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¿Por qué en el paraíso de El Bosco algunos placeres se esconden en burbujas translúcidas?

“Empecemos diciéndonos para nuestro fuero interno, y convenciéndonos bien, que no tenemos nada que hacer en este mundo, sino procurarnos sensaciones y sentimientos agradables. Los moralistas que dicen a los hombres: reprimid vuestras pasiones y domeñad vuestros deseos si queréis ser felices, no conocen el camino de la felicidad. Sólo somos felices gracias a las inclinaciones y las pasiones satisfechas; digo inclinaciones porque no siempre somos lo bastante felices como para tener pasiones, y a falta de pasiones, bien está contentarse con las inclinaciones. Pasiones tendríamos que pedirle a Dios si nos atreviéramos a pedirle alguna cosa, y Le Nôtre tenía mucha razón al pedirle al Papa tentaciones en lugar de indulgencias”

(Discurso sobre la felicidad, Émilie du Châtelet) – (*)

No importa si la pieza es desconocida o si la he oído cientos de veces. Ni siquiera importa si esas notas adornan un recuerdo, bueno o malo, o las asocio, con o sin razón, a una persona o a un deseo. Suenan, y suenan por vez primera, limpias, inocentes, sin pasado ni futuro. Están vivas, han nacido en ese justo instante de los dedos de Sol y Bertrand, no estaban encerradas en ningún otro sitio que no fueran esos dedos virtuosos desde los que cruzan, lentamente (¿a qué velocidad viaja el sonido?), el breve espacio que nos separa del escenario.

Uno se despide de ella pensando que, caprichosa, volverá cuando quiera o, quien sabe, que tal vez no vuelva jamás, pero ahí está otra vez, luminosa en la penumbra de la Sala de Cámara, poderosa en los silencios del Auditorio. Sí, es la belleza, y por eso, porque está ahí, presente y armónica, es por lo que todo, objetos y personas, adquieren esa vitalidad alegre y voluptuosa que andaba dormida, mojada y fría, en una tarde de lluvia.

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Se que está ahí porque ilumina la escena con un resplandor desproporcionado cuando Sol y Bertrand entrelazan los dedos.

Se que está ahí porque, sin darme cuenta, suspiro en los silencios. Porque cierro los ojos para ver mejor. Porque sonrío a contratiempo.

¿En qué se inspiró Schumann cuando compuso la primera de sus cinco piezas sobre temas populares, las únicas en las que dialogan violoncello y piano, para nombrarla con la sentencia bíblica Vanitas, vanitatum? Esta noche, mientras sigue lloviendo ahí afuera, quiero creer que no es la vanitas de la soberbia o el orgullo, sino la vanitas de la vacuidad, de lo superfluo y lo insignificante. Es la vanitas de lo breve y lo efímero sobre la que reposa la música, cualquier música; la vanitas de la belleza a la que hay que entregarse, cuando se presenta (fugaz), para así engañar a la muerte y a la tristeza.

Se que está ahí porque el Largo de Chopin se nos hace corto, cortísimo. Porque un folio, distraído entre los macillos y las cuerdas, se convierte en la traviesa percusión de Falla. Y porque sonreímos a un tiempo. Casi siempre sonreímos a un tiempo.

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Tres colores, cinco dedos, dos entradas, un pianista, una violoncellista, un observador solitario, un pasa-partituras ausente, una noche de lluvia, un mapa…

Salimos a la noche y a la lluvia y aún conociendo el camino, aún habiendo transitado por él unas cuantas veces, a pesar de que, en silencio, reconocemos los baches, las curvas peligrosas y las rectas infinitas, buscamos un mapa para no perdernos. Y lo encontramos, semicerrado y a media luz, pero lo encontramos. Un mapa que a ratos nos recordó la cartografía colorista de El Jardín de las Delicias, donde reina la felicidad, y a ratos la grisalla de su trasera, en la que El Bosco imagina el tercer día de la Creación, cuando las aguas se abrieron y se creó el Paraíso, ese paraíso en donde las cosas, animadas e inanimadas, aún no tenían nombre ni recibían la luz del Sol. Pero, ¿quién se atreve a nombrarlas ya de madrugada?

