Feeds:
Entradas
Comentarios

Posts Tagged ‘estúpidos’

ciudad-en-ruinas

Los libros nos hablan. A veces guardan durante años un mensaje que está destinado a nosotros, únicamente a nosotros. Un mensaje que se rebela en el preciso instante en el que llegamos a la página exacta, al párrafo indicado, a la frase oportuna. ¿Cómo es posible que se produzca esa alineación cósmica entre nuestras circunstancias y las que inspiraron al autor o autora del libro?

Ya os conté, no hace mucho, lo que he disfrutado volviendo, una vez más, a los escritos de Bertrand Rusell, el filósofo que más me ha influido, el que más me ha ayudado a entender, un poco, este asunto inexplicable que es vivir sin caer en el pesimismo ni renunciar a una cierta ética. La conquista de la felicidad es la obra en la que tantas claves he vuelto a encontrar, por más que Rusell lo escribiera hace cerca de noventa años.

En su día dediqué varias entradas de este blog a los estúpidos, de acuerdo a la acertada definición del economista italiano Carlo M. Cipolla (“Una persona estúpida es aquella que causa pérdidas a otra persona o grupo de personas sin obtener ninguna ganancia para sí mismo e incluso incurriendo en pérdidas”), y ahora es Russell quien me regala, en un momento muy adecuado, la explicación a ese afán destructor que mueve a algunos estúpidos disfrazados de justicieros. ¿Existe una lógica de la demolición? ¿Por qué hay quien se empeña en construir y quien sólo piensa en destruir? El filósofo británico lo explica de manera nítida:

Podemos distinguir la construcción de la destrucción por el siguiente criterio: en la construcción, el estado inicial de las cosas es relativamente caótico, pero el resultado encarna un propósito; en la destrucción ocurre al revés: el estado inicial de las cosas encarna un propósito y el resultado es caótico; es decir, lo único que se proponía el destructor era crear un estado de cosas que no encarne un determinado propósito. Este criterio se aplica al caso más literal y obvio que es la construcción y destrucción de edificios. Para construir un edificio se sigue un plano previamente trazado, mientras que al demolerlo nadie decide cómo quedarán exactamente los materiales cuando termine la demolición. Desde luego, la destrucción es necesaria muy a menudo como paso previo para una posterior construcción; en este caso, forma parte de un todo que es constructivo. Pero no es raro que la gente se dedique a actividades cuyos propósitos son destructivos, sin relación con ninguna construcción que pueda venir posteriormente. Muy a menudo, se engañan a sí mismos haciéndose creer que sólo están preparando el terreno para después construir algo nuevo, pero por lo general es posible destapar este engaño, cuando se trata de un engaño, preguntándoles qué se va a construir después. Entonces se verá que dicen vaguedades y hablan sin entusiasmo, mientras que de la destrucción preliminar hablan con entusiasmo y precisión. Esto se aplica a no pocos revolucionarios, militaristas y otros apóstoles de la violencia. Actúan motivados por el odio, generalmente sin que ellos mismos lo sepan; su verdadero objetivo es la destrucción de lo que odian, y se muestran relativamente indiferentes a la cuestión de lo que vendrá luego. No puedo negar que se puede gozar con un trabajo de destrucción, lo mismo que con uno de construcción. Es un gozo más feroz, tal vez más intenso en algunos momentos, pero no produce una satisfacción tan profunda, porque el resultado tiene poco de satisfactorio. Matas a tu enemigo y, una vez muerto, ya no tienes nada que hacer, y la satisfacción que obtienes de la victoria se evapora rápidamente”.

Si los estúpidos, si los que disfrazan su odio y su afán de destrucción en cruzadas purificadoras, han estado presentes, más o menos en la misma proporción, a lo largo de la historia y en todo tipo de escenarios, ¿por qué en algunas circunstancias estos individuos logran la aniquilación que persiguen y en otras no? ¿Cómo es posible que una minoría de descerebrados arrastren al despeñadero a una mayoría de gente sensata? ¿Por qué algunas sociedades, ciertas empresas o determinados colectivos prosperan y otros entran en decadencia? Cipolla tiene una respuesta: “Depende exclusivamente de la capacidad de los individuos inteligentes para mantener a raya a los estúpidos”. Y Rusell también aporta una explicación:El problema de la humanidad es que los estúpidos están seguros de todo y los inteligentes están llenos de dudas”.

