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Posts Tagged ‘Escritura’

“Pueden los que creen que pueden” (Eneida, Virgilio)

Después de horas y horas usando el lenguaje de la manera más formal, exprimiendo el significado de cada palabra, modelando las frases para que dibujen la realidad tal y como yo la veo, descifrando el discurso incomprensible de una notaría o el mensaje aburridísimo de un banco, puntualizando la nota que causó inquietud, subrayando la indicación que soluciona, destacando el adjetivo que colorea… Después de horas y horas tecleando en la redonda más neutra y contenida, colocando comas en el lugar exacto y tildes sobre las vocales perezosas… Después de tanto tiempo sin concederle una travesura al castellano se agradece que alguien llame a la puerta y pida una ración desordenada de MAYÚSCULAS, de negritas, de cursivas. Sobre todo que pida cursivas, muchas cursivas

Me gustan las cursivas porque con una simple inclinación distraída son capaces de añadir movimiento al trazo inanimado, poque crean un delicado metalenguaje otorgando a esas palabras que se arrastran otro sentido que no es el propio, el establecido, el previsible. Leo en cursiva e imagino lo que se ocultaba en el ánimo de quien me escribió. Escribo en cursiva y dejo a la imaginación de quien me lee lo que ni yo mismo he llegado a imaginar.

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Anotación al margen en los apuntes que usé durante mi intervención en el Congreso de la UICN (Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza – Málaga, 23 de enero de 2015)

 

Los que me conocéis sabéis de mi fascinación por la tecnología, por los gadgets (algunos de ellos claramente prescindibles) y las herramientas de última hora que, además de divertirme, pueden ayudarme en mi trabajo.

Hace años, como nos pasó a tantos otros, me hice adicto al PowerPoint y empecé a coleccionar presentaciones, cada vez más alambicadas y efectistas, sobre todos aquellos temas de los que hablo en escenarios variopintos (desde el gigantesco salón de actos de un Palacio de Congresos hasta el aula recoleta de una escuela rural). A fuerza de construir discursos que se apoyaban en una secuencia de diapositivas descubrí que quien de verdad estaba dictando la conferencia eran… las diapositivas, que mi palabra sólo servía para apoyar, discretamente, esa película que dejaba embobados a algunos y dormidos a otros. Y que, para colmo, el discurso era necesariamente lineal, sin mucho margen para los recovecos, las curvas peligrosas, las anotaciones al margen o las salidas de ruta (en busca de nuevos caminos, inciertos pero atractivos). Quien mandaba en el discurso era PowerPoint, y no admitía que se le discutiera el camino a seguir.

De manera casual, en una de esos ratos en los que me gusta vagabundear por las estanterías de una librería, encontré “Presentación Zen”, de Garr Reynolds, un manual atípico que me hizo reconsiderar mi manera de dictar una conferencia, mi manera de diseñar una diapositiva y, en definitiva, mi manera de usar el inflexible PowerPoint. Por cierto, que algunas de las ideas que Reynolds me inoculó aparecen en este blog, porque las usé, a plena satisfacción, en cursos a los que le tengo especial cariño, como el de Ciencia, Arte y Redes Sociales.

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Algunas anotaciones no añaden ideas sino que me sirven para no olvidar el sentimiento que debe inspirar una acción (apuntes que usé en el Congreso de la UICN – Málaga, 23 de enero de 2015)

Apoyándose Reynolds en la filosofía zen lo lógico era que, habiéndome convertido en su devoto discípulo, siguiera simplificando mis presentaciones hasta reducirlas a la mínima expresión de lo comprensible, jugando así con los espacios vacios y no con las diapositivas repletas de información y deslumbrantes efectos. Y lo cierto es que ese parecía el camino al que me conducía la obra de este norteamericano educado en Japón, pero… en mi camino de presentaciones cuasi-espirituales se cruzó Prezi, un veneno que vino de la mano de mi hijo, y despertó, de nuevo, mi fascinación por los artilugios high-tech. Con Prezi mantengo una relación ocasional y, desde luego, si la audiencia está entre los 15 y los 25 años tiro sin dudarlo de este programa que nos sube a todos en una divertida montaña rusa desde la que puede que no aprecies todos los detalles del paisaje pero divertirte te vas a divertir seguro.

¿Y en dónde estoy ahora? Pues, al margen del divertimento ocasional con Prezi y el rigor académico, a veces inevitable, que me obliga a encadenarme a un PowerPoint (aunque sea en su versión zen), he vuelto a mi clásica libreta verde que se cierra con una gomilla, a los folios blancos reciclados y al austero Moleskine negro, soportes en los que, con mucha antelación o sobre la marcha, garabateo las ideas que quiero exponer, y las adorno, para explicarme, con flechas, llaves, asteriscos, subrayados… Compongo así un gráfico en el que se dibuja mi tormenta de ideas y que me sirve de mapa en el que, con frecuencia, me pierdo buscando destinos inesperados, imprevisibles o absurdos. Pero lo que más me gusta de esta rústica herramienta no son las infinitas posibilidades que abre a la improvisación, la libertad que otorga al discurso oral, las pocas distracciones que regala al público realmente interesado… no, lo que más me gusta es que me permite hacer anotaciones al margen, guiños, recuerdos, frases que me inspiran aunque nada tengan que ver con el tema central de mi discurso.

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Un folio salpicado de anotaciones al margen, anotaciones a las que tengo especial cariño (guión garabateado de mi intervención en el Congreso Nacional de Medio Ambiente – Madrid, 27 de noviembre de 2014).

En esos esquemas garabateados hay muchas ideas, las que quiero exponer, y también muchos sentimientos que no expongo, pero que necesito sentir cerca, con la evidencia que proporciona la palabra escrita. Algunas veces he colgado fotos de estos apuntes y alguien se ha dado cuenta de esa aparente anomalía, de esas palabras que no tienen sentido en ese contexto, de esas frases que parecen haberse colado en un sitio que no le corresponde. Bueno, pues ya sabéis cuál es el motivo de ese cóctel garabateado en donde conviven razones y emociones, aunque estas últimas sólo sean para mis ojos… y para los ojos de quienes saben leer entre mis líneas.

Al fin y al cabo, la vida está llena de anotaciones al margen…

 

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