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Posts Tagged ‘fauna’

Nota previa: este post está salpicado de enlaces (más de cuarenta) a fuentes informativas complementarias. Basta situarse sobre las palabras resaltadas para consultar dichas fuentes. Que nadie se queje de falta de datos.

Sé que muchas personas no reparan en lo que sería tener que seguir batallando contra la difteria, el sarampión, la rabia o el tétanos. Sé que la mayoría de estas personas viven en países desarrollados y jamás han visto a nadie de su entorno padecer alguna de estas terribles enfermedades. Sé que quien no quiere, de forma temeraria, vacunarse, o que vacunen a sus hijos, contra estas u otras enfermedades lo hace aprovechándose de la protección que le brinda el grupo, el elevado porcentaje de ciudadanos que, en países desarrollados, se vacunan para protegerse ellos y proteger así a los demás. Si conocen esta ventaja y actúan así son egoístas y si no lo saben son ignorantes, y esta segunda condición es la que me anima a escribir este post (contra la primera anomalía, contra el egoísmo, es mucho más difícil actuar, sobre todo en adultos informados).

Claro que el anuncio de BioNTech-Pzifer y Moderna a propósito de la efectividad de sus vacunas contra la COVID rinde beneficios económicos a estas empresas. Claro que esta noticia anima las bolsas de medio mundo. Por supuesto que los gobiernos corren a encargar, pagando por adelantado, sus partidas de inyectables. ¿Pero es que todos estos efectos secundarios invalidan el tremendo esfuerzo científico que nos ha llevado a este punto en menos de un año? ¿Acaso el descubrimiento de una nueva vacuna, para la enfermedad que sea, puede acabar convirtiéndose en una mala noticia?

Inciso para cuñados: BioNTech (2008) y Moderna (2010) son starups nacidas en la crisis financiera de 2008, impulsadas por científicos cuarentones de varios países y culturas. Han invertido cientos de millones antes de ofrecer estas vacunas, que son sus primeros productos. Han manejado tiempos largos, un riesgo extremo en las inversiones y se han arriesgado a una tasa de éxito mínima (Moderna, cotizada en Bolsa, nunca ha dado beneficios en sus diez años de vida). ¿Merecen sus promotores recibir ahora el retorno de su inversión, el premio a su atrevimiento? El análisis de Jorge Barrero, de la Fundación COTEC, puede servir para aclararnos algo esta cuestión.

Aún quedan muchos interrogantes por despejar: cuánto dura la inmunidad que proporcionan estas vacunas, cómo actúan según los diferentes grupos de edad y riesgo, sólo resuelven infecciones graves o también evitan la propagación del virus… Y, además, hay que enfrentar el esfuerzo logístico preciso para distribuirlas, una tarea que no sólo debe atender a criterios de eficacia (garantizando, por ejemplo, la rigurosa cadena de frío imprescindible para conservarlas) sino también a principios de equidad, de justicia, de solidaridad, de legitimidad… El bien común debe primar sobre cualquier otra consideración: ética y ciencia deben ir de la mano.

Pero aún teniendo que despejar interrogantes y batallar por un uso ético de estos remedios, no podemos, no debemos, dejar que el desconocimiento (o el miedo que se alimenta del primero) nos haga renegar de una vacuna (el egoísmo, insisto, es más difícil de vencer que la ignorancia).

Y con el simple afán de ofrecer evidencias razonables y hacer un poco de pedagogía, de ciencia para todos los públicos, asistí al programa “Despierta Andalucía”, la apuesta informativa más tempranera de Canal Sur Televisión. Mis compañeros, Álvaro Moreno de la Santa y Victoria Romero, me pidieron que explicara en qué situación se encontraba el asunto de las vacunas contra la COVID, y también que despejara las dudas en torno a la relación del coronavirus con la fauna en general y con nuestras mascotas domésticas en particular. Sin alarmismos (eso no forma parte de un periodismo responsable) y con el profundo sentido de servicio público con el que siempre me enfrento a este tipo de retos en los que trato de explicar lo complejo a personas que ni son especialistas ni tienen por qué serlo, a ciudadanos de a pie preocupados por una enfermedad que amenaza, por segunda vez en un año, con colapsar nuestro sistema sanitario.

