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Casi me olvido de que hoy se celebra el Día Meteorológico Mundial. Mi contribución, en este caso, se aleja de las nuevas tecnologías para unir, en extraño matrimonio, la física y la metafísica. ¿Por qué sacamos a los santos en procesión cuando no llueve, o llueve en demasía? ¿Para qué sirven esas romerías? Traté de desvelar esos enigmas en un reportaje para la revista “Sierra Albarrana”.
EL AGUA QUE VIENE… DEL CIELO 

Más allá del valor que le otorgan los creyentes, las rogativas pidiendo lluvia, que la Iglesia católica incluye en sus ritos desde el siglo V, permiten fijar aquellos periodos de sequía que se registraron en épocas donde no se contaba con el auxilio de los modernos instrumentos de medida. La meteorología histórica recurre a esta y otras curiosas fuentes documentales para tratar de establecer la fecha precisa en que se manifestaron episodios donde la disminución o el aumento de las precipitaciones fue notable.

Implorar a la divinidad que sea generosa y permita que el cielo libere lluvias abundantes es, posiblemente, un ruego que ha estado presente en todas las religiones del mundo a lo largo de la historia. Organizar estos ruegos de manera que formen parte de una liturgia reglamentada es, sin embargo, algo exclusivo de las grandes religiones. La Iglesia católica incorporó los rituales de petición de lluvias (rogativas

pro pluvia) a su liturgia entre los siglos IV y V, y de su celebración han quedado registrados numerosos y precisos testimonios en los archivos parroquiales.

Lo que podría parecer un recurso anacrónico sigue siendo una fórmula más que viva. En septiembre de 2005 el obispo de Córdoba, Juan José Asenjo, remitió una nota a los medios de comunicación en la que anunciaba el exhorto que había realizado “a los sacerdotes, religiosos y religiosas, y fieles cristianos, para que pidieran a Dios el fin de la sequía”. El vicario general de la Diócesis habría precisado las instrucciones de esta petición, de manera que “en todas las misas y oraciones comunitarias se eleven súplicas (…) para que Dios, por su misericordia, nos libre de esta calamidad y nos bendiga con el agua que necesitamos”.

Una iniciativa muy similar fue la que anunciaron, en febrero de 1995 y coincidiendo con uno de los últimos periodos de sequía, todos los obispos de Andalucía occidental, aunque en aquella ocasión se ciñeron a las oraciones específicamente previstas para la petición de lluvias en el Misal Romano. Idéntica petición, aunque de acuerdo a la liturgia islámica, había realizado, tres años antes, el rey Hassan II de Marruecos para que se tuviera en cuenta en todas las mezquitas del país.

La utilidad de estos ruegos va más allá del valor que le otorgan los creyentes ya que, en algunos casos, constituyen la única referencia histórica que se puede utilizar para situar periodos de sequía en épocas remotas. Con frecuencia los propios meteorólogos, al evaluar un periodo en el que han disminuido de forma alarmante las precipitaciones, suelen asegurar que se trata del ciclo más seco “desde que hay registros”. Pero, ¿desde cuándo hay registros?

“En España”, precisa el meteorólogo Inocencio Font, “aunque las observaciones meteorológicas mediante instrumentos se iniciaron en Madrid en 1737, las pluviométricas no lo hicieron hasta finales del siglo XVIII, y aún así, desgraciadamente, debido a diversas vicisitudes, incluido el vandalismo de las tropas napoleónicas, la mayor parte de estos registros fueron destruidos o extraviados, por lo que sólo disponemos de dos series de datos pluviométricos que superen los 150 años, iniciadas a principios del siglo XIX en Madrid y San Fernando (Cádiz)”.

Este tipo de registros se fueron extendiendo, poco a poco, a la mayoría de las capitales y, así, uno de los primeros registros fiables que se han conservado es el procedente del Observatorio de la Encarnación (Sevilla), en el que se anotan las precipitaciones del periodo 1865-1874, y en el que aparece una brusca disminución de las lluvias en los años 1869 y 1874. Recurriendo a archivos similares, Font señala diferentes periodos de sequía situados en los periodos 1876-80, 1920-34, 1940-55, 1980-84 y 1990-95, siendo éste último el más acusado de todos.

Sin embargo, aún se puede retroceder más en el tiempo acudiendo a los archivos eclesiásticos y municipales en los que han quedado registradas las rogativas pro pluvia. Incluso es posible recurrir a otros relatos históricos como el del autor musulmán Ibn Hayyán, que en el año 936 relata una intensa sequía en tierras andaluzas, posiblemente la primera de la que ha quedado testimonio escrito. “Fue este el año más seco de los años conocidos en ella [en al-Andalus], pues no cayó una gota de lluvia ni llegó a mojarse el suelo”, asegura Ibn Hayyán. Cinco años después, en el invierno de 941-942, el mismo historiador cordobés ofrece noticias de una nueva sequía durante la que “se secaron los aljibes, se interrumpió la labranza y aumentó la esterilidad”, sequía que obligó a organizar diferentes rogativas.

