero decir), siempre juega a nuestro favor. Sólo son abandonados a su suerte, en un rincón del Mediterráneo, los otros. Sólo naufragan los otros. Sólo se ahogan los otros.

Con la inconsciencia de quienes no conocen esa clase de miedo y, por tanto (insisto en nuestro descargo), no saben interpretarlo, nos embarcamos en aquel pequeño yate rumbo a la isla de Isabel II, la única poblada (por un destacamento de Regulares) del archipiélago de las Chafarinas, una desapacible tarde de mayo.

Creo que el infinito respeto que le tengo al mar, a los barcos y a los marinos (a los marinos de verdad, quiero decir), nació esa tarde de mayo. No me arrugaron ni el viento ni las olas que no dejaron de zarandear el yate de manera violenta. No me asusté cuando llegó la noche, lejos aún de las Chafarinas. No me preocupó el mareo de algunos pasajeros, ni siquiera el inquietante silencio en el que fuimos cayendo todos. El miedo, el auténtico miedo, llegó cuando vi al patrón sustituto agarrado al timón, pálido, mirando-a-no-sé-dónde y discutiendo con su grumete.

– Tenemos que dar la vuelta. Hay que regresar a Melilla –vociferaba aquel grumete de pelo cano, visiblemente nervioso–.

– Ya no podemos volver. Es imposible. Corremos más peligro tratando de volver –le respondía, también a gritos, el patrón, visiblemente acojonado-.

Luego vinieron las llamadas por radio exponiendo nuestra delicada situación. La respuesta desde Chafarinas, donde aseguraban que no nos veían a pesar de que, al parecer, no estábamos demasiado lejos del archipiélago. Los mensajes de Melilla orientando como podían a aquel hombretón, pálido, aferrado al timón. Y el silencio del pasaje. El rugido del motor (¡por dios que no se pare!), los golpes del oleaje (¡por dios que paren un poco!) y el silencio, rotundo, del pasaje. Yo tampoco dije ni una palabra cuando me puse el chaleco salvavidas y me quité los zapatos (menuda estupidez: si terminaba en el agua iba a morir de frío, por mucho que pataleara sin el lastre de los zapatos, porque nadie iba a ir a buscarnos en plena noche, en pleno temporal de levante).

Si en vez de un reportaje sobre los valores naturales de las islas Chafarinas aquel despropósito hubiera formado parte del rodaje de un bonita película de aventuras juro que al desembarcar, dando tumbos, mitad sobrecogido y mitad indignado, hubiera besado a aquella soldado tatuada, natural de Monachil (Granada), que fue la primera persona a la que me agarré ya en tierra firme (y que luego se pasó unos cuantos días cachondeándose, cariñosamente, de un servidor). Y después hubiera besado el suelo de la isla de Isabel II, y el pan de la cena (en el comedor de oficiales), y la bandera de España, y la del Tercio de Regulares, y la almohada de la cama del barracón y el grifo del lavabo. Juro que hubiera besado las piedras, los palmitos, las gaviotas de Adouin y hasta las praderas de Posidonia (aún a riesgo de ahogarme).

Pasé miedo, mucho miedo. Creo que es la vez que más miedo he pasado en mi vida (o al menos la vez que he temido morir sin remedio, porque otros miedos he sufrido sin que en ellos peligrara mi vida o no lo hiciera de una manera tan evidente). Un miedo desconocido o, más exactamente, el miedo a lo desconocido. El miedo que nace de un peligro al que nunca te habías enfrentando y que no sabes cómo evitar. Un miedo repleto de interrogantes, un miedo para el que no sirven de solución ni el dinero, ni la tecnología, ni el lugar de residencia, ni la raza, ni los seguros a todo riesgo.

