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Todo empezó de madrugada, cuando desde los pasillos desiertos de un hotel madrileño mi hija se encaminaba, con decisión, confianza y mucho equipaje, hacia el futuro. (Fotografía: José María Montero)

Cuando durante meses trabajamos muy duro para poner en marcha aquellas expediciones científicas que nos llevaron a los cinco continentes, mi buen amigo Fernando Hiraldo, director de la Estación Biológica de Doñana (CSIC), se desesperaba, con razón, frente a la desidia de algunos organismos, la dejadez de ciertos profesionales o la vergonzosa incompetencia de aquellos que se pasaban el día presumiendo de (falsa) excelencia. Fernando, con su habitual retranca, decía que en esta tierra se producía un extraño fenómeno por el cual muchos individuos estaban convencidos de que “decir” era equivalente a “hacer”. En las interminables reuniones que mantuvimos con docenas de personas cuya contribución era imprescindible para llevar a cabo aquel proyecto tan titánico como novedoso, e incluso durante el mismo desarrollo de las expediciones, tuvimos que acostumbrarnos a sortear, con diplomacia, aquella anomalía, y buscar los resortes más efectivos para que la palabra dada se transformara en acción, para que los compromisos se cumplieran, para que nadie se olvidara de sus obligaciones sencillamente porque nos había asegurado que las iba a llevar a cabo.

Los que me seguís en redes sociales habréis visto, o más bien intuido,  lo que he vivido este último fin de semana en Madrid. Como me tengo por hombre prudente, como aún estamos trabajando en un acuerdo amistoso y como mi abogado me aconseja que siga practicando esa prudencia zen (al menos por ahora), no he entrado ni voy a entrar en detalles, pero me apetece sumar algunas reflexiones en torno a esa anomalía que, al confundir lo dicho con lo hecho, tanto daño nos hace.

Empecemos indicando que quien estos días la ha sufrido en primera persona y con mayor virulencia ha sido mi hija, que viajaba camino a la Universidad de Wroclaw (Polonia) y que a punto ha estado de ver frustrada su incorporación al programa Erasmus de dicha universidad. Algunos amigos, con la mejor de las intenciones (dictada por los mejores sentimientos), creían que mi turbación digital venía del hecho de la separación, del pellizco que produce el momento en que tus hijos salen de casa para convertirse en hijos del mundo. Pero no, yo soy de esos padres que celebran la separación que busca el crecimiento y, para colmo, tengo el privilegio de tener dos hijos con capacidades sobradas para enfrentarse (ya lo han hecho en más de una ocasión) a los muchos obstáculos que les presenta, y que les va a seguir presentando, la vida, aunque en verdad casi todos esos obstáculos tienen nombre y apellidos, porque las zancadillas vendrán, sobre todo, de ciertos congéneres ineptos, soberbios, sobrados de mal corazón y con escasas entendederas.

No, de verdad, ni me hace daño la separación ni temo por la manera en que serán capaces de enfrentarse a su necesaria independencia. Lo que este fin de semana me hacía hervir la sangre (y se me notaba a pesar de mi contención en redes sociales) es que Sol tuviera que asumir, con sólo 20 años, la más cruda evidencia de que en este país, su país, hay una tolerancia infinita (cuando no una ridícula celebración) de esa desidia, incompetencia, dejadez, irresponsabilidad… que nos conduce al abismo individual y colectivo.  

Para mi hija este cataclismo social resulta del todo inexplicable. Y he tratado de convencerla, además, de que nunca encontrará una explicación razonable a ese desastre. ¿Cómo puedes pedirle a una estudiante que acepte con resignación, aunque no la entienda, esa indolencia extrema cuando en dos años y medio de carrera ha sumado 13 matrículas de honor a base de mucho, muchísimo, esfuerzo personal? Es ese desastre silencioso, y no sólo la crisis económica (vinculada, sin duda, al primer elemento) o la cansina pandemia, el que alimenta la indignación y la desesperanza de nuestra generación mejor preparada. Si de lo que se tienen que ir, si de lo que se tienen que separar poniendo muchos kilómetros de por medio, es de ese panorama gris y romo… que se vayan bien lejos y lo antes posible. Los echaré de menos, echo de menos mucho a mis hijos, claro, y por eso mismo se multiplican mis ganas de verlos, pero no los quiero sufriendo en un país con tan poco horizonte, plagado de mediocres convencidos de ser extraordinarios, de envidiosos amigos del ruido y la mezquindad, de flojos que confunden el decir con el hacer, de malvados que desprecian la empatía. Y, para colmo, de un sistema, y una sociedad, complacientes con lo intolerable.

