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Casi todo el mundo admira la creatividad, pero luego la castiga, la castigamos, sobre todo si cuestiona nuestras creencias. Nos gustan, no nos engañemos, los cerebros grises y ordenados…

Hace algunos días disfruté presentando en la Casa de la Ciencia de Sevilla el último libro de Pere Estupinyá («El ladrón de cerebros. Comer cerezas con los ojos cerrados», Editorial Debate). Como en asuntos de literatura, aunque sea científica, nunca pacto con la impostura me leí el libro hasta la última línea y, de manera inconsciente pero constante, fui tejiendo las infinitas conexiones que el ensayo de Pere me sugería. Confieso que lo que realmente me apetecía del acto, curado ya de la simplona vanidad del estrado, era conocer a Pere y charlar un rato con él a propósito de esas conexiones, de esas inquietudes comunes, del compromiso, compartido, que nos arrastra a contar lo complejo de una manera asequible y divertida. Y hacerlo, además, en buena compañía.

Hablamos del ¿interés? que la divulgación científica suscita en las librerías y bibliotecas españolas; de la imaginación y de la filosofía aplicadas al quehacer de los científicos; del fracaso y del idealismo en un terreno en el que ambos elementos se juzgan ¿inútiles?; del morbo mediático que tienen las certezas y la inquietud que nos causan las incertidumbres; de la estéril, y tramposa, ciencia low cost; del asombro, el placer de aprender y el optimismo (no ingenuo, como precisó Pere) con el que deberíamos lanzarnos a explicar todo lo que nos rodea; de la Ciencia del sexo y el amor, y de cómo es posible que exista tal disciplina sin traicionar la poesía… Hablamos, en fin, de la Ciencia vivida, de la  pasión, y el vértigo, con los que nos asomamos a lo desconocido para tratar de contarlo y así compartirlo.

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Con Pere y Quique Figueroa, en la entrada de la Casa de la Ciencia (Sevilla), antes de conversar a propósito de la creatividad y otras fantasías propias de la juventud…

Es difícil sorprender a Pere, «consumidor omnívoro de Ciencia», con una apreciación o un dato del que no tenga referencia y que, además, despierte su curiosidad (e, inmediatamente después, su voracidad ). Pero ocurrió.

Una de las cuestiones que vengo rumiando desde hace tiempo tiene que ver con las vocaciones científicas y los múltiples elementos que influyen en ellas. En realidad me interesa ese chispazo, aparentemente primario, que nos hace decantarnos por una tarea u otra, por un porvenir u otro; un chispazo en el que hay elementos imponderables, claro que sí, pero en el que influyen, a veces de manera determinante, otros muchos factores que sí podemos precisar (y alabar o lamentar). Hay magia en esa decisión, con frecuencia temprana, pero también hay cálculo y, lo que es peor, oscuras determinaciones.

Lo que sorprendió a Pere fue el estudio que cité para apuntalar mi tesis a propósito de lo que podríamos llamar la paradoja de la creatividad alabada pero perseguida, un problema que penaliza cierto tipo de vocaciones poco convencionales. Es decir, casi todo el mundo admira la creatividad, pero luego la castiga, la castigamos (sobre todo si cuestiona nuestras creencias). El sistema educativo, no nos engañemos, premia la imitación, la uniformidad, la memorización, el orden… Y penaliza la intuición, la individualidad, la diferencia, el riesgo, el atrevimiento… Y así ocurre en cualquier orden de la vida, da igual si estamos tratando de resolver un problema matemático o si no sabemos cómo enfrentar una crisis de pareja. La creatividad, si va a contramano, no está bien vista.

Hasta aquí Pere y un servidor, además de la selecta audiencia que acudió a la Casa de la Ciencia, estábamos más o menos de acuerdo pero, fiel al espíritu del acto que nos congregó, decidí aportar algunas evidencias científicas que fueron las que, en definitiva, sorprendieron al divulgador. En un artículo de Gonzalo Toca a propósito de esta paradoja, se cita un estudio, muy llamativo, de dos psicólogos norteamericanos que viene a reforzar la susodicha tesis:

«A los psicólogos estadounidenses Valina Dawson y Erik Westby se les ocurrió en 1995 la genial idea de cruzar los datos de los alumnos creativos de una clase y los de los favoritos de los profesores. Entonces descubrieron que los maestros dicen admirar la creatividad, pero prefieren a los niños obedientes. Se comportan como los jefes que esos mismos niños encontrarán cuando tengan que trabajar. El mensaje que reciben desde la infancia es claro: el reconocimiento y la estima de la autoridad dependen de la habilidad con la que ejecutemos sus órdenes. Nos pagan para pensar, no para discrepar«.

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Despacho de Albert Einstein (1955). Se ve un poquito desordenado… Así no hay quien formule la teoría de la relatividad… o sí…

Vaya, la Ciencia ha puesto el dedo en la llaga… ¿Qué hacemos para defender la creatividad en una sociedad así, en un sistema educativo así, en unas empresas así, en unas parejas así, en unas familias así? ¿Quién protege a los creativos? ¿Quién los defiende de la rutina y el orden? ¿Quién se ocupa de estos exploradores  sin los que resultará imposible descubrir soluciones a los grandes problemas de la humanidad, desde el cáncer hasta la depresión pasando por el cambio climático? ¿Quién, sin entenderlos, juzgará imprescindible su manera de hacer, heterodoxa y hasta caótica? ¿Cómo sobrevivirán a los mediocres y a los estúpidos, siempre conspirando en contra de la diferencia?

«Quizás lo más misterioso de las personas creativas -concluye Toca- no sea ni la fuente de su inspiración ni su manera de surfear —o de ahogarse ocasionalmente— en la adversidad, los grandes planes o las pasiones extremas. Lo más fascinante es la forma en la que resurgen y sienten sus pensamientos y sus emociones, por dolorosas o alegres que sean, como un continente por explorar, por imaginar, por intuir. Son los exploradores de un pequeño planeta… y ese planeta no es otro que su mirada. Una mirada de infinita curiosidad«.

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¿Quién es este hippy? Perdón, es Le Corbusier en el estudio de su «cabanon de vacances» (Roquebrune-Cap Martin, Francia, 1951)

Cuando yo mismo, en mi papel de padre sobrepasado, me debatía en ese monólogo interior en el que se enfrentan la tranquilizadora (y aburrida) llamada al orden con la silvestre (y peligrosa) inclinación a la creatividad, mi amiga Palir Paroa sacó de su chistera, siempre repleta de bromas inteligentes, un sencillo párrafo que resuelve el dilema:

«Señores Da Vinci, su hijo no tiene remedio. No se centra. Ahora pinta, ahora esculpe o inventa máquinas voladoras. Les paso a la psicóloga«.

 

 

 

 

 

 

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