Sí, exactamente igual que nos ocurre ahora, cuando hay demasiadas dudas en torno a esta pandemia y no nos queda otra que esperar, con infinita paciencia, tratando de gobernar el miedo, la incertidumbre y la resignación, esa resignación, desconocida, de la que nos hablaban nuestros abuelos. Tratando de admitir que hemos pecado de soberbia. Convencidos, por fin, de que nuestro primer mundo es vulnerable y que su fragilidad no desaparece levantando muros. Haciendo un esfuerzo para que no nos secuestren los malos pensamientos, sorteando los zarpazos de la tristeza, la soledad o la amarga sensación de derrota. Pero si vienen, ojo, hay que dejarlos estar, porque esos sentimientos, en momentos de dolor e incertidumbre, son mucho más humanos que esa estúpida alegría, esa absurda celebración permanente a cuenta de nada, con la que algunos tratan de maquillar el miedo.

PD: ¿A qué viene esta parrafada, este tocho, este kilométrico e inútil post autobiográfico? Debe ser el miedo. Seguro que es el miedo: cuando tengo miedo mi terapia (pura consciencia) es cocinar o escribir. Cada uno sortea el abismo como puede… pero el abismo sigue ahí.

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KA.4

En junio de 2003 el nombre del pastor kazako cuyo caballo acaricio quedó registrado en mi cuaderno de viaje: Erzbulat.

Llegaron un poco pasados de vodka pero lejos de dificultar el contacto el alcohol multiplicó la hospitalidad de aquel grupo de pastores nómadas con el que nos topamos, al caer la tarde, en las montañas del Tien Shan. Se empeñaron en que bebiéramos un poco de koumiss (leche de yegua fermentada) y que montáramos en sus caballos. El verano ya se dejaba ver en estas praderas alpinas que dibujan el límite entre Kazajstán, Kirguistán y China, y en las que habíamos instalado nuestro precario campamento a más de 2.000 metros de altura.

Hasta aquel remoto territorio de Asia central nos embarcamos en la primera expedición organizada por la Estación Biológica de Doñana (CSIC) y la Radio Televisión de Andalucía (RTVA); la primera de una serie de aventuras, en los cinco continentes, que tuve el privilegio de dirigir, mano a mano, con mi amigo Fernando Hiraldo (de alguna de ellas ya he escrito en este blog).

Resulta difícil creer que estos páramos, hoy desiertos y azotados por el viento, fueran el escenario de uno de los grandes imperios de la historia. Un imperio de pastores guerreros capaces de conquistar vastas extensiones de terreno, y que pusieron en jaque a los mejores ejércitos de la época. Un mosaico de tribus nómadas que en el siglo XIII, aglutinadas bajo el temible liderazgo de Gengis Khan, impusieron su dominio desde el golfo Pérsico hasta el océano Ártico.

Hoy, el regreso de la ganadería extensiva, casi desaparecida durante la época soviética, ha sido fundamental para la recuperación de las poblaciones de algunos carroñeros exclusivos de estos territorios. Uno de los más llamativos y escasos es el buitre del Himalaya. El majestuoso vuelo de esta especie logramos filmarlo cerca del desfiladero del río Charyn, un torrente que se alimenta del deshielo en las altas cumbres y va horadando las montañas hasta modelar un cañón bellísimo, donde la erosión ha esculpido, con paciencia de siglos, un paisaje lunar.

Y esta es solo una pincelada de aquel viaje maravilloso que nos ocupó más de cuatro semanas en las que recorrimos cerca de 9.000 kilómetros en destartalados vehículos soviéticos. De las penalidades, que fueron muchas, no escribiré, sobre todo porque hoy las recuerdo como se recuerdan los mayores placeres (así de caprichosa es la memoria), o, como decía el poeta, “como se recuerdan los lugares en donde hemos sido pobres y felices”.

Corría el mes de junio de 2003 y andábamos rodando el documental “El jardín de los vientos” que se emitió en Canal Sur Televisión en el invierno de ese mismo año. Quien me acompaña es César Fernández-Ramos, el operador de cámara, y quien hizo la foto es Charli Guiard, el realizador, con los que viví unas cuantas  peripecias que guardo para otra entrada.

P.D. Uno de los tres capítulos de aquella serie documental kazaka está disponible en Youtube:

http://www.youtube.com/watch?v=EFEtZDSHwGY&list=ULEFEtZDSHwGY&feature=share&index=6089

 

 

 

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Ballena franca austral

Podría habernos triturado de un simple coletazo, pero la ballena austral se acercó, dócil y curiosa, hasta nuestra embarcación. Es difícil describir qué se siente cuando uno de estos gigantes marinos se coloca al alcance de tu mano (Península Valdés, Argentina, abril 2007).

