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Posts Tagged ‘Doñana’

Pinares de Doñana quemados en el incendio que en junio (2017) arrasó 8.500 hectáreas de este valioso espacio natural. Fotografía de Jorge Sierra (WWF).

 

Bajo de Guía (Doñana), 19.7.17

Decidme, vosotros que me conocéis bien, si soy yo.

¿Soy el bosque? ¿Seguro que soy el bosque?

Decidme, vosotros que me conocéis bien, si es cierto que soy el bosque. Vosotros que me habéis respirado, que habéis acariciado mi piel, que me habéis paseado. Vosotros que buscasteis mi sombra, que comisteis mis frutos, que calmasteis vuestra sed con las lluvias que atraje. Vosotros que escuchasteis cómo silbaba el viento entre mis hojas y cómo cantaban los pájaros en mis ramas. Vosotros que os perfumasteis con el aroma de mis resinas y mis jaras.

Vosotros (¿lo habéis olvidado) que un día también fuisteis BOSQUE.

Vosotros, que me conocéis bien, decidme si es verdad que soy yo, que soy el BOSQUE.

Me aseguran que esta es mi sangre calcinada, la ceniza de mis troncos, el polvo oscuro de lo que un día fui…

Pero yo no me reconozco en esta tinta negra, tan negra, y tampoco os reconozco a vosotros, los que un día (¿lo habéis olvidado?) también fuisteis BOSQUE.

 

Hay cartas que se redactan de corazón, es decir, (casi) sin pensar…

PD: “Cartas desde el bosque” es una hermosa campaña organizada por WWF (Fondo Mundial para la Naturaleza) con la que dar voz a los que no tienen voz. Me invitaron a que me sumara a esta iniciativa y me pareció el mejor regalo con el que empezar mis vacaciones. Gracias a Coral García recibí en mi retiro gaditano la tinta (negra) fabricada a partir de las cenizas recogidas en la zona del incendio que arrasó 8.500 hectáreas de la comarca de Doñana, una pluma sencilla y unos folios en blanco. Me pidieron que hablara en nombre del bosque y… decidí ser bosque.

Mi carta la escribí en Bajo de Guía (Sanlúcar de Barrameda), de un tirón, sin pensar mucho, en la misma orilla de Doñana.

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Uno, aunque no lo parezca, siempre escribe para una sola persona. Aunque esté lejos, aunque esté allí, lejos, en el azul metálico, en el azul turquesa, de este sur agitado por el poniente… (Foto: José Mª Montero).

 

Era tan desobediente / como el viento de poniente / revoltoso y juguetón

(Como el viento de poniente –pregón por milongas–, José Domínguez “El Cabrero”)

Poniente. Cuando el vello se me eriza y el salitre deja su huella atlántica en el paladar; cuando al atardecer hay que buscar abrigo y abrazo, es el poniente, tímido y poderoso, el que se hace con la playa.

Parece, y es verdad, que nació entre las olas y de su espuma revoltosa trae ese olor a algas y a manzanilla fresca. Parece, y es cierto, que se emboscó en Doñana antes de sorprenderme con su aliento cariñoso y juguetón.

Musgo. Me sabe a musgo y a madrugada. Silba, entre las piedras ostioneras, la canción del porvenir, los compases (a contratiempo) de una noche de noviembre, las estrofas melancólicas de aquel otro septiembre, el de Broadway, el de Berlín, el de Madrid. El de cualquier otoño de esos en los que fuimos y también de esos otros en los que seremos, los que nos esperan (sin prisa).

Sur. Son cosas de este sur donde hasta el viento más ariscón tiene su gracia. A ver quién se atreve a elegir brisa o ventolera.

Uno no sabe, llegados a este rumbo, si el torbellino es parte de la fiesta o prólogo de un naufragio (de otro naufragio, quiero decir). Uno no es capaz de adivinar si es beso o mordisco, si es susurro o ciclón.

Razones no le faltan a los que temen al poniente y se marchan, o guardan prudente silencio, cuando (por fin) sopla tímido y poderoso, revoltoso y juguetón.

Pero a mi me gusta.

Poniente.

Musgo y madrugada.

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En esta imagen tan sencilla se esconde toda la complejidad de Doñana. Sólo hay que saber mirar… La foto, como no podía ser de otra manera, es de mi amigo y vecino Antonio Sabater.