En las cristaleras de la antigua Casa de Fieras del Retiro, hoy convertida en biblioteca, nos reflejamos los dos, se reflejan la poesía y los árboles desnudos y, sobre todo, el espiritu de Eugenio Trías. (Fotografía: José María Montero)

Para aliviar las horas de incertidumbre e indignación mi hija y yo hemos paseado por algunos de los rincones que más me gustan de mi adorada Madrid, empezando por la antigua Casa de Fieras del Retiro, hoy convertida en una preciosa biblioteca acristalada en donde desde el exterior se adivinan los estantes dedicados a la poesía y se reflejan los árboles desnudos del parque. La biblioteca lleva el nombre de Eugenio Trías, un filósofo al que con acierto alguien llamó “el hombre al que sólo le importaba todo”. Trías es una figura fascinante que, desgraciadamente, se conoce poco fuera de ciertos círculos y al que, creo, no se le valora lo suficiente (tened presente que todo este rollo que os estoy soltando transcurre en España, una circunstancia que sirve para explicar este y otros muchísimos olvidos). Allí, junto a la antigua Casa de Fieras, entre árboles y libros, recuperamos un poco la calma y yo le recordé a Sol algunas de las lúcidas aportaciones de Trías al pantanoso terreno de la ética y la responsabilidad individual, tan presente en el calvario que le estaban haciendo sufrir en su camino hacia Polonia. Medio enjareté la cita de memoria pero luego, ya sentados en la terraza del Kulto, en la cercana calle Ibiza (donde el espíritu también se alimenta), la busqué para añadirla tal y como la dictó Eugenio Trías: El intelectual, el creador, si verdaderamente lo es, debe tener algo más que capacidad analítica de diagnóstico; debe poseer coraje en relación a flagrantes transgresiones de la libertad o de la justicia. La entrega a los intangibles requerimientos de la “intelectualidad” no es excusa para no actuar, ni siquiera el mundo de las ideas nos debe alejar del mundo de la acción; hay territorios sagrados, como el de la libertad o la justicia, en los que la palabra no basta, en donde se necesita el coraje suficiente para actuar en beneficio de todos, de la sociedad en su conjunto. Y si con 20 años no se tiene ese coraje, ¿cuándo se va a tener?

Estaba claro, y el destino nos iba regalando más argumentos en boca de otros amigos invisibles: además de resolver el enredo al que nos habían condenado (de manera que mi hija pudiera llegar de alguna manera a Polonia) no íbamos a contentarnos con el sencillo alivio de la palabra. Teníamos mucho que decir pero, sobre todo, teníamos mucho por hacer. No pudo resultar más oportuna, siguiendo con estos regalos del destino, la visita a la exposición (Curiosidad Radical) dedicada a mi admirado “Bucky” Fuller (otro de esos genios empeñados en construir, a contracorriente, un mundo mejor). No voy a aburriros con la poliédrica y fascinante figura de este inclasificable pensador, arquitecto, filósofo, diseñador y visionario, tan sólo, como en el caso de Trías, voy a añadir a este relato tres citas más para que conozcáis las vigas que mi hija y yo íbamos sumando a la construcción de nuestro empeño por no dejar que la desidia de otros nos arrastrara a la inacción y el desánimo.

¿Leéis a Fuller al final de este pasillo luminoso? Yo os lo leo, y os lo traduzco, por si acaso: Si el éxito o el fracaso de este planeta y de los seres humanos dependiera de cómo soy y de qué hago… ¿Cómo sería? ¿Qué haría? No hay que darle muchas más vueltas… creo… (Fotografía: José María Montero)

Dice Fuller: Si el éxito o el fracaso de este planeta y de los seres humanos dependiera de cómo soy y de qué hago… ¿Cómo sería? ¿Qué haría?. El ser y el hacer, unidos. Y añade: Mis ideas emergen por emergencia. Cuando la desesperación las hace necesarias, son aceptadas. La emergencia como motor del cambio. Y para terminar con este breviario fulleriano: No intentes cambiar un sistema, construye uno nuevo que haga que el anterior se vuelva obsoleto. Creo que no hay frase más estimulante para alguien que tiene 20 años y empieza a vislumbrar que así, en general, no podemos seguir.