Navegábamos entre Punta Pardela y Playa Colombo, en aguas de Península Valdés (Argentina), en un día de absoluta calma. Demasiada, quizá, para las expectativas que todos habíamos puesto en la búsqueda de uno de los animales más grandes del planeta. Sin embargo, el capitán ballenero (*) que nos acompañaba, el mítico Pinino Orri, estaba seguro de que las ballenas francas australes se dejarían ver. Y tanto que se dejaron ver…

Hubo ejemplares cuya curiosidad los llevó hasta el mismo casco de nuestra embarcación que, de pronto, se convirtió en un ridículo cascarón. Es difícil describir la sensación que se experimenta cuando una ballena de 15 metros y 40 toneladas se acerca, con una mezcla de elegancia y autoridad, para escrutarte con sus diminutos ojos. A tan corta distancia llegaron a colocarse algunos ejemplares que terminamos empapados por el agua que expulsaban al respirar. Indiferentes, pasearon sus morros, adornados como un viejo arrecife de coral, al alcance de nuestras manos.

Hubo, incluso, ballenas que cantaron mientras entrevistábamos a Pinino: un sonido ronco y primitivo que a este capitán, curtido en cientos de travesías, aún le sigue emocionando.

Precisamente, el ser una ballena sociable, que no rechaza la presencia humana, la colocó al borde de la extinción ya que su caza resultaba más fácil que la de otras especies. Sólo entre 1820 y 1840 se llegaron a cazar en el hemisferio sur más de 80.000 ballenas francas australes, matanza que se detuvo, por fin, en 1935 cuando la especie pasó a estar protegida. Península Valdés, y en general las costas patagónicas, ejerce una poderosa atracción sobre estos mamíferos marinos cuando llega el momento de aparearse, y así, cada año, llegan a transitar por esta aguas unos 1.200 ejemplares entre adultos y crías.

Rodeados de ballenas terminamos el rodaje del primer capítulo (Las alas de la Pampa) de la serie documental que nos llevó a tierras argentinas en abril de 2007. Una producción de Canal Sur Televisión y la Estación Biológica de Doñana (CSIC).

(*) Esta denominación, “capitán ballenero”, nada tiene que ver con la caza de estos animales. Hoy, en Península Valdés, reciben este nombre los marinos especializados en el avistamiento, con fines científicos o turísticos, de ballenas. Una actividad regulada, de manera estricta, en estas aguas.

P.D.: Con esta foto inicio una serie dedicada a comentar algunas de las imágenes, casi siempre de naturaleza, que me han sobrecogido en diferentes puntos del planeta.

Si después de este relato quieres ver la coreografía que nos regalaron estos gigantes del mar, aquí tienes el documental completo (las ballenas las encontrarás a partir del minuto 37).

 

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En España la historia de la comunicación ambiental está ligada a la figura, polémica e irrepetible, de un médico reconvertido en conservacionista mediático. Cuando la naturaleza en televisión ni siquiera servía para dibujar un discurso preciosista, como el que ahora nos brindan algunos documentales políticamente correctos, Félix Rodríguez de la Fuente se atrevió a recorrer el país identificando aquellos elementos valiosos que el desarrollismo brutal de los 60 había (milagrosamente) respetado; denunciando las amenazas que hipotecaban su futuro, convenciéndonos de que un águila o un lobo, considerados aún como alimañas en numerosas comarcas, eran, además de hermosos, útiles. Nuestro futuro dependía de su futuro, insistía con su verbo apasionado, lanzando así un mensaje que hoy asumimos con naturalidad pero que entonces constituía un enfoque casi revolucionario. Él nos hizo sentir orgullosos de nuestro patrimonio natural, territorio reservado hasta entonces a los especialistas, y, lo que es más importante, nos implicó en la conservación de estos tesoros porque supo transmitirnos, con un lenguaje riguroso pero asequible, su justo valor. Difícilmente se puede defender lo que no se conoce, y aquellos programas eran una ventana abierta a una realidad desconocida para muchos españoles. 