 

Anuncios

Read Full Post »

“Una persona estúpida es aquella que causa pérdidas a otra persona o grupo de personas sin obtener ninguna ganancia para sí mismo e incluso incurriendo en pérdidas” (Leyes fundamentales de la estupidez humana, Carlo M. Cipolla, 1988).

En este blog me he ocupado de los estúpidos en varias ocasiones (quizá en demasiadas…), destacando, como ya advertía el economista Carlo M. Cipolla, que son las personas más peligrosas que existen. Y lo son porque les repele tanto la cooperación sincera que, empeñados en causar daño a los demás, no dudan en causárselo a ellos mismos.

Afortunadamente no son mayoría (porque si así fuera la humanidad se habría extinguido hace tiempo), pero si miramos a nuestro alrededor resulta inquietante comprobar el número de estúpidos que, a diario, van colocando piedrecitas, o pedruscos, en nuestro camino a cambio de ningún beneficio (ni propio ni ajeno).

Afortunadamente, y sin abandonar el terreno de la economía, hay quien trata de neutralizar esta absurda manera de manejarse planteando nuevos modelos que miran al bien común, modelos que, por cierto, los estúpidos no terminan de comprender (el bien común para ellos es una suerte de comunismo apulgarado, o, lo que es peor, una muestra de tontuna propia de utópicos, místicos o perroflautas).

Christian Felber, un economista austriaco que no es perroflauta, ni comunista, ni místico, ni utópico, formuló en 2009, junto a un grupo de empresarios (sí, sí, empresarios), las bases de la denominada Economía del Bien Común. Los principios de este nuevo modelo son, para espanto de los estúpidos:

  • Toda actividad económica sirve al bien común.
  • La economía del bien común se debe regir por una serie de principios básicos que representan valores humanos: confianza, honestidad, responsabilidad, cooperación, solidaridad, generosidad y compasión, entre otros.
  • Aquellas empresas que les guíen esos principios y valores deben obtener ventajas legales que les permitan sobrevivir a los valores del lucro y la competencia actuales.
  • En la economía real actual el éxito económico se mide con valores o indicadores monetarios (Producto Interior Bruto), beneficios que dejan fuera a los seres humanos y al medio en el que vivimos. Estos indicadores no nos dicen nada sobre si hay guerra, se vive en una dictadura, si sobreexplotamos el medio, etc. De la misma manera, una empresa que tenga beneficios no nos indica nada sobre las condiciones de sus trabajadores ni sobre lo que produce ni cómo lo produce.
  • El balance del bien común mide cómo una empresa vive: la dignidad humana, la solidaridad, la justicia social, la sostenibilidad ecológica, la democracia con todos sus proveedores y clientes.
  • La evaluación de esos valores podrá permitir al consumidor escoger los productos que más contribuyan al bien común.
  • Establece límites a la propiedad privada y a la herencia.

Y hoy me he acordado de Felber y de los estúpidos porque todos los que sufrimos la demolición de este oficio, los periodistas que asistimos impotentes a la destrucción de nuestros puestos de trabajo, conocemos, de primera mano, uno de los ejemplos que este austriaco pone siempre para revelar lo absurdo e injusto del actual sistema económico: ¿cuál es la diferencia de salario entre un trabajador y un alto directivo? ¿a qué distancia están los sueldos de un operario y el del consejero delegado de su empresa? ¿son diferencias razonables? ¿seguro?

Según detalla el propio Felber, la diferencia entre el salario mínimo y el sueldo de un gerente es de 800 veces en Austria, de 5.000 veces en Alemania y de 65 mil veces en Estados Unidos. Y la diferencia entre el salario mínimo y el de un ejecutivo de Wall Street ha llegado a ser de 360 mil veces, lo que establece la vergüenza de que el ejecutivo de Wall Street gane en un día mil veces lo que un trabajador gana en todo un año”.