En las pocas notas que coloqué sobre la mesa, para no olvidar nada sustancial, escribí en mayúscula tres palabras: OPTIMISMO, CAUTELAS Y BULOS

OPTIMISMO

Insisto: que en menos de un año se hayan anunciado ya dos vacunas eficaces (aunque tengamos que esperar los resultados completos y la validación de estos por parte de la comunidad científica), que una tercera (AstraZeneca-Universidad de Oxford) esté muy cerca de un anuncio parecido, que 11 prototipos de vacuna estén en la fase final de los ensayos en humanos y que cerca de 200 se estén desarrollando en diferentes fases clínicas y preclínicas, es una buena noticia y la demostración de un potencial científico jamás conocido.

Que BioNtech y Moderna hayan apostado por una tecnología nunca antes usada en vacunas para humanos (ARN mensajero), arriesgando un volumen importante de capital, y que la apuesta esté dando resultados positivos también es una buena noticia, porque más allá de la COVID abre nuevos horizontes en el complicado universo de la inmunología y en la prevención de otras muchas enfermedades.

Que las principales industrias farmacéuticas a escala planetaria se hayan unido para resistir a las presiones políticas y así poder respetar los plazos de seguridad en el desarrollo de vacunas y tratamientos frente a la COVID, y que ya estén funcionado alianzas internacionales para recaudar fondos y garantizar el suministro de vacunas a los países más desfavorecidos, también son noticias que alimentan la esperanza.  

Creo que son suficientes razones para el optimismo, aunque no sea un optimismo ciego (atención al capítulo de cautelas), sobre todo si volvemos la vista atrás y pensamos en la situación que se nos planteaba en febrero o marzo, hace menos de diez meses.

CAUTELAS

La innovación de BioNtech-Pzifer y Moderna tiene un precio: las vacunas de ARN mensajero son inestables y necesitan por ello condiciones de conservación muy exigentes. En el caso de BioNtech-Pzifer los viales deben almacenarse en torno a los – 70 ºC, mientras que los de Moderna pueden conservarse hasta seis meses a una temperatura de – 20 ºC. En ambos casos se requiere una logística compleja y costosa, y si bien Moderna juega con algo de ventaja en ese capítulo no es menos cierto que BioNtech-Pzifer tendrá más capacidad de producción y un precio algo más moderado ya que su vacuna requiere una dosis más reducida (30 microgramos) que la de Moderna (100 microgramos).

Estas dos vacunas, y muchas otras de las que están en desarrollo, deben ser administradas en dos dosis (separadas entre tres y cuatro semanas). Teniendo en cuenta que la inmunidad de grupo, que es la que evita que el virus se propague actuando como un cortafuegos, se alcanza cuando el 60-70 % de la población está protegida frente al coronavirus, en el caso de España (47 millones de habitantes) sería necesario vacunar a un mínimo de 28 millones de personas, lo que supone administrar más de 56 millones de dosis respetando, además, el intervalo fijado entre la primera y la segunda dosis. ¿Cuánto tiempo se requiere para conseguir estas cifras de vacunación? Pensemos en una de las pocas referencias conocidas como es la vacunación estacional frente a la gripe: en unos tres meses se administran entre 5 y 6 millones de dosis (este año quizá algo más). Siendo realistas, es difícil que, si las vacunas funcionan y su producción a gran escala se desarrolla sin contratiempos, la inmunidad de grupo se alcance antes del segundo semestre de 2021. ¿Y mientras tanto qué hacemos? Resistir con las únicas herramientas eficaces, dolorosas pero eficaces: confinamientos, limitación de actividades, reducción de interacciones sociales, uso generalizado de mascarillas, máxima atención a la higiene y la distancia social… Mientras llegan las vacunas y se alcanza la inmunidad de grupo hay que evitar a toda costa el colapso del sistema sanitario, otras estrategias (ver el capítulo de los bulos) se apoyan, con débiles argumentos científicos, en la pura y dura insolidaridad (sálvese quien pueda).