Félix supo, además, sacarle el máximo rendimiento a la imagen, manejar con maestría los recursos visuales, aprovechar, en definitiva, las principales virtudes del medio televisivo. Las imágenes de aquellos programas no han caducado porque hablan por sí solas, porque tienen mucha más fuerza que algunos de los productos ambientales que hoy se nos ofertan, saturados de planos comodín (bonitos paisajes, panorámicas campestres, animales silvestres en variadas poses) y alardes técnicos, pero que apenas ofrecen información y raramente transmiten sentimientos.

Tan desmedido fue el impacto social de aquellos programas que, incluso, dieron lugar a agrias polémicas en la prensa escrita. Debates que dejaban entrever la resistencia feroz de algunos individuos y colectivos ante el imparable avance de la sensibilidad ecológica. Hoy puede invitarnos a la risa el artículo que guardo en mi particular hemeroteca, un texto que el conde de Montarco firmaba en El País un 27 de marzo de 1977 (“El doctor Rodríguez de la Fuente y sus lobos”, Sección de Sociedad, página 19). Hoy, como digo, invita al pitorreo, pero entonces revelaba la profunda indignación que las tesis de este pionero de la comunicación ambiental provocaban en los más rancios representantes de la España profunda.


“El doctor Rodríguez de la Fuente”, escribe el citado conde, “nos ha obsequiado, en RTVE, con uno de sus trucados reportajes en el que aparecen unos campesinos crueles persiguiendo y matando una loba, de tiernos instintos maternales, que cae bajo las escopetas por querer defender a sus crías antes de que se apoderasen de ellas esos hombres sin corazón. Yo no sé si los televidentes de las grandes ciudades habrán llorado a la vista de semejante drama rural, pero lo que sí he oído son los comentarios de las gentes del campo, que ya están mosqueados con las historias del doctor acerca de los perros asilvestrados, echando a éstos las culpas de las muertes de ganado, para librar de pecado a esos lobos pacíficos y cariñosos con el hombre, como nos lo muestra Rodríguez de la Fuente jugando ante las cámaras con unos ejemplares domesticados que posee. También podía haber domesticado un tigre o un rinoceronte y no por eso dejarían de ser fieras. El doctor debe de creer que en el campo español no sabemos distinguir entre un perro y un lobo, y debe pensar que esta confusión viene desde siglos en toda Europa. Pero los campesinos españoles piensan, después de haber presenciado esa desdichada emisión en RTVE, que el que no conoce el campo es el señor Rodríguez de la Fuente, ya que no existe ningún pastor que no lleve perro, y si hace su aparición el lobo juntos atacan a la fiera, el uno con sus colmillos y el otro con su garrota”. 

Esta era la España en la que vivió y trabajó Félix. Una España a garrotazos. La misma que pintó Goya, la que ayer (23F) recordábamos y la que todavía, aunque con menor intensidad que en aquel ya lejano 1977, seguimos sufriendo los que creemos que otro mundo (sin garrotes) es posible.

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Esta semana los amigos de la Universidad de Cádiz me invitaron a hablar de documentales de naturaleza en la Fundación Caballero Bonald (Jerez de la Frontera), dentro de un ciclo dedicado a la Ciencia y la Literatura y en un bis a bis con mi amigo y compañero de aventuras Fernando Hiraldo, director de la Estación Biológica de Doñana.

Una vez más volvimos a insistir en lo evidente: la televisión no siempre conduce a la banalidad. Otra televisión no sólo es posible, sino que ya existe. Desde 2002 la RTVA y el CSIC vienen colaborando en el diseño y ejecución de expediciones científicas a diferentes puntos del planeta, escenarios naturales que mantienen algún vínculo ecológico con la Península Ibérica. Y de esta experiencia, poco común en el ámbito de los medios de comunicación generalistas, han nacido una decena de documentales ya emitidos en Canal Sur TV.