Y también me he acordado de Felber (y de los estúpidos) porque ayer más de 60 periodistas, convocados por la Asociación de Periodistas de Información Ambiental (APIA), nos reunimos en el Congreso Nacional de Medio Ambiente (CONAMA) para olvidarnos, aunque sólo fuera por un rato, de nuestros respectivos ombligos y trabajar así por el bien común, por nuestra maltratada profesión, por los valores compartidos que alimentan la esencia de este oficio y sin los que es imposible construir el futuro, ningún futuro.

Aprovechando que Felber habla un español más que aceptable os dejo esta entrevista en la que explica su Economía del Bien Común:

Read Full Post »

Quizá tratando de entender la mía propia, o aclararme con la que afecta a algunas personas de mi entorno, llevo meses intentando desentrañar las claves de la estupidez humana, una condición que en estos tiempos difíciles se manifiesta con particular virulencia y que, sin duda, está en el mismo origen de la madre-de-todas-las-crisis.

En la búsqueda de autores capaces de aportarme algo de luz sobre tan espinoso asunto recurrí al  magnífico Carlo M. Cipolla y sus Leyes fundamentales de la estupidez humana (https://elgatoeneljazmin.wordpress.com/2011/02/04/las-leyes-fundamentales-de-la-estupidez-humana/), y también consulté la “inteligencia fracasada” de José Antonio Marina (https://elgatoeneljazmin.wordpress.com/2012/03/01/que-pena-de-estupidos/).

Hoy, en la tercera (y última, espero) entrega de esta serie dedicada a la tontuna, os recomiendo la lectura de una obra poco conocida pero rigurosa y divertida a partes iguales. Se trata de la “Historia de la Estupidez Humana”, un documentado ensayo que firmó, en 1959, Paul Tabori.

La propia peripecia vital y profesional de Tabori daría para otro post, pero prefiero no distraerme del asunto que nos ocupa, así es que los interesados en conocer a este periodista húngaro, que trabajó en medio mundo y en mil ocupaciones, pueden leer su ficha biográfica en la web de la Senate House Library de la Universidad de Londres (http://www.aim25.ac.uk/cats/14/7575.htm).

Como aperitivo os dejo algunos párrafos de esta obra, en los que se adivina el excelente nivel de Tabori como sufrido investigador de la estupidez humana.

“ Algunos nacen estúpidos, otros alcanzan el estado de estupidez, y hay individuos a quienes la estupidez se les adhiere. Pero la mayoría son estúpidos no por influencia de sus antepasados o de sus contemporáneos. Es el resultado de un duro esfuerzo personal. Hacen el papel del tonto. En realidad, algunos sobresalen y hacen el tonto cabal y perfecto. Naturalmente, son los últimos en saberlo, y uno se resiste a ponerlos sobre aviso, pues la ignorancia de la estupidez equivale a la bienaventuranza”.

“Quizás la estupidez es necesaria para dar no sólo empleo al autor satírico sino también entretenimiento a dos núcleos minoritarios: 1) los que de veras son discretos, y 2) los que poseen inteligencia suficiente para comprender que son estúpidos. Y cuando empezamos a creer que una ligera dosis de estupidez no es cosa tan temible, Tabori nos previene que, en el trascurso de la historia humana, la estupidez ha aparecido siempre en dosis abundantes y mortales. Una ligera proporción de estupidez es tan improbable como un ligero embarazo. Más aún, las consecuencias de la estupidez no sólo son cómicas sino también trágicas. Son para reírse, pero ahí concluye su utilidad. En realidad, sus consecuencias negativas a todos influyen, y no sólo a quienes la padecen. El mismo factor que antaño ha determinado persecuciones y guerras, puede ser la causa de la catástrofe definitiva en el futuro. Pero encaremos el problema con optimismo. Acabando con la raza humana, la estupidez acabaría también con la propia estupidez. Y ése es un resultado que la sabiduría nunca supo alcanzar”.

“ ¿Duele ser estúpido? Desgraciadamente, no duele.   Si la estupidez se pareciera al dolor de muelas, ya se habría buscado hace mucho la solución del problema. Aunque, a decir verdad, la estupidez duele… solo que rara vez le duele al estúpido”.

Cuando uno lee cosas así sólo puede ratificarse en sus peores sospechas y en sus más tristes hipótesis…

(Y mañana escribo de cocina, para desintoxicarme…).