Justo en este punto del proceso, el de la vacunación, aparece una cautela que se puede convertir en un peligroso escollo y que es, insisto, el que me anima a escribir este post. Según diferentes sondeos un número más que apreciable de ciudadanos expresan serias dudas frente a la vacunación hasta el punto de considerar la posibilidad de no vacunarse o de defender la tesis de que hay una conspiración detrás del desarrollo de estos fármacos. Por mucho que sean los resultados de encuestas reflejan un estado de ánimo y, sobre todo, un nivel de miedo y desconfianza que exige un esfuerzo de pedagogía, responsabilidad y consenso social. Y aquí tenemos una enorme tarea los medios de comunicación.

Considerar la vacunación contra la COVID como obligatoria sería la peor opción, por el daño que se hace al consenso que nace del acuerdo voluntario. El ejemplo de la donación de órganos, en donde somos líderes a nivel mundial, es contundente al respecto: aunque la ley lo permita es muy raro que las autoridades decidan extraer órganos para trasplante sin el consentimiento de la familia.

Inciso para cuñados: sí, la ley permite la vacunación obligatoria, y de hecho es un recurso al que ha habido que recurrir no hace mucho ni muy lejos (Granada, brote de sarampión en 2010: un juez ordena la vacunación de 35 niños).

¿Qué ocurriría si disponemos de vacunas eficaces pero el rechazo social impide alcanzar los porcentajes de vacunación que brindan inmunidad de grupo? ¿Cómo se resuelven algunos de los dilemas morales que plantea el respeto a la vacunación voluntaria? ¿Sería tolerable, por ejemplo, que el personal de una residencia de ancianos se negara a vacunarse? ¿Podríamos asumir, por ejemplo, que los compañeros de clase de nuestros hijos no estuvieran vacunados?  

Mejor que obligar es convencer, y el convencimiento nace del conocimiento. Todos los esfuerzos por hacer pedagogía, insisto, son pocos. Todas las batallas contra los bulos serán pocas.

BULOS

Hace unos días publiqué en este mismo blog un texto (El pastor inmune) destinado a combatir uno de los bulos más peligrosos que andan circulando en todo tipo de soportes, esa tesis (supuestamente respaldada por numerosos especialistas) que defiende el establecimiento de la inmunidad de grupo de manera “natural”, es decir, dejando que el virus circule libremente, infecte a quien tenga que infectar y se alcance la protección de los ciudadanos en un corto plazo sin hacerles pagar el alto precio de los confinamientos, la limitación de actividades o el toque de queda («protección focalizada» es el eufemismo elegido para esta estrategia). En el post reúno evidencias suficientes, apoyadas en documentos fiables, pero de forma resumida os diré que esta tesis se sostiene en argumentos científicos muy débiles, en posicionamientos poco éticos e insolidarios, está vinculada a un think-tank que cuestiona el cambio climático, está suscrita por un buen número de “desconocidos” (siendo benevolente en la definición), contradice el posicionamiento de la OMS y, sobre todo, debilita los esfuerzos que, desde la sanidad pública, se están realizando para frenar la pandemia en tanto llegan vacunas y tratamientos eficaces. Teniendo en cuenta las tasas de mortalidad que manifiesta la COVID apostar por esta estrategia supondría, como mínimo, disparar los fallecimientos en nuestro país hasta los 400.000 (a fecha de hoy se han registrado, de manera oficial, algo más de 42.000 muertes). ¿Estamos dispuestos a pagar este precio en vidas humanas? ¿Seguro que el confinamiento es peor? Quizá lo más razonable sería proteger de manera efectiva a los más débiles frente al coste, social y económico, del confinamiento mientras llegan las vacunas y los tratamientos más eficaces,  y no embarcarse en un “sálvese quien pueda” que siempre hace que se salven los mismos.

ANEXO: MASCOTAS INOCENTES

Este coronavirus, por mucho que se empeñen algunos conspiranoicos, tiene un origen animal. Posiblemente el reservorio del patógeno original se localice en algunas especies de murciélagos y en su viaje hacia los humanos haya contado con algunos hospedadores  intermedios, como la civeta, pero el caso es que, sin duda alguna, la destrucción de la biodiversidad ha impedido que la naturaleza frene, con sus múltiples mecanismos de ajuste, ese salto de animales a humanos.

