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Cuatro

Así retraté los cuatro pasos básicos de esta receta. Como en casi todas las recetas de repostería en esta también se necesita más cariño que ciencia.

Mi hija dijo “rosquillas” y desde el fondo de la memoria un recuerdo dulzón viajó, a la velocidad de la luz, hasta el paladar. Era el recuerdo de las rosquillas de mi abuela y mi madre, las que se preparaban en las fiestas de invierno en una cocina sin batidora ni Thermomix. Aquellas antiguas rosquillas de aguardiente que, envueltas en papel de estraza, viajaban hasta el patio del colegio para ser compartidas (si es que habían sobrevivido a los pelotazos). Sencillos dulces caseros de cuando no íbamos a los hipermercados ni se había inventado el Bollicao. Rosquillas sin artificios. Las mismas que esta semana cociné cuando mi hija pronunció la palabra mágica…

500 gramos de harina fina, para repostería

1 sobre de levadura Royal

1 naranja y dos limones

4 huevos

50 ml de leche fría

6 cucharadas soperas de azúcar

6 cucharadas soperas de aceite de oliva virgen extra

1 copita de anís, orujo o aguardiente

Aceite de girasol para freír

Azúcar y canela molida

Comenzamos batiendo los huevos con el azúcar, con energía y durante unos minutos para que la mezcla se espume bien. Añadimos la leche, la copita de aguardiente (yo usé un orujo de hierbas gallego que andaba por casa y el resultado fue espectacular) y la ralladura de la piel de una naranja y de un limón. Mezclamos todo bien con las varillas (¿conserváis alguna?), porque yo en algunas recetas, como esta, no uso batidora: todo a mano (lo cual, dicho sea de paso, es un placer añadido).

Ahora es el turno del aceite de oliva, que se incorpora a la mezcla. Seguimos batiendo con alegría. Unimos la harina y la levadura y, ayudados con un colador, tamizamos poco a poco sobre la mezcla sin dejar de batir. La masa ira espesándose poco a poco y podemos corregir la textura añadiendo más harina si es necesario, el caso es que se quede blanda sin ser muy pegajosa, de manera que podamos manejarla bien con los dedos (eso sí, untados en aceite de oliva).

En una sartén amplia ponemos abundante aceite de girasol (también podría servirnos un aceite de oliva muy suave) y, a baja temperatura y durante unos 10-15 minutos, cocinamos en él dos o tres trozos, grandes, de cáscara de limón (sólo la piel, sin la parte carnosa blanca). Retiramos las cáscaras de limón y bajamos el fuego.

Forma rosquillos

Con los dedos untados en aceite de oliva se trabaja la masa para conseguir diminutos churros.

Vamos cogiendo trozos de masa como del tamaño de una pelota de ping-pong y los amasamos con la palma de la mano sobre la mesa (os recuerdo que debe estar untada en aceite de oliva para que no se nos pegue). El caso es conseguir un churro fino al que daremos forma de rosquilla, uniendo con firmeza los extremos (como se ve en las fotografías). Cuando tengamos una primera remesa comenzamos a freírlas en el aceite a temperatura media (hay que evitar que se quemen). Les damos la vuelta para que se doren y cuando estén bien doradas las retiramos del fuego y las colocamos en un plato cubierto con papel de cocina para que empape el aceite sobrante.

Una vez fritas y libres de aceite vamos pasando las rosquillas por un plato hondo en donde las emborrizamos con una mezcla de azúcar y canela molida.

Mi hija dijo “rosquillas” y así me brindó la excusa perfecta para rescatar esta receta y el olor a churrería de barrio que impregnó mi cocina.

Rosquillas

Las rosquillas terminaron en el mercadillo de Navidad del Colegio Aljarafe…

 

 

 

 

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