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Posts Tagged ‘Herman Hesse’

Los periodistas hacemos cosas muy extrañas, como dedicar la tarde de un domingo de septiembre a buscar documentación sobre un tema tan singular como el-carácter-mágico-del-lenguaje-en-la-divulgación-científica (siento este arrebato de absurda pedantería, pero es la triste verdad).

Más allá del aspecto puramente práctico (la localización de textos pertinentes, y rigurosos, sobre tan retorcida cuestión) este tipo de búsquedas terminan derivando en una navegación errática por el vasto océano de Internet. Una navegación fuera de las rutas convencionales, alejada de los lugares comunes, casi siempre estéril pero, a veces, sorprendente en sus resultados.

Hoy la isla que he encontrado en un rincón perdido de este océano electrónico se llama “Pseudópodo” (http://pseudopodo.wordpress.com/) y está llena de tesoros que su propietario se brinda a compartir con el primero que asoma, aunque, eso sí, lo único que no comparte es su nombre.

Desde el anonimato, el dueño de este paraíso nos regala textos como el que copio a continuación, muy oportuno en los (malos) tiempos que corren. Quizá, como asegura Hesse, la mejor forma de defendernos del materialismo salvaje que trata de vampirizarnos sea poner la mente en blanco. Algo muy sencillo, aunque tremendamente difícil…

«La mirada de la voluntad es impura y ardiente. El alma de las cosas, la belleza, sólo se nos revela cuando no codiciamos nada, cuando nuestra mirada es pura contemplación. Si miro un bosque que pretendo comprar, arrendar, talar, usar como coto de caza o gravar con una hipoteca, no es el bosque lo que veo, sino solamente su relación con mi voluntad, con mis planes y preocupaciones, con mi bolsillo. En ese caso el bosque es madera, es joven o viejo, está sano o enfermo. Por el contrario, si no quiero nada de él, contemplo su verde espesura con “la mente en blanco” y entonces sí que es un bosque, naturaleza y vegetación; y hermoso.
Lo mismo ocurre con los hombres y sus semblantes. El hombre al que contemplo con temor, con esperanza, con codicia, con propósitos, con exigencias, no es un hombre, es sólo un turbio reflejo de mi voluntad. Le miro, consciente o inconscientemente, con sonoras preguntas que le disminuyen y falsean: ¿Es accesible, o es orgulloso? ¿Me respeta? ¿Puedo influir en él? ¿Sabe algo de arte? Los hombres con quienes tratamos, los vemos a través de mil preguntas semejantes a éstas y creemos conocer al ser humano y ser buenos psicólogos cuando conseguimos descubrir en su aspecto, en su actitud y conducta aquello que sirve o perjudica a nuestros propósitos. Pero esta convicción carece de valor, y el campesino, el buhonero o el abogado de oficio son superiores, en esta clase de psicología, a la mayor parte de políticos y científicos.
En el momento en que la voluntad descansa y surge la contemplación, el simple ver y entregarse, todo cambia. El hombre deja de ser útil o peligroso, interesante o aburrido, amable o grosero, fuerte o débil. Se convierte en naturaleza; hermoso y notable como todas las cosas sobre las que se detiene la contemplación pura. Porque contemplación no es examen ni critica, solo es amor. Es el estado más alto y deseable de nuestra alma: el amor desinteresado»

Herman Hesse

 

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