Desde que empezó la pandemia se han multiplicado los estudios para establecer el impacto del coronavirus en la fauna, y así ha podido establecerse que hay especies animales más vulnerables al patógeno y otras que no lo padecen. Especies que se infectan a partir de los humanos con los que conviven pero no lo transmiten a otros humanos, y especies que se infectan y transmiten la COVID.

El grupo más preocupante es el de los mustélidos (visones, hurones, turones, comadrejas…) donde ya se ha certificado la presencia del virus y la posibilidad de que se transmita a humanos. Los operarios de algunas de las granjas en donde se crían visiones han infectado a estos mamíferos y, una vez infectados, se han convertido en agentes capaces de propagar la enfermedad a otros humanos. Y para empeorar las cosas, en este tránsito humano-animal-humano el virus sufre mutaciones que, en el peor de los casos, podrían reducir la efectividad de algunas vacunas. Estos animales, además, podrían convertirse en un reservorio del patógeno, de manera que aunque lucháramos contra él en el territorio de los humanos siempre cabría la posibilidad de una nueva epidemia que partiera de los coronavirus “ocultos” en los mustélidos.

En lo que se refiere a los animales domésticos, aquellos que mayor interacción tienen con los humanos, hay algunos que apenas parecen verse afectados por la COVID, como es el caso de los perros, los cerdos, las gallinas o los patos. Los gatos serían, en este caso, los más vulnerables al patógeno, aunque en todo el mundo se han descrito muy pocos casos de gatos infectados (un solo caso en España) y ninguno en el que el gato transmitiera el patógeno a un humano (quizá juegan a su favor los hábitos de autohigiene de estos felinos y su reducido tamaño en relación a un humano, con lo que la carga viral presente en la respiración de estos animales sería muy reducida, aunque estas son meras especulaciones). Incluso en las investigaciones que se han realizado sobre la incidencia que tienen en las tasas de infección determinados comportamientos, se ha advertido el riesgo de infección que conlleva ser propietario de un perro pero no por culpa del animal sino por el hecho de que sus paseos en el exterior del domicilio suponen la interacción con personas y superficies potencialmente infectadas y el posible traslado del patógeno a la vivienda.

En resumen, aunque el riesgo de infección es casi despreciable hay que extremar las medidas higiénicas en el contacto con nuestras mascotas (asearlas y asearnos nosotros cuando nos relacionamos con ellas) y, sobre todo, si padecemos la COVID debemos aislarnos de nuestras mascotas al igual que hacemos con los humanos, para evitar contagiarlas y extender así la circulación del patógeno.

Y no olvidemos que las mascotas juegan un papel imprescindible como animales de compañía para muchas personas que están sufriendo un terrible impacto emocional durante la pandemia. Son terapeutas gratuitos, sanitarios no reconocidos, cuidadores incondicionales. E, incluso, actúan como poderosos fármacos naturales capaces de evitarnos algunas enfermedades, algo que no es una mera suposición sino que ya ha sido avalado por interesantes investigaciones (en aquellos hogares en los conviven gatos y bebés, por ejemplo, los primeros son capaces de inactivar en los segundos un gen que predispone al asma, de manera que muchos de esos niños jamás padecerán esa enfermedad –porque el efecto dura toda la vida- y también serán menos vulnerables a las bronquitis y las neumonías).

EPÍLOGO

Aún en mitad de la tormenta hay muchos motivos para la esperanza. Sabemos la causa de esta enfermedad, sabemos cómo frenar su transmisión (aunque las herramientas sean dolorosas y causen daños colaterales), estamos a punto de contar con vacunas eficaces, se sigue trabajando en tratamientos específicos, nuestro sistema sanitario (gracias al sacrificio de muchos profesionales) está resistiendo las embestidas del coronavirus y la comunidad científica trabaja con un grado de cooperación e intensidad nunca antes conocido. Y todo esto en sólo diez meses.

[ Explicarlo en televisión cuesta un poco más. El esfuerzo de síntesis, conceptual y de lenguaje, es tremendo cuando se trata de información científica, por eso son tan valiosas estas ventanas en una televisión pública.]

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