Nota previa: Este texto me hubiera gustado rescatarlo cualquier otro día, cualquier otro domingo en el que hubiera recordado aquella primera vez que pisé Doñana y el idilio que desde entonces mantengo con ese paraíso. Una historia de amor, primaria y pasional, que se ha ido tejiendo gracias a los muchos amigos (extraordinarios) que viven estrechamente vinculados a esa comarca, para conocerla y defenderla, y a las muchas noches (y muchos días) que he tenido el privilegio de vivir pegado a esa tierra, oyendo su latido. El mismo latido que ahora, cuando todavía no ha amanecido, escucho si me asomo al jardín de mi casa que también es antesala de Doñana. Está ahí, y está viva.

Doñana: un retrato de urgencia publicado ayer (domingo, 25 de junio de 2017) en la página web de Canal Sur Televisión.

El atractivo faunístico de Doñana se remonta nada menos que al siglo XIII cuando Alfonso X el Sabio distingue como Cazadero de la Real Corona las zonas marismeñas de Las Rocinas, hasta entonces adscritas al recién conquistado reino mudéjar de Niebla (Huelva). Comienza así la historia de uno de los espacios naturales más valiosos del continente europeo, un oasis decisivo en ese pasillo invisible que enlaza Europa con África. La biodiversidad de este extenso territorio alcanza valores excepcionales que se materializan, aún para los ojos del visitante ocasional, en un impresionante muestrario de fauna en el que sobresale la extensísima nómina de aves acuáticas.

La comarca de Doñana es, desde hace décadas, el principal escenario de una batalla en la que tratan de salvaguardarse valores naturales de excepción frente a modelos de desarrollo insostenibles. Pero la dualidad, este juego de contrarios, no sólo aparece en esa vieja tensión entre humanos y naturaleza más o menos virgen, también está presente en la misma raíz de la que brota este paraíso. Existe una Doñana seca, de arenas, fruto del Atlántico, y otra húmeda, de barros y aguazales, hija del gran río, del Guadalquivir. Y de la combinación de ambas nacen los tres ecosistemas característicos de este espacio natural: la marisma, las dunas vivas y las arenas estabilizadas. Tres paisajes en constante mutación, animados por el lento discurrir de las estaciones.

Aún cuando los escenarios sean múltiples, cambiantes y llamativos, el mayor atractivo para el visitante que se acerca a este espacio natural radica, como no, en la fauna. Hay en Doñana animales que destacan por su abundancia, hasta extremos insólitos en cualquier otro enclave silvestre, y otros cuya importancia viene dada por su escasez, por su rareza.

El Atlántico, la arena, los pinos… un paisaje dinámico, en constante movimiento. Un paisaje vivo. La foto es de mi buen amigo Peter Manschot, otro fotógrafo sensible con el que llevo años colaborando.

Las marismas del Guadalquivir son el principal cuartel de invernada para la avifauna acuática europea. En campañas particularmente benignas se han llegado a censar alrededor de 700.000 aves, aunque el promedio de las últimas décadas se sitúa en torno a los 370.000 ejemplares. Cercetas y ánades silbones, patos reales y cucharas, flamencos y ánsares son los más numerosos en esta época del año, mientras que en primavera, y atraídas por la abundancia de alimento, acuden a este humedal otras muchas especies, como fochas, canasteras, avefrías, cigüeñuelas, avocetas, espátulas, garzas imperiales, pagazas, fumareles o garcillas bueyeras.

En el capítulo de las rarezas se incluyen algunos de los grandes depredadores del monte mediterráneo, como el águila imperial o el lince ibérico, dos de los animales más amenazados del mundo, exclusivos de la Península Ibérica.

La vida se multiplica con tal intensidad en esta comarca que ni siquiera es necesario adentrarse en el corazón de Doñana, reservado a la investigación y estrictamente protegido, para apreciar sus poderosas señas de identidad. Podemos visitar, por ejemplo,  las marismas de Bonanza, junto a la localidad de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz),  donde es posible espiar a los flamencos y avocetas que acuden a unas viejas salinas. O saltar al otro lado del río para adentrarnos en el Pinar del Coto del Rey, en la linde entre las provincias de Huelva y Sevilla, donde las rapaces son las que dominan los cielos y es posible, incluso, que un observador paciente, y muy afortunado, adivine el esquivo perfil de un lince ibérico en el espeso matorral.

Si preferimos asomarnos al Atlántico, en la zona litoral que se extiende entre Matalascañas y Mazagón (Huelva) encontraremos el sistema de dunas de El Asperillo,  uno de los más frágiles y hermosos de todo el litoral andaluz.