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Creo que el tercer tiempo de Chopin casa bien con ese tercer día de la creación que, en triste grisalla, El Bosco dibuja en la trasera de El Jardín de las Delicias. Aquel tiempo en el que, incapaces, aún no habíamos encontrado el nombre exacto de las cosas…

El tercer tiempo (Largo) de la Sonata de Chopin quizá sea el anuncio de ese tercer día de la Creación que, en triste grisalla, dibuja El Bosco, porque sino ¿a cuenta de qué he amanecido en El Prado buscando el tríptico más famoso de la historia del arte? ¿Qué ando buscando en ese mapa, en su lado luminoso y, sobre todo, en ese otro oscuro? ¿Dónde se esconde el lenguaje –nuestro lenguaje– que no encuentro, las palabras que no me atrevo a pronunciar, los adjetivos que permanecen intactos pero callados, los sustantivos –cobardes– de lo realmente sustantivo?  ¿Hay algo más triste que no saber el nombre exacto de las cosas, que no poder nombrar, nombrarte, la alegría, el miedo, el amor, la luz, la amistad o el dolor?

 

“¡Inteligencia, dame

el nombre exacto de las cosas!

… Que mi palabra sea
la cosa misma
creada por mi alma nuevamente.
Que por mí vayan todos
los que no las conocen, a las cosas;
que por mí vayan todos
los que ya las olvidan, a las cosas;
que por mí vayan todos
los mismos que las aman, a las cosas…
¡Inteligencia, dame
el nombre exacto, y tuyo
y suyo, y mío, de las cosas!

(Juan Ramón Jiménez, Eternidades, 1918)

Todo, todo pasa, y quizá por eso en el paraíso de El Bosco algunos placeres se esconden en burbujas translúcidas, un elemento que en el arte también suele remitir a lo efímero. Todo, todo pasa. Sean placeres terrenales que hay que rechazar (como siempre se ha concluido a partir de la sentencia del Eclesiastés elegida por Schumann) o sean los brillantes dones que regala esta vida y que hay que gozar sin culpa (una interpretación que se ajusta mejor a la más antigua tradición hebrea), el caso es que, Vanitas, vanitatum, Caronte aguarda, y, más pronto que tarde, hará su trabajo con la neutra diligencia que retrató Patinir (mucho más discreto, en una sala contigua a la que ocupa El Bosco). Me da a mí que ahí, en el centro de la laguna Estigia, lejos ya de la orilla, es en donde todo concluye… y los únicos que lo sabemos, ahora, somos nosotros.

“Los vivos, en efecto, saben que morirán /
pero los muertos no saben nada”

(Eclesiastés)

Me gusta cómo todo se entrelaza (Châtelet, Schumann, Chopin, El Bosco, Juan Ramón, Patinir, Jacqueline du Pré…) en esta visita relámpago a Madrid, en la que, como siempre, la belleza, a pesar de la lluvia y el frío, ha vuelto a manifestarse, y ha hecho (muy bien) su trabajo: engañar a la muerte y a la tristeza. Una visita en la que no nos hemos perdido (el mapa, la memoria, la lealtad…), a pesar de que atesoraba, por fin, el difícil encargo de buscar el nombre exacto de las cosas…

PD: Jacqueline du Pré & Daniel Barenboim // Chopin, Sonata para violoncello y piano Op. 65, III Largo // 1972

(*) No, Émilie du Châtelet (1706-1749) no era precisamente una artista de vida disoluta, sino una matemática y física francesa, traductora de Newton y pionera en la defensa del papel de la mujer en la educación y la ciencia

 

 

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