Para no contradecirme, para no emborracharme (como a veces nos ocurre a los periodistas) de ideas y citas, y olvidarme así de que todas estas palabras debían conducirnos a la acción, volvimos al hotel, abrimos el portátil, agarramos el móvil, revisamos conversaciones, correos electrónicos y documentos, tomamos notas, hicimos algunas llamadas, pedimos ayuda a amigos, examinamos incidentes similares, rebuscamos en Internet, repasamos la dudosa reputación de algunos y la excelencia de otros, recibimos y agradecimos algunas visitas, ordenamos fotos y vídeos más que elocuentes, contactamos con otros damnificados, consultamos con nuestro abogado, establecimos contacto con administraciones e instituciones varias, nos contuvimos para no narrar en público, ni acusar, ni calentarnos al teléfono o en las redes sociales… Hablamos mucho, pero actuamos aún más.

Podríamos haber disfrutado de más paseos por Madrid, de una buena siesta, de una película tontorrona en la tele, de una cena en el mejicano para el que ya tenía reserva… pero preferimos tomarnos la molestia. Esa es la clave, creo; esa es la decisión que distingue al que solo habla del que actúa: tomarse la molestia. Los hay que se la toman, para que la irresponsabilidad no quede impune o para admitir -con franca humildad- que se han equivocado, y los hay que prefieren entregarse a la molicie y que todo siga más o menos igual, porque tampoco se pierde tanto (más allá de la dignidad y la justicia… que son asuntos ¿menores?). Y aquí, en las últimas horas de un fin de semana arisco pero muy pedagógico, fue cuando recordé a otro de esos amigos invisibles que te brindan argumentos para compartir con tu hija. A Fernando Savater, con el que no comulgo en algunas de sus ideas pero del que siempre aprendo algo, sí que he tenido la fortuna de tratarlo, porque en 2012 lo invité a dictar la conferencia de apertura (“Ética y medio ambiente”) en el XV Seminario Internacional de Periodismo y Medio Ambiente (SIPMA), del que fui director durante más de una década. Fernando ha elogiado en alguna ocasión ese concepto, “tomarse la molestia”, aparentemente intrascendente pero decisivo para hacernos crecer como sociedad. De ese concepto hablamos aquel día de otoño en Córdoba, bajo unos naranjos, cuando lo invité al SIPMA, y nunca he olvidado aquella agradable conversación con el filósofo. Disculpadme que añada otra cita más, la última, a este post, pero es que Fernando Savater se va a explicar mucho mejor que yo:

Hace unos meses, veía en televisión la noticia de lo que sucedió en un avión en el que un bárbaro incalificable –por cierto, inglés, seguro que de los que apoyó el Brexit– se puso como una hidra cuando se le sentó al lado una señora de color. La noticia destacaba que la compañía, Ryanair, no hizo nada. ¡Pero tampoco el resto de los pasajeros! Si ese tipo llega a estar borracho y vomita, sube la policía y lo echan. En ese momento, nadie se tomó la molestia. La gente prefiere que la dejen en paz. Yo ya no sirvo para nada, pero cuando eras joven sentías que tenías que hacer algo frente a las situaciones de injusticia, sobre todo quienes hablábamos de ética y de valores políticos.

(…)

Hay una milonga argentina que dice que la esperanza, a veces, son ganas de descansar, pero también la desesperación. Como todo está tan mal, no hago nada y me echo a dormir. Pero hay cosas muy valiosas que se pueden defender y otras que se pueden mejorar. El campo de intervención ciudadana es grande, porque las cosas no van a cambiar si la ciudadanía no interviene.

“Se tomó la molestia” me parece una magnífico epitafio.