Incluso aquellos paisajes que han sido transformados por la mano del hombre reúnen atractivos que van más allá de lo puramente estético. Las tablas de arroz, que comenzaron a salpicar la margen derecha del Guadalquivir y que hoy ocupan unas 35.000 hectáreas, se han convertido en una de las despensas de Doñana, a la que acuden las aves durante el verano o en los inviernos de sequía.

El príncipe de Doñana. El fantasma del matorral. Otra imagen de Antonio Sabater, el fotógrafo que mejor ha sabido retratar a este felino.

Mientras todo el entramado ecológico de Doñana se mantenía más o menos a salvo, arropado en los territorios protegidos, la presión en el entorno no ha disminuido y así, de forma periódica, vuelve la polémica sobre proyectos tan inquietantes como el de la carretera costera Huelva-Cádiz, el complejo turístico Costa Doñana, el dragado del Guadalquivir, el oleoducto Balboa o las obras de sondeo y almacenamiento de gas natural. Por no hablar de la tensión que rodea al desproporcionado consumo de agua, para usos agrícolas o turísticos, que hipoteca el buen estado del acuífero sobre el que reposa toda esta biodiversidad.

A pesar de los muchos reconocimientos que la amparan, desde la figura de parque nacional hasta su declaración como Patrimonio de la Humanidad, Doñana no termina de estar a salvo, las amenazas no han desaparecido, aunque ahora inquiete más, mucho más, el cambio climático, y todas sus derivadas (entre las que se incluyen un más que probable aumento de los incendios forestales), que una carretera inviable o una urbanización insostenible.

 

 

 

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Aunque a veces, salpicada de azul y batida por el oleaje de arena, parezca lo contrario, Doñana no es una isla…

 

En la primavera de 1987 le pedí a Miguel Delibes que escribiera un artículo para la recién nacida revista “Medio Ambiente”, un boletín muy modesto en sus orígenes en el que, sin embargo, se fueron esbozando las líneas maestras de aquella pequeña revolución ambiental que, en Andalucía, vino de la mano de la recién creada Agencia de Medio Ambiente (AMA). La revista, que puse en marcha en el invierno de 1986, era el escaparate de un organismo que resultaría decisivo  en la historia de la conservación española, y en el que tuve el privilegio de trabajar como periodista y responsable de su Unidad de Divulgación.

El artículo de mi buen amigo Miguel Delibes (Conservación de la naturaleza en la sociedad de consumo) no hizo mucha gracia en los pasillos del poder, pero se publicó (¡faltaría más!). En un momento en el que recibíamos todo tipo de críticas, y en el que plantear cualquier acción que implicara ordenar los aprovechamientos sobre un territorio natural valioso se consideraba un triunfo del ecologismo más radical, el texto de Miguel cayó como un jarro de agua fría porque, con la libertad de opinión que siempre ha sido seña de identidad de este biólogo comprometido, cuestionaba algunas de las estrategias que estaba llevando a cabo la Administración (incluso la más vanguardista, como era el caso de la AMA).

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Las ventajas de tener, en casa, una hemeroteca medio ordenada… Este es el artículo original de Miguel Delibes (Revista Medio Ambiente, Andalucía, Verano 1987).

Algunos párrafos de aquel artículo resumen, de forma simplificada pero nítida, la tesis de Delibes, esa misma que hoy traigo aquí porque, casi 30 años después, y al hilo de lo que está ocurriendo estos días en Doñana, sigue siendo pertinente e incómoda :

La naturaleza entendida como conjunto es difícil de consumir y por tanto de vender (…). Así pues, no es raro que una tala de árboles o el con frecuencia inadmisible nivel de contaminación de los ríos, o la creciente rarificación de algunas especies, apenas merezcan unos comentarios en los periódicos y unas declaraciones más o menos retóricas de los ecologistas. Pero amigo, ¿qué ocurre si esos mismos árboles se cortan en el Parque Nacional de Doñana o sus alrededores?

(…) Si los árboles (¡o los patos!) mueren en Doñana, se llenarán páginas y páginas de los periódicos, recurrirán los ecologistas a las instancias internacionales, interpelarán con más o menos gracia los políticos en el Parlamento, etc. etc. Si los árboles llegan a morir en Doñana, será la guerra. (…) ¿Extrañará a alguien que para los profanos conservar Doñana sea sinónimo de conservar la naturaleza, mientras asisten impasibles, cuando no son protagonistas, a las mayores tropelías en su entorno inmediato?