La ordenada liturgia que la Iglesia católica organizó en torno a estas peticiones de lluvia permite interpretar la gravedad de las diferentes sequías, como ha estudiado, entre otros, Mariano Barriendos, especialista del grupo de Climatología de la Universidad de Barcelona. De esta manera, si lo que se anotan son oraciones especiales en las misas, la intensidad del fenómeno es baja y tan sólo se trata de acciones preventivas. Aún dentro del templo, si se exponen reliquias o imágenes es porque la ausencia de lluvias comienza a causar daños, aunque poco importantes, en la agricultura. La pérdida parcial de las cosechas obliga a salir de la iglesia y a procesionar por la localidad en cuestión, procedimiento que suele indicar la aparición de una sequía severa. Si las reliquias o imágenes se someten a una inmersión en agua (procedimiento que terminó siendo prohibido por los daños que se ocasionaban a estos elementos) la ausencia de lluvias es extrema, con pérdida de la práctica totalidad de las cosechas. Los episodios catastróficos, en donde aparece una crisis de subsistencia, suelen señalarse con peregrinaciones a santuarios de especial veneración.

Los excesos hídricos, episodios de precipitaciones prolongadas o intensas, también tienen su reflejo documental, como explica Barriendos, de manera que los especialistas que se ocupan de la meteorología histórica pueden, asimismo, rastrear estas evidencias en los más antiguos archivos parroquiales. Cuando las lluvias se extendían durante un largo periodo de tiempo, amenazando cultivos y otras propiedades, la Iglesia católica organizaba las rogativas pro serenitate que hoy, a diferencia de las que reclaman agua, prácticamente han desaparecido de la liturgia. Hoy, por tanto, somos más vulnerables a la escasez que al exceso.

Pero, ¿son realmente fiables estas fuentes o, por el contrario, su valor está condicionado al capricho de quién organizaba estos ruegos? Barriendos expone al menos tres argumentos que, a su juicio, otorgan suficiente rigor a estos registros. En primer lugar, al ser actos litúrgicos estaban sometidos a un estricto control institucional que, en determinados periodos, era ejercido por la temida Inquisición, de manera que no era fácil hacer un mal uso de las rogativas. Al mismo tiempo se desarrollaban de acuerdo a un cierto equilibrio entre administraciones civiles y religiosas. “Es decir, mientras que a la Iglesia le podía interesar su sobredimensionamiento o uso excesivo por propio lucimiento o prestigio social, a los gobiernos municiales no les interesaba en absoluto este abuso pues los costes económicos de todas y cada una de las rogativas que determinaban tenían que ser abonados a la Iglesia, gastos de los que queda constancia en los libros de contabilidad municipales”. Y, por último, tanto en las actas municipales como capitulares, intervenían y daban fe de la veracidad de lo registrado notarios públicos o personas de rango similar.

La meteorología histórica, que hasta la década de los 80 apenas llamó la atención de los científicos españoles, es hoy una disciplina en expansión cuya utilidad podría ser decisiva, por ejemplo, en los trabajos que giran en torno al cambio climático, necesitados de series históricas fiables. Un volumen ingente de registros documentales están pendientes de análisis, no sólo en el territorio nacional, sino también en aquellos países que un día integraron nuestra extensa nómina de colonias.

Tensiones en seco

El Sistema Español de información sobre el Agua (Hispagua), puesto en marcha por los ministerios de Fomento y Medio Ambiente, advierte en su página web (http://hispagua.cedex.es/) que las sequías, en territorio peninsular, “no son un fenómeno reciente, como algunos podrían creer”. También en este caso se citan las crónicas recogidas en Andalucía durante el califato de Abderramán III, y los diferentes registros de rogativas católicas que aparecen en archivos parroquiales de todos el país.

También se anotan los terribles efectos de algunas sequías ya olvidadas, como la que se produjo en torno al año 1930. En este caso, la ausencia de lluvias “acrecentó la tensión social y política que se venía arrastrando desde hacía años”. En los latifundios se redujo la contratación de mano de obra, por lo que los campesinos reclamaron tierras para poder subsistir. De alguna manera este fenómeno meteorológico precipitó la proclamación de la II República en abril de 1931.

Lo cierto es que la sequía tiene efectos directos en la agricultura, en los terrenos forestales (que son más vulnerables a los incendios), en la ganadería, en la industria, en el medio ambiente y en la gestión del agua (con perturbaciones en la calidad y/o suministro de la misma), pero también son notables los efectos indirectos, que pueden ocasionar alteraciones en el comercio, las finanzas, el turismo, la salud pública, el empleo o la política (los clásicos enfrentamientos entre comunidades autónomas a cuenta, por ejemplo, de los trasvases).

Según detalla Hispagua, la brusca disminución de precipitaciones puede originar “un incremento de las enfermedades cardiovasculares, las alergias y las infecciones respiratorias”, y en lo que se refiere al mercado de trabajo “la sequía se traduce en un menor soporte socioeconómico reflejado en un aumento del desempleo”. Durante el periodo de sequía 1992-1995 se anotó, a escala nacional, un notable decremento de la producción agrícola, que se cifró en pérdidas anuales de entre 200.000 y 300.000 millones de pesetas, junto a una duplicación de los seguros agrarios contratados para los cultivos de secano (pólizas por las que se desembolsaron 750.000 millones de pesetas).

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