You must never underestimate the power of a woman. Fue mirar el graffiiti, en Fuencarral, y verlo (una vez) muy claro. Yo, que me despacho con un inglés justito, lo he entendido… y ¿tu? (Fotografía: José María Montero)

En fin, que terminó el tormentoso fin de semana, que yo volví a casa sin prisa (costeando Gredos y serpenteando por las riberas del Alberche), y que mi hija ya está abriéndose paso entre las nieves polacas. Y los dos, además de echarnos de menos, nos hemos tomado la molestia. No sólo hemos dicho que lo ocurrido no debería repetirse, es que estamos dedicándole tiempo y trabajo para que de verdad no se repita. Dicho y hecho.

PD: No todo resultó oscuro. Hubo, como casi siempre, personas luminosas que aportaron calma en los momentos más tensos y profesionales que demostraron calidez, ética y dignidad. Hubo, en definitiva, desconocidos que se convirtieron en amigos.

Pero, insisto, la parte más agria de esta historia aún no se ha resuelto. Por eso, insisto, si todas estas molestias, si todo esto esfuerzo, no terminan en un acuerdo amistoso y justo; si nuestro abogado, hombre sensato, nos lo permite, y si me siguen acompañando las ganas de escribir, es posible que añada la narración, desapasionada y rigurosa, de los hechos vividos en Barajas el pasado fin de semana. Un relato a la altura del mejor guión de Berlanga. Un cúmulo de despropósitos que tendrían su gracia como grotesco esperpento destinado a salas de teatro de medio pelo, pero que, como hechos reales, no me provocan ni la más ligera sonrisa.

Sí, lo mismo me tomo también esa molestia…

(Permanezcan atentos a sus pantallas).

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La peor maldad es la maldad disfrazada, esa que, en el colmo de la hipocresía, practican los canallas que se hacen pasar por justicieros, lobos con piel de cordero que se confunden en el rebaño y que por ello son los más peligrosos.

«Ser bueno no es sinónimo de ser idiota. Ser bueno es una virtud que algunos idiotas no entienden» (Anónimo)

Hay un momento (maravilloso) en la vida en el que tus hijos comienzan a ser tus maestros (si es que no lo fueron, de alguna manera, desde el mismo día en que nacieron) y te devuelven, actualizados, los valores en los que tu los has ido educando. Un día te sorprenden con su manera de mirar el mundo y, sobre todo, con los matices que aprecian en ese vistazo, aparentemente desenfadado, a lo que ocurre a su alrededor. Pero, sobre todo, te maravillas al comprobar que esa mirada y esos matices no se pierden, y se olvidan, en los vericuetos de una mente y un corazón adolescentes, siempre sometidos a una agitación frenética en la que todo, o casi todo, parece caducar a velocidad de vértigo. Ese torbellino de vitalidad se detiene, a veces, un instante, y en ese momento de calma tu hija, o tu hijo, comparten contigo el descubrimiento que a ti se te escapó, el análisis en el que no te detuviste, la observación, oportunísima, en la que tu, con toda tu experiencia, no reparaste.

Una mañana, de esas en las que canturreamos vallenatos camino del cole, mi hija me habló de los micromachismos, esos pequeños detalles en los que se perpetua, sin ruido, sin sangre, sin denuncias, el macromachismo. Una manera, sutil y “civilizada”, de mantener atadas a las mujeres desde que son niñas. Mi hija me fue poniendo ejemplos de su vida cotidiana (porque aunque nos cueste creerlo nuestros hijos, antes incluso de la mayoría de edad, tienen su propia vida cotidiana) y entonces fue como si encendiera una farola en ese lugar, amable, en donde antes sólo se adivinaban algunas sombras que no parecían amenazantes y ahora, merced a esa mirada luminosa y limpia, vemos, con toda nitidez, que las sombras eran en realidad ogros.

Pues sí, son una amenaza tenue, callada, tolerada por aquellos que la incluyen en el capítulo de las gracietas-sin-importancia, pero que a mi, desde ese día, no me hace ninguna gracia. Y que conste que para retirar el humor de algunas situaciones que hasta ese día me resultaban intrascendentes yo también, a mis años, he tenido que aprender y cambiar, y tratar de ser más consciente de ese territorio agrio al que nos conduce la testosterona, la educación, la historia, el poder, las iglesias (que no las religiones), el contexto social, el bombardeo publicitario… Sí, tratar de ser más consciente para no entrar ahí, ni de broma… Y llegados a este punto, como comprenderéis, me rebelo contra esa amenaza con independencia de si va dirigida a una mujer, a un hombre, a un homosexual, a una lesbiana, a un/a bisexual, a un/a transexual… No se qué es lo que temen aquellos que temen a la diferencia y a las fórmulas, cívicas y justas, para defenderla. Quien así teme quizá se teme a si mismo. Para afirmarse no es necesario negar a nadie, al contrario: tu eres, luego yo soy. 