(…) Desde mi punto de vista dedicarse de verdad a conservar es una tarea compleja y con frecuencia poco brillante, pues debe tender justamente hacia la uniformidad en las medidas, controles y resultados. Hay que intentar, decía alguien, “desparquerizar” los parques y “parquerizar” el resto de la naturaleza, aunque sea difícil ponerle un nombre a esa mezcla y hacerla noticia de primera plana“.

Hace casi 30 años que Miguel escribió estos párrafos, los que ayer mismo recordé para, modestamente,  convertir sus tesis, que son las tesis de muchos otros especialistas, en “noticia de primera plana”. Cuando en La Tertulia de Canal Sur Televisión me pidieron que analizara la oportunísima campaña de WWF en defensa de Doñana, y que lo hiciera en muy pocos minutos, puse el acento en dos ideas básicas, aptas para todos los públicos, que ya latían en aquel artículo:

Doñana no es una isla. De poco sirve “blindar” con todo tipo de figuras (Parque Nacional, Parque Natural, Reserva de la Biosfera, Patrimonio de la Humanidad…) el territorio más valioso de esa comarca si su entorno inmediato no se ajusta a un modelo de desarrollo sostenible, de bajo impacto, compatible con la conservación de ese corazón verde. Lo dijo la Comisión Internacional de Expertos que en 1992 analizó la mejor manera de conservar Doñana sin sacrificar el desarrollo socioeconómico de su entorno, lo defendió en el documento que viajó hasta Bruselas para buscar financiación europea que hiciera posible esa transición. Todos estaban de acuerdo (o casi todos). Todos (o casi todos) lo han olvidado.

En la naturaleza 1+1 casi nunca suman 2. Con demasiada frecuencia esta operación da como resultado 11 o una cifra aún mayor. No podemos contemplar las amenazas que cercan Doñana (pozos ilegales, dragado del Guadalquivir, minas de Aznalcóllar, depósito subterráneo de gas…) como la suma, simple, de una serie de impactos tomados de uno en uno, sino como un auténtico torbellino de alteraciones que se multiplican, casi sin límite, al estar unas en presencia de otras. Quizá por eso algunos proyectos se fragmentan de manera sospechosa en diferentes actuaciones (más pequeñas y aparentemente inconexas) a la hora de someterlos a la obligada Evaluación de Impacto Ambiental.

Permitidme que vuelva a inspirarme en Miguel Delibes y en la que yo llamo su metáfora de la lavadora. Imaginemos que cada cierto tiempo retiramos la lavadora que todos tenemos en casa para limpiar la suciedad que se acumula bajo este electrodoméstico. Encontraremos pelusas, restos de vasos rotos, alguna porción de comida momificada y también una tuerca, o un tornillo, o una pequeña arandela. Como no sabemos de dónde salió esa pieza (aunque suponemos que es de la lavadora) sencillamente la tiramos a la basura, con la tranquilidad de conciencia que da saber (o más bien creer) que la lavadora sigue funcionando sin fallos aparentes. Cada cierto tiempo repetimos la operación de limpieza y vuelven a aparecer otras piezas que juzgamos intrascendentes, piezas que también van a la basura, hasta que un día la lavadora deja de funcionar, así, de pronto, sin avisar… Bueno, en realidad nos estaba avisando de la catástrofe, pieza a pieza, pero no le hicimos caso. ¿Cuál fue la pieza decisiva que precipitó la muerte de la lavadora? Todas y ninguna en particular. ¿Qué hacemos para que vuelva a funcionar la lavadora? ¿Alguien sabe cómo se colocan esas piezas, dónde estaban situadas? Pero, lo que es más grave aún, ¿alguien conserva esas piezas, sabe dónde las venden (si es que las venden) o tiene a mano una lavadora exactamente igual para comprobar en dónde está el corazón del problema y su correcta solución?

El corazón del problema no es otro que la desidia, la inconsciencia y, sobre todo, la soberbia de pensar que seremos capaces de sustituir o prescindir de lo insustituible e imprescindible.

PD: Ayer traté de explicarme en el primer informativo de la mañana (Buenos Días) de Canal Sur Televisión.  Hablé del QUIÉN, de la ESCALA, de los VÍNCULOS y de las SUMAS. Son cuatro ideas, sencillas, muy claras, pero sobre las que hay que insistir, e insistir, e insistir…

PD: Los que hayan tenido la paciencia de ver la entrevista hasta el final habrán comprobado que hubo tiempo, incluso, para un zasca. A mi no me gustan los zascas, advierto, porque prefiero el debate sosegado, pero hay tesis, arcaicas e insostenibles, que sólo admiten una réplica contundente, rápida e incuestionable. No, la naturaleza nunca es un castigo, más bien ocurre todo lo contrario: nosotros sí que somos un castigo para la naturaleza.