Hemos viajado hasta Kazajstán para explicar el funcionamiento de las estepas vírgenes y la conservación de las grandes rapaces euroasiáticas; hasta Mauritania y Senegal, siguiendo a un alimoche nacido en tierras gaditanas, para revelar qué ocurre con las aves migratorias cuando cruzan el Estrecho camino de sus cuarteles africanos; hasta Argentina para mostrar cómo el estudio de la avifauna pampeana y andina nos ayuda a preservar nuestra propia avifauna, y, finalmente, hasta las antípodas, a las tierras australianas y tasmanas, para descubrir el origen de la vida en la Tierra y la paradoja de las especies invasoras.

Si algo llamó la atención al público que llenaba el salón de actos de la Fundación Caballero Bonald fue esta última paradoja: lo que en Andalucía es pieza clave para el funcionamiento del monte mediterráneo, en Australia es una plaga de graves consecuencias ambientales, y viceversa.

En nuestro país el eucalipto es una especie exótica que llegó, desde Oceanía, a mediados del siglo XIX. No puede decirse que en España este árbol tenga muy buen prensa, sobre todo en los círculos conservacionistas. Consume demasiada agua, empobrece los suelos, alimenta los peores incendios forestales y es poco atractivo para la fauna autóctona. Un bosque de eucaliptos es, en tierras españolas, un desierto de vida, un desierto verde que sólo tiene sentido económico, porque es una excelente materia prima para la industria papelera.

Sin embargo, en Australia la situación es bien distinta. Allí, donde crecen más de 600 variedades de este árbol, los eucaliptos, adornados con un tupido sotobosque, albergan una rica biodiversidad y constituyen una de las señas de identidad de la naturaleza australiana.

En su hábitat original los bosques de eucalipto muy poco tienen que ver con las plantaciones que encontramos en Europa. Entre otras cosas porque en Australia existe una fauna asociada a este tipo de escenarios. Si hay un animal estrictamente ligado a los eucaliptales ese es el koala, el único mamífero, de cierto tamaño, capaz de considerar como alimento las hojas de estos árboles, un recurso difícil de digerir, muy pobre en nutrientes y hasta tóxico. Gracias a un complejo sistema digestivo y a un modo de vida orientado al mínimo consumo energético, lo que les hace dormir hasta 20 horas al día, los koalas nos muestran cómo la vida se adapta a lo que hay usando todo tipo de mecanismos naturales, esos que no existen o fallan cuando una misma especie se traslada a un territorio que le es ajeno.

Hablamos, por tanto, de un ecosistema repleto de vida, que nada se parece a ese desierto verde que en España ocupa unas 450.000 hectáreas. Ni siquiera podemos establecer similitudes cuando hablamos del fuego, porque en Australia es un elemento fundamental para la supervivencia de algunas especies de eucalipto, aunque la frecuencia de los incendios se haya disparado, como no, por la presión humana.

Pero el ejemplo de los eucaliptos también se puede plantear a la inversa. El conejo, una pieza clave en el monte mediterráneo al servir de alimento a especies tan emblemáticas como el lince o el águila imperial, se ha convertido en una auténtica plaga, de proporciones bíblicas, en tierras australianas.

Las primeras dos docenas de conejos llegaron, importadas desde Inglaterra, en 1859. En pocos años este puñado de animales se había multiplicado hasta extremos desconocidos en Europa. De nada sirvieron disparos, trampas, alambradas o venenos. La plaga avanzaba a razón de 100 kilómetros por año y en 1950, un siglo después de la llegada de esta especie exótica, la población de conejos había alcanzado en toda Australia los 600 millones de individuos. La guerra biológica, en forma de virus como el de la mixomatosis, tampoco sirvió de mucho ya que inicialmente provocó grandes mortandades pero a la postre resultó inútil ya que lograron sobrevivir aquellos ejemplares resistentes a los patógenos. Hoy la población de conejos supera los 300 millones de individuos, y sigue creciendo…

Foto: Héctor Garrido (EBD-CSIC)

La cita jerezana en la prensa local: http://www.diariodejerez.es/article/ocio/907887/fin/una/relacion/quotcontra/naturaquot.html

“La vida en las antípodas” (Segundo capítulo de la serie “Planeta Australia” – Canal Sur TV):

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