 

Read Full Post »

Hoy, en un desahogo al que no soy aficionado (al menos en el escaparate de Twitter), escribí: “Algunos confunden SU crisis con LA crisis. Y esa no la arreglan Merkel + Sarkozy sino Freud + Tranquimazin #pacienciainfinitaoommm ”.

Lo dicho: un desahogo. Las dificultades que todos estamos enfrentando son la coartada perfecta para los pelmazos de siempre, los que se empeñan en convencernos de que una conjura universal trata de hundirlos en la miseria. A ellos, que son el colmo de la inteligencia, la sensatez, el buen juicio, la innovación y la honradez (sobre todo la honradez).

Gente amargada (aunque tiren de carcajadas con sospechosa facilidad) que, si te descuidas, terminan amargándote a ti también. Gente resentida (aunque se disfracen de una generosidad exagerada) que, si te confías, te envenenan el alma. Gente acomplejada (aunque sacan pecho en cada esquina, como los matones de barrio) que, si te relajas, despiertan tus más bajos instintos. Gente infeliz (aunque se confiesen más que satisfechos con su vida) que, si te acercas demasiado, te manchan con su tristeza.

¿Son malos? No, ni siquiera llegan a eso. Son estúpidos, y están sometidos a unas leyes que en su día formuló el economista italiano Carlo M. Cipolla y de las que ya escribí en este blog (https://elgatoeneljazmin.wordpress.com/2011/02/04/las-leyes-fundamentales-de-la-estupidez-humana/).

Como el asunto me sigue preocupando (porque es inevitable cruzarse a diario con semejantes individuos y no siempre tiene uno la templanza de un monje zen), traigo hoy al blog las reflexiones de José Antonio Marina a propósito de este problema. Las leí hace tiempo en un libro muy recomendable, “La inteligencia fracasada: teoría y práctica de la estupidez”, que el propio filósofo comentaba de esta manera:

Con este libro expulso a la inteligencia de su trono platónico, donde se dedicaba a las puras tareas de la razón pura, a labores de aguja matemáticas, a encajes de bolillos cartesianos, y la sumerjo en la vida diaria, en los laberintos palpitantes del corazón, en la impura razón práctica.

El gran objetivo de la inteligencia es lo que llamamos felicidad y por ello todos sus fracasos tienen que ver con la desdicha. Resulta trágico comprobar que con frecuencia las circunstancias, las experiencias, limitan los recursos intelectuales de una persona, su capacidad para enfrentarse con la vida. Se da entonces un fracaso objetivo del que la víctima no es, claro está, responsable. Un niño al que se le ha inoculado el odio va a sufrir un desajuste permanente en su vida. Es una inteligencia dañada.

Muchas veces es difícil distinguir entre la inteligencia dañada y la fracasada, porque ambas llevan a los mismos penosos resultados. Se trata de fenómenos complejos, de difícil definición. Pensemos en Franz Kafka. Se consideró siempre un fracasado, y no por su falta de éxito literario, sino por su dificultad para vivir. Unas veces habla del fracaso como si fuera “su destino fatal” y otras como si se tratara de “una acción intencionada”. “Lo que yo quería era seguir existiendo sin ser molestado.” Fue víctima de una patética vulnerabilidad, que le hizo escribir: En el bastón de Balzac se lee esta inscripción: “Rompo todos los obstáculos”. En el mío: “Todos los obstáculos me rompen.” ¿De dónde provino esta fragilidad? ¿Hubiera podido evitarla? ¿Hubiera debido evitarla? Una pregunta más insidiosa: ¿Hubiéramos querido que la evitara?

No me gusta el fracaso, lo confieso. Creo que una de las intoxicaciones culturales posrománticas ha sido el gusto por una metafísica del hundimiento. A ser posible sufrida en cabeza ajena, lo que es el colmo de la impostura. Sade es estupendo para ser leído, no para ser vivido. Convertir la degradación, el fracaso, el horror, la crueldad, el sinsentido en objeto estético es inevitable, pero confundente. Separa el arte de la vida. Resulta escandalosa, porque es verdadera, la afirmación de George Steiner: la cultura no hace mejores a las personas. Una pena”.

Y mañana, o el sábado, prometo escribir de cocina, que es lo que más me gusta…

 

 

 

Read Full Post »