 

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En las marismas del Guadalquivir no vivía ninguna especie de cangrejo de agua dulce hasta que en 1973 se introdujo, de manera intencionada, el cangrejo rojo americano.

Cuando se detecta la presencia de una especie exótica en un ecosistema alejado de su lugar de origen los especialistas aconsejan la inmediata erradicación de la misma, al objeto de evitar el impacto que podría causar en la supervivencia de animales o plantas autóctonas. Algo lógico a la vista de los múltiples ejemplos sobre el efecto letal que estas invasiones pueden llegar a causar en determinados enclaves.

Esta estrategia suele fracasar en numerosas ocasiones debido a las dificultades que plantea el exterminio de ciertas especies que, en poco tiempo, logran multiplicarse hasta colonizar grandes extensiones de terreno. Además, cuando esto ocurre y la invasión se prolonga en el tiempo, surgen vínculos, desconocidos hasta ese momento, entre los especimenes exóticos y el ecosistema en el que se han instalado. Puede manifestarse entonces la paradoja de que ciertas especies autóctonas comiencen a depender del invasor y, en ese caso, la erradicación no sólo es dificultosa sino que también es desaconsejable, al menos hasta conocer ese nuevo entramado biológico.

En las marismas del Guadalquivir no vivía ninguna especie de cangrejo de agua dulce hasta que en 1973 se introdujo, de manera intencionada, el cangrejo rojo americano, cuyos primeros ejemplares procedían de Louisiana (EEUU). Este crustáceo exótico no solo se adaptó sin problemas a su nuevo hábitat sino que comenzó a multiplicarse a gran velocidad. En 1982 se capturaron ya tres millones de kilos, lo que suponía alrededor de 250 millones de individuos, con una densidad que llegaba a superar los 50 animales por metro cuadrado. Hoy está presente en toda la zona marismeña y es objeto de un notable aprovechamiento pesquero; y es precisamente esta última circunstancia la que ha originado un contundente rechazo a la reciente sentencia del Tribunal Supremo que considera al cangrejo rojo especie invasora a todos los efectos, lo que supone la prohibición genérica de posesión, transporte, tráfico y venta de ejemplares vivos o muertos, incluyendo el comercio exterior. Un golpe terrible a una actividad económica que mueve cada año 20 millones de euros y genera más de 150.00 jornales.

Pero aunque la decisión del Supremo sea intachable desde el punto de vista jurídico, no lo es tanto desde el punto de vista socioeconómico y tampoco, aunque resulte paradójico, lo es desde la perspectiva ecológica, incluso si consideramos que esta última es la que justifica la sentencia.

La proliferación de esta especie invasora siempre se ha evaluado de manera negativa, al considerar que el cangrejo rojo ha causado profundas alteraciones en los ecosistemas marismeños y, en particular, en los terrenos protegidos de Doñana. No hay duda de que en este espacio natural se han modificado algunas variables como consecuencia de la invasión de este invertebrado, pero poco se sabía, hasta hace una década, de estas modificaciones, atendiendo tanto a las desventajas como a las ventajas.

Focha común alimentándose de cangrejos rojos (Foto: Rafael Pereiro)

Esta nueva forma de contemplar el problema quedó reflejada en un estudio que, ya en 2004, firmaban Zulima Tablado y Fernando Hiraldo, investigadores de la Estación Biológica de Doñana (EBD-CSIC), para los que resultaba imprescindible “conocer el papel que está desempeñando este invertebrado en los ecosistemas marismeños”.

Una revisión exhaustiva de los comportamientos alimenticios de más de 40 especies animales, autóctonas de las marismas y potenciales consumidoras de cangrejos, ha permitido desvelar algunos de esos vínculos tejidos entre el invasor y los nativos, de manera que han podido establecerse algunos de los efectos de esta relación y, en particular, su incidencia en el aumento o disminución de las poblaciones de las especies autóctonas.