En esos mismos días en los que mi hija me mostró lo que yo no había visto (o no había querido ver, porque uno, aunque luche contra el paso del tiempo, es prisionero de su generación) mi hijo, que ya empezaba a transitar por el lado más salvaje del mundo laboral (por llamar de alguna manera a los contratos basura y a los que encontraron en ellos una fórmula de esclavitud contemporánea), me explicó, con ejemplos igual de reveladores y cercanos, cómo se las gasta cierta progresía a la hora de tratar a sus empleados y cómo una generación, la primera generación, que ha sido educada en la justicia, la igualdad y en el respeto a la diferencia sigue escondiendo, bajo capas cool y flow y chill y eco, el monstruo de la discriminación y el maltrato (de baja intensidad, por supuesto, que tampoco hay que llamar la atención y arriesgarse a un escándalo o una denuncia).

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En las redes sociales encontramos una magnífica representación de individuos malvados. Más o menos la misma que se manifiesta en la vida real sólo que aquí la tenemos concentrada y a domicilio (y con un muestrario de disfraces y caretas que eclipsa a cualquier carnaval).

Mis hijos me han enseñado a ver lo que yo no había sido capaz de ver, al menos en toda su crudeza y en su evidente peligro, quizá porque mi optimismo, el que también he tratado de transmitirles como un valor decisivo, se lleva mal con la evidencia, dolorosa, de que el mal existe y hay gente que lo practica contra el prójimo no a cara descubierta, no, que eso ya no se lleva y además está perseguido, sino oculto bajo alguna máscara amable y modernísima. Es la nueva maldad, la maldad disfrazada, esa que, en el colmo de la hipocresía, practican los canallas que se hacen pasar por bondadosos justicieros, lobos con piel de cordero que se confunden en el rebaño y que por ello son los más peligrosos. Falsos pacifistas que tiran de garrota en cuanto se les lleva la contraria; generosos hipócritas que te atropellan sin miramientos en cuanto se les pone a tiro algún bocado con el que alimentar su ambición.

Corren malos tiempos para combatir ese tipo de maldad, porque en sus extremos más extremos, tanto las derechas como las izquierdas, entregadas a ese burdo populismo con el que tratan de ganar votos y combatir el miedo, alimentan el lado más canalla de los ciudadanos, ese lado oscuro que todos tenemos. Y sí, efectivamente, se puede ser canalla de derechas y de izquierdas, y asomar los colmillos con una impecable justificación ideológica.

Los maltratadores no son únicamente los que salen en los informativos cuando sumamos una víctima a esa macabra estadística. Los machistas no son únicamente los que pagan sus complejos, a golpe de amenaza, zancadilla o grosería, con aquellas mujeres que se cruzan en su camino. Los violentos no siempre usan un grito o un arma, los hay que ni siquiera levantan la voz para dejar en el aire, flotando como un gas venenoso pero invisible, una amenaza cierta. Y no, no me valen las disculpas de una vida difícil, una infancia tormentosa, una salud mental quebradiza o un carácter volcánico.

Los conozco, no son los de las crónicas de sucesos, no están prisioneros en el tranquilizador y lejano universo de un informativo de televisión, un programa de radio o un periódico. Están mucho más cerca. Viven entre nosotros. Sabemos quiénes son y hasta podríamos escribir sus nombres. Y aún así no los vemos, con triste frecuencia no los vemos, porque quizá necesitamos la mirada limpia y luminosa de nuestros hijos. Ellos sí que los ven y los reconocen, al menos los míos, mis hijos, y ellos, mis hijos, no están dispuestos, porque en eso los educamos, a que estos canallas disfrazados, todos tan cool y tan flow y tan chill y tan eco, se salgan con la suya. Ni yo tampoco.

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