No hay duda, señalan Hiraldo y Tablado, de que el cangrejo rojo “es ahora una especie clave en este territorio”, ya que sirve de alimento a un buen número de animales autóctonos. Dependiendo del periodo del año analizado, entre 13 y 18 especies, contando aves, reptiles, mamíferos y peces, consumen cangrejos en proporciones medias o altas. Aunque la aparición de esta nueva presa ha provocado la respuesta de un buen número de especies, estas, precisan los investigadores, “no han modificado sus estrategias de búsqueda de alimento”. Sencillamente, para muchos de estos predadores el cangrejo rojo se ha convertido, por su tamaño, en la presa más rentable desde el punto de vista energético.

La presencia de este alimento, desconocido en la marisma hasta hace treinta años, ha influido en las poblaciones de sus predadores, algo que, por vez primera, demostró de forma clara el trabajo de estos biólogos. En lo que se refiere a las aves, precisaban Hiraldo y Tablado, “los predadores de cangrejo, de los que existían datos sobre la evolución de sus poblaciones, se han incrementado más que otras especies”. Y algo parecido ha ocurrido con especies de las que sólo te tienen referencias de sus tendencias poblacionales, como es el caso de la nutria.

Gaviota sombría tras la captura de un cangrejo rojo (Foto: Gonzalo Criado)

Pero llegados a este punto surge la paradoja. El incremento en las poblaciones de algunas aves, por más que se trate de especies protegidas, puede acarrear una mayor presión sobre algunos otros animales presentes en su dieta, circunstancia que podría terminar por desequilibrar el sistema. Es decir, el cangrejo, de forma indirecta, puede inducir a la desaparición de otros animales valiosos.

Este no deja de ser un escenario pesimista ya que cabe otra interpretación. Quizá, precisan los investigadores, “nos encontremos en un periodo de ajuste entre predadores y presa, de manera que termine alcanzándose un punto de equilibrio distinto al actual, en el que los cangrejos desciendan por efecto de sus predadores y posteriormente estos también rebajen su número para mantenerse en densidades aceptables”. Se conseguiría así una suerte de “control biológico natural”.

Admitiendo ambas hipótesis lo cierto es que los especialistas siguen investigando hacia donde va a evolucionar esta situación, por lo que, en definitiva, estos y otros trabajos similares invitan a nuevas pesquisas, de manera que la influencia del cangrejo pueda modularse en beneficio de las especies autóctonas, empezando, quizá, por los humanos que han hecho de su aprovechamiento una fuente de riqueza en una comarca muy castigada por el desempleo.

POSTDATA: COMPETICIÓN APARENTE

Hasta hace pocos años los especialistas sólo atendían a los efectos directos que las especies invasoras podían causar en los ecosistemas que les daban cobijo. Pasaban así inadvertidos los impactos indirectos que, aunque menos evidentes y a más largo plazo, pueden llegar a causar profundas alteraciones.

Muchos de estos efectos ocultos tienen su base ecológica en el fenómeno conocido como “competición aparente”, mecanismo que es el que han estudiado en Doñana, y con referencia al cangrejo rojo, Fernando Hiraldo y Zulima Tablado. Con frecuencia, si hacemos caso al previsible desarrollo de este fenómeno, la aparición de una nueva presa, como es el caso de este crustáceo americano, provoca en los animales que la consumen primero una respuesta funcional y luego una numérica.

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Los primeros ejemplares de cangrejo rojo llegaron a Doñana procedentes de Louisiana (EEUU) y no solo se adaptaron sin problemas a su nuevo hábitat sino que comenzaron a multiplicarse a gran velocidad.

Es decir, al principio los predadores disminuyen su presión sobre los animales autóctonos que habitualmente forman parte de su dieta porque incorporan cantidades importantes de la nueva especie exótica. De esta manera aumentan las poblaciones de los predadores con lo que, en una segunda fase, se incrementa la presión sobre las presas autóctonas, anteriormente favorecidas. Si estas cuentan con poblaciones reducidas la nueva situación puede resultar catastrófica.

Para complicar aún más el panorama, los predadores, que han multiplicado sus efectivos gracias al nuevo aporte de alimento, pueden convertirse a su vez en presas de otros animales que acudan atraídos por esta explosión poblacional. La eterna tensión entre ganadores y perdedores, donde los papeles se pueden intercambiar con suma facilidad. Es suficiente un pequeño cambio en el sutil equilibrio de un ecosistema para desencadenar todo este torbellino.

En definitiva, la aparición de una especie exótica supone en muchos casos el inicio de una compleja cadena de alteraciones y desequilibrios difíciles de precisar si no es mediante una investigación minuciosa, algo que raramente se incorpora a una sentencia judicial…


 Epílogo (por ahora): Un blog, aunque parezca lo contrario, lo hacen sus lectores, así es que las oportunas observaciones de un lector me hacen precisar el título, añadiendo dos signos de interrogación, y también citar el trabajo de Pepe Tella (y otros) que en 2010 certificaron las observaciones de Hiraldo y Tablado pero añadiendo el matiz del desequilibrio en la cadena trófica con lo que su balance final era negativo. To be continued…

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Homenaje Luis

Libre, seductor y crítico, fundido con el humedal. Un pájaro entre pájaros… El sábado 23 de abril Luis García recibe un merecido homenaje en la Doñana Birdfair (Dehesa de Abajo, La Puebla del Río, Sevilla) – Foto: Francisca De Ceballos Bouvier.

Podemos considerarnos afortunados si a lo largo de nuestra vida conocemos a alguien cuyo amor se extiende a los animales y plantas

(La muerte es una ilusión, Thich Nhat Hanh)

Cuando nos acercamos a la naturaleza hacemos exactamente eso: acercarnos. Con veneración, con miedo, con respeto, con indiferencia, con soberbia, con alegría, con violencia… Somos visitantes, sencillos observadores o temibles devoradores, viajeros que salen de su órbita doméstica, y domesticada, para asomarse a un mundo que nos es propio y ajeno a un tiempo.

Ni siquiera los que nos dedicamos a describir la naturaleza, los que tratamos de profundizar en su conocimiento o nos implicamos en su defensa, hacemos poco más que acercarnos unos pasos, quizá algún paso más que nuestros vecinos y con eso, a veces, nos sentimos más que afortunados.

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Si no hay un cigarrillo y un pájaro… no es Luis… (Dibujo: Ana De Ceballos Herrero).

Pero, en realidad, sólo podemos considerarnos unos privilegiados si gracias a estas ocupaciones llegamos a conocer a alguno de esos pocos, poquísimos, humanos que no necesitan acercarse a la naturaleza porque SON naturaleza.

Escasean pero se les reconoce enseguida: describen lo que ven usando las palabras precisas; explican lo que no ven con el silencio justo; miran, con extraño tino, al lugar exacto en donde está lo sustancial y no pasean su vista por lo superfluo; andan despacio, respiran profundamente y escuchan, con atención, ese leve rumor que siempre reina en el campo. La rutina no mata el asombro con el que se internan en un bosque o en un lucio, se mimetizan con el paisaje hasta el punto de desaparecer antes de irse, y su rostro, con los años, va adquiriendo los rasgos de todos los seres vivos con los que han convivido.

No necesitan decir que son libres porque cualquiera advierte, con envidia, que, efectivamente, son libres.

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Un encuentro inesperado. Abrazados, contándonos batallitas… Aprendiendo del maestro (si os fijais bien Luis lleva, junto al telescopio, una botella machacada, algunos plásticos, un trozo de saco, trozos de cuerdas… Toda la porquería que se va encontrando por el campo y que pacientemente recoge al mismo tiempo que dedica algún bonito piropo marismeño al cochino o cochina de turno…).

Mi amigo Luis, Luis García, es uno de esos hombres libres, uno de esos pocos, poquísimos humanos, que no necesitan acercarse a la naturaleza porque ellos SON la naturaleza.

El otro día, de manera inesperada (que es como se presentan los hombres libres), lo encontré sentado en el suelo, al borde la marisma, relatando, de forma pausada, su particular manera de entender y defender Doñana.

Doñana, el verdadero corazón de Doñana, no se entiende sin Luis García, y a Luis García no es posible entenderlo sin Doñana. Encontrarse, de manera inesperada, con mi amigo Luis al borde de la marisma, es uno de esos regalos que te hace la naturaleza un miércoles de invierno.

Libre, seductor y crítico, fundido con el humedal. Un pájaro entre pájaros…

 

PD: Vaya a ser que alguien, cuando hablo del corazón de Doñana, no sepa quién es Luis García… El relato ha cumplido 15 años pero ha envejecido bien (creo)… Lo titulamos “Agua en la memoria” y lo estrenamos en Canal Sur Televisión, en formato de humilde y urgente documental, en junio de 2001. Aquí está parte de la historia de Luis, y de otros hombres, y de muchas mujeres, libres. Los viejos pobladores de la marisma, los que modelaron la Doñana que hoy conocemos, los que asistieron a la extinción de una Doñana que ya sólo habita en la memoria…

 

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La desembocadura del Guadalquivir en el siglo XVI

“Es un hecho demostrado por la experiencia de los siglos que todo terreno pantanoso es perjudicial para la salud (…) haciéndose extender su perniciosa influencia no solamente a los habitantes de la comarca que arrastran una vida miserable, sucumbiendo algunos de un modo casi fulminante bajo el influjo de las llamadas fiebres pútridas“. El párrafo, tomado literalmente del proyecto de desecación del Lago Almonte (lo que hoy son las marismas de Almonte e Hinojos, en la provincia de Huelva), redactado en 1866, resume a la perfección el valor que se le daba a las zonas húmedas andaluzas a finales del siglo XIX. Se llegó incluso a incentivar la destrucción de los humedales mediante disposiciones como la ley de desecación y saneamiento de lagunas, marismas y terrenos pantanosos de 1918, a cuyo amparo desaparecieron y se privatizaron infinidad de pequeñas lagunas temporales.

De esta manera la mano del hombre inicia la transformación, a gran escala, de las primitivas marismas del Guadalquivir, que en su día llegaron a ocupar más de 200.000 hectáreas. Tierras que, en su estadio más primitivo, estaban surcadas por los cinco brazos del Guadalquivir y el Guadiamar (Canal Principal, Caño Guadiamar, Caño Travieso, Brazo de la Torre y Brazo del Este), cauces que dibujaban un intrincado paisaje de islas y lucios. Aunque pudiera pensarse que este paraíso, y sus peculiares características, se remonta al origen de los tiempos, la Doñana de la que existen referencias históricas y que, más o menos alterada, es la que hoy conocemos, nace de un proceso natural en el que confluyen la acción eólica, marina y fluvial, y que se desarrolla hace apenas dos mil años.

En el siglo IV Avieno señala en su Ora Maritima que el río Tartessos desemboca en el golfo Tartesico, una gran laguna de influencia marina que alcanzaría hasta lo que hoy es La Puebla del Río (Sevilla). Las arenas y otros materiales procedentes de los ríos Tinto, Odiel, Piedras y Guadiana, se van depositando en la boca de esta suerte de inmensa albufera, formando una barra litoral que, finalmente, cierra el estuario, haciendo que en su vaso se depositen los sedimentos que arrastran los diferentes cauces que allí desembocan, sedimentos que, finalmente, constituyen el soporte de las marismas.

Aunque en aquellos remotos tiempos estos humedales no se sometieran a actividades de gran impacto, no por ello estaban libres de la presencia humana, si bien esta no causaba grandes alteraciones. Además de la caza, legal o furtiva, la marisma ofrecía buenos pastos para el ganado y daba cobijo a un sinfín de humildes aprovechamientos tradicionales, como el carboneo, la recolección de piñas o la apicultura. Las huellas de aquellos primitivos colonos, que hasta bien entrada la década de los 60 del pasado siglo modelaron la marisma sin destruirla, aún están presentes en poblados como el de La Plancha, junto a la desembocadura del Guadalquivir, donde se mantienen en pie algunos de los cuarenta chozos (que aquí llaman “ranchos”) donde habitaban las familias dedicadas a la recogida de leña o la fabricación de carbón, recursos que procuraba el cercano pinar.

No existía, pues, amenaza alguna en este tipo de actividades, aunque su rendimiento económico fuera escaso. Los problemas habrían de venir de otro tipo de aprovechamientos mucho más ambiciosos y, sin duda, capaces de alterar profundamente estos territorios y sus señas de identidad.
Ya a mediados del siglo XX, controlado el paludismo y otras enfermedades propias de los humedales, la destrucción de estos espacios se intensificó y no precisamente por motivos de salud pública. Ahora eran víctimas de un desarrollismo brutal, ávido de nuevas zonas aprovechables para la agricultura y la ganadería. Las marismas de la margen izquierda del Guadalquivir, en los dominios de Lebrija, Trebujena y Los Palacios, terminarían por desaparecer, convertidas en tierras de cultivo, y las de la margen derecha se enfrentaban a un futuro poco halagüeño.

A este proceso, que parecía imparable, habría de plantar cara una nueva generación de biólogos, a los que alguien bautizó como “científicos de alpargata y bicicleta” para diferenciarlos de aquellos otros, más numerosos, que por aquellos años se limitaban a escribir sesudos tratados sin pisar apenas el campo. Una historia en la que resultó decisiva la figura de José Antonio Valverde. Pero esa es ya otra historia…

 

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